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sábado, 26 de diciembre de 2015

Los dilemas de Moldavia después de su independencia

La frontera entre Rumanía y Moldavia en Sculeni, localidad 
dividida entre los dos países, a orillas del río Prut.
(Foto © Darren Alff / bicycletouring.pro, 2012)

El día 27 de agosto de 1991, tras la disolución de la URSS, el territorio de la República Socialista Soviética de Moldavia se independizó por segunda vez (ya había sido muy brevemente un Estado independiente, proclamado por el Soviet moldavo, entre el 15 de diciembre de 1917 y el 9 de abril de 1918, cuando fue anexionado por Rumanía). Renació así la República de Moldavia (Republica Moldova), formada por la mayor parte de la Besarabia histórica y la franja oriental de Transnistria (es decir, la integridad del territorio de la antigua república soviética). 

Transnistria, no obstante, se resistió a formar parte de la nueva república y, anticipándose a la de Moldavia, el 2 de septiembre de 1990 proclamó unilateralmente su independencia (que nunca ha sido reconocida por la comunidad internacional), lo cual dio lugar, en 1992, a un conflicto civil que duró cuatro meses y medio. La región mantiene su estatus con el nombre de República Moldava Pridnestroviana.

Moldavia, cuya capital es Chișinău (Kishiniev [Кишинёв] en ruso), es un Estado multiétnico formado por moldavos de lengua rumana (alrededor del 65 %), ucranianos (11 %), rusos (poco más del 9 %), rumanos (2,2 %), gagaúzos (unas 250.000 personas, el 3,8 % de la población) y minorías búlgaras, judías, gitanas, alemanas, serbias y turcas. Rusos y ucranianos son mayoritarios, sin embargo, en Transnistria, donde representan alrededor del 60 % de la población. 

La población de Chișinău, capital de la República de Moldavia, 
es de unos 675.000 habitantes.

Con una superficie de 33.843 km2 y una población estimada de 4.450.000 habitantes (unos 520.000 de ellos en Transnistria), Moldavia es uno de los países más pequeños de Europa y, a la vez, uno de los más pobres, con una renta per cápita de 4200 euros (la de Transnistria apenas alcanza los 1850).*

Al igual que otros países independizados de la Unión Soviética y de su órbita política (Rumanía, Bulgaria y Ucrania, entre ellos), Moldavia es un país de emigrantes económicos, cifrados en cerca de dos millones de personas y establecidos sobre todo en los países más desarrollados de la Unión Europea.

“Eh, moldovenii când s-adună…” (‘Eh, los moldavos cuando se reúnen...’), 
fiesta navideña organizada por la comunidad moldava de Burdeos (Francia).
(Fuente: Moldavie.fr)

Esta introducción intenta reflejar los aspectos principales que caracterizan a Moldavia, un país donde, contrariamente a lo que pudiera pensarse, el nivel educativo y cultural es alto.

Trece años después de su independencia, el investigador y politólogo francés Florent Parmentier publicó un largo artículo del que hemos extraído unos fragmentos. Lo que dice corresponde a la Moldavia de los años 2003 y 2004: hay que considerarlo, pues, desde la perspectiva de la primera mitad de aquella década. Recientemente se han producido cambios significativos para el país, como la firma, en junio de 2014, del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.

Albert Lázaro-Tinaut

* Compárese, por ejemplo, con la de otras repúblicas surgidas de la URSS, como Estonia (18.800 euros), Lituania (15.4oo), Letonia (15.300), Rusia (14.500), Azerbaiyán (8000) o Bielorrusia (7500).


Mapa de la actual República de Moldavia, con Transnistria 
(en color anaranjado, al este) y Gagauzia (al sur, en color rojo).


La competición cultural de la transición

Por Florent Parmentier

Moldavia es un Estado postsoviético débil cuya legitimidad ha sido puesta en entredicho tanto dentro como fuera de sus fronteras. Pese a que los objetivos que suponen la creación de un Estado de derecho y una economía de mercado están todavía muy lejos de alcanzarse, los conflictos étnico-culturales parecen pronosticar un futuro incierto para Moldavia, y su solución presenta incluso problemas a escala regional. Mientras que la mayor parte de la población es rumanófona (64,5 %), ésta está compuesta en una tercera parte por minorías: ucranianos, rusos, gagaúzos y otros.

Estandarte del Principado de Moldavia 
utilizado entre 1359 y 1848.

Este país surgió a partir del principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV e invadido en el XVI por el Imperio otomano. Su parte oriental, denominada Besarabia por el zar Alejandro I, pasó a formar parte de los dominios del Imperio ruso en 1812, antes de reunificarse con Rumanía en 1918. A consecuencia de las relaciones rumano-soviéticas en el período de entreguerras, la URSS tomó posesión del territorio moldavo tras el pacto Ribbentrop-Molotov y después de un ultimátum dado a Rumanía. La República de Moldavia fue sometida a un intercambio de territorios con Ucrania, que la privaron de su acceso al mar Negro, por el sur, y de toda su parte septentrional (la Bucovina); a cambio de todo ello, y como compensación, se le incorporó la franja de Transnistria, de mayoría eslava. Las fronteras del Estado actual son, pues, fruto de las vicisitudes de la historia regional y también de decisiones estalinistas.

La independencia, tras la descomposición del Imperio soviético y del sistema comunista, puso sobre el tapete la cuestión de la recomposición de territorios e identidades. El caso de Moldavia es ideal para el estudio del nacionalismo como recurso político, y también para valorar la importancia del factor lingüístico. En efecto, parecía probable la reunificación de Rumanía y Moldavia, y muchos dudaron de que se consolidara la independencia de esta nueva entidad política; por el contrario, las transformaciones postcomunistas demostraron la capacidad de ciertas élites políticas para movilizar las identidades como parte de la “competición cultural” de la transición, y también para mantenerse en el poder.

Entusiasmo popular en Chișinău tras la declaración de independencia 
de Moldavia, el 27 de agosto de 1991. La transición democrática, 
sin embargo, ha sido larga, compleja y muy laboriosa.
(Fuente: Moldova Photo Gallery)


Las diferencias actuales se explican por la incapacidad de gestionar una política capaz de apaciguar la crisis identitaria y la falta de una “moldavidad” motivadora para transmitir un sentimiento de pertenencia a un Estado distinta del “moldavinismo”, doctrina cuya finalidad consistía en justificar la existencia de un pueblo moldavo distinto del rumano. Los problemas étnico-culturales, heredados del antiguo régimen, son fundamentales a la hora de definir el Estado, tanto si se trata del dilema rumanos/moldavos, de la competición cultural o de Transnistria, de la misma manera que influyen en la democratización del país.

La transición democrática ha sido el escenario donde se han representado diferentes evoluciones concurrentes y ha dado lugar a una “competición cultural” en el interior del Estado. Por un lado está el redescubrimiento de una identidad rumana por parte de distintas capas de la sociedad, y la reafirmación de ese grupo cultural gracias a las leyes sobre la lengua. En este contexto, los rusófonos se sintieron afectados por una crisis de identidad, ya que hasta entonces habían sido el grupo cultural dominante. Además no podían optar a una auténtica autonomía territorial, ya que los rusos se concentraban principalmente en los núcleos urbanos y la población ucraniana era mixta, urbana y al mismo tiempo integrada en las zonas rurales del país.

La persistencia del uso del alfabeto cirílico, característica 
de los rusófonos contrarios a la rumanización de Moldavia.
(Fuente: chisinau2011.blogspot)

Hay que precisar que la mayoría de los rusos de Moldavia viven en Besarabia, lo cual permite suponer que sostienen al régimen moldavo. Por otro lado, la construcción de una cultura cívica encaminada a formar una nueva comunidad política (la moldavidad) pero compuesta por una diversidad de grupos étnico-culturales es algo que han empezado a afrontar las políticas públicas, pero que resulta difícil concretar. 

No hay que perder de vista, tampoco, la emancipación de algunos grupos que exigen una entidad autónoma, como es el caso de los gagaúzos, pero también de los búlgaros. La Unión Soviética promovió una identidad moldava artificial para que aquella república no se sintiera tentada a reunificarse con Rumanía, como había ocurrido en 1918. Por esta razón tuvieron buen cuidado de deportar a centenares de miles de rumanófonos y de hacer que se establecieran en territorio moldavo numerosos rusófonos, especialmente en las ciudades y en las regiones más industrializadas. Esa política de desplazamiento de poblaciones contribuyó a ensanchar el abismo entre las ciudades, mayoritariamente rusófonas, y las zonas rurales.

“Besarabia tierra rumana”, pintada reivindicativa de los prorrumanos moldavos.
(Foto © C. Bayou / Regard sur l’Est, 2008)

La independencia, pues, ha hecho que surgiera una competición cultural más que étnica: los rusófonos forman un grupo más amplio que los verdaderos rusos “étnicos”, mientras que los rumanófonos están divididos entre prorrumanos y promoldavos. El Estado-nación moldavo aparece, pues, como un compromiso entre esas dos élites, lo cual ha dado lugar a la creación de numerosos grupos de partidos políticos. Los partidos prorrumanos afirman que quienes se proclaman “moldavos” son, de hecho, rumanos víctimas de la sovietización, y puesto que se consideran mayoritarios reclaman que la cultura cívica del Estado sea la de Rumanía.

“¡Soy mondavo! ¡Hablo en lengua moldava”, 
pintada reivindicativa de los promoldavos.
(Fuente: Bună Ziua Iaşi, 2013)

Se trata de una categoría de ciudadanos mayormente urbana y con estudios, compuesta por intelectuales de tendencia proeuropea, pero van perdiendo fuerza electoralmente. Los partidos prorrusos, por su parte, piensan que Moldavia ya tiene una cultura cívica basada en el uso de la lengua rusa, que consideran “la lengua de comunicación interétnica”, y basan sus criterios en la rumanofobia heredada de la URSS: se trata de un hecho consumado que no vale la pena replantearse. A menudo tratan de coaligar minorías (su educación, en la escuela, fue sobre todo en ruso, pese a que el “moldavo” era la lengua cooficial), y a ellos se suman moldavos movidos por los viejos temores.

Los partidos promoldavos están formados por antiguas élites administrativas autóctonas, que dudan y se mueven entre los dos polos, al tiempo que consideran que su misión consiste en consolidar el Estado moldavo. Reivindican un papel de mediadores entre prorrumanos y prorrusos, toleran la existencia de ambas comunidades, pero niegan la existencia de los “rumanos” y sus derechos culturales.

La erradicación de las viejas élites comunistas (camufladas
en formaciones 
políticas nuevas) nunca fue tarea fácil en Moldavia.
(Fuente: Radio Free Europe / Radio Liberty, 2015)

De hecho, el “moldavinismo” se basa en una ideología unitaria: una lengua (el “moldavo”), una nación (“moldava”) y una Iglesia (la Iglesia metropolitana de Moldavia, ortodoxa). La competición cultural comporta distintas polémicas relacionadas con la identidad. Los partidos prorrusos desean que el ruso se convierta en la segunda lengua oficial del país y se introduzca una escuela “moldava”, es decir, que obvie en lo posible cualquier referencia a Rumanía. Las leyes audiovisuales (cuotas con predominio del rumano) y la aplicación del rumano en las aministraciones también son objeto de sus denuncias.

Por el contrario, los partidos prorrumanos abogan por el reconocimiento oficial de la lengua rumana, y no de la “moldava”, como lengua oficial, así como por una legislación que limite la utilización del ruso en los asuntos de Estado: téngase en cuenta que las élites económicas son mayoritariamente rusófonas. Y ya en el terreno religioso, los prorrumanos abogaron por el reconocimiento de la Iglesia de Besarabia (dependiente de Rumanía) en oposición a la Iglesia de Moldavia (dependiente de Rusia), lo cual abrió otro campo de batalla entre élites hasta la oficialización de la primera, en julio de 2002, gracias a las presiones del Consejo de Europa.

Las banderas de Moldavia y Gagauzia ondean juntas en el límite 
de esta última región autónoma, de población turcófona.
(Foto © IPN / Газета "СП", 2014)

Fruto de la independencia y de la moderación entre las diferentes comunidades, la autonomía territorial de Gagauzia fue celebrada como un precedente en la Europa postcomunista. Muy rusificados, los gagaúzos se mostraron en un primer momento hostiles a la independencia, temerosos de que el país se reunificara con Rumanía, pero finalmente se reconciliaron con el Estado aceptando un compromiso promovido por Ankara [los gagaúzos son turcófonos]. Este conflicto étnico-cultural debería servir de ejemplo a las élites, que han visto cómo la autonomía se convertía en un capital político y también en un instrumento útil en la competición cultural.

El monumento a Lenin, en el centro de Tiraspol (capital de Transnistria) 
es un ejemplo de la pervivencia del sistema soviético en aquella 
pseudorepública segregada de Moldavia.
(Foto © Andrea Anastasakis / Rear View Mirror, 2013)


Sin embargo, la perspectiva de una federación para resolver el contencioso de Transnistria ha vuelto a poner en guardia a los gagaúzos, sobre todo por lo que respecta a sus acuerdos fiscales: Transnistria continúa siendo el principal factor de desestabilización del Estado moldavo, mucho más importante que las reivindicaciones rumanas sobre las antiguas Besarabia y Bucovina, o las exigencias de Gagauzia.



(Este texto, traducido del francés por Albert Lázaro-Tinaut, está formado por dos fragmentos del artículo de F. Parmentier: “État, politique et cultures en Moldavie”, publicado originalmente en la Revue internationale et stratégique [Éditions Dalloz, París], núm. 54, 2004.)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Los arbëreshë del sur de Italia y su papel en el desarrollo de la literatura albanesa moderna

Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet en arbërëshe), 
localidad siciliana fundada a mediados del siglo XV por 
cristianos grecoalbaneses de rito bizantino procedentes del Epiro.  
(Foto: Wikipedia Commons)


 Preámbulo: etnia, minoría, nación y Estado 

El lingüista italiano Fiorenzo Toso, autor de numerosas obras de dialectología y sobre las lenguas minorizadas y minoritarias de Europa, intenta establecer la distinción, siempre resbaladiza, entre etnia y nación [1]: la palabra etnia –viene a decir, refiriéndose al ámbito europeo– entró a formar parte del léxico político sólo a finales del siglo XIX para identificar genéricamente una comunidad caracterizada por su homogeneidad lingüística, cultural, religiosa, tradicional y de memoria histórica circunscrita a un territorio en el que es mayoritaria. Esta aseveración, sin embargo, como él mismo reconoce, no es aplicable en todos los casos, como cuando nos referimos a los gitanos, los sami (lapones) o a pueblos de los Balcanes, donde grupos étnicos diversos conviven en los mismos territorios, incluso en las mismas ciudades. 

No siempre resulta sencillo establecer la distinción entre etnia y nación, aunque ambos conceptos se solapen con frecuencia. Lo más habitual es que el término nación –al menos en Europa– “se asocie a una organización político-social dotada de instituciones reconocidas, aspecto que no representa, evidentemente, un elemento constitutivo del concepto de etnia”. Por otro lado, dice Toso, “el concepto de minoría, extendido también a otros aspectos de la vida (por lo que se habla corrientemente de minorías religiosas, políticas, sexuales, etc.) es especialmente adecuado para definir la situación sociopolítica de las etnias, en el sentido de que, frente a la equivalencia nación (Estado)-mayoría, el término minoría indica perfectamente la condición que tipifica, desde un punto de vista histórico, cultural y muy particularmente jurídico el estatus de la población reconocible como etnia, la cual, de hecho, se encuentra en condiciones de inferioridad con respecto al resto de la población del Estado […]”. 

De ahí se puede inferir que, con frecuencia, haya realidades sociales que se distorsionen por intereses superiores, es decir, por la resistencia de los Estados a reconocer como naciones a comunidades presentes en sus territorios que, sin duda, lo son, temerosos de que esas naciones puedan optar por la autodeterminación. Temor que lleva incluso a la ridiculez de considerar dialectos a lenguas diferenciadas de la estatal, aunque hayan sido reconocidas como tales, sin ningún género de dudas, por la disciplina lingüística. Se trata, en todos los casos, de naciones con rasgos identificativos bien definidos y con una historia que da fe de su condición. 

Dejando al margen consideraciones que nos llevarían al terreno de la polémica –y no es esa, ahora mismo, la intención de quien esto firma–, se ha podido observar en las últimas décadas, y en algunos Estados europeos, una “relajación” de las resistencias para aceptar plenamente la existencia de algunas comunidades nacionales. Es el caso de Italia con respecto a sus minorías y, en concreto, para centrarnos en el contexto que ahora nos concierne, la de los arbëreshë, cuya lengua está tutelada por una ley del Estado italiano desde diciembre de 1999.

Mujeres arbërshë bailando la vallja [2] el martes de
Pascua de 2009 en San Basile (Shën Vasil), Calabria.

(Foto © Marzio Altimari / Wikimedia Commons)


Los arbëreshë 

¿Quiénes son los arbëreshë (que hasta hace muy pocas décadas eran designados como albaneses de Italia o ítalo-albaneses)? Ni más ni menos que una minoría nacional formada por más de 200.000 personas, dispersas por las regiones meridionales de Italia (Calabria, con 33 comunidades, y con algunas menos Sicilia, Basilicata, Apulia, Molise, los Abruzos y la Campania, regiones que habían integrado el antiguo Reino de Nápoles y, entre 1816 y 1861, el de las Dos Sicilias). 80.000 de esas personas, por lo menos, tienen actualmente el arbëreshë (gluha arbëreshe, en albanés; arberesco, comúnmente, en italiano) como primera lengua. 

Los albaneses del sur de la península Itálica y de Sicilia se establecieron en aquellas tierras desde el siglo XV, huyendo de los turcos otomanos que fueron invadiendo e islamizando progresivamente los territorios del antiguo Imperio bizantino y, en su caso particular, el noroeste de Grecia y la actual Albania. Cristianos, gran parte de los arbëreshë conservan el rito bizantino y dependen de dos eparquías [3]: la de Lungro (Ungra), para las comunidades de la Italia peninsular, y la de Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet) para las de Sicilia.

Pese a ser uno de los mayores grupos étnicos de Italia, los arbëreshë, a causa de su dispersión, no constituyen un auténtico grupo unitario nacional, al menos en el sentido al que se refiere el profesor Toso, pese a que definen su “nación” como Arbëria, topónimo en el que suelen incluir también a la Albania histórica, es decir, la nación de los Balcanes que comprende las repúblicas de Albania y Kosovo y parte del territorio de Macedonia. 

Topónimos bilingües en Calabria. 
(Foto © Barbara / The Espresso Break) 

La lengua arbëreshë (denominada también arbëresh o arbërisht) es, de hecho, un dialecto arcaico del albanés que ha ido incorporando, a lo largo de los siglos, préstamos lingüísticos tanto griegos como de los dialectos del sur de Italia [4]. Ello ha dado lugar, en las últimas décadas, a un nuevo fenómeno: el de la comunicación con los inmigrantes albaneses que, por millares, a la caída del régimen comunista huyeron de la deprimida Albania para buscar nuevas oportunidades de vida en la “rica” y próxima Italia. Algunos recordarán las abarrotadas embarcaciones que cruzaban clandestinamente de este a oeste el denominado canal de Otranto para alcanzar la costa más oriental de la península Itálica, separada del territorio albanés por apenas setenta kilómetros. 

En efecto, los recién llegados que se pusieron en contacto con los arbëreshë hablaban una lengua más o menos comprensible para éstos, pero con marcadas diferencias tanto léxicas como fonéticas, y en la mayoría de los casos acababan usando el italiano como lingua franca: hay que recordar que durante los largos años de la dictadura comunista, la mayoría de los ciudadanos de Albania que vivían en las zonas costeras del país encaraba sus antenas parabólicas al oeste para recibir las emisiones de la televisión italiana, lo cual hizo que el italiano se popularizara en Albania y facilite ahora la comunicación de quienes visitan la renovada república balcánica. 

Son numerosas las localidades que incluyen el adjetivo albanese en su topónimo, aunque todas ellas tienen su correspondiente denominación en lengua arbëreshë (escrupulosamente respetada en rótulos e inscripciones). Quien desee profundizar más en este tema puede encontrar la lista completa de esas localidades a través de este enlace, en el apartado “Comunità di lingua arbëreshë in Italia”.

Cabecera de la revista cultural Jeta Arbëreshe ('Vida Arbëreshë'), 
que se publica trimestralmente en Eianina (Purçill), provincia 
de Cosenza (Calabria).


La aportación arbëreshe a la literatura albanesa moderna 

No puede obviarse la riqueza literaria de la comunidad arbëreshë, que se inició con la obra del eclesiástico greco-bizantino Lekë Matrënga (Luca Matranga en italiano, 1567-1619), nacido en la localidad siciliana de Piana degli Albanesi, próxima a Palermo –conocida en aquel tiempo como Piana dei Greci–, quien, además de traducir y publicar en 1592 la Doctrina Cristiana (E Mbësuame e Krështerë) del jesuita español Diego de Ledesma (donde se incluye el primer poema conocido en lengua arbëreshë), dejó varios textos religiosos. Hemos de llegar, sin embargo, al siglo XVIII para encontrar otras interesantes composiciones de tema folklórico y religioso, debidas a una nutrida legión de escritores menores, y ya al siglo XIX para descubrir a una de las máximas figuras de la literatura albanesa en su conjunto, Jeronim De Rada (Girolamo De Rada en italiano, 1814-1903), sobre quien hay que detenerse. 

Jeronim de Rada representado en un sello 
emitido por el servicio postal de la República 
de Macedonia en 2003, con motivo del 
centenario de su muerte en la ciudad 
albanesa de Shkodër. 

Nacido en San Demetrio Corone (Shën Mitri), en Calabria, una de las localidades más importantes de población arbëreshë, De Rada se distinguió en un principio como folklorista, pero su nombre empezó a sonar con fuerza en todo el ámbito albanófono en 1836, cuando publicó en Nápoles un poema que se hizo inmediatamente célebre, Këngët e Milosaos (‘Cantos de Milosao’), que apareció en su primera edición con el título en italiano Poesie albanesi del XV secolo. Canti di Milosao, figlio del despota di Scutari. Su segunda obra, Serafina Topia (su título completo, en italiano, era Canti storici albanesi di Serafina Thopia, moglie del principe Nicola Ducagino), publicada también en Nápoles en 1839, fue confiscada por las autoridades borbónicas del Reino de las Dos Sicilias, que acusaron a su autor de conspirar al servicio de los intereses del Risorgimento italiano. 

Pese a la subrepticia vigilancia a que era sometido, De Rada continuó dando a conocer sus obras, y en 1848 fundó incluso el periódico político L’Albanese d’Italia, en el que publicaba también artículos en albanés; por su carácter bilingüe es considerado el primer periódico albanés del mundo (no hay que olvidar que por entonces Albania estaba sometida al Imperio otomano y el turco era la única lengua oficial del país). 

Precursor del romanticismo en el ámbito cultural albanófono, De Rada acabó convirtiéndose en uno de los pioneros de la literatura albanesa moderna, de la que sentó las primeras bases sólidas, y es, pues, una de sus figuras más destacadas y reconocidas. Y no sólo eso: también fue el precursor del primer alfabeto de la lengua albanesa, que sustituyó a la escritura árabe introducida por los turcos otomanos, la cual era ampliamente utilizada por los bejtexhi (versificadores populares) ente los siglos XVIII y XIX, aunque luego ese alfabeto se modificara hasta el establecimiento del actual (véase al respecto el artículo “Los cumpleaños de las lenguas”). 

Una de las escasísimas imágenes que se 
conservan de Zef Serembe, otra de las figuras 
clave de la literatura arbëreshë y albanesa.
 
La antigua diáspora cristiana albanesa ha supuesto un punto de apoyo esencial para el desarrollo de la literatura de la Albania moderna, en la que también han sobresalido nombres como el de otro arbëreshë calabrés, Zef (Giuseppe) Serembe (1844-1901), Naim Frashëri (1846-1900), Andon Zako Çajupi (1866-1930), Ndre Mjeda (1866-1937), Gjergj Fishta (1871-1940), Millosh Gjergj Nikolla (1911-1938) y Theofan Stilian Noli (1882-1965). [5] 

La comunidad arbëreshë goza actualmente de un auge jamás conocido anteriormente, y las manifestaciones culturales de las comunidades albanófonas del sur de Italia proliferan al amparo de asociaciones que las impulsan. No se trata en este caso de la decadencia de una cultura y una lengua, sino más bien de su expansión y de su descubrimiento en otros ámbitos gracias, en buena medida, al desarrollo de las nuevas tecnologías. 

Albert Lázaro-Tinaut



[1] Fiorenzo Toso: Lingue d’Europa. La pluralità linguistica dei Paesi europei fra passato e presente. Baldini Castoldi Dalai editore, Milán, 2006, pp. 29 ss.
[2] La
vallja es una antigua danza tradicional albanesa, acompañada de canto, que ha conservado sus viejas raíces en el seno de las comunidades arbëreshë (véase la ejecución de una de ellas en este vídeo).
[3] Circunscripciones dependientes de un obispo, equivalentes a las diócesis católicas.
[4] La lengua arbëreshë, por su parte, y a causa de la dispersión geográfica de sus hablantes, cuenta también con diversas formas dialectales.
[5] Un buen resumen de la literatura arbëreshë (en italiano) es el que presenta la web de Arbitalia. Para conocer otros detalles de la literatura albanesa conviene leer el interesante artículo de Ramón Sánchez Lizarralde: “Una mirada a la literatura albanesa”, publicado en el número 16 (enero de 2004) de Cuadernos del Ateneo de La Laguna y reproducido aquí. 

Para ampliar las imágenes, haced clic sobre ellas.