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miércoles, 15 de febrero de 2017

Breves apuntes sobre Predrag Matvejević y Dritëro Agolli, ‘in memoriam’


A principios de febrero de 2017 fallecieron dos figuras representativas de las culturas balcánicas: Predrag Matvejević y Dritëro Agolli.
El intelectual yugoslavo Predrag Matvejević, nacionalizado italiano, murió en Zagreb el 2 de febrero. Había nacido en Mostar (Herzegovina, que entonces formaba parte, con Bosnia, del Reino de Yugoslavia) el 7 de octubre de 1932, de padre ruso y madre croatobosnia. En su adolescencia fue partisano titista. Estudió en las universidades de Sarajevo y Zagreb y se licenció en lengua y literatura francesas. Prosiguió sus estudios en la Sorbona de París, donde se doctoró en literatura comparada y estética con una tesis sobre el compromiso en la poesía.
A su regreso a Yugoslavia, ejerció hasta 1991 como profesor de literatura francesa, y entre 1964 y 1974 perteneció al Grupo Praxis, que publicaba una revista de humanismo marxista. Sus ideas críticas y su participación en debates políticos pusieron de manifiesto su disidencia con respecto al régimen del mariscal Tito, por lo que fue expulsado de la Liga de los Comunistas Yugoslavos.
En su libro Istočni epistolar (1992), publicado originalmente en Italia con el título Epistolario dell'altra Europa. Un panorama culturale e politico dell'Europa Centrale e Orientale. Una poetica per il dissenso di ieri e di oggi [1], pasa de la ironía a la paradoja, invitando al mariscal Tito –presdidente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia– a dimitir por el bien del país, y a otros dos dirigentes del régimen a suicidarse para evitar la guerra. Su osadía le llevó a ser acusado de alta traición a los ideales comunistas y recibió amenazas de muerte (el buzón de su casa de Zagreb apareció un día con tres balazos), por lo que tuvo que abandonar el país y exiliarse, primero a París y después a Roma, donde ejerció como profesor de eslavística en la Universidad La Sapienza.
Su obra más famosa y divulgada en toda Europa es Mediteranski brevijar (1987), donde utiliza un vocabulario propio de las capas bajas de la sociedad, la gente modesta; y su último libro, Kruh naš, publicado en 2009 [2], se refiere básicamente a la alimentación popular y tradicional. Tanto en sus libros como en sus clases insistía en la idea de derribar los muros erigidos por los nacionalistas, tanto en la literatura como en la política. Su antinacionalismo lo llevó a crear el concepto de jugoslavenstvo, el ideal yugoslavo en el que siempre creyó, “como idea románticamente generosa de convivencia de las diversidades y del derribo de las fronteras, tanto mentales como culturales, además de las físicas”. Así lo refiere Vittorio Filippi en su artículo “Addio a Predrag Matvejevic, l’ultimo jugoslavo”, publicado en East Journal el 4 de febrero de 2017.
Cuenta la escritora y economista corsa Serena Luciani que “el reino de los encuentros con Matvejević” en Roma era el café de la plaza Mazzini, donde “recibía”. Después de haberse comprometido a orientar a Serena en la redacción de su novela Terremoto a Tirana, ésta explica: “Me citó precisamente en aquel café y se empeñó en invitarme a una buena comida. Me había hecho prometer que no le encargaría el prólogo, porque estaba muy harto de las numerosas peticiones en ese sentido que recibía, pero aquel día me dijo: ‘He leído los primeros capítulos y me sentiré honrado de escribirte un prólogo, porque esta no es una novela histórica, sino una novela de la historia’. Aquel elogio inesperado fue el mejor aliciente para continuar trabajando en el libro”.


El novelista y poeta albanés Dritëro Agolli murió en Tirana el 3 de febrero. Había nacido el 13 de octubre de 1931 en la aldea de Menkulas, junto a la frontera griega, cerca de la ciudad de Korça. Licenciado en filología en la Universidad de Leningrado, la actual San Petersburgo, desde 1974 presidió la Liga Albanesa de Escritores.
Agolli quiso conservar en sus novelas el lenguaje popular de su tierra, desafiando el desprecio de los albaneses por todo lo que se refería al mundo rural (en las ciudades estaba arraigada la idea de que los campesinos eran gente astuta que se enriquecía incluso en los tiempos de crisis y de miseria). Y aunque en Leningrado había estudiado con maestros de la categoría de Vladímir Propp, se mantuvo siempre muy próximo campo albanés, del que jamás renegó, pues le inspiraba. Ello no impidió, sin embargo, que se aproximara a las modernas tendencias culturales europeas, atraído sobre todo por el formalismo ruso y el estructuralismo.
El antropólogo cultural albanés Rigels Halili afirma que Agolli escribió su novela Njeriu me top (‘El hombre con el arma’, 1975) “de un modo más bien rústico y humorístico”. Pero él nunca fue rústico en sus maneras, aunque así ha sido juzgado su estilo en Albania por su obsesión en el uso del vocabulario popular. Eso era una singularidad y una contradicción en un país comunista donde, como ya ha quedado dicho, quienes sobresalían socialmente, en particular los ciudadanos de la capital, Tirana, siempre han menospreciado a los katundar (‘pueblerinos’ o ‘paletos’).
Sentido del humor, desde luego, no le faltaba a Dritëro Agolli. Cuando Serena Luciani lo entrevistó para Il Manifesto, describió “con efectos gogolianos” muchos episodios de su vida que le contó (con los que, dice, hubiera podido construir no una, sino diez entrevistas). El escritor rememoró, entre otras cosas, su desasosiego cuando fue una vez a casa de Propp. Lo acompañaba un coterráneo suyo muy ignorante, que apenas sabía hablar ruso. Habían dejado sus botas, empapadas por la lluvia, en la entrada, y después del ridículo que hizo aquel estudiante en el examen casero que Propp se había prestado a hacerle, salieron a toda prisa olvidando las botas. Ya en la calle, el frío hizo que se dieran cuenta del descuido, y aquel desgraciado propuso volver a casa del profesor para recuperarlas; pero Dritëro se negó en redondo, “y desde entonces aquellas botas se habrán estado balanceando tristemente, colgadas en la entrada de la casa de Propp…”.
Otra anécdota recogida en su entrevista por Serena: cuando Jruschov visitó Albania después de que se reanudaran las relaciones con la Unión Soviética, interrumpidas en 1961, fue invitado a comer en la ciudad costera de Durrës. Después de muchos brindis, ebrio, el mandatario soviético se zambulló, vestido, en el mar, sin que el KGB y la Sigurimi (la policía secreta albanesa) pudieran evitarlo. Los agentes “también se echaron al agua, vestidos y con sus gorros –explicaba Agolli–, y ya puedes imaginarte aquellos gorros balanceándose en perfecta fila, mecidos por las olas, como barquitas negras”. Sin embargo, el escritor no le dijo cuánto había sufrido, como otros, cuando a causa de la rotura de relaciones tuvo que separarse de su esposa rusa y del hijo de ambos: no volvió a verlos hasta 1990. Nunca hablaba de sus aflicciones, y se tardó años en conocer fuera de sus círculos más próximos aquel dramático episodio de su vida.
Probablemente Agolli fue de los únicos que, tras la caída del régimen comunista, hicieron enmienda pública de muchas cosas silenciadas, asumiendo la responsabilidad, algo que otros, más implicados políticamente que él, jamás se prestaron a hacer. Entre las muchas personas que le rindieron tributo a su muerte y durante su funeral, algunas sin duda disimularon su complacencia sin hacerle la más mínima concesión: todos, o casi todos (excepto los que fueron a prisión u optaron por el exilio sin formular jamás ninguna crítica), permanecieron callados hasta el final, incluso después de la muerte de Enver Hoxha y la apertura política de Ramiz Alia. [3]
Por oportunismo o por miedo, para evitar problemas o por convicción, poquísimos fueron los que se atrevieron a manifestar su oposición al régimen: cualquier crítica, por pequeña que fuera, o cualquier idea divergente podían comportar pena de muerte en aquella Albania sometida a la tiranía. Sin embargo, quienes trabajaron con Agolli en la Liga de Escritores afirman que su actitud fue siempre moderada y prudente, y que jamás manifestó simpatía alguna por el régimen, aunque, por supuesto, se guardó mucho de criticarlo. El miedo y el lavado de cerebro que inculcó la rígida dictadura hizo que incluso después de la caída del comunismo, el director del Teatro de la Ópera de Tirana mantuviera conscientemente el retrato de Hoxha en su despacho con esta justificación: “No escupo en el plato del que he comido”, palabras que Agolli utilizó literalmente en su poema “Sobre la valentía y el miedo”.
Albert Lázaro-Tinaut

[1] Fue publicado en español con el título Entre asilo y exilio: epistolario oriental. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2003.
[2] Ediciones en español: Breviario mediterráneo. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos. Ediciones Destino, Barcelona, 2008. Nuestro pan de cada día. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Acantilado, Barcelona, 2013.
[3] Enver Hoxha (1908-1985) fue Primer Ministro de la República Popular de Albania desde 1944 hasta 1954 y Secretario General del Partido del Trabajo albanés desde 1941 hasta su muerte. Fue un dictador de obediencia estalinista que ejerció el poder con mano de hierro y mantuvo a Albania aislada durante muchos años, convirtiendo el país en una auténtica prisión para sus habitantes. Ramiz Alia (1925-2011), alto dirigente del Partido del Trabajo, fue presidente de Albania entre 1982 y 1992 y dio el paso decisivo para la democratización del país mediante reformas liberalizadoras que culminaron con la privatización de la economía y la convocatoria de elecciones multipartidistas en 1991.
Este texto está basado, en gran parte, en el artículo de Serena Luciani “Per Dritëro Agolli, Tullio De Mauro, Predrag Matvejevic”, publicado en Albania News el 11 de febrero de 2017.

lunes, 27 de junio de 2011

Un panorama de la literatura eslovena desde la perspectiva del año 1976

El edificio renacentista del Ayuntamiento
de Maribor, en el noreste de Eslovenia.

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

En 1976, la revista parisina Cahiers de l’Est, fundada y dirigida por la escritora rumana Sanda Stolojan (nieta de otro notable escritor, Duiliu Zamfirescu, y exiliada en Francia por razones políticas) para difundir las literaturas de la parte de Europa sometida entonces a los regímenes comunistas, publicaba el artículo cuya primera parte presentamos a continuación, firmado por el poeta y novelista francés Jean-Charles Lombard, traductor de algunas obras de la literatura eslovena a su lengua. La segunda parte aparecerá en IMPEDIMENTA próximamente.

Conviene, pues, leer este texto desde la perspectiva de aquella época, cuando Eslovenia era una de las naciones que formaban la República Federativa Socialista de Yugoslavia (a la que el autor se refiere erróneamente, al principio de su artículo, como República Federativa Popular de Yugoslavia, denominación que tuvo el Estado federal yugoslavo únicamente entre 1946 y 1963). En la traducción se han actualizado algunos datos, como las fechas de fallecimiento de autores que aún vivían cuando se publicó el artículo original. También se han escrito los nombres y los topónimos con los correspondientes signos diacríticos. En algunos casos se han añadido vínculos, en castellano o inglés, para facilitar la búsqueda de quienes deseen obtener más información.
A.L.-T.


La literatura eslovena contemporánea (I)

Por Jean-Charles Lombard
Traducción de Albert Lázaro-Tinaut


Situada en el noroeste de Yugoslavia, limitada al norte por los Alpes Julianos y las montañas Karavanke, al oeste por unos cuarenta kilómetros de costa adriática y al sur por Croacia, Eslovenia es, con Montenegro, una de las dos repúblicas más pequeñas de las seis que forman la República Socialista Popular Federativa de Yugoslavia. Zona de paso hacia la Europa central e Italia, esta región poblada por eslavos del sur estuvo siempre sometida a la influencia de los mundos latino y germánico. Esta república, que constituye uno de los grupos lingüísticos más pequeños de Europa (aproximadamente 1.600.000 eslovenos) no se ha librado de los avatares de la historia, y su literatura, que ha evolucionado en función de los regímenes políticos y de los ocupantes del país, es tan diversa como sus paisajes.

Sometida durante siglos a una poderosa presión germánica, gracias al esfuerzo permanente de sus gentes Eslovenia ha conseguido preservar su lengua y sus tradiciones, elementos esenciales de su independencia y su afirmación como entidad cultural. Aunque sin detenernos en datos históricos antiguos, conviene que conozcamos algunas particularidades para comprender mejor los distintos aspectos del fenómeno literario esloveno actual.

Eslovenia y los eslovenos en la Federación de Yugoslavia.

Los grandes movimientos que marcaron a Eslovenia durante el siglo XIX son, por una parte, el paneslavismo, y por otra, el ilirismo. Sin extendernos demasiado, diremos que el paneslavismo supuso, en la primera mitad del siglo XIX, el despertar del sentimiento nacional eslavo, y que su desarrollo en Eslovenia puede ser considerado el intento de una minoría lingüística eslava de acercarse a Rusia y hallar de este modo, en un pueblo inmenso, a unos hermanos poderosos, capaces de sostener las reivindicaciones de los más pequeños. Así pues, en el siglo XIX numerosos intelectuales eslovenos confiaron ciegamente en la madre Rusia, convencidos de que el apoyo de ésta permitiría resistir mejor la incesante presión que ejercía el Imperio austrohúngaro. [1]

Casi al mismo tiempo se desarrolló una tendencia opuesta, el ilirismo, que a diferencia del paneslavismo –que podría considerarse una doctrina de filiación consanguínea, por así decirlo–, fue más bien una doctrina basada en intereses políticos. La finalidad declarada del ilirismo consistía, en efecto, en englobar en un único espacio cultural, lingüístico y político al conjunto de los eslavos del sur, y en particular a croatas y eslovenos. Por fortuna para éstos, el movimiento fracasó, pues de tener éxito la lengua eslovena no hubiera podido sobrevivir a la presión croata, luego croatoserbia o serbocroata. [2] El gran poeta romántico France Prešeren (1800-1849), virulento adversario del ilirismo, afirmaba que si bien los eslovenos formaban parte de los pueblos eslavos, se debían a su propia lengua y a su cultura.


Monumento a France Prešeren
en Kranj, su ciudad natal, obra
de los escultores Frančišek Smerdu
y Peter Loboda (1952).

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Consciente de que el mundo acababa de sufrir una fuerte sacudida después de la primera guerra mundial, y descontenta, al igual que los demás pueblos eslavos del sur, de la opresión austrohúngara, Eslovenia se unió en 1918 al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Pese a los graves problemas nacionalistas, todavía no resueltos, que oponían a serbios y croatas, Eslovenia, ajena a esa discordia, aprovechó para reforzar su posición y afirmar su propia existencia.

Después del hundimiento de Alemania y la resistencia ejemplar de Yugoslavia ante los nazis, en 1946 se proclamó la República Socialista Popular Federativa de Yugoslavia bajo la presidencia del mariscal Tito. En 1947, Eslovenia aumentó su territorio incorporándole una parte de la Venecia Julia, y en 1954, también una parte del territorio de Trieste. Actualmente, como consecuencia de su desarrollo industrial, se ha convertido en la república más rica de la Federación, y esa riqueza le permite afirmar aún con más energía su existencia y sus particularidades.


Este breve resumen histórico, que necesitaría sin duda algunas matizaciones, debería ser suficiente para ver cómo Eslovenia, profundamente yugoslava y vinculada a la Federación, permanece ante todo eslovena. Como minoría étnica que ha conocido una historia compleja y cambiante, Eslovenia manifiesta su propio carácter sólo por su lengua y a través de ella. Su vida cultural y su literatura en particular se resienten profundamente de tal limitación, y nuestra intención es, precisamente, desentrañar esa particularidad examinando la evolución literaria eslovena desde el final de la segunda guerra mundial.


Desfile de una unidad de partisanos por las calles de Liubliana
el 9 de mayo de 1945, tras la rendición de las tropas alemanas
y las milicias nacionalistas eslovenas que ocupaban
la ciudad desde 1943.


Hay un dicho popular en Eslovenia que no debe sorprendernos: cuando dos eslovenos se encuentran son un dúo; cuando se encuentran tres, forman un trío; y cuando ya son cuatro se convierten en un coro. Esta fórmula podría aplicarse perfectamente a la literatura eslovena: dos eslovenos son dos poetas; tres poetas son una antología común; cuatro eslovenos se convierten en una tendencia firmemente defendida. Si la literatura halla en Eslovenia un terreno de elección como ese significa –conviene insistir en ello– que cuando más de un esloveno habla o escribe, más fortalecido se siente, y menos amenazado, en cuanto a su existencia. Esta actitud, propia de las lenguas calificadas a veces erróneamente de “vernáculas”, se aplica a todos los géneros de la actividad literaria: la novela, la poesía, el teatro y la crítica.

Una de las características de la poesía eslovena es sin duda su continuidad. No hay una ruptura profunda entre la poesía de antes de la guerra y la actual. Durante la guerra, la experiencia expresionista fuertemente marcada y conformada por el modelo alemán encontró nuevos ingredientes en la lucha partisana contra el invasor y enlazó las tendencias expresionistas de la década de 1920 con las preocupaciones socio-realistas y romántico-revolucionarias que aparecieron durante el período de entreguerras. Entre los poetas surgidos del expresionismo e impregnados de visiones revolucionarias destacan sobre todo Ivan Pregelj (1883-1960), Edvard Kocbek (1904 [-1981]) y Vladimir Pavčič (1913 [-1993]), que escribió bajo el seudónimo de Matej Bor. Todos estos poetas que conocieron una, cuando no las dos guerras mundiales, desempeñaron un papel importante en la literatura partisana y contribuyeron, en un período oscuro, a insuflar el coraje necesario para proseguir la lucha.


Edvard Kocbek (Sveti Jurij
ob Ščavnici
, 27.9.2004 –
Liubliana, 3.11.1981)

retratado por un famoso
artista contemporáneo
suyo, Božidar Jakac.

El más reconocido entre los escritores partisanos o, al menos, uno de los más influyentes, fue Matej Bor, que ya en 1941 dio a conocer el primer libro de poesía “resistente” de toda la Europa ocupada: Gritemos más fuerte que la tempestad. Más que un libro era un folleto que se distribuyó entre los guerrilleros, quienes lo aprendieron de memoria hasta el punto de convertirlo para el conjunto de los partisanos en el símbolo de una poesía sencilla y agitadora. Acabada la guerra, la obra de Matej Bor, que comprende numerosas piezas teatrales, novelas y una magistral traducción de Shakespeare, fue evolucionando hacia una reflexión más profunda sobre el ser humano y su destino.

Matej Bor, seudónimo
de Vladimir Pavšič
(Grgar, 14.4.1913 –
Liubliana, 29.9.1993).


Una de las características de los poetas y escritores eslovenos que vivieron la segunda guerra mundial es el estrecho apego, casi visceral, a su tierra. Un apego que aparece ampliamente en la obra de Ciril Kosmač (1910 [-1980]), cuyo lirismo adquiere con frecuencia una limpidez y una fuerza expresiva considerables. Otro poeta formado también en el expresionismo y el realismo social es Tone Seliškar (1900-1969), que se decantó pronto hacia la literatura juvenil, de la que se ha convertido en un clásico. Esta generación de poetas que ya escribían antes de la segunda guerra mundial es tan rica que resulta imposible presentarla exhaustivamente; sin embargo, hay que tenerla en cuenta, ya que supone un hito en la literatura eslovena, pues la generación siguiente fue a buscar con frecuencia sus primeros modelos en esos poetas nacidos antes de 1920.

(Continuará.)

[1] El autor debería referirse más bien al Imperio austríaco, pues el denominado Imperio austrohúngaro no se constituiría hasta 1867, es decir, en la segunda mitad del siglo. (N. del T.)

[2] Véase el artículo “¿Serbio, croata o serbocroata?” a través del enlace http://impedimentatransit.blogspot.com/search/label/lengua%20serbocroata).

Este artículo se publicó originalmente, en francés, en la revista Cahiers de l’Est, Éditions Albatros, París, Nº 5 (Printemps 1976), pp. 93-101.

Haced clic sobre las imágenes para ampliarlas.

sábado, 10 de julio de 2010

Sobre “Le Firman”, novela de Stefani Sen Senar

Vista parcial de Ohrid (Macedonia), con los muros
de la fortaleza del príncipe Samuel.

(Foto © gzdesigns.net. Projects/dfi/macedonia)
Por Albert Lázaro-Tinaut
(26 de diciembre de 2006)

Los Balcanes, en particular su parte más incógnita (entre Belgrado y Grecia), han estado presentes durante los últimos años en las páginas de la prensa y en la televisión sólo con motivo de la desintegración de Yugoslavia y de las guerras que siguieron a ésta, sobre todo las de Bosnia y Kosovo.

Las antiguas repúblicas yugoslavas, desgajadas de la federación (Montenegro ha sido la última pieza que se ha desprendido del núcleo) eran poco conocidas entre nosotros. Algo sabíamos, si acaso, de Serbia, Croacia y Eslovenia, pero casi nada de un pequeño territorio fronterizo con Bulgaria, Grecia y Albania (y ahora con el sur de Serbia, con el conflictivo y aún políticamente indefinido Kosovo) que se llama Macedonia.


La Macedonia de nuestros libros escolares era la patria de Alejandro el Grande, lejana en el tiempo y situada en las regiones septentrionales de Grecia. Recientemente, tras la ruptura de la federación de Yugoslavia, nos enteramos del contencioso entre la ex república yugoslava de Macedonia y el Estado griego tanto por la denominación del país que accedía a la independencia como por su bandera. Aún hoy, en muchos lugares, la Macedonia eslava aparece con la denominación de Antigua República Yugoslava de Macedonia (en inglés: Former Yugoslav Republic of Macedonia) o con la sigla FYROM.

Stefani Sen Senar, nacida en Francia en 1970 y residente en las proximidades de París, de padre francés y madre de origen macedonio, que estudió balcanología durante tres años en el INALCO de París, ha querido regresar a la cuna de sus orígenes maternos y sondear la convulsa y tormentosa historia de aquellas tierras y de sus habitantes, cuya identidad y cuya lengua han sido cuestionadas muchas veces. Al igual que los pueblos vecinos (a excepción de los montenegrinos), los macedonios estuvieron sometidos durante siglos al Imperio otomano y formaron parte, por consiguiente, de un enorme Estado cuyo centro neurálgico, Istanbul, la antigua Constantinopla, se encontraba entre dos concepciones de la vida y del mundo: la oriental, islamizada, y la occidental, hija de Bizancio y de religión cristiana ortodoxa.

Hasta no hace mucho tiempo, la imagen que teníamos de aquella ciudad multiétnica casi legendaria, de aquel mundo que confundíamos fácilmente con el de Las mil y una noches, del que fluían palabras exóticas como sultán, samovar, baños turcos, odalisca, harén, serrallo o caravanserrallo…, era la que nos habían dejado los pintores románticos y algunas postales antiguas. La realidad, sin embargo, era muy distinta, y de ella pueden dar fe no sólo los pueblos balcánicos que estuvieron sometidos a aquel Imperio, sino también algunas minorías como, sobre todo, los armenios, que fueron objeto de crueles persecuciones y matanzas.


Ese mundo a veces paradójico (pues tampoco fueron tan déspotas algunos sultanes otomanos modernos, al menos hasta finales del siglo XIX) aparece de repente, de forma más fantasmagórica que real, en Le Firman de Stefani Sen Senar. La acción nos lleva a un lugar apacible, maravilloso: el lago Ohrid, en el extremo fronterizo sud-occidental de Macedonia, cuyas aguas comparte con Albania, en la otra orilla. Y asomada al lago Ohrid, la ciudad del mismo nombre, de la que la autora está íntimamente enamorada. Allí, y prácticamente sólo allí, en aquel rincón casi perdido de Europa, se desarrolla la trama de la novela. Allí viven unos lejanos parientes de la muchacha que, desde Francia, ha querido intentar en pleno invierno la aventura de llegar en tren a Istanbul para buscar al asesino de sus padres. Ella, la protagonista, también es estudiante de balcanología, como la autora, con lo que descubrimos pronto cierta identificación entre ellas (y no es arriesgado afirmar que se encuentran muchos elementos autobiográficos en la obra).

El azar decide, sin embargo, que el tren quede bloqueado "un día de diciembre de 1989" por una tempestad de nieve en Skopje, la capital de Macedonia; "y fui a parar a Ohrid, donde aparentemente nada parecía atraerme salvo, tal vez, el fantasma de una lejana abuela macedonia por vía paterna". Y ahí empieza lo imprevisto, de ahí arranca la historia en la que tiene un protagonismo muy importante el misterio que se encierra en los sótanos de la vieja casa donde se hospedará. De ese misterio se desprenderá luego una alucinación en la que tendrá mucho que ver un antiguo firmán (decreto del sultán) que guardaba celosamente la familia, y que unos siniestros personajes surgidos del pozo profundo y oscuro del pasado, pero anclados en un extraño presente, quieren arrebatar.

En medio de todo ello, Sen Senar se recrea en aquel mundo soñado y ahora real ante sus ojos, en aquella Ohrid plácida y brumosa en invierno, bulliciosa y luminosa en verano, cuando se llena de veraneantes. Reproducirá sus propias sensaciones y nos ofrecerá momentos bellísimos y potentes, como cuando asiste a la curación de un cisne herido, con un ala rota, que ha sido llevado a la terraza de la casa donde vive. Y, además, como en un imaginario pesebre, sitúa y describe con gran sensibilidad psicológica a unos personajes que se convierten en prototipos de los habitantes de la Macedonia de hoy, en tránsito desde unos modos de vida aún bastante ancestrales, conservados durante el período de la Yugoslavia comunista, hacia una sociedad moderna y en pleno desarrollo, ejemplarizada por la capital del país, Skopje. Dos mundos paralelos que acaban fundiéndose (o al menos van camino de hacerlo) en la realidad de la nueva Europa. Ohrid, sin embargo, permanece en el imaginario de Stefani Sen Senar como lo que queda del paraíso perdido, como el sueño de una mujer enamorada que se resiste a abrir del todo los ojos.

Soprenden en esta novela la naturalidad con que la autora maneja el lenguaje, un lenguaje rico en matices, elegante y efectivo a la vez, y la madurez con que se enfrenta a un relato complejo, que resuelve eficazmente. Soprende (gratamente) también que un intelectual de la talla de Predrag Matvejevich haya aceptado prologar la obra para poner de manifiesto el talento con que la autora ha sabido sortear las "trampas" en que se suele caer en este tipo de novelas: la cursilería del exotismo, el folklore de bazar, el "color local" chillón… Como dice Matvejevich, Le Firman es el segundo libro de esta joven novelista. "Desde la aparición del primero, Racines barbares", afirma, "hay quien ha visto en ella a 'una Françoise Sagan de los Balcanes'. El paralelismo me parece que se debe sobre todo a su edad. La diferencia entre Bonjour Tristesse y Le Firman es de otra naturaleza. Stefani Sen Senar es, en realidad, más madura que precoz. Cuando uno se aproxima a ella, descubre más malicia que inocencia; una malicia alimentada por la inteligencia". Por su parte, el escritor serbio Vidosav Stevanovic la ha comparado con "una Marguerite Yourcenar eurobalcánica"; alguien ha descubierto en ella el influjo de Tahar Ben Jelloun… Es preferible, sin embargo, prescindir de las siempre inútiles y engañosas comparaciones y otorgarle a la autora una personalidad propia, que con seguridad marcará sus próximas obras. Sin compararla con nadie, el prestigioso poeta y narrador francés Robert Sabatier ha escrito, después de haber leído otra novela suya, Racines Barbares ('Raíces bárbaras'): "Me ha interesado el tono de este libro, por sus acentos de sinceridad y por el perfecto flujo de su estilo". Comparto plenamente esta afirmación.

Alabado por la crítica francesa y de otros países, Le Firman se ha publicado tambien en macedonio y está previsto que aparezca en edición búlgara a principios del año 2007. La edición original francesa está ilustrada con unos magníficos dibujos del artista macedonio Kolé Manev.


Stefani Sen Senar: Le Firman
Prefacio de Predrag Matvejevitch
Con 8 ilustraciones en blanco y negro de Kole Manev

Dorval Éditions, Jargeau (Francia), 2006

196 pp.
Esta novela había sido nominada en la categoría Cultura para el Grand Prix Newropeans for the European Democratisation 2006.



Esta reseña fue publicada originalmente en NewropMag el 10 de abril de 2007.


miércoles, 2 de junio de 2010

¿Serbio, croata o serbocroata?

Entrevista al prestigioso lingüista
Ranko Bugarski

Por Bojan Munjin
Feral Tribune, Split (Croacia), 6 de septiembre de 2007

Con respecto a las cuestiones lingüísticas que se plantean actualmente, estamos seguros de que no podíamos encontrar mejor interlocutor que el profesor Ranko Bugarski: su biografía profesional es realmente impresionante. Con su Obra completa en doce tomos y una gran cantidad de trabajos en los campos de la lingüística general, la lingüística aplicada y la sociolingüística publicados en diversas revistas científicas europeas, Ranko Bugarski ejerce como profesor de Filología en la Universidad de Belgrado y en una docena de prominentes universidades europeas y norteamericanas, y es miembro de asociaciones profesionales de lingüistas en todo el mundo. Sus libros Jezik od mira do rata (‘La lengua de la paz a la guerra’), Nova lica jezika (‘Los nuevos rostros de la lengua’), Jezik u kontekstu (‘La lengua en su contexto’) Žargon (‘Jerga’) han sido reeditados varias veces, pero lo que más atrae en él es que habla de los actuales dilemas lingüísticos sin exaltarse, contrariamente a lo que es habitual hoy entre los eslavos del sur cuando se enzarzan en una discusión sobre la lengua.

Usted ha participado en un encuentro científico dedicado a las cuestiones actuales de la lengua que se ha celebrado recientemente en Split, ¿verdad?

He tenido el honor y el placer de haber sido invitado al congreso anual de la Sociedad Croata de Lingüística Aplicada, que se celebró a finales de mayo en Split, de cuya organización se ocupó mi colega Jagoda Granić, del departamento de Humanidades de la Universidad de Split. Lamentablemente, fue la última vez que vi a mi estimado colega Dubravko Škiljan, un lingüista excepcional, y no tan sólo en el ámbito croata. Desde el punto de vista profesional, esta invitación ha significado mucho para mí, pero aún más porque me parece un síntoma importante de los avances que se están haciendo con respecto a la normalización de la cooperación cultural en el territorio de la ex Yugoslavia. El tema general del encuentro ha sido la relación entre la política lingüística y la realidad de la lengua, y yo hablé sobre “La política lingüística europea entre la globalización y la diversidad”, intentando responder a la pregunta sobre el modo como esta política aparece en los programas y las actividades de las instituciones europeas, y sobre cuáles son sus objetivos y las indicaciones para los miembros de la Unión y de la comunidad europea.

¿Qué resultados ha obtenido su compromiso?

He intentado conseguir un equilibrio entre las tendencias contradictorias que suelen ponerse sobre la mesa: por un lado nos encontramos ante el avance de la globalización, cuyo símbolo principal es la lengua inglesa; por otro lado, tendemos hacia la diversificación, que afecta también al inglés y que se ha descompuesto en diversas variantes nacionales. He puesto el acento en la necesidad de mantener la variedad lingüística dentro de cada país y también en la necesidad de la diversidad en el ámbito de la comunicación internacional. En relación con ello, es importante la cuestión del multilingüismo, y aunque muchos diferencian las grandes lenguas de las pequeñas, hemos de acostumbrarnos a una manera de pensar que prevea no sólo el mantenimiento, sino también el desarrollo de las diversas lenguas. Las instituciones europeas se han fijado el objetivo de conseguir que en un determinado plazo de tiempo todos los ciudadanos de Europa sean capaces de utilizar dos lenguas además de su lengua materna, lo cual significa que, en el futuro, los ciudadanos pertenecientes a las minorías nacionales conocerán cuatro lenguas. A muchos esta exigencia les parece excesiva, pero supone el único camino para superar el etnocentrismo y el “linguacentrismo”, es decir, el encierro en un ethnos, una nación y una lengua. Ese modo de ver las cosas es muy bienvenido en el ámbito ex yugoslavo, donde a causa de las recientes guerras somos menos proclives a pensar así.

¿Qué representa para usted el concepto de identidad nacional y lingüística?

Hoy en día la identidad ya no se determina de manera tradicional, sino que está estrechamente vinculada a la etnia o la lengua. Se trata de un fenómeno dinámico y estratificado que no se determina una vez para siempre en función del lugar de nacimiento.

La identidad lingüística también es un fenómeno complejo, mucho más de lo que les parece a quienes no son especialistas en la materia, porque hay muchas personas en el mundo que tienen más de una lengua materna. La gente suele creer que cuando uno es bilingüe, lo es porque es hijo de un matrimonio mixto, pero esta norma monolingüística no es más que la expresión de la ideología romántica y del nacionalismo del siglo XIX. Mi identidad lingüística personal, por ejemplo, es mucho más amplia que mi orientación nacional, y me parece que vivir con tres lenguas y dos alfabetos, al menos desarrolla la tolerancia. Es más fácil vivir con diversas lenguas que en la estrechez de una sola lengua.

Miroslav Krleža dijo una vez que croatas y serbios son dos pueblos con una lengua y un Dios compartidos. Desde su punto de vista, ¿existe la lengua serbocroata o el serbio y el croata son dos lenguas distintas?

Hay tres niveles de observación que permiten responder a esta pregunta. En el primer nivel, que sería el lingüístico-comunicacional, no hay duda de que el croata, el serbio, el bosnio y el montenegrino son una sola lengua. Las diferencias lingüísticas entre estas lenguas son poquísimas: las cuatro utilizan el noventa por ciento de un mismo léxico y desde el punto de vista fonético, morfológico y sintáctico son muy parecidas: podemos decir, pues, que hablamos la misma lengua. Este grado tan alto de similitud se refleja, por ejemplo, en el hecho de que los habitantes del territorio de la ex Yugoslavia con una educación media o baja se comunican entre sí sin dificultad alguna.

En un segundo nivel, que definiríamos como político-simbólico, la lengua serbocroata fue sepultada juntamente con Yugoslavia, de la que era expresión simbólica y el principal medio de cohesión. Dicho de otro modo, fue sepultada porque las lenguas croata, serbia y, más tarde, bosnia y montenegrina, emergieron como lenguas de los estados que nacieron de la desintegración de Yugoslavia, y funcionan como indicadores simbólicos de las nuevas soberanías.

El tercer nivel sería el socio-psicológico, y aquí es importante comprobar cómo cualquier persona normal y corriente se relaciona con la lengua que habla. Hoy en día, la mayoría de la gente os dirá que habla serbio o croata, pero también hay quienes dicen que hablan serbocroata, o viceversa (croataserbio); y cuando lo dicen, no piensan en la política. Por si puede ser útil, yo mismo considero que mi lengua materna es el serbocroata, pero no por “yugonostalgia” o por provocación política, sino porque crecí, fui a la escuela y me formé en Sarajevo, en un ambiente excepcionalmente multicultural donde la lengua había sido siempre el serbocroata, y no veo ningún motivo para cambiar la denominación de la lengua que hablo por el hecho de que hayan cambiado las circunstancias políticas.

Desde el punto de vista científico, ¿qué ha ocurrido con estas lenguas en los últimos quince años?

Es difícil decir, por ejemplo, si la lengua serbia se ha enriquecido o se ha empobrecido; en todo caso, se ha vuelto más serbia. Con la independización de los estados y de sus lenguas nacionales se ha evidenciado la necesidad de los pueblos de demostrar que cada uno tiene una lengua distinta de las demás, con el fin de justificar simbólicamente su nueva denominación nacional. El ejemplo más significativo es el que se ha visto en el caso de la lengua croata, que es la que ha llegado más lejos con la introducción de arcaísmos y neologismos; pero también es interesante el caso de la lengua bosnia, que ha tenido que diferenciarse tanto del serbio como del croata. El único recurso para lograr la diferencia ha consistido en rebuscar en la tradición oriental e introducir turquismos y arabismos; esta “islamización” parcial de la lengua, sin embargo, resulta irrelevante desde el punto de vista lingüístico. Los hechos lingüísticos reales demuestran que esta gente, a la hora de comunicarse, habla una misma lengua, y a partir de su habla es imposible dilucidar de qué nacionalidad es cada cual. Si ahora, en Sarajevo, tuviéramos ocasión de escuchar una conversación entre tres jóvenes -un croata, un serbio y un bosnio-, no tendríamos la sensación de que hablaran lenguas distintas; pero si les preguntarais qué lengua hablan, probablemente os responderían: “la nuestra” o dirían, en broma, que hablan croata, serbio y bosnio.

Por otra parte, los miembros de las élites necesitan legitimarse en clave nacional también en cuanto a la lengua, pero no porque esas lenguas sean diferentes, sino por su promoción personal como políticos. Para tener éxito, un político “serbio” de Bosnia y Hercegovina ha de hablar serbio, un “buen” bosnio ha de hablar bosnio, y un político croata ha de hablar “más croatamente” que otro de Zagreb.

¿Es por eso que usted habló hace poco de “esquizofrenia lingüística” en Bosnia y Herzegovina?

La consecuencia de esta situación es que hay mucha gente que empieza a temer a su propia lengua y a sentirse insegura cuando se comunica públicamente: temen utilizar palabras “equivocadas”. Eso no es una situación sana. Cuando se obliga por decreto a la población que utiliza habitualmente la forma ijekava, como es el caso de los serbios de Bosnia y Herzegovina, a usar la forma ekava y a escribir con caracteres cirílicos, se provoca una situación de deterioro para el desarrollo normal de esa lengua y peligrosa para el desarrollo político de ese Estado. Dicho en términos lingüísticos: mezclar las variedades de una misma lengua en el habla desestabiliza la lengua como sistema.

¿Qué se puede decir de la propuesta de una lengua distinta llamada montenegrino?

Quienes sostienen que el montenegrino es una lengua aparte tienen un espacio muy exiguo para la “diferencia”, de modo que han tenido que dar un gran paso atrás en la historia para introducir, mediante una especie de “folklorización”, los antiguos dialectos y características regionales. Han propuesto que algunas formas morfológicas, casos y arcaísmos se introduzcan en la lengua estándar y, concretamente, han intentado introducir en la lengua fonemas completamente nuevos, como por ejemplo el fonema específico ž (žjenica en lugar de zjenica [‘pupila’]), o bien šj (šjekira en lugar de sjekira [‘hacha’]) y dz (jedzero en lugar de jezero [‘lago’]). Esta es una dirección totalmente equivocada desde el punto de vista lingüístico y no merece especial atención, ya que se trata de dialectalismos o de la simple pronunciación dialectal de algunas palabras. Este dz (en el habla coloquial de Voivodina se encuentra, por ejemplo, en la expresión popular dzevdzek – šaljivčina [‘bufón’]) se puede oír, pero no se escribe. Si Montenegro quiere tener una lengua moderna estandarizada, no tiene sentido regresar al pasado y al folklore. Y para cerrar esta discusión, conviene precisar que el nombre de una lengua es una cosa y su sustancia lingüística, otra completamente diferente.

¿Qué significa que la lengua serbia se ha vuelto “más serbia” que antes?

La lengua serbia no ha sufrido tantos intentos de diferenciación de las otras, o al menos no tantos como habría podido esperarse, ya que está vinculada a la creencia política de que los serbios supusieron una especie de pilar histórico del reagrupamiento yugoslavo; la diferenciación ha afectado sobre todo al alfabeto. Mientras que la Constitución serbia de 1990 aún permitía el uso oficial del alfabeto latino, la nueva Constitución de 2006 dice, en su artículo 10: “En la República de Serbia se utilizan oficialmente la lengua serbia y el alfabeto cirílico. El uso oficial de otras lenguas y escrituras se regula según la ley…”. Con respecto a esta ley, todavía tendremos que esperar un poco, como si tuviéramos no sé cuántas “otras lenguas y escrituras”. No obstante, yo mismo he visto la otra versión de la Constitución, que incluía como oficial también la escritura latina, así que creo que esa visión resultante de la lengua es fruto de un acuerdo con los partidos políticos conservadores que quieren marcar la exclusividad de Serbia como Estado independiente. Y eso abre puertas a la manipulación política, a decir que los serbios han escrito “desde siempre” en cirílico, que el alfabeto latino fue introducido más tarde y desde fuera por razones políticas, cuando se trataba de integrar a Serbia en Yugoslavia y en Europa… Sea como fuere, hoy podemos encontrar por las calles de Belgrado a literatos de segunda que van con una libretita bajo el brazo apuntando los letreros de las tiendas escritos con caracteres latinos para demostrar que la lengua serbia y el cirílico están amenazados.

¿Le parece útil hoy el esfuerzo para exclusivizar el cirílico en Serbia?

Los defensores de la idea de la exclusividad del cirílico dicen que “en ningún lugar del mundo existe ningún pueblo que escriba con dos alfabetos”, o bien proclaman: “mirad a los griegos, nuestro fraternal pueblo ortodoxo: escriben en su propio alfabeto y no necesitan nada más”. Olvidan, sin embargo, que escribir en dos alfabetos significa riqueza, y no decadencia. El peligro que esto origina actualmente en Serbia es que a quienes utilizan el alfabeto latino se les considere “malos serbios” o, incluso, traidores nacionales, algo que nos conduce nuevamente a la situación de los años noventa, cuando se institucionalizó la separación entre patriotas y traidores. Al fin y al cabo, ni el alfabeto latino es de origen croata, ni el cirílico es auténticamente serbio: observemos que en los tiempos del glagolítico el cirílico se utilizaba en las islas de Dalmacia y el alfabeto latino se usaba en Serbia mucho antes de que se produjeran las divisiones recientes.

¿Cuál es el problema más importante de las lenguas (nacionales) en el territorio de la ex Yugoslavia?

Se dan dos hechos de dimensión catastrófica cuando se trata de la lengua, y no sólo en Serbia; no obstante, ningún debate actual los menciona. El primero es que, por lo que respecta a Serbia, entre un tercio y la mitad de la población es funcionalmente analfabeta. Eso significa que una gran parte de la población adulta está en condiciones de firmar con su nombre, distinguir las letras y leer los titulares más sencillos de los diarios, pero tiene serias dificultades para entender textos un poco más largos, y ya no hablemos, claro está, de su capacidad para redactar cualquier tipo de texto. El segundo de estos hechos es que el nivel de cultura lingüística es inadmisiblemente bajo, y no me refiero únicamente al uso de la lengua oral y escrita, sino también a la capacidad de escuchar a los demás y de reconocer las variedades lingüísticas en la propia lengua. Una persona culta no puede ser aquella que utiliza con facilidad la lengua estándar mientras que desprecia la jerga y los dialectos. A partir de la posición que se adopta sobre la lengua y sobre las lenguas se ve muy bien qué se piensa en general de los demás; está profundamente vinculada a la cuestión de la tolerancia entre las personas.

Da la impresión de que en Serbia el espacio público se haya llenado de los discursos de los políticos, plagados de lugares comunes, que se comunican entre sí con excesos verbales y de forma agresiva. ¿Qué opina?

Sí, tiene razón, y por eso pienso que no importa demasiado en la actuación pública si se conocen las reglas de correcta acentuación de las palabras, sino que lo que verdaderamente importa es el tono de la comunicación. El lenguaje agresivo de políticos (de algunos partidos) así como el lenguaje de los medios de comunicación son la expresión lingüística de la atmósfera política que reina en la sociedad, y no hacen más que contaminar tanto la lengua como las relaciones políticas. En este sentido son característicos los excesos verbales, que han estado siempre presentes en el “folklore” de los eslavos del sur; la novedad es que se han introducido en el vocabulario político y llegan a millones de telespectadores. Lamentablemente, no podemos esperar mejoras en el “saber estar” de la comunicación lingüística mientras no cambien las relaciones políticas, aunque éstas sean impuestas desde el exterior mediante la implantación de los estándares de comunicación europeos.

Su último libro se titula Jerga. En la comunicación de hoy, ¿qué relación hay entre la lengua estándar y la jerga?

Ante todo hemos de ponernos de acuerdo sobre el concepto de jerga que, obviamente, no es sólo la lengua de la calle. En el libro he intentado estratificar este concepto en tres sentidos: la jerga de los jóvenes (que, a grandes rasgos, para mí es el slang), la jerga subcultural de los estratos sociales más pobres y de los grupos criminales (a la que corresponde la expresión francesa argot) y la jerga profesional, a la que pertenece el lenguaje de los mecánicos, los juristas, los médicos, los políticos, etc.

Podríamos decir que la jerga profesional perjudica a la lengua estándar porque carece de imaginación, suele ser repetitiva y está llena de lugares comunes, sobre todo en el caso de los políticos. Los dos primeros grupos, en cambio, son vivos, creativos, ingeniosos y actuales. Muchas formas jergales se introducen en la lengua literaria estándar a través de la terminología urbana y subcultural, salvándose del olvido, ya que son de naturaleza efímera. […]

Hemos empezado esta conversación con la globalización, y me gustaría que la termináramos con lo que usted piensa de las palabras ajenas (extranjeras) en la lengua.

No me gusta la palabra ajeno, porque tiene una connotación negativa respecto a los demás; me gusta más hablar de préstamos (léxicos) o de “prestados”, como se diría en la lengua estándar croata. Desde que el mundo es mundo, los pueblos se han prestado recíprocamente las palabras, excepto en el caso de los antiguos griegos, que no tenían a nadie de quien tomarlas. Hoy en día no se puede vivir sin palabras de origen extranjero, pero de uso local. Además de centenares de palabras de las que ningún pueblo del espacio yugoslavo ni siquiera es consciente de que son turquismos, por ejemplo, el punto de mira es actualmente la lengua inglesa, de la que se toman muchas expresiones. No hay duda de que el inglés es hoy por hoy la lengua más difundida del mundo y de que influye sobre muchas otras lenguas; pero conviene decir, de paso, que el inglés “devuelve” ahora muchos préstamos de otras lenguas que ha ido incorporando durante siglos. No podemos evitar la anglización, pero tampoco hay necesidad de hacerlo; lo que sí que hemos de hacer es utilizar los anglicismos de forma adecuada. Si vamos por la calle en Zagreb o Belgrado y preguntamos a una persona normal y corriente qué es el gay pride, no nos entenderá y no podrá respondernos, aunque esta expresión inglesa identifique un desfile de personas que tienen una determinada orientación sexual y aparezca con frecuencia en los medios de comunicación, porque a los periodistas les da pereza averiguar qué significa cualquier palabra inglesa. Este tipo de ignorancia sobre el uso de los anglicismos es lo que ahoga el espacio público de comunicación, y no el hecho de que existan anglicismos. Por consiguiente, está bien que se utilicen palabras extranjeras, pero con mesura y conocimiento de causa.

Título original: “Svaki je naški 90 posto vaški”
(http://nwbih.com/news.cgi?ref1=1222)

Traducción de Marija Djurdjevich y Albert Lázaro-Tinaut

Traducción publicada originalmente en el foro de la Casa de l’Est el 28 de septiembre de 2007
(http://www.casadelest.org/foro/topic.asp?TOPIC_ID=986).