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martes, 10 de septiembre de 2019

Un cuento popular búlgaro

Sonata para dos y unicornio, pintura de la artista búlgara Albena Vatcheva.


Explica Denitza Bogomilova Atanassova (1) en el prólogo a su traducción de los Cuentos populares búlgaros (2), que “en los Balcanes siempre ha existido una disposición de las masas a abandonar la oficial cosmovisión cristiana, y por eso la huella que los bogomilos (3) dejaron en la memoria del pueblo fue tan profunda que, muchos siglos después de la extinción de su ideología, seguían existiendo y gozando de amplia difusión varios cuentos populares con elementos bogomilianos. […] En los conceptos de los bogomilos –combatir la riqueza, declararse contra las guerras y predicar la paz y la justicia social– se manifiestan elementos de racionalismo y de humanismo impropios de la Edad Media. El bogomilismo se propagó no solo en Bulgaria sino que, desde el siglo XI hasta el XIII, penetró también en otros países (Bizancio, Serbia, Bosnia) y encontró terreno abonado en la Italia septentrional y la Francia meridional donde influyó en los valdenseslos albigenses o cátaros (4)".

Asimismo, la traductora hace esta interesante puntualización: “Un texto que ha sido considerado ‘central’ en su propia cultura casi nunca puede llegar a ocupar la misma posición en la cultura de llegada, entre otras razones porque las expectativas genéricas no son las mismas en las distintas sociedades, con la casi única salvedad de los cuentos populares que formaron su estructura básica en unos tiempos tan remotos que las distinciones genéricas todavía estaban flotando en el mar común de la expresión verbal. Su validez general funcionó durante siglos hasta que las crecientes diferencias entre etnias y naciones impusieron también al cuento ciertas marcas diferenciadoras no pudiendo, a pesar de todo, hacer que la convergencia sucumba ante la divergencia”.

El ámbito de la literatura popular, fundamentada en la tradición oral, ha sido objeto de multitud de estudios que, en efecto, concluyen en cierta universalidad de los orígenes, que para los europeos se sitúan en la mitología india y del Próximo Oriente. Como señala acertadamente la citada autora, “cuando los hermanos Grimm publicaron su primer volumen de cuentos populares pertenecientes a la tradición oral alemana, los eruditos de Alemania creyeron que esos cuentos se encontraban solo en la tradición oral de aquel país. Creían que mayor parte de cuentos alemanes eran restos de la mitología indoeuropea. Unas teorías que fueron perdiendo valor cuando empezaron a publicarse colecciones de cuentos populares de otros países y cuando se descubrió que la mayoría de los cuentos de los hermanos Grimm se hallaba en versiones semejantes en otras partes de Europa”.

Presentamos a continuación uno de los cuentos traducidos del búlgaro por la Dra. Atanasova, en el que queda patente el espíritu bogomiliano al que se refiere.

Albert Lázaro-Tinaut


Tres muchachas de perfil, del artista alemán Otto Mueller (1921).


Los hijos del voivoda

Estas eran tres hermanas cuyo padre tenía un molino de agua. Las dos mayores eran guapitas, aunque no tanto, mientras que la menor brillaba por su belleza como el lucero vespertino. Vivían las tres molineras en la casa paterna, el tiempo pasaba e iba convirtiéndolas en mozas casaderas. Una noche se sentaron con sus ruecas a la puerta del molino para hilar a la luz de la luna, empezaron a hablar y, de palabra en palabra, la primera dijo:
     –Si el hijo del voivoda gustase tomarme por esposa, le hilaría una madeja de lana con la que le tejería tanto paño como para vestir a toda su tropa.
     Entonces dijo la segunda:
     –Si gustase tomarme a mí, le amasaría una hogaza tan blanca como para dar de comer a toda su tropa.
     –Si gustase el hijo del voivoda casarse conmigo –dijo entonces la menor– le daría dos hijos de cabellos de oro y dientes de plata.
     Todas las noches el hijo del voivoda pasaba junto al molino, camino del río, adonde iba a abrevar su caballo blanco. Justo cuando charlaban las tres hilanderas, cruzó por ahí, paró su caballo y las escuchó. Luego, al volver, entró en el molino a buscar al viejo molinero y le dijo:
     –Abuelo, déjame tomar por esposa a una de tus tres hijas.
     –¿A cuál quieres? –preguntó alegrado el molinero.
     –A la menor.
     –Es tuya, hijo, pero antes te preguntaré qué oficio tienes.
     –Soy el hijo del voivoda, abuelo, mi padre ya es viejo y, cuando me case, me hará comandante de toda la tropa. Seré voivoda.
     –Ah, bueno, si es así, está bien –dijo el molinero.


Por fin te encontré, pintura de Albena Vatcheva.

     Al día siguiente, que era viernes, el hijo del voivoda celebró la boda. Fue a buscar a la hija menor, se la llevó al palacio de su padre en una carroza dorada y empezaron a vivir felices. Al cabo de cierto tiempo, el viejo voivoda, que ya iba perdiendo fuerzas, cedió el puesto a su hijo, quien llegó a ser un buen voivoda. Un día se presentaron en el palacio las dos hermanas mayores y comenzaron a decir:
     –Hermana voivodisa, recógenos en tu palacio para que nos demos un poco de buena vida nosotras también. Estamos hasta la coronilla de ir todo el día cubiertas de harina, ya nos hemos hartado del molino de papá. Es mucho mejor vuestro palacio.
     –Veníos, pues –les dijo la voivodisa invitándoles a su palacio.
   La hermana mayor, que era muy envidiosa, no se podía estar tranquila ni de día ni de noche, paseaba por el palacio tramando planes de cómo echar a su hermana y casarse con el voivoda. Un día la voivodisa tuvo dos hijos, dos niños maravillosos de cabellos de oro y dientes de plata. Miraba a sus hijos con lágrimas de emoción en los ojos y no cabía en sí de gozo. El marido había salido de caza e iba a volver tarde por la noche. La hermana mayor, la envidiosa, permanecía cerca del lecho de la parturienta reventando de rabia y de pronto dijo:
     –Hermana voivodisa, mira lo cansada que estás, ¿por qué no te echas un sueño?
     –¿Y mis hijos? –preguntó la madre.
     –Yo los acunaré y los meceré hasta que se duerman.
     La madre, fatigada como estaba, cerró los ojos y se adormeció. Entonces la envidiosa agarró a los recién nacidos, salió corriendo, se adentró en lo más tupido del parque y los mató. Luego, después de enterrarlos en medio del jardín, se fue donde la perra, le quitó dos cachorrillos y los acomodó en la cuna. Mientras la voivodisa seguía dormida, se puso a mecerlos y a cantarles. Tarde por la noche volvió el voivoda y la hermana salió a su encuentro diciéndole:
     –¡Enhorabuena, que ya eres padre!


Cachorros, óleo del artista chino T. F. Lu.

     –¿Dónde están mis hijos? –gritó alegre el joven voivoda corriendo hacia la cuna, pero al ver los dos perritos, palideció de ira y ordenó:
     –¡Fuera de aquí! Echad a esos perros y expulsad del palacio a su madre, hacedle una cabaña de paja por ahí, por el río, y que de ahora en adelante cuide de mis patos.
     –Y tú, ¿cómo te apañarás sin mujer? –preguntó la envidiosa.
     –Eso es pan comido –dijo el voivoda enfadado–: me casaré contigo.
     Sus órdenes fueron cumplidas aquella misma noche.
    Al día siguiente el voivoda salió a dar un paseíto por el jardín y ¡vaya sorpresa!: allí donde la envidiosa enterró a los dos niños habían crecido dos maravillosos árboles de hojas de plata y flores de oro. El voivoda se quedó asombrado y llamó a su nueva mujer:
     –Ven a ver. ¡Ha obrado un milagro!
     Primero pasó bajo de los árboles el voivoda y estos se inclinaron para acariciarle la cabeza. Luego pasó la voivodisa y los árboles se doblaron azotándole la cara.
     –El voivoda llamó a unos carpinteros y les dijo:
     –Colocad dos camas entre el ramaje de esos árboles que esta noche la voivodisa y yo vamos a dormir ahí arriba, en medio de las flores de oro y las hojas de plata.
     Los carpinteros armaron las camas y a la noche el voivoda y su mujer se acostaron a dormir bajo el runrún de las hojas de plata.
     El voivoda se durmió enseguida porque las flores le acariciaban la cara mientras que la voivodisa estaba en ascuas y no podía pegar ojo, pues las ramas le hacían daño. Cerca de medianoche los dos árboles hablaron con voces humanas:
     –Hermano –dijo uno–, ¿puedes con el voivoda?
     –Sí, no me pesa –contestó el otro– porque es mi padre. Le encuentro más liviano que una pluma. Y tú, ¿qué tal con la voivodisa?
     –Me pasa más que una vaca en brazos y me hace crujir las ramas.
     La voivodisa los oyó, se bajó del árbol y pasó la noche entera tiritando tumbada en la hierba húmeda.
     Al día siguiente, cuando el voivoda bajó y se fue otra vez a cazar, la voivodesa agarró un hacha, cortó los árboles y los quemó hasta reducirlos a un montoncito de ceniza.


Ovejas 3, pintura de Jesús Fernández Escobar.

     La pastora de patos, que era la madre de los niños asesinados, cogió un puñado de ceniza y lo esparció por los arriates, en los que aquella misma noche brotaron tallitos de albahaca dorados y plateados. La envidiosa se dio cuenta de que la albahaca había crecido de la ceniza de los árboles y dejó entrar en el jardín a una oveja para que se comiera la albahaca. Durante la noche esta oveja parió dos corderitos de lana de plata y cuernecillos de oro. Al verlos, la envidiosa los metió deprisa en un canasto y, embreándolo, lo arrojó al río. Los corderitos flotaron a la deriva pero, por suerte, el canasto encalló justo en el salcedo que había delante de la cabaña de paja donde vivía la pastora de patos. Hambrientos como estaban, se pusieron a dar balidos lastimeros, y la mujer al oírlos se levantó y se acercó al salcedo con una vela encendida en la mano. Halló el canasto embreado, lo abrió y ¡vaya sorpresa!: se encontró con los dos corderitos de plata con cuernecillos de oro. Enseguida reconoció en ellos a sus hijitos, se los llevó a la cabaña y les dio el pecho. Tan pronto empezó a mamar el primer corderito, se convirtió en niño. Entonces la madre se alegró, dio de mamar al segundo y este también se convirtió en niño.
     Los dos chicos de cabellos de oro y dientes de plata se quedaron a vivir en la cabaña de paja, fueron creciendo, dieron los primeros pasos, empezaron a hablar. A menudo salían a jugar a la puerta de casa y todos quienes por ahí pasaban se detenían maravillados a mirarlos. Una vez pasó la voivodisa y los niños se pusieron a tirarle piedras. Pasó el voivoda y salieron corriendo a barrer el sendero por el que iba a pasar su caballo.
     El voivoda, al verlos, se quedó pasmado: ¿de dónde habrían salido esos dos muchachos de dientes de plata y cabellos de oro? Precisamente así serían los que prometió darle en su día la mujer que ahora cuidaba de sus patos. Tuvo una corazonada y salió en su busca. Ella estaba junto al río, apoyada en un largo cayado, cuidando de los patos.
     –¿Cómo es que tienes a esos niños? –inquirió el voivoda.
     –Me los trajo el río en un canasto embreado –contestó la mujer y se metió en la cabaña.
     El voivoda regresó al palacio y encontró a la voivodisa intentando atrapar al gato y darle una paliza por haber pegado unas lengüetadas a la leche.


Gato, pintura de la artista estadounidense Debbie Crawford.

     –No me pegues que le contaré al voivoda cómo mataste a sus hijos y los cambiaste por unos perritos –maulló el gato.
     Al escuchar esto, el voivoda arrebató el palo a su mujer y lo tiró por la ventana, luego se agachó. Cogió el gato en brazos y se puso a interrogarlo. El gato, como no duerme de noche, conocía toda la historia y le contó al voivoda de cabo a rabo qué fue lo que hizo la envidiosa con los niños, los árboles, la albahaca y los corderitos.
     –¿Y cómo fue que los corderitos se convirtieron en niños? –preguntó el voivoda.
     –Eso también lo vi –habló el gato–, me encontraba cazando ratones en la cabaña de la pastora de patos cuando ella sacó los corderitos del canasto. En cuanto les dio el pecho, enseguida se convirtieron en niños.
     Entonces el voivoda se llevó consigo al palacio a su primera mujer y a los niños de ambos, mientras que a la envidiosa bien que la arrojaron al mar.


Tres, ilustración de Albena Vatcheva.

Notas

1. Denitza Bogomilova Atanassova (Sofía, 1969) es licenciada en Filología Hispánica y Filología Eslava por la Universidad de su ciudad natal y doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Salamanca. Además de dedicarse a la docencia y la interpretación, desde 1997 es traductora jurada para las lenguas castellana y búlgara.
2. Cuentos populares búlgaros contados en castellano. Traducción, introducción y notas de Denitza Bogomilova Atassanova. Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, Universidad de Valladolid, 2002. Colección “Disbabelia”, núm. 4.
3. Czesław Miłosz se refiere así a los bogomilos: “Una secta maniquea de la Bulgaria de la Edad Media, que surgió en estas tierras porque Bizancio, en cuyas provincias orientales de Asia se propagaba la religión herética del profeta Mani, intentó deshacerse de los maniqueos expulsándolos hacia el sur. Los bogomilos se refugiaron en los monasterios. La tendencia de las sectas rusas a presentar el mundo material como un dominio del diablo, cuando no directamente como una creación suya, podría ser una herencia búlgara, tal y como lo es el dialecto eslavo eclesiástico” (en Abecedario. Fondo de Cultura Económica, México, 2003, pp. 67-68).
4. Sobre las influencias de los bogomilos en los cátaros, véase https://www.loscataros.com/influencias-de-bogomilos-sobre-los-cataros/.


domingo, 31 de enero de 2016

Los judíos en Rumanía: pasado y presente

La Sinagoga Mare (Gran Sinagoga) de Bucarest, tras su restauración 
completa y su reapertura en julio de 2007.

Introducción

En Rumanía, cuya población es de unos veintiún millones de habitantes, la comunidad judía, antes numerosa, ha quedado reducida a alrededor de 14.000 individuos. La mayoría de éstos son judíos asquenazíes, pero en algunas de las principales ciudades del país (Bucarest, Iași, Cluj, Oradea...) se encuentran todavía pequeñas comunidades sefardíes: son reliquias del pasado, e incluso muchos sefardíes rumanos han abandonado el judaísmo. La Federación de Comunidades Judías (Federaţia Comunităţilor Evreieşti din România), con sede en Bucarest, es el principal órgano de coordinación de las actividades de los judíos rumanos y publica la revista mensual Realitatea Evreiască (‘La Realidad Judía’) fundada en 1956 por el rabino Moses Rosen con el nombre de Revista Cultului Mozaic (‘Revista del Culto Mosaico’).


Desde la Edad Media, los judíos se asentaron en los principados de Valaquia (Țara Românească), Moldavia (Moldova) y Transilvania (Erdély, en húngaro; Siebenbürgen, en alemán), que entre los siglos XV y XIX (hasta finales del XVII, en el caso de Transilvania) fueron estados vasallos del Imperio otomano y más tarde, tras diversas vicisitudes, se integraron en el Reino de Rumanía (1881-1947), y sucesivamente en la República Popular Rumana (1947-1958), la República Socialista de Rumanía (1958-1989) y la República de Rumanía actual. Situadas en una zona de intersección de fronteras y limítrofe con reinos e imperios poderosos, las tierras de aquellos principados fueron un área de controversias y, al mismo tiempo, de confluencia cultural.

La evolución del Imperio otomano según un mapa diseñado por Ilya U. Topper.
(Fuente: www.mediterraneosur.es)

El tratado de paz de Karlowitz entre Austria y Turquía sancionó en 1699 la anexión de Transilvania, como un principado autónomo, al Imperio austriaco de los Habsburgo, y el Imperio otomano, por su parte, introdujo en Moldavia (1711) y Valaquia (1716) el régimen fanariota, que se mantuvo hasta 1821 con voivodas griegos corruptos y fieles a los turcos que incrementaron el control político y económico otomanos.

Violenta imagen del levantamiento popular de 1821 en Bucarest, 
que puso fin al odiado régimen fanariota (grabado alemán de la época).

El actual suelo rumano fue, durante mucho tiempo, campo de batalla en las numerosas guerras que enfrentaron a los imperios austriaco y ruso desde 1710 hasta 1856, enfrentamientos que no sólo devastaron el territorio, sino que produjeron amputaciones territoriales y no pocos desplazamientos de población. El mosaico étnico de la Rumanía actual da fe de ello. Desde principios del siglo XIX los principados rumanos (con la excepción ya mencionada de Transilvania) se fueron distanciando del Imperio otomano y se inició un proceso de identificación durante el cual la población fue concienciándose de su pertenencia a una misma nación, hasta que en 1862 se fundó la nación rumana moderna, se estableció su capitalidad en Bucarest y se inició la lucha por la independencia con el respaldo de Rusia.

Tropas rumanas cruzando el Danubio para ocupar la Dobruja en 1878, 
durante la guerra ruso-turca (pintura de Henryk Dembitzky).

La Rumanía sefardí y la inmigración de los asquenazíes

La llegada a Valaquia de los primeros judíos sefardíes (del hebreo ספרדים [Yehudei Sfarad], literalmente “los judíos de España”) está documentada por primera vez en 1496. La migración de los judíos ibéricos a los Balcanes fue favorecida por el sultán otomano Beyazid II, quien envió incluso buques de su Armada para transportar desde las costas españolas a numerosos judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492.

Alexandros Ypsilantis.

La convivencia de las comunidades judías con los habitantes de las regiones balcánicas ocupadas por los turcos fue siempre respetuosa e incluso, con frecuencia, valorada: en 1818, por ejemplo, el príncipe Alexandros Ypsilantis (fanariota griego) nombró primer hahambaşı (‘gran rabino’) de Valaquia y Moldavia (con residencia en Iași) a Betalel Cohen, hijo del rabino Naftalí Cohen, que había sido hombre de confianza del sultán Mustafa III. A partir de 1834, los propios judíos fueron autorizados a elegir a sus rabinos, aunque ya sin el título oficial de hahambaşı.

Los sefardíes, sin embargo, empezaron a perder influencia a partir de finales del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar a Valaquia y Moldavia oleadas de asquenazíes (del hebreo יהודי אשכנז [Yehudei Ashkenaz], literalmente “los judíos de Alemania”), de lengua yiddish, huyendo de las persecuciones de que eran objeto en Rusia y Galitzia.

Puerta de la sinagoga de Gherla 
(Szamosújvár), Transilvania.
(Fuente: Flickr Hive Mind)

Los judíos sefardíes están documentados por primera vez en tierras del Principado de Transilvania, concretamente en la ciudad de Alba Iulia (Gyulafehérvár, en húngaro; Carlsburg, en alemán), en 1591. La emigración de los judíos a Transilvania continuó hasta el año 1848, cuando se impusieron restricciones de residencia: el número de judíos censados en aquella región histórica pasó de unos 2000 en 1766 a más de 30.000 en 1880. La ciudad fronteriza de Timișoara (Temesvár, en húngaro; en alemán, Temeschburg) fue colonizada por judíos sefardíes antes de la llegada de los asquenazíes. Las dos sinagogas de la ciudad, la sefardí y la asquenazí, se construyeron en 1762.

Desde principios del siglo XIX, el norte de Moldavia se convirtió en el centro cultural y de la vida judía, sobre todo a causa de las migraciones de asquenazíes desde Rusia: en 1803 sólo había 15.000 judíos en Moldavia, y en 1899 ya eran 197.000. En Valaquia, los judíos eran apenas 4000 en 1831, habían aumentado hasta unos 9000 en 1859 y llegaron a ser 61.000 en 1899. Desde finales del siglo hasta 1914 emigraron más de 75.000 judíos rumanos, sobre todo a los Estados Unidos.

Familia de judíos rumanos establecida en Filadelfia (Pensilvania,
Estados Unidos) a finales del siglo XIX.
(Fuente: www.jewhishgen.org)

Fueron numerosos los judíos que rumanizaron sus apellidos: Avramescu, Isacescu, Iacobescu; Aroneanu, Ocneanu, Podoleanu. O bien los adoptaron a partir de sus oficios: Ciubotaru o Ciubotarul (‘zapatero’), Fieraru (‘herrero’), Pescaru (‘pescador’)… Los apellidos específicos sefardíes muestran las raíces multiétnicas de éstos o sus antiguas procedencias: Aftalion, Alcaly, Alfandari, Behar, Granini, Medina, Mitani, Nahmias, Papo, Semo, etc., según hubieran llegado directamente de la península Ibérica o a través de Italia, Grecia, Turquía y los países del norte de África.

El ladino o judeoespañol se habló durante mucho tiempo en tierras de la actual Rumanía, sobre todo en las ciudades portuarias del Danubio y en la Dobruja Meridional.

Localización de las principales comunidades sefardíes
en Moldavia y Valaquia a finales del siglo XIX.
(Fuente: Sephardic Studies)

El Holocausto y sus consecuencias

En el verano de 1940 Rumanía sucumbió a la presión alemana, y luego Besarabia y la mitad septentrional de la Bucovina quedaron integradas en la Unión Soviética; el norte de Transilvania pasó a Hungría, y el sur de Dobruja, a Bulgaria. El antisemitismo se extendió por todo el país, primero tras la proclamación del Estado Nacional Legionario (Statul Naţional-Legionar Român), y especialmente tras la llegada al poder del dictador filonazi Ion Antonescu y la acción de la organización ultranacionalista y antisemita Garda de Fier (‘Guardia de Hierro’).

La gran sinagoga sefardí de Bucarest (el Kahal Grande), 
destruida por la Guardia de Hierro en enero de 1941.

Muchísimos hogares de judíos fueron saqueados, sus tiendas incendiadas, numerosas sinagogas profanadas; durante el pogromo de Bucarest de enero de 1941, dos de ellas quedaron incluso arrasadas: el Kahal Grande, la gran sinagoga sefardí de Bucarest, y la vieja bet ha-midrash (‘casa de estudios). Algunos líderes de la comunidad bucarestina fueron encarcelados y los fieles, expulsados de las sinagogas por la fuerza, torturados y asesinados.

Más de 264.000 judíos y gitanos perecieron en los campos de exterminio nazis durante la segunda guerra mundial, víctimas del denominado Holocausto rumano. La mayoría de los supervivientes huyeron luego de la Rumanía comunista y emigraron a Israel o los Estados Unidos. Solamente unos 14.000 judíos, la mayoría mayores de sesenta años, viven hoy en Rumania.

Albert Lázaro-Tinaut




[Este texto está basado en varias fuentes, pero sobre todo en el artículo (sin firma) “Sephardic Jewish community in Romania”, publicado en Sephardic Studies, del Stroum Center for Jewish Studies de la Universidad de Washington y reproducido en el boletín eSefarad el 2 de enero de 2016.]

sábado, 21 de noviembre de 2015

Política y religión en Albania

La ciudad de Berat es un buen ejemplo de convivencia
pacífica 
entre religiones en Albania.
(Fuente: FrontiereNews, 2014)


Albania, que hasta hace relativamente pocos años era un país casi inexistente en el imaginario de los europeos y que vivió un largo período de dictadura tiránica (el de la República Popular, entre los años 1946 y 1992), intenta levantar cabeza después de haberse liberado de aquellos déspotas; muchos de ellos, sin embargo, se han “reconvertido” ideológicamente por conveniencia (como en otros países del “socialismo real”), pero continúan ejerciendo el despotismo, agravado por la posibilidad de manejar intereses incluso más infames que los anteriores, ya que permanecen ocultos bajo una sospechosa capa de barniz pseudodemocrático.

Enver Hoxha, líder comunista y primer ministro 
de Albania desde 1946 hasta su muerte, en 1985.

Así, las ambiciones de parte de la población, deseosa de aproximarse a una Europa más moderna y avanzada, se han visto truncadas una y otra vez, y una de las razones de esta situación ha sido la utilización interesada de las religiones. 

La situación, no obstante y pese a todo, ha ido evolucionando con gran rapidez, y las nuevas generaciones (sobre todo las que no vivieron los años tenebrosos de la dictadura), que manejan con soltura las nuevas tecnologías, son ahora la punta de lanza de una modernización que avanza imparablemente y ha conseguido que en poco tiempo cambiara incluso la fisonomía de las ciudades.

Para quienes no conozcan de cerca la realidad albanesa, conviene decir que aquel pequeño país es un buen ejemplo de convivencia religiosa. Entre las creencias predomina la islámica, aunque está muy presente la católica, sobre todo en las regiones del norte, y la ortodoxa griega en las del sur. Al margen de las esferas de poder, raros son los radicalismos y la violencia por razones religiosas (aunque el extremismo islámico ha empezado a extender hacia allí sus tentáculos y no han faltado los intentos de “evangelización” por parte del Vaticano). Cada grupo religioso vive sin manifestar estruendosamente su creencia y es respetuoso con las de los otros, y si algo apenas se practica entre los albaneses (muchos de los cuales son ateos) es el proselitismo.

Gjergj Meta.

El artículo que se presenta a continuación (ligeramente reducido y adaptado) está firmado por el sacerdote católico albanés Gjergj Meta. Pese a que se publicó hace dos años, y desde entonces han cambiado algunas cosas, creemos que vale la pena divulgarlo para que los lectores tengan una idea más precisa de la realidad en que vive el país vista desde dentro, al menos de cara a una Europa llena de contradicciones y en crisis, pero que para una gran parte del pueblo albanés representa la oportunidad de acabar de salir del agujero negro en el que ha ha estado sumido durante décadas. Nos daremos cuenta, una vez más, de cómo el poder político se preocupa por sus intereses de “casta” (por emplear un término que se ha puesto de moda) y frena a veces los anhelos de una sociedad ansiosa de un futuro mejor.

Albert Lázaro-Tinaut




La Europa “cristiana” y la Albania “musulmana”

Por Gjergj Meta

Por razones mezquinas, se ha estado difundiendo en Albania la idea de que la candidatura a la Unión Europea no era tenida en cuenta a causa de la presencia de musulmanes en el país. Se trata de una demagogia diabólica. En realidad, esa idea ha sido divulgada por algún político, pero yo la percibo a menudo más allá de los discursos públicos, es decir, en círculos sociales más reducidos.

Antes de entrar en el análisis de este fenómeno, quisiera aclarar que, a mi entender, hay dos las razones por las que aún no hemos conseguido el estatus de país candidato [1]. En primer lugar encontramos los atavismos comunistas que todavía persisten en la mentalidad de muchos albaneses, próximos o no al gobierno. En segundo lugar, hay que culpar de forma absoluta y sin paliativos a las instituciones políticas albanesas, donde la oposición de ayer boicoteaba al gobierno, y cuando éste pasaba a la oposición hacía otro tanto.

El actual Primer Ministro de Albania, Edi Rama, dirigiéndose 
al parlamento tras su investidura, en septiembre de 2013.
(Fuente: Albania News)


En este sentido, sin embargo, será tarea de la historia y no mía establecer los méritos o la ignominia de cada cual. Por lo que se refiere al factor religioso entendido como determinante para la cuestión de la adhesión de Albania a la UE, sostengo que se trata de demagogia no sólo mediocre, sino peligrosa, en el sentido de que puede generar conflictos.

Por lo general, quienes difunden esas ideas no tienen nada que ver con la religión ni con la distinción entre cristianos y musulmanes, puesto que continúan viendo las creencias religiosas desde el prisma de la ideología marxista, o bien utilizan la vara de medir del pragmatismo (para optar a algún cargo en la Administración), como si una religión determinase la posibilidad de adhesión a la UE.

Representantes de las cuatro principales religiones que conviven 
en Albania: islam, catolicismo, ortodoxia griega y sufismo bektashi.
(Fuente: Community of Sant’Egidio, 2015)


En lo que concierne a Europa, la historia de los conflictos religiosos es larga. En nuestro continente, el antisemitismo hizo estragos: ¿no fue acaso ese un conflicto de tipo religioso? No había ninguna necesidad de que los “moros” aparecieran en las costas de Gibraltar para guerrear contra los cristianos, ya que nosotros mismos, como cristianos, ya hemos demostrado sobradamente nuestra capacidad enfrentarnos y matarnos por el hecho de ser protestantes o católicos.

¿Acaso esta misma historia no se repite todavía en Irlanda? ¿No es una verdad histórica que a los católicos, en Inglaterra, se les prohibió ejercer como tales y fueron despreciados durante trecientos años por sus hermanos cristianos anglicanos? ¿No somos conscientes de que ahora mismo, en Grecia, los católicos no gozan de los mismos derechos que los ortodoxos?  Nosotros mismos, en Albania, intentamos siempre eludir los problemas y los conflictos achacándolos a los otros.

La matanza de San Bartolomé, pintura de Martin Dubois que representa 
el asesinato en masa de calvinistas franceses (hugonotes) en 1572, 
durante las guerras de religión en Europa.

No son los musulmanes quienes dificultan la adhesión de Albania a la UE. Si los musulmanes tienen sus problemas, como los tienen los cristianos, es una cuestión que resolverán ellos, seguramente con no pocos sacrificios, como ocurre en otros muchos países de mayoría musulmana, en el Oriente Medio y en África, donde unas minorías integristas y fundamentalistas controlan y dirigen la vida de los pueblos.

Olvidamos con frecuencia que en Albania no existe, en el fondo, la voluntad de aceptar la tradición europea, en la que las diversidades se aúnan para conseguir objetivos comunes. Nosotros todavía no somos capaces de pensar (y ni siquiera de aceptar) que la Europa actual nació gracias a un apretón de manos entre dos pueblos enemigos, Francia y Alemania, al final de la segunda guerra mundial. En el momento más impensable, se consiguió crear esa Europa a la que ahora aspiramos.

No tenemos esa voluntad porque entonces gobierno y oposición se verían obligados a estrecharse las manos y ello significaría, en Albania, un acercamiento entre adversarios políticos; y quienes manejan los medios de comunicación y la cultura deberían someterse a debates más civilizados en la televisión, por ejemplo. En nosotros pervive aún la mentalidad comunista, todavía mantenemos el pensamiento hegemónico e integrista. Pensamos que “no debe existir el ‘diferente’”, o bien que “la integración de Albania debe llevar grabado mi nombre pero no, además, el de mi adversario”. ¡Cuántas veces, en los últimos años, lo hemos echado todo a perder, hemos optado por el boicot porque no queremos que nadie más se haga merecedor de ningún mérito, porque no queremos compartir los méritos con nadie!

Manifestantes en la capital albanesa durante la campaña 
electoral de la primavera de 2013.
(© AFP / G. Shkullaku)


Si entre nuestros políticos no existe la cultura del acercamiento, ¿por qué hemos de culpar de todo a los musulmanes? Eso significa lavarse las manos y sacudirse de encima los problemas y las responsabilidades. Significa convertir una vez más la religión en un problema y volver a la mentalidad de 1967 [2], aunque se camufle de modernidad laicista.

Europa requiere estándares que no choquen con la ley, voluntad en la lucha contra la corrupción y un sistema educativo en perfecta sintonía con los principios sobre los que se creó la UE, que no pide el certificado de bautismo ni se preocupa de que uno haya sido circuncidado o no. Exige, en cambio, que se trabaje bien y con empeño para alcanzar objetivos comunes, sin establecer diferencias entre unos y otros. Atribuir connotaciones religiosas a la fallida adhesión de Albania a Europa significa alejarse de los problemas reales para ir a buscar otros donde no existen.

Las banderas de Albania y la Unión Europea 
ondeando juntas en el centro de Tirana.
(Fuente: S&D, 2015)


Esto significa que no se llega siquiera a ciertos niveles de la cultura medieval, cuando el cristianismo descubrió la filosofía pagana y cuando se dio de bruces con el islam, o cuando Francisco de Asís, por ejemplo, se entrevistó con el sultán egipcio, y Avicena y Averroes, eruditos musulmanes de Persia, nos devolvieron a Aristóteles, que había sido olvidado durante siglos.

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[1] De hecho, en junio de 2014, medio año después de que se publicara este artículo, la UE otorgó a Albania ese estatus.
[2] Año en que el dirigente comunista Enver Hoxha proclamó oficialmente que Albania se convertía en el primer Estado ateo del mundo. Ello supuso el cierre o la destrucción masiva de mezquitas e iglesias y el inicio de una cruel persecución de cualquier persona relacionada con alguna religión o creyente de cualquier fe que no fuera el comunismo estalinista.


(Este artículo se publicó originalmente en albanés con el título «Europa e ‘krishterë’ dhe Shqipëria ‘myslimane’» [“La Europa ‘cristiana’ y la Albania ‘musulmana’”] en Peregrinus.al el 27 de diciembre de 2013. Ha sido traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión italiana de Daniela Vathi.)

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