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sábado, 21 de noviembre de 2015

Política y religión en Albania

La ciudad de Berat es un buen ejemplo de convivencia
pacífica 
entre religiones en Albania.
(Fuente: FrontiereNews, 2014)


Albania, que hasta hace relativamente pocos años era un país casi inexistente en el imaginario de los europeos y que vivió un largo período de dictadura tiránica (el de la República Popular, entre los años 1946 y 1992), intenta levantar cabeza después de haberse liberado de aquellos déspotas; muchos de ellos, sin embargo, se han “reconvertido” ideológicamente por conveniencia (como en otros países del “socialismo real”), pero continúan ejerciendo el despotismo, agravado por la posibilidad de manejar intereses incluso más infames que los anteriores, ya que permanecen ocultos bajo una sospechosa capa de barniz pseudodemocrático.

Enver Hoxha, líder comunista y primer ministro 
de Albania desde 1946 hasta su muerte, en 1985.

Así, las ambiciones de parte de la población, deseosa de aproximarse a una Europa más moderna y avanzada, se han visto truncadas una y otra vez, y una de las razones de esta situación ha sido la utilización interesada de las religiones. 

La situación, no obstante y pese a todo, ha ido evolucionando con gran rapidez, y las nuevas generaciones (sobre todo las que no vivieron los años tenebrosos de la dictadura), que manejan con soltura las nuevas tecnologías, son ahora la punta de lanza de una modernización que avanza imparablemente y ha conseguido que en poco tiempo cambiara incluso la fisonomía de las ciudades.

Para quienes no conozcan de cerca la realidad albanesa, conviene decir que aquel pequeño país es un buen ejemplo de convivencia religiosa. Entre las creencias predomina la islámica, aunque está muy presente la católica, sobre todo en las regiones del norte, y la ortodoxa griega en las del sur. Al margen de las esferas de poder, raros son los radicalismos y la violencia por razones religiosas (aunque el extremismo islámico ha empezado a extender hacia allí sus tentáculos y no han faltado los intentos de “evangelización” por parte del Vaticano). Cada grupo religioso vive sin manifestar estruendosamente su creencia y es respetuoso con las de los otros, y si algo apenas se practica entre los albaneses (muchos de los cuales son ateos) es el proselitismo.

Gjergj Meta.

El artículo que se presenta a continuación (ligeramente reducido y adaptado) está firmado por el sacerdote católico albanés Gjergj Meta. Pese a que se publicó hace dos años, y desde entonces han cambiado algunas cosas, creemos que vale la pena divulgarlo para que los lectores tengan una idea más precisa de la realidad en que vive el país vista desde dentro, al menos de cara a una Europa llena de contradicciones y en crisis, pero que para una gran parte del pueblo albanés representa la oportunidad de acabar de salir del agujero negro en el que ha ha estado sumido durante décadas. Nos daremos cuenta, una vez más, de cómo el poder político se preocupa por sus intereses de “casta” (por emplear un término que se ha puesto de moda) y frena a veces los anhelos de una sociedad ansiosa de un futuro mejor.

Albert Lázaro-Tinaut




La Europa “cristiana” y la Albania “musulmana”

Por Gjergj Meta

Por razones mezquinas, se ha estado difundiendo en Albania la idea de que la candidatura a la Unión Europea no era tenida en cuenta a causa de la presencia de musulmanes en el país. Se trata de una demagogia diabólica. En realidad, esa idea ha sido divulgada por algún político, pero yo la percibo a menudo más allá de los discursos públicos, es decir, en círculos sociales más reducidos.

Antes de entrar en el análisis de este fenómeno, quisiera aclarar que, a mi entender, hay dos las razones por las que aún no hemos conseguido el estatus de país candidato [1]. En primer lugar encontramos los atavismos comunistas que todavía persisten en la mentalidad de muchos albaneses, próximos o no al gobierno. En segundo lugar, hay que culpar de forma absoluta y sin paliativos a las instituciones políticas albanesas, donde la oposición de ayer boicoteaba al gobierno, y cuando éste pasaba a la oposición hacía otro tanto.

El actual Primer Ministro de Albania, Edi Rama, dirigiéndose 
al parlamento tras su investidura, en septiembre de 2013.
(Fuente: Albania News)


En este sentido, sin embargo, será tarea de la historia y no mía establecer los méritos o la ignominia de cada cual. Por lo que se refiere al factor religioso entendido como determinante para la cuestión de la adhesión de Albania a la UE, sostengo que se trata de demagogia no sólo mediocre, sino peligrosa, en el sentido de que puede generar conflictos.

Por lo general, quienes difunden esas ideas no tienen nada que ver con la religión ni con la distinción entre cristianos y musulmanes, puesto que continúan viendo las creencias religiosas desde el prisma de la ideología marxista, o bien utilizan la vara de medir del pragmatismo (para optar a algún cargo en la Administración), como si una religión determinase la posibilidad de adhesión a la UE.

Representantes de las cuatro principales religiones que conviven 
en Albania: islam, catolicismo, ortodoxia griega y sufismo bektashi.
(Fuente: Community of Sant’Egidio, 2015)


En lo que concierne a Europa, la historia de los conflictos religiosos es larga. En nuestro continente, el antisemitismo hizo estragos: ¿no fue acaso ese un conflicto de tipo religioso? No había ninguna necesidad de que los “moros” aparecieran en las costas de Gibraltar para guerrear contra los cristianos, ya que nosotros mismos, como cristianos, ya hemos demostrado sobradamente nuestra capacidad enfrentarnos y matarnos por el hecho de ser protestantes o católicos.

¿Acaso esta misma historia no se repite todavía en Irlanda? ¿No es una verdad histórica que a los católicos, en Inglaterra, se les prohibió ejercer como tales y fueron despreciados durante trecientos años por sus hermanos cristianos anglicanos? ¿No somos conscientes de que ahora mismo, en Grecia, los católicos no gozan de los mismos derechos que los ortodoxos?  Nosotros mismos, en Albania, intentamos siempre eludir los problemas y los conflictos achacándolos a los otros.

La matanza de San Bartolomé, pintura de Martin Dubois que representa 
el asesinato en masa de calvinistas franceses (hugonotes) en 1572, 
durante las guerras de religión en Europa.

No son los musulmanes quienes dificultan la adhesión de Albania a la UE. Si los musulmanes tienen sus problemas, como los tienen los cristianos, es una cuestión que resolverán ellos, seguramente con no pocos sacrificios, como ocurre en otros muchos países de mayoría musulmana, en el Oriente Medio y en África, donde unas minorías integristas y fundamentalistas controlan y dirigen la vida de los pueblos.

Olvidamos con frecuencia que en Albania no existe, en el fondo, la voluntad de aceptar la tradición europea, en la que las diversidades se aúnan para conseguir objetivos comunes. Nosotros todavía no somos capaces de pensar (y ni siquiera de aceptar) que la Europa actual nació gracias a un apretón de manos entre dos pueblos enemigos, Francia y Alemania, al final de la segunda guerra mundial. En el momento más impensable, se consiguió crear esa Europa a la que ahora aspiramos.

No tenemos esa voluntad porque entonces gobierno y oposición se verían obligados a estrecharse las manos y ello significaría, en Albania, un acercamiento entre adversarios políticos; y quienes manejan los medios de comunicación y la cultura deberían someterse a debates más civilizados en la televisión, por ejemplo. En nosotros pervive aún la mentalidad comunista, todavía mantenemos el pensamiento hegemónico e integrista. Pensamos que “no debe existir el ‘diferente’”, o bien que “la integración de Albania debe llevar grabado mi nombre pero no, además, el de mi adversario”. ¡Cuántas veces, en los últimos años, lo hemos echado todo a perder, hemos optado por el boicot porque no queremos que nadie más se haga merecedor de ningún mérito, porque no queremos compartir los méritos con nadie!

Manifestantes en la capital albanesa durante la campaña 
electoral de la primavera de 2013.
(© AFP / G. Shkullaku)


Si entre nuestros políticos no existe la cultura del acercamiento, ¿por qué hemos de culpar de todo a los musulmanes? Eso significa lavarse las manos y sacudirse de encima los problemas y las responsabilidades. Significa convertir una vez más la religión en un problema y volver a la mentalidad de 1967 [2], aunque se camufle de modernidad laicista.

Europa requiere estándares que no choquen con la ley, voluntad en la lucha contra la corrupción y un sistema educativo en perfecta sintonía con los principios sobre los que se creó la UE, que no pide el certificado de bautismo ni se preocupa de que uno haya sido circuncidado o no. Exige, en cambio, que se trabaje bien y con empeño para alcanzar objetivos comunes, sin establecer diferencias entre unos y otros. Atribuir connotaciones religiosas a la fallida adhesión de Albania a Europa significa alejarse de los problemas reales para ir a buscar otros donde no existen.

Las banderas de Albania y la Unión Europea 
ondeando juntas en el centro de Tirana.
(Fuente: S&D, 2015)


Esto significa que no se llega siquiera a ciertos niveles de la cultura medieval, cuando el cristianismo descubrió la filosofía pagana y cuando se dio de bruces con el islam, o cuando Francisco de Asís, por ejemplo, se entrevistó con el sultán egipcio, y Avicena y Averroes, eruditos musulmanes de Persia, nos devolvieron a Aristóteles, que había sido olvidado durante siglos.

*
                                                                      
[1] De hecho, en junio de 2014, medio año después de que se publicara este artículo, la UE otorgó a Albania ese estatus.
[2] Año en que el dirigente comunista Enver Hoxha proclamó oficialmente que Albania se convertía en el primer Estado ateo del mundo. Ello supuso el cierre o la destrucción masiva de mezquitas e iglesias y el inicio de una cruel persecución de cualquier persona relacionada con alguna religión o creyente de cualquier fe que no fuera el comunismo estalinista.


(Este artículo se publicó originalmente en albanés con el título «Europa e ‘krishterë’ dhe Shqipëria ‘myslimane’» [“La Europa ‘cristiana’ y la Albania ‘musulmana’”] en Peregrinus.al el 27 de diciembre de 2013. Ha sido traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión italiana de Daniela Vathi.)

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miércoles, 15 de febrero de 2012

Los arbëreshë del sur de Italia y su papel en el desarrollo de la literatura albanesa moderna

Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet en arbërëshe), 
localidad siciliana fundada a mediados del siglo XV por 
cristianos grecoalbaneses de rito bizantino procedentes del Epiro.  
(Foto: Wikipedia Commons)


 Preámbulo: etnia, minoría, nación y Estado 

El lingüista italiano Fiorenzo Toso, autor de numerosas obras de dialectología y sobre las lenguas minorizadas y minoritarias de Europa, intenta establecer la distinción, siempre resbaladiza, entre etnia y nación [1]: la palabra etnia –viene a decir, refiriéndose al ámbito europeo– entró a formar parte del léxico político sólo a finales del siglo XIX para identificar genéricamente una comunidad caracterizada por su homogeneidad lingüística, cultural, religiosa, tradicional y de memoria histórica circunscrita a un territorio en el que es mayoritaria. Esta aseveración, sin embargo, como él mismo reconoce, no es aplicable en todos los casos, como cuando nos referimos a los gitanos, los sami (lapones) o a pueblos de los Balcanes, donde grupos étnicos diversos conviven en los mismos territorios, incluso en las mismas ciudades. 

No siempre resulta sencillo establecer la distinción entre etnia y nación, aunque ambos conceptos se solapen con frecuencia. Lo más habitual es que el término nación –al menos en Europa– “se asocie a una organización político-social dotada de instituciones reconocidas, aspecto que no representa, evidentemente, un elemento constitutivo del concepto de etnia”. Por otro lado, dice Toso, “el concepto de minoría, extendido también a otros aspectos de la vida (por lo que se habla corrientemente de minorías religiosas, políticas, sexuales, etc.) es especialmente adecuado para definir la situación sociopolítica de las etnias, en el sentido de que, frente a la equivalencia nación (Estado)-mayoría, el término minoría indica perfectamente la condición que tipifica, desde un punto de vista histórico, cultural y muy particularmente jurídico el estatus de la población reconocible como etnia, la cual, de hecho, se encuentra en condiciones de inferioridad con respecto al resto de la población del Estado […]”. 

De ahí se puede inferir que, con frecuencia, haya realidades sociales que se distorsionen por intereses superiores, es decir, por la resistencia de los Estados a reconocer como naciones a comunidades presentes en sus territorios que, sin duda, lo son, temerosos de que esas naciones puedan optar por la autodeterminación. Temor que lleva incluso a la ridiculez de considerar dialectos a lenguas diferenciadas de la estatal, aunque hayan sido reconocidas como tales, sin ningún género de dudas, por la disciplina lingüística. Se trata, en todos los casos, de naciones con rasgos identificativos bien definidos y con una historia que da fe de su condición. 

Dejando al margen consideraciones que nos llevarían al terreno de la polémica –y no es esa, ahora mismo, la intención de quien esto firma–, se ha podido observar en las últimas décadas, y en algunos Estados europeos, una “relajación” de las resistencias para aceptar plenamente la existencia de algunas comunidades nacionales. Es el caso de Italia con respecto a sus minorías y, en concreto, para centrarnos en el contexto que ahora nos concierne, la de los arbëreshë, cuya lengua está tutelada por una ley del Estado italiano desde diciembre de 1999.

Mujeres arbërshë bailando la vallja [2] el martes de
Pascua de 2009 en San Basile (Shën Vasil), Calabria.

(Foto © Marzio Altimari / Wikimedia Commons)


Los arbëreshë 

¿Quiénes son los arbëreshë (que hasta hace muy pocas décadas eran designados como albaneses de Italia o ítalo-albaneses)? Ni más ni menos que una minoría nacional formada por más de 200.000 personas, dispersas por las regiones meridionales de Italia (Calabria, con 33 comunidades, y con algunas menos Sicilia, Basilicata, Apulia, Molise, los Abruzos y la Campania, regiones que habían integrado el antiguo Reino de Nápoles y, entre 1816 y 1861, el de las Dos Sicilias). 80.000 de esas personas, por lo menos, tienen actualmente el arbëreshë (gluha arbëreshe, en albanés; arberesco, comúnmente, en italiano) como primera lengua. 

Los albaneses del sur de la península Itálica y de Sicilia se establecieron en aquellas tierras desde el siglo XV, huyendo de los turcos otomanos que fueron invadiendo e islamizando progresivamente los territorios del antiguo Imperio bizantino y, en su caso particular, el noroeste de Grecia y la actual Albania. Cristianos, gran parte de los arbëreshë conservan el rito bizantino y dependen de dos eparquías [3]: la de Lungro (Ungra), para las comunidades de la Italia peninsular, y la de Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet) para las de Sicilia.

Pese a ser uno de los mayores grupos étnicos de Italia, los arbëreshë, a causa de su dispersión, no constituyen un auténtico grupo unitario nacional, al menos en el sentido al que se refiere el profesor Toso, pese a que definen su “nación” como Arbëria, topónimo en el que suelen incluir también a la Albania histórica, es decir, la nación de los Balcanes que comprende las repúblicas de Albania y Kosovo y parte del territorio de Macedonia. 

Topónimos bilingües en Calabria. 
(Foto © Barbara / The Espresso Break) 

La lengua arbëreshë (denominada también arbëresh o arbërisht) es, de hecho, un dialecto arcaico del albanés que ha ido incorporando, a lo largo de los siglos, préstamos lingüísticos tanto griegos como de los dialectos del sur de Italia [4]. Ello ha dado lugar, en las últimas décadas, a un nuevo fenómeno: el de la comunicación con los inmigrantes albaneses que, por millares, a la caída del régimen comunista huyeron de la deprimida Albania para buscar nuevas oportunidades de vida en la “rica” y próxima Italia. Algunos recordarán las abarrotadas embarcaciones que cruzaban clandestinamente de este a oeste el denominado canal de Otranto para alcanzar la costa más oriental de la península Itálica, separada del territorio albanés por apenas setenta kilómetros. 

En efecto, los recién llegados que se pusieron en contacto con los arbëreshë hablaban una lengua más o menos comprensible para éstos, pero con marcadas diferencias tanto léxicas como fonéticas, y en la mayoría de los casos acababan usando el italiano como lingua franca: hay que recordar que durante los largos años de la dictadura comunista, la mayoría de los ciudadanos de Albania que vivían en las zonas costeras del país encaraba sus antenas parabólicas al oeste para recibir las emisiones de la televisión italiana, lo cual hizo que el italiano se popularizara en Albania y facilite ahora la comunicación de quienes visitan la renovada república balcánica. 

Son numerosas las localidades que incluyen el adjetivo albanese en su topónimo, aunque todas ellas tienen su correspondiente denominación en lengua arbëreshë (escrupulosamente respetada en rótulos e inscripciones). Quien desee profundizar más en este tema puede encontrar la lista completa de esas localidades a través de este enlace, en el apartado “Comunità di lingua arbëreshë in Italia”.

Cabecera de la revista cultural Jeta Arbëreshe ('Vida Arbëreshë'), 
que se publica trimestralmente en Eianina (Purçill), provincia 
de Cosenza (Calabria).


La aportación arbëreshe a la literatura albanesa moderna 

No puede obviarse la riqueza literaria de la comunidad arbëreshë, que se inició con la obra del eclesiástico greco-bizantino Lekë Matrënga (Luca Matranga en italiano, 1567-1619), nacido en la localidad siciliana de Piana degli Albanesi, próxima a Palermo –conocida en aquel tiempo como Piana dei Greci–, quien, además de traducir y publicar en 1592 la Doctrina Cristiana (E Mbësuame e Krështerë) del jesuita español Diego de Ledesma (donde se incluye el primer poema conocido en lengua arbëreshë), dejó varios textos religiosos. Hemos de llegar, sin embargo, al siglo XVIII para encontrar otras interesantes composiciones de tema folklórico y religioso, debidas a una nutrida legión de escritores menores, y ya al siglo XIX para descubrir a una de las máximas figuras de la literatura albanesa en su conjunto, Jeronim De Rada (Girolamo De Rada en italiano, 1814-1903), sobre quien hay que detenerse. 

Jeronim de Rada representado en un sello 
emitido por el servicio postal de la República 
de Macedonia en 2003, con motivo del 
centenario de su muerte en la ciudad 
albanesa de Shkodër. 

Nacido en San Demetrio Corone (Shën Mitri), en Calabria, una de las localidades más importantes de población arbëreshë, De Rada se distinguió en un principio como folklorista, pero su nombre empezó a sonar con fuerza en todo el ámbito albanófono en 1836, cuando publicó en Nápoles un poema que se hizo inmediatamente célebre, Këngët e Milosaos (‘Cantos de Milosao’), que apareció en su primera edición con el título en italiano Poesie albanesi del XV secolo. Canti di Milosao, figlio del despota di Scutari. Su segunda obra, Serafina Topia (su título completo, en italiano, era Canti storici albanesi di Serafina Thopia, moglie del principe Nicola Ducagino), publicada también en Nápoles en 1839, fue confiscada por las autoridades borbónicas del Reino de las Dos Sicilias, que acusaron a su autor de conspirar al servicio de los intereses del Risorgimento italiano. 

Pese a la subrepticia vigilancia a que era sometido, De Rada continuó dando a conocer sus obras, y en 1848 fundó incluso el periódico político L’Albanese d’Italia, en el que publicaba también artículos en albanés; por su carácter bilingüe es considerado el primer periódico albanés del mundo (no hay que olvidar que por entonces Albania estaba sometida al Imperio otomano y el turco era la única lengua oficial del país). 

Precursor del romanticismo en el ámbito cultural albanófono, De Rada acabó convirtiéndose en uno de los pioneros de la literatura albanesa moderna, de la que sentó las primeras bases sólidas, y es, pues, una de sus figuras más destacadas y reconocidas. Y no sólo eso: también fue el precursor del primer alfabeto de la lengua albanesa, que sustituyó a la escritura árabe introducida por los turcos otomanos, la cual era ampliamente utilizada por los bejtexhi (versificadores populares) ente los siglos XVIII y XIX, aunque luego ese alfabeto se modificara hasta el establecimiento del actual (véase al respecto el artículo “Los cumpleaños de las lenguas”). 

Una de las escasísimas imágenes que se 
conservan de Zef Serembe, otra de las figuras 
clave de la literatura arbëreshë y albanesa.
 
La antigua diáspora cristiana albanesa ha supuesto un punto de apoyo esencial para el desarrollo de la literatura de la Albania moderna, en la que también han sobresalido nombres como el de otro arbëreshë calabrés, Zef (Giuseppe) Serembe (1844-1901), Naim Frashëri (1846-1900), Andon Zako Çajupi (1866-1930), Ndre Mjeda (1866-1937), Gjergj Fishta (1871-1940), Millosh Gjergj Nikolla (1911-1938) y Theofan Stilian Noli (1882-1965). [5] 

La comunidad arbëreshë goza actualmente de un auge jamás conocido anteriormente, y las manifestaciones culturales de las comunidades albanófonas del sur de Italia proliferan al amparo de asociaciones que las impulsan. No se trata en este caso de la decadencia de una cultura y una lengua, sino más bien de su expansión y de su descubrimiento en otros ámbitos gracias, en buena medida, al desarrollo de las nuevas tecnologías. 

Albert Lázaro-Tinaut



[1] Fiorenzo Toso: Lingue d’Europa. La pluralità linguistica dei Paesi europei fra passato e presente. Baldini Castoldi Dalai editore, Milán, 2006, pp. 29 ss.
[2] La
vallja es una antigua danza tradicional albanesa, acompañada de canto, que ha conservado sus viejas raíces en el seno de las comunidades arbëreshë (véase la ejecución de una de ellas en este vídeo).
[3] Circunscripciones dependientes de un obispo, equivalentes a las diócesis católicas.
[4] La lengua arbëreshë, por su parte, y a causa de la dispersión geográfica de sus hablantes, cuenta también con diversas formas dialectales.
[5] Un buen resumen de la literatura arbëreshë (en italiano) es el que presenta la web de Arbitalia. Para conocer otros detalles de la literatura albanesa conviene leer el interesante artículo de Ramón Sánchez Lizarralde: “Una mirada a la literatura albanesa”, publicado en el número 16 (enero de 2004) de Cuadernos del Ateneo de La Laguna y reproducido aquí

Para ampliar las imágenes, haced clic sobre ellas.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La inhumana pero lúcida experiencia de Maks Velo bajo la tiranía estalinista en Albania

Maks Velo en 2010.
(Fuente: Lajme Sot) 

Aunque nacido en París el 31 de agosto de 1935, el arquitecto, pintor y escritor Maks Velo vivió en el país de sus padres, Albania, y fue víctima de la cruel represión ejercida por el dictador estalinista Enver Hoxha contra quienes se resistían a aceptar –o simplemente eran sospechosos de ello– las rígidas reglas de juego del régimen. Perseguido, detenido e interrogado en varias ocasiones, acabó purgando sus “culpas” durante ocho años en un campo de internamiento tras ser acusado de agitación y propaganda contra el Partido del Trabajo de Albania, aquel partido único y personalista que practicó el “poder popular” en el país, en nombre del “marxismo-leninismo ortodoxo”, desde finales de 1944 hasta la muerte de Hoxha (11 de abril de 1985) e incluso más allá de ésta, hasta 1990, cuando su sucesor en el poder, Ramiz Alia, forzado por las circunstancias, tuvo que aceptar el multipartidismo en la aislada y empobrecida Albania. 

Antes de ser detenido, en el otoño de 1978, y condenado pocos meses después a diez años de internamiento en un campo de trabajos forzados, Velo había trabajado como arquitecto para el Ayuntamiento de Tirana y diseñado varios edificios públicos: escuelas, hoteles, salas de cine… Las primeras sospechas recayeron sobre él en 1973, tras la reunión plenaria de aquel año de la Liga de Escritores y Artistas de Albania, en la que se mostró “excesivamente cauto” y no pronunció en ningún momento la palabra camarada. Dos años más tarde, en un congreso nacional de arquitectura, algunos colegas suyos (quizá movidos por los celos) empezaron a censurar su “modernidad”. En el juicio al que fue sometido y condenado en 1979 se puso de manifiesto que “su inspiración en obras de Braque, Modigliani y Picasso” atentaba contra el rígido método del realismo socialista. La pena a que fue sometido no se limitó a la privación de libertad y a los trabajos forzados: sus obras, pinturas y esculturas, fueron destruidas.

Labi y Labesha (2004), de Maks Velo. 

En 1986 Maks Velo consiguió ser “rehabilitado” y salir del horrendo campo de internamiento y trabajos forzados de Spaç, dedicado a la explotación de unas minas de cromo, y tuvo que trabajar como obrero en una fábrica de piedra abrasiva. Solamente después de los cambios políticos que se produjeron tras las primeras elecciones libres en la Albania postcomunista, el 31 de marzo de 1991, pudo volver a dedicarse a la arquitectura en el Instituto de Estudios y Diseño de Tirana y exponer su obra no sólo en su país, sino también en el extranjero (Francia, Polonia, Italia, Grecia, Túnez, Rusia, los Estados Unidos…). En 2010 realizó un viaje a España, donde se inspiró para algunas de sus composiciones artísticas, como los dibujos del denominado “Ciclo de Barcelona”, sugeridos por la arquitectura modernista de la ciudad. 

El campo de internamiento de Spaç (hoy convertido en museo), 
próximo a la localidad de Reps (norte de Albania).
(Foto © Ermal Meçaj) 

Entre sus obras literarias destacan los libros de relatos Palltoja e burgut (‘El manto de la cárcel’, 1995) y Thesi i burgut (‘El saco de la cárcel’ , 1996), en los que se basa la selección publicada en Francia con el título Le Commerce des jours [1]; Jeta ime në figura (‘Mi vida en figuras’, 1996), Kohë antishenjë (‘La edad del antisímbolo’, 2000) y Zhdukja e “Pashallarëve të kuq” të Kadaresë: anketim për një krim letrar (‘La desaparición de los `Pachás rojos´ de Kadare: investigación sobre un crimen literario’, 2002). 

Ismail Kadare, que conoció a Velo en la década de 1960, “cuando en Albania la dictadura aún era joven –quince años– y todavía nos quedaban algunos escritores del pasado”, escritores denominados “burgueses” pero no desaparecidos de las librerías, dice que Maks, que hablaba francés e italiano, era un personaje “diferente”, y que se distinguía de la mayor parte de quienes frecuentaban el recién inaugurado Café de los Escritores de Tirana: “Era discreto y silencioso, tanto que durante su proceso no pudieron obtener de él ninguna opinión, ninguna acusación contra el régimen. Lo condenaron por sus pinturas, consideradas modernistas y decadentes […] y por una característica que daba fe, indirectamente, de su aversión al régimen: su ‘semblante triste en los cafés’. Probablemente, en aquel mundo grotesco, Maks fuera el único a quien reprocharan tal actitud” [2]

El cuento que se presenta a continuación está ambientado en la prisión de Tirana donde Velo fue internado después de ser detenido el 14 de octubre de 1978. 

Albert Lázaro-Tinaut 

[1] Maks Velo: Le Commerce des jours. Nouvelles albanaises. Traducción al francés de Christiane Montécot. Éditions Lampsaque, Vijon, 1998. 
[2] Ismail Kadare, en su prólogo (“Portrait de l’artiste en version albanaise”) a Le Commerce des jours


Uno de los dibujos de Maks Velo que ilustran 
el libro Le Commerce des jours.


La última hoja 

Por Maks Velo 

Me apresuro, pero el polizonte me recuerda que debo mantenerme alejado de las otras celdas. 

–¿Qué te ocurre hoy, 7? 

–Nada, jefe. 

Camino más lentamente. Salimos para el paseo. El paseo de la mañana. Es eso en lo que pienso: me queda una sola hoja. Sólo una. La última hoja. Esa que se ha convertido para mí en el único contacto con el mundo. Me infunde ánimos. Las otras, todas las otras, han caído. Cuando me detuvieron, en octubre, los chopos del otro lado del muro estaban cubiertos de hojas. Mientras estoy en el minúsculo patio del paseo, sólo veo sus ramas más altas y el cielo. Esa imagen representa el mundo libre. Los chopos se alzan al otro lado del muro de la prisión, en un plantel. Cuando el polizonte de turno nos saca a tomar el aire, uno tras otro, por orden de celdas, pone todo el celo en evitar que nos encontremos. Se coloca en la esquina del pasillo y cada uno de nosotros debe esperar a que el anterior haya pasado por allí para salir. 

Nosotros, los de la primera planta, bajamos por una escalera que nos conduce a los pequeños patios separados en que ha sido dividido el patio central. Nos prohíben hablar. El paseo dura treinta minutos, pero como el polizonte se aburre, suele reducirlo a veinte o veinticinco. 

Yo salgo siempre, aunque llueva, aunque caiga un aguacero. Muchos de mis compañeros de detención no salen nunca. 

En lo alto percibimos las ramas. Al principio estaban cubiertas de hojas. En Tirana hay muchos chopos. En un determinado momento del año, por mayo, cubren la ciudad de una pelusa que se dispersa por todos los rincones. Es lo único irreal que me gusta de Tirana. 

Esos fueron plantados, sin duda, durante la campaña “Plantemos chopos por voluntad del Partido”. Para esa gente cualquier cosa puede ser objeto de una campaña: campaña de colectivización, campaña contra el analfabetismo, campaña de los árboles, campaña de las cubetas para fertilizar los campos, campaña de plantación de chopos, campaña para ayudar al Norte, campaña de limpieza, campaña contra los saltamontes, campaña para la siembra del maíz, campaña de recolección de metal, campaña contra la crianza del ganado, campaña contra las antenas de televisión, campaña contra las gallinas… y no sigo. Todo es válido para organizar una campaña, nada queda fuera de ese propósito. Sin embargo, sólo una cosa es objeto de una campaña permanente, ininterrumpida: la campaña de población de las prisiones: las prisiones y los campos de internamiento político de Albania jamás deben quedar vacíos. 

A buen seguro la campaña lanzada entre los años 1973 y 1978 fue una de las más importantes después de la que tuvo lugar entre 1945 y 1950, aunque la verdad es que no se ha interrumpido nunca en treinta y tres años. Es la campaña del crimen. 

En cuanto a los chopos, datan con toda probabilidad de la campaña de plantación lanzada en 1964. Deben de tener, pues, unos quince años. 

Al principio, durante el paseo, veía cómo las tonalidades de las hojas iban cambiando. Luego, un día, fui presa del pánico: ya no se trataba de colores, sino de vida. Las hojas empezaban a caer. Se desplomaban a manojos, como nuestros mejores sueños. Se desparramaban por doquier, alejadas unas de otras. Era el suyo un viaje sin retorno. Caían tras emitir breves chasquidos imperceptibles, sin avisar, sin protestar. Se deslizaban hasta el suelo. Algunas quedaban retenidas por el muro, ese muro contra el que se hacían los fusilamientos dentro de la prisión. Cada vez había menos. Cuando quedaban muy pocas, empecé a contarlas. Veinticinco. Diecisiete. Ocho. Cinco. Tres. Ayer solamente quedaba una. Lo más curioso es que se mantenía verde. Oscilaba de un lado a otro, pero resistía firmemente sujeta a la rama. 

Es como nosotros, me decía yo. Nos hagan lo que nos hagan, alguno sobrevivirá. No importa quién, pero es preciso que uno de nosotros salga vivo de aquí para que el mundo vuelva a comenzar desde el principio. Ayer por la tarde la hoja permanecía allí. Todo el resto de la tarde, toda la noche, estuve obsesionado: ¿volvería a verla al día siguiente?, ¿habría soportado durante la noche el fuerte vendaval? 

Por eso me apresuro. Por respeto a los polizontes me someto de buen grado al reglamento de la prisión. Ellos no tienen la culpa. Pero esta vez me apresuro. Doblo la esquina del pasillo. Bajo deprisa las escaleras, salgo al patio y levanto la cabeza hacia la izquierda, hacia el chopo. La hoja continúa allí. Ha resistido. 

Este relato, traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión francesa de Christiane Montécot, pertenece al libro Le Commerce des jours. 

viernes, 20 de agosto de 2010

El cine albanés

Fachada de los estudios de rodaje “Shqipëria e Re” (Kinostudio) de Tirana.
(Foto © alsaagency / flickr)
La cinematografía albanesa, muy poco conocida más allá de la propia Albania y los países albanófonos vecinos, tiene la curiosa característica de ser una de las más antiguas de Europa, ya que las primeras noticias que se tienen de proyecciones cinematográficas son de 1897, apenas dos años después de que los hermanos Auguste y Louis Lumière comercializaran el cinematógrafo, esa invención de un olvidado Léon Bouly patentada en 1892. Conviene tener en cuenta, sin embargo, que el concepto de “albanés”, en aquella época, superaba los límites de la actual República de Albania, por lo que esos incipientes intentos deben relacionarse con una región más amplia, mayoritariamente albanófona, sometida hasta la segunda década del siglo XX al Imperio otomano.

Los hermanos Manaki.

Fueron dos inquietos hermanos de origen greco-arumano, Janaq (1878-1954) y Milto (1882-1964) Manaki*, quienes, instalados en Manastir [o Monastir] (nombre por el que era conocida en aquel entonces la actual ciudad macedonia de Bitola), consiguieron durante un viaje a Londres una primitiva cámara con la que filmaron, además de los paisajes de la región, el primer documental que se incluye en la historia (oficiosa u oficial) de la cinematografía de Albania, Tjerrëset (literalmente, ‘Hilandero’, 1905, atribuido a Milto), y un importante acontecimiento histórico para la cultura albanesa, el Congreso de Manastir (noviembre de 1908), en el que se estandarizó el alfabeto albanés a partir de numerosas variantes del mismo. (Ved aquí algunas secuencias de los filmes de los hermanos Manaki, presentadas desde el punto de vista griego.)


Sin embargo, otras fuentes sitúan las primeras proyecciones de imágenes en movimiento dentro del actual territorio albanés en la ciudad septentrional de Shkodër, donde el destacado pintor, fotógrafo y arquitecto Kolë Idromeno (1860-1939) montó en 1912 la infraestructura necesaria en un centro cultural (por su parte, la ciudad de Korçë reivindica la primicia y la sitúa un año antes, en 1911).

Podrían establecerse cuatro momentos en el cine albanés:


- Las primeras proyecciones públicas y los intentos iniciales de realización de filmes desde la última década del siglo XIX hasta la breve y parcial primera independencia moderna de Albania (1912-1914).


El célebre actor Aleksander Moisiu.

- El desarrollo de la primera cinematografía nacional albanesa, desde la recuperación de la independencia del país (de hecho, como protectorado italiano), en 1918, hasta que su territorio fue ocupado militarmente por la Italia fascista, en abril de 1939. En esta etapa se multiplicaron en Albania las salas cinematográficas, en las que se proyectaba sobre todo cine extranjero (italiano, francés y estadounidense), mientras que la industria nacional se limitó casi exclusivamente a producir documentales. Se hizo célebre en aquellos años el actor Aleksander Moisiu (Trieste, 1879 – Viena, 1935), de origen albanés pero de nacionalidad austriaca.

- La normalización de la industria cinematográfica, desde la instauración del nuevo Estado comunista albanés (11 de enero de 1946), aunque de hecho desde 1947, cuando la Agencia Albanesa del Cine se convirtió en Sociedad Cinematográfica Nacional de Albania y se crearon, en 1952, de los primeros estudios de rodaje, el Kino-Studio Shqipëria e Re (‘Albania Nueva’) –conocidos popularmente como Kinostudio–, hasta la caída definitiva del régimen estalinista establecido por Enver Hoxha, en 1992. El primer largometraje digno de tal nombre fue la coproducción sovietocoalbanesa Skënderbeu (1953, ver aquí la secuencia inicial), dirigida por el realizador ruso Serguéi Yutkevich y basada en la vida y las gestas del héroe nacional albanés Gjergj Kastrioti, conocido en Occidente como Skanderbeg. Los primeros filmes dirigidos por realizadores albaneses fueron el cortometraje melodramático Fëmijët e saj (‘Sus hijos’, 1957; ver aquí la primera secuencia), de Hysen Hakani (n. en 1932), y el largometraje Tana (1958), de Kristaq Dhamo (n. en 1933), basado en la novela del mismo título del escritor Fatmir Gjata (1922-1989).


Fachada del Centro Nacional
de Cinematografía (Qendra
Kombëtare e Kinematografisë),
inaugurado el 29 de abril de 1996
en Tirana





- El nacimiento del cine albanés libre de censura en la nueva República de Albania, a partir de 1992 y sobre todo desde que se fundó el Centro Nacional de Cinematografía (Qendra Kombëtare e Kinematografisë, QKK), que dio un nuevo impulso al séptimo arte en el país. Filmes como las coproducciones francoalbanesas Parullat (‘Slogans’, 2001; ver aquí unas secuencias), del realizador Gjergj Xhuvani (n. en 1963), y Tirana viti zero (‘Tirana año cero’; ver aquí un tráiler subtitulado en francés), del mismo año, dirigida por Fatmir Koçi (n. en 1959), abrían puertas prometedoras al nuevo cine albanés.


No se trata aquí de entrar en más pormenores de cada una de estas etapas, muy dispares entre sí, porque lo que presentamos, de hecho, es una entrevista a una de las personas que mejor han conocido la cinematografía de su país –y universal– durante más de cincuenta años: Abaz Hoxha. Aunque él no se refiere explícitamente a ello, hay que tener en cuenta que en la época del totalitarismo comunista sólo se realizaron en la República Popular de Albania filmes que respondían a los postulados del realismo socialista, estrictamente controlados por el poder.

Albert Lázaro-Tinaut


* Se les menciona aquí por sus nombres albanizados: los auténticos, en lengua arumana, eran Ianaki y Milto, mientras que los macedonios utilizan las denominaciones de Yanaki y Milton (Јанаки y Милтон) y los griegos los conocen como Guiannakis y Miltiadis Manákias (Γιαννάκης y Μιλτιάδης Μανάκιας).



Sala de la Academia del Filme y Multimedia “Marubi” de Tirana.
(Foto © theClockworkKcirbuk's photostream / flickr)


Historia del Archivo del Filme
de Albania

Entrevista a Abaz Hoxha, fundador y primer director
del Archivo y uno de los mayores expertos albaneses en cine


Por Jorida Pasku


Abaz Hoxha, que entre 1973 y 1990 dirigió el Archivo Central del Filme de Albania (Arkivi Qendror Shqiptar i Filmit), nos explica, a sus ochenta años, detalles de la historia de aquella institución que fundó en 1973 y que nadie conoce mejor que él.

–Su compromiso con el cine está estrechamente vinculado a la dirección del Archivo Central del Filme. Explíquenos algo de esa experiencia.

–Cuando llegué al Kinostudio, el archivo parecía más bien un almacén de películas. Había pocas, porque en buena parte fueron quemadas en 1947. Eran, sobre todo, películas extranjeras que nosotros considerábamos “trofeos de guerra”, ya que habían sido capturadas al enemigo. Por otra parte, los rusos se llevaron, de buena fe, una gran cantidad de filmes, pero no nos los han devuelto. En fin, aquello, más que un archivo, era una especie de filmoteca en la que se catalogaban y se conservaban las películas que se habían empezado a producir en Albania a partir de 1947.


En 1962 planteé la necesidad de que el archivo se adhiriera a la Federación Internacional de Archivos Fílmicos, pues no teníamos ninguna experiencia. Después de muchas vicisitudes, al cabo de un año se aprobó la solicitud, y desde 1963 somos miembros de esa organización.
Necesitábamos formación, porque no sabíamos cómo había que conservar los filmes, ni qué se tenía que hacer para su mantenimiento, ni siquiera cómo había que organizar un órgano científico responsable de esas tareas y de futuros estudios. Hasta 1966 fui jefe de ingeniería, y luego me transfirieron al sector cinematográfico, donde me ocupaba de la importación y exportación de películas y de seleccionar los filmes extranjeros. Con ese trabajo adquirí mucha experiencia, porque me permitió conocer la cinematografía mundial.

La verdad es que en aquella época se proyectaban pocas películas en los cines, pero acudía mucha gente a verlas. Yo tenía que visionarlas todas para poderlas seleccionar. Trabajé en aquel sector durante siete años. En 1972 estaba muy preocupado por el Archivo, porque sus condiciones eran muy precarias y corría un serio riesgo de incendiarse en cualquier momento.

–¿Cómo se llegó a transformar ese Archivo hasta convertirlo en el que conocemos hoy?

Abaz Hoxha en la primavera de 2010.

–Publiqué un artículo en el diario Zëri i Popullit [‘La Voz del Pueblo’, el órgano oficial del régimen] en el que decía que aquel Archivo nos podía ser muy útil. Mi idea era que debía concebirse como una institución científica y, a la vez, como una escuela para jóvenes realizadores, ya que el Archivo les permitiría conocer la cinematografía albanesa y extranjera. A raíz de aquel artículo surgió la propuesta de crear un Archivo Nacional con un reglamento permanente aprobado por el ministro. Se instituyó en 1973 y se me nombró director del mismo. Ocupé el cargo hasta 1990.


En aquel artículo, además, proponía que en el archivo no debían trabajar personas normales y corrientes, sino gente apasionada por el estudio, críticos que pudieran juzgar los filmes, la creatividad de los realizadores y el trabajo de los actores. Eso no lo conseguí porque, como siempre, quien manda más decide a quiénes recomienda para trabajar donde convenga.


–¿Qué películas extranjeras se conservan en el Archivo?


–Todas las del neorrealismo italiano llegaron a Albania. Ese movimiento surgido en la postguerra, el neorrealismo, era la continuación del realismo poético francés de finales de la década de 1930. Y puesto que narra la situación en la Italia de la segunda posguerra, destruida, empobrecida, con el pueblo destrozado física y mentalmente, esas películas fueron autorizadas para su exhibición en Albania para que los espectadores tuvieran una evidencia de las lacras que afectaban a la sociedad capitalista.


Entre ellas hay películas de Michelangelo Antonioni, Vittorio De Sica, y de todos los grandes nombres del neorrealismo italiano. Hay filmes como Roma ore 11 (‘Roma a las 11’), de De Santis, Ladri di biciclette (‘Ladrón de bicicletas’), de De Sica, que ganó un Oscar... De este director también hay otra gran película, Il tetto (‘El techo’), de 1956. Recuerdo, además, Non c'è pace tra gli ulivi (‘No hay paz entre los olivos’, 1950), de Giuseppe De Santis, interpretada por una de las grandes actrices de aquella época, Lucia Bosè, y otra realización de De Santis, Riso amaro (‘Arroz amargo’, 1949), con la que se dio a conocer otra de las estrellas del cine italiano, Silvana Mangano. El neorrealismo se caracteriza por su sencillez, y muchas de las películas de este movimiento se rodaron en plena naturaleza y con actores no profesionales. En aquella época se hicieron famosas actrices como Gina Lollobrigida, Silvana Pampanini y Sophia Loren.


Por lo que respecta a la importación de películas, al principio nos limitábamos a Italia, Francia e Inglaterra, porque el cine de esos países se aproximaba más a nuestra psicología. Del cine francés llegaron los filmes de algunos representantes de la Nouvelle Vague, y del inglés, sobre todo películas basadas en obras de los grandes escritores británicos que por aquel entonces no estaban censurados, sobre todo Otello y Enrique V de Shakespeare. Llegaron también filmes interpretados por el gran actor inglés Lawrence Olivier.


–¿Y en cuanto al Este, considerando la imposición del cine de aquellos países?


–Al principio se importaban películas rusas: el 90% del cine que llegaba procedía de la Unión Soviética. La ruptura de relaciones con la URSS produjo un vacío en el cine y la vida artística sufrió un gran bajón. Eso suponía un problema político, de modo se que nos obligó a importar nuevamente de Rusia. Primero fueron filmes inspirados en obras de escritores y compositores famosos. Los había del realizador ruso Grigori Chujrái, muy conocido también en Occidente por sus películas La balada de un soldado (1959) y El cuarenta y uno (1956). También se importaron películas de otro director, Mijaíl Kalatozov, y varias realizaciones de famosos compositores rusos. La mayoría de películas importadas procedía de Checoslovaquia y de la Alemania Democrática, países a los que seguían Rumanía, Polonia y Hungría.


–¿Con qué problemas se enfrenta actualnente el Archivo?


–No tenemos un museo del cine, que debería crearse con los trajes, los decorados y otros elementos. Sólo podrían conseguir montarlo personas apasionadas por el estudio, auténticos investigadores, y no gente que considere el Archivo un mero empleo que les proporciona un salario. Además, faltan publicaciones. Deben recopilarse y publicarse todos los materiales relacionados con el cine. Convendría organizar programas mensuales, como por ejemplo “La semana del cine francés”. Las películas no han de quedar encerradas en los almacenes, sino que deberían ponerse a disposición de estudiantes, investigadores y amantes del cine. Sería necesario montar exposiciones con fotografías, carteles, aparatos usados para la realización de las películas, etc. Las posibilidades son infinitas.


Cartel del 7.º Festival Internacional de Cine de Tirana
(27 de noviembre – 6 de diciembre de 2009).


El entrevistado


Abaz Hoxha nació en Vlorë el 14 de abril de 1930. Hijo de una familia antifascista, participó con trece años, junto a sus hermanos, en la resistencia partisana. En 1954 se licenció en ingeniería electrónica en Checoslovaquia y se especializó en técnicas de óptica y acústica para la radio, la televisión y el cine.

Empezó a trabajar como ingeniero de sonido, pero al cabo de poco tiempo fue nombrado jefe de ingeniería del Kinostudio, cargo que ocupó durante diez años. Entre 1965 y 1972 dirigió la sección de cine, traducción y distribución de películas del Kinostudio, y entre 1973 y 1990 fue director del Archivo Nacional del Filme de Albania, fundado por él mismo.


Ha sido profesor de la Academia de las Artes de Tirana, de la Academia del Filme y Multimedia “Marubi”, y ha investigado en el ámbito de la cinematografía, la técnica y la archivología. Por otra parte, ha dirigido la primera Enciclopedia de las Artes publicada en Albania y es autor de más de veinte libros sobre cinematografía albanesa y extranjera, entre los que hay que destacar Filmi Artistik Shqiptar 1957-1984 (‘El filme artístico albanés, 1957-1984’,1987), el primer tomo (1900-1944 ) de Arti i Shtatë në Shqipëri (‘El Séptimo Arte en Albania’, 1994), la Enciklopedi e Kinematografisë Shqiptare (‘Enciclopedia de la cinematografía albanesa’, 1999), 100 vjet kinema në trevat shqiptare (‘100 años de cine en el territorio albanés’, 1999), Kinematografia e vendeve skandinave (‘La cinematografía de los países escandinavos’, 2002), Ne u shkolluam në Pragë (‘Nos hemos formado en Praga’, 2003), el primer tomo (1985-2005) de Kinematografia shqiptare 1985-2005 (‘La cinematografía albanesa, 1985-2005’, en albanés e inglés, 2004), el primer tomo de la Historia e kinematografisë botërore 1895-1945 (‘Historia de la cinematografía mundial, 1895-1945’, 2005), el primer tomo (1897-1944) de la Historia e kinemasë në Shqipëri (‘Historia del cine en Albania’, 2007) y Shqiptarët në kinematografinë botërore (‘Los albaneses en la cinematografía mundial’, 2008).



Esta entrevista se publicó originalmente, en albanés, en el diario Shekulli de Tirana el 15 de abril de 2010, con el título “Arkivi i mbyllur”.

Fue traducida al italiano por Lejdi Dervishi para AlbaniaNews.

Esta versión castellana, ligeramente adaptada, es de Albert Lázaro-Tinaut.