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martes, 20 de marzo de 2012

Knuts Skujenieks, el poeta que regresó de otro mundo

 (Foto © Toms Grīnbergs, Latvijas Universitātes Preses centrs)

Por Pietro U. Dini, Universidad de Pisa [1] 

 “El cantor tal vez irónico del mundo báltico de ayer” podría ser una primera definición del poeta letón Knuts Skujenieks, sin excluir otras muchas definiciones. En efecto, el propio Skujenieks ha manifestado que tanto él como su poesía están anclados en un mundo que evoluciona rápidamente, en sensaciones y sonidos que a menudo –es una ilusión, claro– consiguen sobrevivir a los cambios y que en ocasiones le permiten reconocer que “yo soy de aquel mundo / que ya casi no es”. 

Un cantor de ayer, pero no sólo eso, porque ha sido y es, sobre todo, un Kulturträger (‘sostenedor de la cultura’) de su propia patria y de su tiempo, que ha ofrecido el testimonio trágico de esa función incluso en el archipiélago gulag soviético. El poeta que “nació” en Mordovia, elaboró en aquellos siete años de exilio, en aquel claroscuro, un peculiarísimo hábito de escucha y atención con respecto a cualquier variedad lingüística: “Es un largo camino –ha dicho– que va desde la protesta y la lucha por la supervivencia hasta la comprensión del mundo y su aceptación”. 

Ahora reside en Riga, donde nació el 5 de septiembre de 1936 en el seno de una familia de intelectuales: su padre era escritor y traductor, y su madre, actriz. A causa de la muerte precoz de esta última, pasó su infancia con los abuelos, que vivían en Bauska, una ciudad de poco más de diez mil habitantes situada en la Semigalia (sur de Letonia), junto a la frontera lituana. Estudió lengua y filosofía en Riga y en 1961 terminó sus estudios en el Instituto de Literatura Maksim Gorki de Moscú. 

El castillo de Bauska, a orillas
del río Mūša.

(Foto © Daarznieks / Wikimedia Commons)

Enseguida empezó a trabajar como periodista en las redacciones de periódicos letones, al tiempo que asistía a reuniones entre jóvenes artistas [2] en casas particulares de Riga, donde se hablaba de las tendencias literarias y artísticas en la Europa occidental. Ello llamó la atención de la policía secreta y fue motivo suficiente para que Skujenieks, con sólo veintiséis años, fuera declarado culpable de actividades antisoviéticas y se convirtiera así, teóricamente, en ejemplo de lo que podría ocurrirles a otros jóvenes librepensadores. Al año siguiente (1962) fue condenado a siete años de trabajos forzados en la república rusa de Mordovia. 

Aquella experiencia supuso un giro existencial para el futuro poeta: en el desierto del gulag convirtió su lengua –el letón– en su hogar. Escribió unas mil composiciones (que le fueron requisadas y recuperó sólo al cabo de muchos años), las cuales constituyeron su particular ubi consistam [3], pese a sus continuas dudas y la amenaza que pesaba siempre sobre él como prisionero político, a lo que se añadían las duras condiciones climáticas donde “morir es más fácil que estar vivos” (véase más abajo su poema “6 de mayo de 1968, 7.20 horas, a 2º centígrados”). 

Mapa del archipiélago gulag.
(Fuente: Save Your Heritage, www.saveyourheritage.com)

Cuando regresó a Letonia, Skujenieks se dedicó humildemente al silencioso trabajo de traductor y se sometió a su dura disciplina: había adquirido (gracias, en parte, a sus muchos y variopintos compañeros de cautiverio) una rara y envidiable capacidad políglota que le ha permitido acceder a las más diversas literaturas y traducirlas. 

Además de su propia poesía, Skujenieks ha publicado más de veinte libros de traducciones a partir de numerosos idiomas: ucraniano, esloveno, español [4], serbocroata, macedonio, neogriego, polaco, finés, lituano, sueco y danés, entre otros. Una de sus pasiones ha sido siempre la traducción al letón de los cantos populares y, en general, de la poesía tradicional de otros pueblos: su voluminoso libro Dziesma, ej viegli pa manu sirdi (‘Canto, camina levemente sobre mi corazón’, 2001) es una antología de ejemplos poéticos de toda la poesía popular europea del siglo XX, tomados de setenta y dos lenguas distintas y presentados en sus versiones originales con sus traducciones letonas encaradas. 

Skujenieks en Nida (Lituania) en 2003.
(Foto © Vladas Braziūnas)

La rehabilitación “política” de Knuts Skujenieks no se produjo hasta 1989. Desde entonces le han sido tributados los honores prohibidos anteriormente. Ha merecido muchos premios en su país (el Andrejs Upīts, el Nacional, el Spīdola) y también en el extranjero (el Jatvingio en Lituania, el Ivan Franko en Ucrania, el Tomas Tranströmer en Suecia, el del Fondo de Escritores Suecos…), además de otros reconocimientos (la Orden de las Tres Estrellas en Letonia, la Orden del Gran Duque Gediminas en Lituania, la Encomienda de Isabel la Católica en España). Ha sido, además, presidente del PEN Club de Letonia durante dos períodos (1989-1996 y 1998-2002). 

El “estreno” poético de Knuts Skujenieks fue, por las razones explicadas, más bien tardío con respecto al promedio letón de la época. El autor tenía 42 años cuando se publicó su primer libro, Lirika un balsis (‘Lírica y voz’, 1978), donde reunía tanto poemas propios (en los que es muy evidente la influencia de los cantos populares) como traducciones de autores de otras literaturas. En el prefacio encontramos incluso una alusión a su poética: “Poesía, para mí, no significa determinadas comparaciones, determinados ritmos ni un determinado material de vida. La poesía es una determinada forma de vida, la tendencia a descubrir, comprender, sentir y expresar, llegar a otra persona. Todo lo demás son refinamientos del oficio”. 

Al primero siguieron otros dos poemarios: Iesien baltā lakatiņā (‘Envuélvela en un blanco lienzo’, 1986) y Sēkla sniegā (‘La simiente en la nieve’, 1990). Este último ha sido definido por su autor como “un libro a medias entre el documento y la literatura”; en efecto, los versos recogidos en él son, cronológicamente, los primeros, es decir, los que escribió en el campo de trabajos forzados de Mordovia entre 1962 y 1969. En su breve prefacio explica por qué no tuvo prisa en publicar ese libro cuando las circunstancias políticas ya lo permitían: “No he querido convertir en culto el período más duro de mi vida, los siete años de cautiverio. Eso, que quizá para mí puede ser, personalmente, una tragedia excepcional, para nuestro pueblo es la terrible realidad histórica”. 

Skujenieks se ha referido muchas veces, cómo no, a la relación entre su poesía y el campo de trabajo: “Le estoy reconocido al campo de concentración –dijo en cierta ocasión– porque la vida allí me convirtió en poeta…”. Otra vez afirmó que “el cautiverio hace que uno se dirija no a aquello que es únicamente personal, sino a lo universal, como en las guerras de liberación o las del resurgimiento nacional… Con respecto a mi propia experiencia, insisto en afirmar que mi poesía de entonces no es ‘poesía de campo de concentración’, sino ‘poesía escrita en el campo de concentración’. Me esforcé para neutralizar la existencia elemental de la prisión, para generalizarla, introducirla en relaciones históricas más amplias, no evitar momentos de experiencias muy íntimas. No permití que la situación controlase mi pensamiento ni mi mano… Poco a poco, la ira y la protesta se convirtieron en lucha contra esa prisión que está en mí mismo”. 

Fragmento de un manuscrito
de Knuts Skujenieks.

(Fuente: Latvijas Nacionālās bibliotēkas blogs, 2010)

Con respecto a estas reflexiones, la crítica ha subrayado con buen juicio otras dos características de Skujenieks: su actitud de pēdējis romantiķis (‘último romántico’), o sea de quien se siente estoicamente libre aunque esté encadenado, según Guntis Berelis, y el hecho de que haya sido siempre miera cilvēks (‘un hombre de paz’), según Jānis Rokpelnis. 

El color blanco como ética y estética 

“Si dos viejecitas letonas se encuentran –escribió Skujenieks– todavía se les pueden oír palabras como estas: ‘¡Hola, querida, blanca!, ¿cómo estás?’. El blanco es un color apreciado, puro y hasta sagrado, especialmente cuando durante tanto tiempo se ha estado labrando la tierra negra. Blanca es la vida y blanca es la muerte”. Y se puede añadir que el blanco está muy presente en la poesía del propio Skujenieks. 

Sobre el fondo blanco –implícito o interiorizado, o bien explícito, exteriorizado– de nieves mordovias o bálticas, el poeta ambienta y libera gran parte de sus versos, de manera que resulta incluso fácil descubrir en ello el topos skujenieksquiano por excelencia. Bastarían pocos ejemplos para constatarlo: es en un paisaje nevado donde imagina el brillo del último botón que permanece en su camisa (véase el poema “El botón”), y es también en ese contexto que los carbones se vuelven blancos (“y ya no hay niebla”); es una margarita blanca la que le da la señal que lo ilumina ("Iluminación”)… 

Invierno en un suburbio de Saransk (Mordovia).
(Foto © Alexander Karasev, 2008)

En un albor como ese, omnipresente y penetrante, surgió el primer diálogo íntimo del poeta consigo mismo y adquirió forma histórica su proyecto poético, al tiempo que le hacía comprender que “poseía una lengua con la que reía y peleaba, con la que se calentaba como bajo su querido sol”. El recorrido de aquella constatación hasta alcanzar la convicción tranquilizadora de que la lengua era su auténtico hogar fue breve: había que luchar por la lengua “tanto en las redacciones de los diarios como en las celdas de las prisiones […], ya que la lengua es aliento, y no orgullo ni honor”. De esta manera asume la lección, ética y estética a la vez, que aprendió y nunca ha olvidado (y ha dado a los demás) el poeta “que regresó de otro mundo”. 

Adaptación y traducción de Albert Lázaro-Tinaut 


 [1] Este texto es una adaptación resumida, autorizada por su autor, del artículo “Per un’e(ste)tica colore del bianco”, que Pietro U. Dini publicó como apéndice de la antología bilingüe (con sus propias traducciones al italiano) de Knuts Skujenieks: Tornato da un altro mondo. Edizioni Joker, Novi Ligure, 2010. 
[2] Era el grupo de los denominados “herméticos letones”, entre los que estaban Uldis Berziņš, Hermanis Marģers Majevskis y Jānis Rokpelnis. 
[3] Locución latina que resume la famosa idea de Arquímedes sobre la palanca Da mihi ubi consistam, terramque movebo (‘Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”). 
[4] Ha traducido, por ejemplo, poemas de Federico García Lorca.




Seis poemas de Knuts Skujenieks
traducidos del letón por Pietro U. Dini y Albert Lázaro-Tinaut 


Cargado 

Cada hora, cada segundo siento 
más gravosa una carga en mi espalda. 
Y poco a poco el mundo amarillea 
como un vetusto daguerrotipo. 

Y el mundo se hace añicos lentamente 
con versos olvidados de la adolescencia, 
va alejándose despacito el mundo 
con rostro de mujer agonizante. 

Ya no me ofrece ningún calor la tierra, 
que se derrumba con todos mis despojos. 
Lanzado a una tan lejana órbita 
he perdido la esperanza de volver. 

Festines y funerales más allá de mí. 
Bajo mis pies se ama y se humilla. 
No hay tierra. Pero la carga de la tierra 
es un lince agazapado en mi nuca. 

(1963) 

Smagums 
Ik stundu, ik sekundi skaudrāk / es jūtu smagumu plecā. / Un pasaule pamazām dzeltē / kā fotogrāfija veca. // Un pasaule pamazām sadrūp / ar aizmirstu pirmsskolas dzeju. / Un pasaule pamazām aiziet / ar mirstošas sievietes seju. // Vairs zeme nesilda mani / un nokrīt ar / skrandainu veļu. / Tik tālu es orbītā iemests, / ka neceru atpakaļceļu. // Aiz manis dzīro un bērē. / Zem manis mīļo un šausta. / Nav zemes. Bet zemes smagums / kā lūsis man uzmeties skaustā. 



¿Cuántos amaneceres puede resistir un hombre 
si cada mañana se le hincha el corazón, 
si invariablemente despunta rojo el día 
y jamás palidece? 

¿Cuántos amaneceres puede resistir un hombre 
si su corazón, entre sogas de sangre 
alza las alas cada mañana y las repliega cada noche 
entre ardientes golondrinas? 

¿Cuántos amaneceres puede resistir un hombre 
si su corazón cada mañana tiembla bajo la daga 
y miles de albas lo arrastran por la vida 
como una larga y roja cadena? 

¿Si se suceden miles de auroras despiadadas 
y cada uno ha de esforzarse para sobrevivir? 

(1963) 

Cik saullēktu cilvēks spēj izturēt, / ja sirds tam ik rītus palo, / ja mūžīgi diena sarkana lec / un mūžīgi neizbalo? // Cik saullēktu cilvēks spēj izturēt, / ja sirds tam caur asiņu stīgām / ik rītus ceļ spārnus, ik vakarus krīt / ar degošām bezdelīgām? // Cik saullēktu cilvēks spēj izturēt, / ja sirds dreb ik rītus zem naža / un tūkstošiem blāzmu pa dzīvi nāk līdz / kā gara un sarkana važa? // Ja tūkstošiem rītu bez žēluma nāk / un katrs jādzīvo savādāk? 



El botón 

Como un cerezo que protege en su copa 
el último de sus frutos, 
protejo yo en mi camisa raída 
el único botón que me queda. 

Cuando extinguidos recuerdos y esperanzas 
va empezando a pesarme el hatillo, 
manoseo en mi pecho el botón 
que me cosiste en tiempos ya lejanos. 

A pesar de los años y del hambre, 
a pesar de la nieve y del sueño, 
me cosiste vida en este ojal maltrecho 
con hilo de amor y eternidad. 

La noche ha vencido al día. Miro 
hacia la única ventana iluminada. 
No hay ventana. En el pecho me brilla la vida 
sobre el botón que un día me cosiste. 

(1964) 

Poga 
Kā ķirsis, kurš galotnē sargā / pēdējo pārpalikušo ogu, – / tā es sargāju sadilušajā kreklā / vienu vienīgu pogu. // Kad vairs nav ne suvenīru, ne cerību / un kad nasta kļūst aplam grūta, / es azotē paknibinos gar pogu, / kura ir tevis šūta. // Par spīti gadiem un badiem, / par spīti sniegiem un miegiem, / tu mani piediegusi caurumainajai dzīvei / ar mīlestības un mūžibas diegiem. // Nakts dienu pieveikusi. Es raugos / vienā vienīgā gaišā logā. / Tas nav logs. Mūžs mans uz krūtīm deg / tevis iešūtā pogā. 



Iluminación 

Se eleva hacia el cielo una paloma 
 y el cielo adquiere sentido 
la hormiga arrastra una brizna de hierba 
y se pone a trabajar la tierra 
se echan a vuelo todos los relojes 
en un nuevo tiempo 
pero muy adentro 
una margarita blanca 
hace una seña con la cabeza 

(1966) 

Apskaidrība Balodis ielīp debesīs / un debesis iegūst jēgu / skudra zālīti pārvelk / un zeme sāk strādāt / visi pulksteņi pārlec / uz jaunu laiku / bet pašā vidū / balta pīpene / māj ar galvu 



seré como un banco en el parque 
cuando se funda la nieve 
seré como un banco en el parque 
cuando llueva lluvia enlodada 
seré como un banco en el parque 
cuando las gemas revienten 
seré como un banco en el parque 
cuando los barrenderos ahuyenten a los gatos 
seré como un banco en el parque 
cuando el sol rasgue las nubes 
seré como un banco en el parque 
tres mil noches o tres 
pero en cuanto tu mano 
me acaricie tiernamente el respaldo 
no podré garantizarte 
que continúe siendo un banco en el parque 

 (1980) 

es būšu parkā par solu / kad sniegi nokusīs / es būšu parkā par solu / kad sodrējains lietus līs / es būšu parkā par solu / kad pumpuri atplīsīs / es būšu parkā par solu / kad sētnieki runčus dzīs / es būšu parkā par solu / kad saule brēks debesīs / es būšu parkā par solu / trīs tūkstoš naktis vai trīs / bet ja reiz tava roka / man atzveltni noglāstīs / tad es vairs neapsolu / ka būšu parkā par solu 



6 de mayo de 1968, 7.20 horas, a 2º centígrados 

Atestiguo. 
Conozco la ley. 
Prometo decir solamente la verdad. 

Y la verdad es esta: 

Que los buenos días tienen manos frías de cadáver, 
que los ríos sufren al correr por las venas hinchadas, 
que la amistad se ha convertido en óxido, 
que la tierra hierve y de ella surgen negros efluvios, 
que la legalidad se desvanece en confusos clamores, 
que a los árboles les es vedado su verde deseo, 
que las alambradas gimen como niños maltratados, 
que las palabras de la poesía merecen ropajes raídos, 
que la gema no sabe si ha de abrirse o marchitarse, 
que morir es más fácil que estar vivos. 

(1990) 

1965. gada 6. maijs, pulksten 7.20, T +2°C 
Es liecinu. / Es zinu likumu. / Es solos sacīt tikai patiesību. // Un tā ir patiesība // Ka labrītam ir līķa aukstas rokas, / ka upes sapampušām dzīslām mokās, / ka draudzība ir pārvērtusies rūsā, / ka zeme rūgst un melniem sviedriem kūsā, / ka raibā ķēpā noplūk likumība, / ka liegta kokiem viņu zaļā griba, / ka dzeloņstieples raud kā bērni pērti / ka dzejas vārdi vecu skrandu vērti, / ka pumpurs nezin vairs, vai plaukt vai pūt, / ka mirt ir vieglāk nekā dzīvam būt.


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miércoles, 28 de diciembre de 2011

La inhumana pero lúcida experiencia de Maks Velo bajo la tiranía estalinista en Albania

Maks Velo en 2010.
(Fuente: Lajme Sot) 

Aunque nacido en París el 31 de agosto de 1935, el arquitecto, pintor y escritor Maks Velo vivió en el país de sus padres, Albania, y fue víctima de la cruel represión ejercida por el dictador estalinista Enver Hoxha contra quienes se resistían a aceptar –o simplemente eran sospechosos de ello– las rígidas reglas de juego del régimen. Perseguido, detenido e interrogado en varias ocasiones, acabó purgando sus “culpas” durante ocho años en un campo de internamiento tras ser acusado de agitación y propaganda contra el Partido del Trabajo de Albania, aquel partido único y personalista que practicó el “poder popular” en el país, en nombre del “marxismo-leninismo ortodoxo”, desde finales de 1944 hasta la muerte de Hoxha (11 de abril de 1985) e incluso más allá de ésta, hasta 1990, cuando su sucesor en el poder, Ramiz Alia, forzado por las circunstancias, tuvo que aceptar el multipartidismo en la aislada y empobrecida Albania. 

Antes de ser detenido, en el otoño de 1978, y condenado pocos meses después a diez años de internamiento en un campo de trabajos forzados, Velo había trabajado como arquitecto para el Ayuntamiento de Tirana y diseñado varios edificios públicos: escuelas, hoteles, salas de cine… Las primeras sospechas recayeron sobre él en 1973, tras la reunión plenaria de aquel año de la Liga de Escritores y Artistas de Albania, en la que se mostró “excesivamente cauto” y no pronunció en ningún momento la palabra camarada. Dos años más tarde, en un congreso nacional de arquitectura, algunos colegas suyos (quizá movidos por los celos) empezaron a censurar su “modernidad”. En el juicio al que fue sometido y condenado en 1979 se puso de manifiesto que “su inspiración en obras de Braque, Modigliani y Picasso” atentaba contra el rígido método del realismo socialista. La pena a que fue sometido no se limitó a la privación de libertad y a los trabajos forzados: sus obras, pinturas y esculturas, fueron destruidas.

Labi y Labesha (2004), de Maks Velo. 

En 1986 Maks Velo consiguió ser “rehabilitado” y salir del horrendo campo de internamiento y trabajos forzados de Spaç, dedicado a la explotación de unas minas de cromo, y tuvo que trabajar como obrero en una fábrica de piedra abrasiva. Solamente después de los cambios políticos que se produjeron tras las primeras elecciones libres en la Albania postcomunista, el 31 de marzo de 1991, pudo volver a dedicarse a la arquitectura en el Instituto de Estudios y Diseño de Tirana y exponer su obra no sólo en su país, sino también en el extranjero (Francia, Polonia, Italia, Grecia, Túnez, Rusia, los Estados Unidos…). En 2010 realizó un viaje a España, donde se inspiró para algunas de sus composiciones artísticas, como los dibujos del denominado “Ciclo de Barcelona”, sugeridos por la arquitectura modernista de la ciudad. 

El campo de internamiento de Spaç (hoy convertido en museo), 
próximo a la localidad de Reps (norte de Albania).
(Foto © Ermal Meçaj) 

Entre sus obras literarias destacan los libros de relatos Palltoja e burgut (‘El manto de la cárcel’, 1995) y Thesi i burgut (‘El saco de la cárcel’ , 1996), en los que se basa la selección publicada en Francia con el título Le Commerce des jours [1]; Jeta ime në figura (‘Mi vida en figuras’, 1996), Kohë antishenjë (‘La edad del antisímbolo’, 2000) y Zhdukja e “Pashallarëve të kuq” të Kadaresë: anketim për një krim letrar (‘La desaparición de los `Pachás rojos´ de Kadare: investigación sobre un crimen literario’, 2002). 

Ismail Kadare, que conoció a Velo en la década de 1960, “cuando en Albania la dictadura aún era joven –quince años– y todavía nos quedaban algunos escritores del pasado”, escritores denominados “burgueses” pero no desaparecidos de las librerías, dice que Maks, que hablaba francés e italiano, era un personaje “diferente”, y que se distinguía de la mayor parte de quienes frecuentaban el recién inaugurado Café de los Escritores de Tirana: “Era discreto y silencioso, tanto que durante su proceso no pudieron obtener de él ninguna opinión, ninguna acusación contra el régimen. Lo condenaron por sus pinturas, consideradas modernistas y decadentes […] y por una característica que daba fe, indirectamente, de su aversión al régimen: su ‘semblante triste en los cafés’. Probablemente, en aquel mundo grotesco, Maks fuera el único a quien reprocharan tal actitud” [2]

El cuento que se presenta a continuación está ambientado en la prisión de Tirana donde Velo fue internado después de ser detenido el 14 de octubre de 1978. 

Albert Lázaro-Tinaut 

[1] Maks Velo: Le Commerce des jours. Nouvelles albanaises. Traducción al francés de Christiane Montécot. Éditions Lampsaque, Vijon, 1998. 
[2] Ismail Kadare, en su prólogo (“Portrait de l’artiste en version albanaise”) a Le Commerce des jours


Uno de los dibujos de Maks Velo que ilustran 
el libro Le Commerce des jours.


La última hoja 

Por Maks Velo 

Me apresuro, pero el polizonte me recuerda que debo mantenerme alejado de las otras celdas. 

–¿Qué te ocurre hoy, 7? 

–Nada, jefe. 

Camino más lentamente. Salimos para el paseo. El paseo de la mañana. Es eso en lo que pienso: me queda una sola hoja. Sólo una. La última hoja. Esa que se ha convertido para mí en el único contacto con el mundo. Me infunde ánimos. Las otras, todas las otras, han caído. Cuando me detuvieron, en octubre, los chopos del otro lado del muro estaban cubiertos de hojas. Mientras estoy en el minúsculo patio del paseo, sólo veo sus ramas más altas y el cielo. Esa imagen representa el mundo libre. Los chopos se alzan al otro lado del muro de la prisión, en un plantel. Cuando el polizonte de turno nos saca a tomar el aire, uno tras otro, por orden de celdas, pone todo el celo en evitar que nos encontremos. Se coloca en la esquina del pasillo y cada uno de nosotros debe esperar a que el anterior haya pasado por allí para salir. 

Nosotros, los de la primera planta, bajamos por una escalera que nos conduce a los pequeños patios separados en que ha sido dividido el patio central. Nos prohíben hablar. El paseo dura treinta minutos, pero como el polizonte se aburre, suele reducirlo a veinte o veinticinco. 

Yo salgo siempre, aunque llueva, aunque caiga un aguacero. Muchos de mis compañeros de detención no salen nunca. 

En lo alto percibimos las ramas. Al principio estaban cubiertas de hojas. En Tirana hay muchos chopos. En un determinado momento del año, por mayo, cubren la ciudad de una pelusa que se dispersa por todos los rincones. Es lo único irreal que me gusta de Tirana. 

Esos fueron plantados, sin duda, durante la campaña “Plantemos chopos por voluntad del Partido”. Para esa gente cualquier cosa puede ser objeto de una campaña: campaña de colectivización, campaña contra el analfabetismo, campaña de los árboles, campaña de las cubetas para fertilizar los campos, campaña de plantación de chopos, campaña para ayudar al Norte, campaña de limpieza, campaña contra los saltamontes, campaña para la siembra del maíz, campaña de recolección de metal, campaña contra la crianza del ganado, campaña contra las antenas de televisión, campaña contra las gallinas… y no sigo. Todo es válido para organizar una campaña, nada queda fuera de ese propósito. Sin embargo, sólo una cosa es objeto de una campaña permanente, ininterrumpida: la campaña de población de las prisiones: las prisiones y los campos de internamiento político de Albania jamás deben quedar vacíos. 

A buen seguro la campaña lanzada entre los años 1973 y 1978 fue una de las más importantes después de la que tuvo lugar entre 1945 y 1950, aunque la verdad es que no se ha interrumpido nunca en treinta y tres años. Es la campaña del crimen. 

En cuanto a los chopos, datan con toda probabilidad de la campaña de plantación lanzada en 1964. Deben de tener, pues, unos quince años. 

Al principio, durante el paseo, veía cómo las tonalidades de las hojas iban cambiando. Luego, un día, fui presa del pánico: ya no se trataba de colores, sino de vida. Las hojas empezaban a caer. Se desplomaban a manojos, como nuestros mejores sueños. Se desparramaban por doquier, alejadas unas de otras. Era el suyo un viaje sin retorno. Caían tras emitir breves chasquidos imperceptibles, sin avisar, sin protestar. Se deslizaban hasta el suelo. Algunas quedaban retenidas por el muro, ese muro contra el que se hacían los fusilamientos dentro de la prisión. Cada vez había menos. Cuando quedaban muy pocas, empecé a contarlas. Veinticinco. Diecisiete. Ocho. Cinco. Tres. Ayer solamente quedaba una. Lo más curioso es que se mantenía verde. Oscilaba de un lado a otro, pero resistía firmemente sujeta a la rama. 

Es como nosotros, me decía yo. Nos hagan lo que nos hagan, alguno sobrevivirá. No importa quién, pero es preciso que uno de nosotros salga vivo de aquí para que el mundo vuelva a comenzar desde el principio. Ayer por la tarde la hoja permanecía allí. Todo el resto de la tarde, toda la noche, estuve obsesionado: ¿volvería a verla al día siguiente?, ¿habría soportado durante la noche el fuerte vendaval? 

Por eso me apresuro. Por respeto a los polizontes me someto de buen grado al reglamento de la prisión. Ellos no tienen la culpa. Pero esta vez me apresuro. Doblo la esquina del pasillo. Bajo deprisa las escaleras, salgo al patio y levanto la cabeza hacia la izquierda, hacia el chopo. La hoja continúa allí. Ha resistido. 

Este relato, traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión francesa de Christiane Montécot, pertenece al libro Le Commerce des jours.