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lunes, 15 de septiembre de 2014

Unas pinceladas culturales sobre Kaliningrado

La ciudad rusa de Kaliningrado, hoy. 
(Fuente: Exploratory Wanderings / alsolex.wordpress.com)

El óblast de Kaliningrado (Калининградская область, en ruso) es un enclave –más correcto sería decir exclave, si esta palabra estuviera reconocida en castellano) de la Federación Rusa, separado de ésta por Lituania y Bielorrusia y situado a orillas del mar Báltico. Con una superficie de 15.125 km2, su población se aproxima al millón de habitantes (más del 85 % de ellos rusos, en su mayoría militares o familiares de éstos).

Este territorio, cuya capital es la ciudad de Kaliningrado (la antigua Königsberg alemana, de unos 430.000 habitantes), ocupa una parte de lo que fue la Prusia Oriental, colonizada por los alemanes durante los siglos XI y XII, convertida en el siglo XVIII en Reino de Prusia y que desde 1824 hasta 1871, unificada a la Prusia Occidental, fue una provincia más del Imperio alemán, posteriormente de la República de Weimar y luego de la Alemania nazi, hasta que en 1945 fue ocupada por el ejército soviético y su parte septentrional incorporada en 1946 a la URSS con el nombre de Kaliningrado. La parte meridional pasó a formar parte de Polonia y el territorio de Memelland, al norte, quedó incorporado a la República Socialista Soviética de Lituania con el nombre de Klaipėda (actualmente es una provincia de la República independiente de Lituania).

La ciudad prusiana de Königsberg en una tarjeta postal 
del primer tercio del siglo XX.

Könisberg tuvo durante más de dos siglos una destacada importancia cultural. El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) nació y murió en aquella ciudad y su tumba, destruida en un bombardeo durante la segunda guerra mundial, fue reconstruida por el régimen soviético. En 1991 Alemania donó a la ciudad un monumento al filósofo, que ahora ocupa el lugar del de Lenin, frente a la universidad.

Además de los eminentes intelectuales lituanos originarios de Königsberg (Karaliaučius en lituano) que se citan en el texto siguiente, diremos, como anécdota, que un músico nacido allí que emigró a El Salvador, Henrique Drews (1847-1916), es el autor de los arreglos orquestales del himno nacional de aquella república centroamericana.

Albert Lázaro-Tinaut


Situación del óblast ruso de Kaliningrado, en el sudeste del mar Báltico.


Königsberg - Karaliaučius - Kaliningrado

Por Leonidas Donskis

Para los lituanos, esta metrópolis prusiana simboliza algo parecido a una segunda voz de su cultura, la protestante y occidental. Con Karaliaučius y la Prusia Oriental se asocia el nacimiento de la filología lituana, incluso todo el humanismo lituano moderno. Basta mencionar a Martynas Mažvydas, Danielius Kleinas, Jonas Bretkūnas, Abraomas Kulvietis y Liudvikas Rėza, el rector de la Universidad de Karaliaučius, sin el cual no nos habría llegado la palabra del genio de la lituanidad literaria protestante, Kristijonas Donelaitis.

El poeta lituano Kristijonas Donelaitis 
(1714-1780).

Pero Königsberg no fue solamente la cuna de la cultura lituana moderna. Fue, ante todo, uno de los centros de la intelectualidad europea. Claro que, comparada con el París del siglo XVIII, Königsberg no representaba más que una lejana provincia. Pero una de las paradojas de la historia es que quienes en aquel entonces se sentían fascinados –en secreto– por los protagonistas intelectuales de París y por las ideas de la Ilustración, y atraídos por la difusión de esas ideas, tenían más mérito que aquellos famosos parisinos.

La anexión de Königsberg a la Unión Soviética y la destrucción cultural subsiguiente fue una tragedia a escala europea. Cierto es que la segunda guerra mundial barrió de la superficie de la Tierra más de una ciudad, baste recordar los destinos de Varsovia, Rotterdam o Dresden. Pero estas últimas ciudades fueron recuperadas y reconstruidas por los mismos países y pueblos que las habían construido. El destino de Königsberg podría compararse, si acaso, y en parte, con el de Klaipėda. En el caso de esta última, sin embargo, la comunidad internacional decidió que quedara incorporada a Lituania, por lo que tampoco es posible analogía alguna.

Königsberg en ruinas tras los bombardeos soviéticos de 1945.

Por otra parte, Lituania no demolió Klaipėda –que había quedado casi completamente destruida durante la guerra–, sino que la recreó, por lo que a esta ciudad le han ido mucho, muchísimo mejor, que a Königsberg. Klaipėda, maltrecha y privada de sus costumbres típicamente alemanas, es hoy una ciudad fascinante, enérgica y dinámica. Königsberg, en cambio, fue bárbaramente destruida, y de sus ruinas nació Kaliningrado.

Una calle característica del centro histórico (reconstrido) de Klaipėda.

Durante mucho tiempo se supo que Kaliningrado era una ciudad fantasma. Antes ya me provocaba una sensación deprimente, y en mi cabeza se asociaba a la famosa “zona” de la película Stálker de Andréi Tarkovski. Guardo una imagen indeleble de un viaje que hice entre Klaipėda y Olsztyn (la Allenstein alemana, hoy en Polonia) vía Kaliningrado: la de una cabra que pastaba plácidamente en un pequeño prado junto a los restos de un carro de combate soviético.

En 1995, ir a Kaliningrado suponía despertar la sensación de un regreso a la Unión Soviética. Pero en mí se produjo un profundo sentimiento de protesta contra el hecho implacable de que uno de los máximos pensadores de la Europa moderna, Kant, hubiera sido enterrado de una manera atroz en aquella ciudad devastada, cuya arquitectura y simbología soviéticas negaban radicalmente todo lo que él había escrito y pensado, todo por lo que Kant había vivido.

Uno de los viejos tranvías checoslovacos que circulaban 
por la Kaliningrado soviética.

Al mismo tiempo, no obstante, comprendí que, a su manera, se trataba de una ciudad única. Han quedado en ella algunos rasgos de su belleza anterior, aunque ocultos por horribles escombros y macizos monstruos industriales. Una ciudad de esas características no se puede considerar sólo un ejemplo de modernización bárbara y demencial, como objeto utópico de la industria bélica y, al mismo tiempo, del espacio urbano soviético, algo irreconciliable con cualquier otra concepción urbanística.


Leonidas Donskis nació en la ciudad lituana de Klaipėda el 13 de agosto de 1962. Es filósofo, analista social y especialista en teoría política e historia de las ideas. Se dio a conocer en su país como comentarista político y defensor de los derechos humanos y las libertades civiles. Doctorado en filosofía por la Universidad de Vilna y en filosofía social y moral por la de Helsinki (Finlandia), trabajó como investigador en los Estados Unidos, el Reino Unido y otros países europeos, por lo que fue calificado cariñosamente de “erudito errante”. Entre 2005 y 2009 fue profesor de ciencias políticas y diplomacia en la Universidad Vytautas Magnus de Kaunas. También ha impartido cursos de sus especialidades en las universidades de Helsinki y Tallin (Estonia). Militante del Partido del Movimiento Liberal de Lituania, en 2009 fue elegido diputado del Parlamento Europeo, cargo en el que ha permanecido hasta 2014. Sus obras, escritas en lituano e inglés, han sido traducidas a numerosas lenguas.


Este texto pertenece al libro de L. Donskis 99 baltijos istorijos (Klaipėda, Druka, 2009), y ha sido traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión italiana del mismo, a cargo de Pietro U. Dini: 99 storie del Baltico (Novi Ligure, Edizioni Joker, 2014).

viernes, 16 de septiembre de 2011

Del “Romance de la bisabuela Malvina”, de Vidmantė Jasukaitytė

 Vidmantė Jasukaitytė. 
(Fuente: Karštas komentaras Nr. 21, 2009 - www.komentaras.lt)

Vidmantė Jasukaitytė nació el 10 de julio de 1948 en el pueblecito de Pumpučiai, que se encuentra en el extrarradio occidental de la ciudad de Šiauliai (norte de Lituania), y estudió lengua y literatura lituanas en la Universidad de Vilna. Es poeta, autora teatral y narradora, y se dio a conocer en 1976 con el poemario Ugnis, kurią reikia pereiti (‘Un fuego sobre el que tendrás que saltar’). Entre sus piezas escénicas deben mencionarse los dramas Žemaitė (1986) y Vilkų medžioklė (‘La caza del lobo’, 1990), y la tragedia Žilvinas (1988). De sus libros de poemas hay que destacar Saulės per daug (‘Exceso de sol’, 1986), Tikrasis nebūties veidas (‘El verdadero rostro del no ser’, 2002), Subačiaus gatvė. Getas (‘Calle Subačius. Gueto’, 2003) y La loba (título original así, en español, 2008). 

La obra narrativa de Vidmantė Jasukaitytė comprende, hasta ahora, media docena de novelas, entre las que sobresalen Po mūsų nebebus mūsų (‘Después de nosotros, nosotros ya no estaremos’, 1988), Marija Egiptietė (‘María de Egipto’, 2002), Dievas miršta vienišas (‘Dios muere solo’, 2003), Kai mes buvome vilkai (‘Cuando éramos lobos’, 2007) y Aš nužudžiau savo dukterį (‘Yo maté a mi hija’, 2008). 

Stebuklinga patvorių žolė (‘La milagrosa hierba de la raíz amarga’) [1], de cuya traducción se reproduce abajo un fragmento, fue publicada en lituano en 1981 y es su obra más conocida fuera de Lituania. La forman tres relatos (“Romance de la señorita de Bruksdvaris”, “Romance de la bisabuela Malvina” y “Romance de la mujer parada en el puente”). Birutė Ciplijauskaitė escribe  en la nota previa de su traducción al español: “Esta presentación lírica de tres mujeres de diferentes generaciones ofrece a la vez un trasfondo histórico-social y un retrato sintético de la mujer lituana y su situación a través de los siglos. […] El haber escogido como símbolo y título [de la obra] una hierba humilde de olor amargo y raíz tenaz hace recordar que la suerte de la mujer lituana nunca ha sido fácil, y que sólo la fe irracional en algo más elevado le ha ayudado a defender la autonomía de su ser más íntimo”.  Y dice también que, en Lituania, “lo nacional se identifica con lo religioso. Los lituanos, paganos hasta 1397-1413, resistieron primero a los caballeros de la orden teutónica que pretendían traerles la cruz, derrotándolos definitivamente en 1410 (de aquel tiempo permanece la índole sagrada de los bosques, donde adoraban a sus dioses). [2] Luego, ya defendiendo la fe católica, se enfrentaron a los rusos”. 

Conviene añadir que Vidmantė Jasukaitytė ha desempeñado también un importante papel político en su país, como miembro del movimiento independentista Sąjūdis y signataria del Acta de restablecimiento del Estado de Lituania (11 de marzo de 1990), y como fundadora y dirigente de la Unión de Mujeres de Lituania; cuando Mijaíl Gorbachov visitó Lituania, poco antes del desmembramiento de la URSS, ella pronunció un airado discurso, transmitido por televisión, acusando a los jerarcas militares soviéticos de los malos tratos de sus soldados, sobre todo a las mujeres lituanas.

Albert Lázaro-Tinaut


 Paisaje rural del norte de Lituania. 
(Fuente: www.atchoumation.net)


Romance de la bisabuela Malvina (fragmento) 

No moriste de repente. Te asedió una enfermedad desconocida, fue abriéndose camino, se atrincheró dentro y comenzó a carcomerte. Era difícil para mí imaginar que eras tú la que andaba tan lentamente, apoyada en las paredes y parándose cada dos o tres pasos para descansar. Pero pensé que te habías dejado engañar por el otoño que acababa de llegar y enfermaste con él. Cuando te sentabas en la cama, habiéndote arrastrado penosamente hasta ella, cruzabas como invocando piedad los brazos sobre el regazo, y tus clarísimos ojos azules que sólo se ven en personas muy ancianas, escudriñaban algo situado más allá de mí, estremecían por su claridad hasta causarme indecible congoja. Solía decirte:

–Abuela, aguanta el invierno de alguna manera. Verás, llegará la primavera, y de repente te sentirás aliviada. Nada más trata de aguantar el invierno…

Respirabas con dificultad y moviendo la cabeza susurrabas:

–Sí, sí… Ya lo sé yo. Sólo el invierno…

Pero al acercarse la primavera ya casi no te levantabas. Adelgazaste y parecías un fantasma, eras la única en creer aún en mis pronósticos, que la primavera te devolvería la salud. Todos sabían lo que significa tener noventa y ocho años. Pero yo volvía a repetir:

–Abuela, ¿me oyes?... Tómate diez cucharadas de sopa. ¿Me oyes? Necesitas sopa para no morir. Y cuando llegue la primavera, enseguida volverá la salud y te levantarás. ¿Me oyes?

Tus ojos decían que sí, que lo oías todo, y los labios obedientes aceptaban la comida. Y yo adivinaba más bien que oía:

–Sí, sí… Lo sé… Pasará…

Faltaba tan poco para la llegada de la primavera. Cada día se despejaba más el cielo, empezó a derretirse la nieve, pero tú tomabas cada vez menos cucharadas de sopa. Nadie te hacía compañía para vigilarte. Cada uno metido en sus quehaceres, te dejaban sola mañanas o tardes enteras en tu cuartito sombrío, nadie supo cómo llegaste hasta la terraza el primer día de sol de marzo. La nieta de tu hermana, mi madre, mujer que ya no era joven, lanzó un grito al verte mientras volvía del establo por el corral, sentada en la silla de enea de tu juventud, jadeando.

–Abuela, ¿cómo te levantaste?

Se quedó plantada delante de ti confusa y sintiéndose muy culpable por haberse olvidado de tu vida, por considerarte ya casi como una cosa y por haber pensado que no te sentaría mal pasar días y noches enteros en la cama con la cabecera de madera tallada. Y tú la mirabas con tus ojos claros de anciana y repetías:

–Decía la niña que vendría la primavera… Y llegó… Y aguanté… Ahora todo será mejor para vosotros y para mí…

Y era verdad: desde aquel día tú misma te levantabas y salías a la terraza y luego, cuando vino más calor, al corral. Pero te vestías con ropa de invierno. Me espantaba sentir el frío que emanaba de ti, como el hielo que expele la tierra al acabar el invierno. Y el sol no lo derretía. Permaneció sin fundirse todo mayo, y junio, y julio, en agosto volviste a la cama, y ya no te levantaste. Y ya no creíste que algún día te levantarías. Ya no comías sopa, y cuando te traía algunas bayas del vergel, empezabas a implorar:

–Perdóname… Perdonad… No me deis ya de comer… Me duele todo… Perdonadme…

Entonces me moría de espanto, porque ya no sabía quién eras.

Pero una tarde hablaste firme y claro. Fijaste los ojos en un punto y empezaste a disparar palabras con tal velocidad que casi te asfixiabas:

–¿De dónde ha venido esta gente? ¿Qué quieren? Ya está repleta la casa. No cabrán. Anita –se dirigió a la nieta de su hermana, mi madre–, hazles sentarse. ¿De dónde habrá afluido tal gentío? Dargužas, Nevedomskis… Zasinas… ¿Por qué se quedan de pie? ¿Os molesta estar sentados?

El cuarto estaba vacío, pero tú veías personas que llevaban muertas muchos años, que yo nunca conocí, aunque había oído que a Dargužas le habían fusilado los alemanes por esconder a un niño judío, y que toda la familia de Nevedomskis había sido asesinada por los guerrilleros. De Zasinas quedan sólo los hijos, muy viejos ya –él mismo quedó hecho trizas al pisar una mina mientras traía la vaca del bosque–. Pero tú veías a esa gente. Hablaste con ellos toda la tarde, dirigiéndote de vez en cuando a mí o a mi madre: tus mejillas se sonrosaron, echabas fuego por los ojos y a la cara demacrada se le podían echar tanto cuarenta como noventa y ocho años. Pero de repente percibiste algo. Tus ojos se arrasaron de lágrimas, te echaste para adelante, extendiendo los delgados brazos amarillentos, y exclamaste con voz dolorosa:

–¡Estanislao! ¡Stasele!...

Estas fueron tus últimas palabras. Abriste la boca aún un par de veces, tratando de aspirar aire, te reclinaste sobre la almohada y expiraste, fijando de modo raro la mirada en un punto por encima del borde de la cama.

Traducción del lituano por Birutė Ciplijauskaitė 

[1] Vidmanté Jasukaityté: La milagrosa hierba de la raíz amarga. Traducción del lituano: Biruté Ciplijauskaité. Editorial horas y Horas, Madrid, 2002, pp. 55-57. 
[2] Sobre la religión de los antiguos pueblos bálticos, véase el artículo "Una aproximación a la mitología báltica", del Prof. Pietro U. Dini, publicado el 7 de septiembre de 2010 en IMPEDIMENTA: 
(http://impedimentatransit.blogspot.com/2010/09/una-aproximacion-la-mitologia-baltica.html)

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mickiewicz y Chopin

Detalle del monumento a Adam Mickiewicz, obra del escultor lituano
Gediminas Jokūbonis (1927-2006), erigido en Vilnius (Lituania) en 1984.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

El diario barcelonés La Vanguardia publicaba el 2 de mayo de 1929 un artículo de su crítico musical, Vicente (Vicenç) Maria de Gibert (Barcelona, 1879-1939), un músico catalán que había estudiado composición en Francia con Vincent d’Indy y Abel Ducaux, y que fue organista del Orfeó Català y miembro de la orquesta Pau Casals, además de cofundador de la Revista Musical Catalana (1904). También destacó como compositor de unos Cantos religiosos (1914, con textos del poeta Jacint Verdaguer), adaptó canciones populares y dejó publicado el estudio Chopin: sus obras (1913). Era, pues, un erudito con amplios conocimientos de la música europea.

Llama la atención, en el artículo que reproducimos, no sólo su conocimiento de la personalidad y la obra de Chopin, sino sobre todo de la de Adam Mickiewicz (Zaosie, cerca de Nowogródek [actualmente Navahrudak, en Bielorrusia], 24 de diciembre de 1798 - Constantinopla, 26 de noviembre de 1855), quien todavía sigue siendo un gran desconocido en el mundo de habla hispana. De ahí, quizá, el interés de este artículo, en el que el autor trata con conocimiento de causa a los dos grandes románticos polacos.

La obra más conocida del eterno exiliado, Adam Mickiewicz, el extenso poema Pan Tadeusz (‘Don Tadeo’), publicado en París en 1834 –y sobre el que Andrzej Wajda realizó un magnífico filme en 1999–, no parece haberse traducido aún al castellano; sí, en cambio, disponemos de versiones de sus Sonetos de Crimea (‘Sonety krymskie’, 1926), traducidos por Vicente Tortajada (1952-2003) y también por Antonio Benítez Burraco, quien les añadió el poema Farys (1828) [1]. Joaquín Poch, por su parte, publicó la traducción de El libro de la nación polaca y de los peregrinos polacos (‘Księgi narodu polskiego i pielgrzymstwa polskiego’, 1832) [2]. También es interesante, para conocer a Mickiewicz y el contexto cultural de su época en Polonia, la tesis doctoral de Ana León Manzanero: El drama romántico polaco [3].


Reivindicado por bielorrusos (por haber nacido en el actual territorio de la República de Bielorrusia) y lituanos –Naugardukas es el topónimo lituano su ciudad natal, que antes de formar parte del Imperio ruso (y de Bielorrusia, después de la segunda guerra mundial) perteneció a la Confederación Polaco-Lituana, y Adomas Mickevičius el nombre lituanizado del poeta–, Adam Mickiewicz, pese a pertenecer plenamente a la cultura polaca se sintió muy vinculado a su Lituania natal, y de ello dan fe los primeros versos de Pan Tadeusz:


Litwo! Ojczyzno moja! ty jesteś jak zdrowie;

Ile cię trzeba cenić, ten tylko się dowie, Kto cię stracił...


[¡Oh Lituania!, tierra mía, tú eres como la buena salud; / nunca supe valorarte hasta que te perdí...]


Obviamos aquí, por innecesarias, las referencias a Fryderyk (Frédéric) Chopin, el bicentenario de cuyo nacimiento en Żelazowa Wola, en 1810, se celebra este año. De su apego a la cultura de su país natal da fe también el artículo de Gibert, que contradice las opiniones de quienes lo consideran un compositor más francés que polaco: su música es el ejemplo más claro de su indiscutible polonidad.


Albert Lázaro-Tinaut


[1] Adam Mickiewicz: Sonetos de Crimea. Traducción de Vicente Tortajada. El Mágico Íntimo editor, Sevilla, 1984 y Editorial Ronacimiento, Sevilla, 2000; Sonetos de Crimea y Farys. Edición y traducción de Antonio Benítez Burraco. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2007. Juan Rejano (1903-1976) también dejó unas versiones de los Sonetos de Crimea, recogidas en el volumen La mirada del hombre: nueva suma poética (1943-1976), publicado por Editorial Anthropos, Barcelona, en 1988.
[2] Adam Mickiewicz: El libro de la nación polaca y de los peregrinos polacos. Traducción de Joaquín Poch. Editorial Tecnos, Madrid, 1994.

[3]. Publicada por Mirabel Editorial, Vilagarcía de Arousa (Pontevedra), en 2006.


Detalle del monumento a Chopin, obra del artista polaco
Wacław Szymanowski (1859-1930), erigido en
el parque Łazienki de Varsovia en 1910.

(Foto: Patrick F / Flick - Creative Commons licence)


Los cantores de Polonia


Por Vicente M.ª de Gibert


En París se acaba de inaugurar un monumento a Adán Mickiewicz. el gran poeta nacional de Polonia. Desterrado de su patria, Mickiewicz residió en París, como Chopin y tantos otros patriotas polacos de todas las categorías sociales, y hoy la ciudad acogedora quiere perpetuar el recuerdo de su huésped ilustre. Este homenaje completa felizmente el que se ha tributado allí constantemente a Chopin. Esta conmemoración parisina me sugiere el tema de las relaciones que mediaron y de las afinidades que existieron entre los dos cantores de Polonia, entonces la desventurada, hoy la resurgente.


El monumento a Mickiewicz,
L'Épopée polonaise
, de Antoine
Bourdelle (1861-1929), erigido
en la plaza de l'Alma de París
el 28 de abril de 1929.
Actualmente se conserva
en el Museo Bourdelle de París.

(Foto: Langladure / GNU
Free Documentation License)




Poeta y músico coincidieron espiritualmente en amar ardorosamente su patria en el tiempo de la persecución y desmembramiento; ambos cantaron sus pasadas grandezas, ambos, con fe inquebrantable en la vitalidad de la raza, presintieron una lejana redención.

En su época, el verbo arrebatado de Mickiewicz tuvo más poder que la musa romántica de Chopin para reanimar las abatidas esperanzas, para encender el celo y el entusiasmo. Mickiewicz imponíase como un vidente providencial. Chopin, endeble de cuerpo, incapaz para la acción, en el concepto general no pasaba de ser un artista de salón. El verdadero sentido de muchas de sus páginas escapó a la mayoría de sus contemporáneos; pero, ciertamente, el autor del Estudio en do menor y da la Fantasía en fa menor era tan inspirado y autorizado intérprete del alma polaca cual pudiera serlo el vate.


Liszt fue de los pocos que supieron comprender la magnitud del genio de Chopin, doliéndose de que no se le equiparase a Mickiewicz. En una reseña suya de un concierto dado por el pianista polaco, aparecida en la Gazette musicale, leemos este párrafo significativo: “Si es menor el éclat producido en torno a su nombre, si es menos brillante la aureola que circunda su frente, no es porque por ventura no posea la misma profundidad de sentimiento que el ilustre autor de Conrad Wallenrod y Los Peregrinos; pero sus medios de expresión son demasiado limitados, su instrumento sobrado imperfecto. Chopin no puede en modo alguno revelar toda su personalidad por medio de un piano. De ahí, si no andamos equivocados, un sordo y prolongado sufrimiento, cierta repugnancia en revelarse al mundo exterior; una tristeza que se oculta a las miradas tras una alegría aparente; en suma, una completa individualidad, en grado máximo digna de nota y revestida de atractivos”.


Daguerrotipo de Chopin, realizado
en París en 1849 por el fotógrafo francés
Louis Auguste Bisson (1814-1876).
Es una de las pocas imágenes auténticas
del compositor polaco que se conservan.

(Imagen reproducida bajo las condiciones de
GNU / FDL Free Documentation License)


También Schumann, como es sabido, tuvo la intuición de la trascendencia de la música chopiniana. Creía ver en ella “cañones ocultos entre flores” y aun en las piezas al parecer de menor alcance descubría una virtualidad incontrastable. “Si el poderoso autócrata del norte –escribía– conocía el enemigo terrible que le amenaza con las obras de Chopin, con las ingenuas melodías de sus mazurcas, sin tardanza prohibiera su divulgación.” Chopin, por su parte, tenía la conciencia de su propio valer y de la misión patriótica que le incumbía, alejada, verdad es, de toda actividad inmediata y violenta, pero obrando eficazmente en el reino del espíritu. Recordemos, por no aducir otros testimonios, que él mismo declaraba en cierta ocasión a Fernando Hiller [1] que su aspiración suprema era llegar a ser para sus compatriotas lo que Uhland [2] para los alemanes.

Mickiewicz y Chopin hubieron de estar en relación constante en París; les vemos frecuentar los mismos círculos, pero no sabemos el grado de amistad que les uniera. De sus relaciones personales sólo conocemos una escena, por la cual colegimos que Mickiewicz comprendía el genio de Chopin, pero considerándolo como elemento en potencia, sin abarcar la trascendencia de la obra musical realizada. Refiérenos tal escena el pintor polaco Kwiatkowski [3], quien, yendo un día a casa de Chopin, le halló discutiendo acaloradamente con el poeta. Éste apretaba al músico para resolverle a componer una obra de vuelo, dejándose de una vez de malgastar sus facultades en naderías. Chopin declaraba con firmeza y reiteradamente que no poseía las cualidades requeridas para acometer la empresa que de él se pretendía.

Mickiewicz en París, según
un famoso retrato del pintor
polaco Walenty Wańkowicz
(1799-1842) que se conserva
en el Museo Nacional de Varsovia.


No hay que tomar la negativa de Chopin como falta de consideración a los ruegos del poeta, sino sencillamente como la expresión de un convencimiento arraigado. Ya sabemos que, con todo y haber tomado la propuesta en consideración, no había podido dar gusto a su maestro Elsner [4], quien desde Varsovia le escribía instándole para que compusiese una ópera sobre algún asunto histórico polaco. Y Mathias, discípulo de Chopin, pudo escuchar este breve diálogo entre el conde de Perthuis, edecán de Luis Felipe, y el compositor. “Chopin, ¿por qué con sus ideas admirables no escribe usted una ópera?” “Ah, señor conde, permítame que sólo haga música de piano; no soy bastante sabio para hacer óperas.”


Chopin sentía la mayor admiración por la obra poética de Mickiewicz. No era Chopin un gran lector; interesábanle, sí, la literatura y la poesía, pero gustábale estar al corriente del movimiento intelectual más por medio de la conversación en sociedad que por la lectura directa y asidua. ¡Charles Valentín Alkan [5] llegó a decir al biógrafo Mecks que el músico polaco no leía siquiera las obras de George Sand! Sin embargo, Chopin hacía excepción a favor de los libros escritos en su lengua natal o referentes a su patria, y en su mesa veíanse siempre las últimas publicaciones de esta índole. No hay que decir, pues, que las obras de Mickiewicz merecían su atención preferente; las tenía al alcance de la mano y sus últimas producciones iban a buscarle hasta su destierro de Mallorca.


La poesía de Mickiewicz daba pábulo a su fervor patriótico, así como a su inspiración musical. No hacemos esta afirmación por el hecho le haber compuesto Chopin alguno de sus lieder con letra de Mickiewicz, pues ya sabemos que esos cantos eran meros pasatiempos a los cuales no daba su autor importancia alguna. Pero, sabemos por confidencias del compositor a personas amigas, que ciertas obras pianísticas suyas fueron inspiradas directamente por los poemas de Mickiewicz; lo cual nos hace presumir que para la composición de otras obras hubo de recurrir a la misma fuente de inspiraron.


Chopin en su lecho de muerte, según una acuarela
con gouache de Teofil Kwiatkowski (1849) que
se conserva en el Museo Nacional de Varsovia.


Mas, antes de particularizar a este respecto, plácenos aplicar en general a la labor creadora del compositor estas líneas del poeta polaco: “Cuando los hijos del mundo me creen sosegado, escondo a sus miradas un alma tumultuosa; el frío orgullo, como un velo de niebla, cubre con su sombra la hoguera interior. Tan sólo de noche vierto silenciosamente en tu seno, oh Señor, la tempestad de mi alma, que se resuelve en lágrimas”.



Artículo publicado en La Vanguardia, Barcelona, jueves 2 de mayo de 1929, pág. 5.



[1] Se refiere al compositor y pianista romántico alemán Ferdinand Hiller (1811-1885), quien residió en París entre 1829 y 1836.

[2] Alude al célebre poeta romántico alemán Ludwig Uhland (1787-1862), autor del poema “Ich hatt' einen Kameraden” (‘Yo tenía un camarada’, 1809, conocido también como “El buen camarada”) que, adaptado para la música por Friedrich Silcher (1825), se convirtió en el himno fúnebre de las fuerzas armadas alemanas y austriacas, de los bomberos austriacos e incluso de la Legión Extranjera francesa y del ejército chileno.

[3] Se trata del pintor polaco Teofil Kwiatkowski (1809-1891), que se exilió a Francia tras el fracaso de la insurrección contra los rusos de 1831, en la que había participado y, establecido en París, mantuvo una estrecha relación con Chopin y Mickiewicz.
[4] Chopin fue alumno del compositor y pedagogo musical Józef Elsner (1769-1854), fundador y director del conservatorio de Varsovia. Éste descubrió el genio musical del joven pianista y siguió con mucho interés su carrera.

[5] Virtuoso del piano, el francés Charles Valentín Alkan (1813-1888) fue alumno de Paganini, Chopin, Liszt y Pierre Zimmerman. Compuso numerosas obras para piano, entre las que destacan sus Estudios.



Las imágenes se pueden ampliar haciendo clic sobre ellas.

martes, 7 de septiembre de 2010

Una aproximación a la mitología báltica

Divinidades bálticas, según el escultor letón contemporáneo
Roberts Diners (1999).



Por Pietro U. Dini, Università di Pisa

Ya en la prehistoria, el grupo etnolingüístico báltico incluía, además de a los prusianos, los lituanos y los letones, a otros pueblos (curios o curonios, jotvinguianos o sudavianos, semigalios, selios...), de los que han quedado testimonios onomásticos. La extensión del territorio de los baltos era entonces mucho mayor –llegaba desde el curso alto del río Dniéper, al este de la actual Moscú, hasta el sur del río Seim, que discurre entre Rusia y Ucrania– que el reconocido históricamente después del año 1000. Por otra parte, la lingüística histórico-comparativa ha permitido distinguir entre un “báltico oriental” (que comprendería las lenguas lituana y letona) y un “báltico occidental” (correspondiente al prusiano). Un tercer grupo lingüístico, el “báltico del Dniéper”, no está documentado.


Se puede intuir la existencia, antes de los acontecimientos que contribuyeron a modificar radicalmente las características del espacio báltico (la Baltia) en los siglos XII y XIII –protagonizados por la Orden Teutónica y las cruzadas que ésta llevó a cabo–, de cierta unidad del mundo báltico como comunidad de pueblos paganos. Ello no significa, sin embargo, que los pueblos bálticos, los “últimos paganos de Europa”, quedaran completamente al margen de algunas influencias cristianas, ni que el paganismo desapareciera de repente; todo lo contrario: éste persistió, con manifestaciones diversas, durante los siglos posteriores.


Distribución de las tribus bálticas alrededor del año 1200
según Marija Gimbutas (1963).

Los problemas principales, cuando se estudia la religión báltica, son las fuentes escritas y el valor que éstas tienen. Desde un punto de vista cronológico hay que distinguir las fuentes primarias (atestiguadas como más antiguas) de las secundarias (más recientes). Entre las primeras están las noticias transmitidas por los geógrafos antiguos, como Tácito, por viajeros, como Wulfstan de Hedeby, y por cronistas de los siglos IX al XII, como Pedro de Dusburgo y otros. Entre las fuentes secundarias están los textos de los historiadores renacentistas. No hay que olvidar, por otra parte, un buen número de elementos precristianos del folklore y las canciones populares, considerados convencionalmente fuentes secundarias, aunque no del todo fiables, ya que se recopilaron en épocas relativamente recientes.


Por lo que respecta a la mitología en sí, nada atestigua que se pueda considerar común a todos los pueblos bálticos. Muchos elementos de la mitología báltica (o baltoeslava) exigen una reconstrucción de la que no está exenta la comparación lingüística, que no ha sido tenida en cuenta por muchos de quienes se han ocupado del tema con obras de escaso valor científico, que a menudo entran en contradicción con los estudios más fiables.


Si se prescinde de la siempre útil recopilación de materiales de Wilhelm Mannhardt y de algunos textos divulgativos, las mejores obras de referencia sobre el tema son las de los investigadores rusos Viacheslav V. Ivanov y Vladímir N. Toporov. A ellos hay que añadir a Norbertas Vėlius y la escuela mitológica lituana, y al continuador de la obra de éste, Gintaras Beresnevičius. Jaan Puhvel, por su parte, ha englobado los mitos bálticos en el contexto de la mitología comparada indoeuropea, y más recientemente Nikolái Mijailov ha escrito sobre el arte y las perspectivas que ofrece la investigación en este sector.


El panteón báltico


A partir de las fuentes medievales y renacentistas ha sido posible hacer un inventario de las divinidades bálticas propias de cada una de las tradiciones mitológicas. Comparando las tres mencionadas, que ya fueron diferenciadas anteriormente, y sobre todo el material lingüístico correspondiente a cada grupo, se consigue hallar algunas características homogéneas y comunes, en función de las cuales se ha intentado reconstruir una serie de bases léxicas e hipóstasis mitológicas comunes a la totalidad de las antiguas estirpes bálticas, y que se pueden atribuir fácilmente a una fase anterior a la expansión y división del mundo báltico. Ello permite delinear a grandes rasgos las características de la estructura jerárquica del panteón báltico, al cual pertenecen los dioses supremos de todos los pueblos bálticos, en cuya cima se encuentra “el dios del cielo luminoso” (diẽvas en lituano, Dièvs en letón, deiws o deiwys en prusiano; denominaciones que pasaron a las poblaciones finesas colindantes: tõvas en livonio, taewas en estonio, taivas en finés). De éste parece proceder el epíteto Okopirms, “el primero de todos”. Además, hallamos al poderoso Perkūn- (Perkūnas en lituano, Pērkons en letón, Percunis en prusiano), señor del trueno y del rayo, que representa la función guerrera e, indirectamente, también la económica, estrechamente relacionada con la fertilidad.


Perkūnas, Pērkons o Percunis,
según una ilustración rusa moderna.


Estas dos divinidades bálticas tienen sus correspondencias en las mitologías de los eslavos (Perunъ), de los pueblos germánicos (Thōr) y tambien en las clásicas (Ζευς en griego, Iuppiter en latín). Junto a ellas, sin embargo, encontramos a una divinidad negativa –al menos entre los bálticos orientales–: Vel-in- (welinas en lituano antiguo, vélnias en lituano moderno, vel̃ns en letón), protectora de los videntes y los adivinos, denominada “Diablo” en la interpretación cristiana. Otra divinidad común a todos los pueblos bálticos es la diosa del destino (Laima, tanto en letón como en lituano), y es probable que se pueda atribuir al panteón panbáltico también una “diosa madre” a partir de la Zemes māte de los letones y la Žemyna de los lituanos.

Vėlius ha intentado interpretar la cosmovisión báltica pagana en el sentido de que el mundo se correspondería con la imagen del árbol cósmico, constituido por tres esferas verticales: el subsuelo, la tierra y el cielo, correspondientes en parte a las regiones horizontales del mundo según el esquema subsuelo/occidente, cielo/oriente y norte. La famosa arqueóloga lituano-estadounidense Marija Gimbutas, en cambio, hizo una investigación original partiendo del supuesto que la Baltia era un estrato preindoeuropeo (que ella denominó Old Europe en el sentido de “antiguo estrato europeo”) anterior al estrato indoeuropeo posterior. Según su interpretación, aquel estrato se habría caracterizado por una sociedad matriarcal y gineocrática, mientras que el estrato indoeuropeo subsiguiente habría “importado” una concepción de la sociedad patriarcal y androcrática.


Simbología que aparece en
los motivos decorativos de
los antiguos pueblos bálticos.
De arriba abajo: Sol, Luna,
estrella, luz, fuego, cielo, tierra,
tiempo, lluvia, vientos.

(Fuente: Global Lithuanian Net)

Los datos obtenidos del folklore han proporcionado también fragmentos de los motivos mitológicos más recurrentes en la tradición báltica. El llamado “mito fundamental” trata de las nupcias celestes entre el Sol (la parte femenina: saulė en lituano, saule en letón y prusiano) y la Luna (la parte masculina: Mėnulis en lituano, mēness en letón, menins en prusiano); el motivo del Sol que se casa con la Luna está presente en muchas variantes del folklore letón y lituano, pero la versión principal dice que Perkūn-, airado, atraviesa el astro lunar con su espada, porque se había enamorado de la Aurora (Aušrinė en lituano, Austra en letón) y había sido infiel al Sol.

Es conocida la presencia difusa en el territorio báltico de templos y santuarios para el culto pagano. En ellos, un sacerdote denominado Žinys celebraba ciertos rituales. El santuario más célebre fue el de Romowe, en la Nadruvia prusiana, donde ardía el fuego sagrado. Durante el Renacimiento ese nombre se relacionó con Roma basándose en una teoría popular según la cual las estirpes de los prusianos y los lituanos tenían su origen en los antiguos romanos.

Símbolos que representan el Sol, la Luna y una entrella,
grabados en un guijarro hallado en el distrito de Molėtai (Lituania).

(Fuente: Global Lithuanian Net)


La mitología de los prusianos


Los primeros testimonios ya muestran una multitud de divinidades prusianas, que ha sido objeto de numerosos y a veces contradictorios análisis. Es imposible, incluso, establecer la forma gráfica exacta de los teónimos (optaremos aquí por la más habitual) y definir los atributos y las funciones de los distintos dioses; tampoco se conocen a ciencia cierta las relaciones que había entre ellos ni sus paralelismos con divinidades del mundo clásico.

Distribución de las tribus prusianas en el siglo XIII.
(Fuente: Wikipedia)

En el siglo XVI, Simon Grunau estableció una tríada de divinidades prusianas principales, que puede considerarse un buen punto de partida: Perkunos o Percunis (dios panbáltico del trueno); Patrimps (o Natrimps), dios de los ríos, las fuentes y la fertilidad; y Autrimps, dios del mar. Patols, dios del mundo subterráneo y de la muerte, era representado con una larga barba cana, por lo que fue asimilado al dios de la navegación, Bardoyts (literalmente, ‘el barbudo’). La pareja de divinidades formada por Patrimps y Patols/Bardoyts, protectores de los marineros, se representan, respectivamente, como un joven imberbe (relacionado con el nacimiento) y un viejo (relacionado con la muerte), de manera que algunas fuentes los comparan a los Dióscuros (Cástor y Pólux).


La tríada de las divinidades
prusianas principales, según
un grabado de la Preussische
Chronik
, de Simon Grunau.





Completan
el panteón prusiano personificaciones de fenómenos naturales y acontecimientos del mundo agrícola: Pergrubius, por ejemplo, suele relacionarse con la vegetación y la exuberancia primaveral; Auschauts, dios de los enfermos, velaba por la continuidad y la conservación de la especie humana; Pilvyts era el dios de la riqueza y la abundancia; Svaikstiks, por su parte, era el dios de la luz solar y ha sido comparado con Apolo; Pusch(k)aits, que vivía bajo un saúco sagrado, era el dios protector de las tierras y las cosechas, y se ha querido identificar con Pan. Etcétera.


Uno de los montículos históricos de Kernavė, al noroeste
de Vilnius, conocidos por los arqueólogos del siglo XIX
como la "Troya lituana", donde se presume que hubo
un santuario pagano en el que se celebraban sacrificios.
(Foto
© IFG2010)


La mitología de los lituanos

Además de las mencionadas divinidades comunes (Perkūnas, Dievas, Laima), la religión de los lituanos presenta algunas diferencias propias de los principales grupos étnicos: los samogitios, en la Baja Lituania, y los aukštaitijanos (o aukštaitianos), en la Alta Lituania.


En Samogitia tuvo mayor influencia la mitología ctonia (subterránea), vinculada al culto de la tierra, el subsuelo y el pasado. Sus características fueron bastante bien establecidas durante el Renacimiento por fuentes que reflejan la decadencia del paganismo. Por eso predominan divinidades menores, entre las que se encuentran
Žemepatis (en lituano, žẽmė significa ‘tierra’); Lauksargis, guardián de los campos; Bangpūtys, “soplador de las olas”; Ežerinis, protector de los lagos, etc. Entre las divinidades femeninas, más numerosas que las masculinas, hallamos a Auxtheias Vissagistis o Aukštiejas Visagy(r)stis, la divinidad principal de los samogitios (“el Altísimo que todo lo oye”, una repaganización del Dios cristiano, según la interpretación de Algirdas J. Greimas) y a Žemyna, diosa de la tierra.

Representación moderna,
espulpida en ámbar,
del dios
Bangpūtys.
(Foto © test.svs.lt)

En Aukštaitija, en cambio, prevaleció la mitología celeste, relacionada con motivos del cielo y vinculada al futuro. La divinidad mayor, de la que se tiene información fidedigna desde el siglo XIII, era Nunadievis, a cuyo lado aparece Teliavelis/Kalavelis, el herrero que forjó el Sol, una figura a la que se atribuían poderes mágicos. Medeina (del lituano mẽdis, ‘árbol’) era la diosa de los bosques, y Žvorūnė, probablemente, la de la caza. Los aukštaitijanos practicaban también el culto a los elementos naturales (el fuego, el agua, las piedras, los árboles, las serpientes…).

Medeina, diosa aukštaitijana
de los bosques, según el artista
contemporáneo Šva
žas Algimantas.

En todo el territorio etnográfico lituano hubo otras muchas divinidades y numerosos ritos
, según se desprende de las fuentes conocidas. Entre las divinidades domésticas destacan Gabija, que protegía el fuego del hogar, y la Ugunsmāte de los letones (una especie de Hestia griega o Vesta romana). Austeja, representada como mujer y abeja a la vez, velaba por el bienestar familiar y las mujeres fértiles en edad de buscar marido: confirma la importancia que tenía la apicultura en la economía y en la concepción de la sociedad de los antiguos pueblos bálticos.

Representación moderna, sobre
vidrio, de la diosa Austeja.

(Fuente: Romuva)

No hay que olvidar ritos como el del cambio de estación, el ciclo de los trabajos agrícolas y la trilla del lino, por ejemplo, los cuales eran objeto de rituales específicos. La interpretación del dios Vaižgantas, sin embargo, no está muy clara: para algunos autores se trata del dios del lino, y para otros, el de la fertilidad (en lituano, vaisà significa ‘fecundidad’ y ganà, ‘medida suficiente'; pero -gantas podría identificarse como ‘falo’, y Gondus podría ser otra divinidad específica para la fertilidad, un equivalente del Dioniso de la mitología clásica). También Laima, diosa de la fortuna, se identificaba con la fertilidad, y en ese caso se la representaba como una osa. Divinidades menores de aspecto femenino, como Ragana y Laumė, medio brujas y medio hadas, controlaban la exuberancia de la naturaleza y garantizaban la regeneración cíclica de la naturaleza. Giltinė, por su parte, era la diosa de la muerte, y se decía que tocaba con su lengua a los predestinados al mundo de ultratumba.


La gruta de Gutmanala, cerca de Sigulda (Letonia), donde
se cree que se celebraban sacrificios en honor a los dioses paganos.

(Foto © RDS_lv)

La mitología de los letones

La fuente principal de la tradición mitológica de los letones son las dainas (cantos populares), que proporcionan, por una parte, abundante material, pero que por otra lo hacen poco fiable, ya que resulta imposible (o muy arbitrario) distinguir los hechos recientes de los más antiguos.

El Dainu skapis (‘Gabinete de las dainas’),
conservado en los Archivos del Folklore
Letón, que contiene cerca de 150.000
dainas recopiladas por Krišjānis
Barons (1835-1923) a partir de 1894.
Desde 2001 este tesoro del folklore
está inscrito en el Registro de la
Memoria del Mundo de la UNESCO.

(Foto © Latviešu folkloras krātuves)


Además del ya mencionado Pērkons (a veces acompañado de sus cinco hijos), en las dainas aparece con frecuencia una importante pareja de divinidades: Debestēvs y Zemesmāte, el “padre celestial” y la “Madre Tierra”, respectivamente (presente también en otras tradiciones). Las numerosas hipóstasis mitológicas de Zemesmāte caracterizan la tradición letona, según la cual tenía setenta hermanas, a cada una de las cuales se atribuía una función específica. Se trata de las Madres, que personificaban divinidades naturales: Vējamāte (Madre del viento), Ūdensmāte (Madre del agua), Ugunsmāte (Madre del fuego), Mežamāte (Madre del bosque), Laukumāte (Madre de los campos), Jūrasmāte (Madre del mar), etc. Algunas de ellas, con el tiempo, han tenido una “interpretación” cristiana, convirtiéndose en protectoras de actividades humanas: Jūrasmāte, protectora de los marineros; Celamāte (‘Madre del camino’), de los transeúntes; Bišu māte (‘Madre de las abejas’), de los apicultores...


Cubierta de un disco del grupo
de
heavy metal letón Kurbads,
que basa su música en temas
mitológicos.



El culto de las Madres, en la mitología letona, es una cuestión bastante controvertida: algunos lo consideran un fenómeno báltico (oriental), y más concretamente, letón; otros creen, en cambio, que se trata de un fenómeno relativamente tardío, que tuvo lugar después de la cristianización por influencia del culto a la Virgen María.

Entre los espíritus o dioses menores, que se ocupaban de los intereses humanos, están Ūsinš, protector de los animales domésticos, especialmente de los caballos y las abejas; Ceroklis, que favorecía la abundancia de las cosechas; o Jumis, espíritu del bienestar y de la fertilidad, que residía en todo aquello que era doble (etimológicamente, su nombre procedería de la antigua palabra sánscrita yamá-, que significa ‘pareja’ o ‘gemelos’).


La tradición también atribuye a los letones tres divinidades del destino (Trīs Laimes), aunque también aquí hay que distinguir los elementos paganos de los cristianos. Laima, la diosa de la fortuna, que establecía el nacimiento de los niños, es pagana, pero su evolución posterior la convierte también en Kārta (del letón kārt, ‘colgar’) y Dēkla (nótese la similitud con santa Tecla), lo cual demuestra la afinidad de funciones de las tres diosas, a diferencia de las Moiras griegas. El destino de cada persona, de su familia, de su ganado, dependía de la benevolencia de Laima, que recibía el alma del muerto en el más allá. También se la reconoce como Māra, cuyos epítetos presentes en las dainas la aproximan al cristianismo (por ejemplo: Māras jumpraviņa, ‘María Virgen’; mīla Māra Madaliena, ‘querida Mara Magdalena’; etc.). La función originaria de la Mara podría relacionarse con palabras de otras lenguas indoeuropeas en las que aparece de algún modo partícula mar/mor: cauchemar y nightmare (‘pesadilla’, en francés y en inglés, respectivamente); kikimore (‘bruja’, en ruso).


Laima, según una representación de la artista letona
contemporánea Inga Skuji
ņa.

Las dainas se refieren también a divinidades de la luz, como Mēness (la Luna) y Saule (el Sol), así como a los Deiva Dēli (“Hijos de Dievs”; en lituano Dievo sūneliai) –muy relacionados con los Dióscuros griegos (Cástor y Pólux) y con los Aśvini indios– y a las Saules meitas (“hijas del Sol”; en lituano dieva dukrytės): su recíproco coqueteo simboliza el matrimonio celeste.


Este texto es una versión abreviada del artículo publicado en italiano, con el título “Elementi di mitologia baltica”, en la revista
Polifemo (Messina), núm. 10 (2010).
Traducción y adaptación (con el consentimiento del autor) de Albert Lázaro-Tinaut.


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