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sábado, 24 de julio de 2021

Jerzy Pilch y la desventura de escribir en la periferia

Jerzy Pilch.
(Foto © Wojciech Druszcz / East News)

Mucho se ha dicho sobre los conceptos de centro y periferia, tanto desde el punto de vista cultural (Yuri Lotman, por ejemplo, en el terreno de la semiótica) como, sobre todo, desde concepciones políticas y económicas, que suelen superponerse. El antropólogo sueco Ulf Hannerz hace una reflexión atinada: “Es claro que el ‘imperialismo cultural’ tiene mucho más que ver con el mercado que con el imperio”; y luego, tras referirse a la homogeneización global, apunta que “los grandes movimientos transnacionales de tiempos recientes no parecen haber estado completamente organizados para poder recorrer la totalidad del camino entre el centro y la periferia”. [1]

Por otra parte, el eminente economista, también sueco, Gunnar Myrdal (adalid de los mercados, definido por unos como “antifeudal y antifascista”, y por otros como “anticomunista y fervoroso liberal demoburgués”) ya se refería en los años 70 del pasado siglo a los países periféricos como “Estados débiles”, y desde su supuesta equidistancia equiparaba subdesarrollo y marginalidad con periferia en el contexto del intercambio desigual.

Aunque, aparentemente, los puntos de vista económicos distan bastante de las realidades culturales, sin duda el “mercado” tiene mucho que ver en el asunto, y así lo da a entender, con su estilo desenfadado e irónico, Aleksandra Lun en el texto que reproducimos a continuación, que viene como anillo al dedo a este espacio dedicado, precisamente, a las culturas periféricas.

Albert Lázaro-Tinaut

[1] U. Hannerz: “Escenarios para las culturas periféricas”, en Alteridades, México, 1992 (2), pp. 94-108.

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Alfabetos extraterrestres

Por Aleksandra Lun

A finales de mayo de 2020 falleció en Polonia el escritor Jerzy Pilch, un peso pesado de la literatura polaca y un perfecto desconocido fuera de su país. Algunos libros suyos llegaron a publicarse en los idiomas fuertes del orden cultural internacional: uno en francés, tres en inglés, dos en español. Pasaron sin pena ni gloria por las áreas geográficas respectivas: en España, los dos títulos publicados por Acantilado en los años 2000, Casa del Ángel Fuerte y Otros placeres, se reseñaron y se olvidaron. Muerto Pilch, no se traducirán más libros suyos a ningún idioma, pues lo peor que puede hacer un escritor de Europa del Este poco traducido es morirse. Como sus libros en los almacenes de las distribuidoras occidentales, Pilch se irá desintegrando, poco a poco encontrando el camino al subsuelo de la llamada literatura universal, que de universal no tiene nada, pues consiste, en su acepción más popular, en obras escritas o traducidas en Occidente.

Como tantos otros escritores importantes, Pilch no formará parte de ese canon porque tuvo la mala suerte de nacer en una lengua hermética. El polaco es el Fitzcarraldo de los idiomas europeos: traducir a un autor polaco es querer construir un teatro en la selva amazónica. Intentar que los medios de comunicación se interesen por él es transportar un barco gigante por encima de una montaña. Para despertar el interés del público por un autor polaco hay que ser un Werner Herzog dispuesto a todo. Culpar de esa injusticia histórica a las editoriales sería culpar del mal tiempo a los excursionistas. Los editores que publican a autores polacos ya de por sí son personajes trágicos: hagan lo que hagan, están remando a contracorriente. Hace poco leí la reseña de una escritora española que recomendaba la novela de una autora polaca “a pesar de que la acción del libro suceda en Polonia”. En este sentido, Stanisław Lem fue un visionario que supo que lo más importante era situar la acción de su novela más famosa, no en Polonia, sino a bordo de una nave espacial. También lo acabaría sabiendo George Clooney.

Además de venir de un país cuyo solo nombre espanta a los lectores occidentales, Pilch cometió el pecado de ser original. La originalidad es una sentencia de muerte para un escritor de una cultura periférica. Un autor original es difícilmente comparable a otros escritores. No es un problema si pertenece a una cultura fuerte: una voz innovadora de la literatura francesa no tendrá problemas para encontrar público extranjero; al contrario, creará una corriente nueva que seguirán los escritores de culturas más minoritarias. Pero un autor de una cultura periférica que quiere ser traducido tiene que ser un escritor preexistente, un eco de lo que ya se escribió o tuvo éxito en Occidente, un doble de alguien que ya pasó por ahí, una repetición en otra escala de una melodía que alguien ya tocó. Hace falta un espíritu preparado, dijo Blaise Pascal hace cuatrocientos años sin saber que se refería al mercado editorial occidental.

La originalidad de la escritura de Pilch la agrava el hecho de que sea un autor con pasaporte polaco y que escribe en polaco, pero que no encaja en las expectativas que Occidente tiene sobre la literatura polaca, demostrando de paso la absurdidad del concepto de literatura nacional. Pilch no tiene ninguna vocación histórica o moral, nadie de su familia pereció en un campo de exterminio y ni siquiera es católico, sino luterano. Con su irónico estilo bíblico (ya nadie nunca volverá a escribir así), escribe sobre la región de la que proviene, la Silesia de Cieszyn, sobre sus extravagantes familiares, sobre su amado equipo de fútbol, el Cracovia, sobre sus relaciones sentimentales, sobre sus amigos, sobre el alcohol, sobre su vida con la enfermedad de Parkinson, sobre la literatura. Es un outsider literario, distinto a todos los demás, una anomalía perfecta, un caballero en el país de los bordes, un miembro de la selecta escuadrilla de escritores capaces de sobrevolar con ligereza el dolor y la angustia, una supernova que, con su humor elegante, hizo estallar desde dentro un sistema literario ensimismado en su pasado traumático.

El último problema de Pilch es uno de los problemas más bellos que puede tener un escritor: como muchos de los más grandes, no es un robot. Escribió algún libro imperfecto. Un libro imperfecto de un autor anglosajón se traduce en todas partes; a los escritores periféricos, como a los alumnos desaventajados, se les exige la perfección. Y la perfección, en palabras de Alexis Jenni, consiste en obedecer las normas. El sistema comercial en el que está sumergida la literatura hoy en día nos ha acostumbrado a trayectorias impolutas, igual de falsas que los cuerpos perfectos que nos muestra la publicidad y las vidas perfectas que nos muestran las redes sociales. La entrega de los grandes premios como el Nobel viene precedida o seguida de una retahíla de otros premios, de biografías salpicadas de éxitos, de trayectorias lógicas y expansivas, como si un escritor fuera un deportista de élite coleccionando los palmarés de las competiciones. Pero si la literatura no consiste en la perfección, ¿en qué consiste? Pilch decía que la esencia de la literatura era el olvido.

«La literatura es un archivo de sueños, un diccionario de sueños, incluso la novela más realista no es más que un sueño muy tangible descrito con mucha precisión” –escribe en La zurdera perdida para siempre (inédito en español), y añade–: “No leemos libros para recordarlos. Leemos libros para olvidarlos, y los olvidamos para volverlos a leer. Una biblioteca es un archivo de sueños olvidados pero fijados, la oportunidad de un retorno sin fin.»

La falta de perfección no hace que sea peor escritor: hace que sea un escritor más auténtico, y también más valiente. No es difícil tener una trayectoria impoluta publicando un libro cada cinco años, dejando ver al mundo la versión más corregida y destilada de nosotros. Pilch escribía mucho y publicaba mucho, con el coraje de un soldado raso corriendo hacia las bayonetas. Bolaño decía que la batalla más grande de un escritor sobreviene en sus obras secundarias: la batalla más épica que libró Cervantes no fue con el Quijote, sino con las Novelas ejemplares. Ese principio se puede aplicar a Pilch y a sus obras menores. La escritura, como todo acto creativo, es una maestra de la derrota. Los escritores solo se parecen a los deportistas de élite en un aspecto crucial: quien no aprende a convivir con el fracaso tiene que retirarse.

La escritura perdida de Jerzy Pilch es solo un ejemplo más de cómo grandes voces desaparecen por las cloacas de la periferia. De cómo la literatura es una batalla a vida y muerte en la que sobrevive el más fuerte. De cómo nos gusta idealizar los libros, verlos como el inocente patrimonio común que nos protege del caos, pero cómo, mirada de cerca, la literatura es un registro de dominantes y dominados. Como los sedimentos que muestran la edad geológica de las rocas, la literatura nos muestra quién y cuándo tuvo suficiente poder: suficiente poder para escribir y suficiente poder para publicar. La democratización de la escritura que presenciamos actualmente, con todas sus limitaciones, es muy reciente. Durante siglos, ni esclavos ni pobres ni campesinos ni mujeres ni otros marginados escribían. La historia literaria que con tanto orgullo enseñamos en las escuelas es la historia de la creatividad de los poderosos. Y, pase lo que pase en el mundo en este convulso siglo XXI, su literatura será la primera literatura de nuestra historia escrita por los marginados. Los que encuentren editor.

Mientras tanto, vivimos de espaldas a los escritores de culturas periféricas porque no tenemos acceso a su obra, como si estuviera escrita en jeroglíficos. Sus libros no pertenecen a la literatura universal, como tampoco pertenecen a ella los libros no escritos de los esclavos que construyeron las pirámides egipcias, de los campesinos ucranianos que murieron en la gran hambruna, de las mujeres quemadas durante la caza de brujas, de los congoleses asesinados recogiendo caucho. Pero todos esos libros, no escritos y no traducidos, siguen con nosotros: son libros fantasmas que agitan sus cadenas y nos persiguen por los corredores vacíos de nuestro relato colectivo, susurrando que les dejemos entrar en nuestras vidas.

«He leído con atención a muchos autores, a menudo varias veces, y me acuerdo de muy poco» –sigue Pilch sobre la desmemoria– «Pero, de hecho, si me acordara bien de ellos, sería más pobre, más infeliz; estaría más cerca del final, ya parcialmente muerto. Porque si estuviera totalmente seguro de conocer bien Doctor Fausto de Thomas Mann, también tendría la sensación de que es un libro muerto, la seguridad de que ya no lo volveré a leer.»

Los escritores periféricos nos ofrecen el regalo de una vida inédita, de un nuevo comienzo en otro lugar, de un mundo inexplorado. Y no tienen prisa. «Os esperamos aquí», musitan desde los márgenes de la literatura universal, «os esperaremos hasta el final. Hasta el futuro.» ¿Y nosotros? ¿Sabremos crear un futuro en el que un satélite detectará la galaxia de los escritores perdidos? ¿Descifraremos sus alfabetos extraterrestres? Nos especializamos en empresas imposibles: hemos pasado de saltar de árbol en árbol a patentar el ascensor. Y, como Fitzcarraldos que somos, tenemos que encontrar la manera de transportar aquel barco por encima de la montaña. Porque si la literatura, como dice Pilch, es una biblioteca de sueños olvidados, la literatura universal solo puede ser una biblioteca sonámbula. Una biblioteca que encontraremos si salimos en búsqueda de los escritores perdidos. Si los buscamos en las paradas de los tranvías nocturnos, en los parques cerrados desde el anochecer, frente a semáforos en rojo que iluminan calles desiertas. Si los buscamos sin descanso, si los buscamos con dedicación y esperanza, si los buscamos como si buscáramos la teoría del todo. Aquella teoría que conecte por fin la relatividad general con la física cuántica: el centro con la periferia. Quizá los escritores perdidos sean la ecuación que todos andamos buscando.

Aleksandra Lun
(Gliwice, Polonia, 1979) es escritora y traductora. Su primer libro Los palimpsestos, escrito en español, ha sido publicado en España, Francia, los Países Bajos y los Estados Unidos. Vive en Bruselas.





Este texto fue publicado originalmente en Revista de Letras, Barcelona, el 23 de noviembre de 2020. Impedimenta agradece tanto a su autora como a la redacción de la revista su amable autorización para reproducirlo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mickiewicz y Chopin

Detalle del monumento a Adam Mickiewicz, obra del escultor lituano
Gediminas Jokūbonis (1927-2006), erigido en Vilnius (Lituania) en 1984.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

El diario barcelonés La Vanguardia publicaba el 2 de mayo de 1929 un artículo de su crítico musical, Vicente (Vicenç) Maria de Gibert (Barcelona, 1879-1939), un músico catalán que había estudiado composición en Francia con Vincent d’Indy y Abel Ducaux, y que fue organista del Orfeó Català y miembro de la orquesta Pau Casals, además de cofundador de la Revista Musical Catalana (1904). También destacó como compositor de unos Cantos religiosos (1914, con textos del poeta Jacint Verdaguer), adaptó canciones populares y dejó publicado el estudio Chopin: sus obras (1913). Era, pues, un erudito con amplios conocimientos de la música europea.

Llama la atención, en el artículo que reproducimos, no sólo su conocimiento de la personalidad y la obra de Chopin, sino sobre todo de la de Adam Mickiewicz (Zaosie, cerca de Nowogródek [actualmente Navahrudak, en Bielorrusia], 24 de diciembre de 1798 - Constantinopla, 26 de noviembre de 1855), quien todavía sigue siendo un gran desconocido en el mundo de habla hispana. De ahí, quizá, el interés de este artículo, en el que el autor trata con conocimiento de causa a los dos grandes románticos polacos.

La obra más conocida del eterno exiliado, Adam Mickiewicz, el extenso poema Pan Tadeusz (‘Don Tadeo’), publicado en París en 1834 –y sobre el que Andrzej Wajda realizó un magnífico filme en 1999–, no parece haberse traducido aún al castellano; sí, en cambio, disponemos de versiones de sus Sonetos de Crimea (‘Sonety krymskie’, 1926), traducidos por Vicente Tortajada (1952-2003) y también por Antonio Benítez Burraco, quien les añadió el poema Farys (1828) [1]. Joaquín Poch, por su parte, publicó la traducción de El libro de la nación polaca y de los peregrinos polacos (‘Księgi narodu polskiego i pielgrzymstwa polskiego’, 1832) [2]. También es interesante, para conocer a Mickiewicz y el contexto cultural de su época en Polonia, la tesis doctoral de Ana León Manzanero: El drama romántico polaco [3].


Reivindicado por bielorrusos (por haber nacido en el actual territorio de la República de Bielorrusia) y lituanos –Naugardukas es el topónimo lituano su ciudad natal, que antes de formar parte del Imperio ruso (y de Bielorrusia, después de la segunda guerra mundial) perteneció a la Confederación Polaco-Lituana, y Adomas Mickevičius el nombre lituanizado del poeta–, Adam Mickiewicz, pese a pertenecer plenamente a la cultura polaca se sintió muy vinculado a su Lituania natal, y de ello dan fe los primeros versos de Pan Tadeusz:


Litwo! Ojczyzno moja! ty jesteś jak zdrowie;

Ile cię trzeba cenić, ten tylko się dowie, Kto cię stracił...


[¡Oh Lituania!, tierra mía, tú eres como la buena salud; / nunca supe valorarte hasta que te perdí...]


Obviamos aquí, por innecesarias, las referencias a Fryderyk (Frédéric) Chopin, el bicentenario de cuyo nacimiento en Żelazowa Wola, en 1810, se celebra este año. De su apego a la cultura de su país natal da fe también el artículo de Gibert, que contradice las opiniones de quienes lo consideran un compositor más francés que polaco: su música es el ejemplo más claro de su indiscutible polonidad.


Albert Lázaro-Tinaut


[1] Adam Mickiewicz: Sonetos de Crimea. Traducción de Vicente Tortajada. El Mágico Íntimo editor, Sevilla, 1984 y Editorial Ronacimiento, Sevilla, 2000; Sonetos de Crimea y Farys. Edición y traducción de Antonio Benítez Burraco. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2007. Juan Rejano (1903-1976) también dejó unas versiones de los Sonetos de Crimea, recogidas en el volumen La mirada del hombre: nueva suma poética (1943-1976), publicado por Editorial Anthropos, Barcelona, en 1988.
[2] Adam Mickiewicz: El libro de la nación polaca y de los peregrinos polacos. Traducción de Joaquín Poch. Editorial Tecnos, Madrid, 1994.

[3]. Publicada por Mirabel Editorial, Vilagarcía de Arousa (Pontevedra), en 2006.


Detalle del monumento a Chopin, obra del artista polaco
Wacław Szymanowski (1859-1930), erigido en
el parque Łazienki de Varsovia en 1910.

(Foto: Patrick F / Flick - Creative Commons licence)


Los cantores de Polonia


Por Vicente M.ª de Gibert


En París se acaba de inaugurar un monumento a Adán Mickiewicz. el gran poeta nacional de Polonia. Desterrado de su patria, Mickiewicz residió en París, como Chopin y tantos otros patriotas polacos de todas las categorías sociales, y hoy la ciudad acogedora quiere perpetuar el recuerdo de su huésped ilustre. Este homenaje completa felizmente el que se ha tributado allí constantemente a Chopin. Esta conmemoración parisina me sugiere el tema de las relaciones que mediaron y de las afinidades que existieron entre los dos cantores de Polonia, entonces la desventurada, hoy la resurgente.


El monumento a Mickiewicz,
L'Épopée polonaise
, de Antoine
Bourdelle (1861-1929), erigido
en la plaza de l'Alma de París
el 28 de abril de 1929.
Actualmente se conserva
en el Museo Bourdelle de París.

(Foto: Langladure / GNU
Free Documentation License)




Poeta y músico coincidieron espiritualmente en amar ardorosamente su patria en el tiempo de la persecución y desmembramiento; ambos cantaron sus pasadas grandezas, ambos, con fe inquebrantable en la vitalidad de la raza, presintieron una lejana redención.

En su época, el verbo arrebatado de Mickiewicz tuvo más poder que la musa romántica de Chopin para reanimar las abatidas esperanzas, para encender el celo y el entusiasmo. Mickiewicz imponíase como un vidente providencial. Chopin, endeble de cuerpo, incapaz para la acción, en el concepto general no pasaba de ser un artista de salón. El verdadero sentido de muchas de sus páginas escapó a la mayoría de sus contemporáneos; pero, ciertamente, el autor del Estudio en do menor y da la Fantasía en fa menor era tan inspirado y autorizado intérprete del alma polaca cual pudiera serlo el vate.


Liszt fue de los pocos que supieron comprender la magnitud del genio de Chopin, doliéndose de que no se le equiparase a Mickiewicz. En una reseña suya de un concierto dado por el pianista polaco, aparecida en la Gazette musicale, leemos este párrafo significativo: “Si es menor el éclat producido en torno a su nombre, si es menos brillante la aureola que circunda su frente, no es porque por ventura no posea la misma profundidad de sentimiento que el ilustre autor de Conrad Wallenrod y Los Peregrinos; pero sus medios de expresión son demasiado limitados, su instrumento sobrado imperfecto. Chopin no puede en modo alguno revelar toda su personalidad por medio de un piano. De ahí, si no andamos equivocados, un sordo y prolongado sufrimiento, cierta repugnancia en revelarse al mundo exterior; una tristeza que se oculta a las miradas tras una alegría aparente; en suma, una completa individualidad, en grado máximo digna de nota y revestida de atractivos”.


Daguerrotipo de Chopin, realizado
en París en 1849 por el fotógrafo francés
Louis Auguste Bisson (1814-1876).
Es una de las pocas imágenes auténticas
del compositor polaco que se conservan.

(Imagen reproducida bajo las condiciones de
GNU / FDL Free Documentation License)


También Schumann, como es sabido, tuvo la intuición de la trascendencia de la música chopiniana. Creía ver en ella “cañones ocultos entre flores” y aun en las piezas al parecer de menor alcance descubría una virtualidad incontrastable. “Si el poderoso autócrata del norte –escribía– conocía el enemigo terrible que le amenaza con las obras de Chopin, con las ingenuas melodías de sus mazurcas, sin tardanza prohibiera su divulgación.” Chopin, por su parte, tenía la conciencia de su propio valer y de la misión patriótica que le incumbía, alejada, verdad es, de toda actividad inmediata y violenta, pero obrando eficazmente en el reino del espíritu. Recordemos, por no aducir otros testimonios, que él mismo declaraba en cierta ocasión a Fernando Hiller [1] que su aspiración suprema era llegar a ser para sus compatriotas lo que Uhland [2] para los alemanes.

Mickiewicz y Chopin hubieron de estar en relación constante en París; les vemos frecuentar los mismos círculos, pero no sabemos el grado de amistad que les uniera. De sus relaciones personales sólo conocemos una escena, por la cual colegimos que Mickiewicz comprendía el genio de Chopin, pero considerándolo como elemento en potencia, sin abarcar la trascendencia de la obra musical realizada. Refiérenos tal escena el pintor polaco Kwiatkowski [3], quien, yendo un día a casa de Chopin, le halló discutiendo acaloradamente con el poeta. Éste apretaba al músico para resolverle a componer una obra de vuelo, dejándose de una vez de malgastar sus facultades en naderías. Chopin declaraba con firmeza y reiteradamente que no poseía las cualidades requeridas para acometer la empresa que de él se pretendía.

Mickiewicz en París, según
un famoso retrato del pintor
polaco Walenty Wańkowicz
(1799-1842) que se conserva
en el Museo Nacional de Varsovia.


No hay que tomar la negativa de Chopin como falta de consideración a los ruegos del poeta, sino sencillamente como la expresión de un convencimiento arraigado. Ya sabemos que, con todo y haber tomado la propuesta en consideración, no había podido dar gusto a su maestro Elsner [4], quien desde Varsovia le escribía instándole para que compusiese una ópera sobre algún asunto histórico polaco. Y Mathias, discípulo de Chopin, pudo escuchar este breve diálogo entre el conde de Perthuis, edecán de Luis Felipe, y el compositor. “Chopin, ¿por qué con sus ideas admirables no escribe usted una ópera?” “Ah, señor conde, permítame que sólo haga música de piano; no soy bastante sabio para hacer óperas.”


Chopin sentía la mayor admiración por la obra poética de Mickiewicz. No era Chopin un gran lector; interesábanle, sí, la literatura y la poesía, pero gustábale estar al corriente del movimiento intelectual más por medio de la conversación en sociedad que por la lectura directa y asidua. ¡Charles Valentín Alkan [5] llegó a decir al biógrafo Mecks que el músico polaco no leía siquiera las obras de George Sand! Sin embargo, Chopin hacía excepción a favor de los libros escritos en su lengua natal o referentes a su patria, y en su mesa veíanse siempre las últimas publicaciones de esta índole. No hay que decir, pues, que las obras de Mickiewicz merecían su atención preferente; las tenía al alcance de la mano y sus últimas producciones iban a buscarle hasta su destierro de Mallorca.


La poesía de Mickiewicz daba pábulo a su fervor patriótico, así como a su inspiración musical. No hacemos esta afirmación por el hecho le haber compuesto Chopin alguno de sus lieder con letra de Mickiewicz, pues ya sabemos que esos cantos eran meros pasatiempos a los cuales no daba su autor importancia alguna. Pero, sabemos por confidencias del compositor a personas amigas, que ciertas obras pianísticas suyas fueron inspiradas directamente por los poemas de Mickiewicz; lo cual nos hace presumir que para la composición de otras obras hubo de recurrir a la misma fuente de inspiraron.


Chopin en su lecho de muerte, según una acuarela
con gouache de Teofil Kwiatkowski (1849) que
se conserva en el Museo Nacional de Varsovia.


Mas, antes de particularizar a este respecto, plácenos aplicar en general a la labor creadora del compositor estas líneas del poeta polaco: “Cuando los hijos del mundo me creen sosegado, escondo a sus miradas un alma tumultuosa; el frío orgullo, como un velo de niebla, cubre con su sombra la hoguera interior. Tan sólo de noche vierto silenciosamente en tu seno, oh Señor, la tempestad de mi alma, que se resuelve en lágrimas”.



Artículo publicado en La Vanguardia, Barcelona, jueves 2 de mayo de 1929, pág. 5.



[1] Se refiere al compositor y pianista romántico alemán Ferdinand Hiller (1811-1885), quien residió en París entre 1829 y 1836.

[2] Alude al célebre poeta romántico alemán Ludwig Uhland (1787-1862), autor del poema “Ich hatt' einen Kameraden” (‘Yo tenía un camarada’, 1809, conocido también como “El buen camarada”) que, adaptado para la música por Friedrich Silcher (1825), se convirtió en el himno fúnebre de las fuerzas armadas alemanas y austriacas, de los bomberos austriacos e incluso de la Legión Extranjera francesa y del ejército chileno.

[3] Se trata del pintor polaco Teofil Kwiatkowski (1809-1891), que se exilió a Francia tras el fracaso de la insurrección contra los rusos de 1831, en la que había participado y, establecido en París, mantuvo una estrecha relación con Chopin y Mickiewicz.
[4] Chopin fue alumno del compositor y pedagogo musical Józef Elsner (1769-1854), fundador y director del conservatorio de Varsovia. Éste descubrió el genio musical del joven pianista y siguió con mucho interés su carrera.

[5] Virtuoso del piano, el francés Charles Valentín Alkan (1813-1888) fue alumno de Paganini, Chopin, Liszt y Pierre Zimmerman. Compuso numerosas obras para piano, entre las que destacan sus Estudios.



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