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miércoles, 15 de febrero de 2017

Breves apuntes sobre Predrag Matvejević y Dritëro Agolli, ‘in memoriam’


A principios de febrero de 2017 fallecieron dos figuras representativas de las culturas balcánicas: Predrag Matvejević y Dritëro Agolli.
El intelectual yugoslavo Predrag Matvejević, nacionalizado italiano, murió en Zagreb el 2 de febrero. Había nacido en Mostar (Herzegovina, que entonces formaba parte, con Bosnia, del Reino de Yugoslavia) el 7 de octubre de 1932, de padre ruso y madre croatobosnia. En su adolescencia fue partisano titista. Estudió en las universidades de Sarajevo y Zagreb y se licenció en lengua y literatura francesas. Prosiguió sus estudios en la Sorbona de París, donde se doctoró en literatura comparada y estética con una tesis sobre el compromiso en la poesía.
A su regreso a Yugoslavia, ejerció hasta 1991 como profesor de literatura francesa, y entre 1964 y 1974 perteneció al Grupo Praxis, que publicaba una revista de humanismo marxista. Sus ideas críticas y su participación en debates políticos pusieron de manifiesto su disidencia con respecto al régimen del mariscal Tito, por lo que fue expulsado de la Liga de los Comunistas Yugoslavos.
En su libro Istočni epistolar (1992), publicado originalmente en Italia con el título Epistolario dell'altra Europa. Un panorama culturale e politico dell'Europa Centrale e Orientale. Una poetica per il dissenso di ieri e di oggi [1], pasa de la ironía a la paradoja, invitando al mariscal Tito –presdidente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia– a dimitir por el bien del país, y a otros dos dirigentes del régimen a suicidarse para evitar la guerra. Su osadía le llevó a ser acusado de alta traición a los ideales comunistas y recibió amenazas de muerte (el buzón de su casa de Zagreb apareció un día con tres balazos), por lo que tuvo que abandonar el país y exiliarse, primero a París y después a Roma, donde ejerció como profesor de eslavística en la Universidad La Sapienza.
Su obra más famosa y divulgada en toda Europa es Mediteranski brevijar (1987), donde utiliza un vocabulario propio de las capas bajas de la sociedad, la gente modesta; y su último libro, Kruh naš, publicado en 2009 [2], se refiere básicamente a la alimentación popular y tradicional. Tanto en sus libros como en sus clases insistía en la idea de derribar los muros erigidos por los nacionalistas, tanto en la literatura como en la política. Su antinacionalismo lo llevó a crear el concepto de jugoslavenstvo, el ideal yugoslavo en el que siempre creyó, “como idea románticamente generosa de convivencia de las diversidades y del derribo de las fronteras, tanto mentales como culturales, además de las físicas”. Así lo refiere Vittorio Filippi en su artículo “Addio a Predrag Matvejevic, l’ultimo jugoslavo”, publicado en East Journal el 4 de febrero de 2017.
Cuenta la escritora y economista corsa Serena Luciani que “el reino de los encuentros con Matvejević” en Roma era el café de la plaza Mazzini, donde “recibía”. Después de haberse comprometido a orientar a Serena en la redacción de su novela Terremoto a Tirana, ésta explica: “Me citó precisamente en aquel café y se empeñó en invitarme a una buena comida. Me había hecho prometer que no le encargaría el prólogo, porque estaba muy harto de las numerosas peticiones en ese sentido que recibía, pero aquel día me dijo: ‘He leído los primeros capítulos y me sentiré honrado de escribirte un prólogo, porque esta no es una novela histórica, sino una novela de la historia’. Aquel elogio inesperado fue el mejor aliciente para continuar trabajando en el libro”.


El novelista y poeta albanés Dritëro Agolli murió en Tirana el 3 de febrero. Había nacido el 13 de octubre de 1931 en la aldea de Menkulas, junto a la frontera griega, cerca de la ciudad de Korça. Licenciado en filología en la Universidad de Leningrado, la actual San Petersburgo, desde 1974 presidió la Liga Albanesa de Escritores.
Agolli quiso conservar en sus novelas el lenguaje popular de su tierra, desafiando el desprecio de los albaneses por todo lo que se refería al mundo rural (en las ciudades estaba arraigada la idea de que los campesinos eran gente astuta que se enriquecía incluso en los tiempos de crisis y de miseria). Y aunque en Leningrado había estudiado con maestros de la categoría de Vladímir Propp, se mantuvo siempre muy próximo campo albanés, del que jamás renegó, pues le inspiraba. Ello no impidió, sin embargo, que se aproximara a las modernas tendencias culturales europeas, atraído sobre todo por el formalismo ruso y el estructuralismo.
El antropólogo cultural albanés Rigels Halili afirma que Agolli escribió su novela Njeriu me top (‘El hombre con el arma’, 1975) “de un modo más bien rústico y humorístico”. Pero él nunca fue rústico en sus maneras, aunque así ha sido juzgado su estilo en Albania por su obsesión en el uso del vocabulario popular. Eso era una singularidad y una contradicción en un país comunista donde, como ya ha quedado dicho, quienes sobresalían socialmente, en particular los ciudadanos de la capital, Tirana, siempre han menospreciado a los katundar (‘pueblerinos’ o ‘paletos’).
Sentido del humor, desde luego, no le faltaba a Dritëro Agolli. Cuando Serena Luciani lo entrevistó para Il Manifesto, describió “con efectos gogolianos” muchos episodios de su vida que le contó (con los que, dice, hubiera podido construir no una, sino diez entrevistas). El escritor rememoró, entre otras cosas, su desasosiego cuando fue una vez a casa de Propp. Lo acompañaba un coterráneo suyo muy ignorante, que apenas sabía hablar ruso. Habían dejado sus botas, empapadas por la lluvia, en la entrada, y después del ridículo que hizo aquel estudiante en el examen casero que Propp se había prestado a hacerle, salieron a toda prisa olvidando las botas. Ya en la calle, el frío hizo que se dieran cuenta del descuido, y aquel desgraciado propuso volver a casa del profesor para recuperarlas; pero Dritëro se negó en redondo, “y desde entonces aquellas botas se habrán estado balanceando tristemente, colgadas en la entrada de la casa de Propp…”.
Otra anécdota recogida en su entrevista por Serena: cuando Jruschov visitó Albania después de que se reanudaran las relaciones con la Unión Soviética, interrumpidas en 1961, fue invitado a comer en la ciudad costera de Durrës. Después de muchos brindis, ebrio, el mandatario soviético se zambulló, vestido, en el mar, sin que el KGB y la Sigurimi (la policía secreta albanesa) pudieran evitarlo. Los agentes “también se echaron al agua, vestidos y con sus gorros –explicaba Agolli–, y ya puedes imaginarte aquellos gorros balanceándose en perfecta fila, mecidos por las olas, como barquitas negras”. Sin embargo, el escritor no le dijo cuánto había sufrido, como otros, cuando a causa de la rotura de relaciones tuvo que separarse de su esposa rusa y del hijo de ambos: no volvió a verlos hasta 1990. Nunca hablaba de sus aflicciones, y se tardó años en conocer fuera de sus círculos más próximos aquel dramático episodio de su vida.
Probablemente Agolli fue de los únicos que, tras la caída del régimen comunista, hicieron enmienda pública de muchas cosas silenciadas, asumiendo la responsabilidad, algo que otros, más implicados políticamente que él, jamás se prestaron a hacer. Entre las muchas personas que le rindieron tributo a su muerte y durante su funeral, algunas sin duda disimularon su complacencia sin hacerle la más mínima concesión: todos, o casi todos (excepto los que fueron a prisión u optaron por el exilio sin formular jamás ninguna crítica), permanecieron callados hasta el final, incluso después de la muerte de Enver Hoxha y la apertura política de Ramiz Alia. [3]
Por oportunismo o por miedo, para evitar problemas o por convicción, poquísimos fueron los que se atrevieron a manifestar su oposición al régimen: cualquier crítica, por pequeña que fuera, o cualquier idea divergente podían comportar pena de muerte en aquella Albania sometida a la tiranía. Sin embargo, quienes trabajaron con Agolli en la Liga de Escritores afirman que su actitud fue siempre moderada y prudente, y que jamás manifestó simpatía alguna por el régimen, aunque, por supuesto, se guardó mucho de criticarlo. El miedo y el lavado de cerebro que inculcó la rígida dictadura hizo que incluso después de la caída del comunismo, el director del Teatro de la Ópera de Tirana mantuviera conscientemente el retrato de Hoxha en su despacho con esta justificación: “No escupo en el plato del que he comido”, palabras que Agolli utilizó literalmente en su poema “Sobre la valentía y el miedo”.
Albert Lázaro-Tinaut

[1] Fue publicado en español con el título Entre asilo y exilio: epistolario oriental. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2003.
[2] Ediciones en español: Breviario mediterráneo. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos. Ediciones Destino, Barcelona, 2008. Nuestro pan de cada día. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Acantilado, Barcelona, 2013.
[3] Enver Hoxha (1908-1985) fue Primer Ministro de la República Popular de Albania desde 1944 hasta 1954 y Secretario General del Partido del Trabajo albanés desde 1941 hasta su muerte. Fue un dictador de obediencia estalinista que ejerció el poder con mano de hierro y mantuvo a Albania aislada durante muchos años, convirtiendo el país en una auténtica prisión para sus habitantes. Ramiz Alia (1925-2011), alto dirigente del Partido del Trabajo, fue presidente de Albania entre 1982 y 1992 y dio el paso decisivo para la democratización del país mediante reformas liberalizadoras que culminaron con la privatización de la economía y la convocatoria de elecciones multipartidistas en 1991.
Este texto está basado, en gran parte, en el artículo de Serena Luciani “Per Dritëro Agolli, Tullio De Mauro, Predrag Matvejevic”, publicado en Albania News el 11 de febrero de 2017.

sábado, 10 de julio de 2010

Sobre “Le Firman”, novela de Stefani Sen Senar

Vista parcial de Ohrid (Macedonia), con los muros
de la fortaleza del príncipe Samuel.

(Foto © gzdesigns.net. Projects/dfi/macedonia)
Por Albert Lázaro-Tinaut
(26 de diciembre de 2006)

Los Balcanes, en particular su parte más incógnita (entre Belgrado y Grecia), han estado presentes durante los últimos años en las páginas de la prensa y en la televisión sólo con motivo de la desintegración de Yugoslavia y de las guerras que siguieron a ésta, sobre todo las de Bosnia y Kosovo.

Las antiguas repúblicas yugoslavas, desgajadas de la federación (Montenegro ha sido la última pieza que se ha desprendido del núcleo) eran poco conocidas entre nosotros. Algo sabíamos, si acaso, de Serbia, Croacia y Eslovenia, pero casi nada de un pequeño territorio fronterizo con Bulgaria, Grecia y Albania (y ahora con el sur de Serbia, con el conflictivo y aún políticamente indefinido Kosovo) que se llama Macedonia.


La Macedonia de nuestros libros escolares era la patria de Alejandro el Grande, lejana en el tiempo y situada en las regiones septentrionales de Grecia. Recientemente, tras la ruptura de la federación de Yugoslavia, nos enteramos del contencioso entre la ex república yugoslava de Macedonia y el Estado griego tanto por la denominación del país que accedía a la independencia como por su bandera. Aún hoy, en muchos lugares, la Macedonia eslava aparece con la denominación de Antigua República Yugoslava de Macedonia (en inglés: Former Yugoslav Republic of Macedonia) o con la sigla FYROM.

Stefani Sen Senar, nacida en Francia en 1970 y residente en las proximidades de París, de padre francés y madre de origen macedonio, que estudió balcanología durante tres años en el INALCO de París, ha querido regresar a la cuna de sus orígenes maternos y sondear la convulsa y tormentosa historia de aquellas tierras y de sus habitantes, cuya identidad y cuya lengua han sido cuestionadas muchas veces. Al igual que los pueblos vecinos (a excepción de los montenegrinos), los macedonios estuvieron sometidos durante siglos al Imperio otomano y formaron parte, por consiguiente, de un enorme Estado cuyo centro neurálgico, Istanbul, la antigua Constantinopla, se encontraba entre dos concepciones de la vida y del mundo: la oriental, islamizada, y la occidental, hija de Bizancio y de religión cristiana ortodoxa.

Hasta no hace mucho tiempo, la imagen que teníamos de aquella ciudad multiétnica casi legendaria, de aquel mundo que confundíamos fácilmente con el de Las mil y una noches, del que fluían palabras exóticas como sultán, samovar, baños turcos, odalisca, harén, serrallo o caravanserrallo…, era la que nos habían dejado los pintores románticos y algunas postales antiguas. La realidad, sin embargo, era muy distinta, y de ella pueden dar fe no sólo los pueblos balcánicos que estuvieron sometidos a aquel Imperio, sino también algunas minorías como, sobre todo, los armenios, que fueron objeto de crueles persecuciones y matanzas.


Ese mundo a veces paradójico (pues tampoco fueron tan déspotas algunos sultanes otomanos modernos, al menos hasta finales del siglo XIX) aparece de repente, de forma más fantasmagórica que real, en Le Firman de Stefani Sen Senar. La acción nos lleva a un lugar apacible, maravilloso: el lago Ohrid, en el extremo fronterizo sud-occidental de Macedonia, cuyas aguas comparte con Albania, en la otra orilla. Y asomada al lago Ohrid, la ciudad del mismo nombre, de la que la autora está íntimamente enamorada. Allí, y prácticamente sólo allí, en aquel rincón casi perdido de Europa, se desarrolla la trama de la novela. Allí viven unos lejanos parientes de la muchacha que, desde Francia, ha querido intentar en pleno invierno la aventura de llegar en tren a Istanbul para buscar al asesino de sus padres. Ella, la protagonista, también es estudiante de balcanología, como la autora, con lo que descubrimos pronto cierta identificación entre ellas (y no es arriesgado afirmar que se encuentran muchos elementos autobiográficos en la obra).

El azar decide, sin embargo, que el tren quede bloqueado "un día de diciembre de 1989" por una tempestad de nieve en Skopje, la capital de Macedonia; "y fui a parar a Ohrid, donde aparentemente nada parecía atraerme salvo, tal vez, el fantasma de una lejana abuela macedonia por vía paterna". Y ahí empieza lo imprevisto, de ahí arranca la historia en la que tiene un protagonismo muy importante el misterio que se encierra en los sótanos de la vieja casa donde se hospedará. De ese misterio se desprenderá luego una alucinación en la que tendrá mucho que ver un antiguo firmán (decreto del sultán) que guardaba celosamente la familia, y que unos siniestros personajes surgidos del pozo profundo y oscuro del pasado, pero anclados en un extraño presente, quieren arrebatar.

En medio de todo ello, Sen Senar se recrea en aquel mundo soñado y ahora real ante sus ojos, en aquella Ohrid plácida y brumosa en invierno, bulliciosa y luminosa en verano, cuando se llena de veraneantes. Reproducirá sus propias sensaciones y nos ofrecerá momentos bellísimos y potentes, como cuando asiste a la curación de un cisne herido, con un ala rota, que ha sido llevado a la terraza de la casa donde vive. Y, además, como en un imaginario pesebre, sitúa y describe con gran sensibilidad psicológica a unos personajes que se convierten en prototipos de los habitantes de la Macedonia de hoy, en tránsito desde unos modos de vida aún bastante ancestrales, conservados durante el período de la Yugoslavia comunista, hacia una sociedad moderna y en pleno desarrollo, ejemplarizada por la capital del país, Skopje. Dos mundos paralelos que acaban fundiéndose (o al menos van camino de hacerlo) en la realidad de la nueva Europa. Ohrid, sin embargo, permanece en el imaginario de Stefani Sen Senar como lo que queda del paraíso perdido, como el sueño de una mujer enamorada que se resiste a abrir del todo los ojos.

Soprenden en esta novela la naturalidad con que la autora maneja el lenguaje, un lenguaje rico en matices, elegante y efectivo a la vez, y la madurez con que se enfrenta a un relato complejo, que resuelve eficazmente. Soprende (gratamente) también que un intelectual de la talla de Predrag Matvejevich haya aceptado prologar la obra para poner de manifiesto el talento con que la autora ha sabido sortear las "trampas" en que se suele caer en este tipo de novelas: la cursilería del exotismo, el folklore de bazar, el "color local" chillón… Como dice Matvejevich, Le Firman es el segundo libro de esta joven novelista. "Desde la aparición del primero, Racines barbares", afirma, "hay quien ha visto en ella a 'una Françoise Sagan de los Balcanes'. El paralelismo me parece que se debe sobre todo a su edad. La diferencia entre Bonjour Tristesse y Le Firman es de otra naturaleza. Stefani Sen Senar es, en realidad, más madura que precoz. Cuando uno se aproxima a ella, descubre más malicia que inocencia; una malicia alimentada por la inteligencia". Por su parte, el escritor serbio Vidosav Stevanovic la ha comparado con "una Marguerite Yourcenar eurobalcánica"; alguien ha descubierto en ella el influjo de Tahar Ben Jelloun… Es preferible, sin embargo, prescindir de las siempre inútiles y engañosas comparaciones y otorgarle a la autora una personalidad propia, que con seguridad marcará sus próximas obras. Sin compararla con nadie, el prestigioso poeta y narrador francés Robert Sabatier ha escrito, después de haber leído otra novela suya, Racines Barbares ('Raíces bárbaras'): "Me ha interesado el tono de este libro, por sus acentos de sinceridad y por el perfecto flujo de su estilo". Comparto plenamente esta afirmación.

Alabado por la crítica francesa y de otros países, Le Firman se ha publicado tambien en macedonio y está previsto que aparezca en edición búlgara a principios del año 2007. La edición original francesa está ilustrada con unos magníficos dibujos del artista macedonio Kolé Manev.


Stefani Sen Senar: Le Firman
Prefacio de Predrag Matvejevitch
Con 8 ilustraciones en blanco y negro de Kole Manev

Dorval Éditions, Jargeau (Francia), 2006

196 pp.
Esta novela había sido nominada en la categoría Cultura para el Grand Prix Newropeans for the European Democratisation 2006.



Esta reseña fue publicada originalmente en NewropMag el 10 de abril de 2007.


“Le Firman”, de Stefani Sen Senar

Vue d'Ohrid (Macédoine).
(Photo © VIS POJ, 2009)

Par Albert Lázaro-Tinaut

( 26.4.2007)


Ces dernières années, les Balkans et en particulier sa région la moins connue (entre Belgrade et la Grèce) ont été le sujet de nombreux articles de presse et de reportages télévisés, l'unique raison de cet intérêt étant le démantèlement de la Yougoslavie et des guerres qui s'en suivirent, surtout celles de Bosnie et du Kosovo.

Les anciennes républiques yougoslaves séparées de l'ancienne fédération (le Monténégro étant la dernière pièce à se détacher du puzzle) étaient pour nous presque inconnues. A la rigueur, connaissions-nous la Serbie, la Croatie et la Slovénie mais nous ne savions presque rien d'un petit territoire frontalier avec la Bulgarie, la Grèce et l'Albanie (et aujourd'hui avec le sud de la Serbie, cette source de conflit qu'est le Kosovo dont la politique n'est pas encore bien définie) qui se nomme la Macédoine.

La Macédoine de nos livres scolaires était la patrie d'Alexandre le Grand, éloignée dans le temps et située dans les régions septentrionales de Grèce. Récemment, après la disparition de la fédération de Yougoslavie, nous avons appris l'existence d'un contentieux entre l'ex-république yougoslave de Macédoine et l'Etat grec provoqué par la dénomination du pays qui accédait à l'indépendance ainsi que par l'existence d'un drapeau. De nos jours encore, un peu partout, la Macédoine slave est appelée Ancienne République yougoslave de Macédoine (en anglais: Former yugoslav Republic of Macedonia) ou est accompagnée du sigle FYRM.

Stefani Sen Senar, née en France en 1970, résidant dans la banlieue de Paris, de père français et de mère d'origine macédonienne, étudiante durant trois années en Balkanologie à l'INALCO à Paris, a voulu retrouver le berceau de ses origines maternelles et sonder l'histoire convulsive et tourmentée de ces terres et de leurs habitants dont l'identité et la langue ont été remises en question à maintes reprises. Comme les peuples voisins (à l'exception des Monténégrins) les Macédoniens ont été soumis pendant des siècles à l'Empire ottoman et faisaient par conséquent partie d'un immense Etat dont le centre névralgique, Istanbul, l'ancienne Constantinople, se trouvait au beau milieu de deux conceptions de la vie et du monde: l'une orientale, islamisée et l'autre occidentale, fille de Byzance et de la religion chrétienne orthodoxe.

Jusqu'à il y a peu, l'image que nous nous faisions de cette ville multiethnique presque légendaire, de ce monde que nous confondions facilement avec celui des Mille et Une Nuits, duquel émanait des mots exotiques comme sultan, samovar, bains turques, odalisque, harem, sérail ou caravansérail, c'était l'image que nous avaient laissée les peintres romantiques et quelques cartes postales anciennes. La réalité était pourtant très différente et de cela peuvent attester non seulement les peuples balkaniques qui étaient soumis à cet empire mais aussi quelques minorités comme notamment les Arméniens qui furent l'objet de cruelles persécutions et de massacres.

Ce monde quelquefois paradoxal (quelques sultans ottomans modernes ne furent pas aussi despotes qu'on le prétend, au moins jusqu'à la fin du 19ème siècle) apparaît immédiatement sous une forme plus fantasmagorique que réelle dans Le Firman de Stefani Sen Senar. L'action nous entraîne vers un lieu paisible, merveilleux: le lac d'Ohrid dans l'extrême sud occidental frontalier de Macédoine dont les eaux se mêlent à celles de l'Albanie sur l'autre rive. Et surplombant le lac d'Ohrid, la ville du même nom avec laquelle l'auteur est intimement lié. Là-bas et presque exclusivement là-bas dans ce coin perdu d'Europe, la trame du roman se noue. Là-bas vivent des parents éloignés de la petite fille qui, depuis la France, a voulu entreprendre l'aventure de rejoindre Istanbul en train pour retrouver l'assassin de ses parents. L'héroïne est étudiante en balkanologie comme l'auteur, ce qui fait que nous découvrons rapidement une certaine identification entre elles (et nous ne risquons rien en affirmant que beaucoup d'éléments autobiographiques parsèment l'œuvre.)


Pourtant, le hasard décide que le train sera bloqué, un jour de décembre 1989, par une tempête de neige à Skopje, la capitale de la Macédoine; "Et j'avais échoué à Ohrid, là où rien en l'occurrence ne m'appelait, sauf peut-être le fantôme d'une lointaine aïeule macédonienne du côté paternel." De là commence l'imprévu, de là commence l'histoire dans laquelle le mystère enfoui dans la cave de la vieille maison qui abrite l'héroïne aura un rôle trés important. Il émanera de ce mystère une hallucination dans laquelle un ancien firman (décret du sultan) aura beaucoup d'importance. Celui-ci était gardé jalousement par la famille et convoité par de sinistres personnages surgis du puits profond et obscur du passé mais bel et bien ancrés dans un étrange présent.


Au beau milieu de cela, Sen Senar se recrée dans ce monde rêvé et maintenant bien réel devant ses yeux, dans cette Ohrid placide et brumeuse en hiver, bruyante et lumineuse en été quand elle s'engorge de touristes. Elle reproduira ses propres sensations et nous offrira des moments forts et superbes comme lorsqu'elle assiste à la guérison d'un cygne blessé à l'aile qu'on a transporté sur la terrasse de la maison. Et, de plus, comme dans une crèche imaginaire, elle situe et décrit avec une grande sensibilité psychologique des personnages qui se transforment en prototypes des habitants de la Macédoine d'aujourd'hui ayant délaissé des modes de vie assez ancestraux, conservés pendant la période de la Yougoslavie communiste, qui se retrouvent sur le chemin d'une société en plein développement, dont Skopje la capitale du pays est un bel exemple. Deux mondes parallèles qui finissent par se confondre (ou du moins sont sur le point de le faire ) dans la réalité de la nouvelle Europe. Ohrid reste pourtant dans l'imaginaire de Stefani Sen Senar comme un petit bout de paradis perdu, comme le rêve d'une femme amoureuse qui refuse d'ouvrir les yeux en grand.

Ce qui surprend dans ce roman, c'est le naturel avec lequel l'auteur manie le langage, un langage riche de nuances à la fois élégant et précis. C'est aussi la maturité avec laquelle elle entreprend d'écrire un récit complexe qu'elle réussit à dénouer de belle manière. Il est également surprenant (agréablement s'entend) qu'un intellectuel de la taille de Prédrag Matvejevitch ait accepté de préfacer l'œuvre pour souligner le talent de l'auteur qui a su éviter les pièges de ce type de romans: un exotisme mièvre, folklore bazar, "couleur locale" criarde. Comme le dit Matvejevitch, "Le Firman est le deuxième livre de cette jeune romancière. Dès la sortie du premier, Racines Barbares, d'aucuns ont vu en elle une Françoise Sagan des Balkans. Le parallèle me semble surtout dû à l'âge. La différence entre Bonjour Tristesse et Le Firman est d'une autre nature. Stefani Sen Senar est en effet plus mure que précoce. On découvre dans son approche plus de malice que d'innocence - une malice nourrie d'intelligence." De son côté, l'écrivain serbe Vidosav Stefanovic l'a comparée à une "Marguerite Yourcenar euro balkanique". Un autre a vu en elle l'influence de Tahar Ben Jelloun. Il est pourtant préférable de faire abstraction de ces comparaisons toujours inutiles et trompeuses et accorder à l'auteur une personnalité propre qui sans aucun doute imprègnera ses prochaines œuvres. Sans la comparer à personne, le prestigieux écrivain et poète français Robert Sabatier a écrit après avoir lu le roman Racines Barbares: "le ton de ce livre m'a intéressé par ses accents de sincérité et la parfaite coulée du style." Je partage pleinement cette affirmation.

Loué par la critique française et internationale, Le Firman a été aussi édité en Macédoine et une édition bulgare est prévue pour le début de l'année 2007. L'édition originale française est illustrée de magnifiques dessins de l'artiste macédonien Kolé Manev.

Traduction de Laurent Rohou


Ce compte rendu a été publié originalement dans NewropMag le 26 avril 2007.