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sábado, 24 de julio de 2021

Jerzy Pilch y la desventura de escribir en la periferia

Jerzy Pilch.
(Foto © Wojciech Druszcz / East News)

Mucho se ha dicho sobre los conceptos de centro y periferia, tanto desde el punto de vista cultural (Yuri Lotman, por ejemplo, en el terreno de la semiótica) como, sobre todo, desde concepciones políticas y económicas, que suelen superponerse. El antropólogo sueco Ulf Hannerz hace una reflexión atinada: “Es claro que el ‘imperialismo cultural’ tiene mucho más que ver con el mercado que con el imperio”; y luego, tras referirse a la homogeneización global, apunta que “los grandes movimientos transnacionales de tiempos recientes no parecen haber estado completamente organizados para poder recorrer la totalidad del camino entre el centro y la periferia”. [1]

Por otra parte, el eminente economista, también sueco, Gunnar Myrdal (adalid de los mercados, definido por unos como “antifeudal y antifascista”, y por otros como “anticomunista y fervoroso liberal demoburgués”) ya se refería en los años 70 del pasado siglo a los países periféricos como “Estados débiles”, y desde su supuesta equidistancia equiparaba subdesarrollo y marginalidad con periferia en el contexto del intercambio desigual.

Aunque, aparentemente, los puntos de vista económicos distan bastante de las realidades culturales, sin duda el “mercado” tiene mucho que ver en el asunto, y así lo da a entender, con su estilo desenfadado e irónico, Aleksandra Lun en el texto que reproducimos a continuación, que viene como anillo al dedo a este espacio dedicado, precisamente, a las culturas periféricas.

Albert Lázaro-Tinaut

[1] U. Hannerz: “Escenarios para las culturas periféricas”, en Alteridades, México, 1992 (2), pp. 94-108.

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Alfabetos extraterrestres

Por Aleksandra Lun

A finales de mayo de 2020 falleció en Polonia el escritor Jerzy Pilch, un peso pesado de la literatura polaca y un perfecto desconocido fuera de su país. Algunos libros suyos llegaron a publicarse en los idiomas fuertes del orden cultural internacional: uno en francés, tres en inglés, dos en español. Pasaron sin pena ni gloria por las áreas geográficas respectivas: en España, los dos títulos publicados por Acantilado en los años 2000, Casa del Ángel Fuerte y Otros placeres, se reseñaron y se olvidaron. Muerto Pilch, no se traducirán más libros suyos a ningún idioma, pues lo peor que puede hacer un escritor de Europa del Este poco traducido es morirse. Como sus libros en los almacenes de las distribuidoras occidentales, Pilch se irá desintegrando, poco a poco encontrando el camino al subsuelo de la llamada literatura universal, que de universal no tiene nada, pues consiste, en su acepción más popular, en obras escritas o traducidas en Occidente.

Como tantos otros escritores importantes, Pilch no formará parte de ese canon porque tuvo la mala suerte de nacer en una lengua hermética. El polaco es el Fitzcarraldo de los idiomas europeos: traducir a un autor polaco es querer construir un teatro en la selva amazónica. Intentar que los medios de comunicación se interesen por él es transportar un barco gigante por encima de una montaña. Para despertar el interés del público por un autor polaco hay que ser un Werner Herzog dispuesto a todo. Culpar de esa injusticia histórica a las editoriales sería culpar del mal tiempo a los excursionistas. Los editores que publican a autores polacos ya de por sí son personajes trágicos: hagan lo que hagan, están remando a contracorriente. Hace poco leí la reseña de una escritora española que recomendaba la novela de una autora polaca “a pesar de que la acción del libro suceda en Polonia”. En este sentido, Stanisław Lem fue un visionario que supo que lo más importante era situar la acción de su novela más famosa, no en Polonia, sino a bordo de una nave espacial. También lo acabaría sabiendo George Clooney.

Además de venir de un país cuyo solo nombre espanta a los lectores occidentales, Pilch cometió el pecado de ser original. La originalidad es una sentencia de muerte para un escritor de una cultura periférica. Un autor original es difícilmente comparable a otros escritores. No es un problema si pertenece a una cultura fuerte: una voz innovadora de la literatura francesa no tendrá problemas para encontrar público extranjero; al contrario, creará una corriente nueva que seguirán los escritores de culturas más minoritarias. Pero un autor de una cultura periférica que quiere ser traducido tiene que ser un escritor preexistente, un eco de lo que ya se escribió o tuvo éxito en Occidente, un doble de alguien que ya pasó por ahí, una repetición en otra escala de una melodía que alguien ya tocó. Hace falta un espíritu preparado, dijo Blaise Pascal hace cuatrocientos años sin saber que se refería al mercado editorial occidental.

La originalidad de la escritura de Pilch la agrava el hecho de que sea un autor con pasaporte polaco y que escribe en polaco, pero que no encaja en las expectativas que Occidente tiene sobre la literatura polaca, demostrando de paso la absurdidad del concepto de literatura nacional. Pilch no tiene ninguna vocación histórica o moral, nadie de su familia pereció en un campo de exterminio y ni siquiera es católico, sino luterano. Con su irónico estilo bíblico (ya nadie nunca volverá a escribir así), escribe sobre la región de la que proviene, la Silesia de Cieszyn, sobre sus extravagantes familiares, sobre su amado equipo de fútbol, el Cracovia, sobre sus relaciones sentimentales, sobre sus amigos, sobre el alcohol, sobre su vida con la enfermedad de Parkinson, sobre la literatura. Es un outsider literario, distinto a todos los demás, una anomalía perfecta, un caballero en el país de los bordes, un miembro de la selecta escuadrilla de escritores capaces de sobrevolar con ligereza el dolor y la angustia, una supernova que, con su humor elegante, hizo estallar desde dentro un sistema literario ensimismado en su pasado traumático.

El último problema de Pilch es uno de los problemas más bellos que puede tener un escritor: como muchos de los más grandes, no es un robot. Escribió algún libro imperfecto. Un libro imperfecto de un autor anglosajón se traduce en todas partes; a los escritores periféricos, como a los alumnos desaventajados, se les exige la perfección. Y la perfección, en palabras de Alexis Jenni, consiste en obedecer las normas. El sistema comercial en el que está sumergida la literatura hoy en día nos ha acostumbrado a trayectorias impolutas, igual de falsas que los cuerpos perfectos que nos muestra la publicidad y las vidas perfectas que nos muestran las redes sociales. La entrega de los grandes premios como el Nobel viene precedida o seguida de una retahíla de otros premios, de biografías salpicadas de éxitos, de trayectorias lógicas y expansivas, como si un escritor fuera un deportista de élite coleccionando los palmarés de las competiciones. Pero si la literatura no consiste en la perfección, ¿en qué consiste? Pilch decía que la esencia de la literatura era el olvido.

«La literatura es un archivo de sueños, un diccionario de sueños, incluso la novela más realista no es más que un sueño muy tangible descrito con mucha precisión” –escribe en La zurdera perdida para siempre (inédito en español), y añade–: “No leemos libros para recordarlos. Leemos libros para olvidarlos, y los olvidamos para volverlos a leer. Una biblioteca es un archivo de sueños olvidados pero fijados, la oportunidad de un retorno sin fin.»

La falta de perfección no hace que sea peor escritor: hace que sea un escritor más auténtico, y también más valiente. No es difícil tener una trayectoria impoluta publicando un libro cada cinco años, dejando ver al mundo la versión más corregida y destilada de nosotros. Pilch escribía mucho y publicaba mucho, con el coraje de un soldado raso corriendo hacia las bayonetas. Bolaño decía que la batalla más grande de un escritor sobreviene en sus obras secundarias: la batalla más épica que libró Cervantes no fue con el Quijote, sino con las Novelas ejemplares. Ese principio se puede aplicar a Pilch y a sus obras menores. La escritura, como todo acto creativo, es una maestra de la derrota. Los escritores solo se parecen a los deportistas de élite en un aspecto crucial: quien no aprende a convivir con el fracaso tiene que retirarse.

La escritura perdida de Jerzy Pilch es solo un ejemplo más de cómo grandes voces desaparecen por las cloacas de la periferia. De cómo la literatura es una batalla a vida y muerte en la que sobrevive el más fuerte. De cómo nos gusta idealizar los libros, verlos como el inocente patrimonio común que nos protege del caos, pero cómo, mirada de cerca, la literatura es un registro de dominantes y dominados. Como los sedimentos que muestran la edad geológica de las rocas, la literatura nos muestra quién y cuándo tuvo suficiente poder: suficiente poder para escribir y suficiente poder para publicar. La democratización de la escritura que presenciamos actualmente, con todas sus limitaciones, es muy reciente. Durante siglos, ni esclavos ni pobres ni campesinos ni mujeres ni otros marginados escribían. La historia literaria que con tanto orgullo enseñamos en las escuelas es la historia de la creatividad de los poderosos. Y, pase lo que pase en el mundo en este convulso siglo XXI, su literatura será la primera literatura de nuestra historia escrita por los marginados. Los que encuentren editor.

Mientras tanto, vivimos de espaldas a los escritores de culturas periféricas porque no tenemos acceso a su obra, como si estuviera escrita en jeroglíficos. Sus libros no pertenecen a la literatura universal, como tampoco pertenecen a ella los libros no escritos de los esclavos que construyeron las pirámides egipcias, de los campesinos ucranianos que murieron en la gran hambruna, de las mujeres quemadas durante la caza de brujas, de los congoleses asesinados recogiendo caucho. Pero todos esos libros, no escritos y no traducidos, siguen con nosotros: son libros fantasmas que agitan sus cadenas y nos persiguen por los corredores vacíos de nuestro relato colectivo, susurrando que les dejemos entrar en nuestras vidas.

«He leído con atención a muchos autores, a menudo varias veces, y me acuerdo de muy poco» –sigue Pilch sobre la desmemoria– «Pero, de hecho, si me acordara bien de ellos, sería más pobre, más infeliz; estaría más cerca del final, ya parcialmente muerto. Porque si estuviera totalmente seguro de conocer bien Doctor Fausto de Thomas Mann, también tendría la sensación de que es un libro muerto, la seguridad de que ya no lo volveré a leer.»

Los escritores periféricos nos ofrecen el regalo de una vida inédita, de un nuevo comienzo en otro lugar, de un mundo inexplorado. Y no tienen prisa. «Os esperamos aquí», musitan desde los márgenes de la literatura universal, «os esperaremos hasta el final. Hasta el futuro.» ¿Y nosotros? ¿Sabremos crear un futuro en el que un satélite detectará la galaxia de los escritores perdidos? ¿Descifraremos sus alfabetos extraterrestres? Nos especializamos en empresas imposibles: hemos pasado de saltar de árbol en árbol a patentar el ascensor. Y, como Fitzcarraldos que somos, tenemos que encontrar la manera de transportar aquel barco por encima de la montaña. Porque si la literatura, como dice Pilch, es una biblioteca de sueños olvidados, la literatura universal solo puede ser una biblioteca sonámbula. Una biblioteca que encontraremos si salimos en búsqueda de los escritores perdidos. Si los buscamos en las paradas de los tranvías nocturnos, en los parques cerrados desde el anochecer, frente a semáforos en rojo que iluminan calles desiertas. Si los buscamos sin descanso, si los buscamos con dedicación y esperanza, si los buscamos como si buscáramos la teoría del todo. Aquella teoría que conecte por fin la relatividad general con la física cuántica: el centro con la periferia. Quizá los escritores perdidos sean la ecuación que todos andamos buscando.

Aleksandra Lun
(Gliwice, Polonia, 1979) es escritora y traductora. Su primer libro Los palimpsestos, escrito en español, ha sido publicado en España, Francia, los Países Bajos y los Estados Unidos. Vive en Bruselas.





Este texto fue publicado originalmente en Revista de Letras, Barcelona, el 23 de noviembre de 2020. Impedimenta agradece tanto a su autora como a la redacción de la revista su amable autorización para reproducirlo.

martes, 12 de marzo de 2019

La autoinmolación como forma extrema de protesta

“La Casa del Suicidio y la Casa de la Madre del Suicidio”, obra dedicada en 1991 a Jan Palach 
por el artista estadounidense John Hejdu (1929-2000), instalada en enero de 2016 
en la antigua plaza del Ejército Rojo (hoy plaza de Jan Palach) de Praga.

Las primeras veces que oímos hablar de autoinmolación en defensa de una causa, religiosa, política o vinculada a algún fanatismo, fue a principios de la década de 1960, cuando el monje Thích Quảng Đức se prendió fuego en el centro de Saigón para protestar contra la persecución religiosa de que eran objeto los budistas por parte de la minoría católica gobernante en Vietnam del Sur: la fotografía de su sacrificio dio la vuelta al mundo. Aquel acto, que sorprendió sobre todo en los países “occidentales”, se conoció con la expresión “quemarse a lo bonzo”.

La inmolación del monje Thích Qung Đ
en Saigón el 11 de junio de 1963 
(fotografía de Malcolm Browne, que dio 
rápidamente la vuelta al mundo).

Otros monjes budistas tibetanos se han autoinmolado para protestar contra lo que entendían como ataques a su cultura y su religión por las autoridades de la República Popular China. Hubo, sin embargo, discrepancias entre los practicantes del budismo sobre la oportunidad de esos actos: unos se remitían a la tradición según la cual Buda, en una de sus vidas anteriores, se autoinmoló por el bien de los demás; otros, en cambio, sostenían que esa práctica atentaba contra la doctrina del budismo tibetano. Se sabe, en cualquier caso, que también hubo actos de inmolación en la India y en Japón.

Mención aparte, por supuesto, merecen las autoinmolaciones de fanáticos religiosos, como actos de odio, venganza y represalia, que poco o nada tienen que ver con los que se mencionan aquí.

En el artículo del profesor Federigo Argentieri que se presenta, traducido, a continuación, se trata de las autoinmolaciones que tuvieron lugar en los países de la órbita soviética como protesta por la sumisión de éstos a la URSS y las consecuencias que ello supuso. Ha quedado como símbolo de aquellos trágicos actos la figura del estudiante checo Jan Palach en la céntrica plaza Václav de Praga, en 1969, para denunciar la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia; pero Palach no fue, ni mucho menos, el único que lo hizo, como se puede leer a continuación.


Los otros doce Jan Palach

Por Federigo Argentieri

El 16 de enero de 1969 la “llama violenta y atroz” (en palabras de Francesco Guccini) quemaba el cuerpo del estudiante Jan Palach, quien había decidido tomar aquella decisión extrema para protestar contra el lento pero evidente sofocamiento, por parte de la URSS y sus aliados, de las ansias de libertad y democracia que se habían ido materializando en Checoslovaquia durante el año anterior, y que se frustraron por la intervención armada del 21 de agosto de 1968, diez días después de su vigésimo cumpleaños, pero lo hizo sobre todo contra la escasa resistencia que se estaba ofreciendo.

La muerte de Palach, el día 19 de enero, tuvo una 
enorme resonancia internacional, y la consternación 
y solidaridad fueron casi unánimes, como lo había 
sido la condena de la intervención militar. A él y a 
su acto se dedicaron canciones, como “Primavera
di Praga”, de Guccini, “Mourir dans tes bras”, de
 Adamo o, más recientemente, “Le fate di Praga”,
del cantauror italiano de música alternativa Sköll
El tema dio también para numerosos libros.

Jan Palach era, sin duda, un fiel seguidor de Tomáš Masarykel fundador y primer presidente de la República de Checoslovaquia, quien en 1881, como recuerda el eslavista Angelo Maria Ripellino, desarrolló en Viena una tesis sobre “el suicidio como fenómeno de masas de la civilización moderna”; además, cuando tenía 15 años se enteró de la inmolación de Thích Qung Đc, y es probable que tuviera noticia de un gesto análogo del cuáquero Norman Morrison, quien en 1965 se prendió fuego en Washington como protesta por la muerte de niños durante la guerra de Vietnam.

La autoinmolación de Ryszard Siwiec en Varsovia.
(Foto: PAP/Paweł Kula)


Casi un año antes de la inmolación de Palach, el 8 de septiembre de 1968 (dieciocho días después de la invasión de Checoslovaquia), el polaco Ryszard Siwiec, veterano de la resistencia antinazi y antisoviética, se había prendido fuego en el Estadio Nacional de Varsovia, donde se estaba celebrando la “fiesta de la cosecha” con la presencia de las máximas autoridades: murió al cabo de cuatro días. La policía hizo cuanto pudo para evitar que se difundiera la noticia, pese a que hubo muchos testigos de aquel acto de protesta, pero al cabo de unos meses Radio Free Europe (cuya sede estaba entonces en Alemania) rompió el silencio y anunció que Jan Palach no había sido la primera “antorcha humana”, al menos no en el plano internacional.

Apenas dos meses más tarde, el 5 de noviembre, el ucranio Vasyl Makuj (Василь Макух), otro veterano de la resistencia antinazi y antisoviética (a la derecha, su retrato), se inmoló cerca de la plaza Maidan de Kiev para protestar contra la opresión de que era objeto su país y también por la invasión de Checoslovaquia. Murió al día siguiente y, pese a las precauciones del KGB, la noticia se difundió entre los ucranios (muchos habían visto pasar los carros de combate hacia Checoslovaquia) y se filtró al extranjero.

Al cabo de nueve años, el 21 de enero de 1978, otro ucranio, Oleksa Hirnyk (Олекса Гірник), imitó aquellos gestos extremos para protestar contra la rusificación y la anulación de la identidad nacional ucrania. Lo mismo hizo el 23 de junio de aquel año el tátaro de Crimea Musa Mamut (Муса Мамут) para denunciar la opresión de su nacionalidad por parte de la URSS.

Monumento en mermoria de Oleksa Hirnyk en la ciudad ucrania 
de Ivano-Frankivsk, cerca de su localidad natal.

No parece que Palach conociera la suerte de Siwiec ni de Makuj, pues no los mencionó en las notas que dejó escritas. En cambio, Sándor Bauer, un estudiante húngaro de 16 años, declaró explícitamente que había querido seguir su ejemplo y se prendió fuego en la escalinata del Museo Nacional de Budapest el 20 de enero de 1969, al día siguiente de la muerte de Palach, “el hermano checo que hizo lo mismo”. Murió al cabo de tres días.

Una de las notas de despedida que dejó Sándor Bauer antes de inmolarse.
(© Állambiztonsági Szolgálatok Történeti Levéltára)

Si Palach no era la primera “antorcha humana” del bloque soviético, sí que lo había sido en su país, donde su ejemplo fue seguido casi inmediatamente: el 20 de enero el joven de 25 años Josef Hlavatý se daba fuego en Pilsen, y moría cinco días después; sin embargo, es probable que su suicidio se debiera sobre todo a razones personales, como su reciente divorcio, pero de hecho había sido muy activo durante la Primavera de Praga. Un mes más tarde, el 25 de febrero, fue Jan Zajíc, de 18 años, miembro de una familia demócrata y anticomunista, quien se inmoló. Es interesante constatar que los orígenes ideológicos de todas las víctimas mencionadas hasta ahora eran afines, lo cual suponía un motivo de reflexión para quienes pretendían apoderarse de su memoria.

Muy distinta era la tendencia política de de Evžen Plocek (fotografía de la izquierda), un obrero de Jihlava que militaba en el Partido Comunista y era afín a las reformas promulgadas por Alexander Dubček en Checoslovaquia: decepcionado por los "normalizadores", convencido de la imposibilidad de revertir la situación a la que se había llegado, se prendió fuego el 4 de abril de 1969, un día antes de que Dubček fuera expulsado del Partido.


Márton Moyses retratado por 
su hermano Frigyes en 1949.

El 13 de mayo de 1970 expiraba en Rumania un poeta húngaro de Transilvania, de 29 años, llamado Márton Moyses. Después de la Revolución de 1956, juntamente con otros jóvenes de su edad, intentó sin éxito unirse a la resistencia húngara contra los ocupantes soviéticos. En 1960, delatado y declarado elemento hostil al régimen por su solidaridad con los revolucionarios húngaros y por sus poemas críticos, fue procesado y condenado a dos años de prisión. Dos meses antes de que lo pusieran en libertad se cortó parte de la lengua con un hilo para no poder delatar a sus “cómplices”. En febrero de 1970, al cumplirse un año de la muerte de Palach y Bauer, viajó a la ciudad de Brașov y después de derramar gasolina frente a la sede del Partido Comunista, se prendió fuego. Murió al cabo de tres meses.

Casi dos años más tarde, el 14 de mayo de 1972, fue el lituano de 19 años Romas Kalanta quien realizó el mismo gesto en la ciudad de Kaunas, ante el edificio del Partido Comunista. Murió al día siguiente. Había dejado escritas estas palabras: “Acusad de mi muerte al régimen totalitario”. La imposición a su familia de anticipar dos horas el funeral suscitó una oleada de indignación y desencadenó tumultos que duraron dos días, durante los que fueron detenidas 402 personas, a siete de las cuales se impusieron penas de prisión; además, centenares de estudiantes fueron expulsados de sus facultades y otros protestatarios, despedidos de sus puestos de trabajo. Romas Kalanta fue rehabilitado cuando Lituania recuperó su independencia.



Placa-memorial en el lugar de la céntrica Laisvės Alėja (Avenida de la Libertad) 
de Kaunas donde se autoinmoló el estudiante lituano Romas Kalanta.
(Foto © Kęstutis Jurel, ELTA. Cortesía de Pietro U. Dini)

Por último hay que recordar a Oskar Brüsewitz, un pastor luterano de la Alemania del Este, que se inmoló en 1976, y al obrero rumano Liviu Cornel Babeș, quien lo hizo en 1989, poco antes de la caída del régimen dictatorial de Nicolae Ceaușescu.

Las “obras de arte de la historia”, como definió el politólogo canadiense Jacques Lévesque las revoluciones pacíficas de 1989, de algún modo hicieron justicia a esas almas inquietas, así como a la Revolución Húngara de 1956, la Primavera de Praga y los anhelos de libertad en Ucrania y el Báltico oriental. Jan Palach y todos quienes se suicidaron como protesta contra los regímenes comunistas burocráticos y opresivos, y contra la indiferencia y pasividad del resto del mundo, son recordados con afecto y emoción, cuando no han sido elevados al Panteón de los héroes nacionales. También hay que recordar, por supuesto, las inmolaciones de monjes tibetanos contra la ocupación china de su país. Debemos reflexionar sobre si estos actos de protesta no deban tipificarse como un método de condena contra las tiranías comunistas, aunque sería preferible que el criterio fuera extensivo a todas las otras, sin exclusión alguna.


La cadena humana que enlazó las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) 
el 23 de agosto de 1989, cincuenta años después de la firma del tratado entre Alemania 
y la URSS que permitió la posterior anexión de aquellas repúblicas a la Unión Soviética, 
es un ejemplo de las revoluciones pacíficas que condujeron a la independencia 
de los países del Báltico oriental.

El autor - El profesor Federigo Argentieri es un politólogo y académico italiano doctorado en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest. Especializado en relaciones internacionales y en la historia reciente de Hungría y de toda la denominada Europa del Este, ha publicado numerosos libros y artículos sobre los temas de su ámbito de estudio e investigación. Ejerce como profesor de Ciencias Políticas en la John Cabot University de Roma, cuyo Instituto Guarini para Asuntos Públicos dirige.


Este artículo, traducido en casi toda su integridad por Albert Lázaro-Tinaut, se publicó en el suplemento “La Lettura” del diario italiano Corriere della Sera el 13 de enero de 2019. Impedimenta agradece tanto al autor como al propio diario que le hayan concedido su amable autorización.

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lunes, 25 de abril de 2011

Simulando que se simulan realidades simuladas: una visión de la Europa del Este a principios del nuevo milenio

La Ciudad Vieja (Staré Mesto) de Bratislava reflejada
de noche, en las aguas del Danubio.
La nueva Europa surgida tras la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, la disolución de la Unión Soviética, entre 1990 y 1991, seguida por la violenta ruptura de Yugoslavia, supuso un repentino cambio de mentalidad en lo que se conocía geopolíticamente como Europa del Este (pese a que aquel ámbito incluía a algunos países centroeuropeos). Un cambio también desde el punto de vista social y, sobre todo, político, que muchos aprovecharon para recolocarse en los ámbitos de poder, ocultando vergonzosa e hipócritamente su pasado. Otros se dieron cuenta en seguida de los vacíos legales que habían producido aquellos cambios repentinos para dedicarse al contrabando y enriquecerse en pocos meses traficando con todo tipo de productos, entre los cuales estaban los automóviles de gama alta. Y nadie ignora la trágica realidad del tráfico de mujeres, menores y órganos humanos destinados a trasplantes que aún se practica hoy en día. Para muchos, aquel cambio supuso volver a empezar; para la mayoría, la necesidad de adaptarse a una nueva realidad; para algunos, ganar prestigio internacional… y muchísimo dinero.

El ex presidente checo Václav Havel, quien confiesa “sentirse en su país como en una pesadilla llena de embusteros y nuevos ricos”, lo expresa muy bien en una entrevista con la escritora Monika Zgustová, residente desde hace años en Cataluña, publicada en el diario El País en octubre de 2009: “Tras la caída del sistema totalitario, en los países del antiguo bloque soviético comenzó una etapa transitoria: el post-comunismo. Una fase de rápida y masiva privatización, no delimitada por ningún marco jurídico sólido, en la cual la antigua nomenclatura comunista controla tanto las informaciones como los contactos, lo que la convierte en el núcleo y la parte más influyente de la nueva clase empresarial”, y añade que los medios de comunicación, acostumbrados a ejercer el poder limitando el de los demás, “han establecido algo que suelo llamar capitalismo mafioso”. Según Havel, “el post-comunismo ha engendrado una desmoralización general que aflora trufada de agresividad”.

Václav Havel.

Esa revolución silenciosa que se producía dentro de una revolución de más calado, a la que no fueron ajenos los intereses de los “países ricos” occidentales, creó también cierto desconcierto entre los ciudadanos de aquellos Estados, que en los primeros años de su independencia se vieron asaltados por una profusión de propuestas políticas, mayoritariamente corruptas y siempre engañosas en su propaganda. No faltaron quienes regresaron del exilio (o que incluso habían nacido en los países donde se habían exiliado sus padres) para presentarse a las elecciones y plantear desde el poder proyectos difíciles de entender para sus propios electores, y con frecuencia abocados al fracaso.

Era cierto que habían cambiado muchísimas cosas, pero otras no tanto. Viajar a la Europa occidental ya era más o menos posible (no todos los países occidentales concedían visados), pero resultaba sumamente caro. Y, por otra parte, ese mundo feliz con el que soñaron durante años era esclavo de otra dictadura casi tan cruel como la que habían dejado atrás: la del dinero, que suponía la necesidad de luchar para obtener puestos de trabajo y poder acceder a las innumerables ofertas de la economía de mercado, y caer así en el engaño del consumismo.

Desfile de modelos durante
la Semana de la Moda Albanesa
en Tirana (noviembre de 2008).
(Foto: EFE / Mujer Hoy)

Fueron muchos los escritores que reflejaron en aquellos años la gran decepción y las consecuencias del contagio de aquel “mal de Occidente” no percibido hasta entonces en sus propios países, donde los precios de lo más básico se multiplicaban sin cesar mientras que el poder adquisitivo de los ciudadanos era cada vez más limitado. Desde entonces, en muchos de aquellos países la evolución económica y social ha sido notable (aunque no siempre “limpia”), y algunos se han incorporado no sólo a la Unión Europea –a veces obedeciendo a intereses estratégicos occidentales–, sino incluso a la eurozona. En otros, sin embargo, la situación no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado a causa, sobre todo, de ese mal que parece haberse hecho endémico: la corrupción.

El artículo que sigue se inscribe, precisamente, en el ambiente depresivo y pesimista de los primeros años del post-comunismo, en una Eslovaquia que se había desgajado pacíficamente de Checoslovaquia el 1 de enero de 1993 para formar su propio Estado, a la vez que lo hacía la República Checa. Ambos países pasaron, a partir de aquel momento, por etapas políticas y económicas tormentosas. El gobierno constituido en la República Eslovaca tras las elecciones parlamentarias del año 2002, presidido por Mikuláš Dzurinda, estaba compuesto por una coalición de cuatro partidos de derechas: Eslovaquia Democrática y Unión Cristiana (Slovenská Demokratická a Kresťanská Únia, SDKU), el Partido de la Coalición Húngara (Magyar Koalíció Pártja, MK / Strana maďarskej koalície, SMK, formación de la minoría húngara), el Movimiento Cristianodemócrata (Kresťanskodemokratické hnutie, KDH) y la Alianza del Nuevo Ciudadano (Aliancia nového občana, ANO). Es precisamente ese contexto político el trasfondo del texto de Michal Hvorecký.


Albert Lázaro-Tinaut




El salvaje Este


Por Michal Hvorecký

Traducción de María Eugenia de la Torre


Podría contar historias fantásticas sobre mi país y sobre Europa central y afirmar que son pura verdad. Después seguiría viviendo en paz porque nunca nadie lo comprobaría. La gente de aquí cree que todo, absolutamente todo, es posible en esta parte del continente. Aquellos países tienen a menudo algo irreal como para que la gente los conciba sin más como Estados que realmente existen.


A Bratislava, la gran ciudad de la cual provengo, se le atribuye ser la ciudad más pequeña del mundo. En los días lluviosos de otoño llega a resultar antipática. Los períodos de frío, humedad y aguacero te deprimen inevitablemente. A veces no hace sol en todo el día. Por las calles flota una sucia esterilidad. En la fría y pegajosa niebla matinal, sólo el aliento propio, que propaga algo de calor animal, calienta al transeúnte. Los árboles se encogen y enrollan sus hojas. Las alcantarillas escupen agua sucia y turbia de sus entrañas en lugar de engullirla. Ni siquiera clarea al mediodía, todo permanece gris sin interrupción.


Bratislava sumida en las brumas otoñales, desde la cruz ortodoxa
erigida en memoria de los soldados rusos caídos durante
la "liberación" de Eslovaquia en la segunda guerra mundial.

(Foto © Monika P.)

Se dice que lo mejor es que la fortaleza espiritual nos proteja del mal tiempo. Pero conservar la fuerza de voluntad este otoño se va a convertir en un mérito heroico. Y es que, en Eslovaquia, un partido llamado Alianza del Nuevo Ciudadano, cuyas siglas corresponden en eslovaco a la palabra *, está ejerciendo una influencia determinante. La mayoría de los integrantes de la dirección del partido fueron presentadores de televisión. Y su secretario general es el que fuera antaño presidente de la televisión eslovaca de la asociación socialista de jóvenes, que luchó con vehemencia por un cambio de poder. La gente, que abrazó hace un par de años el cambio de la situación política con optimismo, es pasto de su más profunda desesperación. Sumido en el desconsuelo, el pueblo no puede sino maldecir y proferir insultos.


Ubicuas contradicciones


Desde hace poco tiempo, el presidente del Partido de la Concordia es ministro de Economía, lo cual me parece más peligroso que cuando hace seis años, la dirección del partido abogaba por el pseudopatriotismo y por la fidelidad a la nación y al Estado. Los que fracasaron entonces, torpes y provincianos, no consiguieron igualar la destreza con la que un monstruo mediático se desenvuelve en todo tipo de estructuras del sistema y del poder.


Yo empiezo a acostumbrarme a las mentiras y a las ubicuas contradicciones. El secretario general del ANC no posee el canal de televisión con las cuotas de audiencia más altas, aunque sí que le pertenezcan en realidad. El primer ministro tiene en gran estima al que fuera su colega del Ministerio del Interior durante años, al que dirigió las pesquisas en un caso de corrupción. Aun así, le sustituyó del cargo de manera repentina. Y el que ha accedido en secreto a las peticiones de los adversarios políticos, finge no haberlo dicho. Es casi como en una comedia televisiva donde los actores simulan que están simulando realidades simuladas.


Pavol Rusko, líder de la Alianza
del Nuevo Ciudadano (Aliancia
nového občana, ANO).

(Foto © SITA)

“No se puede definir con precisión las características nacionales pero si se hace, resultan ser banales o imposibles de relacionar las unas con las otras”, escribió George Orwell en 1941. Este pensamiento no alivia mi rabia otoñal, así que estoy estudiando el carácter de mis compatriotas, que muestran una indiferencia total ante los desagradables acontecimientos políticos de la actualidad.

Detalles insignificantes


Algunos hábitos del consumidor apuntan en que en los últimos años, las diferencias entre los ciudadanos de países diferentes disminuyen. Visto de una manera global, apenas nos distinguimos si no es por detalles insignificantes. Al parecer todos somos individuos idénticos. Lo que sí es cierto es que basta regresar en cualquier momento a Eslovaquia procedente del extranjero para darse cuenta enseguida de innumerables diferencias.
He aquí algunas de mis valoraciones generales: el lenguaje es más vulgar, la moda más conservadora, los medios de comunicación más superficiales, tanto la insolencia de los taxistas como la amargura de los jubilados son mayores, los chistes son más obscenos, los policías más arrogantes, las iglesias más robustas y las películas más aburridas. La publicidad opera aún con métodos panfletarios. Por si fuera poco, el alcohol es de peor calidad.

Čumil (‘El mirón’), obra del artista
local Viktor Hulík, la más célebre de
las varias esculturas de bronce que se
encuentran en el centro de Bratislava.

(Fuente: bill-manicities blogspot)

Todo tiene su razón de ser y el hecho de que el bratislavino medio viva nueve años menos que el vienés, dice mucho sobre nuestras condiciones de vida. Especialmente significativo resulta que la única causa que nos une en masa es el campeonato de hockey sobre hielo. ¿O es éste quizá el “nuevo ciudadano” al que se dirige la extraña “alianza” desde las últimas elecciones? La gente de aquí no es mala, sólo es imposible de aleccionar. Hoy en día está, además, expuesta al engaño organizado por los medios de comunicación más importantes.
Tradicionalmente para nosotros, la propiedad y el poder se concentran en un grupo reducido de personas. Apenas en algún lugar del mundo hay tantas peñas, agrupaciones o incluso reuniones de clase en la escuela como aquí. En ningún otro lugar te enteras tan pronto ni con tal lujo de detalles de la última noche de borrachera de un directivo de empresa al que te acaban de presentar.

Un país extraño y salvaje


Una teoría científica afirma que dos personas cualquiera, una procedente de Sydney y otra que resida en Alaska, por ejemplo, se conocen de alguna forma por medio de otras seis personas. Quién sabe cómo se conocieron el primer ministro y su ministro de Economía, el que ha expandido la palabra . Es importante intentar comprender los motivos de sus actuaciones, ya que de otra forma no podemos predecir su comportamiento en el futuro.

El Palacio Presidencial eslovaco, en Bratislava.
(Foto: Wikimedia Commons)

El otoño ha puesto en evidencia que este Estado va cuesta abajo. Como escribió nuestro jefe del gobierno hace dos años en su libro de la campaña electoral: “Nuestro país necesita más moral: el respeto de pautas civilizadas de convivencia en la política y en la empresa, una conciencia sólida de sí mismo, pero también humildad y honradez en nuestra vida cotidiana”.


Lástima que actualmente no podamos exigir al primer ministro la práctica de estas palabras, llenas de patetismo pero bienvenidas. De hecho, tampoco son suyas. Las escribió para él su asistente, un asesor de relaciones públicas que, como se desveló con posterioridad, era el verdadero autor del libro. Afirmó además: “Eslovaquia fue siempre un país en cierto modo extraño o incluso salvaje. Lo primero que había que hacer tras cruzar la frontera, era explicar qué hay y qué ocurre en él”.



* En efecto, la sigla de la Aliancia nového občana (Alianza del Nuevo Ciudadano) coincide con la palabra ano, que tanto en eslovaco como en checo significa .


Michal Hvorecký en Afganistán.
(Foto © Katarína Probstová)

Michal Hvorecký nació en Bratislava, en 1976. Entre sus libros de relatos destacan Silný pocit čistoty (‘El fuerte sentimiento de pureza,' 1998), Lovci & zberači (‘Cazadores y coleccionistas’, 2001) y Pastiersky list (‘Carta pastoral’, 2008). Tras su primera novela, Posledný hit (‘El último golpe’, 2003) ha publicado hasta ahora tres más: Plyš (‘Felpa’, 2005), Eskorta (‘Escolta’, 2007) y Dunaj v Amerike (‘El Danubio en América’, 2010). Es uno de los impulsores del Proyecto Foro, fundado en Bratislava en 2006 para la promoción de la cultura y el debate.


Este artículo se publicó en el núm. 108 (diciembre de 2003) de la revista Lateral, Barcelona, p. 20.


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