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martes, 12 de marzo de 2019

La autoinmolación como forma extrema de protesta

“La Casa del Suicidio y la Casa de la Madre del Suicidio”, obra dedicada en 1991 a Jan Palach 
por el artista estadounidense John Hejdu (1929-2000), instalada en enero de 2016 
en la antigua plaza del Ejército Rojo (hoy plaza de Jan Palach) de Praga.

Las primeras veces que oímos hablar de autoinmolación en defensa de una causa, religiosa, política o vinculada a algún fanatismo, fue a principios de la década de 1960, cuando el monje Thích Quảng Đức se prendió fuego en el centro de Saigón para protestar contra la persecución religiosa de que eran objeto los budistas por parte de la minoría católica gobernante en Vietnam del Sur: la fotografía de su sacrificio dio la vuelta al mundo. Aquel acto, que sorprendió sobre todo en los países “occidentales”, se conoció con la expresión “quemarse a lo bonzo”.

La inmolación del monje Thích Qung Đ
en Saigón el 11 de junio de 1963 
(fotografía de Malcolm Browne, que dio 
rápidamente la vuelta al mundo).

Otros monjes budistas tibetanos se han autoinmolado para protestar contra lo que entendían como ataques a su cultura y su religión por las autoridades de la República Popular China. Hubo, sin embargo, discrepancias entre los practicantes del budismo sobre la oportunidad de esos actos: unos se remitían a la tradición según la cual Buda, en una de sus vidas anteriores, se autoinmoló por el bien de los demás; otros, en cambio, sostenían que esa práctica atentaba contra la doctrina del budismo tibetano. Se sabe, en cualquier caso, que también hubo actos de inmolación en la India y en Japón.

Mención aparte, por supuesto, merecen las autoinmolaciones de fanáticos religiosos, como actos de odio, venganza y represalia, que poco o nada tienen que ver con los que se mencionan aquí.

En el artículo del profesor Federigo Argentieri que se presenta, traducido, a continuación, se trata de las autoinmolaciones que tuvieron lugar en los países de la órbita soviética como protesta por la sumisión de éstos a la URSS y las consecuencias que ello supuso. Ha quedado como símbolo de aquellos trágicos actos la figura del estudiante checo Jan Palach en la céntrica plaza Václav de Praga, en 1969, para denunciar la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia; pero Palach no fue, ni mucho menos, el único que lo hizo, como se puede leer a continuación.


Los otros doce Jan Palach

Por Federigo Argentieri

El 16 de enero de 1969 la “llama violenta y atroz” (en palabras de Francesco Guccini) quemaba el cuerpo del estudiante Jan Palach, quien había decidido tomar aquella decisión extrema para protestar contra el lento pero evidente sofocamiento, por parte de la URSS y sus aliados, de las ansias de libertad y democracia que se habían ido materializando en Checoslovaquia durante el año anterior, y que se frustraron por la intervención armada del 21 de agosto de 1968, diez días después de su vigésimo cumpleaños, pero lo hizo sobre todo contra la escasa resistencia que se estaba ofreciendo.

La muerte de Palach, el día 19 de enero, tuvo una 
enorme resonancia internacional, y la consternación 
y solidaridad fueron casi unánimes, como lo había 
sido la condena de la intervención militar. A él y a 
su acto se dedicaron canciones, como “Primavera
di Praga”, de Guccini, “Mourir dans tes bras”, de
 Adamo o, más recientemente, “Le fate di Praga”,
del cantauror italiano de música alternativa Sköll
El tema dio también para numerosos libros.

Jan Palach era, sin duda, un fiel seguidor de Tomáš Masarykel fundador y primer presidente de la República de Checoslovaquia, quien en 1881, como recuerda el eslavista Angelo Maria Ripellino, desarrolló en Viena una tesis sobre “el suicidio como fenómeno de masas de la civilización moderna”; además, cuando tenía 15 años se enteró de la inmolación de Thích Qung Đc, y es probable que tuviera noticia de un gesto análogo del cuáquero Norman Morrison, quien en 1965 se prendió fuego en Washington como protesta por la muerte de niños durante la guerra de Vietnam.

La autoinmolación de Ryszard Siwiec en Varsovia.
(Foto: PAP/Paweł Kula)


Casi un año antes de la inmolación de Palach, el 8 de septiembre de 1968 (dieciocho días después de la invasión de Checoslovaquia), el polaco Ryszard Siwiec, veterano de la resistencia antinazi y antisoviética, se había prendido fuego en el Estadio Nacional de Varsovia, donde se estaba celebrando la “fiesta de la cosecha” con la presencia de las máximas autoridades: murió al cabo de cuatro días. La policía hizo cuanto pudo para evitar que se difundiera la noticia, pese a que hubo muchos testigos de aquel acto de protesta, pero al cabo de unos meses Radio Free Europe (cuya sede estaba entonces en Alemania) rompió el silencio y anunció que Jan Palach no había sido la primera “antorcha humana”, al menos no en el plano internacional.

Apenas dos meses más tarde, el 5 de noviembre, el ucranio Vasyl Makuj (Василь Макух), otro veterano de la resistencia antinazi y antisoviética (a la derecha, su retrato), se inmoló cerca de la plaza Maidan de Kiev para protestar contra la opresión de que era objeto su país y también por la invasión de Checoslovaquia. Murió al día siguiente y, pese a las precauciones del KGB, la noticia se difundió entre los ucranios (muchos habían visto pasar los carros de combate hacia Checoslovaquia) y se filtró al extranjero.

Al cabo de nueve años, el 21 de enero de 1978, otro ucranio, Oleksa Hirnyk (Олекса Гірник), imitó aquellos gestos extremos para protestar contra la rusificación y la anulación de la identidad nacional ucrania. Lo mismo hizo el 23 de junio de aquel año el tátaro de Crimea Musa Mamut (Муса Мамут) para denunciar la opresión de su nacionalidad por parte de la URSS.

Monumento en mermoria de Oleksa Hirnyk en la ciudad ucrania 
de Ivano-Frankivsk, cerca de su localidad natal.

No parece que Palach conociera la suerte de Siwiec ni de Makuj, pues no los mencionó en las notas que dejó escritas. En cambio, Sándor Bauer, un estudiante húngaro de 16 años, declaró explícitamente que había querido seguir su ejemplo y se prendió fuego en la escalinata del Museo Nacional de Budapest el 20 de enero de 1969, al día siguiente de la muerte de Palach, “el hermano checo que hizo lo mismo”. Murió al cabo de tres días.

Una de las notas de despedida que dejó Sándor Bauer antes de inmolarse.
(© Állambiztonsági Szolgálatok Történeti Levéltára)

Si Palach no era la primera “antorcha humana” del bloque soviético, sí que lo había sido en su país, donde su ejemplo fue seguido casi inmediatamente: el 20 de enero el joven de 25 años Josef Hlavatý se daba fuego en Pilsen, y moría cinco días después; sin embargo, es probable que su suicidio se debiera sobre todo a razones personales, como su reciente divorcio, pero de hecho había sido muy activo durante la Primavera de Praga. Un mes más tarde, el 25 de febrero, fue Jan Zajíc, de 18 años, miembro de una familia demócrata y anticomunista, quien se inmoló. Es interesante constatar que los orígenes ideológicos de todas las víctimas mencionadas hasta ahora eran afines, lo cual suponía un motivo de reflexión para quienes pretendían apoderarse de su memoria.

Muy distinta era la tendencia política de de Evžen Plocek (fotografía de la izquierda), un obrero de Jihlava que militaba en el Partido Comunista y era afín a las reformas promulgadas por Alexander Dubček en Checoslovaquia: decepcionado por los "normalizadores", convencido de la imposibilidad de revertir la situación a la que se había llegado, se prendió fuego el 4 de abril de 1969, un día antes de que Dubček fuera expulsado del Partido.


Márton Moyses retratado por 
su hermano Frigyes en 1949.

El 13 de mayo de 1970 expiraba en Rumania un poeta húngaro de Transilvania, de 29 años, llamado Márton Moyses. Después de la Revolución de 1956, juntamente con otros jóvenes de su edad, intentó sin éxito unirse a la resistencia húngara contra los ocupantes soviéticos. En 1960, delatado y declarado elemento hostil al régimen por su solidaridad con los revolucionarios húngaros y por sus poemas críticos, fue procesado y condenado a dos años de prisión. Dos meses antes de que lo pusieran en libertad se cortó parte de la lengua con un hilo para no poder delatar a sus “cómplices”. En febrero de 1970, al cumplirse un año de la muerte de Palach y Bauer, viajó a la ciudad de Brașov y después de derramar gasolina frente a la sede del Partido Comunista, se prendió fuego. Murió al cabo de tres meses.

Casi dos años más tarde, el 14 de mayo de 1972, fue el lituano de 19 años Romas Kalanta quien realizó el mismo gesto en la ciudad de Kaunas, ante el edificio del Partido Comunista. Murió al día siguiente. Había dejado escritas estas palabras: “Acusad de mi muerte al régimen totalitario”. La imposición a su familia de anticipar dos horas el funeral suscitó una oleada de indignación y desencadenó tumultos que duraron dos días, durante los que fueron detenidas 402 personas, a siete de las cuales se impusieron penas de prisión; además, centenares de estudiantes fueron expulsados de sus facultades y otros protestatarios, despedidos de sus puestos de trabajo. Romas Kalanta fue rehabilitado cuando Lituania recuperó su independencia.



Placa-memorial en el lugar de la céntrica Laisvės Alėja (Avenida de la Libertad) 
de Kaunas donde se autoinmoló el estudiante lituano Romas Kalanta.
(Foto © Kęstutis Jurel, ELTA. Cortesía de Pietro U. Dini)

Por último hay que recordar a Oskar Brüsewitz, un pastor luterano de la Alemania del Este, que se inmoló en 1976, y al obrero rumano Liviu Cornel Babeș, quien lo hizo en 1989, poco antes de la caída del régimen dictatorial de Nicolae Ceaușescu.

Las “obras de arte de la historia”, como definió el politólogo canadiense Jacques Lévesque las revoluciones pacíficas de 1989, de algún modo hicieron justicia a esas almas inquietas, así como a la Revolución Húngara de 1956, la Primavera de Praga y los anhelos de libertad en Ucrania y el Báltico oriental. Jan Palach y todos quienes se suicidaron como protesta contra los regímenes comunistas burocráticos y opresivos, y contra la indiferencia y pasividad del resto del mundo, son recordados con afecto y emoción, cuando no han sido elevados al Panteón de los héroes nacionales. También hay que recordar, por supuesto, las inmolaciones de monjes tibetanos contra la ocupación china de su país. Debemos reflexionar sobre si estos actos de protesta no deban tipificarse como un método de condena contra las tiranías comunistas, aunque sería preferible que el criterio fuera extensivo a todas las otras, sin exclusión alguna.


La cadena humana que enlazó las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) 
el 23 de agosto de 1989, cincuenta años después de la firma del tratado entre Alemania 
y la URSS que permitió la posterior anexión de aquellas repúblicas a la Unión Soviética, 
es un ejemplo de las revoluciones pacíficas que condujeron a la independencia 
de los países del Báltico oriental.

El autor - El profesor Federigo Argentieri es un politólogo y académico italiano doctorado en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest. Especializado en relaciones internacionales y en la historia reciente de Hungría y de toda la denominada Europa del Este, ha publicado numerosos libros y artículos sobre los temas de su ámbito de estudio e investigación. Ejerce como profesor de Ciencias Políticas en la John Cabot University de Roma, cuyo Instituto Guarini para Asuntos Públicos dirige.


Este artículo, traducido en casi toda su integridad por Albert Lázaro-Tinaut, se publicó en el suplemento “La Lettura” del diario italiano Corriere della Sera el 13 de enero de 2019. Impedimenta agradece tanto al autor como al propio diario que le hayan concedido su amable autorización.

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jueves, 28 de agosto de 2014

Los lipovanos del delta del Danubio

Celebración de la Pascua por la comunidad de viejos creyentes 
de Brăila (Rumanía), centro religioso de los lipovanos.
(Fuente: Old Believers, oldbelievers.wordpress.com, 2013)

Numerosos grupos de viejos creyentes, considerados herejes de la ortodoxia, durante todo el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX se asentaron en la periferia del Imperio ruso huyendo de las persecuciones iniciadas en 1685, intensificadas más tarde por orden del zar Pedro I el Grande y continuadas por sus sucesores. Decenas de miles de esos creyentes se establecieron en los Urales y Siberia, en el Imperio austriaco y en el noreste de las actuales repúblicas bálticas. Algunas comunidades emigraron incluso a América y Australia.

Aquellos fugitivos también llegaron, en gran número, al delta del Danubio y los cursos bajos de los ríos Prut y Dniéster, y ahora sus descendientes se distribuyen entre el sudoeste de Ucrania, la Dobruja (al este de Rumanía) y una parte de Besarabia, la actual República de Moldavia: son los llamados lipovanos (lipoveni, en rumano, Липовани [‘lipovani’] en ucraniano y Липоване [‘lipovane’] en ruso). [1]

Localización de las comunidades de viejos creyentes lipovanos.
(Fuente: Cartothèque Spiridon Manoliu)

Pese a formar pequeños grupos dispersos, los lipovanos han conservado tanto sus estrictas tradiciones religiosas como muchas de sus costumbres ancestrales, y aun habiéndose integrado en parte a los países que los acogen, en sus comunidades continúan hablando un ruso arcaico (en este sentido, y salvando la distancia temporal y religiosa, podría equipararse al judeoespañol de los sefardíes, que hablan todavía un castellano próximo al del siglo XV). Su centro religioso es la ciudad rumana de Brăila.

Presentamos a continuación un texto referido a la pervivencia de las antiguas tradiciones de los lipovanos de Moldavia.

Albert Lázaro-Tinaut


Miembros de una comunidad lipovana.
(Foto © Cultures of Europe)


Los lipovanos de Moldavia y algunas 
de sus tradiciones seculares

La pequeña localidad de Pocrovica, al norte de la República de Moldavia y a tan solo tres kilómetros del río Dniéster, que separa a aquel país de Ucrania, se diferencia singularmente de las poblaciones vecinas: sus poco más de mil habitantes son rusos lipovanos, que se caracterizan por su afán de mantener las calles siempre limpias y perpetuar sus tradiciones, especialmente las religiosas, heredadas de sus ancestros.

Una de esas tradiciones consiste en que los hombres no se afeitan la barba desde que cumplen sesenta años. Además, esos viejos creyentes conservarán siempre la propiedad de sus viviendas y sus tierras, que jamás se atreverían a vender, lo cual hace que el precio del metro cuadrado de suelo sea allí el más elevado de Moldavia, al mismo nivel que el de la capital, Chișinău. Y, por si fuera poco, compran las tierras que los moldavos, al emigrar, abandonan en las localidades próximas.

Viejo pintor de iconos lipovano.
(Foto © Cultures of Europe)

Cada uno de los habitantes de Pocrovica conoce al dedillo la historia de las diecisiete familias rusas que se establecieron allí en 1820, comprando tierras a los nobles moldavos a precios abusivos. [2] La memoria y los sacrificios de aquellos antepasados fundadores del pueblo, pues, permanecen vivos.

Ninguno de los habitantes de Pocrovica ha abandonado jamás la localidad para trabajar en el extranjero: los lipovanos afirman que pueden ganarse muy bien la vida quedándose donde están. Su única riqueza es la tierra que cultivan. Poseen vergeles con ciruelos y otros árboles frutales, pero obtienen sus mayores beneficios con la venta de frambuesas. También cultivan patatas y melones: “Cuando vendemos un kilo de melones podemos comprar dos kilos de trigo, es matemático”, afirma Florii Vetrov, de 77 años, y añade: “Los moldavos nos envidian porque somos muy trabajadores y siempre estamos unidos”.

Mujeres lipovanas durante la celebración religiosa de la Navidad 
ortodoxa (el 7 de enero) en la localidad rumana de Carcaliu.
(Foto © Vadim Ghirda, 2011)

Todos los días, a las dos de la tarde, las mujeres lipovanas se reúnen en el centro del pueblo para tomar té negro, preparado en un samovar, y degustar las frambuesas cultivadas en cada huerto: es una tradición que se perpetúa generación tras generación.

Aunque los niños aprenden rumano en la escuela, todos se expresan en ruso. La excepción es Eudochia Zamfir, de origen moldavo, directora de la escuela comunal, que se estableció en Pocrovica con su marido en 1975. Dice haberse integrado perfectamente en la localidad, y que no se iría de allí por nada del mundo. Recuerda el día de su llegada con su hijito de dos meses: necesitaba leche, pero no se atrevía a pedirla. Envió entonces a su marido a la fuente para que estableciera contacto con los autóctonos: a éste le costó abrir la boca…, pero a la mañana siguiente, al despertar, encontraron pan y leche a la puerta de su casa. “Los lipovanos nunca dejarán de ayudarte para lo que sea”, dice la mujer.

Niñas lipovanas.
(Fuente: Azules270 / forocoches.com)

Allí, los problemas de unos se convierten en problemas de todos. Siempre hay alguien dispuesto a ir de casa en casa y pedir ayuda económica para algún vecino necesitado, y cada cual aporta lo que puede según sus posibilidades. A los entierros acuden todos los vecinos, que se organizan para preparar el banquete fúnebre sin reparar en gastos: nunca faltan carne, pepinillos ni, sobre todo, 400 litros de borsch, la sopa preparada según una receta local, hecha a base de legumbres cortadas en trocitos muy pequeños y remolacha marinada siguiendo una técnica muy peculiar.

Cerca de la iglesia, considerada el centro de la vida del pueblo, los lugareños han construido una sala de plegarias donde se recogen limosnas. Las ceremonias religiosas se siguen con devoción, y sirven además para que los asistentes luzcan sus mejores galas, como en cualquier acto social que se precie.

Uno de los miembros del consejo 
de ancianos de Pocrovica.
(Fuente: Portail francophone de la Moldavie)

La localidad está regida por un consejo de sabios formado por los veinte ancianos más instruidos del lugar. Los veredictos de estos son inapelables, sobre todo por lo que respecta a los matrimonios, ya que el conservadurismo de la comunidad hace que aumente el riesgo de incesto. Según la tradición, esos ancianos se reúnen y revisan meticulosamente los árboles geneálogicos de los futuros cónyuges: si convienen que no existe ninguna relación de sangre entre ellos, les autorizan a casarse…, pero los matrimonios han de celebrarse obligatoriamente en domingo.

La familia de una muchacha ha de empezar a constituirle una dote desde que es una niña. Las madres se enorgullecen cuando alguien quiere ver la dote que preparan para sus hijas. Los padres de los muchachos, por su parte, cuando estos cumplen siete u ocho años han de empezar a construirles una casa. No hay ninguna ley escrita que obligue a ello, pero la tradición obliga.


[1] Se calcula que los lipovanos son actualmente unos 55.000 en Ucrania y cerca de 30.000 en Rumanía y Moldavia.
[2] Cuando aquellas familias de viejos creyentes rusos fundaron el pueblo de Pocrovica, Moldavia acababa de integrarse en el Imperio ruso (1812) como consecuencia de una de las guerras ruso-turcas. Se extinguió así el Principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV por Luis I de Hungría para proteger su reino de los frecuentes ataques tártaros. Muchos nobles moldavos abandonaron entonces el país con sus bienes después de vender al mejor postor las tierras que poseían.


(Artículo publicado en el periódico Evenimentul Zilei, de Bucarest, el 12 de noviembre de 2007. Traducido y adaptado por Albert Lázaro-Tinaut a partir 
de la versión francesa de Mehdi Chebana que aparece en “Petits peuples” et minorités nationales des Balkans, libro publicado por Le Courrier des Balkans, Arcueil, 2008.)

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sábado, 29 de marzo de 2014

El legado literario y espiritual de Iván Franko y la Ucrania presoviética

Monumento a Iván Franko en el jardín de su casa natal
en Nahuievychi.

Por Mykola Zhulynsky
Director del Instituto de Literatura Tarás Shevchenko

Introducción biográfica

Iván Yakovich Franko (Іван Якович Франко), hijo de un herrero de pueblo y de una mujer de la pequeña nobleza ucraniana, nació en Nahuievychi (en la Galitzia sometida al Imperio austrohúngaro) el 15 de agosto de 1856, se educó en las universidades de Leópolis (la actual Lviv, Lemberg en alemán), Czernowitz (la actual Chernivtsi) y Viena, donde se doctoró en 1893, y fue profesor honorario de la Universidad de Járkov. Autor de más de cuatro mil libros, artículos y trabajos académicos, su legado incluye poemas, novelas y dramas.

Iván Franko retratado por
el pintor ucraniano Iván Truch.

Iván Franko editó, además, periódicos y revistas, y participó activamente en la vida pública y política. En el año 1878 fue detenido por primera vez a causa de sus ideas socialistas, que no ocultaba y que difundía entre los trabajadores de Lviv, Drohobych y Boryslav, así como entre los campesinos, lo que le costó nuevos arrestos. A principios del siglo XX su actividad política fue decreciendo por varias razones, entre ellas su muy precario estado de salud y su participación activa en las tareas de la Sociedad Científica Tarás Shevchenko. 

Sus puntos de vista políticos y sociales evolucionaron en el curso de su vida, hasta que se convirtió en un ardiente partidario de la independencia política y cultural de Ucrania. La lucha por sus ideales, sin embargo, no fue larga, ya que a partir de 1908 sufrió varias enfermedades que mermaron sus fuerzas. Murió en Leópolis (Lviv) el 15 de mayo de 1916.

  Una vida solitaria y miserable

En el otoño de 1914, los soldados del ejército ruso zarista que ocupaba el oeste de Ucrania solían ver a un hombre con un sombrero oscuro y un largo abrigo negro, cargado habitualmente con pequeños envoltorios que contenían alimentos, libros y periódicos, caminando penosamente por las calles de Leópolis, ciudad que los rusos denominaban Львов (Lvov). Aquel hombre encorvado, con la mirada baja y hablando para sí mismo, era la pura imagen de la fatiga y el sufrimiento.

 Franko con su íntima amiga
Olga Roshkevych en la década de 1880.

Lo que no sabían era que aquel hombre, evidentemente enfermo, absorto en sus pensamientos, del que se solían burlar, era doctor en filosofía por la Universidad de Viena, un notable escritor, un poeta con una visión profunda del destino de la humanidad, un traductor consumado y un historiador de la cultura y la literatura.

Sin duda, Franko debía de sentirse muy solo y abandonado. Su hijo mayor, Andriy, había muerto un año antes, y sus otros dos hijos varones estaban en el frente: Tarás, un maestro de escuela, había sido reclutado por el ejército austríaco y fue enviado a luchar en el frente italiano; Petro, un estudiante de la Escuela Politécnica, también estaba entre las tropas de vanguardia (más tarde se uniría voluntariamente a los Destacamentos de Fusileros de Ucrania, una fuerza militar establecida en 1917 para luchar por la independencia de su país). Su hija Anna vivía con una tía en Kiev, y su esposa, que siempre había sido una mujer sabia y equilibrada, sufría un trastorno mental heredado de su familia. Su casa, pues, se había convertido en un infierno en el que era imposible trabajar o descansar. Después de no pocas vacilaciones y con amarga angustia, había tenido que internarla en un asilo. Él vivía en la miseria y la soledad, con las manos casi paralizadas mientras iba perdiendo paulatinamente la vista, pero nunca cejó en su empeño de trabajar, de hacer lo que pudiera por el futuro de su nación.

A Franko, torturado por los dolores físicos y el insomnio, solo le quedaban dos años de vida. “Mi mayor tormento no es el dolor físico que sufro continuamente, sino mi incapacidad para terminar el trabajo que he comenzado. Se han acumulado infinidad de ideas y proyectos en mi cabeza, y no quiero llevarlos conmigo a la tumba”.

Franko en Odesa en 1909.

Agotado, incapaz de cuidar de sí mismo, pasó sus últimos meses en una residencia de ancianos. Compartía habitación con Vasylko, un muchacho de dieciséis años de edad, hijo de su hermano de Zajar, quien se había ofrecido a proporcionarle toda la ayuda que necesitara. La mejora en la alimentación y la terapia hicieron que no solo la salud, sino también el espíritu de Iván Franko mejoraran. Volvió a escribir poemas, entre ellos sus interpretaciones líricas de algunos acontecimientos históricos de la antigua Roma. Editó, además, sus traducciones de los poetas clásicos griegos menores (la colección Старе Золото [‘El viejo oro’], que contiene 232 poemas y más de 7000 versos).

Manuscritos y libros

En el Instituto de Literatura Tarás Shevchenko, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, se conservan casi todos los manuscritos de Iván Franko y prácticamente la totalidad de los libros de su biblioteca: más de doce mil volúmenes, entre los que hay 410 incunables.

El manuscrito titulado Історії моєї хвороби (‘Historia de mi enfermedad’) tiene solamente trece páginas, pero la intensidad del dolor expresado en ellas habla por sí misma. Se la dictó a su hijo Andriy, y se refiere a las dolencias que sufrió en 1908, “el año más terrible de mi vida hasta ahora […]. En marzo, durante catorce días no pude estar sentado en posición vertical, pero nunca dejé de trabajar, luchando contra el terrible dolor que sentía”.

Monumento a Iván Franko en Lviv.
(Foto 
© Adam Pervez)

Los médicos advirtieron a Franko que padecía varias enfermedades, y que éstas le producían dolores de cabeza y ansiedad, por lo que debía dejar de escribir e incluso de leer; él, evidentemente, nunca hizo caso de esos consejos. Durante aquel “año terrible” (1908) publicó unas cuantas obras, sus traducciones de Safo y Menandro y de antiguas sagas islandesas, algunos de sus trabajos académicos, comenzó a escribir un nuevo artículo sobre estudios bíblicos y nuevas historias breves; y no dejó de trabajar en sus estudios sobre las canciones populares ucranianas ni en su historia de la literatura ucraniana, que presentó como la historia del desarrollo espiritual del pueblo de Ucrania; publicó también algunas obras escritas anteriormente, con nuevos prefacios, y terminó una edición en cinco volúmenes sobre los apócrifos y las leyendas de los viejos manuscritos ucranianos, que se consideran la primera recopilación sistemática de este tipo en los estudios eslavos.

De hecho, no fue solo su estado de salud lo que causó dolor a Franko: le atormentaba no poder proseguir en lo que era su verdadera vocación como autor, una responsabilidad que había asumido para expresar las aspiraciones, inquietudes y anhelos de su nación. Su poema Moisés, de 1905, se considera su autobiografía simbólica, un reflejo de la lucha interna que afectaba a su espíritu. Algunos de sus escritos anteriores ya llevaban la impronta de su examen de conciencia: “Moisés no fue aceptado como profeta por su propio pueblo”, y fue castigado con la muerte por Yahvé poco antes de que, con su gente, llegara a la Tierra Prometida. Eso tenía un gran significado para Franko.

La ciudad de Lviv (Leópolis), donde Iván Franko estudió,
pasó los últimos años de su vida 
y murió.
(Fuente:
blog 
Mesa revuelta, mesa-revuelta.blogspot.com)

Su vocación de escritor

Iván Franko creyó que su obligación como escritor era sacrificarse por la causa de la iluminación espiritual de su nación, para despertar la conciencia nacional y revelar las características únicas de la cultura de su pueblo. El poeta puede estar solo en su lucha, puede ser incluso rechazado por su pueblo: el suyo es el camino hacia el calvario, entre “el cinismo y el ridículo”. Al mismo tiempo, el poeta que es consciente de su misión profética no puede sucumbir a la desesperación, la desilusión y la pérdida de la fe, sino que debe “escuchar la voz estruendosa del Cielo”, comprometerse con la energía que le viene dada desde Arriba y aceptar la guía divina. Franko pensó en sí mismo como en un guía espiritual de su nación, y se preparó para hacer frente a cualquier adversidad en su servicio en pro esta causa.

Pero Franko, por otra parte, no se creía “el favorito de la fortuna”, ni “un genio” conocedor de la verdad última; se consideró “uno de esos escritores que son obreros y trabajadores, que participan en la construcción del edificio de la civilización, cuyos nombres no serían grabados en la fachada”.

Sello dedicado a Iván Franco,
emitido por el servicio postal
ucraniano en 2006. 

Cuando solo tenía 22 años, se presentó simbólicamente como albañil en uno de sus poemas, consciente de ser el constructor ascético de un nuevo mundo que ha de sacrificarse por la causa del desarrollo nacional. En el camino hacia la felicidad de la humanidad están los huesos de millones de personas que se han sacrificado a sí mismas como “esclavas de la libertad” y “albañiles del progreso”. En 1898 se autodefinió como “un siervo de la nación”, el hijo de un campesino convertido en intelectual para ponerse al servicio de los campesinos.

Efectivamente, Iván Franko era hijo de un labrador de la tierra y a la vez herrero de la aldea de Nahuievychi, en el oeste de Ucrania, que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro. Desde el principio de la época medieval, los ucranianos de esa tierra se denominaban a sí mismos “rusyny”*. Cuando se refiere a su origen étnico, Franko dice que es tanto “un rusyn” como “un ucraniano”, pero prefiere este último gentilicio, ya que creía en la unidad de todas las personas de ascendencia ucraniana.

Comenzó su educación en la escuela rural de un pueblo vecino al suyo, donde no había. Entre las asignaturas que se daban estaban las lenguas polaca y alemana. Franko continuó sus estudios en la ciudad de Drohobych, y comenzó a escribir cuando todavía era un estudiante interesado por la literatura europea. Al terminar la escuela secundaria fue a estudiar a la Universidad de Lviv. Allí escribió sus primeros poemas líricos y dramas e historias en verso, y empezó a traducir literatura griega antigua, fragmentos de la Biblia y de la epopeya alemana Cantar de los Nibelungos. Poco a poco sus intereses se fueron ampliando e incluyeron toda la literatura clásica, la mitología, la historia, el folclore ucraniano... 

La plaza central de Drohobych. 
(Fuente: Дрогобич- королівське місто / www.drohobych.com.ua)

Fue en aquel momento cuando descubrió el abismo cultural que separaba a los habitantes del campo de la intelectualidad. Le dolía constatar el atraso moral y espiritual de las clases bajas, su falta de perspectivas sociales y culturales. La vida política del momento era la de un país subdesarrollado. No parecía haber rastros de algún movimiento de liberación nacional, como los que produjeron un gran impacto en Italia, Irlanda, Bulgaria, Polonia y otros países europeos. Con otros jóvenes de inclinaciones románticas, que absorbían ávidamente nuevas ideas políticas y las teorías sociales, en particular las del socialismo y el positivismo procedentes de Europa, Franko comenzó a escribir ensayos y artículos de carácter político en los que trató de desarrollar ideas como la igualdad económica y social, la justicia, los derechos civiles y la iniciativa individual. Al mismo tiempo rechazó las ideas marxistas de un “estado de todo el pueblo”, la “dictadura del proletariado” y la “lucha de clases". Escribió que el marxismo político como “programa del socialismo de Estado apesta a despotismo estatal y uniformidad, y si se llevara a cabo podría convertirse en un gran obstáculo para un mayor desarrollo, o se convertiría en una fuente de nuevas revoluciones”.


Monumento a Franko
en la ciudad de Kolomyya. 
(Foto 
© Maryana Dmytryshyn)

El ideal de Franko era el de una justicia social que descansara sobre el fundamento de la humanidad. En 1890 participó en la fundación del Partido Radical Ucraniano, cuyo programa se basaba en los principios moderados de los socialdemócratas europeos. Más tarde lo abandonó para unirse al Partido Nacional Democrático, aún más radical, que defendía la creación de una nación ucraniana moderna.

El nacionalismo ucraniano

Iván Franko quería aproximar el patriotismo y el nacionalismo ucranianos a la cultura europea y el espíritu expresado a través del arte y la literatura. Como traductor y conocedor de varias lenguas, se dedicó a verter al ucraniano lo que consideraba mejor de la literatura europea y mundial. Con sus escritos y traducciones creaba un puente entre Ucrania y el resto de Europa. Sus trabajos, publicados en alemán, polaco, ruso, húngaro y otros idiomas, dieron a conocer en el extranjero sus ideas de unidad cultural, que tuvieron cierta resonancia en Austria, Alemania, Polonia y Rusia. De este modo consiguió que la situación de la nación ucraniana, su cultura y sus tradiciones fueran conocidas en buena parte de Europa. Franko estaba preparado “para soportar todos los tormentos, el sufrimiento y la humillación” que comportarían su compromiso de sacrificio por la causa de la justicia.

Una edición moderna (Lviv, 2009)
del libro de poemas 
Зів'яле листя
de Iván Franko.

Su legado poético merece un tratamiento extenso. Aquí bastará decir que sus poemas abarcan un gran número de temas, y que su poesía lírica revela una gran concentración de emociones, hasta el punto de que sea posible preguntarse cómo su corazón no se había roto mucho antes de cumplir los 60 años. Su colección de poemas más relevante, Зів'яле листя (‘Hojas marchitas’), de 1896, está repleta de fuertes emociones provocadas por la desesperación, la ansiedad, la esperanza, el anhelo de amor y una sensación punzante de alienación. Franko estaba convencido de que sólo el alma, por sí misma, podía lidiar con el dolor que la atormentaba, un dolor que transmitió mediante palabras y reveló al mundo: solo así, según él, podía aliviarlo. Haciéndose eco del viejo dicho, Franko, que creía en la fuerza inagotable del artista y el poeta, dice en uno de sus poemas: “La vida es breve, pero el arte es eterno / y el potencial creativo no tiene límites”.

Franko experimentó varios golpes duros de la suerte, tanto en el amor como en la situación social de su país y su tiempo. En 1890, por ejemplo, el Consejo de la Universidad de Lviv le denegó la defensa pública de su tesis doctoral: obtuvo su doctorado tres años más tarde en la Universidad de Viena. Fue rechazado de nuevo por la Universidad de Lviv en 1895, cuando ya era un reconocido autor, historiador, crítico de arte y académico, denegándole el cargo de profesor asociado. Y éstas no fueron las únicas circunstancias humillantes en su vida, aunque las soportó siempre con dignidad.

La tumba de Iván Franko en el cementerio Lychakiv de Lviv. 
(Foto © Iuliya Kapshuchenko)

Plenamente consciente de las dificultades por las que estaba pasando su país, sufriendo a causa de la subyugación a la que era sometido, Iván Franko no buscaba tranquilidad para su alma dolorida. “No me dejes, dolor agudo”, escribió, sin perder nunca la esperanza de una vida mejor para su pueblo. Se sacrificó en el altar de esta esperanza. Conocía el poder de la palabra, la fuerza del espíritu, capaz de superar cualquier adversidad, y escribió poemas inspirados, ardientes, pidiendo a su pueblo que siguiera el largo camino de la salvación. Bendijo a su nación por “el viaje hacia el futuro”, por su firme creencia en que la capacidad redentora de la cultura, la ciencia y la educación despertarían la espiritualidad del pueblo ucraniano, a quien legó su “confianza en la fuerza del Espíritu”.

Traducción del inglés y adaptación de Albert Lázaro-Tinaut

* En castellano se conocen como rutenos.


El texto original, que aquí ha sido adaptado, se publicó en su versión inglesa en el portal Welcome to Ucraine el año 2006.


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