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domingo, 31 de enero de 2016

Los judíos en Rumanía: pasado y presente

La Sinagoga Mare (Gran Sinagoga) de Bucarest, tras su restauración 
completa y su reapertura en julio de 2007.

Introducción

En Rumanía, cuya población es de unos veintiún millones de habitantes, la comunidad judía, antes numerosa, ha quedado reducida a alrededor de 14.000 individuos. La mayoría de éstos son judíos asquenazíes, pero en algunas de las principales ciudades del país (Bucarest, Iași, Cluj, Oradea...) se encuentran todavía pequeñas comunidades sefardíes: son reliquias del pasado, e incluso muchos sefardíes rumanos han abandonado el judaísmo. La Federación de Comunidades Judías (Federaţia Comunităţilor Evreieşti din România), con sede en Bucarest, es el principal órgano de coordinación de las actividades de los judíos rumanos y publica la revista mensual Realitatea Evreiască (‘La Realidad Judía’) fundada en 1956 por el rabino Moses Rosen con el nombre de Revista Cultului Mozaic (‘Revista del Culto Mosaico’).


Desde la Edad Media, los judíos se asentaron en los principados de Valaquia (Țara Românească), Moldavia (Moldova) y Transilvania (Erdély, en húngaro; Siebenbürgen, en alemán), que entre los siglos XV y XIX (hasta finales del XVII, en el caso de Transilvania) fueron estados vasallos del Imperio otomano y más tarde, tras diversas vicisitudes, se integraron en el Reino de Rumanía (1881-1947), y sucesivamente en la República Popular Rumana (1947-1958), la República Socialista de Rumanía (1958-1989) y la República de Rumanía actual. Situadas en una zona de intersección de fronteras y limítrofe con reinos e imperios poderosos, las tierras de aquellos principados fueron un área de controversias y, al mismo tiempo, de confluencia cultural.

La evolución del Imperio otomano según un mapa diseñado por Ilya U. Topper.
(Fuente: www.mediterraneosur.es)

El tratado de paz de Karlowitz entre Austria y Turquía sancionó en 1699 la anexión de Transilvania, como un principado autónomo, al Imperio austriaco de los Habsburgo, y el Imperio otomano, por su parte, introdujo en Moldavia (1711) y Valaquia (1716) el régimen fanariota, que se mantuvo hasta 1821 con voivodas griegos corruptos y fieles a los turcos que incrementaron el control político y económico otomanos.

Violenta imagen del levantamiento popular de 1821 en Bucarest, 
que puso fin al odiado régimen fanariota (grabado alemán de la época).

El actual suelo rumano fue, durante mucho tiempo, campo de batalla en las numerosas guerras que enfrentaron a los imperios austriaco y ruso desde 1710 hasta 1856, enfrentamientos que no sólo devastaron el territorio, sino que produjeron amputaciones territoriales y no pocos desplazamientos de población. El mosaico étnico de la Rumanía actual da fe de ello. Desde principios del siglo XIX los principados rumanos (con la excepción ya mencionada de Transilvania) se fueron distanciando del Imperio otomano y se inició un proceso de identificación durante el cual la población fue concienciándose de su pertenencia a una misma nación, hasta que en 1862 se fundó la nación rumana moderna, se estableció su capitalidad en Bucarest y se inició la lucha por la independencia con el respaldo de Rusia.

Tropas rumanas cruzando el Danubio para ocupar la Dobruja en 1878, 
durante la guerra ruso-turca (pintura de Henryk Dembitzky).

La Rumanía sefardí y la inmigración de los asquenazíes

La llegada a Valaquia de los primeros judíos sefardíes (del hebreo ספרדים [Yehudei Sfarad], literalmente “los judíos de España”) está documentada por primera vez en 1496. La migración de los judíos ibéricos a los Balcanes fue favorecida por el sultán otomano Beyazid II, quien envió incluso buques de su Armada para transportar desde las costas españolas a numerosos judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492.

Alexandros Ypsilantis.

La convivencia de las comunidades judías con los habitantes de las regiones balcánicas ocupadas por los turcos fue siempre respetuosa e incluso, con frecuencia, valorada: en 1818, por ejemplo, el príncipe Alexandros Ypsilantis (fanariota griego) nombró primer hahambaşı (‘gran rabino’) de Valaquia y Moldavia (con residencia en Iași) a Betalel Cohen, hijo del rabino Naftalí Cohen, que había sido hombre de confianza del sultán Mustafa III. A partir de 1834, los propios judíos fueron autorizados a elegir a sus rabinos, aunque ya sin el título oficial de hahambaşı.

Los sefardíes, sin embargo, empezaron a perder influencia a partir de finales del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar a Valaquia y Moldavia oleadas de asquenazíes (del hebreo יהודי אשכנז [Yehudei Ashkenaz], literalmente “los judíos de Alemania”), de lengua yiddish, huyendo de las persecuciones de que eran objeto en Rusia y Galitzia.

Puerta de la sinagoga de Gherla 
(Szamosújvár), Transilvania.
(Fuente: Flickr Hive Mind)

Los judíos sefardíes están documentados por primera vez en tierras del Principado de Transilvania, concretamente en la ciudad de Alba Iulia (Gyulafehérvár, en húngaro; Carlsburg, en alemán), en 1591. La emigración de los judíos a Transilvania continuó hasta el año 1848, cuando se impusieron restricciones de residencia: el número de judíos censados en aquella región histórica pasó de unos 2000 en 1766 a más de 30.000 en 1880. La ciudad fronteriza de Timișoara (Temesvár, en húngaro; en alemán, Temeschburg) fue colonizada por judíos sefardíes antes de la llegada de los asquenazíes. Las dos sinagogas de la ciudad, la sefardí y la asquenazí, se construyeron en 1762.

Desde principios del siglo XIX, el norte de Moldavia se convirtió en el centro cultural y de la vida judía, sobre todo a causa de las migraciones de asquenazíes desde Rusia: en 1803 sólo había 15.000 judíos en Moldavia, y en 1899 ya eran 197.000. En Valaquia, los judíos eran apenas 4000 en 1831, habían aumentado hasta unos 9000 en 1859 y llegaron a ser 61.000 en 1899. Desde finales del siglo hasta 1914 emigraron más de 75.000 judíos rumanos, sobre todo a los Estados Unidos.

Familia de judíos rumanos establecida en Filadelfia (Pensilvania,
Estados Unidos) a finales del siglo XIX.
(Fuente: www.jewhishgen.org)

Fueron numerosos los judíos que rumanizaron sus apellidos: Avramescu, Isacescu, Iacobescu; Aroneanu, Ocneanu, Podoleanu. O bien los adoptaron a partir de sus oficios: Ciubotaru o Ciubotarul (‘zapatero’), Fieraru (‘herrero’), Pescaru (‘pescador’)… Los apellidos específicos sefardíes muestran las raíces multiétnicas de éstos o sus antiguas procedencias: Aftalion, Alcaly, Alfandari, Behar, Granini, Medina, Mitani, Nahmias, Papo, Semo, etc., según hubieran llegado directamente de la península Ibérica o a través de Italia, Grecia, Turquía y los países del norte de África.

El ladino o judeoespañol se habló durante mucho tiempo en tierras de la actual Rumanía, sobre todo en las ciudades portuarias del Danubio y en la Dobruja Meridional.

Localización de las principales comunidades sefardíes
en Moldavia y Valaquia a finales del siglo XIX.
(Fuente: Sephardic Studies)

El Holocausto y sus consecuencias

En el verano de 1940 Rumanía sucumbió a la presión alemana, y luego Besarabia y la mitad septentrional de la Bucovina quedaron integradas en la Unión Soviética; el norte de Transilvania pasó a Hungría, y el sur de Dobruja, a Bulgaria. El antisemitismo se extendió por todo el país, primero tras la proclamación del Estado Nacional Legionario (Statul Naţional-Legionar Român), y especialmente tras la llegada al poder del dictador filonazi Ion Antonescu y la acción de la organización ultranacionalista y antisemita Garda de Fier (‘Guardia de Hierro’).

La gran sinagoga sefardí de Bucarest (el Kahal Grande), 
destruida por la Guardia de Hierro en enero de 1941.

Muchísimos hogares de judíos fueron saqueados, sus tiendas incendiadas, numerosas sinagogas profanadas; durante el pogromo de Bucarest de enero de 1941, dos de ellas quedaron incluso arrasadas: el Kahal Grande, la gran sinagoga sefardí de Bucarest, y la vieja bet ha-midrash (‘casa de estudios). Algunos líderes de la comunidad bucarestina fueron encarcelados y los fieles, expulsados de las sinagogas por la fuerza, torturados y asesinados.

Más de 264.000 judíos y gitanos perecieron en los campos de exterminio nazis durante la segunda guerra mundial, víctimas del denominado Holocausto rumano. La mayoría de los supervivientes huyeron luego de la Rumanía comunista y emigraron a Israel o los Estados Unidos. Solamente unos 14.000 judíos, la mayoría mayores de sesenta años, viven hoy en Rumania.

Albert Lázaro-Tinaut




[Este texto está basado en varias fuentes, pero sobre todo en el artículo (sin firma) “Sephardic Jewish community in Romania”, publicado en Sephardic Studies, del Stroum Center for Jewish Studies de la Universidad de Washington y reproducido en el boletín eSefarad el 2 de enero de 2016.]

martes, 14 de julio de 2015

Eça de Queirós, testigo de la inauguración del canal de Suez en 1869

Desfile inaugural de barcos que recorrió el canal de Suez 
en noviembre de 1869, según un grabado de la época.

El escritor portugués José María Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, 1845 - París, 1900) viajó a Egipto y Palestina entre finales de 1869 y comienzos de 1870, y estuvo presente en los festejos que se celebraron en Port Said, Ismailía y Suez con motivo de la inauguración del canal de Suez el 17 de noviembre de 1869, presidida por la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III de Francia, e Ismail Pachá, virrey de Egipto. Sobre aquellos faustos, Eça de Queirós escribió unas coloridas crónicas que aparecieron en el Diário de Notícias de Lisboa entre el 18 y el 21 de enero de 1870 y se recogieron luego en su libro póstumo O Egipto (1926). Egipto era entonces un virreinato autónomo sometido al Imperio otomano.

José María Eça de Queirós.

Al igual que otros viajeros y escritores europeos de la época (coincidió con Théophile Gauthier en el hotel Shepheard de El Cairo, donde se alojó durante una semana), Eça de Queirós, pese a ser un escritor realista, quedó admirado por el “color local” –característico de la literatura romántica– de aquel mundo tan exótico, tan ajeno a la Europa de entonces y a la vez tan próximo, y por el cosmopolitismo de Alejandría y, sobre todo, de El Cairo, pero también describió las duras condiciones de vida de gran parte de la población. Dejó constancia de sus impresiones en algunos textos recopilados, también póstumamente, en el libro titulado Cartas de Inglaterra (1905).

El fragmento que se reproduce a continuación está extraído del libro Estampas egipcias [1]
A. L.-T.



Fastos con motivo de la inauguración del canal de Suez 
según un grabado publicado en The Illustated London News 
el 11 de diciembre de 1869.


Entre el Mediterráneo y el mar Rojo

Los lagos Amargos son lo que queda del antiguo golfo de Heliópolis, aguas del mar Rojo que llagaban hasta aquí.

Fue en este lugar por donde cruzaron los judíos, guiados por Moisés; fue aquí donde quedaron sepultadas las legiones de los faraones, quince mil hombres y mil doscientos carros. Del lado de Egipto la luna blanqueaba una vasta llanura: era Gosén, la tierra de los patriarcas. Los faraones habían dado aquel lugar a los judíos, lugar entonces lleno de cultivos y campos, hoy cubierto de arenas. Fue de allí de donde partieron a hacer sus peticiones a Canaán. Desde allí fueron hacia el sur, a los desiertos de Arabia y el Sinaí, para evitar el encuentro con los ejércitos egipcios.

Situación de Gosén, entre el delta del Nilo y el istmo de Suez,
y supuesta ruta 
del éxodo de los israelitas de Egipto hasta Canaán. 
(Fuente: Mapas de la Biblia online, www.encinardemamre.com)

Moisés conocía bien estos lugares. Había pasado su juventud en el istmo. Además, aquel lugar había sido paso tradicional de quienes venían de Siria por Caldea y por Isumeia [2]. Abraham, José, Jacob habían pasado por allí en sus viajes por Egipto. Fue por allí también, un poco más al norte, a poca distancia del lago Timsah, que muchos siglos después el descendiente de tantos patriarcas y profetas, Jesús, pasó en el regazo de su madre mientras huían al valle del Nilo. Los árabes muestran aún hoy el lugar. Mientras mirábamos aquellos lugares bíblicos los fuegos artificiales seguían estallando en el aire [3].

Al día siguiente por la mañana nos íbamos acercando a Suez. Salimos despacio, pues la marea del mar Rojo venía ya en nuestra contra. Este asunto de las mareas y de la desigualdad de nivel entre el mar Rojo y el Mediterráneo fue el origen de una de las grandes oposiciones a las que tuvo que hacer frente la construcción del canal.

                       El delta del Nilo y el istmo de Suez en un mapa de 1798.

Se decía que, según los primeros sondeos hechos bajo la dirección de Lepère en 1799 [4], el mar Rojo era nueve metros más alto que el Mediterráneo; se decía también que la obra era impracticable, por causa de las arenas movedizas y de los vientos del desierto; se decía, en fin, que la navegación del mar Rojo no podía, por su dificultad, por su peligrosidad, constituirse nunca en un verdadero camino marítimo. Una comisión internacional fue al istmo a esclarecer estas dudas. Se trataba de una legión de sabios, de arqueólogos, de ingenieros, de geólogos.

Said Pachá les dio la bienvenida con recepciones reales. Atravesaron el istmo, para sus estudios, de Suez a Peluse. Sondearon todas las ensenadas, todos los lagos, estudiaron todos los terrenos. Acamparon grandiosamente, y los seguía una caravana de ciento setenta camellos. Los árabes llegaron de todos los puntos para ver pasar aquel extraño cortejo. La comisión disipó todas las objeciones.

Una caravana de camellos en el istmo de Suez 
antes de la construcción del canal.

El nivel de los dos mares fue declarado el mismo, por nuevos y más perfectos sondeos; se reconoció que las arenas no eran un obstáculo; si las arenas traídas por el viento iban a ser capaces de sepultar el futuro canal, ¿por qué no habían hecho lo mismo con las antiguas ruinas o por qué no habían, al menos, borrado los vestigios de las caravanas de la última peregrinación a La Meca? Por último, el mar Rojo fue, contra los impugnadores del canal, declarado apto como vía marítima. ¿Qué tiene de malo el mar Rojo? Algunas rocas. ¿No las tiene el Adriático? ¿No las tiene el canal de La Mancha? ¿No las tiene el Archipiélago? El mar Rojo tiene vientos regulares; crecidas conocidas; la admirable claridad de sus noches. ¿Impide eso la navegación? Si el mar Rojo fue de fácil navegación para las flotas de Salomón; si venecianos y portugueses consiguieron en él derrotar a los turcos, ¿qué dificultad habría hoy, con los medios científicos de navegación y con el vapor? Todas las objeciones cayeron por su propio peso.

El canal de Suez y el monte Djebel Attaka (a la izquierda) 
según un grabado de 1869.

En las orillas del canal comenzamos a ver muchos campamentos de obreros: venían casi hasta el agua a aplaudir a los navíos que pasaban, saludando con pañuelos y velos entre grandes hurras. Desde los barcos les respondían. Había un sol fuerte: el desierto lucía hasta el horizonte. Veíamos a nuestra izquierda el camino de las caravanas que van a La Meca, a Medina, a Bagdad, y a Damasco, en la alta Siria. Arabia y Asia quedaban al otro lado de aquel desierto. Del lado de Egipto, al fondo del arenal cubierto de salinas, estaba la oscura y triste ciudad de Suez. Más allá se alza el monte Djebel Attaka, llamado de la Liberación porque cuando las caravanas que vienen del desierto lo avistan se sienten ya fuera de peligro. Al fondo, atenuada por la pulverización de la luz en el horizonte, se entrevé la cordillera del Sinaí. A mediodía entrábamos en Suez entre salvas.

Un aspecto de la ciudad de Suez tal como se muestra 
en un grabado de mediados del siglo XIX.

Suez es una ciudad oscura, miserable, decrépita; es el comienzo de nuevas regiones; ya casi es Asia e India. Tiene un aspecto mortuorio; el cólera y la peste la visitan con frecuencia, y no casualmente. En algunos barrios arruinados, casi deshabitados, sus construcciones desmoronadas conservan sin embargo un notable carácter de la vieja y pura arquitectura árabe. Por lo demás, la civilización europea comienza a hacerse presente en Suez, por medio de cafés cantantes y mujeres fáciles de Marsella.

El mercado del trigo de Suez 
en 1862.

Suez tuvo, hasta hace poco tiempo, una vida incompleta por falta de agua. En Suez el agua se conservaba en cajas de hierro traídas de El Cairo. El agua de la fuente de Moisés, que está a tres leguas, solo es potable para los camellos. En temporada de lluvias había, además de la de El Cairo, algo de agua potable a seis leguas de distancia. En tiempo de calma la sed era una enfermedad: había mercados de agua en los que los precios eran increíbles, horribles. Los ricos bebían un agua medio salubre. Los pobres bebían el agua de los camellos o morían de sed. En Suez no había entonces (ni hay hoy en día) ni un árbol, ni una flor, ni una hierba. Había gente que, habiendo vivido allí siempre, ni se imaginaba cómo era la vegetación. Se contaba de árabes de Suez que, habiendo ido a El Cairo por primera vez, huyeron de los árboles como de monstruos desconocidos. 

Ferdinand de Lesseps (1805-1894), 
el ingeniero francés artífice de 
la construcción del canal de Suez.

Esto hace la raza dura, áspera, hostil. El canal de agua dulce cambió este estado de cosas. El agua es gratuita y abundante. El día en que el agua llegó a Suez fue un vértigo. Los pobres árabes no se lo podían creer: se zambullían en ella, bebían hasta encontrarse mal, tumbados a orillas del canal, gritaban como locos. Algunos estaban aterrorizados y pasmados ante la pérdida de tanta riqueza. La población gritaba llena de amor en torno a Lesseps, postrándose y besándole las manos. Y desde entonces la ciudad intenta renacer y revivir.

Traducción del portugués de Martín López-Vega


Sello postal emitido por la Compagnie universelle du canal 
maritime de Suez en la segunda mitad del siglo XIX.


[1] José María Eça de Queirós: Estampas egipcias. Traducción del portugués y prólogo de Martín López-Vega. Editorial Impedimenta, Madrid, 2012.
[2] Se refiere, muy probablemente, a Sumeria.

[3] Alude a las celebraciones con motivo de la apertura del canal de Suez, en las que Eça de Queirós estuvo presente, que duraron varios días. De hecho, este texto forma parte de su descripción del viaje inaugural, en el que un desfile de barcos de vapor cruzó el canal de norte a sur: el lago Timsah y los lagos Amargos, al sur de Ismailía, forman parte de esta vía marítima artificial.
[4] En efecto, cuando Napoleón invadió Egipto, Palestina y Siria (después de tomar Malta) en 1798 y lo ocupó hasta finales del año 1800, encargó a un ingeniero de su expedición, Jacques-Marie Le Père (o Lepère) que estudiara la posibilidad de construir un canal a través del istmo de Suez que comunicara el Mediterráneo con el mar Rojo.


lunes, 3 de febrero de 2014

El puzle étnico del Cáucaso según Joseph Roth

El edificio de la Escuela Militar Transcaucásica de Cadetes del Ejército
Rojo, en Bakú (Azerbaiyán), en una postal de la década de 1920.

El periodista y escritor en lengua alemana Moses Josep Roth, de padres judíos, conocido como Joseph Roth, nació en la localidad de Brody (Galitzia, Imperio austrohúngaro, hoy en territorio de Ucrania) el  2 de septiembre de 1894, y murió en París el 27 de mayo de 1939. Estudió en la Universidad de Lemberg (hoy Lviv, capital de la Galitzia ucraniana) y en Viena, y durante la primera guerra mundial sirvió en el ejército imperial.

Joseph Roth en 1925.

Acabada la contienda y desintegrado el Imperio (lo cual le provocó la sensación de ser un apátrida), trabajó como periodista para varios diarios austriacos y alemanes, sobre todo para el Frankfurter Zeitung, del que fue corresponsal en diversos países europeos, entre ellos la Unión Soviética, por la que realizó un largo viaje entre los años 1926 y 1927, durante el cual enviaba sus crónicas al periódico. En ellas describe sus experiencias en diferentes regiones de aquel gran país, en un estilo a veces algo farragoso y otras ágil, pero siempre detallista, fiel a la precisión de su cultura germánica.

El prestigioso erudito alemán Klaus Westermann reunió esas crónicas dentro de un volumen de 378 páginas titulado Reise nach Rußland. Feuilletons, Reportagen, Tagebuchnotizen 1919-1930, publicado en Colonia por Kiepenheuer & Witsch en 1995, que recoge toda la obra periodística, publicada e inédita (incluye notas de su diario), de Roth relacionada con Rusia, escrita antes, durante y después de su viaje. En esos artículos se aprecia cómo su autor, tras recorrer el país de los soviets, va perdiendo el entusiasmo inicial por aquella Revolución bolchevique en la que había depositado muchas esperanzas.

En 1933 Roth, establecido en Berlín, regresó a Viena, asustado por el rápido ascenso del nazismo, y a los pocos meses se exilió a París, donde pudo sobrevivir gracias a algunas colaboraciones periodísticas y a los derechos de autor que le proporcionaban sus obras. Deprimido y alcoholizado, murió a causa de un delirium tremens provocado por una ingesta excesiva de alcohol. Su familia fue víctima del Holocausto y a su esposa, que no era judía pero sufría esquizofrenia, le fue practicada la eutanasia en el marco de las leyes eugenésicas del régimen hitleriano.

Joseph Roth es uno de los grandes nombres de la literatura austriaca y centroeuropea del siglo XX, y algunas de sus obras, como La marcha Radetzky (1932), La cripta de los Capuchinos (1938) o La leyenda del Santo Bebedor (1939), se han traducido a numerosos idiomas. Sus restos mortales reposan en el cementerio Thais de París. En la lápida de su tumba se lee, sencillamente: “Escritor austriaco muerto en París”.

El texto que se reproduce a continuación pertenece a una crónica escrita en Bakú (capital de Azerbaiyán) y publicada en el Frankfurter Zeitung el 26 de octubre de 1926. Se encuentra recogida como capítulo VII en su libro Viaje a Rusia. [1]
Albert Lázaro-Tinaut

Sello emitido en 1994 por el correo de Austria
para conmemorar el centenario de Roth.


El laberinto de pueblos del Cáucaso 


Por
Joseph Roth

Hay aquí un pulular de pesados gorros de piel; representan a la mayoría de los pueblos caucásicos. ¿Y cuántos hay en la inmensa región del Cáucaso, de 455.000 kilómetros cuadrados? Un cabecilla envejecido contó entre cuarenta y cuarenta y cinco. Solo en el norte del Cáucaso tuvieron que formarse nueve repúblicas, tras la Revolución. Yo ya sabía que allí viven los nogais, los kara-nogais (nogais negros), los turkmenos (que todavía llevan pendientes en la nariz) y los armoniosos karachaios.

Músicos nogais en una tarjeta postal de principios del siglo XX.

Todos hemos aprendido que en el Kurdistán viven los kurdos, y en Karabaj los armenios. ¡Pero de cuántos pueblos puede hablarme un erudito, el filólogo finlandés Stimumagi, del Instituto de Investigación de Azerbaiyán! Conoce a los mugalos y a los lezguinos, hábiles artesanos, etnias del Daguestán; solo en el distrito de Kubruico hay cinco pequeñas etnias: los khapurlinzos, los jinalugos, los budujos, los chekchos, los krislos; los 50.000 kurinos, al sur de los lezguinos; los tatis, que son un resto de los antiguos persas –asentados allí en el siglo VI y VII como murallas humanas contra los jázaros y los hunos–; en el distrito de Nuja, los vartechos y los nidsechsos; los talishes en la región de Lenkorán. En las estepas de Mugán viven sectas de campesinos rusos; el zar los confinó allí por la fuerza y como castigo: los dujobori, los molokani, los “viejos creyentes” y los shabátniki. En las ricas aldeas vinícolas de Geuza y Samájov viven compatriotas nuestros, suabos. En su mayoría son de fe menonita. En las aldeas de  Privólnaya y Pribosch viven los judíos más interesantes del mundo: judíos de pureza aria. Se trata de campesinos rusos que anteriormente habían sido shabátniki, santificadores del Shabat. Cuando fueron perseguidos por la Iglesia oficial y las autoridades, se convirtieron, por rabia y despecho, al judaísmo. Se autodenominan gerim (en hebreo, “extranjeros”), tienen una apariencia eslava, viven de la agricultura y la cría de ganado y son, junto con los judíos bielorrusos, “auténticos” judíos semitas, los más devotos de la Unión Soviética.


Jinete karachai (pintura 
de autor desconocido).

Un antisemita racista se encontraría sumamente perplejo ante estos judíos. Una perplejidad aún mayor le causarían los “judíos de la montaña”. Yo los he visitado. Aunque ellos afirmen ser ortodoxos, no son, según la ciencia, semitas. Pertenecen a la etnia de los tatis. Me he enterado de que, antes de la guerra, los sionistas trabaron contacto con estos judíos de las montañas. Se puso en evidencia que el clero de los judíos montañeses –al contrario de sus colegas semitas orientales de cuño ortodoxo– simpatizaban con el sionismo. La guerra rompió esos contactos, la Revolución los destruyó. La juventud comunista de los judíos montañeses no solo es anticlerical, sino que exhibe una conciencia nacional tati, no judía. “Nuestros compañeros de etnia –dicen los judíos montañeses jóvenes– no son los judíos del mundo, sino los tatis, los musulmanes y los católicos armenios.” De modo que ahora se han abierto las primeras escuelas (por de pronto dos) cuya lengua de enseñanza es el tati. Nunca ha existido una escritura tati. Escogieron la solución menos práctica posible y decidieron utilizar los caracteres hebreos para la lengua tati. Mientras tanto, hasta los turcos han adoptado el alfabeto latino.

Escuela sovietizada de judíos de la montaña (tatis)
del Azerbaiyán en la década de 1920.

Según una teoría –todavía discutida–, los pueblos del Cáucaso son de estirpe jafática o alarodiana. Los jafetitas habrían colonizado todas las regiones del Mediterráneo: eran jafetitas los hititas bíblicos –pero no los de Urartu, que eran caldeos–, los nairíes y los mitanios, nombrados en las escrituras cuneiformes asirias, los antiguos pobladores de Chipre y Creta, los pelasgos, los etruscos y los ligures, los íberos, así como sus actuales descendientes, los vascos pirenaicos [2]. Los indoeuropeos expulsaron a los jaferitas, los iraníes llegaron al Cáucaso, iranizaron a las tribus que habían asentado allí los sasánidas [3], los árabes les trajeron el islam, los turcos su lengua. No se consiguió nunca una asimilación general. En los inaccesibles desfiladeros y valles del Cáucaso viven los últimos y exóticos restos de unas culturas que, de otro modo, habrían desaparecido hace mucho, desvanecidas en el tiempo. Se puede ver el entero desarrollo de la humanidad con ejemplos, aún vivos, del Cáucaso: la vía que llevó al primitivo troglodita a convertirse en agricultor sedentario, el nómada guerrero en apacible pastor, el salvaje cazador en dujobor pacifista, vegetariano por motivos religiosos.

Mapa simplificado de los pueblos del Cáucaso, según Eurasia 1945.

Todos estos pueblos poseen en la actualidad una total autonomía nacional tan solo por haber llegado al estadio cultural que les ha permitido exigirla. En Rusia, de entre todos los postulados de la democracia y del socialismo, el referirse a la igualdad de derechos de las minorías nacionales se ha llevado a cabo de forma brillante y modélica. La solución al problema de las minorías en el Cáucaso ha creado, por otra parte, graves complicaciones: a veces en una única ciudad de tamaño medio han establecido su sede las autoridades centrales de tres repúblicas distintas. El resultado ha sido una ciudad compuesta, en realidad, de tres ciudades. Y cada una de las naciones, incluso la más pequeña, reivindicaba sus derechos. Una conciencia nacional recién adquirida se convierte fácilmente en nacionalismo. Tal vez habría sido más práctico rusificar, de una forma apropiada, todas las naciones, cosa que el gobierno zarista no fue capaz de hacer. Hoy es demasiado tarde, o demasiado pronto. Por el momento y con gran esfuerzo, de una maraña de pueblos se ha creado un laberinto de naciones: es complicado, pero sistemático. El extranjero se desorienta, pero los nativos se encuentran a gusto así. [...] En principio, en la Unión Soviética cada grupo étnico puede convertirse, a su manera, en su propia nacionalidad. [4]

Tipos caucásicos (grabado de finales del siglo XIX).
(Fuente: Mennonite Life)

[1] Joseph Roth: Viaje a Rusia. Traducción de Pedro Madrigal. Edición y posfacio de Klaus Westermann. Ediciones Minúscula, Barcelona, 2008.

[2] Esta teoría, jamás probada (pero muy presente entre los historiadores y lingüistas georgianos), ha inducido a algunos investigadores a pensar que los vascos serían descendientes directos de los íberos, y que éstos procederían de Transcaucasia; en efecto, Iveria era la denominación que dieron los antiguos griegos y romanos al reino de Kartli (el este y el sudeste de la actual Georgia, país que en georgiano se denomina Sakartvelo [საქართველო]), y la lengua georgiana se denomina oficialmente kartuli [ქართული]; los kabardos y los ávaros conservan esta denominación al referirse a su etnia originaria. Aunque hay confusión en este sentido y parece que no existe relación alguna, tengamos en cuenta que los ávaros fueron uno de los pueblos “bárbaros” que invadieron parte del Imperio romano, aunque se asentaron principalmente en tierras de las actuales Hungría, Rumanía, Serbia, Croacia y Eslovenia. Como vemos, Roth se apoya en dicha teoría. (N. del T.)

[3] Entre las tropas iraníes que lucharon contra los sasánidas había, al parecer (según fuentes romanas), kurdos, un pueblo indoeuropeo, al igual que los propios iraníes. Tengamos en cuenta que el Imperio sasánida incluía el sudeste de Anatolia, donde se asienta actualmente una parte importante del pueblo kurdo. (N. del T.)

[4] Evidentemente, Roth se dejó engañar por las apariencias, ya que tras la desintegración de la Unión Soviética se pusieron en evidencia, clara y trágicamente, las rivalidades entre los distintos pueblos del Cáucaso. También resulta curiosamente reaccionaria (en el sentido de contrarrevolucionaria) la idea de rusificar a todos los pueblos de la región. (N. del T.)


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