sábado, 22 de octubre de 2011

Historia de la ópera en Finlandia (I)

Vista nocturna del edificio actual de la Ópera Nacional de Finlandia 
(Suomen Kansallisooppera, en finés; Finlands Nationalopera, en sueco),  en Helsinki,
inaugurado en 1993. Es obra de los arquitectos Eero Hyvämäki, 
Jukka Karhunen y Risto Parkkinen.
(Foto © Anna Amnell / flickr, 2009) 

Para que el lector que no esté familiarizado con la realidad finlandesa se pueda situar en el contexto histórico adecuado, conviene recordar algunos datos fundamentales del pasado. 

Finlandia (Suomi, en finés) estuvo casi siete siglos sometida al poder sueco, que introdujo allí el cristianismo en 1154 e impuso la lengua sueca como única oficial hasta que en 1842 el finés, gracias al impulso del movimiento nacionalista vinculado al Romanticismo europeo y a la reciente publicación (1835) de la epopeya nacional, el Kalevala, obra de Elias Lönnrot (1802-1884), adquirió naturaleza de lengua “aceptada”, pese a que el sueco (y en ocasiones el ruso) continuó siendo la lengua de la Administración.

En la actualidad el finés es la lengua predominante, pero el sueco es cooficial e incluso primera lengua en los municipios con población mayoritariamente suecófona (sobre todo en el sudoeste y el sur del país), un ejemplo de convivencia entre poblaciones de distinto origen (el sueco es una lengua germánica, es decir, indoeuropea, mientras que el finés –como el estonio, el húngaro y otras menores– pertenece a la familia de las lenguas finoúgrias). En Laponia, además, es cooficial la lengua sami (también finoúgria).

El bilingüismo está siempre presente en la 
toponimia finlandesa. En este caso se trata 
de bilingüismo finés y sami, en el extremo 
norte del país, cerca de la frontera con 
Noruega (Norja en finés, Norga en sami). 
(Foto © Ralf_H / flickr, 2008)

El territorio de la actual Finlandia (al que hay que sumar el de la parte de Carelia que pertenece ahora a la Federación Rusa) fue durante siglos objeto de disputa entre el reino de Suecia y el Imperio zarista. De hecho ya fue disputado antes de la existencia de éste, cuando en el siglo XV el principado de Nóvgorod (incorporado luego a Rusia) se enfrentó militarmente a Suecia en la guerra de Ingria. Durante la Gran Guerra del Norte (1700-1721) Suecia perdió amplias zonas de Finlandia, conquistadas por la Rusia imperial, y tras la Guerra Finlandesa (1808-1809) todo el territorio del país quedó sometido a Rusia y sufrió un importante proceso de rusificación, pese a que el zar Alejandro I proclamó el Gran Ducado de Finlandia, una entidad política ficticia para contentar a la población de origen sueco, porque quienes ejercían como Grandes Duques eran los propios zares.

El 6 de diciembre de 1917, tras el triunfo de la Revolución bolchevique, Finlandia proclamó su independencia, lo cual la sumió al año siguiente en una devastadora guerra civil. Durante la segunda guerra mundial la República de Finlandia se enfrentó a la Unión Soviética en dos ocasiones: la denominada Guerra de Invierno (1939-1940), que contó con el apoyo de un muy nutrido grupo de voluntarios suecos y estonios, y la conocida como Guerra de Continuación (1941-1944) cuando, abandonada por los Aliados –que se alinearon con la URSS–, tuvo el apoyo de la Alemania nazi. Luego, la guerra de Laponia (1944-1945), combatida en el norte del país contra los ocupantes alemanes, consiguió afianzar la independencia de los finlandeses.

Un grupo de soldados iza la bandera 
de Finlandia durante la Guerra 
de Invierno (1939-1940). 
(Fuente: ThinkQuest)

Finlandia, sin embargo, tuvo que firmar, en 1947 y 1948, sendos tratados con la URSS para que ésta reconociera su soberanía, lo cual supuso concesiones territoriales a la Unión Soviética que representaron el diez por ciento de su superficie y la pérdida de su segunda ciudad, Viipuri, que pasó a denominarse Vyborg (Выборг), donde gran parte de la población, a pesar de su rusificación forzada –sobre todo a través de la educación–, todavía habla finés. Los mismos acuerdos impidieron al país alinearse con las potencias occidentales durante la llamada Guerra fría (1945-1991), ya que estaba sometida a un proceso que se conoce como “finlandización”. De hecho, pues, Finlandia sólo ha gozado de total independencia (sobre el papel, ya que de hecho disfrutó totalmente de ella, al menos desde 1956) a partir de la caída del régimen soviético.

Ténganse en cuenta estas circunstancias históricas a la hora de situar también la cultura (en este caso la ópera) finlandesa.

Albert Lázaro-Tinaut 


 El despertar (1894), pintura del artista simbolista finlandés 
Magnus Enckell (1870-1925). 


La ópera en Finlandia [1]

Por Alfonso Padilla

La ópera finlandesa, como otros aspectos de la cultura del país, tiene una vida reciente. Hace poco más de 140 años se estrenó la primera ópera de importancia compuesta en Finlandia, Kung Jarls jagt (‘La caza del rey Carlos’, 1852), del compositor alemán Fredrik Pacius (1809-1891) sobre un texto en sueco –la segunda lengua oficial de este país y única reconocida en aquel entonces– de Zacharias Topelius. Antes de esta obra los compositores finlandeses de habla sueca Carl Ludvig Lithander (1773-1843) y Bernhard Henrik Crusell (1775-1838) habían compuesto piezas operísticas que tuvieron poca resonancia: Säckpiparen (‘El gaitero’), de Lithander, nunca ha sido representada.

Sin embargo, la ópera ya había llegado a Finlandia en 1768, cuando una compañía alemana presentara La creación del mundo de Johann Thiele. A partir de 1820 compañías de Alemania y de otros países comienzan a visitar Finlandia frecuentemente. Las siguientes óperas de repertorio son presentadas en el siglo XIX: El cazador furtivo de Weber (1830); La sonámbula y Norma de Bellini (ambas en 1830); El barbero de Sevilla de Rossini (1839); Don Juan y Las bodas de Fígaro (1840) y La flauta mágica de Mozart (1841); Fidelio de Beethoven (1841); El elixir del amor y Lucia de Lammermoor de Donizetti (1849 y 1850, respectivamente); Tannhäuser de Wagner (1857). De Verdi se llevaron a la escena en el siglo XIX Hernani (1857), El trovador (1862), La traviata (1876) y, en 1879, Rigoletto y Un baile de máscaras. Fausto y Romeo y Julieta de Gounod (1876 y 1879, respectivamente), y Carmen de Bizet (1889), también se conocieron en estas heladas tierras.

Al piano (1884), obra del pintor naturalista 
finlandés Albert Edelfelt (1854-1905).

El verismo italiano arribó muy rápidamente a Finlandia con Cavalleria rusticana de Mascagni, e I pagliacci de Leoncavallo (ambas en 1896). Muchas de las óperas de Puccini no tardaron tampoco en llegar a esta “fin de la tierra”: La bohème (1899), Tosca (1905), Madame Butterfly (1909) y Turandot (1929). Algunas óperas de Hoffmann, Strauss, Delibes y casi toda la producción de Wagner se presentan en las dos primeras décadas del siglo XX. Con el tiempo Finlandia ha recibido tímidamente óperas más modernas poco después de su estreno. Esto ha ocurrido con Peter Grimes de Britten (1949), Elegía para una joven amante de Henze (1964) y Nixon en China de Adams (1990).

En este marco, con estas referencias, la ópera finlandesa nace, se desarrolla y alcanza la gran vitalidad de la que goza actualmente. Durante el siglo XIX Weber y Mozart influyeron en la creación operística nacional. A fines de aquel siglo Verdi era la gran figura. A comienzos del XX Wagner y luego los veristas italianos son quienes dan incentivos a los compositores finlandeses.

Jean Sibelius (1865-1957) no se sintió cercano a la música para escena (teatro, ballet u ópera), ocupando ella un lugar modesto en su producción. Sin embargo, en 1896 compuso una ópera de un acto en sueco, Jungfrun i tornet (‘La joven de la torre’), con un texto basado en una leyenda popular nórdica. La primera ópera con texto en finés, basada en fragmentos de la epopeya nacional finesa, el Kalevala, la compuso Oskar Merikanto (1868-1924) en 1898: Pohjan neiti (‘La doncella del Norte’), que se estrenara diez años más tarde. Durante tres décadas la ópera finlandesa estuvo marcada por el nacionalismo romántico, con temas vinculados sea a leyendas o a hechos históricos. Las óperas más destacadas de este período son Daniel Hjort (1910) de Selim Palmgren (1878-1951) y Seitsemän veljestä (‘Los siete hermanos’, 1913) de Armas Launis (1884-1959). [2]

Detalle del monumento a Jean Sibelius, obra de la escultora Eila Hiltunen (1922-2003), 
inaugurado en 1967 en el Parque Sibelius de Helsinki. 
(Foto © Titoni Thomas, 2010)

La ópera y sus instituciones 

Institucionalmente, la ópera finlandesa tiene sus inicios en 1873, cuando Kaarlo Bergbom funda un departamento de canto anexo al Teatro Finlandés, el centro nacional de arte dramático de entonces. La primera presentación de este nuevo departamento es Lucia de Lammermoor, en la ciudad de Viipuri, que antes perteneció a Finlandia y desde la segunda guerra mundial es parte de Rusia. Este departamento de canto, por razones económicas, se cerró en 1879, después de lo cual la actividad operística estuvo sostenida por el esfuerzo mancomunado de cantantes, directores de escena, músicos y el mecenazgo de hombres de negocios.

En 1911 se fundó la Ópera Nacional, que se transformó tres años más tarde en la Ópera Finlandesa y desde 1956 funciona como fundación, financiada públicamente por el Estado y el Municipio de Helsinki y con la denominación de Ópera Nacional de Finlandia. En todo este período un rol muy importante jugó, en tanto que intérprete y organizadora, la soprano Aino Ackté (aquí se puede escuchar una grabación suya de 1905). Desde 1921 funciona al alero de la Ópera el Ballet Nacional de Finlandia; desde 1963 la Ópera tiene su orquesta propia. Desde 1914 la Ópera Nacional tuvo sus presentaciones en el local del Teatro Nacional y en el Teatro de Alejandro, este último entregado en exclusividad a la ópera desde 1918. En el otoño de 1993 se inauguró el nuevo local de la Ópera Nacional de Finlandia, con capacidad para 1365 personas.

 La soprano Aino Ackté (1876-1944) retratada 
por el pintor Fahle Basiler en 1915.

En Finlandia funcionan regularmente otras 14 instituciones que sostienen la actividad operística en todo el país. En 1946 se creó una en la ciudad de Tampere, diez años después en Vaasa, cinco nacieron en la década de 1960 (Lahti, Hämeenlinna, Turku, Oulu y Kotka), y seis en la de 1970 (Jyväskylä, Mikkeli, Pori, Joensuu, Kemi y Kerava) y una en los años 80 (Kuopio). La formación de cantantes, músicos y directores de orquesta a nivel superior está centralizada en la Academia Sibelius, que dispone de un Teatro Musical de Cámara. En 1912 comenzó a funcionar el Festival de Ópera de Savonlinna, en un marco monumental que proporciona el viejo castillo de Savo. Interrumpido algunos años, desde 1968 existe en su versión moderna. Hoy en día este festival goza de un merecido reconocimiento internacional.

 Cartel anunciador de la edición de 2012 (la de su centenario) 
del Festival de Ópera de Savonlinna.

[1] Este texto, que IMPEDIMENTA publica en dos partes, apareció originalmente en el libro Musica borealis, de Maritza Núñez y Alfonso Padilla, editado en español por el Suomalaisen musiikin tiedotuskeskus (Centro de Información de la Música Finlandesa), Helsinki, 1996. [2] Los siete hermanos se basa en la única novela del escritor Aleksis Kivi (1834-1872), la primera escrita en lengua finesa. Kivi es autor, sobre todo, de poesía y piezas teatrales, y se le considera el fundador de la literatura en finés. A otro notable compositor finlandés, Einojuhani Rautavaara (nacido en 1928), se debe la ópera Aleksis Kivi (1996), basada en obras de este escritor. (La novela Los siete hermanos, traducida al español por Ursula Ojanen y Joaquín Fernández, fue publicada por Ediciones Alfaguara, de Madrid, en 1988.)


Alfonso Padilla es un musicólogo chileno (Santiago, 1949), formado como historiador y periodista en la Universidad de Chile, que llegó a Finlandia como refugiado político en 1975, después de haber pasado por las cárceles y los campos de internamiento del régimen pinochetista. Es Doctor en Filosofía y Catedrático adjunto en el Departamento de Musicología de la Universidad de Helsinki. Además de interesarse por la música finlandesa, investiga sobre la latinoamericana (especialmente la peruana) y sobre etnomusicología, musicología comparada, estética musical y sociología de la música. Es, además, miembro del Consejo Central de las Artes de Finlandia, dependiente del Ministerio de Educación. Entre sus obras destaca el estudio La música latinoamericana en Finlandia. Café con tango. Relaciones entre Finlandia y América Latina (1999). 

Para ampliar las imágenes, haced clic sobre ellas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Del “Romance de la bisabuela Malvina”, de Vidmantė Jasukaitytė

 Vidmantė Jasukaitytė. 
(Fuente: Karštas komentaras Nr. 21, 2009 - www.komentaras.lt)

Vidmantė Jasukaitytė nació el 10 de julio de 1948 en el pueblecito de Pumpučiai, que se encuentra en el extrarradio occidental de la ciudad de Šiauliai (norte de Lituania), y estudió lengua y literatura lituanas en la Universidad de Vilna. Es poeta, autora teatral y narradora, y se dio a conocer en 1976 con el poemario Ugnis, kurią reikia pereiti (‘Un fuego sobre el que tendrás que saltar’). Entre sus piezas escénicas deben mencionarse los dramas Žemaitė (1986) y Vilkų medžioklė (‘La caza del lobo’, 1990), y la tragedia Žilvinas (1988). De sus libros de poemas hay que destacar Saulės per daug (‘Exceso de sol’, 1986), Tikrasis nebūties veidas (‘El verdadero rostro del no ser’, 2002), Subačiaus gatvė. Getas (‘Calle Subačius. Gueto’, 2003) y La loba (título original así, en español, 2008). 

La obra narrativa de Vidmantė Jasukaitytė comprende, hasta ahora, media docena de novelas, entre las que sobresalen Po mūsų nebebus mūsų (‘Después de nosotros, nosotros ya no estaremos’, 1988), Marija Egiptietė (‘María de Egipto’, 2002), Dievas miršta vienišas (‘Dios muere solo’, 2003), Kai mes buvome vilkai (‘Cuando éramos lobos’, 2007) y Aš nužudžiau savo dukterį (‘Yo maté a mi hija’, 2008). 

Stebuklinga patvorių žolė (‘La milagrosa hierba de la raíz amarga’) [1], de cuya traducción se reproduce abajo un fragmento, fue publicada en lituano en 1981 y es su obra más conocida fuera de Lituania. La forman tres relatos (“Romance de la señorita de Bruksdvaris”, “Romance de la bisabuela Malvina” y “Romance de la mujer parada en el puente”). Birutė Ciplijauskaitė escribe  en la nota previa de su traducción al español: “Esta presentación lírica de tres mujeres de diferentes generaciones ofrece a la vez un trasfondo histórico-social y un retrato sintético de la mujer lituana y su situación a través de los siglos. […] El haber escogido como símbolo y título [de la obra] una hierba humilde de olor amargo y raíz tenaz hace recordar que la suerte de la mujer lituana nunca ha sido fácil, y que sólo la fe irracional en algo más elevado le ha ayudado a defender la autonomía de su ser más íntimo”.  Y dice también que, en Lituania, “lo nacional se identifica con lo religioso. Los lituanos, paganos hasta 1397-1413, resistieron primero a los caballeros de la orden teutónica que pretendían traerles la cruz, derrotándolos definitivamente en 1410 (de aquel tiempo permanece la índole sagrada de los bosques, donde adoraban a sus dioses). [2] Luego, ya defendiendo la fe católica, se enfrentaron a los rusos”

Conviene añadir que Vidmantė Jasukaitytė ha desempeñado también un importante papel político en su país, como miembro del movimiento independentista Sąjūdis y signataria del Acta de restablecimiento del Estado de Lituania (11 de marzo de 1990), y como fundadora y dirigente de la Unión de Mujeres de Lituania; cuando Mijaíl Gorbachov visitó Lituania, poco antes del desmembramiento de la URSS, ella pronunció un airado discurso, transmitido por televisión, acusando a los jerarcas militares soviéticos de los malos tratos de sus soldados, sobre todo a las mujeres lituanas.

Albert Lázaro-Tinaut


 Paisaje rural del norte de Lituania. 
(Fuente: www.atchoumation.net)


Romance de la bisabuela Malvina (fragmento) 

No moriste de repente. Te asedió una enfermedad desconocida, fue abriéndose camino, se atrincheró dentro y comenzó a carcomerte. Era difícil para mí imaginar que eras tú la que andaba tan lentamente, apoyada en las paredes y parándose cada dos o tres pasos para descansar. Pero pensé que te habías dejado engañar por el otoño que acababa de llegar y enfermaste con él. Cuando te sentabas en la cama, habiéndote arrastrado penosamente hasta ella, cruzabas como invocando piedad los brazos sobre el regazo, y tus clarísimos ojos azules que sólo se ven en personas muy ancianas, escudriñaban algo situado más allá de mí, estremecían por su claridad hasta causarme indecible congoja. Solía decirte:

–Abuela, aguanta el invierno de alguna manera. Verás, llegará la primavera, y de repente te sentirás aliviada. Nada más trata de aguantar el invierno…

Respirabas con dificultad y moviendo la cabeza susurrabas:

–Sí, sí… Ya lo sé yo. Sólo el invierno…

Pero al acercarse la primavera ya casi no te levantabas. Adelgazaste y parecías un fantasma, eras la única en creer aún en mis pronósticos, que la primavera te devolvería la salud. Todos sabían lo que significa tener noventa y ocho años. Pero yo volvía a repetir:

–Abuela, ¿me oyes?... Tómate diez cucharadas de sopa. ¿Me oyes? Necesitas sopa para no morir. Y cuando llegue la primavera, enseguida volverá la salud y te levantarás. ¿Me oyes?

Tus ojos decían que sí, que lo oías todo, y los labios obedientes aceptaban la comida. Y yo adivinaba más bien que oía:

–Sí, sí… Lo sé… Pasará…

Faltaba tan poco para la llegada de la primavera. Cada día se despejaba más el cielo, empezó a derretirse la nieve, pero tú tomabas cada vez menos cucharadas de sopa. Nadie te hacía compañía para vigilarte. Cada uno metido en sus quehaceres, te dejaban sola mañanas o tardes enteras en tu cuartito sombrío, nadie supo cómo llegaste hasta la terraza el primer día de sol de marzo. La nieta de tu hermana, mi madre, mujer que ya no era joven, lanzó un grito al verte mientras volvía del establo por el corral, sentada en la silla de enea de tu juventud, jadeando.

–Abuela, ¿cómo te levantaste?

Se quedó plantada delante de ti confusa y sintiéndose muy culpable por haberse olvidado de tu vida, por considerarte ya casi como una cosa y por haber pensado que no te sentaría mal pasar días y noches enteros en la cama con la cabecera de madera tallada. Y tú la mirabas con tus ojos claros de anciana y repetías:

–Decía la niña que vendría la primavera… Y llegó… Y aguanté… Ahora todo será mejor para vosotros y para mí…

Y era verdad: desde aquel día tú misma te levantabas y salías a la terraza y luego, cuando vino más calor, al corral. Pero te vestías con ropa de invierno. Me espantaba sentir el frío que emanaba de ti, como el hielo que expele la tierra al acabar el invierno. Y el sol no lo derretía. Permaneció sin fundirse todo mayo, y junio, y julio, en agosto volviste a la cama, y ya no te levantaste. Y ya no creíste que algún día te levantarías. Ya no comías sopa, y cuando te traía algunas bayas del vergel, empezabas a implorar:

–Perdóname… Perdonad… No me deis ya de comer… Me duele todo… Perdonadme…

Entonces me moría de espanto, porque ya no sabía quién eras.

Pero una tarde hablaste firme y claro. Fijaste los ojos en un punto y empezaste a disparar palabras con tal velocidad que casi te asfixiabas:

–¿De dónde ha venido esta gente? ¿Qué quieren? Ya está repleta la casa. No cabrán. Anita –se dirigió a la nieta de su hermana, mi madre–, hazles sentarse. ¿De dónde habrá afluido tal gentío? Dargužas, Nevedomskis… Zasinas… ¿Por qué se quedan de pie? ¿Os molesta estar sentados?

El cuarto estaba vacío, pero tú veías personas que llevaban muertas muchos años, que yo nunca conocí, aunque había oído que a Dargužas le habían fusilado los alemanes por esconder a un niño judío, y que toda la familia de Nevedomskis había sido asesinada por los guerrilleros. De Zasinas quedan sólo los hijos, muy viejos ya –él mismo quedó hecho trizas al pisar una mina mientras traía la vaca del bosque–. Pero tú veías a esa gente. Hablaste con ellos toda la tarde, dirigiéndote de vez en cuando a mí o a mi madre: tus mejillas se sonrosaron, echabas fuego por los ojos y a la cara demacrada se le podían echar tanto cuarenta como noventa y ocho años. Pero de repente percibiste algo. Tus ojos se arrasaron de lágrimas, te echaste para adelante, extendiendo los delgados brazos amarillentos, y exclamaste con voz dolorosa:

–¡Estanislao! ¡Stasele!...

Estas fueron tus últimas palabras. Abriste la boca aún un par de veces, tratando de aspirar aire, te reclinaste sobre la almohada y expiraste, fijando de modo raro la mirada en un punto por encima del borde de la cama.

Traducción del lituano por Birutė Ciplijauskaitė 

[1] Vidmanté Jasukaityté: La milagrosa hierba de la raíz amarga. Traducción del lituano: Biruté Ciplijauskaité. Editorial horas y Horas, Madrid, 2002, pp. 55-57. 
[2] Sobre la religión de los antiguos pueblos bálticos, véase el artículo "Una aproximación a la mitología báltica", del Prof. Pietro U. Dini, publicado el 7 de septiembre de 2010 en IMPEDIMENTA
(http://impedimentatransit.blogspot.com/2010/09/una-aproximacion-la-mitologia-baltica.html)

miércoles, 17 de agosto de 2011

Poesía y compromiso en Malika Assimi

Un aspecto de la Medina de Marrakech.
(Fuente: http://enjoyourholiday.com/2011/02/25/marrakech-a-dual-city/)

Nacida en Marrakech en 1946, Malika Assimi es sobrina del poeta y destacada figura política Abdelkader Hassan El Assimi (Marrakech, 1915 - Rabat, 1996), resistente contra el colonialismo, miembro del Movimiento Nacional marroquí, cofundador del Partido del Istiqlal en diciembre de 1943 y signatario del Manifiesto de la Independencia en 1944. El padre de Malika, Ahmed Belhassan El Assimi, fue director de la primera escuela para chicas que abrió en Marrakech el Movimiento Nacional antes de la independencia de Marruecos.

Malika inició sus estudios superiores en la Universidad de Marrakech y los prosiguió en el Instituto Univesitario para la Investigación Científica de Rabat. Luego se dedicó a la enseñanza e inició una prometedora carrera literaria como poeta. Fue, además, una de las primeras mujeres que impusieron su voz en un Marruecos muy patriarcal. Su dinamismo y osadía, pese a ser militante de un partido conservador, motivaron la integración de otras mujeres en la sociedad artística del país. En la década de 1970 fundó la revista al-Ikhtiar (‘La Opción’). Pertenece al comité ejecutivo del Partido del Istiqlal, por el que ha sido diputada en el Parlamento de Marruecos.

Su identidad marrakechí, bilingüe, la ha impulsado a escribir su poesía tanto en árabe como en tamazight (bereber), recientemente reconocido en Marruecos como idioma cooficial. Ella misma afirma que recibió la influencia de la literatura árabe clásica, y que se ha inspirado sobre todo en poetas como el abásida Abass Ibn al-Ahnaf (750-809) y el iraquí Al-Mutanabbi (915-965).


Entre sus obras merecen mención los poemarios Escrituras más allá de los muros del mundo (Bagdad, 1988, reeditado al año siguiente en Marruecos), Las voces de una garganta muerta (Rabat, 1988), Algo que tiene nombres (Casablanca, 1997) y La sangre del Sol (Casablanca, 1997). Ha escrito, además, numerosos artículos, casi siempre relacionados con la condición femenina, así como estudios sobre la mujer y la política: una muestra de ello es su libro La mujer y la problemática de la democracia.


En La sangre del Sol, su obra más divulgada y comprometida, escrita en verso libre, “intenta reflejar sus sentimientos más íntimos y sus preocupaciones, y también aborda el tema social, en el que reivindica y expresa la necesidad de una libertad que lleve a la mujer marroquí a desvincularse de la represión que padece, tanto dentro de su núcleo familiar como en la sociedad”, dice Lamiae el-Amrani [1].


Albert Lázaro-Tinaut


Cuatro poemas de Malika Assimi



EL HUMO


Las tardes me ahogan

Y por mí se iluminan.

Yo enciendo mi sol

Y su claridad me abruma.

Persigo los vientos

Para que extingan mi fuego

Y me reduzcan

A un cuerpo

De humo.


(Traducción de Lamiae el-Amrani)



ACORAZADO


Sello

Mis barcos

Mis acorazados

En la nariz de las olas

Y entro

En la batalla del diluvio.

Lucho tras las montañas de la muerte

Hasta que se aplacan

Y me aplaco

O me desintegro,

Cuerpo

Abrasado

Por el látigo

Del viento.


(Traducción de Lamiae el-Amrani)


CREACIÓN

Por la noche

abandono todo mi pudor

abro de par en par

mi sol

pierdo la cabeza

soy presa
de un ardor loco

me lleno de olas
como un mar

en su flujo más viril

Mis tempestades se desencadenan

y crecen

Mi luz hiere

Soy un fulgor

un rayo que corre

detrás de las nubes

Brillo

Como la luz divina

insisto en el error

Dueña de la creación
me siento en el trono

y sobre el pecho de una estrella

consumo mi locura y mis artes

por sobre todas mis extensiones
y hasta en mis espacios más ocultos

el rey de la selva ruge

Mi león ruge de amor

por la estrella roja

que traspasa los horizontes.


(Traducción de Larbi el Harti)



MARIAM


Oh tú que me recoges

en esta noche lluviosa

como si fuera una cereza agrietada

pendida de una rama húmeda

Tú que caminas entre mis ramas

y me acaricias

me hundo entre tus manos

y tú descubres el éxtasis

la ley justa de este universo

Ellos dijeron:

Agita, Marian, la palmera

y haz que caigan dátiles para los niños

Y Marian sacudió la palma datilera de su padre

Adán

Oh tú que te estremeces

cuando el viento te sopla en las pestañas

y hace caer los astros
si supieras

lo que encierra el corazón.

(Versión de Albert Lázaro-Tinaut a partir de la traducción francesa
de Abdellatif Laâbi)
[2]



[1] Lamiae el-Amrani: “Literatura escrita por mujeres en el Marruecos actual”, dentro del libro colectivo Escritoras y pensadoras europeas. ArCiBel Editores, Sevilla, 2007. Algunos datos biobibliográficos de Malika Assimi han sido tomados del texto de el-Amrani.

[2] Abdellatif Laâbi: La Poésie marocaine de l’Indépendance à nos jours. Éditions de La Différence, París, 2005.


sábado, 23 de julio de 2011

La literatura eslovena contemporánea desde la perspectiva del año 1976 (y III)

Una puerta abierta de par en par a los aires del porvenir (Liubliana, 2006).
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Por Jean-Charles Lombard

Traducción de Albert Lázaro-Tinaut


[Las dos partes anteriores de este artículo se publicaron en
IMPEDIMENTA el 27 de junio y el 11 de julio pasados. En esta tercera y última parte, al igual que en la primera y la segunda, se han escrito los nombres con los correspondientes signos diacríticos y, en algunos casos, se han añadido vínculos, en castellano o inglés, para facilitar la búsqueda a quien desee obtener más información. También se han añadido
(entre corchetes y en cursiva) algunos datos que no aparecen en el artículo original.]

Hay un novelista sobre cuya obra merece la pena detenerse, ya que supone una excepción en la literatura eslovena: se trata de Lovro Kuhar (1893-1950), más conocido por su seudónimo: Prežihov Voranc. Autodidacta, se formó imitando a Gorki, y aunque empezó a escribir antes de la segunda guerra mundial, hasta fechas muy recientes no ha sido reconocido como uno de los “faros” eslovenos que iluminan la segunda mitad del siglo XX. Sensibilizado por los cambios que se produjeron en su país, muy atento a las fluctuaciones sociológicas, económicas y políticas de ese microcosmos que es Eslovenia, Voranc consiguió, sin producir una obra partidista o moralizadora, mostrar un alma eslovena dubitativa, a veces azorada pero siempre desgarrada y llena de contradicciones. Su novela Požganica [1939] es sin duda una de sus mejores obras, o al menos una de las más logradas. En sus relatos demuestra también unas finas dotes de observador y una gran sensibilidad, asimilando el realismo sin llegar a convertirlo en dogma, cosa que sí hicieron algunos contemporáneos suyos.

Busto de Prežihov Voranc
(Podgora, 1893 - Maribor, 1950),
obra del escultor Milan Vojsk.


En el mismo orden de ideas hay que citar a France Bevk (Pavle Sedmak [1890-1970]), un escritor que tuvo como compañeros de viaje a literatos de varias generaciones y que supo imponer una visión muy personal del mundo; su obra más notable es El vicario Martin Čedermac [1938].

Se puede observar que después de la segunda guerra mundial los novelistas eslovenos se van alejando del realismo social y empiezan a tratar problemas menos vinculados a los acontecimientos históricos. Ciril Kosmač [citado en la primera parte de este artículo], por ejemplo, aunque basó parte de su obra en la resistencia, supo deshacerse del pesado lastre que se suele encontrar en las novelas realistas con obras como La balada de una trompeta y una nube [1957] o Día de primavera [1953].


Mira Mihelič [1912-1985], sin duda una de las mejores escritoras yugoslavas, fue una excelente observadora de la sociedad eslovena y retrató magníficamente la burguesía decadente.


Mira Mihelič (Split, Croacia, 1912 -
Liubliana, 1985), retratada en un
mosaico por Barbara Ravnikar.


Beno Zupančič (1925 [-1980]), cuyas primeras obras tenían como telón de fondo la ocupación y la resistencia de los partisanos, se centró más tarde en la descripción de la vida de las gentes sencillas y sus anhelos de felicidad.


Andrej Hieng [1925-2000], uno de los escasos escritores eslovenos surgidos de la burguesía, también trató la temática de la resistencia, pero presentada desde un punto de vista fantástico que roza con el absurdo; más tarde se dedicó al teatro, aunque en ese terreno ha sido reconocido más como teórico que como dramaturgo.


Smiljan Rozman [1927-2007], por su parte, más verista que realista, escribió obras interesantes sobre el pequeño mundo de los suburbios industriales y excelentes diálogos para piezas teatrales y televisivas, y se decantó sobre todo hacia la literatura juvenil.


El Nouveau Roman no parece haber encontrado en Eslovenia a su Robbe-Grillet. Entre los intentos, más bien fallidos, que se han podido constatar en los últimos años sólo son dignas de mención las obras de Rudi Šeligo [1935-2004], entre las que destaca El tríptico de Agata Schwarzkobler [1968].*


Rudi Šeligo (Sušak, Croacia,
1935 - Liubliana, 2004).


Sería imperdonable no mencionar el teatro en el panorama de la literatura eslovena, ya que éste desempeña un papel de primer orden en la vida cultural del país, y para comprobarlo no hay más que enumerar el número de salas teatrales que se encuentran en las principales ciudades de Eslovenia. Liubliana, la capital, cuenta con cinco teatros permanentes, uno de ellos, especialmente activo, dedicado al público joven. En Maribor y Celje, las otras dos ciudades importantes de Eslovenia, existen también teatros permanentes. Todos ellos funcionan mediante el sistema de abonos, y establecen su programación unos comités compuestos por la dirección de cada teatro y algunos actores. Así es como el Teatro Nacional Esloveno de Liubliana, bajo la dirección de Janez Šenk, secundado por Janez Negro, ha podido presentar obras como L'impromptu de Versailles y Les fourberies de Scapin [de Molière], puestas en escena por el austriaco Peter Lotschak; invitó a André Périnetti para dirigir El alcalde de Zalamea [de Calderón de la Barca]; Roger Blin presentó en francés Fin de partie [de Samuel Beckett] y se ocupó del montaje de Divinas palabras [de Valle-Inclán], y Eugène Ionesco hizo una primera lectura de su Macbett (todo ello en el espacio de dos temporadas).

El Teatro Dramático Nacional de Eslovenia, en Liubliana.
(Fuente: http://artoftheatre.wordpress.com.)

Entre los autores dramáticos de posguerra más prometedores figuran Dominik Smole [1929-1992] y Gregor Strniša [1930-1987, citado en la segunda parte de este artículo], aunque no hayan alcanzado el éxito que se podía esperar de ellos. En cambio, sí que han resultado exitosas las piezas del antes mencionado Andrej Hieng y de Primož Kozak [1929–1981]. Aunque “comprometidas”, sus obras no han perdido actualidad, en particular las de Kozak, de poderoso temperamento dramático.

Más próximo a las tendencias teatrales actuales, Jože Javoršek [seudónimo de Jože Brejc, 1920-1990] no ha gozado del éxito que merecía. Por el contrario, Peter Božič (1932 [-2009]) y Dušan Jovanović [Belgrado, 1939] han sido muy bien aceptados por el público. Los necios [1963] y Emilija [1969] de Jovanović se han representado durante más de dos temporadas en el escenario del Mala drama (teatro experimental) del Teatro Nacional Esloveno de Liubliana.

Peter Božič (Bled, 1932 - Liubliana, 2009).
(Foto © Indirekt /Dnevnik)

Entre los “francotiradores” del mundo del teatro, Ivan Mrak (1906 [-1986]), autor de un considerable número de piezas escénicas, no ha sido reconocido hasta después de la representación de su drama histórico Robespierre (1972).

Sin duda más original, y perteneciente a la generación intermedia, Vitomil Zupan [1914-1987], con su obra Alejandro con las manos vacías, ha intentado aunar en el escenario la lengua literaria eslovena y la lengua hablada, bastante alejadas entre sí. Se trata de un trabajo de investigación interesante que, sin embargo, no ha obtenido una aceptación entusiasta por parte del público.


Vitomil Zupan (Liubliana, 1914-1987).
(Fuente: si.wikipedia.org)

Eslovenia ha abierto un camino propio para adentrarse en el concierto de las literaturas europeas, pero tropieza con el obstáculo de una lengua difícil y poco hablada. Buscando permanentemente su reconocimiento por las literaturas más favorecidas, Eslovenia, temerosa de no ser capaz de seguir la evolución de sus propias letras, ha pecado de un exceso de precipitación y ha cometido errores fundamentales tanto por lo que se refiere a la poesía como al teatro y la novela. Es ciertamente difícil afirmar la existencia cultural de un país cuando los obstáculos lingüísticos parecen infranqueables, de modo que algunos errores que pudieran observarse a primera vista resultan comprensibles y se pueden justificar si se reflexiona bien sobre ellos.

No obstante, eso tiene muy poca importancia si lo comparamos con la vitalidad de la creación literaria eslovena de nuestros días. Despreocupada por las escuelas, la poesía es hoy un conjunto de individualidades que se complementan oponiéndose entre sí, de generaciones que avanzan en el mismo sentido pese a resistencias aparentemente irreductibles.


Fachada de la Biblioteca Nacional y Universitaria de Eslovenia
(Narodna in univerzitetna knjižnica), en Liubliana, obra
del arquitecto Jože Plečnik, construida entre 1936 y 1941.

(Foto © Jaime Silva / Flickr)

Por fortuna, desde hace unos veinte años el aislamiento lingüístico esloveno parece diluirse: en Inglaterra, Alemania, Francia…, la literatura eslovena resulta cada vez más accesible a un público más amplio en la medida en que, sin renunciar a las características propias de su historia y de su etnia, supone una contribución nada despreciable a las letras europeas. Sería deseable que los editores franceses no se limitaran, como de hecho ocurre, a publicar a autores que escriben en serbocroata. En Eslovenia hay numerosos escritores de talento demostrado cuya originalidad no dejaría ciertamente indiferentes a los lectores.


* En 1987 Rudi Šeligo fue elegido presidente de la Asociación de Escritores de Eslovenia, y en 1989 estuvo entre los fundadores del partido liberal Unión Democrática Eslovena (Slovenska demokratična zveza, SDZ), muy activo durante la secesión de la República de Eslovenia de Yugoslavia. Tras la disolución de dicha formación política, se afilió al Partido Democrático Esloveno (Slovenska demokratska stranka, SDS). Fue Ministro de Cultura de Eslovenia del 7 de junio al 11 de noviembre del año 2000. (N. del T.)


Este artículo se publicó originalmente, en francés, en la revista Cahiers de l’Est, Éditions Albatros, París, Nº 5 (Printemps 1976), pp. 93-101.


NOTA: IMPEDIMENTA no comparte necesariamente todos los puntos de vista del autor de este artículo, aunque se ha considerado interesante traducirlo y publicarlo por lo que supone de difusión de una cultura, aunque sea de una manera parcial (en todos los sentidos); debe tenerse en cuenta, además, que fue escrito en una época y unas circunstancias políticas superadas. Sin duda, sería necesaria una actualización para que se entendiera mejor la evolución de la literatura eslovena en los últimos cuarenta años.

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lunes, 11 de julio de 2011

La literatura eslovena contemporánea desde la perspectiva del año 1976 (II)

El centro de Liubliana, la capital de Eslovenia, visto desde el castillo.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Por Jean-Charles Lombard
Traducción de Albert Lázaro-Tinaut


[La primera parte de este artículo se publicó en IMPEDIMENTA el pasado 27 de junio. La tercera y última parte aparecerá aquí próximamente. Al igual que en la primera parte, se han escrito los nombres con los correspondientes signos diacríticos y, en algunos casos, se han añadido vínculos, en castellano o inglés, para facilitar la búsqueda a quien desee obtener más información. También se han añadido, en cursiva, algunos datos que no aparecen en el artículo original.]

Es evidente que las preocupaciones de los poetas que no habían empezado a escribir antes de la guerra eran diferentes de las de sus padres. Más libres por lo que respecta a una literatura comprometida, aquellos jóvenes poetas pudieron orientar su obra hacia una temática subjetiva e irse liberando del romanticismo revolucionario, y también del realismo social. Se abría ante ellos un mundo que jamás habían conocido, que los deslumbraba pero al mismo tiempo, a veces, los decepcionaba. Aquella generación podría tildarse perfectamente de “generación perdida”, en el sentido de que los poetas que la formaban se tuvieron que enfrentar a una realidad tanto económica como mental que cuestionaba –o corría el riesgo de cuestionar– todo un pasado entrañablemente conservado como punto de referencia. Por fortuna no se produjo una ruptura total entre padres e hijos, de modo que éstos se esforzaron por comprender a aquéllos y aprovechar su experiencia.

La primera manifestación de los “poetas perdidos” fue la publicación, en 1953, de la antología
Pesmi štirih ['Poemas de los cuatro'] (Kajetan Kovič, 1931; Janez Menart, 1929 [-2004]; Tone Pavček, 1928; y Ciril Zlobec, 1925). A través de esta obra, toda una nueva generación de poetas se proponía situar al individuo en el lugar preeminente que le corresponde, sin caer por ello en un lirismo gratuito. Como fue el caso de sus mayores y como ocurre con frecuencia en Eslovenia, estos poetas han demostrado también sus excelentes cualidades como traductores; a Kovič se debe una sobresaliente versión de las Elegías de Duino de Rilke, así como versiones de Pasternak. Zlobec es autor de numerosas traducciones del italiano, y Menart, de excelentes versiones y adaptaciones del francés y el inglés. Esa actividad como traductores revela el interés que han demostrado siempre los intelectuales eslovenos por la vida cultural que se desarrolla más allá de las fronteras de su país.

Ciril Zlobec (Sežana, 1925), de pie,
con Kajetan Kovič (Maribor, 1931).

(Foto © STA)

Aunque los Poemas de los cuatro supusieran una especie de catalizador de la nueva poesía eslovena, hay unos cuantos poetas de edad algo mayor que participaron en la guerra y que, en cierto modo, configuraron la poesía de posguerra. Entre éstos destacan Matej Bor, Cene Vipotnik (1914-1973), Ivan Minatti (1924), Peter Levec (1923 [-1999]), Jože Šmit [1922-2004] y Lojze Krakar (1926 [-1995]). A diferencia de Kovič y de los otros poetas de la antología de los cuatro, éstos ya tenían una obra considerable antes de la guerra y sin duda vivieron el período 1940-1945 mucho más intensamente que los de la generación posterior. Su inspiración es a menudo más lírica, como si trataran así de desembarazarse de toda aquella violencia vivida en su juventud.

La generación que siguió a la de Kovič, Zlobec, Pavček, etc. no ha dado ninguna sorpresa, pero parece haber introducido ciertos elementos que aún no estaban presentes en la poesía eslovena, como las imágenes del surrealismo. Con más claridad, si cabe, que la precedente, ha reflejado con plena consciencia la alienación del hombre de hoy, enfrentado a un mundo que lo supera y lo precipita hacia un absurdo donde parece carecer de significado cualquier valor moral. Dane Zajc (1929 [-2005]), Gregor Strniša (1930 [-1987]), Veno Taufer (1933) y Saša Vegri (1934 [-2010]) son los representantes más representativos de ese período.



Dane Zajc (Zgornja Javoršica,
1929 - Golnik, 2005).

(Foto © Tomaž Skale)


De la generación más joven, es decir, la que ya ha publicado lo suficiente para que podamos citar algunos nombres, hay que destacar a varios poetas, como Svetlana Makarovič (1939), Ervin Fritz (1940), Niko Grafenauer (1940), Tomaž Šalamun (1941) [1], Erich Prunč (1941) y Vladimir Gajšek (1946). Entre los recién llegados a la poesía mencionaremos también a Tone Kuntner [1943] y Marko Kravos [1943]. Este último vive en Trieste y pertenece al pequeño grupo de escritores eslovenos residentes en Italia, cuyos representantes más destacados son Alojz Rebula [1924] y Boris Pahor [1913].

Svetlana Makarovič
(Maribor, 1939).

(Foto © Miha Fras)

Se trata, pues, de cuatro generaciones muy imbricadas y enriquecidas por una historia en incesante movimiento, que constituyen el panorama de la poesía eslovena contemporánea.

Por supuesto, no sorprende constatar que la novela eslovena tenga un desarrollo prácticamente paralelo a la línea trazada por la poesía, y que entre los novelistas contemporáneos hallemos a unos cuantos poetas ya citados sobre cuya personalidad no nos detendremos.

(Continuará.)

[1] De Tomaž Šalamun se ha publicado una Selección de poemas (1968-1998), traducidos al castellano por Pablo Juan Fajdiga (Madrid, Visor, colección ‘Visor de poesía’ núm. 410, 1999). Anteriormente habían aparecido una antología de Poesía eslovena contemporánea, a cargo de Juan Octavio Prenz (Madrid-Concepción [Chile], LAR, 1986) y, en Liubliana (Litterae Slovenicae XXXIII/2, 1995), una selección de “Poesía eslovena contemporánea”, que incluye a Aleš Debeljak, Milan Dekleva, Alojz Ihan, Milan Jesih, Kajetan Kovič, Svetlana Makarovič, Brane Mozetič, Boris A. Novak, Jure Potokar, Tomaž Šalamun, Dane Zajc y Uroš Zupan, traducidos por Marjeta Drobnič, Pablo Juan Fajdiga, Nina Kovič, Jasmina Markič, Damjana Pintarič, Antonio Preciado, Barbara Pregelj y Francisco Javier Uriz. (N. del T.)

Este artículo se publicó originalmente, en francés, en la revista Cahiers de l’Est, Éditions Albatros, París, Nº 5 (Printemps 1976), pp. 93-101.

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