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sábado, 26 de diciembre de 2015

Los dilemas de Moldavia después de su independencia

La frontera entre Rumanía y Moldavia en Sculeni, localidad 
dividida entre los dos países, a orillas del río Prut.
(Foto © Darren Alff / bicycletouring.pro, 2012)

El día 27 de agosto de 1991, tras la disolución de la URSS, el territorio de la República Socialista Soviética de Moldavia se independizó por segunda vez (ya había sido muy brevemente un Estado independiente, proclamado por el Soviet moldavo, entre el 15 de diciembre de 1917 y el 9 de abril de 1918, cuando fue anexionado por Rumanía). Renació así la República de Moldavia (Republica Moldova), formada por la mayor parte de la Besarabia histórica y la franja oriental de Transnistria (es decir, la integridad del territorio de la antigua república soviética). 

Transnistria, no obstante, se resistió a formar parte de la nueva república y, anticipándose a la de Moldavia, el 2 de septiembre de 1990 proclamó unilateralmente su independencia (que nunca ha sido reconocida por la comunidad internacional), lo cual dio lugar, en 1992, a un conflicto civil que duró cuatro meses y medio. La región mantiene su estatus con el nombre de República Moldava Pridnestroviana.

Moldavia, cuya capital es Chișinău (Kishiniev [Кишинёв] en ruso), es un Estado multiétnico formado por moldavos de lengua rumana (alrededor del 65 %), ucranianos (11 %), rusos (poco más del 9 %), rumanos (2,2 %), gagaúzos (unas 250.000 personas, el 3,8 % de la población) y minorías búlgaras, judías, gitanas, alemanas, serbias y turcas. Rusos y ucranianos son mayoritarios, sin embargo, en Transnistria, donde representan alrededor del 60 % de la población. 

La población de Chișinău, capital de la República de Moldavia, 
es de unos 675.000 habitantes.

Con una superficie de 33.843 km2 y una población estimada de 4.450.000 habitantes (unos 520.000 de ellos en Transnistria), Moldavia es uno de los países más pequeños de Europa y, a la vez, uno de los más pobres, con una renta per cápita de 4200 euros (la de Transnistria apenas alcanza los 1850).*

Al igual que otros países independizados de la Unión Soviética y de su órbita política (Rumanía, Bulgaria y Ucrania, entre ellos), Moldavia es un país de emigrantes económicos, cifrados en cerca de dos millones de personas y establecidos sobre todo en los países más desarrollados de la Unión Europea.

“Eh, moldovenii când s-adună…” (‘Eh, los moldavos cuando se reúnen...’), 
fiesta navideña organizada por la comunidad moldava de Burdeos (Francia).
(Fuente: Moldavie.fr)

Esta introducción intenta reflejar los aspectos principales que caracterizan a Moldavia, un país donde, contrariamente a lo que pudiera pensarse, el nivel educativo y cultural es alto.

Trece años después de su independencia, el investigador y politólogo francés Florent Parmentier publicó un largo artículo del que hemos extraído unos fragmentos. Lo que dice corresponde a la Moldavia de los años 2003 y 2004: hay que considerarlo, pues, desde la perspectiva de la primera mitad de aquella década. Recientemente se han producido cambios significativos para el país, como la firma, en junio de 2014, del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.

Albert Lázaro-Tinaut

* Compárese, por ejemplo, con la de otras repúblicas surgidas de la URSS, como Estonia (18.800 euros), Lituania (15.4oo), Letonia (15.300), Rusia (14.500), Azerbaiyán (8000) o Bielorrusia (7500).


Mapa de la actual República de Moldavia, con Transnistria 
(en color anaranjado, al este) y Gagauzia (al sur, en color rojo).


La competición cultural de la transición

Por Florent Parmentier

Moldavia es un Estado postsoviético débil cuya legitimidad ha sido puesta en entredicho tanto dentro como fuera de sus fronteras. Pese a que los objetivos que suponen la creación de un Estado de derecho y una economía de mercado están todavía muy lejos de alcanzarse, los conflictos étnico-culturales parecen pronosticar un futuro incierto para Moldavia, y su solución presenta incluso problemas a escala regional. Mientras que la mayor parte de la población es rumanófona (64,5 %), ésta está compuesta en una tercera parte por minorías: ucranianos, rusos, gagaúzos y otros.

Estandarte del Principado de Moldavia 
utilizado entre 1359 y 1848.

Este país surgió a partir del principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV e invadido en el XVI por el Imperio otomano. Su parte oriental, denominada Besarabia por el zar Alejandro I, pasó a formar parte de los dominios del Imperio ruso en 1812, antes de reunificarse con Rumanía en 1918. A consecuencia de las relaciones rumano-soviéticas en el período de entreguerras, la URSS tomó posesión del territorio moldavo tras el pacto Ribbentrop-Molotov y después de un ultimátum dado a Rumanía. La República de Moldavia fue sometida a un intercambio de territorios con Ucrania, que la privaron de su acceso al mar Negro, por el sur, y de toda su parte septentrional (la Bucovina); a cambio de todo ello, y como compensación, se le incorporó la franja de Transnistria, de mayoría eslava. Las fronteras del Estado actual son, pues, fruto de las vicisitudes de la historia regional y también de decisiones estalinistas.

La independencia, tras la descomposición del Imperio soviético y del sistema comunista, puso sobre el tapete la cuestión de la recomposición de territorios e identidades. El caso de Moldavia es ideal para el estudio del nacionalismo como recurso político, y también para valorar la importancia del factor lingüístico. En efecto, parecía probable la reunificación de Rumanía y Moldavia, y muchos dudaron de que se consolidara la independencia de esta nueva entidad política; por el contrario, las transformaciones postcomunistas demostraron la capacidad de ciertas élites políticas para movilizar las identidades como parte de la “competición cultural” de la transición, y también para mantenerse en el poder.

Entusiasmo popular en Chișinău tras la declaración de independencia 
de Moldavia, el 27 de agosto de 1991. La transición democrática, 
sin embargo, ha sido larga, compleja y muy laboriosa.
(Fuente: Moldova Photo Gallery)


Las diferencias actuales se explican por la incapacidad de gestionar una política capaz de apaciguar la crisis identitaria y la falta de una “moldavidad” motivadora para transmitir un sentimiento de pertenencia a un Estado distinta del “moldavinismo”, doctrina cuya finalidad consistía en justificar la existencia de un pueblo moldavo distinto del rumano. Los problemas étnico-culturales, heredados del antiguo régimen, son fundamentales a la hora de definir el Estado, tanto si se trata del dilema rumanos/moldavos, de la competición cultural o de Transnistria, de la misma manera que influyen en la democratización del país.

La transición democrática ha sido el escenario donde se han representado diferentes evoluciones concurrentes y ha dado lugar a una “competición cultural” en el interior del Estado. Por un lado está el redescubrimiento de una identidad rumana por parte de distintas capas de la sociedad, y la reafirmación de ese grupo cultural gracias a las leyes sobre la lengua. En este contexto, los rusófonos se sintieron afectados por una crisis de identidad, ya que hasta entonces habían sido el grupo cultural dominante. Además no podían optar a una auténtica autonomía territorial, ya que los rusos se concentraban principalmente en los núcleos urbanos y la población ucraniana era mixta, urbana y al mismo tiempo integrada en las zonas rurales del país.

La persistencia del uso del alfabeto cirílico, característica 
de los rusófonos contrarios a la rumanización de Moldavia.
(Fuente: chisinau2011.blogspot)

Hay que precisar que la mayoría de los rusos de Moldavia viven en Besarabia, lo cual permite suponer que sostienen al régimen moldavo. Por otro lado, la construcción de una cultura cívica encaminada a formar una nueva comunidad política (la moldavidad) pero compuesta por una diversidad de grupos étnico-culturales es algo que han empezado a afrontar las políticas públicas, pero que resulta difícil concretar. 

No hay que perder de vista, tampoco, la emancipación de algunos grupos que exigen una entidad autónoma, como es el caso de los gagaúzos, pero también de los búlgaros. La Unión Soviética promovió una identidad moldava artificial para que aquella república no se sintiera tentada a reunificarse con Rumanía, como había ocurrido en 1918. Por esta razón tuvieron buen cuidado de deportar a centenares de miles de rumanófonos y de hacer que se establecieran en territorio moldavo numerosos rusófonos, especialmente en las ciudades y en las regiones más industrializadas. Esa política de desplazamiento de poblaciones contribuyó a ensanchar el abismo entre las ciudades, mayoritariamente rusófonas, y las zonas rurales.

“Besarabia tierra rumana”, pintada reivindicativa de los prorrumanos moldavos.
(Foto © C. Bayou / Regard sur l’Est, 2008)

La independencia, pues, ha hecho que surgiera una competición cultural más que étnica: los rusófonos forman un grupo más amplio que los verdaderos rusos “étnicos”, mientras que los rumanófonos están divididos entre prorrumanos y promoldavos. El Estado-nación moldavo aparece, pues, como un compromiso entre esas dos élites, lo cual ha dado lugar a la creación de numerosos grupos de partidos políticos. Los partidos prorrumanos afirman que quienes se proclaman “moldavos” son, de hecho, rumanos víctimas de la sovietización, y puesto que se consideran mayoritarios reclaman que la cultura cívica del Estado sea la de Rumanía.

“¡Soy mondavo! ¡Hablo en lengua moldava”, 
pintada reivindicativa de los promoldavos.
(Fuente: Bună Ziua Iaşi, 2013)

Se trata de una categoría de ciudadanos mayormente urbana y con estudios, compuesta por intelectuales de tendencia proeuropea, pero van perdiendo fuerza electoralmente. Los partidos prorrusos, por su parte, piensan que Moldavia ya tiene una cultura cívica basada en el uso de la lengua rusa, que consideran “la lengua de comunicación interétnica”, y basan sus criterios en la rumanofobia heredada de la URSS: se trata de un hecho consumado que no vale la pena replantearse. A menudo tratan de coaligar minorías (su educación, en la escuela, fue sobre todo en ruso, pese a que el “moldavo” era la lengua cooficial), y a ellos se suman moldavos movidos por los viejos temores.

Los partidos promoldavos están formados por antiguas élites administrativas autóctonas, que dudan y se mueven entre los dos polos, al tiempo que consideran que su misión consiste en consolidar el Estado moldavo. Reivindican un papel de mediadores entre prorrumanos y prorrusos, toleran la existencia de ambas comunidades, pero niegan la existencia de los “rumanos” y sus derechos culturales.

La erradicación de las viejas élites comunistas (camufladas
en formaciones 
políticas nuevas) nunca fue tarea fácil en Moldavia.
(Fuente: Radio Free Europe / Radio Liberty, 2015)

De hecho, el “moldavinismo” se basa en una ideología unitaria: una lengua (el “moldavo”), una nación (“moldava”) y una Iglesia (la Iglesia metropolitana de Moldavia, ortodoxa). La competición cultural comporta distintas polémicas relacionadas con la identidad. Los partidos prorrusos desean que el ruso se convierta en la segunda lengua oficial del país y se introduzca una escuela “moldava”, es decir, que obvie en lo posible cualquier referencia a Rumanía. Las leyes audiovisuales (cuotas con predominio del rumano) y la aplicación del rumano en las aministraciones también son objeto de sus denuncias.

Por el contrario, los partidos prorrumanos abogan por el reconocimiento oficial de la lengua rumana, y no de la “moldava”, como lengua oficial, así como por una legislación que limite la utilización del ruso en los asuntos de Estado: téngase en cuenta que las élites económicas son mayoritariamente rusófonas. Y ya en el terreno religioso, los prorrumanos abogaron por el reconocimiento de la Iglesia de Besarabia (dependiente de Rumanía) en oposición a la Iglesia de Moldavia (dependiente de Rusia), lo cual abrió otro campo de batalla entre élites hasta la oficialización de la primera, en julio de 2002, gracias a las presiones del Consejo de Europa.

Las banderas de Moldavia y Gagauzia ondean juntas en el límite 
de esta última región autónoma, de población turcófona.
(Foto © IPN / Газета "СП", 2014)

Fruto de la independencia y de la moderación entre las diferentes comunidades, la autonomía territorial de Gagauzia fue celebrada como un precedente en la Europa postcomunista. Muy rusificados, los gagaúzos se mostraron en un primer momento hostiles a la independencia, temerosos de que el país se reunificara con Rumanía, pero finalmente se reconciliaron con el Estado aceptando un compromiso promovido por Ankara [los gagaúzos son turcófonos]. Este conflicto étnico-cultural debería servir de ejemplo a las élites, que han visto cómo la autonomía se convertía en un capital político y también en un instrumento útil en la competición cultural.

El monumento a Lenin, en el centro de Tiraspol (capital de Transnistria) 
es un ejemplo de la pervivencia del sistema soviético en aquella 
pseudorepública segregada de Moldavia.
(Foto © Andrea Anastasakis / Rear View Mirror, 2013)


Sin embargo, la perspectiva de una federación para resolver el contencioso de Transnistria ha vuelto a poner en guardia a los gagaúzos, sobre todo por lo que respecta a sus acuerdos fiscales: Transnistria continúa siendo el principal factor de desestabilización del Estado moldavo, mucho más importante que las reivindicaciones rumanas sobre las antiguas Besarabia y Bucovina, o las exigencias de Gagauzia.



(Este texto, traducido del francés por Albert Lázaro-Tinaut, está formado por dos fragmentos del artículo de F. Parmentier: “État, politique et cultures en Moldavie”, publicado originalmente en la Revue internationale et stratégique [Éditions Dalloz, París], núm. 54, 2004.)

lunes, 15 de septiembre de 2014

Unas pinceladas culturales sobre Kaliningrado

La ciudad rusa de Kaliningrado, hoy. 
(Fuente: Exploratory Wanderings / alsolex.wordpress.com)

El óblast de Kaliningrado (Калининградская область, en ruso) es un enclave –más correcto sería decir exclave, si esta palabra estuviera reconocida en castellano) de la Federación Rusa, separado de ésta por Lituania y Bielorrusia y situado a orillas del mar Báltico. Con una superficie de 15.125 km2, su población se aproxima al millón de habitantes (más del 85 % de ellos rusos, en su mayoría militares o familiares de éstos).

Este territorio, cuya capital es la ciudad de Kaliningrado (la antigua Königsberg alemana, de unos 430.000 habitantes), ocupa una parte de lo que fue la Prusia Oriental, colonizada por los alemanes durante los siglos XI y XII, convertida en el siglo XVIII en Reino de Prusia y que desde 1824 hasta 1871, unificada a la Prusia Occidental, fue una provincia más del Imperio alemán, posteriormente de la República de Weimar y luego de la Alemania nazi, hasta que en 1945 fue ocupada por el ejército soviético y su parte septentrional incorporada en 1946 a la URSS con el nombre de Kaliningrado. La parte meridional pasó a formar parte de Polonia y el territorio de Memelland, al norte, quedó incorporado a la República Socialista Soviética de Lituania con el nombre de Klaipėda (actualmente es una provincia de la República independiente de Lituania).

La ciudad prusiana de Königsberg en una tarjeta postal 
del primer tercio del siglo XX.

Könisberg tuvo durante más de dos siglos una destacada importancia cultural. El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) nació y murió en aquella ciudad y su tumba, destruida en un bombardeo durante la segunda guerra mundial, fue reconstruida por el régimen soviético. En 1991 Alemania donó a la ciudad un monumento al filósofo, que ahora ocupa el lugar del de Lenin, frente a la universidad.

Además de los eminentes intelectuales lituanos originarios de Königsberg (Karaliaučius en lituano) que se citan en el texto siguiente, diremos, como anécdota, que un músico nacido allí que emigró a El Salvador, Henrique Drews (1847-1916), es el autor de los arreglos orquestales del himno nacional de aquella república centroamericana.

Albert Lázaro-Tinaut


Situación del óblast ruso de Kaliningrado, en el sudeste del mar Báltico.


Königsberg - Karaliaučius - Kaliningrado

Por Leonidas Donskis

Para los lituanos, esta metrópolis prusiana simboliza algo parecido a una segunda voz de su cultura, la protestante y occidental. Con Karaliaučius y la Prusia Oriental se asocia el nacimiento de la filología lituana, incluso todo el humanismo lituano moderno. Basta mencionar a Martynas Mažvydas, Danielius Kleinas, Jonas Bretkūnas, Abraomas Kulvietis y Liudvikas Rėza, el rector de la Universidad de Karaliaučius, sin el cual no nos habría llegado la palabra del genio de la lituanidad literaria protestante, Kristijonas Donelaitis.

El poeta lituano Kristijonas Donelaitis 
(1714-1780).

Pero Königsberg no fue solamente la cuna de la cultura lituana moderna. Fue, ante todo, uno de los centros de la intelectualidad europea. Claro que, comparada con el París del siglo XVIII, Königsberg no representaba más que una lejana provincia. Pero una de las paradojas de la historia es que quienes en aquel entonces se sentían fascinados –en secreto– por los protagonistas intelectuales de París y por las ideas de la Ilustración, y atraídos por la difusión de esas ideas, tenían más mérito que aquellos famosos parisinos.

La anexión de Königsberg a la Unión Soviética y la destrucción cultural subsiguiente fue una tragedia a escala europea. Cierto es que la segunda guerra mundial barrió de la superficie de la Tierra más de una ciudad, baste recordar los destinos de Varsovia, Rotterdam o Dresden. Pero estas últimas ciudades fueron recuperadas y reconstruidas por los mismos países y pueblos que las habían construido. El destino de Königsberg podría compararse, si acaso, y en parte, con el de Klaipėda. En el caso de esta última, sin embargo, la comunidad internacional decidió que quedara incorporada a Lituania, por lo que tampoco es posible analogía alguna.

Königsberg en ruinas tras los bombardeos soviéticos de 1945.

Por otra parte, Lituania no demolió Klaipėda –que había quedado casi completamente destruida durante la guerra–, sino que la recreó, por lo que a esta ciudad le han ido mucho, muchísimo mejor, que a Königsberg. Klaipėda, maltrecha y privada de sus costumbres típicamente alemanas, es hoy una ciudad fascinante, enérgica y dinámica. Königsberg, en cambio, fue bárbaramente destruida, y de sus ruinas nació Kaliningrado.

Una calle característica del centro histórico (reconstrido) de Klaipėda.

Durante mucho tiempo se supo que Kaliningrado era una ciudad fantasma. Antes ya me provocaba una sensación deprimente, y en mi cabeza se asociaba a la famosa “zona” de la película Stálker de Andréi Tarkovski. Guardo una imagen indeleble de un viaje que hice entre Klaipėda y Olsztyn (la Allenstein alemana, hoy en Polonia) vía Kaliningrado: la de una cabra que pastaba plácidamente en un pequeño prado junto a los restos de un carro de combate soviético.

En 1995, ir a Kaliningrado suponía despertar la sensación de un regreso a la Unión Soviética. Pero en mí se produjo un profundo sentimiento de protesta contra el hecho implacable de que uno de los máximos pensadores de la Europa moderna, Kant, hubiera sido enterrado de una manera atroz en aquella ciudad devastada, cuya arquitectura y simbología soviéticas negaban radicalmente todo lo que él había escrito y pensado, todo por lo que Kant había vivido.

Uno de los viejos tranvías checoslovacos que circulaban 
por la Kaliningrado soviética.

Al mismo tiempo, no obstante, comprendí que, a su manera, se trataba de una ciudad única. Han quedado en ella algunos rasgos de su belleza anterior, aunque ocultos por horribles escombros y macizos monstruos industriales. Una ciudad de esas características no se puede considerar sólo un ejemplo de modernización bárbara y demencial, como objeto utópico de la industria bélica y, al mismo tiempo, del espacio urbano soviético, algo irreconciliable con cualquier otra concepción urbanística.


Leonidas Donskis nació en la ciudad lituana de Klaipėda el 13 de agosto de 1962. Es filósofo, analista social y especialista en teoría política e historia de las ideas. Se dio a conocer en su país como comentarista político y defensor de los derechos humanos y las libertades civiles. Doctorado en filosofía por la Universidad de Vilna y en filosofía social y moral por la de Helsinki (Finlandia), trabajó como investigador en los Estados Unidos, el Reino Unido y otros países europeos, por lo que fue calificado cariñosamente de “erudito errante”. Entre 2005 y 2009 fue profesor de ciencias políticas y diplomacia en la Universidad Vytautas Magnus de Kaunas. También ha impartido cursos de sus especialidades en las universidades de Helsinki y Tallin (Estonia). Militante del Partido del Movimiento Liberal de Lituania, en 2009 fue elegido diputado del Parlamento Europeo, cargo en el que ha permanecido hasta 2014. Sus obras, escritas en lituano e inglés, han sido traducidas a numerosas lenguas.


Este texto pertenece al libro de L. Donskis 99 baltijos istorijos (Klaipėda, Druka, 2009), y ha sido traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión italiana del mismo, a cargo de Pietro U. Dini: 99 storie del Baltico (Novi Ligure, Edizioni Joker, 2014).

lunes, 3 de febrero de 2014

El puzle étnico del Cáucaso según Joseph Roth

El edificio de la Escuela Militar Transcaucásica de Cadetes del Ejército
Rojo, en Bakú (Azerbaiyán), en una postal de la década de 1920.

El periodista y escritor en lengua alemana Moses Josep Roth, de padres judíos, conocido como Joseph Roth, nació en la localidad de Brody (Galitzia, Imperio austrohúngaro, hoy en territorio de Ucrania) el  2 de septiembre de 1894, y murió en París el 27 de mayo de 1939. Estudió en la Universidad de Lemberg (hoy Lviv, capital de la Galitzia ucraniana) y en Viena, y durante la primera guerra mundial sirvió en el ejército imperial.

Joseph Roth en 1925.

Acabada la contienda y desintegrado el Imperio (lo cual le provocó la sensación de ser un apátrida), trabajó como periodista para varios diarios austriacos y alemanes, sobre todo para el Frankfurter Zeitung, del que fue corresponsal en diversos países europeos, entre ellos la Unión Soviética, por la que realizó un largo viaje entre los años 1926 y 1927, durante el cual enviaba sus crónicas al periódico. En ellas describe sus experiencias en diferentes regiones de aquel gran país, en un estilo a veces algo farragoso y otras ágil, pero siempre detallista, fiel a la precisión de su cultura germánica.

El prestigioso erudito alemán Klaus Westermann reunió esas crónicas dentro de un volumen de 378 páginas titulado Reise nach Rußland. Feuilletons, Reportagen, Tagebuchnotizen 1919-1930, publicado en Colonia por Kiepenheuer & Witsch en 1995, que recoge toda la obra periodística, publicada e inédita (incluye notas de su diario), de Roth relacionada con Rusia, escrita antes, durante y después de su viaje. En esos artículos se aprecia cómo su autor, tras recorrer el país de los soviets, va perdiendo el entusiasmo inicial por aquella Revolución bolchevique en la que había depositado muchas esperanzas.

En 1933 Roth, establecido en Berlín, regresó a Viena, asustado por el rápido ascenso del nazismo, y a los pocos meses se exilió a París, donde pudo sobrevivir gracias a algunas colaboraciones periodísticas y a los derechos de autor que le proporcionaban sus obras. Deprimido y alcoholizado, murió a causa de un delirium tremens provocado por una ingesta excesiva de alcohol. Su familia fue víctima del Holocausto y a su esposa, que no era judía pero sufría esquizofrenia, le fue practicada la eutanasia en el marco de las leyes eugenésicas del régimen hitleriano.

Joseph Roth es uno de los grandes nombres de la literatura austriaca y centroeuropea del siglo XX, y algunas de sus obras, como La marcha Radetzky (1932), La cripta de los Capuchinos (1938) o La leyenda del Santo Bebedor (1939), se han traducido a numerosos idiomas. Sus restos mortales reposan en el cementerio Thais de París. En la lápida de su tumba se lee, sencillamente: “Escritor austriaco muerto en París”.

El texto que se reproduce a continuación pertenece a una crónica escrita en Bakú (capital de Azerbaiyán) y publicada en el Frankfurter Zeitung el 26 de octubre de 1926. Se encuentra recogida como capítulo VII en su libro Viaje a Rusia. [1]
Albert Lázaro-Tinaut

Sello emitido en 1994 por el correo de Austria
para conmemorar el centenario de Roth.


El laberinto de pueblos del Cáucaso 


Por
Joseph Roth

Hay aquí un pulular de pesados gorros de piel; representan a la mayoría de los pueblos caucásicos. ¿Y cuántos hay en la inmensa región del Cáucaso, de 455.000 kilómetros cuadrados? Un cabecilla envejecido contó entre cuarenta y cuarenta y cinco. Solo en el norte del Cáucaso tuvieron que formarse nueve repúblicas, tras la Revolución. Yo ya sabía que allí viven los nogais, los kara-nogais (nogais negros), los turkmenos (que todavía llevan pendientes en la nariz) y los armoniosos karachaios.

Músicos nogais en una tarjeta postal de principios del siglo XX.

Todos hemos aprendido que en el Kurdistán viven los kurdos, y en Karabaj los armenios. ¡Pero de cuántos pueblos puede hablarme un erudito, el filólogo finlandés Stimumagi, del Instituto de Investigación de Azerbaiyán! Conoce a los mugalos y a los lezguinos, hábiles artesanos, etnias del Daguestán; solo en el distrito de Kubruico hay cinco pequeñas etnias: los khapurlinzos, los jinalugos, los budujos, los chekchos, los krislos; los 50.000 kurinos, al sur de los lezguinos; los tatis, que son un resto de los antiguos persas –asentados allí en el siglo VI y VII como murallas humanas contra los jázaros y los hunos–; en el distrito de Nuja, los vartechos y los nidsechsos; los talishes en la región de Lenkorán. En las estepas de Mugán viven sectas de campesinos rusos; el zar los confinó allí por la fuerza y como castigo: los dujobori, los molokani, los “viejos creyentes” y los shabátniki. En las ricas aldeas vinícolas de Geuza y Samájov viven compatriotas nuestros, suabos. En su mayoría son de fe menonita. En las aldeas de  Privólnaya y Pribosch viven los judíos más interesantes del mundo: judíos de pureza aria. Se trata de campesinos rusos que anteriormente habían sido shabátniki, santificadores del Shabat. Cuando fueron perseguidos por la Iglesia oficial y las autoridades, se convirtieron, por rabia y despecho, al judaísmo. Se autodenominan gerim (en hebreo, “extranjeros”), tienen una apariencia eslava, viven de la agricultura y la cría de ganado y son, junto con los judíos bielorrusos, “auténticos” judíos semitas, los más devotos de la Unión Soviética.


Jinete karachai (pintura 
de autor desconocido).

Un antisemita racista se encontraría sumamente perplejo ante estos judíos. Una perplejidad aún mayor le causarían los “judíos de la montaña”. Yo los he visitado. Aunque ellos afirmen ser ortodoxos, no son, según la ciencia, semitas. Pertenecen a la etnia de los tatis. Me he enterado de que, antes de la guerra, los sionistas trabaron contacto con estos judíos de las montañas. Se puso en evidencia que el clero de los judíos montañeses –al contrario de sus colegas semitas orientales de cuño ortodoxo– simpatizaban con el sionismo. La guerra rompió esos contactos, la Revolución los destruyó. La juventud comunista de los judíos montañeses no solo es anticlerical, sino que exhibe una conciencia nacional tati, no judía. “Nuestros compañeros de etnia –dicen los judíos montañeses jóvenes– no son los judíos del mundo, sino los tatis, los musulmanes y los católicos armenios.” De modo que ahora se han abierto las primeras escuelas (por de pronto dos) cuya lengua de enseñanza es el tati. Nunca ha existido una escritura tati. Escogieron la solución menos práctica posible y decidieron utilizar los caracteres hebreos para la lengua tati. Mientras tanto, hasta los turcos han adoptado el alfabeto latino.

Escuela sovietizada de judíos de la montaña (tatis)
del Azerbaiyán en la década de 1920.

Según una teoría –todavía discutida–, los pueblos del Cáucaso son de estirpe jafática o alarodiana. Los jafetitas habrían colonizado todas las regiones del Mediterráneo: eran jafetitas los hititas bíblicos –pero no los de Urartu, que eran caldeos–, los nairíes y los mitanios, nombrados en las escrituras cuneiformes asirias, los antiguos pobladores de Chipre y Creta, los pelasgos, los etruscos y los ligures, los íberos, así como sus actuales descendientes, los vascos pirenaicos [2]. Los indoeuropeos expulsaron a los jaferitas, los iraníes llegaron al Cáucaso, iranizaron a las tribus que habían asentado allí los sasánidas [3], los árabes les trajeron el islam, los turcos su lengua. No se consiguió nunca una asimilación general. En los inaccesibles desfiladeros y valles del Cáucaso viven los últimos y exóticos restos de unas culturas que, de otro modo, habrían desaparecido hace mucho, desvanecidas en el tiempo. Se puede ver el entero desarrollo de la humanidad con ejemplos, aún vivos, del Cáucaso: la vía que llevó al primitivo troglodita a convertirse en agricultor sedentario, el nómada guerrero en apacible pastor, el salvaje cazador en dujobor pacifista, vegetariano por motivos religiosos.

Mapa simplificado de los pueblos del Cáucaso, según Eurasia 1945.

Todos estos pueblos poseen en la actualidad una total autonomía nacional tan solo por haber llegado al estadio cultural que les ha permitido exigirla. En Rusia, de entre todos los postulados de la democracia y del socialismo, el referirse a la igualdad de derechos de las minorías nacionales se ha llevado a cabo de forma brillante y modélica. La solución al problema de las minorías en el Cáucaso ha creado, por otra parte, graves complicaciones: a veces en una única ciudad de tamaño medio han establecido su sede las autoridades centrales de tres repúblicas distintas. El resultado ha sido una ciudad compuesta, en realidad, de tres ciudades. Y cada una de las naciones, incluso la más pequeña, reivindicaba sus derechos. Una conciencia nacional recién adquirida se convierte fácilmente en nacionalismo. Tal vez habría sido más práctico rusificar, de una forma apropiada, todas las naciones, cosa que el gobierno zarista no fue capaz de hacer. Hoy es demasiado tarde, o demasiado pronto. Por el momento y con gran esfuerzo, de una maraña de pueblos se ha creado un laberinto de naciones: es complicado, pero sistemático. El extranjero se desorienta, pero los nativos se encuentran a gusto así. [...] En principio, en la Unión Soviética cada grupo étnico puede convertirse, a su manera, en su propia nacionalidad. [4]

Tipos caucásicos (grabado de finales del siglo XIX).
(Fuente: Mennonite Life)

[1] Joseph Roth: Viaje a Rusia. Traducción de Pedro Madrigal. Edición y posfacio de Klaus Westermann. Ediciones Minúscula, Barcelona, 2008.

[2] Esta teoría, jamás probada (pero muy presente entre los historiadores y lingüistas georgianos), ha inducido a algunos investigadores a pensar que los vascos serían descendientes directos de los íberos, y que éstos procederían de Transcaucasia; en efecto, Iveria era la denominación que dieron los antiguos griegos y romanos al reino de Kartli (el este y el sudeste de la actual Georgia, país que en georgiano se denomina Sakartvelo [საქართველო]), y la lengua georgiana se denomina oficialmente kartuli [ქართული]; los kabardos y los ávaros conservan esta denominación al referirse a su etnia originaria. Aunque hay confusión en este sentido y parece que no existe relación alguna, tengamos en cuenta que los ávaros fueron uno de los pueblos “bárbaros” que invadieron parte del Imperio romano, aunque se asentaron principalmente en tierras de las actuales Hungría, Rumanía, Serbia, Croacia y Eslovenia. Como vemos, Roth se apoya en dicha teoría. (N. del T.)

[3] Entre las tropas iraníes que lucharon contra los sasánidas había, al parecer (según fuentes romanas), kurdos, un pueblo indoeuropeo, al igual que los propios iraníes. Tengamos en cuenta que el Imperio sasánida incluía el sudeste de Anatolia, donde se asienta actualmente una parte importante del pueblo kurdo. (N. del T.)

[4] Evidentemente, Roth se dejó engañar por las apariencias, ya que tras la desintegración de la Unión Soviética se pusieron en evidencia, clara y trágicamente, las rivalidades entre los distintos pueblos del Cáucaso. También resulta curiosamente reaccionaria (en el sentido de contrarrevolucionaria) la idea de rusificar a todos los pueblos de la región. (N. del T.)


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martes, 16 de abril de 2013

Viajeros por Rusia: Dionisio Ridruejo




Soldados españoles de la División Azul durante la sangrienta
batalla de Krásni Bor, en la periferia de Leningrado (10 de febrero
de 1943), según una ilustración de Ramiro Bujeiro.
(Fuente: Foro Segunda Guerra Mundial)


Por
Andreu Navarra Ordoño


Ferran Valls i Taberner fue a Rusia para hacer turismo. Montserrat Roig, para escribir un libro sobre el cerco de Leningrado. Rovira y Virgili, para ver desfilar las armas que él creía que acudirían a defender a la Segunda República Española. Ángel Pestaña, para analizar el sistema sindical soviético. Rodolfo Llopis, para aprender de otras tradiciones pedagógicas…; pero el caso de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912 - Madrid, 1975) es ciertamente especial, puesto que fue a Rusia para matar comunistas, enrolado en la División Azul.

Las razones para ejercer tal voluntariado no las ocultó nunca en sus diarios, y deben relacionarse con sus experiencias de la guerra civil. Destinado a tareas de prensa y propaganda, Ridruejo no disparó ni un solo tiro, lo cual debía constituir una especie de humillación para un falangista de primera hora con deseos de significarse debidamente. En segundo lugar, tras la toma de Barcelona, el autor ha dejado largamente explicado su largo proceso de revisión a fondo de sus ideales políticos.

Ridruejo con el general Juan Yagüe
en Barcelona, tras la toma de
la ciudad por las tropas franquistas
(enero de 1939).


No es ésta una historia ciertamente desconocida y no hay espacio para volver a ella aquí, sobre todo disponiendo ya de la monumental edición de Casi unas memorias [1], desbrozadas y puestas al día por Jordi Amat. Nadie como el propio Ridruejo para ilustrarnos acerca de aquellos cambios trascendentales que se fueron operando en la conciencia del escritor soriano. Y es que él mismo nos avisa de que aquella evolución fue lentísima y atravesó diversas fases que, observadas sin un conocimiento profundo, pueden parecer hasta paradójicas. Nos disponemos a radiografiar el estado de esa conciencia durante el otoño y el invierno de 1941.

Porque, desengañado con la paz franquista, la neutralidad del dictador y la retórica triunfalista de la España de 1940, desarbolados ya los estandartes revolucionarios de la Falange más aguerrida, la reacción primera de Ridruejo fue radicalizar el extremismo político y refascistizarse, y en muy buena medida el ingreso del autor en la División Azul se comprende como una huida hacia adelante, como un último intento de participar en un proyecto fascista coherente. Pero, sobre todo, debe comprenderse como el último intento de Ridruejo de vivir como un auténtico soldado, sintiendo las adversidades de la vida castrense y militar con un sentido ascético, purificador, desterrador del señorito que uno percibía dentro: “Si hemos aceptado ser –voluntariamente– soldados, sin privilegio alguno, sin valimiento de nuestras circunstanciales categorías políticas o sociales, esto debe hacerse por entero y sin reservas y tomando todas las ventajas posibles de esta nueva situación: todos los enriquecimientos –que no son pocos– inherentes a la humana y suficiente desnudez”.

Uno de los emblemas
de la División Azul.
(Fuente: Foro Segunda Guerra Mundial)


Por esta razón aguanta nuestro protagonista que un oficial alemán lo llame deficiente mental, o el cargar durante una jornada entera las piezas de una enorme ametralladora antiaérea desmontable. En otras palabras: el autor estaba harto de la vacua declamación oficialista del franquismo triunfador, tan distinto del sueño social propugnado por los viejos falangistas, y por eso había decidido borrar al burgués, ser por fin un soldado raso más y acometer alguna clase de empresa realmente acorde con un ideario cada vez más difícil de sostener: “Ahora mismo está prevaleciendo lo inferior, lo mediocre, ‘la confabulación a los tontos’ que decía un amigo mío: tontos crónicos, tradicionales y llenos de suficiencia pedestre. Eso domina incluso a la un día esperanzadora Falange”.

Confieso que cuando acudí a la lectura de Los cuadernos de Rusia [2], cuya publicación fue póstuma, mi interés primordial no era el zambullirme en las razones de la pirueta intelectual del siempre apasionante Ridruejo (ya he dicho que en Casi unas memorias esta cuestión había quedado suficientemente aclarada), sino otro quizá más malicioso: detectar y localizar los momentos en los que el poeta soldado entraba en contacto con los perdedores y los perjudicados por el nazismo, para intentar comprender, a la altura de 1941, de qué forma podía seguir defendiendo Ridruejo el sistema de valores nazi-fascista.

En este sentido, el fragmento más significativo desde mi punto de vista ha sido el siguiente: “Aún en Radozscovice he visto pasar un grupo de judíos, marcados, abatidos, con la mirada vaga. No sé de dónde ni hacia dónde. Pienso, mientras siento una gran piedad, que una cosa es la formulación de la teoría y otra la de los hechos. Comprendo la reacción antisemítica del Estado Alemán. Se comprende por la historia de los últimos veinte años. […] Pero si esto –e incluso las articulares razones nazis– se comprende, deja de comprenderse tan pronto  como nos encontramos, en concreto, cara a cara, con el hecho humano: estos judíos traídos a Polonia o extraídos de ella que sufren, trabajan, probablemente mueren. Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría”.


Evacuación de la población durante el cerco de Leningrado.

He leído y rumiado estas frases como cien veces y creo haber alcanzado alguna conclusión: Ridruejo hizo en la Unión Soviética, y vestido con el uniforme del ejército alemán, lo que, según Hannah Arendt, no hicieron Eichmann o tantos otros funcionarios del Tercer Reich: pararse a pensar, es decir, dejarse contaminar, aunque fuera por escasos segundos, por la razón.

Y no es la única vez que me he acordado de Hannah Arendt leyendo los cuadernos de Ridruejo. Un poco más abajo afirma Ridruejo que “es triste cosa ser verdugo”, con lo cual nos demuestra que esa horrible teoría aún no había sido abatida, aunque sí se había resquebrajado. Cuenta Hannah Arendt en su insuperable ensayo sobre Eichmann, del que, por cierto, existe una nueva y extraordinariamente económica versión, aunque desafortunadamente no edite el texto íntegro [3], que la justificación (el “cliché autosatisfactorio”) incrustado deliberadamente en el cerebro de los funcionarios del Reich era disfrazar la responsabilidad de penosa sujeción a un destino superior o necesidad externa que anulaba la conciencia. A través de esta sencilla operación, los victimarios eran las víctimas, puesto que “molestaban” con su desgracia y los verdugos se veían “obligados” a hacer lo que se les ordenaba  como un deber penoso. Y lo que se les ordenaba era exterminar al ofensor del Reich, porque permanecer inocente, con la conciencia alerta, era atacar al régimen.

Hannah Arendt.


El hecho de pararse a pensar no significa que Ridruejo fuera menos nazi en esos momentos, o que su decisión de ir a Rusia para matar “comunistas” fuera menos grave. En varias ocasiones nos expresa su autor el asco “atávico” que le producen los judíos. Lo que significa es que esas esporas de contradicción que le condujeron a romper con su trayectoria anterior, ya estaban efectivamente allí, y su conciencia las iba cocinando poco a poco con lo que tenía más a mano (la piedad cristiana, los valores católicos, el programa social ignorado de la Falange republicana).

Por otra parte, si alguien me pidiera que resumiera en una sola palabra el contenido de estos Cuadernos de Rusia, primorosamente escritos, sesudos, ciertamente buscaría la palabra “avidez”. Avidez de consignar paisajes, ansia por comunicarse de alguna forma con toda clase de gentes: mujiks, judíos, muchachas, niños, campesinos lituanos, polacos, bielorrusos, ucranianos, rusos, relojeros, sacerdotes, pícaros. Ansia de coleccionar retazos de recuerdos estéticos, poetizables, en un ambiente ciertamente salvaje y destructivo.

De cada pueblecito o ciudad interna Ridruejo liba el zumo más íntimo, desde su base de partida en Grafenwhör, hasta Smolensk, pasando por varias aldeas de la Prusia Oriental y Polonia, y por las ciudades de Minsk, Vitebsk y Nóvgorod, que es la única que le llega a revelar realmente el carácter y la historia de los rusos. Una madre avejentada que da de mamar a su hija en una chabola, una perturbadoramente bella campesina de trece años vestida con harapos cantando en un camino lleno de cráteres de obús, o unas ancianas que llevan corriendo a bautizar a sus nietos a una iglesia medio en ruinas, son fenómenos que le interesan mucho más que la gloria cañonera y la fraseología joseantoniana.


La tragedia de la población civil en Rusia durante la guerra. 
(Fuente: Kluvik Archives)


En un momento llega a exclamar que “esta aventura no va siendo más que una antología de paisajes”. El profundo odio contra el marxismo aparece aquí como asordinado por una postura cristiana, aunque cuando el autor se pone en plan teórico (por suerte ocurre pocas veces) sucede meridianamente lo contrario, es el dogmatismo religioso lo que ha conducido a todo lo demás: “Debemos adquirir el derecho a decir no sólo que rechazamos el comunismo sino por qué y para oponerle qué cosa. Estimamos justa la pretensión revolucionaria anticapitalista. Pero no es preciso sacrificar a esa revolución ni a ninguna otra cosa valores que estimamos esenciales: el Evangelio de Cristo, la fe en la inmortalidad, el sentimiento el honor, el derecho a una vida propia y libre, a una familia y a una comunidad depositaria de las tradiciones y los proyectos colectivos […], real y actuante: la Patria”.

Pero a poco de entrar a explorar estas páginas nos damos cuenta de que el ideal del diarista es fundamentalmente religioso, y que juzga la expedición divisionaria como una segunda oportunidad para la mentalidad de cruzada: “Una alianza del Papa con Hitler (de éste con el Papa) salvaría a Rusia, terminaría el cisma oriental y acaso regenerase al mundo todo”. Pobre Ridruejo. Qué desinformado de la naturaleza real de los planes de Hitler. Nuestro hombre creyó que la idea sería germanizar y civilizar a los rusos, apoyados en letones, fineses y ucranianos; realmente no sabía que el objetivo no era otro que someter, esclavizar, fusilar y gasear, y junto a rusos y comunistas a un buen número también de clérigos católicos. Y, obviamente, el cisma le importaba a Hitler bastante poco, sobre todo comparado con los yacimientos de petróleo del Sur.

Dionisio Ridruejo.


Y es que éste fue el “problema” (o la grandeza) de Ridruejo: sentirlo todo de una forma demasiado auténtica. Su catolicismo no puede ser más que un misticismo. La destrucción del comunismo no puede ser más que comprensión involuntaria, curiosidad por ver si realmente lo observado era lo prejuzgado. Pero claro, esta postura vital trajo también otras consecuencias: el falangismo no pudo ser otra cosa que nazismo, el deseo de ascesis no pudo tomar otra forma que el formar entre los voluntarios de la División Azul. El deseo vehemente de desfilar sobre Moscú y contribuir a una regeneración religiosa de Rusia pasaba por disparar unos cuantos tiros, ver fusilar a unos cuantos civiles atrapados en la red represora de los alemanes, elementos con los que no se había contado. Por eso la pregunta que nos hacemos, y perdónesenos la grosería, es la que le hubiéramos espetado a aquel poeta flacucho, amigo de la noche, los llanos esteparios y los árboles, hubiera sido más o menos ésta: ¿qué hace un tipo como tú en una División como esta?

En diciembre de 1941, en Riga, el poeta soldado se subía a una báscula en una clínica y comprobaba, perplejo, que sólo pesaba 35 kilos. La aventura soviética de Ridruejo, por lo tanto, terminaba allí. El autor acabaría abrazando la socialdemocracia como resultado último de sus íntimos y trabajosos procesos de revisión. Pero no cualquier socialdemocracia, sino su propia socialdemocracia, única y desesperada y solitaria. Todas estas contradicciones atraviesan el relato del viaje del autor, un relato sereno, sorprendentemente (y quizá alarmantemente) calmo.






[1] Dionisio Ridruejo: Casi unas memorias. Ediciones Península, Barcelona, 2012.
[2] Dionisio Ridruejo: Los cuadernos de Rusia. Editorial Planeta, Barcelona, 1978.
[3] Hannah Arendt: Eichman y el holocausto. Traduccion de Carlos Ribalta. Taurus Ediciones, Madrid, 2012.


Esta es una nueva entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de 2012 (véase aquí). La segunda, dedicada a Antoni Rovira i Virgili, apareció en dos partes el 3 y el 20 de mayo del mismo año (véase aquí). La tercera, sobre el viaje a Rusia de Manuel Vázquez Montalbán, el 17 de noviembre (véase aquí).

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