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sábado, 21 de noviembre de 2015

Política y religión en Albania

La ciudad de Berat es un buen ejemplo de convivencia
pacífica 
entre religiones en Albania.
(Fuente: FrontiereNews, 2014)


Albania, que hasta hace relativamente pocos años era un país casi inexistente en el imaginario de los europeos y que vivió un largo período de dictadura tiránica (el de la República Popular, entre los años 1946 y 1992), intenta levantar cabeza después de haberse liberado de aquellos déspotas; muchos de ellos, sin embargo, se han “reconvertido” ideológicamente por conveniencia (como en otros países del “socialismo real”), pero continúan ejerciendo el despotismo, agravado por la posibilidad de manejar intereses incluso más infames que los anteriores, ya que permanecen ocultos bajo una sospechosa capa de barniz pseudodemocrático.

Enver Hoxha, líder comunista y primer ministro 
de Albania desde 1946 hasta su muerte, en 1985.

Así, las ambiciones de parte de la población, deseosa de aproximarse a una Europa más moderna y avanzada, se han visto truncadas una y otra vez, y una de las razones de esta situación ha sido la utilización interesada de las religiones. 

La situación, no obstante y pese a todo, ha ido evolucionando con gran rapidez, y las nuevas generaciones (sobre todo las que no vivieron los años tenebrosos de la dictadura), que manejan con soltura las nuevas tecnologías, son ahora la punta de lanza de una modernización que avanza imparablemente y ha conseguido que en poco tiempo cambiara incluso la fisonomía de las ciudades.

Para quienes no conozcan de cerca la realidad albanesa, conviene decir que aquel pequeño país es un buen ejemplo de convivencia religiosa. Entre las creencias predomina la islámica, aunque está muy presente la católica, sobre todo en las regiones del norte, y la ortodoxa griega en las del sur. Al margen de las esferas de poder, raros son los radicalismos y la violencia por razones religiosas (aunque el extremismo islámico ha empezado a extender hacia allí sus tentáculos y no han faltado los intentos de “evangelización” por parte del Vaticano). Cada grupo religioso vive sin manifestar estruendosamente su creencia y es respetuoso con las de los otros, y si algo apenas se practica entre los albaneses (muchos de los cuales son ateos) es el proselitismo.

Gjergj Meta.

El artículo que se presenta a continuación (ligeramente reducido y adaptado) está firmado por el sacerdote católico albanés Gjergj Meta. Pese a que se publicó hace dos años, y desde entonces han cambiado algunas cosas, creemos que vale la pena divulgarlo para que los lectores tengan una idea más precisa de la realidad en que vive el país vista desde dentro, al menos de cara a una Europa llena de contradicciones y en crisis, pero que para una gran parte del pueblo albanés representa la oportunidad de acabar de salir del agujero negro en el que ha ha estado sumido durante décadas. Nos daremos cuenta, una vez más, de cómo el poder político se preocupa por sus intereses de “casta” (por emplear un término que se ha puesto de moda) y frena a veces los anhelos de una sociedad ansiosa de un futuro mejor.

Albert Lázaro-Tinaut




La Europa “cristiana” y la Albania “musulmana”

Por Gjergj Meta

Por razones mezquinas, se ha estado difundiendo en Albania la idea de que la candidatura a la Unión Europea no era tenida en cuenta a causa de la presencia de musulmanes en el país. Se trata de una demagogia diabólica. En realidad, esa idea ha sido divulgada por algún político, pero yo la percibo a menudo más allá de los discursos públicos, es decir, en círculos sociales más reducidos.

Antes de entrar en el análisis de este fenómeno, quisiera aclarar que, a mi entender, hay dos las razones por las que aún no hemos conseguido el estatus de país candidato [1]. En primer lugar encontramos los atavismos comunistas que todavía persisten en la mentalidad de muchos albaneses, próximos o no al gobierno. En segundo lugar, hay que culpar de forma absoluta y sin paliativos a las instituciones políticas albanesas, donde la oposición de ayer boicoteaba al gobierno, y cuando éste pasaba a la oposición hacía otro tanto.

El actual Primer Ministro de Albania, Edi Rama, dirigiéndose 
al parlamento tras su investidura, en septiembre de 2013.
(Fuente: Albania News)


En este sentido, sin embargo, será tarea de la historia y no mía establecer los méritos o la ignominia de cada cual. Por lo que se refiere al factor religioso entendido como determinante para la cuestión de la adhesión de Albania a la UE, sostengo que se trata de demagogia no sólo mediocre, sino peligrosa, en el sentido de que puede generar conflictos.

Por lo general, quienes difunden esas ideas no tienen nada que ver con la religión ni con la distinción entre cristianos y musulmanes, puesto que continúan viendo las creencias religiosas desde el prisma de la ideología marxista, o bien utilizan la vara de medir del pragmatismo (para optar a algún cargo en la Administración), como si una religión determinase la posibilidad de adhesión a la UE.

Representantes de las cuatro principales religiones que conviven 
en Albania: islam, catolicismo, ortodoxia griega y sufismo bektashi.
(Fuente: Community of Sant’Egidio, 2015)


En lo que concierne a Europa, la historia de los conflictos religiosos es larga. En nuestro continente, el antisemitismo hizo estragos: ¿no fue acaso ese un conflicto de tipo religioso? No había ninguna necesidad de que los “moros” aparecieran en las costas de Gibraltar para guerrear contra los cristianos, ya que nosotros mismos, como cristianos, ya hemos demostrado sobradamente nuestra capacidad enfrentarnos y matarnos por el hecho de ser protestantes o católicos.

¿Acaso esta misma historia no se repite todavía en Irlanda? ¿No es una verdad histórica que a los católicos, en Inglaterra, se les prohibió ejercer como tales y fueron despreciados durante trecientos años por sus hermanos cristianos anglicanos? ¿No somos conscientes de que ahora mismo, en Grecia, los católicos no gozan de los mismos derechos que los ortodoxos?  Nosotros mismos, en Albania, intentamos siempre eludir los problemas y los conflictos achacándolos a los otros.

La matanza de San Bartolomé, pintura de Martin Dubois que representa 
el asesinato en masa de calvinistas franceses (hugonotes) en 1572, 
durante las guerras de religión en Europa.

No son los musulmanes quienes dificultan la adhesión de Albania a la UE. Si los musulmanes tienen sus problemas, como los tienen los cristianos, es una cuestión que resolverán ellos, seguramente con no pocos sacrificios, como ocurre en otros muchos países de mayoría musulmana, en el Oriente Medio y en África, donde unas minorías integristas y fundamentalistas controlan y dirigen la vida de los pueblos.

Olvidamos con frecuencia que en Albania no existe, en el fondo, la voluntad de aceptar la tradición europea, en la que las diversidades se aúnan para conseguir objetivos comunes. Nosotros todavía no somos capaces de pensar (y ni siquiera de aceptar) que la Europa actual nació gracias a un apretón de manos entre dos pueblos enemigos, Francia y Alemania, al final de la segunda guerra mundial. En el momento más impensable, se consiguió crear esa Europa a la que ahora aspiramos.

No tenemos esa voluntad porque entonces gobierno y oposición se verían obligados a estrecharse las manos y ello significaría, en Albania, un acercamiento entre adversarios políticos; y quienes manejan los medios de comunicación y la cultura deberían someterse a debates más civilizados en la televisión, por ejemplo. En nosotros pervive aún la mentalidad comunista, todavía mantenemos el pensamiento hegemónico e integrista. Pensamos que “no debe existir el ‘diferente’”, o bien que “la integración de Albania debe llevar grabado mi nombre pero no, además, el de mi adversario”. ¡Cuántas veces, en los últimos años, lo hemos echado todo a perder, hemos optado por el boicot porque no queremos que nadie más se haga merecedor de ningún mérito, porque no queremos compartir los méritos con nadie!

Manifestantes en la capital albanesa durante la campaña 
electoral de la primavera de 2013.
(© AFP / G. Shkullaku)


Si entre nuestros políticos no existe la cultura del acercamiento, ¿por qué hemos de culpar de todo a los musulmanes? Eso significa lavarse las manos y sacudirse de encima los problemas y las responsabilidades. Significa convertir una vez más la religión en un problema y volver a la mentalidad de 1967 [2], aunque se camufle de modernidad laicista.

Europa requiere estándares que no choquen con la ley, voluntad en la lucha contra la corrupción y un sistema educativo en perfecta sintonía con los principios sobre los que se creó la UE, que no pide el certificado de bautismo ni se preocupa de que uno haya sido circuncidado o no. Exige, en cambio, que se trabaje bien y con empeño para alcanzar objetivos comunes, sin establecer diferencias entre unos y otros. Atribuir connotaciones religiosas a la fallida adhesión de Albania a Europa significa alejarse de los problemas reales para ir a buscar otros donde no existen.

Las banderas de Albania y la Unión Europea 
ondeando juntas en el centro de Tirana.
(Fuente: S&D, 2015)


Esto significa que no se llega siquiera a ciertos niveles de la cultura medieval, cuando el cristianismo descubrió la filosofía pagana y cuando se dio de bruces con el islam, o cuando Francisco de Asís, por ejemplo, se entrevistó con el sultán egipcio, y Avicena y Averroes, eruditos musulmanes de Persia, nos devolvieron a Aristóteles, que había sido olvidado durante siglos.

*
                                                                      
[1] De hecho, en junio de 2014, medio año después de que se publicara este artículo, la UE otorgó a Albania ese estatus.
[2] Año en que el dirigente comunista Enver Hoxha proclamó oficialmente que Albania se convertía en el primer Estado ateo del mundo. Ello supuso el cierre o la destrucción masiva de mezquitas e iglesias y el inicio de una cruel persecución de cualquier persona relacionada con alguna religión o creyente de cualquier fe que no fuera el comunismo estalinista.


(Este artículo se publicó originalmente en albanés con el título «Europa e ‘krishterë’ dhe Shqipëria ‘myslimane’» [“La Europa ‘cristiana’ y la Albania ‘musulmana’”] en Peregrinus.al el 27 de diciembre de 2013. Ha sido traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión italiana de Daniela Vathi.)

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jueves, 28 de agosto de 2014

Los lipovanos del delta del Danubio

Celebración de la Pascua por la comunidad de viejos creyentes 
de Brăila (Rumanía), centro religioso de los lipovanos.
(Fuente: Old Believers, oldbelievers.wordpress.com, 2013)

Numerosos grupos de viejos creyentes, considerados herejes de la ortodoxia, durante todo el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX se asentaron en la periferia del Imperio ruso huyendo de las persecuciones iniciadas en 1685, intensificadas más tarde por orden del zar Pedro I el Grande y continuadas por sus sucesores. Decenas de miles de esos creyentes se establecieron en los Urales y Siberia, en el Imperio austriaco y en el noreste de las actuales repúblicas bálticas. Algunas comunidades emigraron incluso a América y Australia.

Aquellos fugitivos también llegaron, en gran número, al delta del Danubio y los cursos bajos de los ríos Prut y Dniéster, y ahora sus descendientes se distribuyen entre el sudoeste de Ucrania, la Dobruja (al este de Rumanía) y una parte de Besarabia, la actual República de Moldavia: son los llamados lipovanos (lipoveni, en rumano, Липовани [‘lipovani’] en ucraniano y Липоване [‘lipovane’] en ruso). [1]

Localización de las comunidades de viejos creyentes lipovanos.
(Fuente: Cartothèque Spiridon Manoliu)

Pese a formar pequeños grupos dispersos, los lipovanos han conservado tanto sus estrictas tradiciones religiosas como muchas de sus costumbres ancestrales, y aun habiéndose integrado en parte a los países que los acogen, en sus comunidades continúan hablando un ruso arcaico (en este sentido, y salvando la distancia temporal y religiosa, podría equipararse al judeoespañol de los sefardíes, que hablan todavía un castellano próximo al del siglo XV). Su centro religioso es la ciudad rumana de Brăila.

Presentamos a continuación un texto referido a la pervivencia de las antiguas tradiciones de los lipovanos de Moldavia.

Albert Lázaro-Tinaut


Miembros de una comunidad lipovana.
(Foto © Cultures of Europe)


Los lipovanos de Moldavia y algunas 
de sus tradiciones seculares

La pequeña localidad de Pocrovica, al norte de la República de Moldavia y a tan solo tres kilómetros del río Dniéster, que separa a aquel país de Ucrania, se diferencia singularmente de las poblaciones vecinas: sus poco más de mil habitantes son rusos lipovanos, que se caracterizan por su afán de mantener las calles siempre limpias y perpetuar sus tradiciones, especialmente las religiosas, heredadas de sus ancestros.

Una de esas tradiciones consiste en que los hombres no se afeitan la barba desde que cumplen sesenta años. Además, esos viejos creyentes conservarán siempre la propiedad de sus viviendas y sus tierras, que jamás se atreverían a vender, lo cual hace que el precio del metro cuadrado de suelo sea allí el más elevado de Moldavia, al mismo nivel que el de la capital, Chișinău. Y, por si fuera poco, compran las tierras que los moldavos, al emigrar, abandonan en las localidades próximas.

Viejo pintor de iconos lipovano.
(Foto © Cultures of Europe)

Cada uno de los habitantes de Pocrovica conoce al dedillo la historia de las diecisiete familias rusas que se establecieron allí en 1820, comprando tierras a los nobles moldavos a precios abusivos. [2] La memoria y los sacrificios de aquellos antepasados fundadores del pueblo, pues, permanecen vivos.

Ninguno de los habitantes de Pocrovica ha abandonado jamás la localidad para trabajar en el extranjero: los lipovanos afirman que pueden ganarse muy bien la vida quedándose donde están. Su única riqueza es la tierra que cultivan. Poseen vergeles con ciruelos y otros árboles frutales, pero obtienen sus mayores beneficios con la venta de frambuesas. También cultivan patatas y melones: “Cuando vendemos un kilo de melones podemos comprar dos kilos de trigo, es matemático”, afirma Florii Vetrov, de 77 años, y añade: “Los moldavos nos envidian porque somos muy trabajadores y siempre estamos unidos”.

Mujeres lipovanas durante la celebración religiosa de la Navidad 
ortodoxa (el 7 de enero) en la localidad rumana de Carcaliu.
(Foto © Vadim Ghirda, 2011)

Todos los días, a las dos de la tarde, las mujeres lipovanas se reúnen en el centro del pueblo para tomar té negro, preparado en un samovar, y degustar las frambuesas cultivadas en cada huerto: es una tradición que se perpetúa generación tras generación.

Aunque los niños aprenden rumano en la escuela, todos se expresan en ruso. La excepción es Eudochia Zamfir, de origen moldavo, directora de la escuela comunal, que se estableció en Pocrovica con su marido en 1975. Dice haberse integrado perfectamente en la localidad, y que no se iría de allí por nada del mundo. Recuerda el día de su llegada con su hijito de dos meses: necesitaba leche, pero no se atrevía a pedirla. Envió entonces a su marido a la fuente para que estableciera contacto con los autóctonos: a éste le costó abrir la boca…, pero a la mañana siguiente, al despertar, encontraron pan y leche a la puerta de su casa. “Los lipovanos nunca dejarán de ayudarte para lo que sea”, dice la mujer.

Niñas lipovanas.
(Fuente: Azules270 / forocoches.com)

Allí, los problemas de unos se convierten en problemas de todos. Siempre hay alguien dispuesto a ir de casa en casa y pedir ayuda económica para algún vecino necesitado, y cada cual aporta lo que puede según sus posibilidades. A los entierros acuden todos los vecinos, que se organizan para preparar el banquete fúnebre sin reparar en gastos: nunca faltan carne, pepinillos ni, sobre todo, 400 litros de borsch, la sopa preparada según una receta local, hecha a base de legumbres cortadas en trocitos muy pequeños y remolacha marinada siguiendo una técnica muy peculiar.

Cerca de la iglesia, considerada el centro de la vida del pueblo, los lugareños han construido una sala de plegarias donde se recogen limosnas. Las ceremonias religiosas se siguen con devoción, y sirven además para que los asistentes luzcan sus mejores galas, como en cualquier acto social que se precie.

Uno de los miembros del consejo 
de ancianos de Pocrovica.
(Fuente: Portail francophone de la Moldavie)

La localidad está regida por un consejo de sabios formado por los veinte ancianos más instruidos del lugar. Los veredictos de estos son inapelables, sobre todo por lo que respecta a los matrimonios, ya que el conservadurismo de la comunidad hace que aumente el riesgo de incesto. Según la tradición, esos ancianos se reúnen y revisan meticulosamente los árboles geneálogicos de los futuros cónyuges: si convienen que no existe ninguna relación de sangre entre ellos, les autorizan a casarse…, pero los matrimonios han de celebrarse obligatoriamente en domingo.

La familia de una muchacha ha de empezar a constituirle una dote desde que es una niña. Las madres se enorgullecen cuando alguien quiere ver la dote que preparan para sus hijas. Los padres de los muchachos, por su parte, cuando estos cumplen siete u ocho años han de empezar a construirles una casa. No hay ninguna ley escrita que obligue a ello, pero la tradición obliga.


[1] Se calcula que los lipovanos son actualmente unos 55.000 en Ucrania y cerca de 30.000 en Rumanía y Moldavia.
[2] Cuando aquellas familias de viejos creyentes rusos fundaron el pueblo de Pocrovica, Moldavia acababa de integrarse en el Imperio ruso (1812) como consecuencia de una de las guerras ruso-turcas. Se extinguió así el Principado de Moldavia, fundado en el siglo XIV por Luis I de Hungría para proteger su reino de los frecuentes ataques tártaros. Muchos nobles moldavos abandonaron entonces el país con sus bienes después de vender al mejor postor las tierras que poseían.


(Artículo publicado en el periódico Evenimentul Zilei, de Bucarest, el 12 de noviembre de 2007. Traducido y adaptado por Albert Lázaro-Tinaut a partir 
de la versión francesa de Mehdi Chebana que aparece en “Petits peuples” et minorités nationales des Balkans, libro publicado por Le Courrier des Balkans, Arcueil, 2008.)

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