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domingo, 31 de enero de 2016

Los judíos en Rumanía: pasado y presente

La Sinagoga Mare (Gran Sinagoga) de Bucarest, tras su restauración 
completa y su reapertura en julio de 2007.

Introducción

En Rumanía, cuya población es de unos veintiún millones de habitantes, la comunidad judía, antes numerosa, ha quedado reducida a alrededor de 14.000 individuos. La mayoría de éstos son judíos asquenazíes, pero en algunas de las principales ciudades del país (Bucarest, Iași, Cluj, Oradea...) se encuentran todavía pequeñas comunidades sefardíes: son reliquias del pasado, e incluso muchos sefardíes rumanos han abandonado el judaísmo. La Federación de Comunidades Judías (Federaţia Comunităţilor Evreieşti din România), con sede en Bucarest, es el principal órgano de coordinación de las actividades de los judíos rumanos y publica la revista mensual Realitatea Evreiască (‘La Realidad Judía’) fundada en 1956 por el rabino Moses Rosen con el nombre de Revista Cultului Mozaic (‘Revista del Culto Mosaico’).


Desde la Edad Media, los judíos se asentaron en los principados de Valaquia (Țara Românească), Moldavia (Moldova) y Transilvania (Erdély, en húngaro; Siebenbürgen, en alemán), que entre los siglos XV y XIX (hasta finales del XVII, en el caso de Transilvania) fueron estados vasallos del Imperio otomano y más tarde, tras diversas vicisitudes, se integraron en el Reino de Rumanía (1881-1947), y sucesivamente en la República Popular Rumana (1947-1958), la República Socialista de Rumanía (1958-1989) y la República de Rumanía actual. Situadas en una zona de intersección de fronteras y limítrofe con reinos e imperios poderosos, las tierras de aquellos principados fueron un área de controversias y, al mismo tiempo, de confluencia cultural.

La evolución del Imperio otomano según un mapa diseñado por Ilya U. Topper.
(Fuente: www.mediterraneosur.es)

El tratado de paz de Karlowitz entre Austria y Turquía sancionó en 1699 la anexión de Transilvania, como un principado autónomo, al Imperio austriaco de los Habsburgo, y el Imperio otomano, por su parte, introdujo en Moldavia (1711) y Valaquia (1716) el régimen fanariota, que se mantuvo hasta 1821 con voivodas griegos corruptos y fieles a los turcos que incrementaron el control político y económico otomanos.

Violenta imagen del levantamiento popular de 1821 en Bucarest, 
que puso fin al odiado régimen fanariota (grabado alemán de la época).

El actual suelo rumano fue, durante mucho tiempo, campo de batalla en las numerosas guerras que enfrentaron a los imperios austriaco y ruso desde 1710 hasta 1856, enfrentamientos que no sólo devastaron el territorio, sino que produjeron amputaciones territoriales y no pocos desplazamientos de población. El mosaico étnico de la Rumanía actual da fe de ello. Desde principios del siglo XIX los principados rumanos (con la excepción ya mencionada de Transilvania) se fueron distanciando del Imperio otomano y se inició un proceso de identificación durante el cual la población fue concienciándose de su pertenencia a una misma nación, hasta que en 1862 se fundó la nación rumana moderna, se estableció su capitalidad en Bucarest y se inició la lucha por la independencia con el respaldo de Rusia.

Tropas rumanas cruzando el Danubio para ocupar la Dobruja en 1878, 
durante la guerra ruso-turca (pintura de Henryk Dembitzky).

La Rumanía sefardí y la inmigración de los asquenazíes

La llegada a Valaquia de los primeros judíos sefardíes (del hebreo ספרדים [Yehudei Sfarad], literalmente “los judíos de España”) está documentada por primera vez en 1496. La migración de los judíos ibéricos a los Balcanes fue favorecida por el sultán otomano Beyazid II, quien envió incluso buques de su Armada para transportar desde las costas españolas a numerosos judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492.

Alexandros Ypsilantis.

La convivencia de las comunidades judías con los habitantes de las regiones balcánicas ocupadas por los turcos fue siempre respetuosa e incluso, con frecuencia, valorada: en 1818, por ejemplo, el príncipe Alexandros Ypsilantis (fanariota griego) nombró primer hahambaşı (‘gran rabino’) de Valaquia y Moldavia (con residencia en Iași) a Betalel Cohen, hijo del rabino Naftalí Cohen, que había sido hombre de confianza del sultán Mustafa III. A partir de 1834, los propios judíos fueron autorizados a elegir a sus rabinos, aunque ya sin el título oficial de hahambaşı.

Los sefardíes, sin embargo, empezaron a perder influencia a partir de finales del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar a Valaquia y Moldavia oleadas de asquenazíes (del hebreo יהודי אשכנז [Yehudei Ashkenaz], literalmente “los judíos de Alemania”), de lengua yiddish, huyendo de las persecuciones de que eran objeto en Rusia y Galitzia.

Puerta de la sinagoga de Gherla 
(Szamosújvár), Transilvania.
(Fuente: Flickr Hive Mind)

Los judíos sefardíes están documentados por primera vez en tierras del Principado de Transilvania, concretamente en la ciudad de Alba Iulia (Gyulafehérvár, en húngaro; Carlsburg, en alemán), en 1591. La emigración de los judíos a Transilvania continuó hasta el año 1848, cuando se impusieron restricciones de residencia: el número de judíos censados en aquella región histórica pasó de unos 2000 en 1766 a más de 30.000 en 1880. La ciudad fronteriza de Timișoara (Temesvár, en húngaro; en alemán, Temeschburg) fue colonizada por judíos sefardíes antes de la llegada de los asquenazíes. Las dos sinagogas de la ciudad, la sefardí y la asquenazí, se construyeron en 1762.

Desde principios del siglo XIX, el norte de Moldavia se convirtió en el centro cultural y de la vida judía, sobre todo a causa de las migraciones de asquenazíes desde Rusia: en 1803 sólo había 15.000 judíos en Moldavia, y en 1899 ya eran 197.000. En Valaquia, los judíos eran apenas 4000 en 1831, habían aumentado hasta unos 9000 en 1859 y llegaron a ser 61.000 en 1899. Desde finales del siglo hasta 1914 emigraron más de 75.000 judíos rumanos, sobre todo a los Estados Unidos.

Familia de judíos rumanos establecida en Filadelfia (Pensilvania,
Estados Unidos) a finales del siglo XIX.
(Fuente: www.jewhishgen.org)

Fueron numerosos los judíos que rumanizaron sus apellidos: Avramescu, Isacescu, Iacobescu; Aroneanu, Ocneanu, Podoleanu. O bien los adoptaron a partir de sus oficios: Ciubotaru o Ciubotarul (‘zapatero’), Fieraru (‘herrero’), Pescaru (‘pescador’)… Los apellidos específicos sefardíes muestran las raíces multiétnicas de éstos o sus antiguas procedencias: Aftalion, Alcaly, Alfandari, Behar, Granini, Medina, Mitani, Nahmias, Papo, Semo, etc., según hubieran llegado directamente de la península Ibérica o a través de Italia, Grecia, Turquía y los países del norte de África.

El ladino o judeoespañol se habló durante mucho tiempo en tierras de la actual Rumanía, sobre todo en las ciudades portuarias del Danubio y en la Dobruja Meridional.

Localización de las principales comunidades sefardíes
en Moldavia y Valaquia a finales del siglo XIX.
(Fuente: Sephardic Studies)

El Holocausto y sus consecuencias

En el verano de 1940 Rumanía sucumbió a la presión alemana, y luego Besarabia y la mitad septentrional de la Bucovina quedaron integradas en la Unión Soviética; el norte de Transilvania pasó a Hungría, y el sur de Dobruja, a Bulgaria. El antisemitismo se extendió por todo el país, primero tras la proclamación del Estado Nacional Legionario (Statul Naţional-Legionar Român), y especialmente tras la llegada al poder del dictador filonazi Ion Antonescu y la acción de la organización ultranacionalista y antisemita Garda de Fier (‘Guardia de Hierro’).

La gran sinagoga sefardí de Bucarest (el Kahal Grande), 
destruida por la Guardia de Hierro en enero de 1941.

Muchísimos hogares de judíos fueron saqueados, sus tiendas incendiadas, numerosas sinagogas profanadas; durante el pogromo de Bucarest de enero de 1941, dos de ellas quedaron incluso arrasadas: el Kahal Grande, la gran sinagoga sefardí de Bucarest, y la vieja bet ha-midrash (‘casa de estudios). Algunos líderes de la comunidad bucarestina fueron encarcelados y los fieles, expulsados de las sinagogas por la fuerza, torturados y asesinados.

Más de 264.000 judíos y gitanos perecieron en los campos de exterminio nazis durante la segunda guerra mundial, víctimas del denominado Holocausto rumano. La mayoría de los supervivientes huyeron luego de la Rumanía comunista y emigraron a Israel o los Estados Unidos. Solamente unos 14.000 judíos, la mayoría mayores de sesenta años, viven hoy en Rumania.

Albert Lázaro-Tinaut




[Este texto está basado en varias fuentes, pero sobre todo en el artículo (sin firma) “Sephardic Jewish community in Romania”, publicado en Sephardic Studies, del Stroum Center for Jewish Studies de la Universidad de Washington y reproducido en el boletín eSefarad el 2 de enero de 2016.]

sábado, 26 de diciembre de 2015

Los dilemas de Moldavia después de su independencia

La frontera entre Rumanía y Moldavia en Sculeni, localidad 
dividida entre los dos países, a orillas del río Prut.
(Foto © Darren Alff / bicycletouring.pro, 2012)

El día 27 de agosto de 1991, tras la disolución de la URSS, el territorio de la República Socialista Soviética de Moldavia se independizó por segunda vez (ya había sido muy brevemente un Estado independiente, proclamado por el Soviet moldavo, entre el 15 de diciembre de 1917 y el 9 de abril de 1918, cuando fue anexionado por Rumanía). Renació así la República de Moldavia (Republica Moldova), formada por la mayor parte de la Besarabia histórica y la franja oriental de Transnistria (es decir, la integridad del territorio de la antigua república soviética). 

Transnistria, no obstante, se resistió a formar parte de la nueva república y, anticipándose a la de Moldavia, el 2 de septiembre de 1990 proclamó unilateralmente su independencia (que nunca ha sido reconocida por la comunidad internacional), lo cual dio lugar, en 1992, a un conflicto civil que duró cuatro meses y medio. La región mantiene su estatus con el nombre de República Moldava Pridnestroviana.

Moldavia, cuya capital es Chișinău (Kishiniev [Кишинёв] en ruso), es un Estado multiétnico formado por moldavos de lengua rumana (alrededor del 65 %), ucranianos (11 %), rusos (poco más del 9 %), rumanos (2,2 %), gagaúzos (unas 250.000 personas, el 3,8 % de la población) y minorías búlgaras, judías, gitanas, alemanas, serbias y turcas. Rusos y ucranianos son mayoritarios, sin embargo, en Transnistria, donde representan alrededor del 60 % de la población. 

La población de Chișinău, capital de la República de Moldavia, 
es de unos 675.000 habitantes.

Con una superficie de 33.843 km2 y una población estimada de 4.450.000 habitantes (unos 520.000 de ellos en Transnistria), Moldavia es uno de los países más pequeños de Europa y, a la vez, uno de los más pobres, con una renta per cápita de 4200 euros (la de Transnistria apenas alcanza los 1850).*

Al igual que otros países independizados de la Unión Soviética y de su órbita política (Rumanía, Bulgaria y Ucrania, entre ellos), Moldavia es un país de emigrantes económicos, cifrados en cerca de dos millones de personas y establecidos sobre todo en los países más desarrollados de la Unión Europea.

“Eh, moldovenii când s-adună…” (‘Eh, los moldavos cuando se reúnen...’), 
fiesta navideña organizada por la comunidad moldava de Burdeos (Francia).
(Fuente: Moldavie.fr)

Esta introducción intenta reflejar los aspectos principales que caracterizan a Moldavia, un país donde, contrariamente a lo que pudiera pensarse, el nivel educativo y cultural es alto.

Trece años después de su independencia, el investigador y politólogo francés Florent Parmentier publicó un largo artículo del que hemos extraído unos fragmentos. Lo que dice corresponde a la Moldavia de los años 2003 y 2004: hay que considerarlo, pues, desde la perspectiva de la primera mitad de aquella década. Recientemente se han producido cambios significativos para el país, como la firma, en junio de 2014, del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.

Albert Lázaro-Tinaut

* Compárese, por ejemplo, con la de otras repúblicas surgidas de la URSS, como Estonia (18.800 euros), Lituania (15.4oo), Letonia (15.300), Rusia (14.500), Azerbaiyán (8000) o Bielorrusia (7500).


Mapa de la actual República de Moldavia, con Transnistria 
(en color anaranjado, al este) y Gagauzia (al sur, en color rojo).


La competición cultural de la transición

Por Florent Parmentier

Moldavia es un Estado postsoviético débil cuya legitimidad ha sido puesta en entredicho tanto dentro como fuera de sus fronteras. Pese a que los objetivos que suponen la creación de un Estado de derecho y una economía de mercado están todavía muy lejos de alcanzarse, los conflictos étnico-culturales parecen pronosticar un futuro incierto para Moldavia, y su solución presenta incluso problemas a escala regional. Mientras que la mayor parte de la población es rumanófona (64,5 %), ésta está compuesta en una tercera parte por minorías: ucranianos, rusos, gagaúzos y otros.

Estandarte del Principado de Moldavia 
utilizado entre 1359 y 1848.

Este país surgió a partir del principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV e invadido en el XVI por el Imperio otomano. Su parte oriental, denominada Besarabia por el zar Alejandro I, pasó a formar parte de los dominios del Imperio ruso en 1812, antes de reunificarse con Rumanía en 1918. A consecuencia de las relaciones rumano-soviéticas en el período de entreguerras, la URSS tomó posesión del territorio moldavo tras el pacto Ribbentrop-Molotov y después de un ultimátum dado a Rumanía. La República de Moldavia fue sometida a un intercambio de territorios con Ucrania, que la privaron de su acceso al mar Negro, por el sur, y de toda su parte septentrional (la Bucovina); a cambio de todo ello, y como compensación, se le incorporó la franja de Transnistria, de mayoría eslava. Las fronteras del Estado actual son, pues, fruto de las vicisitudes de la historia regional y también de decisiones estalinistas.

La independencia, tras la descomposición del Imperio soviético y del sistema comunista, puso sobre el tapete la cuestión de la recomposición de territorios e identidades. El caso de Moldavia es ideal para el estudio del nacionalismo como recurso político, y también para valorar la importancia del factor lingüístico. En efecto, parecía probable la reunificación de Rumanía y Moldavia, y muchos dudaron de que se consolidara la independencia de esta nueva entidad política; por el contrario, las transformaciones postcomunistas demostraron la capacidad de ciertas élites políticas para movilizar las identidades como parte de la “competición cultural” de la transición, y también para mantenerse en el poder.

Entusiasmo popular en Chișinău tras la declaración de independencia 
de Moldavia, el 27 de agosto de 1991. La transición democrática, 
sin embargo, ha sido larga, compleja y muy laboriosa.
(Fuente: Moldova Photo Gallery)


Las diferencias actuales se explican por la incapacidad de gestionar una política capaz de apaciguar la crisis identitaria y la falta de una “moldavidad” motivadora para transmitir un sentimiento de pertenencia a un Estado distinta del “moldavinismo”, doctrina cuya finalidad consistía en justificar la existencia de un pueblo moldavo distinto del rumano. Los problemas étnico-culturales, heredados del antiguo régimen, son fundamentales a la hora de definir el Estado, tanto si se trata del dilema rumanos/moldavos, de la competición cultural o de Transnistria, de la misma manera que influyen en la democratización del país.

La transición democrática ha sido el escenario donde se han representado diferentes evoluciones concurrentes y ha dado lugar a una “competición cultural” en el interior del Estado. Por un lado está el redescubrimiento de una identidad rumana por parte de distintas capas de la sociedad, y la reafirmación de ese grupo cultural gracias a las leyes sobre la lengua. En este contexto, los rusófonos se sintieron afectados por una crisis de identidad, ya que hasta entonces habían sido el grupo cultural dominante. Además no podían optar a una auténtica autonomía territorial, ya que los rusos se concentraban principalmente en los núcleos urbanos y la población ucraniana era mixta, urbana y al mismo tiempo integrada en las zonas rurales del país.

La persistencia del uso del alfabeto cirílico, característica 
de los rusófonos contrarios a la rumanización de Moldavia.
(Fuente: chisinau2011.blogspot)

Hay que precisar que la mayoría de los rusos de Moldavia viven en Besarabia, lo cual permite suponer que sostienen al régimen moldavo. Por otro lado, la construcción de una cultura cívica encaminada a formar una nueva comunidad política (la moldavidad) pero compuesta por una diversidad de grupos étnico-culturales es algo que han empezado a afrontar las políticas públicas, pero que resulta difícil concretar. 

No hay que perder de vista, tampoco, la emancipación de algunos grupos que exigen una entidad autónoma, como es el caso de los gagaúzos, pero también de los búlgaros. La Unión Soviética promovió una identidad moldava artificial para que aquella república no se sintiera tentada a reunificarse con Rumanía, como había ocurrido en 1918. Por esta razón tuvieron buen cuidado de deportar a centenares de miles de rumanófonos y de hacer que se establecieran en territorio moldavo numerosos rusófonos, especialmente en las ciudades y en las regiones más industrializadas. Esa política de desplazamiento de poblaciones contribuyó a ensanchar el abismo entre las ciudades, mayoritariamente rusófonas, y las zonas rurales.

“Besarabia tierra rumana”, pintada reivindicativa de los prorrumanos moldavos.
(Foto © C. Bayou / Regard sur l’Est, 2008)

La independencia, pues, ha hecho que surgiera una competición cultural más que étnica: los rusófonos forman un grupo más amplio que los verdaderos rusos “étnicos”, mientras que los rumanófonos están divididos entre prorrumanos y promoldavos. El Estado-nación moldavo aparece, pues, como un compromiso entre esas dos élites, lo cual ha dado lugar a la creación de numerosos grupos de partidos políticos. Los partidos prorrumanos afirman que quienes se proclaman “moldavos” son, de hecho, rumanos víctimas de la sovietización, y puesto que se consideran mayoritarios reclaman que la cultura cívica del Estado sea la de Rumanía.

“¡Soy mondavo! ¡Hablo en lengua moldava”, 
pintada reivindicativa de los promoldavos.
(Fuente: Bună Ziua Iaşi, 2013)

Se trata de una categoría de ciudadanos mayormente urbana y con estudios, compuesta por intelectuales de tendencia proeuropea, pero van perdiendo fuerza electoralmente. Los partidos prorrusos, por su parte, piensan que Moldavia ya tiene una cultura cívica basada en el uso de la lengua rusa, que consideran “la lengua de comunicación interétnica”, y basan sus criterios en la rumanofobia heredada de la URSS: se trata de un hecho consumado que no vale la pena replantearse. A menudo tratan de coaligar minorías (su educación, en la escuela, fue sobre todo en ruso, pese a que el “moldavo” era la lengua cooficial), y a ellos se suman moldavos movidos por los viejos temores.

Los partidos promoldavos están formados por antiguas élites administrativas autóctonas, que dudan y se mueven entre los dos polos, al tiempo que consideran que su misión consiste en consolidar el Estado moldavo. Reivindican un papel de mediadores entre prorrumanos y prorrusos, toleran la existencia de ambas comunidades, pero niegan la existencia de los “rumanos” y sus derechos culturales.

La erradicación de las viejas élites comunistas (camufladas
en formaciones 
políticas nuevas) nunca fue tarea fácil en Moldavia.
(Fuente: Radio Free Europe / Radio Liberty, 2015)

De hecho, el “moldavinismo” se basa en una ideología unitaria: una lengua (el “moldavo”), una nación (“moldava”) y una Iglesia (la Iglesia metropolitana de Moldavia, ortodoxa). La competición cultural comporta distintas polémicas relacionadas con la identidad. Los partidos prorrusos desean que el ruso se convierta en la segunda lengua oficial del país y se introduzca una escuela “moldava”, es decir, que obvie en lo posible cualquier referencia a Rumanía. Las leyes audiovisuales (cuotas con predominio del rumano) y la aplicación del rumano en las aministraciones también son objeto de sus denuncias.

Por el contrario, los partidos prorrumanos abogan por el reconocimiento oficial de la lengua rumana, y no de la “moldava”, como lengua oficial, así como por una legislación que limite la utilización del ruso en los asuntos de Estado: téngase en cuenta que las élites económicas son mayoritariamente rusófonas. Y ya en el terreno religioso, los prorrumanos abogaron por el reconocimiento de la Iglesia de Besarabia (dependiente de Rumanía) en oposición a la Iglesia de Moldavia (dependiente de Rusia), lo cual abrió otro campo de batalla entre élites hasta la oficialización de la primera, en julio de 2002, gracias a las presiones del Consejo de Europa.

Las banderas de Moldavia y Gagauzia ondean juntas en el límite 
de esta última región autónoma, de población turcófona.
(Foto © IPN / Газета "СП", 2014)

Fruto de la independencia y de la moderación entre las diferentes comunidades, la autonomía territorial de Gagauzia fue celebrada como un precedente en la Europa postcomunista. Muy rusificados, los gagaúzos se mostraron en un primer momento hostiles a la independencia, temerosos de que el país se reunificara con Rumanía, pero finalmente se reconciliaron con el Estado aceptando un compromiso promovido por Ankara [los gagaúzos son turcófonos]. Este conflicto étnico-cultural debería servir de ejemplo a las élites, que han visto cómo la autonomía se convertía en un capital político y también en un instrumento útil en la competición cultural.

El monumento a Lenin, en el centro de Tiraspol (capital de Transnistria) 
es un ejemplo de la pervivencia del sistema soviético en aquella 
pseudorepública segregada de Moldavia.
(Foto © Andrea Anastasakis / Rear View Mirror, 2013)


Sin embargo, la perspectiva de una federación para resolver el contencioso de Transnistria ha vuelto a poner en guardia a los gagaúzos, sobre todo por lo que respecta a sus acuerdos fiscales: Transnistria continúa siendo el principal factor de desestabilización del Estado moldavo, mucho más importante que las reivindicaciones rumanas sobre las antiguas Besarabia y Bucovina, o las exigencias de Gagauzia.



(Este texto, traducido del francés por Albert Lázaro-Tinaut, está formado por dos fragmentos del artículo de F. Parmentier: “État, politique et cultures en Moldavie”, publicado originalmente en la Revue internationale et stratégique [Éditions Dalloz, París], núm. 54, 2004.)

jueves, 28 de agosto de 2014

Los lipovanos del delta del Danubio

Celebración de la Pascua por la comunidad de viejos creyentes 
de Brăila (Rumanía), centro religioso de los lipovanos.
(Fuente: Old Believers, oldbelievers.wordpress.com, 2013)

Numerosos grupos de viejos creyentes, considerados herejes de la ortodoxia, durante todo el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX se asentaron en la periferia del Imperio ruso huyendo de las persecuciones iniciadas en 1685, intensificadas más tarde por orden del zar Pedro I el Grande y continuadas por sus sucesores. Decenas de miles de esos creyentes se establecieron en los Urales y Siberia, en el Imperio austriaco y en el noreste de las actuales repúblicas bálticas. Algunas comunidades emigraron incluso a América y Australia.

Aquellos fugitivos también llegaron, en gran número, al delta del Danubio y los cursos bajos de los ríos Prut y Dniéster, y ahora sus descendientes se distribuyen entre el sudoeste de Ucrania, la Dobruja (al este de Rumanía) y una parte de Besarabia, la actual República de Moldavia: son los llamados lipovanos (lipoveni, en rumano, Липовани [‘lipovani’] en ucraniano y Липоване [‘lipovane’] en ruso). [1]

Localización de las comunidades de viejos creyentes lipovanos.
(Fuente: Cartothèque Spiridon Manoliu)

Pese a formar pequeños grupos dispersos, los lipovanos han conservado tanto sus estrictas tradiciones religiosas como muchas de sus costumbres ancestrales, y aun habiéndose integrado en parte a los países que los acogen, en sus comunidades continúan hablando un ruso arcaico (en este sentido, y salvando la distancia temporal y religiosa, podría equipararse al judeoespañol de los sefardíes, que hablan todavía un castellano próximo al del siglo XV). Su centro religioso es la ciudad rumana de Brăila.

Presentamos a continuación un texto referido a la pervivencia de las antiguas tradiciones de los lipovanos de Moldavia.

Albert Lázaro-Tinaut


Miembros de una comunidad lipovana.
(Foto © Cultures of Europe)


Los lipovanos de Moldavia y algunas 
de sus tradiciones seculares

La pequeña localidad de Pocrovica, al norte de la República de Moldavia y a tan solo tres kilómetros del río Dniéster, que separa a aquel país de Ucrania, se diferencia singularmente de las poblaciones vecinas: sus poco más de mil habitantes son rusos lipovanos, que se caracterizan por su afán de mantener las calles siempre limpias y perpetuar sus tradiciones, especialmente las religiosas, heredadas de sus ancestros.

Una de esas tradiciones consiste en que los hombres no se afeitan la barba desde que cumplen sesenta años. Además, esos viejos creyentes conservarán siempre la propiedad de sus viviendas y sus tierras, que jamás se atreverían a vender, lo cual hace que el precio del metro cuadrado de suelo sea allí el más elevado de Moldavia, al mismo nivel que el de la capital, Chișinău. Y, por si fuera poco, compran las tierras que los moldavos, al emigrar, abandonan en las localidades próximas.

Viejo pintor de iconos lipovano.
(Foto © Cultures of Europe)

Cada uno de los habitantes de Pocrovica conoce al dedillo la historia de las diecisiete familias rusas que se establecieron allí en 1820, comprando tierras a los nobles moldavos a precios abusivos. [2] La memoria y los sacrificios de aquellos antepasados fundadores del pueblo, pues, permanecen vivos.

Ninguno de los habitantes de Pocrovica ha abandonado jamás la localidad para trabajar en el extranjero: los lipovanos afirman que pueden ganarse muy bien la vida quedándose donde están. Su única riqueza es la tierra que cultivan. Poseen vergeles con ciruelos y otros árboles frutales, pero obtienen sus mayores beneficios con la venta de frambuesas. También cultivan patatas y melones: “Cuando vendemos un kilo de melones podemos comprar dos kilos de trigo, es matemático”, afirma Florii Vetrov, de 77 años, y añade: “Los moldavos nos envidian porque somos muy trabajadores y siempre estamos unidos”.

Mujeres lipovanas durante la celebración religiosa de la Navidad 
ortodoxa (el 7 de enero) en la localidad rumana de Carcaliu.
(Foto © Vadim Ghirda, 2011)

Todos los días, a las dos de la tarde, las mujeres lipovanas se reúnen en el centro del pueblo para tomar té negro, preparado en un samovar, y degustar las frambuesas cultivadas en cada huerto: es una tradición que se perpetúa generación tras generación.

Aunque los niños aprenden rumano en la escuela, todos se expresan en ruso. La excepción es Eudochia Zamfir, de origen moldavo, directora de la escuela comunal, que se estableció en Pocrovica con su marido en 1975. Dice haberse integrado perfectamente en la localidad, y que no se iría de allí por nada del mundo. Recuerda el día de su llegada con su hijito de dos meses: necesitaba leche, pero no se atrevía a pedirla. Envió entonces a su marido a la fuente para que estableciera contacto con los autóctonos: a éste le costó abrir la boca…, pero a la mañana siguiente, al despertar, encontraron pan y leche a la puerta de su casa. “Los lipovanos nunca dejarán de ayudarte para lo que sea”, dice la mujer.

Niñas lipovanas.
(Fuente: Azules270 / forocoches.com)

Allí, los problemas de unos se convierten en problemas de todos. Siempre hay alguien dispuesto a ir de casa en casa y pedir ayuda económica para algún vecino necesitado, y cada cual aporta lo que puede según sus posibilidades. A los entierros acuden todos los vecinos, que se organizan para preparar el banquete fúnebre sin reparar en gastos: nunca faltan carne, pepinillos ni, sobre todo, 400 litros de borsch, la sopa preparada según una receta local, hecha a base de legumbres cortadas en trocitos muy pequeños y remolacha marinada siguiendo una técnica muy peculiar.

Cerca de la iglesia, considerada el centro de la vida del pueblo, los lugareños han construido una sala de plegarias donde se recogen limosnas. Las ceremonias religiosas se siguen con devoción, y sirven además para que los asistentes luzcan sus mejores galas, como en cualquier acto social que se precie.

Uno de los miembros del consejo 
de ancianos de Pocrovica.
(Fuente: Portail francophone de la Moldavie)

La localidad está regida por un consejo de sabios formado por los veinte ancianos más instruidos del lugar. Los veredictos de estos son inapelables, sobre todo por lo que respecta a los matrimonios, ya que el conservadurismo de la comunidad hace que aumente el riesgo de incesto. Según la tradición, esos ancianos se reúnen y revisan meticulosamente los árboles geneálogicos de los futuros cónyuges: si convienen que no existe ninguna relación de sangre entre ellos, les autorizan a casarse…, pero los matrimonios han de celebrarse obligatoriamente en domingo.

La familia de una muchacha ha de empezar a constituirle una dote desde que es una niña. Las madres se enorgullecen cuando alguien quiere ver la dote que preparan para sus hijas. Los padres de los muchachos, por su parte, cuando estos cumplen siete u ocho años han de empezar a construirles una casa. No hay ninguna ley escrita que obligue a ello, pero la tradición obliga.


[1] Se calcula que los lipovanos son actualmente unos 55.000 en Ucrania y cerca de 30.000 en Rumanía y Moldavia.
[2] Cuando aquellas familias de viejos creyentes rusos fundaron el pueblo de Pocrovica, Moldavia acababa de integrarse en el Imperio ruso (1812) como consecuencia de una de las guerras ruso-turcas. Se extinguió así el Principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV por Luis I de Hungría para proteger su reino de los frecuentes ataques tártaros. Muchos nobles moldavos abandonaron entonces el país con sus bienes después de vender al mejor postor las tierras que poseían.


(Artículo publicado en el periódico Evenimentul Zilei, de Bucarest, el 12 de noviembre de 2007. Traducido y adaptado por Albert Lázaro-Tinaut a partir 
de la versión francesa de Mehdi Chebana que aparece en “Petits peuples” et minorités nationales des Balkans, libro publicado por Le Courrier des Balkans, Arcueil, 2008.)

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