Mostrando entradas con la etiqueta dictaduras totalitarias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dictaduras totalitarias. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de marzo de 2019

La autoinmolación como forma extrema de protesta

“La Casa del Suicidio y la Casa de la Madre del Suicidio”, obra dedicada en 1991 a Jan Palach 
por el artista estadounidense John Hejdu (1929-2000), instalada en enero de 2016 
en la antigua plaza del Ejército Rojo (hoy plaza de Jan Palach) de Praga.

Las primeras veces que oímos hablar de autoinmolación en defensa de una causa, religiosa, política o vinculada a algún fanatismo, fue a principios de la década de 1960, cuando el monje Thích Quảng Đức se prendió fuego en el centro de Saigón para protestar contra la persecución religiosa de que eran objeto los budistas por parte de la minoría católica gobernante en Vietnam del Sur: la fotografía de su sacrificio dio la vuelta al mundo. Aquel acto, que sorprendió sobre todo en los países “occidentales”, se conoció con la expresión “quemarse a lo bonzo”.

La inmolación del monje Thích Qung Đ
en Saigón el 11 de junio de 1963 
(fotografía de Malcolm Browne, que dio 
rápidamente la vuelta al mundo).

Otros monjes budistas tibetanos se han autoinmolado para protestar contra lo que entendían como ataques a su cultura y su religión por las autoridades de la República Popular China. Hubo, sin embargo, discrepancias entre los practicantes del budismo sobre la oportunidad de esos actos: unos se remitían a la tradición según la cual Buda, en una de sus vidas anteriores, se autoinmoló por el bien de los demás; otros, en cambio, sostenían que esa práctica atentaba contra la doctrina del budismo tibetano. Se sabe, en cualquier caso, que también hubo actos de inmolación en la India y en Japón.

Mención aparte, por supuesto, merecen las autoinmolaciones de fanáticos religiosos, como actos de odio, venganza y represalia, que poco o nada tienen que ver con los que se mencionan aquí.

En el artículo del profesor Federigo Argentieri que se presenta, traducido, a continuación, se trata de las autoinmolaciones que tuvieron lugar en los países de la órbita soviética como protesta por la sumisión de éstos a la URSS y las consecuencias que ello supuso. Ha quedado como símbolo de aquellos trágicos actos la figura del estudiante checo Jan Palach en la céntrica plaza Václav de Praga, en 1969, para denunciar la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia; pero Palach no fue, ni mucho menos, el único que lo hizo, como se puede leer a continuación.


Los otros doce Jan Palach

Por Federigo Argentieri

El 16 de enero de 1969 la “llama violenta y atroz” (en palabras de Francesco Guccini) quemaba el cuerpo del estudiante Jan Palach, quien había decidido tomar aquella decisión extrema para protestar contra el lento pero evidente sofocamiento, por parte de la URSS y sus aliados, de las ansias de libertad y democracia que se habían ido materializando en Checoslovaquia durante el año anterior, y que se frustraron por la intervención armada del 21 de agosto de 1968, diez días después de su vigésimo cumpleaños, pero lo hizo sobre todo contra la escasa resistencia que se estaba ofreciendo.

La muerte de Palach, el día 19 de enero, tuvo una 
enorme resonancia internacional, y la consternación 
y solidaridad fueron casi unánimes, como lo había 
sido la condena de la intervención militar. A él y a 
su acto se dedicaron canciones, como “Primavera
di Praga”, de Guccini, “Mourir dans tes bras”, de
 Adamo o, más recientemente, “Le fate di Praga”,
del cantauror italiano de música alternativa Sköll
El tema dio también para numerosos libros.

Jan Palach era, sin duda, un fiel seguidor de Tomáš Masarykel fundador y primer presidente de la República de Checoslovaquia, quien en 1881, como recuerda el eslavista Angelo Maria Ripellino, desarrolló en Viena una tesis sobre “el suicidio como fenómeno de masas de la civilización moderna”; además, cuando tenía 15 años se enteró de la inmolación de Thích Qung Đc, y es probable que tuviera noticia de un gesto análogo del cuáquero Norman Morrison, quien en 1965 se prendió fuego en Washington como protesta por la muerte de niños durante la guerra de Vietnam.

La autoinmolación de Ryszard Siwiec en Varsovia.
(Foto: PAP/Paweł Kula)


Casi un año antes de la inmolación de Palach, el 8 de septiembre de 1968 (dieciocho días después de la invasión de Checoslovaquia), el polaco Ryszard Siwiec, veterano de la resistencia antinazi y antisoviética, se había prendido fuego en el Estadio Nacional de Varsovia, donde se estaba celebrando la “fiesta de la cosecha” con la presencia de las máximas autoridades: murió al cabo de cuatro días. La policía hizo cuanto pudo para evitar que se difundiera la noticia, pese a que hubo muchos testigos de aquel acto de protesta, pero al cabo de unos meses Radio Free Europe (cuya sede estaba entonces en Alemania) rompió el silencio y anunció que Jan Palach no había sido la primera “antorcha humana”, al menos no en el plano internacional.

Apenas dos meses más tarde, el 5 de noviembre, el ucranio Vasyl Makuj (Василь Макух), otro veterano de la resistencia antinazi y antisoviética (a la derecha, su retrato), se inmoló cerca de la plaza Maidan de Kiev para protestar contra la opresión de que era objeto su país y también por la invasión de Checoslovaquia. Murió al día siguiente y, pese a las precauciones del KGB, la noticia se difundió entre los ucranios (muchos habían visto pasar los carros de combate hacia Checoslovaquia) y se filtró al extranjero.

Al cabo de nueve años, el 21 de enero de 1978, otro ucranio, Oleksa Hirnyk (Олекса Гірник), imitó aquellos gestos extremos para protestar contra la rusificación y la anulación de la identidad nacional ucrania. Lo mismo hizo el 23 de junio de aquel año el tátaro de Crimea Musa Mamut (Муса Мамут) para denunciar la opresión de su nacionalidad por parte de la URSS.

Monumento en mermoria de Oleksa Hirnyk en la ciudad ucrania 
de Ivano-Frankivsk, cerca de su localidad natal.

No parece que Palach conociera la suerte de Siwiec ni de Makuj, pues no los mencionó en las notas que dejó escritas. En cambio, Sándor Bauer, un estudiante húngaro de 16 años, declaró explícitamente que había querido seguir su ejemplo y se prendió fuego en la escalinata del Museo Nacional de Budapest el 20 de enero de 1969, al día siguiente de la muerte de Palach, “el hermano checo que hizo lo mismo”. Murió al cabo de tres días.

Una de las notas de despedida que dejó Sándor Bauer antes de inmolarse.
(© Állambiztonsági Szolgálatok Történeti Levéltára)

Si Palach no era la primera “antorcha humana” del bloque soviético, sí que lo había sido en su país, donde su ejemplo fue seguido casi inmediatamente: el 20 de enero el joven de 25 años Josef Hlavatý se daba fuego en Pilsen, y moría cinco días después; sin embargo, es probable que su suicidio se debiera sobre todo a razones personales, como su reciente divorcio, pero de hecho había sido muy activo durante la Primavera de Praga. Un mes más tarde, el 25 de febrero, fue Jan Zajíc, de 18 años, miembro de una familia demócrata y anticomunista, quien se inmoló. Es interesante constatar que los orígenes ideológicos de todas las víctimas mencionadas hasta ahora eran afines, lo cual suponía un motivo de reflexión para quienes pretendían apoderarse de su memoria.

Muy distinta era la tendencia política de de Evžen Plocek (fotografía de la izquierda), un obrero de Jihlava que militaba en el Partido Comunista y era afín a las reformas promulgadas por Alexander Dubček en Checoslovaquia: decepcionado por los "normalizadores", convencido de la imposibilidad de revertir la situación a la que se había llegado, se prendió fuego el 4 de abril de 1969, un día antes de que Dubček fuera expulsado del Partido.


Márton Moyses retratado por 
su hermano Frigyes en 1949.

El 13 de mayo de 1970 expiraba en Rumania un poeta húngaro de Transilvania, de 29 años, llamado Márton Moyses. Después de la Revolución de 1956, juntamente con otros jóvenes de su edad, intentó sin éxito unirse a la resistencia húngara contra los ocupantes soviéticos. En 1960, delatado y declarado elemento hostil al régimen por su solidaridad con los revolucionarios húngaros y por sus poemas críticos, fue procesado y condenado a dos años de prisión. Dos meses antes de que lo pusieran en libertad se cortó parte de la lengua con un hilo para no poder delatar a sus “cómplices”. En febrero de 1970, al cumplirse un año de la muerte de Palach y Bauer, viajó a la ciudad de Brașov y después de derramar gasolina frente a la sede del Partido Comunista, se prendió fuego. Murió al cabo de tres meses.

Casi dos años más tarde, el 14 de mayo de 1972, fue el lituano de 19 años Romas Kalanta quien realizó el mismo gesto en la ciudad de Kaunas, ante el edificio del Partido Comunista. Murió al día siguiente. Había dejado escritas estas palabras: “Acusad de mi muerte al régimen totalitario”. La imposición a su familia de anticipar dos horas el funeral suscitó una oleada de indignación y desencadenó tumultos que duraron dos días, durante los que fueron detenidas 402 personas, a siete de las cuales se impusieron penas de prisión; además, centenares de estudiantes fueron expulsados de sus facultades y otros protestatarios, despedidos de sus puestos de trabajo. Romas Kalanta fue rehabilitado cuando Lituania recuperó su independencia.



Placa-memorial en el lugar de la céntrica Laisvės Alėja (Avenida de la Libertad) 
de Kaunas donde se autoinmoló el estudiante lituano Romas Kalanta.
(Foto © Kęstutis Jurel, ELTA. Cortesía de Pietro U. Dini)

Por último hay que recordar a Oskar Brüsewitz, un pastor luterano de la Alemania del Este, que se inmoló en 1976, y al obrero rumano Liviu Cornel Babeș, quien lo hizo en 1989, poco antes de la caída del régimen dictatorial de Nicolae Ceaușescu.

Las “obras de arte de la historia”, como definió el politólogo canadiense Jacques Lévesque las revoluciones pacíficas de 1989, de algún modo hicieron justicia a esas almas inquietas, así como a la Revolución Húngara de 1956, la Primavera de Praga y los anhelos de libertad en Ucrania y el Báltico oriental. Jan Palach y todos quienes se suicidaron como protesta contra los regímenes comunistas burocráticos y opresivos, y contra la indiferencia y pasividad del resto del mundo, son recordados con afecto y emoción, cuando no han sido elevados al Panteón de los héroes nacionales. También hay que recordar, por supuesto, las inmolaciones de monjes tibetanos contra la ocupación china de su país. Debemos reflexionar sobre si estos actos de protesta no deban tipificarse como un método de condena contra las tiranías comunistas, aunque sería preferible que el criterio fuera extensivo a todas las otras, sin exclusión alguna.


La cadena humana que enlazó las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) 
el 23 de agosto de 1989, cincuenta años después de la firma del tratado entre Alemania 
y la URSS que permitió la posterior anexión de aquellas repúblicas a la Unión Soviética, 
es un ejemplo de las revoluciones pacíficas que condujeron a la independencia 
de los países del Báltico oriental.

El autor - El profesor Federigo Argentieri es un politólogo y académico italiano doctorado en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest. Especializado en relaciones internacionales y en la historia reciente de Hungría y de toda la denominada Europa del Este, ha publicado numerosos libros y artículos sobre los temas de su ámbito de estudio e investigación. Ejerce como profesor de Ciencias Políticas en la John Cabot University de Roma, cuyo Instituto Guarini para Asuntos Públicos dirige.


Este artículo, traducido en casi toda su integridad por Albert Lázaro-Tinaut, se publicó en el suplemento “La Lettura” del diario italiano Corriere della Sera el 13 de enero de 2019. Impedimenta agradece tanto al autor como al propio diario que le hayan concedido su amable autorización.

Clicar sobre las imágenes para aumentar su tamaño.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Breves apuntes sobre Predrag Matvejević y Dritëro Agolli, ‘in memoriam’


A principios de febrero de 2017 fallecieron dos figuras representativas de las culturas balcánicas: Predrag Matvejević y Dritëro Agolli.
El intelectual yugoslavo Predrag Matvejević, nacionalizado italiano, murió en Zagreb el 2 de febrero. Había nacido en Mostar (Herzegovina, que entonces formaba parte, con Bosnia, del Reino de Yugoslavia) el 7 de octubre de 1932, de padre ruso y madre croatobosnia. En su adolescencia fue partisano titista. Estudió en las universidades de Sarajevo y Zagreb y se licenció en lengua y literatura francesas. Prosiguió sus estudios en la Sorbona de París, donde se doctoró en literatura comparada y estética con una tesis sobre el compromiso en la poesía.
A su regreso a Yugoslavia, ejerció hasta 1991 como profesor de literatura francesa, y entre 1964 y 1974 perteneció al Grupo Praxis, que publicaba una revista de humanismo marxista. Sus ideas críticas y su participación en debates políticos pusieron de manifiesto su disidencia con respecto al régimen del mariscal Tito, por lo que fue expulsado de la Liga de los Comunistas Yugoslavos.
En su libro Istočni epistolar (1992), publicado originalmente en Italia con el título Epistolario dell'altra Europa. Un panorama culturale e politico dell'Europa Centrale e Orientale. Una poetica per il dissenso di ieri e di oggi [1], pasa de la ironía a la paradoja, invitando al mariscal Tito –presdidente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia– a dimitir por el bien del país, y a otros dos dirigentes del régimen a suicidarse para evitar la guerra. Su osadía le llevó a ser acusado de alta traición a los ideales comunistas y recibió amenazas de muerte (el buzón de su casa de Zagreb apareció un día con tres balazos), por lo que tuvo que abandonar el país y exiliarse, primero a París y después a Roma, donde ejerció como profesor de eslavística en la Universidad La Sapienza.
Su obra más famosa y divulgada en toda Europa es Mediteranski brevijar (1987), donde utiliza un vocabulario propio de las capas bajas de la sociedad, la gente modesta; y su último libro, Kruh naš, publicado en 2009 [2], se refiere básicamente a la alimentación popular y tradicional. Tanto en sus libros como en sus clases insistía en la idea de derribar los muros erigidos por los nacionalistas, tanto en la literatura como en la política. Su antinacionalismo lo llevó a crear el concepto de jugoslavenstvo, el ideal yugoslavo en el que siempre creyó, “como idea románticamente generosa de convivencia de las diversidades y del derribo de las fronteras, tanto mentales como culturales, además de las físicas”. Así lo refiere Vittorio Filippi en su artículo “Addio a Predrag Matvejevic, l’ultimo jugoslavo”, publicado en East Journal el 4 de febrero de 2017.
Cuenta la escritora y economista corsa Serena Luciani que “el reino de los encuentros con Matvejević” en Roma era el café de la plaza Mazzini, donde “recibía”. Después de haberse comprometido a orientar a Serena en la redacción de su novela Terremoto a Tirana, ésta explica: “Me citó precisamente en aquel café y se empeñó en invitarme a una buena comida. Me había hecho prometer que no le encargaría el prólogo, porque estaba muy harto de las numerosas peticiones en ese sentido que recibía, pero aquel día me dijo: ‘He leído los primeros capítulos y me sentiré honrado de escribirte un prólogo, porque esta no es una novela histórica, sino una novela de la historia’. Aquel elogio inesperado fue el mejor aliciente para continuar trabajando en el libro”.


El novelista y poeta albanés Dritëro Agolli murió en Tirana el 3 de febrero. Había nacido el 13 de octubre de 1931 en la aldea de Menkulas, junto a la frontera griega, cerca de la ciudad de Korça. Licenciado en filología en la Universidad de Leningrado, la actual San Petersburgo, desde 1974 presidió la Liga Albanesa de Escritores.
Agolli quiso conservar en sus novelas el lenguaje popular de su tierra, desafiando el desprecio de los albaneses por todo lo que se refería al mundo rural (en las ciudades estaba arraigada la idea de que los campesinos eran gente astuta que se enriquecía incluso en los tiempos de crisis y de miseria). Y aunque en Leningrado había estudiado con maestros de la categoría de Vladímir Propp, se mantuvo siempre muy próximo campo albanés, del que jamás renegó, pues le inspiraba. Ello no impidió, sin embargo, que se aproximara a las modernas tendencias culturales europeas, atraído sobre todo por el formalismo ruso y el estructuralismo.
El antropólogo cultural albanés Rigels Halili afirma que Agolli escribió su novela Njeriu me top (‘El hombre con el arma’, 1975) “de un modo más bien rústico y humorístico”. Pero él nunca fue rústico en sus maneras, aunque así ha sido juzgado su estilo en Albania por su obsesión en el uso del vocabulario popular. Eso era una singularidad y una contradicción en un país comunista donde, como ya ha quedado dicho, quienes sobresalían socialmente, en particular los ciudadanos de la capital, Tirana, siempre han menospreciado a los katundar (‘pueblerinos’ o ‘paletos’).
Sentido del humor, desde luego, no le faltaba a Dritëro Agolli. Cuando Serena Luciani lo entrevistó para Il Manifesto, describió “con efectos gogolianos” muchos episodios de su vida que le contó (con los que, dice, hubiera podido construir no una, sino diez entrevistas). El escritor rememoró, entre otras cosas, su desasosiego cuando fue una vez a casa de Propp. Lo acompañaba un coterráneo suyo muy ignorante, que apenas sabía hablar ruso. Habían dejado sus botas, empapadas por la lluvia, en la entrada, y después del ridículo que hizo aquel estudiante en el examen casero que Propp se había prestado a hacerle, salieron a toda prisa olvidando las botas. Ya en la calle, el frío hizo que se dieran cuenta del descuido, y aquel desgraciado propuso volver a casa del profesor para recuperarlas; pero Dritëro se negó en redondo, “y desde entonces aquellas botas se habrán estado balanceando tristemente, colgadas en la entrada de la casa de Propp…”.
Otra anécdota recogida en su entrevista por Serena: cuando Jruschov visitó Albania después de que se reanudaran las relaciones con la Unión Soviética, interrumpidas en 1961, fue invitado a comer en la ciudad costera de Durrës. Después de muchos brindis, ebrio, el mandatario soviético se zambulló, vestido, en el mar, sin que el KGB y la Sigurimi (la policía secreta albanesa) pudieran evitarlo. Los agentes “también se echaron al agua, vestidos y con sus gorros –explicaba Agolli–, y ya puedes imaginarte aquellos gorros balanceándose en perfecta fila, mecidos por las olas, como barquitas negras”. Sin embargo, el escritor no le dijo cuánto había sufrido, como otros, cuando a causa de la rotura de relaciones tuvo que separarse de su esposa rusa y del hijo de ambos: no volvió a verlos hasta 1990. Nunca hablaba de sus aflicciones, y se tardó años en conocer fuera de sus círculos más próximos aquel dramático episodio de su vida.
Probablemente Agolli fue de los únicos que, tras la caída del régimen comunista, hicieron enmienda pública de muchas cosas silenciadas, asumiendo la responsabilidad, algo que otros, más implicados políticamente que él, jamás se prestaron a hacer. Entre las muchas personas que le rindieron tributo a su muerte y durante su funeral, algunas sin duda disimularon su complacencia sin hacerle la más mínima concesión: todos, o casi todos (excepto los que fueron a prisión u optaron por el exilio sin formular jamás ninguna crítica), permanecieron callados hasta el final, incluso después de la muerte de Enver Hoxha y la apertura política de Ramiz Alia. [3]
Por oportunismo o por miedo, para evitar problemas o por convicción, poquísimos fueron los que se atrevieron a manifestar su oposición al régimen: cualquier crítica, por pequeña que fuera, o cualquier idea divergente podían comportar pena de muerte en aquella Albania sometida a la tiranía. Sin embargo, quienes trabajaron con Agolli en la Liga de Escritores afirman que su actitud fue siempre moderada y prudente, y que jamás manifestó simpatía alguna por el régimen, aunque, por supuesto, se guardó mucho de criticarlo. El miedo y el lavado de cerebro que inculcó la rígida dictadura hizo que incluso después de la caída del comunismo, el director del Teatro de la Ópera de Tirana mantuviera conscientemente el retrato de Hoxha en su despacho con esta justificación: “No escupo en el plato del que he comido”, palabras que Agolli utilizó literalmente en su poema “Sobre la valentía y el miedo”.
Albert Lázaro-Tinaut

[1] Fue publicado en español con el título Entre asilo y exilio: epistolario oriental. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2003.
[2] Ediciones en español: Breviario mediterráneo. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos. Ediciones Destino, Barcelona, 2008. Nuestro pan de cada día. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Acantilado, Barcelona, 2013.
[3] Enver Hoxha (1908-1985) fue Primer Ministro de la República Popular de Albania desde 1944 hasta 1954 y Secretario General del Partido del Trabajo albanés desde 1941 hasta su muerte. Fue un dictador de obediencia estalinista que ejerció el poder con mano de hierro y mantuvo a Albania aislada durante muchos años, convirtiendo el país en una auténtica prisión para sus habitantes. Ramiz Alia (1925-2011), alto dirigente del Partido del Trabajo, fue presidente de Albania entre 1982 y 1992 y dio el paso decisivo para la democratización del país mediante reformas liberalizadoras que culminaron con la privatización de la economía y la convocatoria de elecciones multipartidistas en 1991.
Este texto está basado, en gran parte, en el artículo de Serena Luciani “Per Dritëro Agolli, Tullio De Mauro, Predrag Matvejevic”, publicado en Albania News el 11 de febrero de 2017.

domingo, 31 de enero de 2016

Los judíos en Rumanía: pasado y presente

La Sinagoga Mare (Gran Sinagoga) de Bucarest, tras su restauración 
completa y su reapertura en julio de 2007.

Introducción

En Rumanía, cuya población es de unos veintiún millones de habitantes, la comunidad judía, antes numerosa, ha quedado reducida a alrededor de 14.000 individuos. La mayoría de éstos son judíos asquenazíes, pero en algunas de las principales ciudades del país (Bucarest, Iași, Cluj, Oradea...) se encuentran todavía pequeñas comunidades sefardíes: son reliquias del pasado, e incluso muchos sefardíes rumanos han abandonado el judaísmo. La Federación de Comunidades Judías (Federaţia Comunităţilor Evreieşti din România), con sede en Bucarest, es el principal órgano de coordinación de las actividades de los judíos rumanos y publica la revista mensual Realitatea Evreiască (‘La Realidad Judía’) fundada en 1956 por el rabino Moses Rosen con el nombre de Revista Cultului Mozaic (‘Revista del Culto Mosaico’).


Desde la Edad Media, los judíos se asentaron en los principados de Valaquia (Țara Românească), Moldavia (Moldova) y Transilvania (Erdély, en húngaro; Siebenbürgen, en alemán), que entre los siglos XV y XIX (hasta finales del XVII, en el caso de Transilvania) fueron estados vasallos del Imperio otomano y más tarde, tras diversas vicisitudes, se integraron en el Reino de Rumanía (1881-1947), y sucesivamente en la República Popular Rumana (1947-1958), la República Socialista de Rumanía (1958-1989) y la República de Rumanía actual. Situadas en una zona de intersección de fronteras y limítrofe con reinos e imperios poderosos, las tierras de aquellos principados fueron un área de controversias y, al mismo tiempo, de confluencia cultural.

La evolución del Imperio otomano según un mapa diseñado por Ilya U. Topper.
(Fuente: www.mediterraneosur.es)

El tratado de paz de Karlowitz entre Austria y Turquía sancionó en 1699 la anexión de Transilvania, como un principado autónomo, al Imperio austriaco de los Habsburgo, y el Imperio otomano, por su parte, introdujo en Moldavia (1711) y Valaquia (1716) el régimen fanariota, que se mantuvo hasta 1821 con voivodas griegos corruptos y fieles a los turcos que incrementaron el control político y económico otomanos.

Violenta imagen del levantamiento popular de 1821 en Bucarest, 
que puso fin al odiado régimen fanariota (grabado alemán de la época).

El actual suelo rumano fue, durante mucho tiempo, campo de batalla en las numerosas guerras que enfrentaron a los imperios austriaco y ruso desde 1710 hasta 1856, enfrentamientos que no sólo devastaron el territorio, sino que produjeron amputaciones territoriales y no pocos desplazamientos de población. El mosaico étnico de la Rumanía actual da fe de ello. Desde principios del siglo XIX los principados rumanos (con la excepción ya mencionada de Transilvania) se fueron distanciando del Imperio otomano y se inició un proceso de identificación durante el cual la población fue concienciándose de su pertenencia a una misma nación, hasta que en 1862 se fundó la nación rumana moderna, se estableció su capitalidad en Bucarest y se inició la lucha por la independencia con el respaldo de Rusia.

Tropas rumanas cruzando el Danubio para ocupar la Dobruja en 1878, 
durante la guerra ruso-turca (pintura de Henryk Dembitzky).

La Rumanía sefardí y la inmigración de los asquenazíes

La llegada a Valaquia de los primeros judíos sefardíes (del hebreo ספרדים [Yehudei Sfarad], literalmente “los judíos de España”) está documentada por primera vez en 1496. La migración de los judíos ibéricos a los Balcanes fue favorecida por el sultán otomano Beyazid II, quien envió incluso buques de su Armada para transportar desde las costas españolas a numerosos judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492.

Alexandros Ypsilantis.

La convivencia de las comunidades judías con los habitantes de las regiones balcánicas ocupadas por los turcos fue siempre respetuosa e incluso, con frecuencia, valorada: en 1818, por ejemplo, el príncipe Alexandros Ypsilantis (fanariota griego) nombró primer hahambaşı (‘gran rabino’) de Valaquia y Moldavia (con residencia en Iași) a Betalel Cohen, hijo del rabino Naftalí Cohen, que había sido hombre de confianza del sultán Mustafa III. A partir de 1834, los propios judíos fueron autorizados a elegir a sus rabinos, aunque ya sin el título oficial de hahambaşı.

Los sefardíes, sin embargo, empezaron a perder influencia a partir de finales del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar a Valaquia y Moldavia oleadas de asquenazíes (del hebreo יהודי אשכנז [Yehudei Ashkenaz], literalmente “los judíos de Alemania”), de lengua yiddish, huyendo de las persecuciones de que eran objeto en Rusia y Galitzia.

Puerta de la sinagoga de Gherla 
(Szamosújvár), Transilvania.
(Fuente: Flickr Hive Mind)

Los judíos sefardíes están documentados por primera vez en tierras del Principado de Transilvania, concretamente en la ciudad de Alba Iulia (Gyulafehérvár, en húngaro; Carlsburg, en alemán), en 1591. La emigración de los judíos a Transilvania continuó hasta el año 1848, cuando se impusieron restricciones de residencia: el número de judíos censados en aquella región histórica pasó de unos 2000 en 1766 a más de 30.000 en 1880. La ciudad fronteriza de Timișoara (Temesvár, en húngaro; en alemán, Temeschburg) fue colonizada por judíos sefardíes antes de la llegada de los asquenazíes. Las dos sinagogas de la ciudad, la sefardí y la asquenazí, se construyeron en 1762.

Desde principios del siglo XIX, el norte de Moldavia se convirtió en el centro cultural y de la vida judía, sobre todo a causa de las migraciones de asquenazíes desde Rusia: en 1803 sólo había 15.000 judíos en Moldavia, y en 1899 ya eran 197.000. En Valaquia, los judíos eran apenas 4000 en 1831, habían aumentado hasta unos 9000 en 1859 y llegaron a ser 61.000 en 1899. Desde finales del siglo hasta 1914 emigraron más de 75.000 judíos rumanos, sobre todo a los Estados Unidos.

Familia de judíos rumanos establecida en Filadelfia (Pensilvania,
Estados Unidos) a finales del siglo XIX.
(Fuente: www.jewhishgen.org)

Fueron numerosos los judíos que rumanizaron sus apellidos: Avramescu, Isacescu, Iacobescu; Aroneanu, Ocneanu, Podoleanu. O bien los adoptaron a partir de sus oficios: Ciubotaru o Ciubotarul (‘zapatero’), Fieraru (‘herrero’), Pescaru (‘pescador’)… Los apellidos específicos sefardíes muestran las raíces multiétnicas de éstos o sus antiguas procedencias: Aftalion, Alcaly, Alfandari, Behar, Granini, Medina, Mitani, Nahmias, Papo, Semo, etc., según hubieran llegado directamente de la península Ibérica o a través de Italia, Grecia, Turquía y los países del norte de África.

El ladino o judeoespañol se habló durante mucho tiempo en tierras de la actual Rumanía, sobre todo en las ciudades portuarias del Danubio y en la Dobruja Meridional.

Localización de las principales comunidades sefardíes
en Moldavia y Valaquia a finales del siglo XIX.
(Fuente: Sephardic Studies)

El Holocausto y sus consecuencias

En el verano de 1940 Rumanía sucumbió a la presión alemana, y luego Besarabia y la mitad septentrional de la Bucovina quedaron integradas en la Unión Soviética; el norte de Transilvania pasó a Hungría, y el sur de Dobruja, a Bulgaria. El antisemitismo se extendió por todo el país, primero tras la proclamación del Estado Nacional Legionario (Statul Naţional-Legionar Român), y especialmente tras la llegada al poder del dictador filonazi Ion Antonescu y la acción de la organización ultranacionalista y antisemita Garda de Fier (‘Guardia de Hierro’).

La gran sinagoga sefardí de Bucarest (el Kahal Grande), 
destruida por la Guardia de Hierro en enero de 1941.

Muchísimos hogares de judíos fueron saqueados, sus tiendas incendiadas, numerosas sinagogas profanadas; durante el pogromo de Bucarest de enero de 1941, dos de ellas quedaron incluso arrasadas: el Kahal Grande, la gran sinagoga sefardí de Bucarest, y la vieja bet ha-midrash (‘casa de estudios). Algunos líderes de la comunidad bucarestina fueron encarcelados y los fieles, expulsados de las sinagogas por la fuerza, torturados y asesinados.

Más de 264.000 judíos y gitanos perecieron en los campos de exterminio nazis durante la segunda guerra mundial, víctimas del denominado Holocausto rumano. La mayoría de los supervivientes huyeron luego de la Rumanía comunista y emigraron a Israel o los Estados Unidos. Solamente unos 14.000 judíos, la mayoría mayores de sesenta años, viven hoy en Rumania.

Albert Lázaro-Tinaut




[Este texto está basado en varias fuentes, pero sobre todo en el artículo (sin firma) “Sephardic Jewish community in Romania”, publicado en Sephardic Studies, del Stroum Center for Jewish Studies de la Universidad de Washington y reproducido en el boletín eSefarad el 2 de enero de 2016.]