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sábado, 17 de noviembre de 2012

Viajeros por Rusia: Manuel Vázquez Montalbán


Deportistas (1930), del artista vanguardista ruso
de origen ucraniano Kazimir Malévich (1878-1935).


Por 
Andreu Navarra Ordoño



Manuel Vázquez Montalbán escribió y publicó un delicioso libro (Moscú de la Revolución) [1] en un momento muy sugestivo: 1990, justo antes de que se produjera el colapso final de las instituciones comunistas. Él mismo escribe al inicio de su obra: “Hoy están integradas en una sola ciudad rusa metamorfoseada por la revolución, la ciudad creativa y casi exclusivamente imaginada de los años veinte, la ciudad estalinista, la ciudad híbrida, indeterminada, que puso en marcha el revisionismo crítico de Kruschev [Jrushchov], hibernado durante veinticinco años de empantanamiento brezneviano y se está formando el Moscú esperanzador de la perestroika, un Moscú todavía frágil, como una salsa mayonesa difícil de ligar”. Genial metáfora absolutamente propia de un gastrónomo. El objetivo, pues, del novelista fue escribir una guía turística impregnada de esperanza ideológica que supiera distinguir y filiar cada uno de los estratos civiles y artísticos que habían ido depositándose como posos problemáticos sobre la superficie de la capital visitada. El libro, pues, es una excelente radiografía de la sociedad rusa unos momentos antes de que se viniera abajo toda la balumba supraestatal soviética.


Manuel Vázquez Moltalbán (1939-2003).

Dos obsesiones presiden esta prosa y son, de algún modo, el aliño de la ensalada: una es la búsqueda de lo que de auténtico movimiento de rebeldía hubo en la revolución de 1917 y la otra, la detección de las heterodoxias producidas a partir de los años veinte. Quienes se interesen por el constructivismo ruso y las otras manifestaciones de vanguardia [2], tienen aquí un excelente punto de partida para anotar tanto nombres como proyectos y realizaciones. Es decir, la preocupación cardinal de Vázquez Montalbán fue la crítica del proceso revolucionario, operada a través del escudriñamiento de su parte más aprovechable. No se trata, pues, de un libro alegre, de un libro solemne, sino de un ensayo melancólico, de un ejercicio de buceo intrahistórico. Es como si ese ideal de claridad y reconstrucción que fue el lema de la perestroika lo intuyera imposible el viajero lleno de amor. Porque amor a lo que no pudo ser, amor por la literatura rusa (Rybakov, Bulgákov, Mandelshtam, Ajmátova, Gorki), por sus escritores de los años ochenta (a quienes va dedicado el volumen), por sus barrios bohemios a pesar de todo y puro amor por sus gentes es lo que destila Moscú de la Revolución.

Tras unos capítulos iniciales de análisis del zarismo y de la potente cultura liberal desarrollada en la Rusia del siglo XIX, aparece el primer protagonista del libro: Dzerzhinski, “un bolchevique polaco de la vieja guardia que había conocido en su propia carne la tortura y la cárcel”. El modus operandi del autor es, casi siempre, el mismo: un detalle urbano (el nombre de una calle, de una plaza, una estatua olvidada, la visita a un local que conserva intactos sus recuerdos) le suscita toda una ristra de reflexiones. “¿Quién era este hombre que todavía hoy tiene su estatua y su plaza, cerca del Kremlin, respaldado por la construcción gris, cúbica, de la Lubianka? Los moscovitas actuales tienen su chiste, sin duda macabro, sobre la estatua del fundador de la Checa. ¿Por qué está de espaldas a la Lubianka, es decir, el edificio de la actual KGB y en cambio mira hacia el Kremlin, donde está la sede del gobierno? Pues porque piensa: de los que están a mi espalda me fío, pero a esos de enfrente hay que vigilarlos”. ¿Qué interesa más al autor, la descripción del “ideal de terror” implantado por Dzerzhinski y agravado por la GPU y la NKVD o el chiste inerme de los moscovitas?

Félix Dzerzhinski (1877-1926).

De algún modo los manejos de ese bolchevique polaco lo empezaron a torcer todo. “A partir del verano de 1918 la Checa se revuelve por igual contra los socialistas-revolucionarios de izquierdas y contra los blancos. Los eseristas [3] se atreven a secuestrar al propio Dzerzhinski, atentar contra Lenin y asesinar a Uritski. La prensa bolchevique pide la sangre de los traidores y la obtiene. La Checa había reconvertido también a funcionarios de la policía zarista y todos juntos y en unión comulgaron en una cultura represora al servicio del poder”.

Como se ve, Vázquez Montalbán no se abandona a describir flores y parques, murallas e iglesias, sino que traza un enorme interrogante y se zambulle a tratar de indagar cuáles fueron las operaciones que ahogaron la revolución de verdad, la revolución espontánea y necesaria, para sustituirla por una burocracia sangrienta y pesadillesca. Por esta razón se nos detiene a explicarnos las leyendas religiosas que giran en torno a edificios construidos sobres las ruinas de templos: piscinas que no funcionan, personas que rezan donde no deberían hacerlo. No le interesan los grandes discursos, sino los chascarrillos en que descansa la rebeldía verbal y aplastada de los rusos. Por eso refiere anécdotas como la siguiente: “[El hotel Moscú] fue el primer gran hotel construido bajo el poder soviético, en la avenida Marx, y en su proyección intervino, cómo no, Schusev con Saveliev y Stapran. Aunque aparece situado frente al edificio donde opera el Comité Estatal de Planificación (Gosplán), este hotel lo fue todo menos un modelo de planificación. En cambio sí puede pasar a la historia del instinto de supervivencia del artista. Si el peatón se sitúa ante su fachada, a poco que afine la vista, verá que las dos alas laterales no son simétricas. En una de ellas hay columnas adosadas, en la otra no; las ventanas de la izquierda de los pisos superiores son arqueadas, las de la derecha, cuadradas. ¿Se trataba de una suicida experimentación ‘formalista’? Impensable teniendo en cuenta quiénes fueron los arquitectos y quién el supervisor de las obras: el todopoderoso Stalin. Se cuenta que los arquitectos pasaron a Stalin dos proyectos con variaciones en el tratamiento de columnatas y ventanas, para que eligiera. Pero Stalin no eligió: firmó los dos proyectos en un momento de cansancio o despiste biológico. Aterrados, los arquitectos prefirieron no preguntar y construyeron cada ala del Moscú según un proyecto diferente y así complacían a Stalin doblemente”.
  
El Hotel Moscú (hoy, Hotel Baltschug Kempinski), 
uno de los más lujosos de la capital rusa.
(Fuente: Moscow Cityseekr)

Vázquez Montalbán describe al pueblo ruso sin victimizarlo, porque siempre busca en él los gérmenes de la contestación. De algún modo, esa crítica impía era la de sí mismo, la propia adecuación de su ideología a la realidad. Y la realidad es siempre heterodoxa. Por eso busca incansablemente a los bohemios, a los soldados derrotados, a los que no encajan, busca las notas discordantes, las brechas de oscura luz: “La importancia del barrio se debe a lo que se dice de él y lo que no se dice. En la esquina de una de las calles que van a desembocar a la del Arbat está el instituto psiquiátrico, en el que el breznevismo ingresaba a los disidentes, y la propia calle del Arbat es un centro contracultural de la perestroika radical, en el que puedes encontrar a baladistas callejeros supervivientes de la guerra de Afganistán que cantan canciones en las que más o menos se preguntan ¿para qué?, o el centro georgiano, en el que se expone una exposición flagelante contra la reciente represión del ejército soviético en Georgia. Los jóvenes moscovitas quieren hacer del Arbat su Barrio Latino, caldo de cultivo de algún posible Mayo del 68 a la francesa”.

La célebre y céntrica calle Arbat
de Moscú en una fotografía de 1990.

(Fuente: Virtual Tourist)

Ésa es la grandeza del libro: el desmantelamiento del comunismo histórico, la revisión honesta del observador incansable, ejercida por un escritor comunista. Nada de tópicos, nada de fraseología. Jrushchov es, por esta razón, otro de los protagonistas. ¿Por qué falló su proceso de esclarecimiento, de apertura, en caso de que fuera realmente sincero? El autor opina que un hombre de dentro, que un político del sistema no podía desmantelar lo que parecía que Gorbachov iba a poder, por fin, superar. Pero es que Jrushchov mismo no pudo más que garantizar la seguridad de los demás diputados del PCUS, Jrushchov mismo se había distinguido como carnicero fundamentalmente en Ucrania, Jrushchov no podía negarse a sí mismo, no podía investigarse a sí mismo ni abandonar la lógica de la purga.

El viajero es en este libro un impenitente indagador de rincones históricos, detalles significativos, placas olvidadas, inscripciones enigmáticas. Su instinto analítico lo engulle todo, lo interpreta todo, se informa de todo.

Absolutamente imprescindible es el extenso capítulo tercero, “Lo nuevo, lo viejo y lo inevitable”, dedicado a describir cómo la fertilísima cultura vanguardista de los años veinte (cubismo, constructivismo, formalismo) fue sustituida por el realismo socialista y los clasicismos estalinistas. Causa verdadero pasmo comprender qué frágil y maravilloso mundo aplastó el estalinismo.  La Edad de Oro del arte ruso la sitúa el autor entre 1918 y 1932: “El esplendor creador de los años veinte, que tan deslumbrante imagen dio del Moscú revolucionario, fue posible precisamente porque las vanguardias en gestación antes de la revolución la asumieron como un instrumento de proyección. Grandes artistas como Tatlin, Kandinsky, Chagall, El Lisitski, Malévich, Meyerhold, Esenin, Ródchenko, Gabo, Vesnin, Varvara Stepánova y tantos otros se avinieron a hacer “arte aplicado” y conectado con las necesidades revolucionarias sin perder sus propios códigos lingüísticos”.  Y esta es precisamente la clave: todo terminó cuando se hizo difícil o imposible la conservación de los idiomas propios (idiomas artísticos, ideológicos, étnicos), que son la espontaneidad, que son la vida mental y la garantía de poder seguir ejerciendo la crítica y la exploración. Todos aquellos artistas fueron deportados, asesinados, reeducados, se suicidaron (Mayakovski), se deformaron o tuvieron que huir.

Resultados del primer Plan Quinquenal
de Varvara Stepánova (1894-1958), 
representante destacada del 
constructivismo ruso.
(Fuente: Kayleight Mahon Graphic Design)


A veces, la visita del autor cobra un carácter casi virtual, porque su afán es interesarse más por lo que no pudo ser que por lo que, efectivamente, fue. Un deseo que tiene mucho que ver con la trayectoria de Tatlin, el que proyectaba cosas irrealizables: “Pintor y escultor espléndido, fue un precursor en la utilización de nuevas texturas, colores, geometrismos, composiciones. Su prestigio era ya considerable en el momento de producirse la revolución y lo puso a su servicio, mediante el Plan Lenin de Propaganda Monumental. Su proyecto de monumento a la III Internacional fue una de las piedras de toque entre lo viejo y lo nuevo relacionado con lo posible o lo imposible. Trabajó como profesor en materias como el cine, la fotografía, el teatro, la pintura y, ante las acusaciones de artista especulativo, se dedicó a diseñar y programar cosas prácticas, aunque siguió teniendo un sentido demasiado poético de lo práctico. Por ejemplo, en 1932 dejó boquiabierta a la burocracia cultural al presentar su proyecto de máquina voladora, el Letatlin. Hasta su muerte, Tatlin siguió ideando cosas que no llegaron a realizarse”.













Diseño del monumento a la Tercera Internacional, de Vladímir Tatlin (1920): 
esbozo desde el ángulo cenital y proyecto ultimado.

El estilo de Vázquez Montalbán era único. Él era insustituible. Era el soñador y el crítico lúcido, y por descontado Moscú de la Revolución es una muestra evidente de ello. Yo, por lo menos, siempre echaré de menos sus columnas de la página final de El País. Sus comentarios siempre irónicos, cimentados sobre una erudición monstruosa, pero que sabía mantener medio desapercibida: “En la edición española de 1982, supongo que revisada por los propios soviéticos, de El arte en los países socialistas de la Academia de las Artes de la URSS, se hacen equilibrios para asumir la vanguardia, revelar sus poquedades, no condenar del todo el estalinismo e instalarse en su superación. Es una muestra de que el happy end no sólo es posible en las películas de Frank Capra”.

Sin embargo, Moscú de la Revolución es un intento de happy end, mucho más serio que el de los envarados controladores del arte oficial soviético, final razonable que el sentido de las cosas no tardaría en volver a torcer.

Sello postal emitido por la URSS en 1988 para divulgar la perestroika
(‘reestructuración’), promovida por Mijaíl Gorbachov el año anterior.

[1] Manuel Vázquez Montalbán: Moscú de la Revolución. Editorial Planeta, Barcelona, 1990. 280 pp. Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939 - Bangkok, Tailandia, 2003) fue un prolífico narrador, poeta, periodista, humorista y un hombre polifacético próximo al comunismo catalán y antifranquista militante (sometido a consejo de guerra en 1962, sufrió tres años de prisión en Lleida). El protagonista de sus novelas negras, traducidas a varios idiomas, Pepe Carvalho, adquirió fama internacional (más información aquí).
[2] Sobre los movimientos artísticos de vanguardia soviéticos véase Vanguardia rusa 1910-1930.
[3] Nombre con el que fueron conocidos los miembros del Partido Social Revolucionario (SRs), fundado en Rusia en 1901 y rival del Partido Bolchevique durante el período revolucionario de 1917.


Esta es una nueva entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de este año (véase aquí). La segunda, dedicada a Antoni Rovira i Virgili, apareció en dos partes el 3 y el 20 de mayo (véase aquí). 

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domingo, 20 de mayo de 2012

Viajeros por Rusia: Antoni Rovira i Virgili (II)

“¡Los sueños del pueblo se harán realidad!”

Por Andreu Navarra Ordoño 

La visita de Rovira a la URSS tenía un objetivo complementario para cualquier intelectual catalanista o cualquier defensor de las soluciones federalistas. Visitar la URSS y conocer la Constitución estaliniana de 1936 permitían asistir al experimento único de la forja de un ente supraestatal de nuevo cuño (un imperio, como se vería después) sobre fundamentos confederales. Hasta aquella fecha, sólo el Imperio austrohúngaro, derruido en 1918, y Suiza habían podido servir de cobayas en la Europa continental. Rovira dedicará un artículo (“Un fort estat multinacional”, del 11 de diciembre de 1938) y un estudio de mediana extensión (“Tornant de la URSS: les onze repúbliques federades”, publicado en Meridià entre 31 de diciembre de 1938 y el 14 de enero de 1939) al tema. En su opinión: “El ejemplo de la URSS prueba, pues, que es factible dar a los estados una unidad auténtica, resistente y duradera, sin apelar a los procedimientos de absorción y dominación que caracterizan al unitarismo”. Estas palabras denotan un verdadero deseo de que el ejemplo soviético dote de legitimidad a la tradición federalista, que es bien fuerte en Cataluña desde mediados del siglo XIX.

La Constitución de Stalin (1936) 
según un cartel propagandístico 
de la época. 

Pero Rovira i Virgili, en 1938, no puede hablar mal de la URSS, el único aliado del gobierno legítimo de España. Cualquier crítica al sistema soviético no sólo hubiera podido perjudicar a las relaciones con el nuevo monstruo, sino que hubieran sido consideradas, en 1938, derrotismo y traición, lo cual no era una broma cuando cualquier día podías aparecer tirado en una cuneta. Rovira necesita que el sistema soviético funcione, porque si no funciona son un castillo de naipes no sólo el Frente Popular que sustenta la resistencia republicana, sino también todo el andamiaje del nacionalismo catalán de izquierdas, el proyecto de toda su vida. 

Y todo se vendría abajo en 1940. En cuanto Rovira se entera de que Stalin ha firmado un tratado de no agresión con Hitler [1], no cabe en sí de asombro y se anima a publicar las crónicas que sus escrúpulos de demócrata liberal le habían dictado dos años antes: encontramos en estos últimos artículos dudas sobre el valor real de la ideología comunista tal como se ha implantado en Rusia, dudas sobre el valor real de Pravda como hoja informativa, dudas sobre el entusiasmo colectivizador de los campesinos y los científicos y, sobre todo, escepticismo ante la falta de libertades evidente en el país. Entonces, las conclusiones a las que llega son virtualmente idénticas a las vertidas por el conservador Valls i Taberner en 1928: “Hemos esclarecido nuestras ideas sobre el régimen soviético y sobre la evolución de Rusia. En lo material, la URSS es mucho más fuerte que en lo espiritual, y ya hemos indicado el grave peligro de este desequilibrio. Para resumir en una frase nuestras impresiones, diremos que en 1939 la URSS nos ha dado la sensación de unos Estados Unidos sin capitalistas y sin libertad individual”. Falta de orientación ética, deshumanización, dependencia del poder arbitrario de una cúpula reducida, he aquí los problemas que vio Rovira en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. 

Stalin entre Joachim von Ribbentrop 
y Viacheslav Mólotov tras la firma 
del Tratado de no agresión entre 
Alemania y la URSS (Moscú, 
 29 de agosto de 1939). 

Nuestro autor no llegó a decir nada, sin embargo, sobre las políticas totalitarias del dictador, ni sobre la represión brutal del marxismo no ortodoxo, y eso que vivió la guerra y las contradicciones de su propio bando de muy cerca. Precisamente en 1940 iniciaba Stalin sus movimientos de expansión territorial. ¡Una suerte que Rovira, que murió en Perpiñán en el año 49, no viera lo que ocurrió en Budapest en 1956, ni alcanzara lo de Praga en 1968! ¿Dónde hubiera ido a apoyar su fe en los nudos estatales regidos por la cordialidad y el entendimiento mutuo? 

Pero volvamos a 1938. En ese momento, nuestro intelectual confía ciegamente en Stalin y el experimento soviético, no sabemos si forzado por el alineamiento forzoso del régimen que defiende o movido por una fe totalmente sincera. Lo cierto es que el Moscú que vio Rovira no era la ciudad populosa y venida a menos que había visitado Valls i Taberner. Diez años después, Stalin se ha consolidado totalmente en el poder, ha desarrollado su política de purgas y ha dotado a la capital de las grandes obras públicas con que soñaba demostrar su poder indiscutido. 

Patinadores sobre hielo en el Parque Gorki de Moscú (1938). 
(Foto © E. Evzerijin / askmoscow.com) 

Si uno analiza lo que vio Valls en Moscú y lo compara con lo que vio Rovira, surgen explicaciones interesantes. El historiador conservador vio en Moscú una Babel de mil razas asiáticas distintas mezcladas en una ciudad que carecía de taxis. En cambio, Rovira indicó en 1938 que en Moscuá (lo escribe así, dice, para respetar la pronunciación de los rusos) dominaba el “elemento nativo”. El autor de La nacionalització de Catalunya dejó estas impresiones tan distintas: “La visión de Leningrado nos había mostrado ya la URSS como un gran pueblo en reconstrucción y en crecimiento. Si la ciudad fundada por Pedro I ha sido objeto de una importante reforma urbana y ha pasado en pocos años de 1.600.000 habitantes a 2.800.000, Moscuá presenta aún más visiblemente el aspecto de una ciudad reconstruida y renovada”. Las ciudades arruinadas de los años veinte han dado paso a las nuevas realidades pujantes: “Cuando habéis venido a Moscuá después de pasar por París y por Londres, no tenéis ninguna duda de que hoy, en general, un ciudadano soviético está más contento que un ciudadano francés o inglés. Ha contribuido a este optimismo, no sólo la realidad, tangible para todos, de la elevación del nivel de vida, aún antes la visión directa de las grandes obras –colosales algunas– que han sido terminadas últimamente. […] El contraste entre la época del zarismo y la época actual es tan fuerte, que todos han de reconocer, en este punto, el éxito del régimen”

Éste era, pues, el Moscú del triunfante Stalin. Una alegría unánime, una fascinación faraónica. Pobre del que mostrara públicamente su insatisfacción… El entusiasmo roviriano se desborda al contemplar un desfile militar (“L’exèrcit soviètic”, 16 de diciembre de 1938): “Ni las reseñas, ni las fotografías, ni los films pueden expresar suficientemente la impactante grandiosidad de un tal espectáculo”. Sin duda, Stalin sabía hipnotizar. Pero esta satisfacción bélica procede del sueño de ver colocadas frente al fascismo todas esas tremendas máquinas de guerra que se han visto desfilar. De haber sido trasladado a España una mínima parte de ese armamento, Franco hubiera tenido que huir Aragón adentro con la cola entre piernas. 


 Despliegue del potencial militar soviético en la Plaza Roja
de Moscú el 14 de mayo de 1935.
(Foto
© Bettmann / Corbis)

Es en su valoración de la cuestión nacional “solucionada” por Stalin donde vemos más flecos sueltos y más ingenuidad. En otras palabras: Rovira no se enteró de nada. Creyó que realmente visitaba un Estado federal, en el que cualquier nación gozaba del derecho unilateral a la autodeterminación. Y cree que este derecho estampado sobre el papel es real porque los bolcheviques erigen estatuas al patriota ucraniano Shevchenko. Pero, ¿qué hay de la invasión rusa de Ucrania operada en 1918 para sofocar la República popular proclamada en Kiev? Rovira viaja a Jarkov pero nada le evoca esa represión, como tampoco se hace eco de la disolución del Congreso Nacional bielorruso. 

Con la excusa de que sólo la clase trabajadora tenía derecho a erigir naciones, los bolcheviques clausuraban instituciones verdaderamente nacionales para sustituirlas por sucursales de su gobierno central. Stalin lo tenía muy claro: todo lo que era independentismo ucraniano era traición proalemana. Como nazis eran, según él, todos los pueblos que deportó arrancándolos de sus regiones, en una bacanal étnica sin precedentes, entre 1941 y 1944: alemanes del Volga (trasladados a Siberia), calmucos, chechenos, ingusetios, karacháis, balkarios y tátaros de Crimea. Luego se limpió Crimea de griegos, búlgaros, armenios, turcos, kurdos y otras minorías. Ésta era la nueva unidad en la variedad emprendida por el gobierno. 

Una familia de tátaros de Crimea deportados al Uzbekistán en mayo de 1944.
(Foto © Familia de Dilara Aslanovna Baganovna)

La visión de Rovira no era tan cruelmente cínica, pero pecó de ingenua y poco documentada. Él mismo concreta su teoría sobre las nacionalidades: “En un libro reciente, URSS et la nouvelle Russie, de Alfred Silbert, el autor consigna que en la URSS hay –¡no os asustéis!– 180 nacionalidades. Pero nosotros creemos que, de nacionalidades, de verdaderas naciones sólo hay, hoy por hoy, cuatro: Moscovia, Ucrania, Georgia y Armenia. Y aun cabe advertir que una parte del territorio nacional de Ucrania y Armenia está fuera de los límites de la Unión. ¿De dónde viene la enorme diferencia que aparece entre la cifra de 180 dada por Alfred Silbert y la de 4 que damos nosotros? Viene de dos diferentes conceptos de nación. Silbert considera como nacionalidades todos los grupos que tienen un carácter étnico o un lenguaje distinto, y nosotros consideramos que la nación es una personalidad colectiva consciente, un alma”

 ¿Cómo es posible que Rovira olvidara la religión como factor de diferenciación, o que despreciara el factor del idioma, fundamental en el caso catalán? Así pues, todos los grupos no cristianos y que no vivieron un proceso romántico-literario de afirmación nacional, no son más que tribus, y sus derechos pueden ser literalmente ignorados: “La nación, para nosotros, es una categoría superior en la jerarquía de los pueblos. Es el resultado de un ascenso en la formación espiritual y histórica de un grupo humano”. Y a ese perfeccionamiento sólo habían accedido rusos, ucranianos, armenios y georgianos. Por lo tanto, las demás entidades reflejadas en el derecho soviético en 1922 y 1931 (Turkmenia, Tadjiquia, Uzbequia, Azerbeiján, Kazajia, Kirguizia, [2] Bielorrusia) son poco menos que ficciones o inventos, no verdaderas naciones. Claro, es que sus habitantes no habían accedido aún a un grado superior de excelsitud espiritual. Ya llegaría la ocasión de educarlos. 

Bielorrusia es actualmente la única ex república europea de la URSS 
donde continúa imperando, de hecho, el sistema político soviético. 
(Fuente de la imagen: Belarus Politics / www.belarusguide.com/as/law_pol/law_pol.html)

 [1] Véase aquí el texto íntegro de este tratado, firmado en Moscú el 29 de agosto de 1939. 
 [2] Nombres con los que eran conocidas las actuales repúblicas de Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Azerbaiyán, Kazajistán y Kirguistán. 


Esta es la tercera entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de este año (véase aquí). La primera parte de este artículo apareció el pasado 3 de mayo.


jueves, 3 de mayo de 2012

Viajeros por Rusia: Antoni Rovira i Virgili (I)

Stalin y el mariscal Klim Voroshílov en el Kremlin de Moscú en 1938, 
según una pintura de Alexandr Guerasimov (1881-1963), 
uno de los principales artistas “oficiales” de la URSS.

Por Andreu Navarra Ordoño 

Preámbulo 

Me animo a escribir sobre Antoni Rovira i Virgili (Tarragona, 1882 - Perpiñán, 1949), destacado nacionalista catalán, en castellano porque él mismo no tuvo reparos en expresarse en español tantas veces como estimó oportunas, publicando artículos en El Sol durante el período republicano, o hasta editando un tratado unitario que venía a resumir todas sus doctrinas políticas para el público de habla española (El Nacionalismo Catalán. Su aspecto político. Los hechos, las ideas y los hombres, Barcelona, Minerva, 1917). Quizás a Rovira le hubiera molestado verse incluido en una serie de retratos de intelectuales españoles que viajaron a Rusia o la URSS, pero lo cierto es que lo hizo con un pasaporte español y en el seno de una delegación de la República Española, en 1938. Él mismo no mostró reparos en acompañar a tal país y a tal régimen político. Y es que, con mucha frecuencia, ni siquiera los nacionalistas integrales del siglo pasado podían ser considerados secesionistas, a excepción de Macià y los radicales antiautonomistas de los años treinta. Aunque hoy se promuevan las más sonoras confusiones, lo cierto es que Rovira soñaba con una federación de repúblicas ibéricas, unidas por un lazo fraternal y no por el centralismo tradicional de los Borbones.




 La experiencia de Rovira i Virgili en la URSS 

Las crónicas escritas por Rovira i Virgili sobre sus experiencias en la URSS vieron la luz en el periódico La Humanitat entre el 25 de noviembre de 1938 y el 15 de enero de 1939. El estudio sobre las nacionalidades en la Unión Soviética que compuso a continuación fue publicado en la revista Meridià entre el 31 de diciembre de 1938 y el 14 de enero de 1939. Como se ve, nuestro periodista trabajaba deprisa. Ya en el exilio, y horrorizado por el giro que había tomado la política de Stalin, Rovira se decidió a publicar los materiales que había querido dejar inéditos dos años atrás, en la Revista de Catalunya. Los materiales fueron reunidos en el opúsculo Viatge a la URSS [1]

Retrato de Antoni Rovira i Virgili 
por Ferran Callicó (1928). 
(Fuente: © Fototeca.cat)

Antoni Rovira i Virgili, como Valls i Taberner diez años antes [2], penetró en la URSS a bordo de un buque, por Leningrado (la actual San Petersburgo). Rovira cruzó Francia de sur a norte, para finalmente embarcarse en Londres en la nave soviética Sibir, que significa ‘Siberia’. En el momento de abandonar el paisaje querido de Cataluña, Rovira nos revela la auténtica naturaleza de su escritura. Comprendemos que posee un don poético, un don romántico que permite que palpite su prosa de siempre, un don que no tuvo un fácil acomodo en las décadas que le tocó vivir. Sólo un poeta escribe estas cosas: “Cielo, montañas, cultivos y mar hacen de Crimea una tierra comparable a Cataluña. Bajo el claro azul del cielo, en el aire diáfano, se alzan las sierras, generalmente altas y delgadas, como hojas moscadas de cuchillos gigantescos. La luz enciende los colores, y el sol es dorado y tibio”. Esto podía haber sido escrito en 1840. Nada que ver con la fría objetividad de Valls, el barroquismo de Sagarra o el cinismo escéptico y preciso de Pla. A todos suena Rovira a ingenuo, a buen burgués metido a apóstol, a hombre que no ha perdido la fe. Los logros de la prosa roviriana proceden de esa extraña limpieza suya, limpieza de periodista maragalliano y teórico federalista, henchido de patriotismo a la antigua. 

Nuestro narrador no logra engañarnos. En un párrafo del artículo “Leningrado” (1 de diciembre de 1938) nos declara que “nadie espere de la presente serie de artículos nuestros descripciones de ciudades o paisajes, y la narración de actos o fiestas. El género descriptivo y el género narrativo son literariamente muy interesantes. Pero a ninguno de estos dos géneros pertenecen nuestros artículos sobre el viaje a la URSS. Se trata, ni más ni menos, de un manojo de impresiones personales. Tenemos el propósito de anotar sinceramente las propias reacciones anímicas ante los medios que atravesamos y ante las cosas que vemos”. Rovira se hace el duro pero es un alma bondadosa. Ahora leamos el párrafo siguiente, a ver si no hay género descriptivo: “Después de cinco días de navegación en el Sibir, estamos cerca de Leningrado. Empieza a clarear. La ciudad fundada por el zar Pedro I para dar a Rusia una ventana sobre el mar, muestra aún sus luces nocturnas. La mar está blanda, y el barco flota con suavidad entre los muelles y canales”. A pesar de sus esfuerzos, Rovira se deja llevar por la escritura y no pone trabas a su extroversión vergonzante. Es demasiado buen prosista como para limitarse a la estrechez del que estudia un experimento social. 

Cabecerà de Meridià, la revista donde Rovira i Virgili publicó, 
entre 1938 y 1939, su estudio sobre las nacionalidades en la URSS. 

Y es que, en verdad, Rovira no era un político ni un periodista, sino un poeta. Y aún diremos más: Rovira fue el último poeta de la Renaixença. Rovira tenía alma de literato. Algo de esto (muy poco) se ha escrito: “Els inicis literaris d’Antoni Rovira i Virgili”, de Magí Sunyer Molné [3]. Lo que pasa es que tuvo que disfrazar sus ideales de envoltura política, de prosa periodística, para que fueran aceptables para el lector. ¿Cómo expresar un tan espontáneo chorro de amor patriótico en los tiempos de Carles Riba y Ortega y Gasset, los tiempos del fenomenismo y de la geometría? ¿Cómo competir con un historiador como Ferran Soldevila? La collita tardana (‘La cosecha tardía’), quedémonos con el título de su libro de poemas publicado también en el exilio. Lo que podía aportar el intelectual orgánico que fue Rovira (más o menos orgánico dentro de la Mancomunidad y de la Generalitat, pero nunca integrado en el sistema de la Restauración) podía ser aliento épico, esa ejemplaridad austera y republicana que se exhibía como estandarte de la democracia, reflejada en los ejemplos del pasado: Pau Claris, Valentí Almirall, Pi i Margall. No destacó Rovira por su erudición, sino por su habilidad para revitalizar las glorias históricas. Y tampoco decimos que no fuera erudito, lo que decimos es que su empeño era pedagógico, divulgador o educador, formador de masas. Con todo, en el ambiente de idiotez política en que nos movemos hoy, algunos de sus libros retrospectivos son de lo mejor que puede conseguirse aún sobre escritores catalanes del siglo XIX. Por lo menos él estaba informado y no mixtificaba descaradamente. 

Esto no significa que minimicemos el mérito de Rovira i Virgili como intelectual e historiador. Al contrario, creemos que muchos de sus libros deberían ser traducidos inmediatamente para darles mayor trascendencia, puesto que Rovira fue el más documentado experto en política internacional que tuvo la España de la primera mitad de siglo XX, quizá únicamente igualado por Cambó (pero Cambó hacía trampas, tenía a muchos literatos trabajando para él; si nombramos a Cambó debemos nombrar a sus afanados informadores). Sus trabajos de los años diez sobre la situación en Checoslovaquia, Rutenia, Polonia, Irlanda, y en otras naciones cuyo nombre hoy ya ni nos suena apenas, son únicos en su género. El periodista manejó un conocimiento muy superior a la información que podían (o querían) manejar los gobernantes, y desde luego conocía mucho mejor las problemáticas políticas del extranjero que Altamira, Unamuno u Ortega y Gasset. 

Primera página del diario La Humanitat del 23 de septiembre de 1945, publicado 
en Montpellier. Anuncia la formación del nuevo gobierno catalán en el exilio, 
integrado por intelectuales entre los que figura Rovira i Virgili.

Por esta razón, todas las afirmaciones del libro que nos ocupa deben ser entendidas como referencias al marco internacional que rodeó los últimos y lamentables episodios de la guerra civil. En Francia, nuestro hombre (tan francófilo como Azaña o Azorín) no puede evitar mostrar su resentimiento hacia la Francia hipócrita que está dejando morir a la República: “Nostros hemos encontrado en las caras de la gente una expresión de laxitud y de tristeza que no encontramos en la gente nuestra que vive entre peligros y privaciones. Parecen ellos los que se encuentran en guerra. Y es que el miedo a la guerra es peor, a veces, que la guerra misma”. No sabemos si hubiera afirmado lo mismo tres meses después. Pero es que los pobres franceses ya sabían de qué iba aquello, ya lo habían sufrido entre el 14 y el 18. Sin embargo, no deja de tener razón Rovira al afirmar que “Francia da actualmente la impresión de un pueblo insatisfecho de sí mismo, que teme mucho y espera poco, que siente más deseos de quietud que impulsos de acción. Diríais que lleva en el bolsillo, ya escrita, la dimisión de gran potencia. Por el bien del mundo y por nuestro amor de siempre a Francia, querríamos que ésta, en un acto de recuperación del espíritu propio, rompiera su trágico papel de presunta suicida. El mundo necesita, ahora más que nunca, la aportación del espíritu francés”. Pero este impulso para luchar contra el fascismo no se iba a producir, y Francia sería literalmente barrida por los nazis muy poco después, en una capitulación sin precedentes en la historia europea. Hay que añadir, para ser justos, que Franco estaba ya a punto de barrer también a Cataluña, puesto que iniciaba su campaña definitiva contra el Principado el 23 de diciembre de 1938. Pero al menos al sur de los Pirineos se habían librado tres años de batallas. 

En definitiva, Rovira compara la indiferencia y el miedo apaciguador de los franceses con el brío antinazi y la movilización unánime que consigue la propaganda soviética, entusiasmándose por ésta última.

Una imagen del puerto de Leningrado en la década de 1930. 
(Fuente: militera.lib.ru)

Ya en las frías aguas del Mar del Norte y del Báltico, Rovira empieza a sentirse deslumbrado por el orden social impuesto por los bolcheviques. La limpieza, la dignidad de la tripulación y el orden meticuloso con que se cumple cada mandato, impresionan al viajero: “Lo que nos llama la atención no es, sin embargo, el aspecto turístico del navío. Es la organización que hay a bordo. El régimen del Sibir es una imagen reducida de un régimen estatal y social. Podemos decir que hay un estado dentro del barco”. Rovira explica cómo reina una total disciplina jerárquica dentro de la estructura de la tripulación, pero sin que ésta impida que todos sus miembros, hasta el personal de la limpieza, sean tratados con el máximo respeto. Al terminar las jornadas de trabajo, las diferencias de rango se diluyen y todos, oficiales y camareros, bailan y cantan juntos. 

Sin embargo, el nombre mismo del barco (Siberia) nos evoca lo que Rovira no ve, y lo que no ve porque no se lo enseñan es el reverso de la sociedad soviética: los ríos de presos caminando hacia cualquier gélido campo de concentración.

(Continuará)

El memorial de Ata Beyit, cerca de Chon Tash (Kirguistán), 
en homenaje a los 237 intelectuales kirguises “purgados” 
en aquel lugar por orden de Stalin en 1938. 
(Fuente @ Scott Horton, Harper’s Magazine, 26.10.2009)


[1] Antoni Rovira i Virgili: Viatge a la URSS. Prólogo de Joaquim Molas. Edicions 62, Barcelona, 1968. Colección “Antologia catalana”, núm. 43. 90 páginas. He leído el libro en uno de esos volúmenes de tapa dura, encuadernados en rojo, que tanta importancia tuvieron durante los años inmediatos a la Transición. Nací en 1981; la reedición del libro de Rovira en edición de kiosco es de 1985. Cuando estudiaba procuraba hacerme con ediciones anotadas, renovadas. Ahora, cuando voy volviendo a ellos, y me doy cuenta de que no han sido sustituidos por nada solvente en treinta años. Duele decirlo, pero si uno quiere leer la primera novela moderna escrita en catalán, acercarse a las crónicas de Jaume Brossa, o simplemente leer una comedia de Serafí Pitarra, tiene que echar mano de esa edición de kiosco porque no hay nada más. En los ochenta, un clásico en catalán era algo (A. Navarra). 
[2] Véase: A. Navarra Ordoño: “Viajeros por Rusia: Ferran Valls i Taberner” en Impedimenta, 7 de enero de 2012. 
[3] En la obra colectiva Rovira i Virgili. 50 anys després. Cossetània Edicions, Valls, 2000. Colección “El Tinter”, núm. 17. 168 páginas. 


Esta es la segunda entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el pasado 7 de enero (véase aquí). 

sábado, 7 de enero de 2012

Viajeros por Rusia: Ferran Valls i Taberner

 Moscú en mayo de 1928, según una acuarela 
del pintor mexicano Diego Rivera.
(© MOMA, Nueva York)

Por Andreu Navarra Ordoño 

En 1985, la Universidad de Barcelona editó un pequeño libro [1] que reúne doce crónicas escritas en 1928 por el historiador catalán Ferran Valls i Taberner (1888-1942), colaboraciones que aparecieron en el diario La Veu de Catalunya entre el 13 de septiembre y el 9 de noviembre y forman, en su conjunto, una pequeña obra maestra de la literatura catalana de viajes. 

La edición mencionada estuvo a cargo de personas vinculadas al Derecho, que dirigían la colección “Serie Bibliográfica de Derecho Histórico e Historia de las Instituciones”, y es precisamente en ese flamante pero poco literario contexto donde se oculta una obrita exquisita que debería divulgarse más. Porque Valls i Taberner no era sólo un experto en los Usatges de Barcelona, sino también un periodista y ensayista de pluma ágil, clara y rápida, con una capacidad de observación más que notable, que es clave en el género. El mérito de las doce crónicas de Valls se triplica si se piensa que estuvo únicamente dos días y medio en Leningrado y otros dos en Moscú. 

La extensa introducción de Eduard Zurawka añadida a la edición de 1985 es más una denuncia de los crímenes del comunismo soviético y de Stalin en particular, y una reivindicación de los grandes disidentes –Solzhenitsyn, Sájarov y Kópelev–, que un comentario a la obra presentada. Pese a tratarse de un buen esquema de la historia global de la Unión Soviética, resulta de poca utilidad para definir qué hizo, qué pensó y quién fue el protagonista del prólogo: el propio autor, Valls i Taberner. Conviene, pues, tratar el texto como merece para señalar tanto sus virtudes como sus defectos en su dimensión de obra literaria. 

Ferran Valls i Taberner era un pensador conservador procedente del noucentisme más canónico y académico, lo cual ya induce a pensar que no simpatizaba, precisamente, con el régimen imperante en Rusia desde 1917. Su crítica, sin embargo, nunca es frontal, sino que intenta buscar las bondades del régimen: elogia calurosamente, por ejemplo, los esfuerzos del gobierno en cuanto al mantenimiento de archivos y museos. Los problemas empiezan más bien cuando medita sobre el ateísmo oficial del sistema comunista: “Para mí, pese a la decadencia y la pobreza que en el orden material existen en Rusia (que se manifiestan sobre todo cuando se establece la comparación con los países de civilización más floreciente y prosperidad más evidente, como los Estados escandinavos o Alemania, el contraste con los cuales resulta muy fuerte), no es ese el problema más grave e inquietante que ofrece hoy el pueblo ruso; lo que a mi entender resulta más grave es el problema moral. Es en el orden ético y en el terreno de la vida espiritual donde resulta más nefasta y horrorosa la obra del bolchevismo”. Valls i Taberner es un hombre que cree en la vieja Europa, en el impulso de los burgueses situados en la vanguardia de una civilización cristiana partidaria de erigir realidades fácilmente medibles, de escala humana, arrinconando las deficiencias materiales y obviando el problema social en el seno de las sociedades liberales. 

En este sentido, lo que observa es valorado desde la percepción del humanista que cree en el clásico progreso decimonónico: “En todo caso, el efecto que me produjo la primera entrada en la antigua capital rusa es que el resultado del bolchevismo no ha sido elevar el nivel del bienestar general, sino simplemente eliminar la clase más acaudalada y fastuosa; pero ni tendiendo a nivelar hacia abajo se ha conseguido medir por un mismo rasero. El poder soviético logró suprimir a los antiguos ricos, pero el aspecto de la sociedad rusa superviviente en las grandes ciudades es el de una sociedad burguesa empobrecida”

Jóvenes gimnastas en la Plaza Roja de Moscú en 1924.
(Fuente: Real USSR / www.realussr.com)

Nuestro historiador, convertido durante cuatro días y medio en corresponsal en Rusia, a veces ni siquiera es consciente de estar cayendo en las siniestras redes de los designios del dictador. Valls no deja de elogiar las bondades del turismo organizado ruso, mediante invitaciones a personalidades extranjeras, cuando éste era uno de los objetivos del régimen para lavar su imagen en el exterior. Se hacían auténticos esfuerzos para producir buena impresión, como actualmente ocurre en Cuba, donde el turista puede consumir tantas piñas coladas como quiera en fastuosos complejos hoteleros situados en islas vírgenes a los que los cubanos no tienen acceso. Al historiador le fascinaron sobre todo las eficacísimas azafatas y guías soviéticas: “La pulidez y la cultura de las guías rusas, así como el correcto francés que casi todas ellas hablaban (además, algunas conocían bien el alemán, el inglés o el español) eran consecuencia, sin duda, de la educación de la época presoviética”

  "Querido Stalin: 
¡la felicidad del pueblo!"

Por otra parte, no parece mostrar inquietud alguna cuando nos muestra una forma de viajar que a nosotros se nos antojaría algo militarizada, por no decir sospechosa o poco espontánea: “Clasificados en grupos de 20 o 25 personas organizados previamente, a cada uno de los cuales correspondía un guía que hablaba el idioma del grupo respectivo, íbamos instalándonos en automóviles numerados correlativamente que nos habían de conducir, en comitiva, al interior de la ciudad”. Más adelante comenta: “A cada cien pasos de nuestro itinerario había un soldado con la bayoneta calada”. Hoy, con mayor perspectiva, sabemos a qué respondían tantas atenciones con el viajero occidental. 

En las descripciones de Leningrado (la antigua –y actual– San Petersburgo) es donde el autor muestra más destreza puramente estilística. Las primeras y emocionadas impresiones del suelo vedado de la URSS son más bien desalentadoras: “El aspecto del puerto era de paralización del tráfico y de abandono; grandes almacenes de depósito vacíos y destartalados; algunos vagones de mercancías sin carga alguna, abandonados aquí y allá, sobre raíles herrumbrosos entre los que crecía la hierba. Unas mujeres, descalzas, transportaban madera, lo único de lo que se veían por allí algunas pilas; hombres semidesnudos que, con las manos enguantadas, hacían trabajos de descarga; niños descalzos y harapientos que jugaban y corrían por aquel lugar”. Las maravillas del centro de la ciudad son descritas en una crónica magistral, correspondiente al 22 de septiembre de 1928.

La plaza de la Revolución de Leningrado en una tarjeta postal 
de finales de la década de 1920. 

Las palabras que dedica a un espectáculo de danza y teatro popular nos recuerdan un artículo de Ortega y Gasset [2], escrito en aquella misma época (1925), en el que decía que el futuro del teatro, lo mismo que el de la pintura, se había de convertir en geométrica decoración, tenía capacidad suficiente para convertirse en puro movimiento dinámico. Nuestro autor, en cambio, con un escepticismo muy catalán, no parece tan partidario de la disolución de los grandes contenidos propia de la Modernidad: “La cena en el Hotel Europa está amenizada con una serie de cuadros de revista que, sobre un entarimado, van representando sucesivamente diversos artistas y grupos coreográficos. […] El carácter llamativo y abigarrado de estas varietés, su sentido frenético y efectista podría tener el propósito de apasionar a un público excitable y fácil de entusiasmar por algo extremoso y electrizante que suplantase la novedad y la calidad con un sensacionalismo puramente ruidoso y convulsivo; pero a quien se hubiera fijado serenamente en aquel espectáculo y aquel mismo día hubiera hecho otras oportunas observaciones, no le sería difícil darse cuenta (y la comparación con lo que luego veríamos en Moscú lo confirmaría) de que Leningrado, bolchevísticamente, tiene hoy un marcado tono provinciano, y que lo que salva su prestigio urbano y su brillo metropolitano son los rastros magnificentes de su pasado imperial”. Los argumentos de Valls no dejan de tener actualidad, más aún si se medita sobre el nacimiento de las rusadas bajo el totalitarismo soviético, del mismo modo que nacieron o adquirieron nuevo impulso las españoladas bajo el régimen de Franco. 

Aprovechando esta breve digresión sobre lo que tenemos más cerca de casa, Valls i Taberner se dedica a comparar, en el tren que lo transporta de Leningrado a Moscú, el campo ruso con el castellano: “En esta época del año y en este lugar de Rusia, el colorido de cultivos, pasturas y arboledas que cubren buena parte del terreno y la nota pintoresca de los pueblecitos que aparecen de vez en cuando, ofrecen continuamente al espectador una sensación de serenidad y optimismo, sobre todo cuando se recuerda la desolación de los parajes yermos y solitarios del altiplano peninsular”

Paisaje otoñal, del pintor 
ruso Mijaíl V. Nésterov (1906).
(© Galería Nacional Tretiakov, Moscú)







La capital del monstruo soviético sorprende a nuestro periodista por la variedad racial y su aspecto marcadamente asiático, que contrasta con el tono de Leningrado. “Así [Moscú] tiene, de algún modo, algo de lugar de peregrinación y, al mismo tiempo, cierto aire de gran feria oriental. La abigarrada variedad de tipos étnicos que integran las multitudes que transitan en silenciosa agitación las calles de esta urbe particularmente típica (curiosa mezcla de viejo poblado y ciudad moderna), le dan un aspecto muy diferente del de Leningrado y de las grandes metrópolis de los principales países de Europa”. La horrenda visión de un hombre ebrio tirado en el suelo sin que nadie se fije en él conmueve intensamente al autor, nada acostumbrado, sin duda, a las dinámicas agigantadas de las grandes ciudades contemporáneas (a fin de cuentas, comparada con la Moscú de los grandes edificios de hormigón, la Barcelona noucentista debía resultar algo más bien amable), y le hace reflexionar sobre la disolución de la individualidad que se produce en la sociedad soviética, más preocupada por la realización de planes ideológicos a gran escala que por atender a las personas descarriadas o, sencillamente, pobres, desarropadas y desgraciadas que se arrastran por las calles. 

Moscú en 1928.
(Fuente: www.rusarchives.ru - РГАКФД. Арх. № 2-54332. Фото ч/б.) 

Un acierto indiscutible de la edición de 1985 es, sin duda, la inclusión al final del artículo “Impresiones y recuerdos de San Petersburgo”, publicado por Valls i Taberner en castellano en La Vanguardia Española [3] el 5 de octubre de 1941. Aquí, el tono de la prosa cambia por completo (no estaba el ambiente para relativismos, precisamente), y lo que traza el antiguo catalanista es una visión apocalíptica del régimen soviético: “Entonces empezaron sus mayores e incesantes angustias: el terror rojo (que ha constituido el más horrible infierno); la miseria constante y en ocasiones varias el hambre más feroz; la inseguridad con respecto a la vida misma de la comunidad urbana y de toda la nación. Y dentro de esa aguda y crónica inquietud colectiva, que habrá debido de llegar al máximo en estos últimos meses y sobre todo en los actuales instantes de peligro supremo, horroriza pensar en la cantidad enorme, incalculable, de espantosas tragedias individuales y familiares que los veintitantos años de tiranía roja han constituido el imponderable suplicio de un crecidísimo número de habitantes de la gran ciudad báltica, produciendo una asfixia moral interminable y nunca igualada, junto a una cantidad de torturas y penalidades físicas incalculable y escalofriante” [4]

Imagen captada en Leningrado 
durante el largo sitio a que fue 
sometida la ciudad por las 
tropas alemanas (1941-1944).  








Y es que en 1928 Stalin no había hecho más que afilarse las uñas. Cuando el Valls franquista escribía su artículo de 1941, el dirigente soviético ya había desarrollado buena parte de su programa interior y exterior: las grandes purgas y los juicios (1933-1938), la ocupación de la Polonia oriental (1939), el ataque a Finlandia (1939) con la posterior entrega de Carelia por parte de ésta (1940) y la anexión de Lituania, Letonia, Estonia, Besarabia y el norte de Bucovina (1940). 

Lo que cuesta entender es por qué el prologuista del libro dice que el tono encendido de este artículo se debe al nuevo ambiente generalizado de la España en 1941. Interesa presentar a Valls i Taberner como un hombre comprometido con la lucha por las libertades, pero lo que convendría decir es que Valls i Taberner se había convertido en un franquista convencido y avergonzado de su pasado catalanista, y que había escrito el libro Reafirmación espiritual de España (1939). No pasa nada si lo admitimos: el valor de sus doce artículos no decae en absoluto. Y, además, no fue el único catalanista de derechas que abrazó abiertamente la causa del 39: recientemente, Borja de Riquer ha documentado en su artículo “Joan Estelrich: de representant catalanista als congressos de nacionalitats europees a delegat franquista a l’UNESCO” [5] la extraordinaria capacidad de adaptación con que Joan Estelrich fue haciendo carrera durante la postguerra española. Lo que supo hacer muy bien Valls i Taberner fue ofrecernos un excelente retrato de la URSS de 1928, señalando sus contradicciones más evidentes. 

(Traducción del catalán: Albert Lázaro-Tinaut) 


[1] Ferran Valls i Taberner: Un viatger català a la Rússia d’Stalin. Barcelona, PPU, 1985. 136 páginas. 
[2] José Ortega y Gasset: “Elogio del Murciélago”, en el cuarto tomo de El Espectador. Madrid, Espasa-Calpe, 1966, pp. 123-133. 
[3] Cabecera que mantuvo el diario barcelonés La Vanguardia, por imposición del régimen franquista, desde 1939 hasta el 16 de agosto de 1978. 
[4] El texto completo de este artículo puede leerse digitalizado en la Hemeroteca de La Vanguardia (véase aquí). 
[5] L’Avenç, núm. 368, mayo de 2011. 


Andreu Navarra Ordoño (Barcelona, 1981) obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura en 2003 y se doctoró en Filología Hispánica en 2010 con la tesis titulada “José María Salaverría, escritor y periodista (1904-1940)”. Actualmente trabaja como investigador en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona y estudia la dialéctica hispanocatalana entre 1874 y 1939. 
Ha publicado los poemarios Suicidio Súbito (Barcelona, 2006), Fiebre y ciudad (Madrid, 2009, libro objeto con fotografías de Isabel Huete) y Canciones del Bloque (Barcelona, 2010). Coordinó y prologó la antología Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa (San Juan de Puerto Rico, 2008). Es autor, además, del doble ensayo Dos Modernidades: Juan Benet y Ana María Moix (Badajoz, 2006). Publica también artículos relacionados con su campo de investigación –la relación entre escritura y poder político en la España de principios de siglo XX– en revistas filológicas y libros colectivos, y colabora periódicamente como críticio literario en las revistas virtuales Periódico de Poesía (Universidad Autónoma de México) y Babab (www.babab.com). 

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