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sábado, 26 de diciembre de 2015

Los dilemas de Moldavia después de su independencia

La frontera entre Rumanía y Moldavia en Sculeni, localidad 
dividida entre los dos países, a orillas del río Prut.
(Foto © Darren Alff / bicycletouring.pro, 2012)

El día 27 de agosto de 1991, tras la disolución de la URSS, el territorio de la República Socialista Soviética de Moldavia se independizó por segunda vez (ya había sido muy brevemente un Estado independiente, proclamado por el Soviet moldavo, entre el 15 de diciembre de 1917 y el 9 de abril de 1918, cuando fue anexionado por Rumanía). Renació así la República de Moldavia (Republica Moldova), formada por la mayor parte de la Besarabia histórica y la franja oriental de Transnistria (es decir, la integridad del territorio de la antigua república soviética). 

Transnistria, no obstante, se resistió a formar parte de la nueva república y, anticipándose a la de Moldavia, el 2 de septiembre de 1990 proclamó unilateralmente su independencia (que nunca ha sido reconocida por la comunidad internacional), lo cual dio lugar, en 1992, a un conflicto civil que duró cuatro meses y medio. La región mantiene su estatus con el nombre de República Moldava Pridnestroviana.

Moldavia, cuya capital es Chișinău (Kishiniev [Кишинёв] en ruso), es un Estado multiétnico formado por moldavos de lengua rumana (alrededor del 65 %), ucranianos (11 %), rusos (poco más del 9 %), rumanos (2,2 %), gagaúzos (unas 250.000 personas, el 3,8 % de la población) y minorías búlgaras, judías, gitanas, alemanas, serbias y turcas. Rusos y ucranianos son mayoritarios, sin embargo, en Transnistria, donde representan alrededor del 60 % de la población. 

La población de Chișinău, capital de la República de Moldavia, 
es de unos 675.000 habitantes.

Con una superficie de 33.843 km2 y una población estimada de 4.450.000 habitantes (unos 520.000 de ellos en Transnistria), Moldavia es uno de los países más pequeños de Europa y, a la vez, uno de los más pobres, con una renta per cápita de 4200 euros (la de Transnistria apenas alcanza los 1850).*

Al igual que otros países independizados de la Unión Soviética y de su órbita política (Rumanía, Bulgaria y Ucrania, entre ellos), Moldavia es un país de emigrantes económicos, cifrados en cerca de dos millones de personas y establecidos sobre todo en los países más desarrollados de la Unión Europea.

“Eh, moldovenii când s-adună…” (‘Eh, los moldavos cuando se reúnen...’), 
fiesta navideña organizada por la comunidad moldava de Burdeos (Francia).
(Fuente: Moldavie.fr)

Esta introducción intenta reflejar los aspectos principales que caracterizan a Moldavia, un país donde, contrariamente a lo que pudiera pensarse, el nivel educativo y cultural es alto.

Trece años después de su independencia, el investigador y politólogo francés Florent Parmentier publicó un largo artículo del que hemos extraído unos fragmentos. Lo que dice corresponde a la Moldavia de los años 2003 y 2004: hay que considerarlo, pues, desde la perspectiva de la primera mitad de aquella década. Recientemente se han producido cambios significativos para el país, como la firma, en junio de 2014, del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.

Albert Lázaro-Tinaut

* Compárese, por ejemplo, con la de otras repúblicas surgidas de la URSS, como Estonia (18.800 euros), Lituania (15.4oo), Letonia (15.300), Rusia (14.500), Azerbaiyán (8000) o Bielorrusia (7500).


Mapa de la actual República de Moldavia, con Transnistria 
(en color anaranjado, al este) y Gagauzia (al sur, en color rojo).


La competición cultural de la transición

Por Florent Parmentier

Moldavia es un Estado postsoviético débil cuya legitimidad ha sido puesta en entredicho tanto dentro como fuera de sus fronteras. Pese a que los objetivos que suponen la creación de un Estado de derecho y una economía de mercado están todavía muy lejos de alcanzarse, los conflictos étnico-culturales parecen pronosticar un futuro incierto para Moldavia, y su solución presenta incluso problemas a escala regional. Mientras que la mayor parte de la población es rumanófona (64,5 %), ésta está compuesta en una tercera parte por minorías: ucranianos, rusos, gagaúzos y otros.

Estandarte del Principado de Moldavia 
utilizado entre 1359 y 1848.

Este país surgió a partir del principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV e invadido en el XVI por el Imperio otomano. Su parte oriental, denominada Besarabia por el zar Alejandro I, pasó a formar parte de los dominios del Imperio ruso en 1812, antes de reunificarse con Rumanía en 1918. A consecuencia de las relaciones rumano-soviéticas en el período de entreguerras, la URSS tomó posesión del territorio moldavo tras el pacto Ribbentrop-Molotov y después de un ultimátum dado a Rumanía. La República de Moldavia fue sometida a un intercambio de territorios con Ucrania, que la privaron de su acceso al mar Negro, por el sur, y de toda su parte septentrional (la Bucovina); a cambio de todo ello, y como compensación, se le incorporó la franja de Transnistria, de mayoría eslava. Las fronteras del Estado actual son, pues, fruto de las vicisitudes de la historia regional y también de decisiones estalinistas.

La independencia, tras la descomposición del Imperio soviético y del sistema comunista, puso sobre el tapete la cuestión de la recomposición de territorios e identidades. El caso de Moldavia es ideal para el estudio del nacionalismo como recurso político, y también para valorar la importancia del factor lingüístico. En efecto, parecía probable la reunificación de Rumanía y Moldavia, y muchos dudaron de que se consolidara la independencia de esta nueva entidad política; por el contrario, las transformaciones postcomunistas demostraron la capacidad de ciertas élites políticas para movilizar las identidades como parte de la “competición cultural” de la transición, y también para mantenerse en el poder.

Entusiasmo popular en Chișinău tras la declaración de independencia 
de Moldavia, el 27 de agosto de 1991. La transición democrática, 
sin embargo, ha sido larga, compleja y muy laboriosa.
(Fuente: Moldova Photo Gallery)


Las diferencias actuales se explican por la incapacidad de gestionar una política capaz de apaciguar la crisis identitaria y la falta de una “moldavidad” motivadora para transmitir un sentimiento de pertenencia a un Estado distinta del “moldavinismo”, doctrina cuya finalidad consistía en justificar la existencia de un pueblo moldavo distinto del rumano. Los problemas étnico-culturales, heredados del antiguo régimen, son fundamentales a la hora de definir el Estado, tanto si se trata del dilema rumanos/moldavos, de la competición cultural o de Transnistria, de la misma manera que influyen en la democratización del país.

La transición democrática ha sido el escenario donde se han representado diferentes evoluciones concurrentes y ha dado lugar a una “competición cultural” en el interior del Estado. Por un lado está el redescubrimiento de una identidad rumana por parte de distintas capas de la sociedad, y la reafirmación de ese grupo cultural gracias a las leyes sobre la lengua. En este contexto, los rusófonos se sintieron afectados por una crisis de identidad, ya que hasta entonces habían sido el grupo cultural dominante. Además no podían optar a una auténtica autonomía territorial, ya que los rusos se concentraban principalmente en los núcleos urbanos y la población ucraniana era mixta, urbana y al mismo tiempo integrada en las zonas rurales del país.

La persistencia del uso del alfabeto cirílico, característica 
de los rusófonos contrarios a la rumanización de Moldavia.
(Fuente: chisinau2011.blogspot)

Hay que precisar que la mayoría de los rusos de Moldavia viven en Besarabia, lo cual permite suponer que sostienen al régimen moldavo. Por otro lado, la construcción de una cultura cívica encaminada a formar una nueva comunidad política (la moldavidad) pero compuesta por una diversidad de grupos étnico-culturales es algo que han empezado a afrontar las políticas públicas, pero que resulta difícil concretar. 

No hay que perder de vista, tampoco, la emancipación de algunos grupos que exigen una entidad autónoma, como es el caso de los gagaúzos, pero también de los búlgaros. La Unión Soviética promovió una identidad moldava artificial para que aquella república no se sintiera tentada a reunificarse con Rumanía, como había ocurrido en 1918. Por esta razón tuvieron buen cuidado de deportar a centenares de miles de rumanófonos y de hacer que se establecieran en territorio moldavo numerosos rusófonos, especialmente en las ciudades y en las regiones más industrializadas. Esa política de desplazamiento de poblaciones contribuyó a ensanchar el abismo entre las ciudades, mayoritariamente rusófonas, y las zonas rurales.

“Besarabia tierra rumana”, pintada reivindicativa de los prorrumanos moldavos.
(Foto © C. Bayou / Regard sur l’Est, 2008)

La independencia, pues, ha hecho que surgiera una competición cultural más que étnica: los rusófonos forman un grupo más amplio que los verdaderos rusos “étnicos”, mientras que los rumanófonos están divididos entre prorrumanos y promoldavos. El Estado-nación moldavo aparece, pues, como un compromiso entre esas dos élites, lo cual ha dado lugar a la creación de numerosos grupos de partidos políticos. Los partidos prorrumanos afirman que quienes se proclaman “moldavos” son, de hecho, rumanos víctimas de la sovietización, y puesto que se consideran mayoritarios reclaman que la cultura cívica del Estado sea la de Rumanía.

“¡Soy mondavo! ¡Hablo en lengua moldava”, 
pintada reivindicativa de los promoldavos.
(Fuente: Bună Ziua Iaşi, 2013)

Se trata de una categoría de ciudadanos mayormente urbana y con estudios, compuesta por intelectuales de tendencia proeuropea, pero van perdiendo fuerza electoralmente. Los partidos prorrusos, por su parte, piensan que Moldavia ya tiene una cultura cívica basada en el uso de la lengua rusa, que consideran “la lengua de comunicación interétnica”, y basan sus criterios en la rumanofobia heredada de la URSS: se trata de un hecho consumado que no vale la pena replantearse. A menudo tratan de coaligar minorías (su educación, en la escuela, fue sobre todo en ruso, pese a que el “moldavo” era la lengua cooficial), y a ellos se suman moldavos movidos por los viejos temores.

Los partidos promoldavos están formados por antiguas élites administrativas autóctonas, que dudan y se mueven entre los dos polos, al tiempo que consideran que su misión consiste en consolidar el Estado moldavo. Reivindican un papel de mediadores entre prorrumanos y prorrusos, toleran la existencia de ambas comunidades, pero niegan la existencia de los “rumanos” y sus derechos culturales.

La erradicación de las viejas élites comunistas (camufladas
en formaciones 
políticas nuevas) nunca fue tarea fácil en Moldavia.
(Fuente: Radio Free Europe / Radio Liberty, 2015)

De hecho, el “moldavinismo” se basa en una ideología unitaria: una lengua (el “moldavo”), una nación (“moldava”) y una Iglesia (la Iglesia metropolitana de Moldavia, ortodoxa). La competición cultural comporta distintas polémicas relacionadas con la identidad. Los partidos prorrusos desean que el ruso se convierta en la segunda lengua oficial del país y se introduzca una escuela “moldava”, es decir, que obvie en lo posible cualquier referencia a Rumanía. Las leyes audiovisuales (cuotas con predominio del rumano) y la aplicación del rumano en las aministraciones también son objeto de sus denuncias.

Por el contrario, los partidos prorrumanos abogan por el reconocimiento oficial de la lengua rumana, y no de la “moldava”, como lengua oficial, así como por una legislación que limite la utilización del ruso en los asuntos de Estado: téngase en cuenta que las élites económicas son mayoritariamente rusófonas. Y ya en el terreno religioso, los prorrumanos abogaron por el reconocimiento de la Iglesia de Besarabia (dependiente de Rumanía) en oposición a la Iglesia de Moldavia (dependiente de Rusia), lo cual abrió otro campo de batalla entre élites hasta la oficialización de la primera, en julio de 2002, gracias a las presiones del Consejo de Europa.

Las banderas de Moldavia y Gagauzia ondean juntas en el límite 
de esta última región autónoma, de población turcófona.
(Foto © IPN / Газета "СП", 2014)

Fruto de la independencia y de la moderación entre las diferentes comunidades, la autonomía territorial de Gagauzia fue celebrada como un precedente en la Europa postcomunista. Muy rusificados, los gagaúzos se mostraron en un primer momento hostiles a la independencia, temerosos de que el país se reunificara con Rumanía, pero finalmente se reconciliaron con el Estado aceptando un compromiso promovido por Ankara [los gagaúzos son turcófonos]. Este conflicto étnico-cultural debería servir de ejemplo a las élites, que han visto cómo la autonomía se convertía en un capital político y también en un instrumento útil en la competición cultural.

El monumento a Lenin, en el centro de Tiraspol (capital de Transnistria) 
es un ejemplo de la pervivencia del sistema soviético en aquella 
pseudorepública segregada de Moldavia.
(Foto © Andrea Anastasakis / Rear View Mirror, 2013)


Sin embargo, la perspectiva de una federación para resolver el contencioso de Transnistria ha vuelto a poner en guardia a los gagaúzos, sobre todo por lo que respecta a sus acuerdos fiscales: Transnistria continúa siendo el principal factor de desestabilización del Estado moldavo, mucho más importante que las reivindicaciones rumanas sobre las antiguas Besarabia y Bucovina, o las exigencias de Gagauzia.



(Este texto, traducido del francés por Albert Lázaro-Tinaut, está formado por dos fragmentos del artículo de F. Parmentier: “État, politique et cultures en Moldavie”, publicado originalmente en la Revue internationale et stratégique [Éditions Dalloz, París], núm. 54, 2004.)

sábado, 29 de marzo de 2014

El legado literario y espiritual de Iván Franko y la Ucrania presoviética

Monumento a Iván Franko en el jardín de su casa natal
en Nahuievychi.

Por Mykola Zhulynsky
Director del Instituto de Literatura Tarás Shevchenko

Introducción biográfica

Iván Yakovich Franko (Іван Якович Франко), hijo de un herrero de pueblo y de una mujer de la pequeña nobleza ucraniana, nació en Nahuievychi (en la Galitzia sometida al Imperio austrohúngaro) el 15 de agosto de 1856, se educó en las universidades de Leópolis (la actual Lviv, Lemberg en alemán), Czernowitz (la actual Chernivtsi) y Viena, donde se doctoró en 1893, y fue profesor honorario de la Universidad de Járkov. Autor de más de cuatro mil libros, artículos y trabajos académicos, su legado incluye poemas, novelas y dramas.

Iván Franko retratado por
el pintor ucraniano Iván Truch.

Iván Franko editó, además, periódicos y revistas, y participó activamente en la vida pública y política. En el año 1878 fue detenido por primera vez a causa de sus ideas socialistas, que no ocultaba y que difundía entre los trabajadores de Lviv, Drohobych y Boryslav, así como entre los campesinos, lo que le costó nuevos arrestos. A principios del siglo XX su actividad política fue decreciendo por varias razones, entre ellas su muy precario estado de salud y su participación activa en las tareas de la Sociedad Científica Tarás Shevchenko. 

Sus puntos de vista políticos y sociales evolucionaron en el curso de su vida, hasta que se convirtió en un ardiente partidario de la independencia política y cultural de Ucrania. La lucha por sus ideales, sin embargo, no fue larga, ya que a partir de 1908 sufrió varias enfermedades que mermaron sus fuerzas. Murió en Leópolis (Lviv) el 15 de mayo de 1916.

  Una vida solitaria y miserable

En el otoño de 1914, los soldados del ejército ruso zarista que ocupaba el oeste de Ucrania solían ver a un hombre con un sombrero oscuro y un largo abrigo negro, cargado habitualmente con pequeños envoltorios que contenían alimentos, libros y periódicos, caminando penosamente por las calles de Leópolis, ciudad que los rusos denominaban Львов (Lvov). Aquel hombre encorvado, con la mirada baja y hablando para sí mismo, era la pura imagen de la fatiga y el sufrimiento.

 Franko con su íntima amiga
Olga Roshkevych en la década de 1880.

Lo que no sabían era que aquel hombre, evidentemente enfermo, absorto en sus pensamientos, del que se solían burlar, era doctor en filosofía por la Universidad de Viena, un notable escritor, un poeta con una visión profunda del destino de la humanidad, un traductor consumado y un historiador de la cultura y la literatura.

Sin duda, Franko debía de sentirse muy solo y abandonado. Su hijo mayor, Andriy, había muerto un año antes, y sus otros dos hijos varones estaban en el frente: Tarás, un maestro de escuela, había sido reclutado por el ejército austríaco y fue enviado a luchar en el frente italiano; Petro, un estudiante de la Escuela Politécnica, también estaba entre las tropas de vanguardia (más tarde se uniría voluntariamente a los Destacamentos de Fusileros de Ucrania, una fuerza militar establecida en 1917 para luchar por la independencia de su país). Su hija Anna vivía con una tía en Kiev, y su esposa, que siempre había sido una mujer sabia y equilibrada, sufría un trastorno mental heredado de su familia. Su casa, pues, se había convertido en un infierno en el que era imposible trabajar o descansar. Después de no pocas vacilaciones y con amarga angustia, había tenido que internarla en un asilo. Él vivía en la miseria y la soledad, con las manos casi paralizadas mientras iba perdiendo paulatinamente la vista, pero nunca cejó en su empeño de trabajar, de hacer lo que pudiera por el futuro de su nación.

A Franko, torturado por los dolores físicos y el insomnio, solo le quedaban dos años de vida. “Mi mayor tormento no es el dolor físico que sufro continuamente, sino mi incapacidad para terminar el trabajo que he comenzado. Se han acumulado infinidad de ideas y proyectos en mi cabeza, y no quiero llevarlos conmigo a la tumba”.

Franko en Odesa en 1909.

Agotado, incapaz de cuidar de sí mismo, pasó sus últimos meses en una residencia de ancianos. Compartía habitación con Vasylko, un muchacho de dieciséis años de edad, hijo de su hermano de Zajar, quien se había ofrecido a proporcionarle toda la ayuda que necesitara. La mejora en la alimentación y la terapia hicieron que no solo la salud, sino también el espíritu de Iván Franko mejoraran. Volvió a escribir poemas, entre ellos sus interpretaciones líricas de algunos acontecimientos históricos de la antigua Roma. Editó, además, sus traducciones de los poetas clásicos griegos menores (la colección Старе Золото [‘El viejo oro’], que contiene 232 poemas y más de 7000 versos).

Manuscritos y libros

En el Instituto de Literatura Tarás Shevchenko, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, se conservan casi todos los manuscritos de Iván Franko y prácticamente la totalidad de los libros de su biblioteca: más de doce mil volúmenes, entre los que hay 410 incunables.

El manuscrito titulado Історії моєї хвороби (‘Historia de mi enfermedad’) tiene solamente trece páginas, pero la intensidad del dolor expresado en ellas habla por sí misma. Se la dictó a su hijo Andriy, y se refiere a las dolencias que sufrió en 1908, “el año más terrible de mi vida hasta ahora […]. En marzo, durante catorce días no pude estar sentado en posición vertical, pero nunca dejé de trabajar, luchando contra el terrible dolor que sentía”.

Monumento a Iván Franko en Lviv.
(Foto 
© Adam Pervez)

Los médicos advirtieron a Franko que padecía varias enfermedades, y que éstas le producían dolores de cabeza y ansiedad, por lo que debía dejar de escribir e incluso de leer; él, evidentemente, nunca hizo caso de esos consejos. Durante aquel “año terrible” (1908) publicó unas cuantas obras, sus traducciones de Safo y Menandro y de antiguas sagas islandesas, algunos de sus trabajos académicos, comenzó a escribir un nuevo artículo sobre estudios bíblicos y nuevas historias breves; y no dejó de trabajar en sus estudios sobre las canciones populares ucranianas ni en su historia de la literatura ucraniana, que presentó como la historia del desarrollo espiritual del pueblo de Ucrania; publicó también algunas obras escritas anteriormente, con nuevos prefacios, y terminó una edición en cinco volúmenes sobre los apócrifos y las leyendas de los viejos manuscritos ucranianos, que se consideran la primera recopilación sistemática de este tipo en los estudios eslavos.

De hecho, no fue solo su estado de salud lo que causó dolor a Franko: le atormentaba no poder proseguir en lo que era su verdadera vocación como autor, una responsabilidad que había asumido para expresar las aspiraciones, inquietudes y anhelos de su nación. Su poema Moisés, de 1905, se considera su autobiografía simbólica, un reflejo de la lucha interna que afectaba a su espíritu. Algunos de sus escritos anteriores ya llevaban la impronta de su examen de conciencia: “Moisés no fue aceptado como profeta por su propio pueblo”, y fue castigado con la muerte por Yahvé poco antes de que, con su gente, llegara a la Tierra Prometida. Eso tenía un gran significado para Franko.

La ciudad de Lviv (Leópolis), donde Iván Franko estudió,
pasó los últimos años de su vida 
y murió.
(Fuente:
blog 
Mesa revuelta, mesa-revuelta.blogspot.com)

Su vocación de escritor

Iván Franko creyó que su obligación como escritor era sacrificarse por la causa de la iluminación espiritual de su nación, para despertar la conciencia nacional y revelar las características únicas de la cultura de su pueblo. El poeta puede estar solo en su lucha, puede ser incluso rechazado por su pueblo: el suyo es el camino hacia el calvario, entre “el cinismo y el ridículo”. Al mismo tiempo, el poeta que es consciente de su misión profética no puede sucumbir a la desesperación, la desilusión y la pérdida de la fe, sino que debe “escuchar la voz estruendosa del Cielo”, comprometerse con la energía que le viene dada desde Arriba y aceptar la guía divina. Franko pensó en sí mismo como en un guía espiritual de su nación, y se preparó para hacer frente a cualquier adversidad en su servicio en pro esta causa.

Pero Franko, por otra parte, no se creía “el favorito de la fortuna”, ni “un genio” conocedor de la verdad última; se consideró “uno de esos escritores que son obreros y trabajadores, que participan en la construcción del edificio de la civilización, cuyos nombres no serían grabados en la fachada”.

Sello dedicado a Iván Franco,
emitido por el servicio postal
ucraniano en 2006. 

Cuando solo tenía 22 años, se presentó simbólicamente como albañil en uno de sus poemas, consciente de ser el constructor ascético de un nuevo mundo que ha de sacrificarse por la causa del desarrollo nacional. En el camino hacia la felicidad de la humanidad están los huesos de millones de personas que se han sacrificado a sí mismas como “esclavas de la libertad” y “albañiles del progreso”. En 1898 se autodefinió como “un siervo de la nación”, el hijo de un campesino convertido en intelectual para ponerse al servicio de los campesinos.

Efectivamente, Iván Franko era hijo de un labrador de la tierra y a la vez herrero de la aldea de Nahuievychi, en el oeste de Ucrania, que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro. Desde el principio de la época medieval, los ucranianos de esa tierra se denominaban a sí mismos “rusyny”*. Cuando se refiere a su origen étnico, Franko dice que es tanto “un rusyn” como “un ucraniano”, pero prefiere este último gentilicio, ya que creía en la unidad de todas las personas de ascendencia ucraniana.

Comenzó su educación en la escuela rural de un pueblo vecino al suyo, donde no había. Entre las asignaturas que se daban estaban las lenguas polaca y alemana. Franko continuó sus estudios en la ciudad de Drohobych, y comenzó a escribir cuando todavía era un estudiante interesado por la literatura europea. Al terminar la escuela secundaria fue a estudiar a la Universidad de Lviv. Allí escribió sus primeros poemas líricos y dramas e historias en verso, y empezó a traducir literatura griega antigua, fragmentos de la Biblia y de la epopeya alemana Cantar de los Nibelungos. Poco a poco sus intereses se fueron ampliando e incluyeron toda la literatura clásica, la mitología, la historia, el folclore ucraniano... 

La plaza central de Drohobych. 
(Fuente: Дрогобич- королівське місто / www.drohobych.com.ua)

Fue en aquel momento cuando descubrió el abismo cultural que separaba a los habitantes del campo de la intelectualidad. Le dolía constatar el atraso moral y espiritual de las clases bajas, su falta de perspectivas sociales y culturales. La vida política del momento era la de un país subdesarrollado. No parecía haber rastros de algún movimiento de liberación nacional, como los que produjeron un gran impacto en Italia, Irlanda, Bulgaria, Polonia y otros países europeos. Con otros jóvenes de inclinaciones románticas, que absorbían ávidamente nuevas ideas políticas y las teorías sociales, en particular las del socialismo y el positivismo procedentes de Europa, Franko comenzó a escribir ensayos y artículos de carácter político en los que trató de desarrollar ideas como la igualdad económica y social, la justicia, los derechos civiles y la iniciativa individual. Al mismo tiempo rechazó las ideas marxistas de un “estado de todo el pueblo”, la “dictadura del proletariado” y la “lucha de clases". Escribió que el marxismo político como “programa del socialismo de Estado apesta a despotismo estatal y uniformidad, y si se llevara a cabo podría convertirse en un gran obstáculo para un mayor desarrollo, o se convertiría en una fuente de nuevas revoluciones”.


Monumento a Franko
en la ciudad de Kolomyya. 
(Foto 
© Maryana Dmytryshyn)

El ideal de Franko era el de una justicia social que descansara sobre el fundamento de la humanidad. En 1890 participó en la fundación del Partido Radical Ucraniano, cuyo programa se basaba en los principios moderados de los socialdemócratas europeos. Más tarde lo abandonó para unirse al Partido Nacional Democrático, aún más radical, que defendía la creación de una nación ucraniana moderna.

El nacionalismo ucraniano

Iván Franko quería aproximar el patriotismo y el nacionalismo ucranianos a la cultura europea y el espíritu expresado a través del arte y la literatura. Como traductor y conocedor de varias lenguas, se dedicó a verter al ucraniano lo que consideraba mejor de la literatura europea y mundial. Con sus escritos y traducciones creaba un puente entre Ucrania y el resto de Europa. Sus trabajos, publicados en alemán, polaco, ruso, húngaro y otros idiomas, dieron a conocer en el extranjero sus ideas de unidad cultural, que tuvieron cierta resonancia en Austria, Alemania, Polonia y Rusia. De este modo consiguió que la situación de la nación ucraniana, su cultura y sus tradiciones fueran conocidas en buena parte de Europa. Franko estaba preparado “para soportar todos los tormentos, el sufrimiento y la humillación” que comportarían su compromiso de sacrificio por la causa de la justicia.

Una edición moderna (Lviv, 2009)
del libro de poemas 
Зів'яле листя
de Iván Franko.

Su legado poético merece un tratamiento extenso. Aquí bastará decir que sus poemas abarcan un gran número de temas, y que su poesía lírica revela una gran concentración de emociones, hasta el punto de que sea posible preguntarse cómo su corazón no se había roto mucho antes de cumplir los 60 años. Su colección de poemas más relevante, Зів'яле листя (‘Hojas marchitas’), de 1896, está repleta de fuertes emociones provocadas por la desesperación, la ansiedad, la esperanza, el anhelo de amor y una sensación punzante de alienación. Franko estaba convencido de que sólo el alma, por sí misma, podía lidiar con el dolor que la atormentaba, un dolor que transmitió mediante palabras y reveló al mundo: solo así, según él, podía aliviarlo. Haciéndose eco del viejo dicho, Franko, que creía en la fuerza inagotable del artista y el poeta, dice en uno de sus poemas: “La vida es breve, pero el arte es eterno / y el potencial creativo no tiene límites”.

Franko experimentó varios golpes duros de la suerte, tanto en el amor como en la situación social de su país y su tiempo. En 1890, por ejemplo, el Consejo de la Universidad de Lviv le denegó la defensa pública de su tesis doctoral: obtuvo su doctorado tres años más tarde en la Universidad de Viena. Fue rechazado de nuevo por la Universidad de Lviv en 1895, cuando ya era un reconocido autor, historiador, crítico de arte y académico, denegándole el cargo de profesor asociado. Y éstas no fueron las únicas circunstancias humillantes en su vida, aunque las soportó siempre con dignidad.

La tumba de Iván Franko en el cementerio Lychakiv de Lviv. 
(Foto © Iuliya Kapshuchenko)

Plenamente consciente de las dificultades por las que estaba pasando su país, sufriendo a causa de la subyugación a la que era sometido, Iván Franko no buscaba tranquilidad para su alma dolorida. “No me dejes, dolor agudo”, escribió, sin perder nunca la esperanza de una vida mejor para su pueblo. Se sacrificó en el altar de esta esperanza. Conocía el poder de la palabra, la fuerza del espíritu, capaz de superar cualquier adversidad, y escribió poemas inspirados, ardientes, pidiendo a su pueblo que siguiera el largo camino de la salvación. Bendijo a su nación por “el viaje hacia el futuro”, por su firme creencia en que la capacidad redentora de la cultura, la ciencia y la educación despertarían la espiritualidad del pueblo ucraniano, a quien legó su “confianza en la fuerza del Espíritu”.

Traducción del inglés y adaptación de Albert Lázaro-Tinaut

* En castellano se conocen como rutenos.


El texto original, que aquí ha sido adaptado, se publicó en su versión inglesa en el portal Welcome to Ucraine el año 2006.


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domingo, 20 de mayo de 2012

Viajeros por Rusia: Antoni Rovira i Virgili (II)

“¡Los sueños del pueblo se harán realidad!”

Por Andreu Navarra Ordoño 

La visita de Rovira a la URSS tenía un objetivo complementario para cualquier intelectual catalanista o cualquier defensor de las soluciones federalistas. Visitar la URSS y conocer la Constitución estaliniana de 1936 permitían asistir al experimento único de la forja de un ente supraestatal de nuevo cuño (un imperio, como se vería después) sobre fundamentos confederales. Hasta aquella fecha, sólo el Imperio austrohúngaro, derruido en 1918, y Suiza habían podido servir de cobayas en la Europa continental. Rovira dedicará un artículo (“Un fort estat multinacional”, del 11 de diciembre de 1938) y un estudio de mediana extensión (“Tornant de la URSS: les onze repúbliques federades”, publicado en Meridià entre 31 de diciembre de 1938 y el 14 de enero de 1939) al tema. En su opinión: “El ejemplo de la URSS prueba, pues, que es factible dar a los estados una unidad auténtica, resistente y duradera, sin apelar a los procedimientos de absorción y dominación que caracterizan al unitarismo”. Estas palabras denotan un verdadero deseo de que el ejemplo soviético dote de legitimidad a la tradición federalista, que es bien fuerte en Cataluña desde mediados del siglo XIX.

La Constitución de Stalin (1936) 
según un cartel propagandístico 
de la época. 

Pero Rovira i Virgili, en 1938, no puede hablar mal de la URSS, el único aliado del gobierno legítimo de España. Cualquier crítica al sistema soviético no sólo hubiera podido perjudicar a las relaciones con el nuevo monstruo, sino que hubieran sido consideradas, en 1938, derrotismo y traición, lo cual no era una broma cuando cualquier día podías aparecer tirado en una cuneta. Rovira necesita que el sistema soviético funcione, porque si no funciona son un castillo de naipes no sólo el Frente Popular que sustenta la resistencia republicana, sino también todo el andamiaje del nacionalismo catalán de izquierdas, el proyecto de toda su vida. 

Y todo se vendría abajo en 1940. En cuanto Rovira se entera de que Stalin ha firmado un tratado de no agresión con Hitler [1], no cabe en sí de asombro y se anima a publicar las crónicas que sus escrúpulos de demócrata liberal le habían dictado dos años antes: encontramos en estos últimos artículos dudas sobre el valor real de la ideología comunista tal como se ha implantado en Rusia, dudas sobre el valor real de Pravda como hoja informativa, dudas sobre el entusiasmo colectivizador de los campesinos y los científicos y, sobre todo, escepticismo ante la falta de libertades evidente en el país. Entonces, las conclusiones a las que llega son virtualmente idénticas a las vertidas por el conservador Valls i Taberner en 1928: “Hemos esclarecido nuestras ideas sobre el régimen soviético y sobre la evolución de Rusia. En lo material, la URSS es mucho más fuerte que en lo espiritual, y ya hemos indicado el grave peligro de este desequilibrio. Para resumir en una frase nuestras impresiones, diremos que en 1939 la URSS nos ha dado la sensación de unos Estados Unidos sin capitalistas y sin libertad individual”. Falta de orientación ética, deshumanización, dependencia del poder arbitrario de una cúpula reducida, he aquí los problemas que vio Rovira en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. 

Stalin entre Joachim von Ribbentrop 
y Viacheslav Mólotov tras la firma 
del Tratado de no agresión entre 
Alemania y la URSS (Moscú, 
 29 de agosto de 1939). 

Nuestro autor no llegó a decir nada, sin embargo, sobre las políticas totalitarias del dictador, ni sobre la represión brutal del marxismo no ortodoxo, y eso que vivió la guerra y las contradicciones de su propio bando de muy cerca. Precisamente en 1940 iniciaba Stalin sus movimientos de expansión territorial. ¡Una suerte que Rovira, que murió en Perpiñán en el año 49, no viera lo que ocurrió en Budapest en 1956, ni alcanzara lo de Praga en 1968! ¿Dónde hubiera ido a apoyar su fe en los nudos estatales regidos por la cordialidad y el entendimiento mutuo? 

Pero volvamos a 1938. En ese momento, nuestro intelectual confía ciegamente en Stalin y el experimento soviético, no sabemos si forzado por el alineamiento forzoso del régimen que defiende o movido por una fe totalmente sincera. Lo cierto es que el Moscú que vio Rovira no era la ciudad populosa y venida a menos que había visitado Valls i Taberner. Diez años después, Stalin se ha consolidado totalmente en el poder, ha desarrollado su política de purgas y ha dotado a la capital de las grandes obras públicas con que soñaba demostrar su poder indiscutido. 

Patinadores sobre hielo en el Parque Gorki de Moscú (1938). 
(Foto © E. Evzerijin / askmoscow.com) 

Si uno analiza lo que vio Valls en Moscú y lo compara con lo que vio Rovira, surgen explicaciones interesantes. El historiador conservador vio en Moscú una Babel de mil razas asiáticas distintas mezcladas en una ciudad que carecía de taxis. En cambio, Rovira indicó en 1938 que en Moscuá (lo escribe así, dice, para respetar la pronunciación de los rusos) dominaba el “elemento nativo”. El autor de La nacionalització de Catalunya dejó estas impresiones tan distintas: “La visión de Leningrado nos había mostrado ya la URSS como un gran pueblo en reconstrucción y en crecimiento. Si la ciudad fundada por Pedro I ha sido objeto de una importante reforma urbana y ha pasado en pocos años de 1.600.000 habitantes a 2.800.000, Moscuá presenta aún más visiblemente el aspecto de una ciudad reconstruida y renovada”. Las ciudades arruinadas de los años veinte han dado paso a las nuevas realidades pujantes: “Cuando habéis venido a Moscuá después de pasar por París y por Londres, no tenéis ninguna duda de que hoy, en general, un ciudadano soviético está más contento que un ciudadano francés o inglés. Ha contribuido a este optimismo, no sólo la realidad, tangible para todos, de la elevación del nivel de vida, aún antes la visión directa de las grandes obras –colosales algunas– que han sido terminadas últimamente. […] El contraste entre la época del zarismo y la época actual es tan fuerte, que todos han de reconocer, en este punto, el éxito del régimen”

Éste era, pues, el Moscú del triunfante Stalin. Una alegría unánime, una fascinación faraónica. Pobre del que mostrara públicamente su insatisfacción… El entusiasmo roviriano se desborda al contemplar un desfile militar (“L’exèrcit soviètic”, 16 de diciembre de 1938): “Ni las reseñas, ni las fotografías, ni los films pueden expresar suficientemente la impactante grandiosidad de un tal espectáculo”. Sin duda, Stalin sabía hipnotizar. Pero esta satisfacción bélica procede del sueño de ver colocadas frente al fascismo todas esas tremendas máquinas de guerra que se han visto desfilar. De haber sido trasladado a España una mínima parte de ese armamento, Franco hubiera tenido que huir Aragón adentro con la cola entre piernas. 


 Despliegue del potencial militar soviético en la Plaza Roja
de Moscú el 14 de mayo de 1935.
(Foto
© Bettmann / Corbis)

Es en su valoración de la cuestión nacional “solucionada” por Stalin donde vemos más flecos sueltos y más ingenuidad. En otras palabras: Rovira no se enteró de nada. Creyó que realmente visitaba un Estado federal, en el que cualquier nación gozaba del derecho unilateral a la autodeterminación. Y cree que este derecho estampado sobre el papel es real porque los bolcheviques erigen estatuas al patriota ucraniano Shevchenko. Pero, ¿qué hay de la invasión rusa de Ucrania operada en 1918 para sofocar la República popular proclamada en Kiev? Rovira viaja a Jarkov pero nada le evoca esa represión, como tampoco se hace eco de la disolución del Congreso Nacional bielorruso. 

Con la excusa de que sólo la clase trabajadora tenía derecho a erigir naciones, los bolcheviques clausuraban instituciones verdaderamente nacionales para sustituirlas por sucursales de su gobierno central. Stalin lo tenía muy claro: todo lo que era independentismo ucraniano era traición proalemana. Como nazis eran, según él, todos los pueblos que deportó arrancándolos de sus regiones, en una bacanal étnica sin precedentes, entre 1941 y 1944: alemanes del Volga (trasladados a Siberia), calmucos, chechenos, ingusetios, karacháis, balkarios y tátaros de Crimea. Luego se limpió Crimea de griegos, búlgaros, armenios, turcos, kurdos y otras minorías. Ésta era la nueva unidad en la variedad emprendida por el gobierno. 

Una familia de tátaros de Crimea deportados al Uzbekistán en mayo de 1944.
(Foto © Familia de Dilara Aslanovna Baganovna)

La visión de Rovira no era tan cruelmente cínica, pero pecó de ingenua y poco documentada. Él mismo concreta su teoría sobre las nacionalidades: “En un libro reciente, URSS et la nouvelle Russie, de Alfred Silbert, el autor consigna que en la URSS hay –¡no os asustéis!– 180 nacionalidades. Pero nosotros creemos que, de nacionalidades, de verdaderas naciones sólo hay, hoy por hoy, cuatro: Moscovia, Ucrania, Georgia y Armenia. Y aun cabe advertir que una parte del territorio nacional de Ucrania y Armenia está fuera de los límites de la Unión. ¿De dónde viene la enorme diferencia que aparece entre la cifra de 180 dada por Alfred Silbert y la de 4 que damos nosotros? Viene de dos diferentes conceptos de nación. Silbert considera como nacionalidades todos los grupos que tienen un carácter étnico o un lenguaje distinto, y nosotros consideramos que la nación es una personalidad colectiva consciente, un alma”

 ¿Cómo es posible que Rovira olvidara la religión como factor de diferenciación, o que despreciara el factor del idioma, fundamental en el caso catalán? Así pues, todos los grupos no cristianos y que no vivieron un proceso romántico-literario de afirmación nacional, no son más que tribus, y sus derechos pueden ser literalmente ignorados: “La nación, para nosotros, es una categoría superior en la jerarquía de los pueblos. Es el resultado de un ascenso en la formación espiritual y histórica de un grupo humano”. Y a ese perfeccionamiento sólo habían accedido rusos, ucranianos, armenios y georgianos. Por lo tanto, las demás entidades reflejadas en el derecho soviético en 1922 y 1931 (Turkmenia, Tadjiquia, Uzbequia, Azerbeiján, Kazajia, Kirguizia, [2] Bielorrusia) son poco menos que ficciones o inventos, no verdaderas naciones. Claro, es que sus habitantes no habían accedido aún a un grado superior de excelsitud espiritual. Ya llegaría la ocasión de educarlos. 

Bielorrusia es actualmente la única ex república europea de la URSS 
donde continúa imperando, de hecho, el sistema político soviético. 
(Fuente de la imagen: Belarus Politics / www.belarusguide.com/as/law_pol/law_pol.html)

 [1] Véase aquí el texto íntegro de este tratado, firmado en Moscú el 29 de agosto de 1939. 
 [2] Nombres con los que eran conocidas las actuales repúblicas de Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Azerbaiyán, Kazajistán y Kirguistán. 


Esta es la tercera entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de este año (véase aquí). La primera parte de este artículo apareció el pasado 3 de mayo.