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martes, 10 de septiembre de 2019

Un cuento popular búlgaro

Sonata para dos y unicornio, pintura de la artista búlgara Albena Vatcheva.


Explica Denitza Bogomilova Atanassova (1) en el prólogo a su traducción de los Cuentos populares búlgaros (2), que “en los Balcanes siempre ha existido una disposición de las masas a abandonar la oficial cosmovisión cristiana, y por eso la huella que los bogomilos (3) dejaron en la memoria del pueblo fue tan profunda que, muchos siglos después de la extinción de su ideología, seguían existiendo y gozando de amplia difusión varios cuentos populares con elementos bogomilianos. […] En los conceptos de los bogomilos –combatir la riqueza, declararse contra las guerras y predicar la paz y la justicia social– se manifiestan elementos de racionalismo y de humanismo impropios de la Edad Media. El bogomilismo se propagó no solo en Bulgaria sino que, desde el siglo XI hasta el XIII, penetró también en otros países (Bizancio, Serbia, Bosnia) y encontró terreno abonado en la Italia septentrional y la Francia meridional donde influyó en los valdenseslos albigenses o cátaros (4)".

Asimismo, la traductora hace esta interesante puntualización: “Un texto que ha sido considerado ‘central’ en su propia cultura casi nunca puede llegar a ocupar la misma posición en la cultura de llegada, entre otras razones porque las expectativas genéricas no son las mismas en las distintas sociedades, con la casi única salvedad de los cuentos populares que formaron su estructura básica en unos tiempos tan remotos que las distinciones genéricas todavía estaban flotando en el mar común de la expresión verbal. Su validez general funcionó durante siglos hasta que las crecientes diferencias entre etnias y naciones impusieron también al cuento ciertas marcas diferenciadoras no pudiendo, a pesar de todo, hacer que la convergencia sucumba ante la divergencia”.

El ámbito de la literatura popular, fundamentada en la tradición oral, ha sido objeto de multitud de estudios que, en efecto, concluyen en cierta universalidad de los orígenes, que para los europeos se sitúan en la mitología india y del Próximo Oriente. Como señala acertadamente la citada autora, “cuando los hermanos Grimm publicaron su primer volumen de cuentos populares pertenecientes a la tradición oral alemana, los eruditos de Alemania creyeron que esos cuentos se encontraban solo en la tradición oral de aquel país. Creían que mayor parte de cuentos alemanes eran restos de la mitología indoeuropea. Unas teorías que fueron perdiendo valor cuando empezaron a publicarse colecciones de cuentos populares de otros países y cuando se descubrió que la mayoría de los cuentos de los hermanos Grimm se hallaba en versiones semejantes en otras partes de Europa”.

Presentamos a continuación uno de los cuentos traducidos del búlgaro por la Dra. Atanasova, en el que queda patente el espíritu bogomiliano al que se refiere.

Albert Lázaro-Tinaut


Tres muchachas de perfil, del artista alemán Otto Mueller (1921).


Los hijos del voivoda

Estas eran tres hermanas cuyo padre tenía un molino de agua. Las dos mayores eran guapitas, aunque no tanto, mientras que la menor brillaba por su belleza como el lucero vespertino. Vivían las tres molineras en la casa paterna, el tiempo pasaba e iba convirtiéndolas en mozas casaderas. Una noche se sentaron con sus ruecas a la puerta del molino para hilar a la luz de la luna, empezaron a hablar y, de palabra en palabra, la primera dijo:
     –Si el hijo del voivoda gustase tomarme por esposa, le hilaría una madeja de lana con la que le tejería tanto paño como para vestir a toda su tropa.
     Entonces dijo la segunda:
     –Si gustase tomarme a mí, le amasaría una hogaza tan blanca como para dar de comer a toda su tropa.
     –Si gustase el hijo del voivoda casarse conmigo –dijo entonces la menor– le daría dos hijos de cabellos de oro y dientes de plata.
     Todas las noches el hijo del voivoda pasaba junto al molino, camino del río, adonde iba a abrevar su caballo blanco. Justo cuando charlaban las tres hilanderas, cruzó por ahí, paró su caballo y las escuchó. Luego, al volver, entró en el molino a buscar al viejo molinero y le dijo:
     –Abuelo, déjame tomar por esposa a una de tus tres hijas.
     –¿A cuál quieres? –preguntó alegrado el molinero.
     –A la menor.
     –Es tuya, hijo, pero antes te preguntaré qué oficio tienes.
     –Soy el hijo del voivoda, abuelo, mi padre ya es viejo y, cuando me case, me hará comandante de toda la tropa. Seré voivoda.
     –Ah, bueno, si es así, está bien –dijo el molinero.


Por fin te encontré, pintura de Albena Vatcheva.

     Al día siguiente, que era viernes, el hijo del voivoda celebró la boda. Fue a buscar a la hija menor, se la llevó al palacio de su padre en una carroza dorada y empezaron a vivir felices. Al cabo de cierto tiempo, el viejo voivoda, que ya iba perdiendo fuerzas, cedió el puesto a su hijo, quien llegó a ser un buen voivoda. Un día se presentaron en el palacio las dos hermanas mayores y comenzaron a decir:
     –Hermana voivodisa, recógenos en tu palacio para que nos demos un poco de buena vida nosotras también. Estamos hasta la coronilla de ir todo el día cubiertas de harina, ya nos hemos hartado del molino de papá. Es mucho mejor vuestro palacio.
     –Veníos, pues –les dijo la voivodisa invitándoles a su palacio.
   La hermana mayor, que era muy envidiosa, no se podía estar tranquila ni de día ni de noche, paseaba por el palacio tramando planes de cómo echar a su hermana y casarse con el voivoda. Un día la voivodisa tuvo dos hijos, dos niños maravillosos de cabellos de oro y dientes de plata. Miraba a sus hijos con lágrimas de emoción en los ojos y no cabía en sí de gozo. El marido había salido de caza e iba a volver tarde por la noche. La hermana mayor, la envidiosa, permanecía cerca del lecho de la parturienta reventando de rabia y de pronto dijo:
     –Hermana voivodisa, mira lo cansada que estás, ¿por qué no te echas un sueño?
     –¿Y mis hijos? –preguntó la madre.
     –Yo los acunaré y los meceré hasta que se duerman.
     La madre, fatigada como estaba, cerró los ojos y se adormeció. Entonces la envidiosa agarró a los recién nacidos, salió corriendo, se adentró en lo más tupido del parque y los mató. Luego, después de enterrarlos en medio del jardín, se fue donde la perra, le quitó dos cachorrillos y los acomodó en la cuna. Mientras la voivodisa seguía dormida, se puso a mecerlos y a cantarles. Tarde por la noche volvió el voivoda y la hermana salió a su encuentro diciéndole:
     –¡Enhorabuena, que ya eres padre!


Cachorros, óleo del artista chino T. F. Lu.

     –¿Dónde están mis hijos? –gritó alegre el joven voivoda corriendo hacia la cuna, pero al ver los dos perritos, palideció de ira y ordenó:
     –¡Fuera de aquí! Echad a esos perros y expulsad del palacio a su madre, hacedle una cabaña de paja por ahí, por el río, y que de ahora en adelante cuide de mis patos.
     –Y tú, ¿cómo te apañarás sin mujer? –preguntó la envidiosa.
     –Eso es pan comido –dijo el voivoda enfadado–: me casaré contigo.
     Sus órdenes fueron cumplidas aquella misma noche.
    Al día siguiente el voivoda salió a dar un paseíto por el jardín y ¡vaya sorpresa!: allí donde la envidiosa enterró a los dos niños habían crecido dos maravillosos árboles de hojas de plata y flores de oro. El voivoda se quedó asombrado y llamó a su nueva mujer:
     –Ven a ver. ¡Ha obrado un milagro!
     Primero pasó bajo de los árboles el voivoda y estos se inclinaron para acariciarle la cabeza. Luego pasó la voivodisa y los árboles se doblaron azotándole la cara.
     –El voivoda llamó a unos carpinteros y les dijo:
     –Colocad dos camas entre el ramaje de esos árboles que esta noche la voivodisa y yo vamos a dormir ahí arriba, en medio de las flores de oro y las hojas de plata.
     Los carpinteros armaron las camas y a la noche el voivoda y su mujer se acostaron a dormir bajo el runrún de las hojas de plata.
     El voivoda se durmió enseguida porque las flores le acariciaban la cara mientras que la voivodisa estaba en ascuas y no podía pegar ojo, pues las ramas le hacían daño. Cerca de medianoche los dos árboles hablaron con voces humanas:
     –Hermano –dijo uno–, ¿puedes con el voivoda?
     –Sí, no me pesa –contestó el otro– porque es mi padre. Le encuentro más liviano que una pluma. Y tú, ¿qué tal con la voivodisa?
     –Me pasa más que una vaca en brazos y me hace crujir las ramas.
     La voivodisa los oyó, se bajó del árbol y pasó la noche entera tiritando tumbada en la hierba húmeda.
     Al día siguiente, cuando el voivoda bajó y se fue otra vez a cazar, la voivodesa agarró un hacha, cortó los árboles y los quemó hasta reducirlos a un montoncito de ceniza.


Ovejas 3, pintura de Jesús Fernández Escobar.

     La pastora de patos, que era la madre de los niños asesinados, cogió un puñado de ceniza y lo esparció por los arriates, en los que aquella misma noche brotaron tallitos de albahaca dorados y plateados. La envidiosa se dio cuenta de que la albahaca había crecido de la ceniza de los árboles y dejó entrar en el jardín a una oveja para que se comiera la albahaca. Durante la noche esta oveja parió dos corderitos de lana de plata y cuernecillos de oro. Al verlos, la envidiosa los metió deprisa en un canasto y, embreándolo, lo arrojó al río. Los corderitos flotaron a la deriva pero, por suerte, el canasto encalló justo en el salcedo que había delante de la cabaña de paja donde vivía la pastora de patos. Hambrientos como estaban, se pusieron a dar balidos lastimeros, y la mujer al oírlos se levantó y se acercó al salcedo con una vela encendida en la mano. Halló el canasto embreado, lo abrió y ¡vaya sorpresa!: se encontró con los dos corderitos de plata con cuernecillos de oro. Enseguida reconoció en ellos a sus hijitos, se los llevó a la cabaña y les dio el pecho. Tan pronto empezó a mamar el primer corderito, se convirtió en niño. Entonces la madre se alegró, dio de mamar al segundo y este también se convirtió en niño.
     Los dos chicos de cabellos de oro y dientes de plata se quedaron a vivir en la cabaña de paja, fueron creciendo, dieron los primeros pasos, empezaron a hablar. A menudo salían a jugar a la puerta de casa y todos quienes por ahí pasaban se detenían maravillados a mirarlos. Una vez pasó la voivodisa y los niños se pusieron a tirarle piedras. Pasó el voivoda y salieron corriendo a barrer el sendero por el que iba a pasar su caballo.
     El voivoda, al verlos, se quedó pasmado: ¿de dónde habrían salido esos dos muchachos de dientes de plata y cabellos de oro? Precisamente así serían los que prometió darle en su día la mujer que ahora cuidaba de sus patos. Tuvo una corazonada y salió en su busca. Ella estaba junto al río, apoyada en un largo cayado, cuidando de los patos.
     –¿Cómo es que tienes a esos niños? –inquirió el voivoda.
     –Me los trajo el río en un canasto embreado –contestó la mujer y se metió en la cabaña.
     El voivoda regresó al palacio y encontró a la voivodisa intentando atrapar al gato y darle una paliza por haber pegado unas lengüetadas a la leche.


Gato, pintura de la artista estadounidense Debbie Crawford.

     –No me pegues que le contaré al voivoda cómo mataste a sus hijos y los cambiaste por unos perritos –maulló el gato.
     Al escuchar esto, el voivoda arrebató el palo a su mujer y lo tiró por la ventana, luego se agachó. Cogió el gato en brazos y se puso a interrogarlo. El gato, como no duerme de noche, conocía toda la historia y le contó al voivoda de cabo a rabo qué fue lo que hizo la envidiosa con los niños, los árboles, la albahaca y los corderitos.
     –¿Y cómo fue que los corderitos se convirtieron en niños? –preguntó el voivoda.
     –Eso también lo vi –habló el gato–, me encontraba cazando ratones en la cabaña de la pastora de patos cuando ella sacó los corderitos del canasto. En cuanto les dio el pecho, enseguida se convirtieron en niños.
     Entonces el voivoda se llevó consigo al palacio a su primera mujer y a los niños de ambos, mientras que a la envidiosa bien que la arrojaron al mar.


Tres, ilustración de Albena Vatcheva.

Notas

1. Denitza Bogomilova Atanassova (Sofía, 1969) es licenciada en Filología Hispánica y Filología Eslava por la Universidad de su ciudad natal y doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Salamanca. Además de dedicarse a la docencia y la interpretación, desde 1997 es traductora jurada para las lenguas castellana y búlgara.
2. Cuentos populares búlgaros contados en castellano. Traducción, introducción y notas de Denitza Bogomilova Atassanova. Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, Universidad de Valladolid, 2002. Colección “Disbabelia”, núm. 4.
3. Czesław Miłosz se refiere así a los bogomilos: “Una secta maniquea de la Bulgaria de la Edad Media, que surgió en estas tierras porque Bizancio, en cuyas provincias orientales de Asia se propagaba la religión herética del profeta Mani, intentó deshacerse de los maniqueos expulsándolos hacia el sur. Los bogomilos se refugiaron en los monasterios. La tendencia de las sectas rusas a presentar el mundo material como un dominio del diablo, cuando no directamente como una creación suya, podría ser una herencia búlgara, tal y como lo es el dialecto eslavo eclesiástico” (en Abecedario. Fondo de Cultura Económica, México, 2003, pp. 67-68).
4. Sobre las influencias de los bogomilos en los cátaros, véase https://www.loscataros.com/influencias-de-bogomilos-sobre-los-cataros/.


domingo, 14 de abril de 2019

Las nuevas “griotte” y la pervivencia de la tradición oral en África

Pintura del artista keniata Patrick Kinuthia.
(Cortesía de la Banana Hill Art Gallery, Nairobi)


Por Ángela Artero

¿Cuánto tiempo ha tenido que pasar en los países al sur del Sáhara hasta que las mujeres han podido crear libremente y ser consideradas artistas? ¿Cuánto tiempo hasta que sus obras han alcanzado fama en sus lugares de origen y en otras orillas? ¿Y en qué se pueden parecer estas artistas africanas contemporáneas a las guardianas de la tradición oral o mujeres griotte?

Nuestra intención con estas líneas es compartir la felicidad de descubrir a algunas artistas africanas actuales cuya obra nos parece significativa e inspiradora. Queremos buscar a las nuevas griotte, mujeres artistas que hoy puedan ser entendidas bajo este signo.

Después de ver la excelente película Keïta !, l’héritage du griot (‘¡Keita!, la herencia del griot’, 1995) de Dani Kouyaté y de la lectura del artículo de Ángel Antonio López Ortega sobre las epopeyas en el África central (1), por la pluralidad de significados y la fuerza de su imagen, nos llamó la atención la figura del griot/griotte, complejo término que abarca en diversos países del África subsahariana una persona encargada de recordar y transmitir historias de los orígenes de las familias, clanes y pueblos a las generaciones más jóvenes. Los griots no solo tenían una forma única de narrar y un estilo relacionado con la magia de las palabras y la puesta en escena, ya que al mismo tiempo eran considerados una especie de sacerdotes con poder vinculados a los ritos de paso, la toma de decisiones y el cuidado y transmisión de las tradiciones.

Por supuesto, esta figura del griot no era absolutamente conocida en toda África, ni se daba en todos los países con las mismas características, ni las mujeres y hombres que se dedicaban a ello contaban el mismo tipo de historias. Predominaban principalmente en la zona del Congo, Guinea Ecuatorial, Gabón, Camerún, Malí, Senegal… y en cada cultura con sus peculiaridades propias. No obstante, al parecer, los griots no solo eran juglares, consejeros, artistas, o todo ello junto, la diferencia clave estribaba en que solían pertenecer a una casta inferior y se preparaban arduamente para este trabajo hasta el punto de tener que hacer un sacrificio inicial. Además, parece que antiguamente gozaban de inmunidad para ensalzar y denostar a los demás sin preocuparse por el castigo, y eran incluso mediadores ante conflictos.

Griots en un grabado del siglo XIX.
(Bibliothèque nationale de France)

Comprendemos pues el término griot/griotte como una metáfora, como un concepto que se renueva y reinventa relacionado con la importancia de la oratura y la narración de historias en algunos países del África subsahariana. ¿Cuál podría ser en la actualidad el equivalente para las artistas seleccionadas en este texto de ese sacrificio inicial y ese sentirse de una casta diferente?

Esa carencia o lacra física podríamos equipararla al exilio, a los complejos procesos identitarios que sufren millones de africanos en la diáspora, su carácter híbrido los convierte en seres transfronterizos, afropolitanos, y en el caso particular de los artistas, es fácil la comparación con los griots, pues son criaturas llamadas a contar historias ininterrumpidamente, con un amor por las palabras, los ancestros, los vínculos con los nombres que atan a las personas a un lugar, a una cultura. Así lo cuenta por ejemplo la escritora senegalesa Fatou Diome en su novela Le Ventre de l’Atlantique.

Chimamanda Ngozi Adichie.

En tiempos más antiguos, los griots y las griotte se acompañaban de instrumentos de cuerda, viento o percusión; ahora son otras “cuerdas y tambores”, son otras herramientas las empleadas para contar sus historias. De este modo, si buscamos artistas cuya labor pudiera hermanarse a la de las griotte, encontramos mujeres poderosas que hoy compilan historias, como la artista keniata Wangechi Mutu, las nigerianas Chimamanda Ngozi Adichie, Zina Saro-Wiwa y la cineasta Wanuri Kahiu; cada una, a través de diversos medios artísticos, es capaz de conmover a grandes audiencias y hace valer historias que cambian realidades.

Quizás, en el ámbito musical sea donde resulte más fácil rastrear la herencia griotte de las artistas contemporáneas. Amplio es el número de mujeres artistas de distintos países africanos que comenzaron a tener éxito por méritos propios, ya fuera componiendo, Oumou Sangaré de Malí es un buen ejemplo de ello, como empresarias y cantantes críticas contra la tradición (Miriam Makeba en Sudáfrica y M’Pongo Love en la R. D del Congo), o atreviéndose a tocar instrumentos hasta entonces vetados a las mujeres, como el caso de Stella Chiweshe en Zimbabwe o Sona Jabarteh, considerada una de las más famosas griotte contemporáneas. Esta artista, no solo aprendió a tocar la kora, un instrumento de cuerda tradicionalmente interpretado por hombres, también fundó una escuela de música en Gambia donde confluyen la música tradicional y la moderna.

Sona Jabarteh.

Por otra parte, en la música actual urbana en distintos países subsaharianos, movimientos como el koduro en Angola, que comenzó siendo eminentemente masculino, ya tiene representantes en femenino como Dama Linda o Noite e dia fusionando música electrónica con ritmos tradicionales.

Actualmente, autores como Francisco Javier González García-Memely (2) han comparado también a los cantantes de hip hop y oradores de slam poetry con los griots, por la tremenda importancia de la tradición oral en África.

Relación con el cine

En los años sesenta del siglo pasado fueron los primeros cineastas africanos, Ousmane Sembène o Souleymane Cissé, entre otros, los que recogieron la herencia de los griots cuando comenzaron a contar sus propias historias a través del cine lejos de la mirada occidental. Por primera vez, el continente africano dejaba de ser objeto visto por los ojos de los colonizadores y pasaba a ser, de la mano de sus cineastas, sujeto pensante y activo de su autorepresentación; Djibril Diop Mambéty dijo, en relación a su obra Touki Bouki (1973), que la palabra griot definía su trabajo y su visión del mundo: “La palabra griot [...] es la palabra para lo que hago y el papel que el cineasta tiene en la sociedad [...] el griot es un mensajero de la época, un visionario y el creador del futuro”.

En el campo cinematográfico actual, destacamos la labor de dos directoras cuya obra entraría en la estética afrofuturista: Frances Bodomo y la antes citada Wanuri Kahiu. La primera, directora y escritora de Ghana, en 2014 realizó el cortometraje Afronauts sobre el programa espacial de Zambia. Bodomo recupera una historia real y rinde homenaje a Nkoloso, un personaje visionario que quiso llegar al espacio desde África; el tacto en el tratamiento del tema y la visión onírica de esta directora hacen de este cortometraje un futuro clásico contemporáneo.

Fotograma de la película Afronauts, de Frances Bodomo.

Otro ejemplo de este binomio fantástico afrofuturista lo encontramos con la joven cineasta keniata Wanuri Kahiu, que en su cortometraje Pumzi nos sorprende con un film de ciencia ficción africano: es una pequeña obra maestra de corte cuidado y estética impecable en clave ecologista.


En otros ámbitos como el artístico y el literario, deslumbra la artista keniata Wangechi Mutu, también citada antes, que en su obra multidisciplinar de vídeos y collages representa un África muy lejana de los estereotipos; su obra está plagada de cyborgs y referencias afrofuturistas. Por último, inspirada también en la ciencia ficción, destaca la escritora Nnedi Okorafor, una de las pioneras de la novelística de este género en África.

Cubierta de la trilogía Binti,
de Nnedi Okorafor.

Por su parte, la artista nigeriana Zina Saro-Wiwa investiga a través de diversos soportes los paisajes emocionales entre culturas, como por ejemplo las formas tradicionales de expresar amor y duelo, y lo logra en dos de sus proyectos más conocidos: Mourning Class (2010) y Eaten by the Heart (2012).




Y seguirán contando...

¿Se identificarán estas artistas con la figura del griot/griotte? Somos conscientes de que cada una de ellas proviene de realidades heterogéneas y todas merecen estudios más sesudos y detallados: solo desde la curiosidad de un primer acercamiento al tema hemos querido presentar a algunas artistas actuales y su posible relación con la narración oral africana.

Actualmente en Dakar se llevan a cabo unos encuentros anuales en los que intelectuales de diversos ámbitos promueven “talleres de pensamiento” para reflexionar sobre y desde África. La escritora Séverine Kodjo-Grandvaux (3) nos habla de diez mujeres que están repensando África, son diez líderes femeninos en ámbitos como la politología, la filosofía, la militancia feminista o la escritura, citando a referentes culturales como Chimamanda Ngozi Adichie, Ken Bugul, Nadia Yala Kisudiri, Tanella Boni, Leonora Miano, etc. Todas ellas, junto a las que hemos citado: Zina Saro-Wiwa, Wangechi Mutu, Wanuri Kahiu y muchas otras, podrían ser las nuevas griotte. Hablamos de cineastas, escritoras, artistas, cuenteras que han tomado la determinación de “conocer su pasado, honrar el presente e imaginar un futuro” y de enfrentarse, como expone Chimamanda Ngozi Adichie en una famosa charla en TED, a la tiranía de “la historia única”. De este modo, y ahí radica el cambio, las nuevas griotte no repetirán una única historia aprendida (como aquellas que contaban las epopeyas y las genealogías antiguas, las cuales, por cierto, a las mujeres griotte no se les permitía narrar); las nuevas griotte alcanzan con sus voces lindes más amplias, ya no solo podrán ser emisoras de la tradición sino fundadoras de tradiciones nuevas.


(1) Ángel Antonio López Ortega: “Las epopeyas de África central: el Nvet, en Revista de poética medieval, Universidad de Alcalá, núm. 25 (2011), pp. 199–220. 
(2) Francisco Javier González García-Memely: “El griot no ha muerto, viva el hip hop”, en Philologica Canariensia 21 (2015), pp. 25-44.
(4) Séverine Kodjo-Grandvaux: “Dix femmes qui pensent l’Afrique et le monde”
, en Le Monde, París, 17 de noviembre de 2018.

Otras referencias bibliográficas

Adam, Tania: “Cantantes africanas que rompen moldes”, en El País, Madrid, 11 de marzo de 2014.
Domínguez, Javier: “Sona Jobarteh la mujer griot”, en Wiriko, Artes y Culturas Africanas, 14 de noviembre de 2016.
Hale, Thomas A.: “Griottes: Female Voices from West Africa”, en Research in African Literatures, vol. 25, no. 3, 1994, pp. 71–91.
Jabardo Velasco, Mercedes: “Desde el feminismo negro, una mirada al género y a la inmigración”. Universitas Miguel Hernández, Elche.
Kesteloot, Lilyan: Historia de la literatura negroafricana. El Cobre Ediciones, Barcelona, 2009.
Leal Riesco, Beatriz: “El papel del artista africano actual en la construcción del discurso utópico”, en Africaneando. Revista de actualidad y experiencias, Núm. 10, 2012.
 “La presencia de la mujer en el cine africano contemporáneo: protagonismo y representación”, en Quaderns de Cine, Universidad de Alicante, núm. 7 (2011).
 “Hacia una madurez en la utilización de la música en el cine africano: Sembene, Sissako y Sené Absa”, en Filmhistoria online, Universitat de Barcelona, vol. XX, núm. 1 (2010).
Selasi, Taiye: “Bye-bye Babar”, en The Lip, Reino Unido, 3 de marzo de 2005.  

La autora 
Ángela Artero Navarro (1978) estudió humanidades en la universidad irlandesa del Ulster y filología inglesa en Granada. Después se inició en el mundo de la enseñanza de español como lengua extranjera formándose en el centro International House de Barcelona y cursando el Master de Español como Lengua Extranjera de la universidad Antonio de Nebrija. Desde el año 2002 ha trabajado como profesora de ELE en las universidades de Kiev, Tartu y Cracovia, donde también ha sido profesora colaboradora del Instituto Cervantes. Actualmente ejerce la enseñanza en la Universidad de Almería. Se interesarsa por la trasversalidad, la literatura afroamericana y la gestión cultural.

martes, 24 de junio de 2014

La tradición popular estonia recogida en unos cuentos recién publicados en España

Una de las ilustraciones de Jaan Tammsaar para la primera edición de los Cuentos tradicionales estonios (Tallinn, 1990).


Recientemente, ha llegado a las librerías españolas una edición de los Cuentos tradicionales estonios [1], cuya edición en castellano ya había visto la luz por primera vez en Tallinn en 1990, cuando Estonia todavía formaba parte de la Unión Soviética y poco antes de que aquel gran imperio se desmoronara.  Fue una edición efímera, bellamente ilustrada por Jaan Tammsaar, uno de los artistas de más prestigio de aquel país báltico, publicada por una editorial que ya no existe: Perioodika [2].

La selección de los cuentos estuvo a cargo del profesor e hispanista Jüri Talvet, quien ha escrito una nueva introducción para esta reedición: la reproducimos ligeramente reducida. El profesor Talvet no se limita a presentar los cuentos, sino que los sitúa en el contexto sociocultural y literario de Estonia, lo cual supone una aproximación muy interesante a una realidad tan desconocida en nuestras latitudes como es la de Estonia y el espacio báltico oriental.

Albert Lázaro-Tinaut



Los cuentos tradicionales en el contexto
de la historia y la cultura de Estonia

Por Jüri Talvet

Para la presente selección escogí los cuentos a partir de algunos de los libros más conocidos y queridos entre el público estonio durante el último siglo. En su forma original, fueron publicados durante la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX: Eesti rahva ennemuistsed jutud (‘Cuentos antiguos del pueblo estonio’, 1866), de Friedrich Reinhold Kreutzwald (1803-1882); Eesti muinasjutud (‘Antiguos cuentos estonios’, 1885), de Juhan Kunder (1852-1888) y Eesti ennemuistsed jutud (‘Cuentos estonios antiguos’, 1911-1920), de Matthias Johann Eisen (1857-1934). Los tres autores fueron destacados intelectuales y escritores de la época más temprana de nuestra cultura nacional. A Kreutzwald se le considera unánimemente el fundador de la literatura estonia; el prematuramente fallecido Kunder, aparte de interesarse por las ciencias naturales y el folklore, sobresalió como autor de piezas teatrales y de poesía, mientras que a Eisen, folklorista y poeta, le atrajo sobre todo la investigación de la mitología y las creencias populares de los antiguos estonios.

Friedrich Reinhold Kreutzwald.

Esta selección incluye, además, tres cuentos del pueblo setu, que sobrevive en el sudeste de Estonia, publicados originariamente en el libro Marjakobar ja teisi setu muinasjutte (‘Racimo de frutillas y otros cuentos antiguos de los setu’, 1959), preparado por nuestros folkloristas a partir de los manuscritos conservados en el Museo Nacional de la Literatura. […]
La cultura estonia como realidad consciente no es anterior al siglo XIX. No podía serlo porque, después de una prehistoria de la que nos han llegado muy pocos datos –que a veces tendemos a idealizar–, los antiguos estonios fueron sometidos violentamente y contra su voluntad al poder de invasores foráneos, sobre todo alemanes, quienes convirtieron a lo largo del siglo XIII a nuestros antepasados al cristianismo y a la vez los relegaron a la humillante condición de siervos de la gleba a su servicio.

En este sentido, los estonios, con los lituanos (sometidos al cristianismo no antes del siglo XIV), se pueden considerar los últimos pueblos “paganos” de Europa. En los oscuros siglos anteriores nuestros antepasados adoraban a las deidades de la naturaleza, como Pikne (Pikker), dios de trueno, de cuya autoridad suprema nos habla Kreutzwald en “La trompeta de Pikker”. Sin duda, bastantes motivos de los cuentos de esta selección se remontan a la época precristiana.

Interpretación de una escena mitológica por el artista estonio Kaljo Põllu (1934-2010).

El trato y los vínculos íntimos entre los pueblos finoúgrios y baltofineses (finlandeses, estonios, sami o lapones, carelios, livonios y algunos más), que supuestamente hace miles de años llegaron a las orillas del Báltico desde las remotas regiones de los Urales (sobre todo de la cuenca del rio Ob), se reflejan ampliamente en el folklore estonio, al igual que en el Kalevipoeg, la epopeya de Kreutzwald. A veces, los hechiceros fineses y lapones son presentados como “malos”, pero no faltan cuentos en los que los sabios nórdicos dan buenos consejos a quienes necesitan ayuda, o incluso tienen piedad de sus esclavos (“Siete años en Laponia”). 

En la actualidad los estonios, con los finlandeses y los húngaros, son los únicos pueblos de origen finoúgrio que tienen estados propios. La mayoría de las otras naciones que pertenecen a esta gran familia étnico-lingüística (udmurtos, mordovos, komi, etc.) siguen residiendo cerca de la cordillera de los Urales, dentro de la Federación Rusa, en condiciones de autonomía limitadas. Es decir, han vivido en vecindad inmediata con las culturas eslavas, que han influido notablemente en ellos. En algunos cuentos de esta selección encontramos motivos que coinciden con los de los cuentos rusos, sobre todo en los que proceden de la región de los setu, fronteriza entre Estonia y Rusia (de hecho, parte del pueblo setu reside en territorio ruso desde 1940).

Mujeres setu, con su
vestimenta tradicional.
(Fuente: Ministerio de Asuntos
Exteriores de Estonia)

También es cierto que, pese a no ser de origen indoeuropeo, durante los largos siglos el pueblo estonio ha recibido fuertes influencias de otras culturas, sobre todo de los alemanes, nuestros amos y señores hasta principios del siglo XIX, cuando se abolió la esclavitud en la región báltica del imperio ruso-zarista y nuestros antepasados obtuvieron por primera vez apellidos autóctonos, es decir, su identificación como personas: por regla general, eran los amos alemanes quienes daban los nombres y apellidos a sus siervos. Con frecuencia esos nombres eran alemanes, como en el caso de los padres de Kreutzwald. Siguiendo sus caprichos, algunos amos terratenientes daban a sus siervos liberados apellidos estonios, sobre todo derivados de nombres de árboles y animales del bosque. Así, abundan en Estonia personas cuyo apellido es, por ejemplo, Kask (‘abedul’), Tamm (‘roble’), Lepp (‘aliso’), Pärn (‘tilo’), Kuusk (‘abeto’), Mänd (‘pino’) […] o bien Hunt o Unt (‘lobo’), Karu (‘oso’), Rebane (‘zorro’), Jänes (‘liebre’), Põder (‘alce’), Hirv (‘ciervo’), etc.

Se puede decir, por consiguiente, que toda la intelectualidad estonia es del origen campesino. Dejando a un lado la prehistoria mítica, los estonios no han tenido nunca una aristocracia ni una nobleza. Toda la formación de nuestra cultura consciente corre paralela a los profundos procesos de democratización en Europa y también a los avances positivistas y científicos del mundo occidental. El primer poeta estonio fue Kristian Jaak Peterson (1801-1822), muy prematuramente fallecido, uno de los primeros estudiantes de procedencia autóctona en la Universidad de Tartu. Elogiaba en sus odas, inspiradas en la antigüedad clásica e influidas por la poesía del alemán F. G. Klopstock, la belleza de la lengua estonia y de nuestra naturaleza.

Reunión en Tartu, el 26 de marzo de 1870, de algunos de los intelectuales
que impulsarían 
el “despertar nacional” estonio.
El auge del llamado Ärkamisaeg (‘despertar nacional’) coincidió con la segunda mitad del siglo XIX. Se publicaron entonces los primeros tratados sobre nuestra lengua escritos por los propios estonios. En 1838 se fundó la Sociedad Ilustrada de Estonia, entre cuyos miembros más activos se encontraba Kreutzwald. […] Esta sociedad, que reunía tanto a los primeros intelectuales estonios como a los báltico-alemanes simpatizantes con la cultura autóctona, empezó a ocuparse con toda seriedad de la lengua, la literatura y herencia cultural estonias, así como de las canciones y los cuentos tradicionales, las leyendas y la mitología.

A lo largo del siglo XIX se fue realizando la gran tarea de coleccionar, poner por escrito y archivar la abundante herencia oral del folklore del país. Destacan por su originalidad nuestras canciones populares, creaciones, en su mayoría, de las mujeres campesinas. A partir del siglo XX se han intensificado los esfuerzos por sistematizar y dotar de descripciones y comentarios científicos a nuestra rica herencia folklórica, conservada en miles de manuscritos en el Museo Nacional de la Literatura. A principios de este nuevo siglo XXI han aparecido las primeras colecciones de la cuentística tradicional y popular estonia, provistas de un minucioso y detallado armazón académico.

El Museo Nacional de la Literatura de Estonia, en Tartu.

No obstante, la función del folklore en general y de los cuentos tradicionales nunca se ha limitado meramente a nutrir el saber científico o museológico. Más bien han sido una fuente inagotable de recursos para infundir valores éticos y divulgar la sabiduría de nuestros antepasados entre los jóvenes lectores de diferentes edades. También han interesado, y no poco, estos cuentos al público adulto. Pese al gran poderío de la televisión e internet en nuestros días, los cuentos tradicionales no han perdido su función vital y social: continúan transmitiendo valores que no siempre han sido contrarrestados por los modernos medios de comunicación. Estimulan la imaginación, nos impulsan a sentir e intuir en nuestra intimidad la magia de la totalidad de la vida y del universo. […]

Si hay algo auténticamente estonio en nuestros cuentos, creo que es sobre todo su origen humilde. Los padres de Kreutzwald fueron siervos de la gleba. Él mismo, después de licenciarse como médico por la Universidad de Tartu, trabajó durante más de cuarenta años en Võru, una pequeña ciudad del sur de Estonia, donde atendía las dolencias de la gente del campo, pobre y humilde en su gran mayoría. También Kunder y Eisen estuvieron, por su origen, muy cerca del pueblo campesino simple, del campo y de la naturaleza. El habla popular, con sus giros coloquiales y su característico humor, está continuamente presente en sus narraciones.

Modesta vivienda de
campesinos 
estonios en la
primera mitad del siglo XIX.

(Fuente: Nezumi Dumousseau)
No creo que se deba idealizar la relación de los estonios con los bosques –que efectivamente, aún hoy en día, ocupan la mitad del territorio de Estonia– o las fuerzas oscuras del mal. Sin embargo, como bien se ve en los cuentos de nuestra selección, el lobo no siempre era imaginado como una fiera salvaje y cruel, sino que podía haber sido, en la creencia popular, un aliado del Creador o de esas deidades que encarnaban los supremos poderes de la naturaleza. El diablo, que sin duda ejemplificaba el vicio del poder terrenal y la avidez de la riqueza –lo cual lo convertía en un buen aliado de los amos extranjeros de nuestro país–, a veces podía ser visto incluso con cierta simpatía, sobre todo cuando revelaba la torpeza de la mente y la ingenuidad de los campesinos. Que el diablo de muchos cuentos tradicionales tenía origen popular, queda demostrado por el hecho de que uno de sus numerosos nombres, quizá el más divulgado en el folklore estonio, es Vanapagan (literalmente, “el viejo pagano”). No hay que olvidar lo mencionado anteriormente: desde el punto de vista de la historia del cristianismo, los estonios, efectivamente, fueron uno de los últimos pueblos paganos del Viejo Continente. De modo que la imagen de Vanapagan no carece de cierta autoironía.

Una de las representaciones de Vanapagan,
el diablo de la mitología estonia.

(Fuente: Ferrebeekeeper)

[1] Cuentos tradicionales estonios. Edición de Jüri Talvet. Traducción del estonio a cargo de Hella Aarelaid. Adaptación al castellano de Esther Bartolomé Pons y Albert Lázaro-Tinaut. Ilustraciones de María de Prada. Ediciones Xorki, Madrid, 2014.
[2] Esta misma selección fue publicada, por la editorial Perioodika de Tallinn, en inglés (1987), alemán (1987), ruso (1989), y también en estonio (1991).


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