martes, 10 de septiembre de 2019

Un cuento popular búlgaro

Sonata para dos y unicornio, pintura de la artista búlgara Albena Vatcheva.


Explica Denitza Bogomilova Atanassova (1) en el prólogo a su traducción de los Cuentos populares búlgaros (2), que “en los Balcanes siempre ha existido una disposición de las masas a abandonar la oficial cosmovisión cristiana, y por eso la huella que los bogomilos (3) dejaron en la memoria del pueblo fue tan profunda que, muchos siglos después de la extinción de su ideología, seguían existiendo y gozando de amplia difusión varios cuentos populares con elementos bogomilianos. […] En los conceptos de los bogomilos –combatir la riqueza, declararse contra las guerras y predicar la paz y la justicia social– se manifiestan elementos de racionalismo y de humanismo impropios de la Edad Media. El bogomilismo se propagó no solo en Bulgaria sino que, desde el siglo XI hasta el XIII, penetró también en otros países (Bizancio, Serbia, Bosnia) y encontró terreno abonado en la Italia septentrional y la Francia meridional donde influyó en los valdenseslos albigenses o cátaros (4)".

Asimismo, la traductora hace esta interesante puntualización: “Un texto que ha sido considerado ‘central’ en su propia cultura casi nunca puede llegar a ocupar la misma posición en la cultura de llegada, entre otras razones porque las expectativas genéricas no son las mismas en las distintas sociedades, con la casi única salvedad de los cuentos populares que formaron su estructura básica en unos tiempos tan remotos que las distinciones genéricas todavía estaban flotando en el mar común de la expresión verbal. Su validez general funcionó durante siglos hasta que las crecientes diferencias entre etnias y naciones impusieron también al cuento ciertas marcas diferenciadoras no pudiendo, a pesar de todo, hacer que la convergencia sucumba ante la divergencia”.

El ámbito de la literatura popular, fundamentada en la tradición oral, ha sido objeto de multitud de estudios que, en efecto, concluyen en cierta universalidad de los orígenes, que para los europeos se sitúan en la mitología india y del Próximo Oriente. Como señala acertadamente la citada autora, “cuando los hermanos Grimm publicaron su primer volumen de cuentos populares pertenecientes a la tradición oral alemana, los eruditos de Alemania creyeron que esos cuentos se encontraban solo en la tradición oral de aquel país. Creían que mayor parte de cuentos alemanes eran restos de la mitología indoeuropea. Unas teorías que fueron perdiendo valor cuando empezaron a publicarse colecciones de cuentos populares de otros países y cuando se descubrió que la mayoría de los cuentos de los hermanos Grimm se hallaba en versiones semejantes en otras partes de Europa”.

Presentamos a continuación uno de los cuentos traducidos del búlgaro por la Dra. Atanasova, en el que queda patente el espíritu bogomiliano al que se refiere.

Albert Lázaro-Tinaut


Tres muchachas de perfil, del artista alemán Otto Mueller (1921).


Los hijos del voivoda

Estas eran tres hermanas cuyo padre tenía un molino de agua. Las dos mayores eran guapitas, aunque no tanto, mientras que la menor brillaba por su belleza como el lucero vespertino. Vivían las tres molineras en la casa paterna, el tiempo pasaba e iba convirtiéndolas en mozas casaderas. Una noche se sentaron con sus ruecas a la puerta del molino para hilar a la luz de la luna, empezaron a hablar y, de palabra en palabra, la primera dijo:
     –Si el hijo del voivoda gustase tomarme por esposa, le hilaría una madeja de lana con la que le tejería tanto paño como para vestir a toda su tropa.
     Entonces dijo la segunda:
     –Si gustase tomarme a mí, le amasaría una hogaza tan blanca como para dar de comer a toda su tropa.
     –Si gustase el hijo del voivoda casarse conmigo –dijo entonces la menor– le daría dos hijos de cabellos de oro y dientes de plata.
     Todas las noches el hijo del voivoda pasaba junto al molino, camino del río, adonde iba a abrevar su caballo blanco. Justo cuando charlaban las tres hilanderas, cruzó por ahí, paró su caballo y las escuchó. Luego, al volver, entró en el molino a buscar al viejo molinero y le dijo:
     –Abuelo, déjame tomar por esposa a una de tus tres hijas.
     –¿A cuál quieres? –preguntó alegrado el molinero.
     –A la menor.
     –Es tuya, hijo, pero antes te preguntaré qué oficio tienes.
     –Soy el hijo del voivoda, abuelo, mi padre ya es viejo y, cuando me case, me hará comandante de toda la tropa. Seré voivoda.
     –Ah, bueno, si es así, está bien –dijo el molinero.


Por fin te encontré, pintura de Albena Vatcheva.

     Al día siguiente, que era viernes, el hijo del voivoda celebró la boda. Fue a buscar a la hija menor, se la llevó al palacio de su padre en una carroza dorada y empezaron a vivir felices. Al cabo de cierto tiempo, el viejo voivoda, que ya iba perdiendo fuerzas, cedió el puesto a su hijo, quien llegó a ser un buen voivoda. Un día se presentaron en el palacio las dos hermanas mayores y comenzaron a decir:
     –Hermana voivodisa, recógenos en tu palacio para que nos demos un poco de buena vida nosotras también. Estamos hasta la coronilla de ir todo el día cubiertas de harina, ya nos hemos hartado del molino de papá. Es mucho mejor vuestro palacio.
     –Veníos, pues –les dijo la voivodisa invitándoles a su palacio.
   La hermana mayor, que era muy envidiosa, no se podía estar tranquila ni de día ni de noche, paseaba por el palacio tramando planes de cómo echar a su hermana y casarse con el voivoda. Un día la voivodisa tuvo dos hijos, dos niños maravillosos de cabellos de oro y dientes de plata. Miraba a sus hijos con lágrimas de emoción en los ojos y no cabía en sí de gozo. El marido había salido de caza e iba a volver tarde por la noche. La hermana mayor, la envidiosa, permanecía cerca del lecho de la parturienta reventando de rabia y de pronto dijo:
     –Hermana voivodisa, mira lo cansada que estás, ¿por qué no te echas un sueño?
     –¿Y mis hijos? –preguntó la madre.
     –Yo los acunaré y los meceré hasta que se duerman.
     La madre, fatigada como estaba, cerró los ojos y se adormeció. Entonces la envidiosa agarró a los recién nacidos, salió corriendo, se adentró en lo más tupido del parque y los mató. Luego, después de enterrarlos en medio del jardín, se fue donde la perra, le quitó dos cachorrillos y los acomodó en la cuna. Mientras la voivodisa seguía dormida, se puso a mecerlos y a cantarles. Tarde por la noche volvió el voivoda y la hermana salió a su encuentro diciéndole:
     –¡Enhorabuena, que ya eres padre!


Cachorros, óleo del artista chino T. F. Lu.

     –¿Dónde están mis hijos? –gritó alegre el joven voivoda corriendo hacia la cuna, pero al ver los dos perritos, palideció de ira y ordenó:
     –¡Fuera de aquí! Echad a esos perros y expulsad del palacio a su madre, hacedle una cabaña de paja por ahí, por el río, y que de ahora en adelante cuide de mis patos.
     –Y tú, ¿cómo te apañarás sin mujer? –preguntó la envidiosa.
     –Eso es pan comido –dijo el voivoda enfadado–: me casaré contigo.
     Sus órdenes fueron cumplidas aquella misma noche.
    Al día siguiente el voivoda salió a dar un paseíto por el jardín y ¡vaya sorpresa!: allí donde la envidiosa enterró a los dos niños habían crecido dos maravillosos árboles de hojas de plata y flores de oro. El voivoda se quedó asombrado y llamó a su nueva mujer:
     –Ven a ver. ¡Ha obrado un milagro!
     Primero pasó bajo de los árboles el voivoda y estos se inclinaron para acariciarle la cabeza. Luego pasó la voivodisa y los árboles se doblaron azotándole la cara.
     –El voivoda llamó a unos carpinteros y les dijo:
     –Colocad dos camas entre el ramaje de esos árboles que esta noche la voivodisa y yo vamos a dormir ahí arriba, en medio de las flores de oro y las hojas de plata.
     Los carpinteros armaron las camas y a la noche el voivoda y su mujer se acostaron a dormir bajo el runrún de las hojas de plata.
     El voivoda se durmió enseguida porque las flores le acariciaban la cara mientras que la voivodisa estaba en ascuas y no podía pegar ojo, pues las ramas le hacían daño. Cerca de medianoche los dos árboles hablaron con voces humanas:
     –Hermano –dijo uno–, ¿puedes con el voivoda?
     –Sí, no me pesa –contestó el otro– porque es mi padre. Le encuentro más liviano que una pluma. Y tú, ¿qué tal con la voivodisa?
     –Me pasa más que una vaca en brazos y me hace crujir las ramas.
     La voivodisa los oyó, se bajó del árbol y pasó la noche entera tiritando tumbada en la hierba húmeda.
     Al día siguiente, cuando el voivoda bajó y se fue otra vez a cazar, la voivodesa agarró un hacha, cortó los árboles y los quemó hasta reducirlos a un montoncito de ceniza.


Ovejas 3, pintura de Jesús Fernández Escobar.

     La pastora de patos, que era la madre de los niños asesinados, cogió un puñado de ceniza y lo esparció por los arriates, en los que aquella misma noche brotaron tallitos de albahaca dorados y plateados. La envidiosa se dio cuenta de que la albahaca había crecido de la ceniza de los árboles y dejó entrar en el jardín a una oveja para que se comiera la albahaca. Durante la noche esta oveja parió dos corderitos de lana de plata y cuernecillos de oro. Al verlos, la envidiosa los metió deprisa en un canasto y, embreándolo, lo arrojó al río. Los corderitos flotaron a la deriva pero, por suerte, el canasto encalló justo en el salcedo que había delante de la cabaña de paja donde vivía la pastora de patos. Hambrientos como estaban, se pusieron a dar balidos lastimeros, y la mujer al oírlos se levantó y se acercó al salcedo con una vela encendida en la mano. Halló el canasto embreado, lo abrió y ¡vaya sorpresa!: se encontró con los dos corderitos de plata con cuernecillos de oro. Enseguida reconoció en ellos a sus hijitos, se los llevó a la cabaña y les dio el pecho. Tan pronto empezó a mamar el primer corderito, se convirtió en niño. Entonces la madre se alegró, dio de mamar al segundo y este también se convirtió en niño.
     Los dos chicos de cabellos de oro y dientes de plata se quedaron a vivir en la cabaña de paja, fueron creciendo, dieron los primeros pasos, empezaron a hablar. A menudo salían a jugar a la puerta de casa y todos quienes por ahí pasaban se detenían maravillados a mirarlos. Una vez pasó la voivodisa y los niños se pusieron a tirarle piedras. Pasó el voivoda y salieron corriendo a barrer el sendero por el que iba a pasar su caballo.
     El voivoda, al verlos, se quedó pasmado: ¿de dónde habrían salido esos dos muchachos de dientes de plata y cabellos de oro? Precisamente así serían los que prometió darle en su día la mujer que ahora cuidaba de sus patos. Tuvo una corazonada y salió en su busca. Ella estaba junto al río, apoyada en un largo cayado, cuidando de los patos.
     –¿Cómo es que tienes a esos niños? –inquirió el voivoda.
     –Me los trajo el río en un canasto embreado –contestó la mujer y se metió en la cabaña.
     El voivoda regresó al palacio y encontró a la voivodisa intentando atrapar al gato y darle una paliza por haber pegado unas lengüetadas a la leche.


Gato, pintura de la artista estadounidense Debbie Crawford.

     –No me pegues que le contaré al voivoda cómo mataste a sus hijos y los cambiaste por unos perritos –maulló el gato.
     Al escuchar esto, el voivoda arrebató el palo a su mujer y lo tiró por la ventana, luego se agachó. Cogió el gato en brazos y se puso a interrogarlo. El gato, como no duerme de noche, conocía toda la historia y le contó al voivoda de cabo a rabo qué fue lo que hizo la envidiosa con los niños, los árboles, la albahaca y los corderitos.
     –¿Y cómo fue que los corderitos se convirtieron en niños? –preguntó el voivoda.
     –Eso también lo vi –habló el gato–, me encontraba cazando ratones en la cabaña de la pastora de patos cuando ella sacó los corderitos del canasto. En cuanto les dio el pecho, enseguida se convirtieron en niños.
     Entonces el voivoda se llevó consigo al palacio a su primera mujer y a los niños de ambos, mientras que a la envidiosa bien que la arrojaron al mar.


Tres, ilustración de Albena Vatcheva.

Notas

1. Denitza Bogomilova Atanassova (Sofía, 1969) es licenciada en Filología Hispánica y Filología Eslava por la Universidad de su ciudad natal y doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Salamanca. Además de dedicarse a la docencia y la interpretación, desde 1997 es traductora jurada para las lenguas castellana y búlgara.
2. Cuentos populares búlgaros contados en castellano. Traducción, introducción y notas de Denitza Bogomilova Atassanova. Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, Universidad de Valladolid, 2002. Colección “Disbabelia”, núm. 4.
3. Czesław Miłosz se refiere así a los bogomilos: “Una secta maniquea de la Bulgaria de la Edad Media, que surgió en estas tierras porque Bizancio, en cuyas provincias orientales de Asia se propagaba la religión herética del profeta Mani, intentó deshacerse de los maniqueos expulsándolos hacia el sur. Los bogomilos se refugiaron en los monasterios. La tendencia de las sectas rusas a presentar el mundo material como un dominio del diablo, cuando no directamente como una creación suya, podría ser una herencia búlgara, tal y como lo es el dialecto eslavo eclesiástico” (en Abecedario. Fondo de Cultura Económica, México, 2003, pp. 67-68).
4. Sobre las influencias de los bogomilos en los cátaros, véase https://www.loscataros.com/influencias-de-bogomilos-sobre-los-cataros/.


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