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martes, 21 de septiembre de 2010

Sándor Petőfi

La casa natal de Sándor Petőfi, tal como se conserva hoy en Kiskőrös.
(Foto © Csanády / Wikimedia Commons)

Referirse a Petőfi y a su obra, creada en sus escasos veintiséis años y medio de vida, requiere muchísimo más espacio del que podemos dedicarle aquí, además de numerosos puntos de vista de los innumerables estudiosos y exégetas de su obra. Considerado el poeta y, a la vez, el héroe nacional de Hungría, es la referencia por antonomasia del pueblo al que perteneció y pertenece.

Daguerrotipo de Sándor Petőfi.

Nacido con el nombre de Sándor Petrovics –hungarizó su apellido en 1842– en Kiskőrös (Hungría centro-meridional) el 1 de enero de 1823, en el seno de una familia luterana de ascendencia eslovaca, murió después de ser malherido en la batalla de Segesvár (hoy Sighişoara, en Rumanía), durante la guerra por la independencia húngara contra las tropas austriacas, el 31 de julio de 1849.

Imagen romántica de Petőfi en plena batalla,
en un sello postal húngaro de 1972.


Su patriotismo, como uno de los artífices principales de la revolución de 1848, y su obra, que es la más representativa del romanticismo húngaro, han mitificado su figura y han hecho de él, desde su muerte, objeto de más de una manipulación partidista. Sin embargo, su obra poética siempre ha sido respetada por los húngaros de todas las ideologías, y su Nemzeti dal (‘Canto nacional’), compuesto dos días antes del estallido de la revolución de Pest, es conocido de memoria por todos los húngaros, al igual que otras muchas composiciones suyas.

Petőfi recitando su revolucionario Canto nacional,
el 15 de marzo de 1838, junto a la escalinata
del Museo
Nacional, según un dibujo de Miklós Szerelmey


Presentamos a continuación un texto sobre Sándor Petőfi, escrito con motivo del 150 aniversario de su nacimiento por otra gran figura de la poesía húngara, Ágnes Nemes Nagy (1922-1991; véanse aquí algunos datos biográficos y unos poemas suyos vertidos al castellano), y a continuación transcribimos las traducciones de siete poemas de Petőfi.

Albert Lázaro-Tinaut


Los poemas de Petőfi en una edición publicada por
la editorial Athenaeum de Budapest en 1888.



Petőfi, demoledor de formas


Por Ágnes Nemes Nagy


Al igual que los Alpes, los poetas de 1848 no conocen fronteras. Podemos considerar a Petőfi, con toda certeza, la cumbre de los Alpes de la poesía de la Europa central: a buen seguro que el público extranjero no pondrá objeciones a esta afirmación. Pero es siempre, y en primer lugar, su propia nación la que debe medir la calidad de un poeta. Sin embargo, pueden producirse interesantes interferencias: basta una traducción genial, una gran afinidad, para que un poeta extranjero (Baudelaire o Poe, por ejemplo) consiga devolverlo inesperadamente a la actualidad en un ámbito lingüístico ajeno al suyo. Creo que no debemos renunciar jamás a la energía latente que guarda en sí un gran poeta conocido en un círculo restringido, ninguna literatura debe hacerlo. Un poeta es siempre un centro de energía, lo que se descubre en él es uranio puro, ése que se extrae sólo muy de tarde en tarde. Y cuando ello ocurre en la literatura, el filón no se agota nunca, sino que su tamaño aumenta paradójicamente bajo los picos de los mineros.


Y cuando digo que la dimensión del poeta aumenta a medida que se le consume, pienso sobre todo en nosotros, los húngaros, que somos los primeros a quienes concierne ese consumo. ¿Consumimos suficientemente a Petőfi? La respuesta no es unívoca. La imagen de la marca Petőfi en Hungría ha permanecido singularmente estática durante los últimos 125 años. Nos hemos limitado a fijar su imagen fotográfica cuando él era todo dinamismo. ¿Cuántos adjetivos aplicados a él han cambiado en 125 años? Petőfi es revolucionario, un ardiente realista, cada poeta debiera parecerse a él. Sí, es cierto. Pero esa serie de calificativos, como los de todos los clásicos, acaban convirtiéndose en una amenaza de esclerosis. Podríamos decir que fatalmente es así en algunos casos, pero no en el de él, ni muchísimo menos. En nuestro país no se ha reflexionado lo suficiente sobre Petőfi. Su vida póstuma carece de tantos matices como cualidades le han sido atribuidas.


Monumento a Sándor Petőfi en Rimavská
Sobota (Rimaszombat, en húngaro), Eslovaquia.
(Foto © Bojars / Wikimedia Commons)


Nuestra concepción con respecto a él apenas ha evolucionado desde que apareció su primer libro de poemas. Sólo una vez ha sido puesto entre paréntesis: durante la revolución poética de principios de del siglo [XX], cuando este mismo siglo irrumpió en la literatura húngara. Pero casi al mismo tiempo estalló una lucha para arrancar al poeta de la academia. Únicamente podemos mencionar un renacimiento de Petőfi: el que se produjo en la década de 1930, que rehabilitó las cualidades del poeta, aunque muy pronto fueron, una vez más, olvidadas. Así pues, una nueva capa de cal se interpuso entre él y sus lectores.

¿Qué podemos hacer por Petőfi, por ese modelo tan elogiado, proclamado hasta la saciedad y que es –no lo olvidemos– un modelo a escala universal? Por mi parte, no puedo hacer otra cosa que depositar un modesto ramo de epítetos –ligeramente ladeado– sobre ese pedestal que ya ha cumplido 150 años. Éstos son los adjetivos que me vienen ahora a la mente: surrealista, innovador, demoledor y creador de formas. No pretendo, ni mucho menos, sorprender. Evitaré incluso esa maquinación ingenua que consiste en sobrevalorar lo inmortal aplicándole a la estatua las palabras que ahora están de moda. Me basta comunicar mi experiencia, difícilmente conquistada o reconquistada. Nido de cigüeñas, puszta, albergue, caballo, águila, relámpago, bandera… Con esas palabras de Petőfi dibujo el paisaje poético que me gustaría describir.

Imagen de la puszta, con uno de sus característicos
pozos y abrevaderos para el ganado.

(Foto © Accoramboni / Wikimedia Commons)

No es fácil. Nosotros, los húngaros, al igual que otros pueblos, de vez en cuando debemos arrancar las palabras de nuestro poeta de los folletos turísticos. Una razón más para explicarme. Al calificar de surrealistas las descripciones de la puszta de Petőfi –fragmentos chocantes del pretendido realismo–, hago entrar en mis cálculos el factor del tiempo. Ese paisaje no existe; si acaso, existe únicamente en los mencionados folletos, en pequeñas publicaciones dedicadas a los turistas. Y sin embargo, ese paisaje existe, se extiende a lo largo y ancho de la obra de un poeta con la ventaja –ilícita, podría decirse–, de habérsele aplicado esa pátina suplementaria que siempre va unida a la caducidad de los objetos más reales.

Dejemos, sin embargo, el tiempo a un lado. Tomemos el texto. Los textos de Petőfi son precisos, pero todos conocemos, ¿no es cierto?, ese fenómeno que consiste en la transformación repentina de la descripción más precisa, lo cual ocurre, precisamente, gracias a su precisión. La acacia, el juncar, el campanario, empiezan a hacerse iridiscentes cuando se los contempla con intensidad. Esa esfera de radiación extraordinariamente delicada que se produce alrededor de los objetos es una característica de Petőfi. Su estación es el verano, y su hora favorita, el mediodía, cuando la luz es más brillante y, por tanto, deslumbrante hasta el punto de que el centelleo distorsiona los contornos de los objetos. Es ese minúsculo desplazamiento, ese espejismo –en sentido propio y figurado–, lo que añade algo más a los croquis del poeta, a sus acuarelas transparentes, y así es como surge el poema de Petőfi.


Paisaje de la puszta según una pintura del artista
húngaro contemporáneo Lajos Paszthory.


Pero, ¿cómo lo hace? ¿Cómo traslada lo que ha visto y sentido al plano de las realidades textuales, con sus imágenes tan veladas, con sus irisaciones, con los constantes primeros planos de los objetos y las pasiones? Sería difícil decirlo y, sin embargo, hay que decirlo una vez más, porque es precisamente eso lo que constituye esa fuerza que le permite demoler y recrear las formas (y no pretendo afirmar que la demolición de las formas tenga que ver con las relaciones entre el verso libre y el verso impuesto, sino que me refiero más bien a la proporción del espectáculo y de la visión, a la interferencia entre lo concreto y lo abstracto).


Situado entre el romanticismo y el simbolismo, Petőfi nos ha hecho creer que la realidad válida es la que se ve, la que se dice, dejando en la sombra su gesto transformador; ese gran gesto con el que ha presentado el mundo idéntico, ajustado a sus propias palabras. Nosotros no podemos caer en un olvido tan grande. Nosotros debemos separar los planos de Petőfi a la manera del siglo XX, discernir entre el plano emocional y el concreto del del texto para darnos cuenta, precisamente, de la calidad de su innovación.

Petőfi es uno de esos grandes espíritus del siglo XIX que llevaban intrínseco el germen del estallido que se produciría en el siglo XX. La región que él recorrió no es ajena a los caminos reales y poéticos que le sitúan entre Victor Hugo y Rimbaud. Podría afirmar que él sembró a los cuatro vientos, y por eso nosotros no podemos permitir que esos caminos se conviertan en tierras baldías.



Versión de Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión francesa de Géza Kardos y Pierre Waline publicada en el Almanaque Internacional de Poesía Arion 6 (Editorial Corvina, Budapest, 1973).


Uno de los retratos más conocidos de Sándor Petőfi
(óleo de Soma Orlai Petrics, pintado en la década de 1840).


Siete poemas de Sándor Petőfi


La Llanura


Romántico paisaje de pinares

en los abruptos Cárpatos,

tus valles admirables y montañas
no iluminan mis sueños.


Es en el llano extenso como el mar

donde mi hogar está

y mi alma libre vuela como un águila

por la estepa infinita.


Vuelan mis sueños sobre la ancha tierra,

desde las nubes veo

el sonriente paisaje que se extiende

desde el Tisza al Danubio.


Gordos rebaños, al son de los cencerros,

avanzan bajo el sol.

El pozo les espera, en Kis-Kunság

con amplios bebederos.


Galopa la yeguada, su redoble

viene en alas del viento,

resuenan las pezuñas entre los gritos

y el chasquido del látigo.

El trigo ondea, junto a las aldeas

bajo la brisa suave,

con sus vivos colores de esmeralda

el panorama brilla.


Del cañaveral vecino, en el crepúsculo,

llegan tímidos gansos,

si las cañas se agitan con el viento

alzan el vuelo pronto.


Más allá de los pueblos, en la estepa,

solitaria posada

espera a los sedientos bandoleros

camino a Kecskemét.


Tras la posada, un breve bosque de álamos

se alza en el arenal,

libre allí mora el chillador cernícalo

y nadie lo persigue.


Tristemente vegeta la mimosa
y las flores del cardo

sombra y descanso dan a los lagartos

cuando arde el mediodía.


Desde lejanos árboles frutales

se alza la bruma azul

y unas torres remotas se dibujan

como iglesias de niebla.


Llanura hermosa, al menos para mi alma,
aquí nací, mi cuna
se meció aquí, cuando un día me muera

aquí mi tumba quede.


(Pest, julio de 1844)


Versión de Washington Delgado

Az Alföld

Mit nekem te zordon Kárpátoknak / Fenyvesekkel vadregényes tája! / Tán csodállak, ámde nem szeretlek, / S képzetem hegyvölgyedet nem járja. // Lenn az alföld tengersík vidékin / Ott vagyok honn, ott az én világom; / Börtönéből szabadúlt sas lelkem, / Ha a rónák végtelenjét látom. // Felröpűlök ekkor gondolatban / Túl a földön felhők közelébe, / S mosolyogva néz rám a Dunától / A Tiszáig nyúló róna képe. // Délibábos ég alatt kolompol / Kis-Kunságnak száz kövér gulyája; / Deleléskor hosszu gémü kútnál / Széles vályu kettős ága várja. // Méneseknek nyargaló futása / Zúg a szélben, körmeik dobognak, / S a csikósok kurjantása hallik / S pattogása hangos ostoroknak. // A tanyáknál szellők lágy ölében / Ringatózik a kalászos búza, / S a smaragdnak eleven szinével / A környéket vígan koszorúzza. // Idejárnak szomszéd nádasokból / A vadlúdak esti szürkületben, / És ijedve kelnek légi útra, / Hogyha a nád a széltől meglebben. // A tanyákon túl a puszta mélyén / Áll magányos, dőlt kéményü csárda; / Látogatják a szomjas betyárok, / Kecskemétre menvén a vásárra. // A csárdánál törpe nyárfaerdő / Sárgul a királydinnyés homokban; / Odafészkel a visító vércse, / Gyermekektől nem háborgatottan. // Ott tenyészik a bús árvalyányhaj / S kék virága a szamárkenyérnek; / Hűs tövéhez déli nap hevében / Megpihenni tarka gyíkok térnek. // Messze, hol az ég a földet éri, / A homályból kék gyümölcsfák orma / Néz, s megettök, mint halvány ködoszlop, / Egy-egy város templomának tornya. - // Szép vagy, alföld, legalább nekem szép! / Itt ringatták bölcsőm, itt születtem. / Itt borúljon rám a szemfödél, itt / Domborodjék a sír is fölöttem.



Tú fuiste mi única flor


Tú fuiste mi única flor;

Ya, marchita, mi vida es un desierto.

Tú fuiste luz de mi esplendente sol;

Apagada, yo en noche me convierto.

Tú fuiste el ala de mi inspiración;

Rota, ni puedo ni volar ansío.

Tú fuiste de mi sangre único ardor;

Ya fría estás, y muérome de frío.


(Pest, enero de 1845)

Versión de Juan Luis Estelrich

Te voltál egyetlen virágom…

Te voltál egyetlen virágom; / Hervadt vagy: puszta életem. / Te voltál fényes napvilágom; / Zementél: éj van körülem. / Te voltál képzeményim szárnya; / Megtörve vagy: nem szállhatok. / Te voltál vérem forrósága; / Meghűltél: oh, majd megfagyok.


Días ensangrentados los que sueño


Días ensangrentados los que sueño,

días que el mundo van a derrumbar

y sobre los escombros de este mundo

vetusto, el mundo nuevo erigirán.


¡Ojalá que ya suene, que ya suene

la tronante trompeta de batalla!

¡El son de la pelea, el son guerrero

cuánto lo anhela mi alma arrebatada!


¡De un salto me coloco alegremente

en el lomo ensillado de mi potro,
entre las huestes de los adalides

galoparé borracho de alborozo!


Si mi pecho llegara a ser herido,

alguien sin duda vendará mi pecho,
alguien capaz de suturar sus bordes
con el bálsamo dulce de su beso.


Y si me atrapan alguien ha de haber

que venga hasta mi oscura bartolina

y la ilumine toda con sus ojos

brillantes como estrellas matutinas.


(Berkesz, 6 de noviembre de 1846)

Versión de Fayad Jamís

Véres napokról álmodom…

Véres napokról álmodom, / Mik a virágot romba döntik, / S az ó világnak romjain / Az új világot megteremtik. // Csak szólna már, csak szólna már / A harcok harsány trombitája! / A csatajelt, a csatajelt / Zajongó lelkem alig várja! // Örömmel vágom én magam / Föl paripámra a nyeregbe! / A bajnokok sorába én / Szilaj jókedvvel nyargalok be! // Ha megvagdalják mellemet, / Fog lenni, aki bekötözze, / Fog lenni, aki sebemet / Csókbalzsammal forrasztja össze. // Ha rabbá tesznek, lesz aki / Homályos börtönömbe jő el, / S föl fogja azt deríteni / Fényes hajnalcsillag-szemével. // Ha meghalok, ha meghalok / A vérpadon vagy csatatéren, / Lesz, aki majd holttestemről / Könyűivel lemossa vérem!



Tiembla el arbusto…


Tiembla el arbusto, porque

Se posa la avecilla;

Si a mi recuerdo llegas,

¡Ah!, tiembla el alma mía.

A mi recuerdo llegas,

Chiquilla, como el ave,

Y eres de este gran mundo

El más grueso diamante.


Henchido va el Danubio,

Sus márgenes rebasa;

Tampoco hay en mi pecho

Lugar para mis ansias.

¿Me quieres, mi rosal?

Es tanto lo que te amo

Que ni tu padre y madre

Pueden quererte tanto.


Cuando nos vimos juntos,

¡Qué grande era tu afecto

En el ardiente estío…;

Mas hoy es frío invierno!

Si es que ya no me quieres,

El Señor te bendiga;

Mas si aún amor me guardas,

Mil veces más bendita.


(Pest, 20 de noviembre de 1846)


Versión de Juan Luis Estelrich

Reszket a bokor, mert…

Reszket a bokor, mert / Madárka szállott rá. / Reszket a lelkem, mert / Eszembe jutottál, / Eszembe jutottál, / Kicsiny kis leányka, / Te a nagy világnak / Legnagyobb gyémántja! // Teli van a Duna, / Tán még ki is szalad. / Szivemben is alig / Fér meg az indulat. / Szeretsz, rózsaszálam? / Én ugyan szeretlek, / Apád-anyád nálam / Jobban nem szerethet. // Mikor együtt voltunk, / Tudom, hogy szerettél. / Akkor meleg nyár volt, / Most tél van, hideg tél. / Hogyha már nem szeretsz, / Az isten áldjon meg, / De ha még szeretsz, úgy / Ezerszer áldjon meg!



La canción de los perros


Ruge y retumba ronca la tormenta

Por la enlutada bóveda del cielo,

Y sobre el dorso de impetuosas ráfagas

Cabalgan las deidades del invierno.


¿Qué nos importa?... Un rincón

Tenemos en la cocina,

Que, graciosamente, el dueño
Nos señaló por guarida.


No nos inquieta el sustento,

Que así que el amo se harta

Quedan sobras en la mesa

Y esos mendrugos nos bastan.


Verdad que a ratos, sin causa,

Puntapiés nos lanza fiero;

Pero, ¿qué importa?... ¡Muy pronto
Sana la carne de perro!


Y al cabo se va la ira

Y entonces riendo nos llama,

Y vamos quedos…, queditos

Y le lamemos las plantas.


(Pest, enero de 1847)


Versión de Eugenio de Escalante

A kutyák dala

Süvölt a zivatar / A felhős ég alatt; / A tél iker fia, / Eső és hó szakad. // Mi gondunk rá? Mienk / A konyha szöglete. / Kegyelmes jó urunk / Helyheztetett ide. // S gondunk ételre sincs. / Ha gazdánk jóllakék, / Marad még asztalán, / S mienk a maradék. // Az ostor, az igaz, / Hogy pattog némelykor, / És pattogása fáj, / No de: ebcsont beforr. // S harag multán urunk / Ismét magához int, / S mi nyaljuk boldogan / Kegyelmes lábait!



Canción de lobos


Ruge y retumba ronca la tormenta
Por la enlutada bóveda del cielo,
Y sobre el dorso de impetuosas ráfagas

Cabalgan las deidades del invierno.


En el frígido erial donde vagamos

Sin acierto buscando alguna senda,

Ni un arbusto descubre la mirada

Que el suspirado abrigo nos ofrezca.


Allá en la cueva el hambre que nos mata,

Y fuera de ella el frío que nos hiela:

Entrambos, como rudos cazadores,

Sin piedad nos acosan por doquiera.


Y júntaseles otro en la batida:

Del cargado fusil la saña fiera
Deja sobre la nieve señaladas

Con nuestra roja sangre nuestras huellas…


Tenemos frío, sí; tenemos hambre

Y el morífero plomo nos asedia;

Pero, ¿qué importa?... En cambio somos libres
¡Oh santa Libertad! ¡Bendita seas!

(Buda, enero de 1847)


Versión de Isaías E. Muñoz

A farkasok dala

Süvölt a zivatar / A felhős ég alatt, / A tél iker fia, / Eső és hó szakad. // Kietlen pusztaság / Ez, amelyben lakunk; / Nincs egy bokor se', hol / Meghúzhatnók magunk. // Itt kívül a hideg, / Az éhség ott belül, / E kettős üldözőnk / Kinoz kegyetlenül; // S amott a harmadik: / A töltött fegyverek. / A fehér hóra le / Piros vérünk csepeg. // Fázunk és éhezünk / S átlőve oldalunk, / Zészünk minden nyomor... / De szabadok vagyunk!



Canto nacional


¡Alzad, madgiares, que la Patria os llama!
¡Ahora o nunca! El momento ha llegado
Y hay que elegir, pues éste es el dilema,

Entre ser libres o seguir esclavos.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,

Que ya en la esclavitud no seguiremos!

Si siervos fuimos ya, y nuestros mayores

A esclavitud se vieron condenados,

Los que libres vivieron y murieron
Yacer no pueden bajo suelo esclavo
.
¡Por el Dios de los húngaros juremos,

Que ya en la esclavitud no seguiremos!

Hombre ruin ha de ser y miserable

El que no ose morir, si es necesario;

El que egoísta, acaso haya antepuesto

Su despreciable vida al honor patrio.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,
Que ya en la esclavitud no seguiremos!


¡Cuánto es mejor que la cadena el sable!
¡Cuánto más noblemente adorna el brazo!

En lugar de arrastrar más las cadenas,

El viejo sable esgrima nuestra mano.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,

Que ya en la esclavitud no seguiremos!


Y volverá otra vez el nombre húngaro

Digno a ser ya de su esplendor pasado,

y de baldón y oprobio lavaremos

Aquello que los siglos mancillaron.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,

Que ya en la esclavitud no seguiremos!


Y allí donde se eleven vuestras tumbas,

Nuestros nietos caerán arrodillados,

Y allí, a la par que la oración bendita,

El nombre nuestro asomará a los labios.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,

Que ya en la esclavitud no seguiremos!


(Pest, 13 de marzo de 1848)


Versión de Eugenio de Escalante

Nemzeti dal

Talpra magyar, hí a haza! / Itt az idő, most vagy soha! / Rabok legyünk, vagy szabadok? / Ez a kérdés, válasszatok! - / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk! // Rabok voltunk mostanáig, / Kárhozottak ősapáink, / Kik szabadon éltek-haltak, / Szolgaföldben nem nyughatnak. / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk! // Sehonnai bitang ember, / Ki most, ha kell, halni nem mer, / Kinek drágább rongy élete, / Mint a haza becsülete. / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk! // Fényesebb a láncnál a kard, / Jobban ékesíti a kart, / És mi mégis láncot hordunk! / Ide veled, régi kardunk! / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk! // A magyar név megint szép lesz, / Méltó régi nagy hiréhez; / Mit rákentek a századok, / Lemossuk a gyalázatot! / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk! // Hol sírjaink domborulnak, / Unokáink leborulnak, / És áldó imádság mellett / Mondják el szent neveinket. / A magyarok istenére / Esküszünk, / Esküszünk, hogy rabok tovább / Nem leszünk!



Fuentes de las traducciones


- El poema “La Llanura”, traducido por el destacado poeta peruano Washington Delgado (Cusco, 1927 - Lima, 2003) está tomado del libro de Sándor Petőfi Libertad, amor, editado por el hispanista Mátyás Horányi (1928-1995) y publicado por la Editorial Corvina de Budapest en 1974.

- “Tu fuiste mi única flor” y “Tiembla el arbusto…” fueron traducidos por Juan Luis Estelrich (Artà, Mallorca, 1856 - Palma de Mallorca, 1923) a partir de unas versiones literales del hispanófilo y catalanófilo húngaro Albin Kőrösi (1860-1936), y publicados en la Revista Contemporánea de Madrid (año XXXIII, tomo 134, 1907). Posteriormente aparecieron en el libro Petöfi (Editorial Cervantes, Barcelona, ca. 1921), del que han sido transcritos.

- “Días ensangrentados los que sueño”, en versión del poeta y pintor cubano de origen mexicano-libanés Fayad Jamís (Ojocaliente, Zapatecas, México, 1930 - La Habana, 1988), fue publicado en el Almanaque Internacional de Poesía Arion 6 (Editorial Corvina, Budapest, 1973) y ha sido transcrito de éste.
- “Canción de los perros” y “Canto nacional”, traducidos por Eugenio de Escalante (Santander, ? - Madrid, 1951), aparecieron en el Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo de Santander (tomo 1, julio-agosto de 1919, págs. 202-204) y fueron recogidos en el libro Petöfi (Editorial Cervantes, Barcelona, ca. 1921), del que han sido transcritos.

- La traducción de “Canción de lobos”, debida al poeta venezolano Isaías E. Muñoz, se publicó en La Ilustración, Revista Hispano-Americana de Barcelona (tomo VIII, año IX, 1888) y también está recogida en el libro Petöfi (Editorial Cervantes, Barcelona, ca. 1921), de la que se ha transcrito. La coincidencia de la primera estrofa revela, sin duda, que Escalante conocía esta versión cuando tradujo la “Canción de los perros”.


IMPEDIMENTA agradece a Zsigmond Kovács la supervisión de estos textos.

Con un clic sobre las imágenes, éstas pueden ampliarse.


domingo, 6 de junio de 2010

Cuatro poemas de Lydia Koidula

La poeta estonia Lydia Emilie Florentine Jannsen, conocida por su seudónimo Lydia Koidula, nació en la localidad de Vana-Vändra, en la provincia de Livonia, sometida al Imperio ruso, el 24 de diciembre [12 de diciembre según el calendario juliano vigente entonces en Rusia] de 1843, y murió en Kronstadt, cerca de San Petersburgo (Rusia) el 11 de agosto de 1886. Era hija del activista político y cultural Johann Voldemar Jannsen (1819-1890), fundador del Perno Postimees (‘El Correo de Pärnu’, 1857), primer periódico en lengua estonia, que se publicaba en la ciudad costera de Pärnu, y autor de la letra del himno nacional de la República de Estonia: Mu isamaa, mu õnn ja rõõm (‘Mi tierra natal, mi orgullo y alegría’, 1869). Su madre era una alemana de origen burgués.

En 1850, en efecto, su familia se había establecido en Pärnu, donde ella estudió en una escuela alemana para muchachas (1854-1861), y en 1862 pasó con éxito en la Universidad de Tartu el examen tras el que obtuvo el diploma de tutora particular. En 1863 toda la familia se trasladó a Tartu (ciudad conocida entonces por su nombre alemán, Dorpat), donde Johann Voldemar Jannsen empezó a editar el periódico Eesti Postimees, tarea en la que ella colaboró intensamente ocupándose, sobre todo, de la sección de relatos por entregas. Ya por entonces había alcanzado la fama y mantenía correspondencia con relevantes escritores e intelectuales estonios, fineses y alemanes. En 1873 se casó con un médico militar letón, Eduard Michelson, que fue destinado al cuartel general de la Marina imperial rusa en Kronstadt, con quien tuvo tres hijos.

Conocida como la “Cantora del Alba” (pues koit, palabra de la que se deriva koidula, en estonio significa ‘amanecer’), su voz poética, de intenso acento patriótico, es la más significativa de la lucha por la libertad y la independencia de Estonia. Su obra, de clara influencia alemana, fundamental en la historia de literatura estonia y muy popular incluso en nuestros días (los escolares aprenden sus poemas de memoria) se inició con la publicación, en 1866, de Vainulilled (‘Flores de los campos‘), poemario al que siguió, en 1867, Emajõe Ööbik (‘El ruiseñor del Emajõgi’), repleto de explícitas manifestaciones patrióticas. Su obra completa, incluidos los poemas inéditos, fue publicada póstumamente en 1925.

Su nombre también está estrechamente vinculado al nacimiento del teatro estonio, como animadora de la Vanemuise Selts (Sociedad Vanemuine), creada por su padre en Tartu (1865) para promover el teatro en la lengua nacional. Entre sus obras para la escena destacan la comedia Saaremaa Onupoeg (‘El primo de Saaremaa’), una adaptación de la farsa Der Vetter aus Bremen (‘El primo de Bremen’) del alemán Theodor Körner (1791-1813), que ella misma puso en escena –se considera que esta puesta en escena, en 1870, supone comienzo del teatro estonio–; Kosjakased (‘Los abedules de los esponsales’) y Säärane mulk (¡Vaya patán!).

Cuando en 1869 se celebró el Tartu el primer Festival de la Canción de Estonia (Laulupidu), uno de los acontecimientos más importantes del denominado ‘despertar nacional’, que sirvió para que los cantores estonios procedentes de todos los rincones del país adquirieran conciencia de su pertenencia a un mismo pueblo y, por consiguiente, de su identidad nacional, dos poemas suyos fueron musicados: “Sind Surmani!” (‘Hasta mi último aliento’) y “Mu isamaa on minu arm!” (‘Mi patria es mi amor’); esta última canción se convirtió en el himno de la resistencia estonia durante la ocupación soviética.

La casa familiar de Pärnu, construida en 1850 y donde su padre fundó y editó el Perno Postimees y ella vivió hasta que su familia se trasladó a Tartu, se conserva y ha sido restaurada para albergar un museo dedicado a su memoria. En el centro de Pärnu, además, se levanta el monumento más representativo en homenaje a esta gran poeta, obra del eminente escultor estonio Amandus Adamson (1855- 1929), que fue erigida en 1929. La imagen de Lydia Koidula está reflejada, además, en los billetes de banco de 100 coronas.

Albert Lázaro-Tinaut


El hogar

¡Oh, cómo nos gustaba, de pequeños,
jugar en el patio de mi casa!
Sentir mientras corríamos la caricia

de la hierba cubierta por la escarcha.


Jugando agotábamos el día,

rodeados de flores y de plantas,
hasta que el abuelo iba a buscarme
y me llevaba de la mano a casa.

¡Y cuántas veces me tentó mirar,

como él, por encima de los muros.
“Sé paciente, pequeña”, me decía,
“ya tendrás tiempo para ver el mundo”.


Pasó el tiempo. En la tierra y en los mares

se saciaron mis ojos de admirar;

¡mas nada de lo que ellos descubrieron
valía lo que el patio de mi hogar!


Kodu (1865)

Meil aiaäärne tänavas / kui armas oli see! / Kus kasteheinas põlvini / me lapsed jooksime. // Kus ehani ma mängisin / küll lille, rohuga, / kust vanataat käe kõrvas mind / tõi tuppa magama. // Küll üle aia tahtsin siis / ta kombel vaadata. / “Laps, oota,” kostis ta, “see aeg / on kiir küll tulema!” // Aeg tuli. Maa ja mere peal / silm mõnda seletas – / ei pool nii armas polnud seal / kui külatänavas!


Escuchad la versión musicada aquí.


El corazón materno

Existe un pequeño lugar en este mundo
donde dicha, amor y lealtad hallan refugio;

todo lo que en el orbe es tan escaso
encuentra allí serenidad y espacio.

¿No conoces, acaso, el corazón materno?
¡Es seguro, abnegado, sincero y tierno!
Se alegra cada vez que tú te regocijas

y se hace cómplice de todas tus cuitas.


Cuando te hiere el alma la mezquindad

de aquellos que te ofrecen su falsa amistad,
si el desprecio y el odio se ceban en ti,

si la fe te abandona, si te hacen sufrir,

¡el corazón materno al punto se rebela!

Y es un solo lugar el que te queda

para volcar tu congoja y tu dolor:

el pecho maternal, vaso de amor.


Perdí otros corazones queridos en mi vida,

lloré por ellos, desdichada y perdida;

y muchos más pasaron por mi espíritu enfermo,
¡pero ninguno fue como el corazón materno!


Emasüda (1865)
Üks paigake siin ilmas on, / kus varjul truudus, arm ja õnn; / kõik, mis nii harva siin ilma peal, / on peljupaika leidnud seal. // Kas emasüdant tunned sa? / Nii õrn, nii kindel! Muutmata / ta sinu rõõmust rõõmu näeb, / su õnnetusest osa saab! // Kui inimeste liikuvat / au, kiitust, sõprust tunda saad, / kui kõik sind põlgvad, vihkavad, / kui usk ja arm sust langevad – // siis emasüda ilmsiks lä’äb! / Siis veel üks paik sul üle jääb, / kus nutta julged igal a’al: / truu, kindla emarinna na’al! // Mõnd kallist südant kaotsin, / mis järel nuttes leinasin, / aeg andis teist mul tagasi: / ei emasüdant - iialgi!


Escuchad la versión musicada aquí.


Mi patria es mi amor


Mi patria es mi amor.

Por entero le doy mi corazón

y para ella es el canto de mi dicha,

¡mi Estonia en flor!

Tu dolor es el dolor de mi alma,

tu alegría es el gozo que me calma,
¡oh patria mía!


Mi patria es mi amor.

¡No la abandonaré

aunque mil veces por ella
si se hace necesario moriré!
Nada importan las celosas patrañas.

Vivirás para siempre en mis entrañas,

¡oh patria mía!

Mi patria es mi amor.

Quisiera hallar descanso

echándome a dormir en tu regazo,
¡oh suelo venerado!

Que canten para mí tus ruiseñores,

de mis cenizas que nazcan tus flores,

¡oh patria mía!


Mu isamaa on minu arm! (1867)

Mu isamaa on minu arm, / kell’ südant annud ma, / sull’ laulan ma, mu ülem õnn, / mu õitsev Eestimaa! / Su valu südames mul keeb, / su õnn ja rõõm mind rõõmsaks teeb, / mu isamaa! // Mu isamaa on minu arm, / ei teda jäta ma, / ja peaks sada surma ma / seepärast surema! / Kas laimab võõra kadedus, / sa siiski elad südames, / mu isamaa! // Mu isamaa on minu arm, / ja tahan puhata, / su rüppe heidan unele, / mu püha Estimaa! / Su linnud und mull’ laulavad, / mu põrmust lilled õitsetad, / mu isamaa!


Escuchad la versión musicada aquí.


Hasta mi último aliento


Hasta mi último aliento

te ofreceré mi amor,
hermosa senda en flor,
¡mi balsámica patria!

¡Oh arroyos y praderas,

oh lengua maternal:
hasta mi último aliento

os he de ser leal!

Tiernamente, terruño,

a tus retoños mimas,

los nutres, los abrigas

y en ti guardas sus cuerpos.

Prefiero tus abrazos,

¡oh Tierra de María!,
que ser dichosa en patrias

que jamás serán mías.

¡Qué dulces son tus hijos,

qué intrépidos que crecen!

¡Y tus hijas florecen
como hermosos acianos!

¡Bajo el sol, con los vientos,

te mantienes en flor,
y las alas del águila
son techo protector!

Pero, ¿por qué en tus ojos

las lágrimas rielan?
¡Oh, mi Estonia, ya llegan
los cambios que anhelamos!
Un futuro más digno

te henchirá de esperanza;
el tiempo hará justicia:

¡mantén la confianza!

Sind surmani! (1867)
Sind surmani küll tahan / ma kalliks pidada, / mu õitsev Eesti rada, / mu lehkav isamaa! / Mu Eesti vainud, jõed / ja minu emakeel, / teid kõrgeks kiita tahan / ma surmatunnil veel! // Kuis, maa, nii hellast kannad / su lapsi käte peal, / neil annad leiba, katet / ja viimast aset veel! / Tõest’, armsam on mul hinga’ / su põues, Maarjamaa, / kui võõral piiril õnnes / ja aus elada! // Kuis on su pojad vagad, / nii vaprad, tugevad! / Su tütred, nagu lilled / nad õitsvad nägusad! / Ja sinu tuul ja päike / sind õitsel hoiavad, / ja kõrge kotka tiivad / kuis hellast katavad! // Ja tihti siiski leian / su silmis pisarad? – / Mu Eestimaa, oh looda: / ka ajad muuduvad! / Meil’ tulevased tunnid / veel toovad kinnitust! / Käi kindlalt! Pea kõrgess’! / Aeg annab arutust!


Escuchad la versión musicada aquí.


Versiones castellanas de Albert Lázaro-Tinaut
en colaboración de Jüri Talvet.

Estas versiones fueron publicadas originalmente en la revista cultural Turia de Teruel, núm. 80 (Noviembre 2006 – Febrero 2007), pp. 127-130.


Fotografía: Monumento a Lydia Koidula en Pärnu, obra del escultor Amandus Adamson, erigida en 1929 (© Albert Lázaro-Tinaut). Pinchad dos veces sobre ella para ampliarla.

Un agradecimiento especial a Linda Järve por haber proporcionado las versiones musicadas de los poemas.