martes, 16 de abril de 2013

Viajeros por Rusia: Dionisio Ridruejo




Soldados españoles de la División Azul durante la sangrienta
batalla de Krásni Bor, en la periferia de Leningrado (10 de febrero
de 1943), según una ilustración de Ramiro Bujeiro.
(Fuente: Foro Segunda Guerra Mundial)


Por
Andreu Navarra Ordoño


Ferran Valls i Taberner fue a Rusia para hacer turismo. Montserrat Roig, para escribir un libro sobre el cerco de Leningrado. Rovira y Virgili, para ver desfilar las armas que él creía que acudirían a defender a la Segunda República Española. Ángel Pestaña, para analizar el sistema sindical soviético. Rodolfo Llopis, para aprender de otras tradiciones pedagógicas…; pero el caso de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912 - Madrid, 1975) es ciertamente especial, puesto que fue a Rusia para matar comunistas, enrolado en la División Azul.

Las razones para ejercer tal voluntariado no las ocultó nunca en sus diarios, y deben relacionarse con sus experiencias de la guerra civil. Destinado a tareas de prensa y propaganda, Ridruejo no disparó ni un solo tiro, lo cual debía constituir una especie de humillación para un falangista de primera hora con deseos de significarse debidamente. En segundo lugar, tras la toma de Barcelona, el autor ha dejado largamente explicado su largo proceso de revisión a fondo de sus ideales políticos.

Ridruejo con el general Juan Yagüe
en Barcelona, tras la toma de
la ciudad por las tropas franquistas
(enero de 1939).


No es ésta una historia ciertamente desconocida y no hay espacio para volver a ella aquí, sobre todo disponiendo ya de la monumental edición de Casi unas memorias [1], desbrozadas y puestas al día por Jordi Amat. Nadie como el propio Ridruejo para ilustrarnos acerca de aquellos cambios trascendentales que se fueron operando en la conciencia del escritor soriano. Y es que él mismo nos avisa de que aquella evolución fue lentísima y atravesó diversas fases que, observadas sin un conocimiento profundo, pueden parecer hasta paradójicas. Nos disponemos a radiografiar el estado de esa conciencia durante el otoño y el invierno de 1941.

Porque, desengañado con la paz franquista, la neutralidad del dictador y la retórica triunfalista de la España de 1940, desarbolados ya los estandartes revolucionarios de la Falange más aguerrida, la reacción primera de Ridruejo fue radicalizar el extremismo político y refascistizarse, y en muy buena medida el ingreso del autor en la División Azul se comprende como una huida hacia adelante, como un último intento de participar en un proyecto fascista coherente. Pero, sobre todo, debe comprenderse como el último intento de Ridruejo de vivir como un auténtico soldado, sintiendo las adversidades de la vida castrense y militar con un sentido ascético, purificador, desterrador del señorito que uno percibía dentro: “Si hemos aceptado ser –voluntariamente– soldados, sin privilegio alguno, sin valimiento de nuestras circunstanciales categorías políticas o sociales, esto debe hacerse por entero y sin reservas y tomando todas las ventajas posibles de esta nueva situación: todos los enriquecimientos –que no son pocos– inherentes a la humana y suficiente desnudez”.

Uno de los emblemas
de la División Azul.
(Fuente: Foro Segunda Guerra Mundial)


Por esta razón aguanta nuestro protagonista que un oficial alemán lo llame deficiente mental, o el cargar durante una jornada entera las piezas de una enorme ametralladora antiaérea desmontable. En otras palabras: el autor estaba harto de la vacua declamación oficialista del franquismo triunfador, tan distinto del sueño social propugnado por los viejos falangistas, y por eso había decidido borrar al burgués, ser por fin un soldado raso más y acometer alguna clase de empresa realmente acorde con un ideario cada vez más difícil de sostener: “Ahora mismo está prevaleciendo lo inferior, lo mediocre, ‘la confabulación a los tontos’ que decía un amigo mío: tontos crónicos, tradicionales y llenos de suficiencia pedestre. Eso domina incluso a la un día esperanzadora Falange”.

Confieso que cuando acudí a la lectura de Los cuadernos de Rusia [2], cuya publicación fue póstuma, mi interés primordial no era el zambullirme en las razones de la pirueta intelectual del siempre apasionante Ridruejo (ya he dicho que en Casi unas memorias esta cuestión había quedado suficientemente aclarada), sino otro quizá más malicioso: detectar y localizar los momentos en los que el poeta soldado entraba en contacto con los perdedores y los perjudicados por el nazismo, para intentar comprender, a la altura de 1941, de qué forma podía seguir defendiendo Ridruejo el sistema de valores nazi-fascista.

En este sentido, el fragmento más significativo desde mi punto de vista ha sido el siguiente: “Aún en Radozscovice he visto pasar un grupo de judíos, marcados, abatidos, con la mirada vaga. No sé de dónde ni hacia dónde. Pienso, mientras siento una gran piedad, que una cosa es la formulación de la teoría y otra la de los hechos. Comprendo la reacción antisemítica del Estado Alemán. Se comprende por la historia de los últimos veinte años. […] Pero si esto –e incluso las articulares razones nazis– se comprende, deja de comprenderse tan pronto  como nos encontramos, en concreto, cara a cara, con el hecho humano: estos judíos traídos a Polonia o extraídos de ella que sufren, trabajan, probablemente mueren. Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría”.


Evacuación de la población durante el cerco de Leningrado.

He leído y rumiado estas frases como cien veces y creo haber alcanzado alguna conclusión: Ridruejo hizo en la Unión Soviética, y vestido con el uniforme del ejército alemán, lo que, según Hannah Arendt, no hicieron Eichmann o tantos otros funcionarios del Tercer Reich: pararse a pensar, es decir, dejarse contaminar, aunque fuera por escasos segundos, por la razón.

Y no es la única vez que me he acordado de Hannah Arendt leyendo los cuadernos de Ridruejo. Un poco más abajo afirma Ridruejo que “es triste cosa ser verdugo”, con lo cual nos demuestra que esa horrible teoría aún no había sido abatida, aunque sí se había resquebrajado. Cuenta Hannah Arendt en su insuperable ensayo sobre Eichmann, del que, por cierto, existe una nueva y extraordinariamente económica versión, aunque desafortunadamente no edite el texto íntegro [3], que la justificación (el “cliché autosatisfactorio”) incrustado deliberadamente en el cerebro de los funcionarios del Reich era disfrazar la responsabilidad de penosa sujeción a un destino superior o necesidad externa que anulaba la conciencia. A través de esta sencilla operación, los victimarios eran las víctimas, puesto que “molestaban” con su desgracia y los verdugos se veían “obligados” a hacer lo que se les ordenaba  como un deber penoso. Y lo que se les ordenaba era exterminar al ofensor del Reich, porque permanecer inocente, con la conciencia alerta, era atacar al régimen.

Hannah Arendt.


El hecho de pararse a pensar no significa que Ridruejo fuera menos nazi en esos momentos, o que su decisión de ir a Rusia para matar “comunistas” fuera menos grave. En varias ocasiones nos expresa su autor el asco “atávico” que le producen los judíos. Lo que significa es que esas esporas de contradicción que le condujeron a romper con su trayectoria anterior, ya estaban efectivamente allí, y su conciencia las iba cocinando poco a poco con lo que tenía más a mano (la piedad cristiana, los valores católicos, el programa social ignorado de la Falange republicana).

Por otra parte, si alguien me pidiera que resumiera en una sola palabra el contenido de estos Cuadernos de Rusia, primorosamente escritos, sesudos, ciertamente buscaría la palabra “avidez”. Avidez de consignar paisajes, ansia por comunicarse de alguna forma con toda clase de gentes: mujiks, judíos, muchachas, niños, campesinos lituanos, polacos, bielorrusos, ucranianos, rusos, relojeros, sacerdotes, pícaros. Ansia de coleccionar retazos de recuerdos estéticos, poetizables, en un ambiente ciertamente salvaje y destructivo.

De cada pueblecito o ciudad interna Ridruejo liba el zumo más íntimo, desde su base de partida en Grafenwhör, hasta Smolensk, pasando por varias aldeas de la Prusia Oriental y Polonia, y por las ciudades de Minsk, Vitebsk y Nóvgorod, que es la única que le llega a revelar realmente el carácter y la historia de los rusos. Una madre avejentada que da de mamar a su hija en una chabola, una perturbadoramente bella campesina de trece años vestida con harapos cantando en un camino lleno de cráteres de obús, o unas ancianas que llevan corriendo a bautizar a sus nietos a una iglesia medio en ruinas, son fenómenos que le interesan mucho más que la gloria cañonera y la fraseología joseantoniana.


La tragedia de la población civil en Rusia durante la guerra. 
(Fuente: Kluvik Archives)


En un momento llega a exclamar que “esta aventura no va siendo más que una antología de paisajes”. El profundo odio contra el marxismo aparece aquí como asordinado por una postura cristiana, aunque cuando el autor se pone en plan teórico (por suerte ocurre pocas veces) sucede meridianamente lo contrario, es el dogmatismo religioso lo que ha conducido a todo lo demás: “Debemos adquirir el derecho a decir no sólo que rechazamos el comunismo sino por qué y para oponerle qué cosa. Estimamos justa la pretensión revolucionaria anticapitalista. Pero no es preciso sacrificar a esa revolución ni a ninguna otra cosa valores que estimamos esenciales: el Evangelio de Cristo, la fe en la inmortalidad, el sentimiento el honor, el derecho a una vida propia y libre, a una familia y a una comunidad depositaria de las tradiciones y los proyectos colectivos […], real y actuante: la Patria”.

Pero a poco de entrar a explorar estas páginas nos damos cuenta de que el ideal del diarista es fundamentalmente religioso, y que juzga la expedición divisionaria como una segunda oportunidad para la mentalidad de cruzada: “Una alianza del Papa con Hitler (de éste con el Papa) salvaría a Rusia, terminaría el cisma oriental y acaso regenerase al mundo todo”. Pobre Ridruejo. Qué desinformado de la naturaleza real de los planes de Hitler. Nuestro hombre creyó que la idea sería germanizar y civilizar a los rusos, apoyados en letones, fineses y ucranianos; realmente no sabía que el objetivo no era otro que someter, esclavizar, fusilar y gasear, y junto a rusos y comunistas a un buen número también de clérigos católicos. Y, obviamente, el cisma le importaba a Hitler bastante poco, sobre todo comparado con los yacimientos de petróleo del Sur.

Dionisio Ridruejo.


Y es que éste fue el “problema” (o la grandeza) de Ridruejo: sentirlo todo de una forma demasiado auténtica. Su catolicismo no puede ser más que un misticismo. La destrucción del comunismo no puede ser más que comprensión involuntaria, curiosidad por ver si realmente lo observado era lo prejuzgado. Pero claro, esta postura vital trajo también otras consecuencias: el falangismo no pudo ser otra cosa que nazismo, el deseo de ascesis no pudo tomar otra forma que el formar entre los voluntarios de la División Azul. El deseo vehemente de desfilar sobre Moscú y contribuir a una regeneración religiosa de Rusia pasaba por disparar unos cuantos tiros, ver fusilar a unos cuantos civiles atrapados en la red represora de los alemanes, elementos con los que no se había contado. Por eso la pregunta que nos hacemos, y perdónesenos la grosería, es la que le hubiéramos espetado a aquel poeta flacucho, amigo de la noche, los llanos esteparios y los árboles, hubiera sido más o menos ésta: ¿qué hace un tipo como tú en una División como esta?

En diciembre de 1941, en Riga, el poeta soldado se subía a una báscula en una clínica y comprobaba, perplejo, que sólo pesaba 35 kilos. La aventura soviética de Ridruejo, por lo tanto, terminaba allí. El autor acabaría abrazando la socialdemocracia como resultado último de sus íntimos y trabajosos procesos de revisión. Pero no cualquier socialdemocracia, sino su propia socialdemocracia, única y desesperada y solitaria. Todas estas contradicciones atraviesan el relato del viaje del autor, un relato sereno, sorprendentemente (y quizá alarmantemente) calmo.






[1] Dionisio Ridruejo: Casi unas memorias. Ediciones Península, Barcelona, 2012.
[2] Dionisio Ridruejo: Los cuadernos de Rusia. Editorial Planeta, Barcelona, 1978.
[3] Hannah Arendt: Eichman y el holocausto. Traduccion de Carlos Ribalta. Taurus Ediciones, Madrid, 2012.


Esta es una nueva entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de 2012 (véase aquí). La segunda, dedicada a Antoni Rovira i Virgili, apareció en dos partes el 3 y el 20 de mayo del mismo año (véase aquí). La tercera, sobre el viaje a Rusia de Manuel Vázquez Montalbán, el 17 de noviembre (véase aquí).

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domingo, 10 de marzo de 2013

Béla Bartók, un punto y aparte en la música europea del siglo XX


Detalle del monumento a Béla Bartók en el parque de Szent Miklós 
de Siófok (Hungría), obra del escultor Imre Varga (2004).
(Fuente: Városom.hu)

“Bartók era uno de esos hombres que, impulsados por una insatisfacción perpetua, querían cambiarlo todo, conseguir que todo lo que había en la superficie de esta tierra fuera más bello y mejor. Formaba parte de esa categoría de individuos donde se encuentran los grandes artistas, los sabios, los exploradores, los inventores y, en política, los grandes revolucionarios, como Cristóbal Colón, Galileo y Kossuth, quienes dejaron tras de sí un mundo distinto del que habían encontrado cuando nacieron.”

Son palabras escritas en 1956 por otro de los grandes músicos y pedagogos musicales húngaros del siglo pasado, Zoltán Kodály, en la introducción de la obra colectiva Bartók, su vida y su obra, publicada bajo la dirección del insigne musicólogo Bence Szabolcsi. [1]

Zoltán Kodály según un dibujo de Ferenc Medgyessy.
(Fuente: Magyar Folklór Múzeum)



Bartók nació en Nagyszentmiklós (actualmente Sânnicolau Mare, en el Banato rumano, entonces integrado en el Imperio austrohúngaro) el 25 de marzo de 1881, y murió en Nueva York el 26 de septiembre de 1945. Penetrar en su biografía significa perdese en los entresijos de la vida plena de un hombre infatigable. Compositor, pianista y folklorista, tuvo la suerte de nacer en una región, el Banato –hoy repartida entre Rumanía, Serbia y el sur de Hungría– donde confluían tres culturas: la húngara, la rumana y la eslovaca, es decir, en un espacio geográfico donde se acumulaba la riqueza de varias tradiciones.

Su encuentro y posterior relación con Zoltán Kodály fue fundamental no sólo para ambos, sino para el legado de la música popular de esos pueblos que ha llegado hasta nosotros.  Recorrieron juntos las tierras de Hungría y Rumanía y realizaron un trabajo de campo extraordinario: recopilaron miles de canciones y melodías, que grabaron con un gramófono y transcribieron. De este modo consiguieron desterrar la falsa idea –aún persistente como tópico en otros países– de que la música húngara se basaba en la tradición zíngara (o gitana; las rapsodias de Liszt parecían confirmarlo), que sólo es la parte más visible del panorama musical popular húngaro. Sus investigaciones fueron incluso más allá, pues recorrieron, además, otras regiones de la Europa central y llegaron incluso hasta Turquía y el norte de África.

Bartók (a la izquierda de la imagen)
con campesinos húngaros en 1908.
(Fuente: The New Yorker)


En un momento particularmente delicado de la historia de Europa (1942), Bártok –hombre, por otra parte, dotado de una expresiva fuerza psíquica–, alude sutilmente en un texto suyo a la idea de la pureza de la raza, lo atribuye a “razones políticas” (no olvidemos que vive en una Hungría sometida al régimen filonazi del almirante Miklós Horthy) y aprovecha la ocasión para escribir algo muy importante para entender sus estudios sobre la música popular:

“La Europa oriental ha sido el terreno principal de mis investigaciones. Como húngaro, empecé naturalmente por el estudio de la música folklórica húngara, pero pronto lo extendí al de los países vecinos: Eslovaquia, Ucrania, Rumanía. […] Al principio me sorprendió la extraordinaria riqueza de tipos de melodía que encontré en los países de la Europa oriental. […] Sin embargo, la comparación entre las músicas populares de los diferentes pueblos mostraba que en esta materia se producía, desde hacía siglos, un movimiento constante de intercambio, de cruce y de nuevos cruces. […]

Al traspasar las fronteras lingüísticas, las melodías populares sufrían, más pronto o más tarde, algunas modificaciones determinadas por el medio y, sobre todo, por las diferencias lingüísticas: cuanto más difieren la forma de acentuar, el ritmo, la construcción silábica, más importantes son las modificaciones a las que –muy afortunadamente– esa música se somete. Y digo “muy afortunadamente” ya que es ese fenómeno el que contribuye a la creación de nuevos tipos y nuevas variantes. […] Los cruces a los que me he referido tienen lugar, generalmente, de este modo: una melodía húngara es adoptada por los eslovacos, que la “eslovaquizan”. Esa forma eslovaca puede ser adoptada, a su vez, por los húngaros, que la “hungarizan”. Y una vez más, afortunadamente, esa forma hungarizada difiere de la forma húngara original.”

Paisaje de Transilvania.
(Fuente: Tea Collection)

Uno de los grandes méritos de Bartók fue, además, descubrir que las melodías tradicionales húngaras se basaban en escalas pentatónicas que, casualmente o no, se correspondían con las de buena parte de la música asiática y siberiana. No vamos a entrar aquí en la debatida cuestión de los orígenes orientales del pueblo húngaro (y de los pueblos finoúgrios en general), que ha sido objeto de innumerables polémicas y sobre la que aún hoy los especialistas no se ponen de acuerdo.

En cualquier caso, resulta muy interesante conocer el proceso creativo de Bartók y, además, su abundante correspondencia, que le permitió conocer mejor, por ejemplo, el folklore rumano en su versión musical. A modo de ejemplo, he aquí un fragmento de la carta que escribió el 29 de abril de 1910, en francés, al compositor y musicólogo rumano Dumitru Georgescu-Kiriac:

“Después de haber recogido numerosas melodías húngaras y eslovacas, he empezado a buscar canciones populares rumanas de Transilvania; he encontrado unas 400 en las inmediaciones de Beiuş (Bihor), y otras 200 en zonas próximas. Al principio me acompañaba un estudiante rumano, que era quien anotaba los textos. Ahora ya soy capaz de anotarlos yo mismo y creo ser muy cuidadoso en lo que respecta a la pronunciación popular, pues fueron diversos mis acompañantes (¡que se empeñaban en corregir constantemente el habla del pueblo!). Puesto que conozco sus Coros mixtos y creo que usted es el único en Rumanía que se interesa como auténtico artista por la música popular, le adjunto una selección del material recogido en Bihor: me agradaría mucho ceder a alguna biblioteca pública de Bucarest toda mi colección rumana y lo que continúe recogiendo a partir de ahora. Quizá fuera posible imprimirla con la colaboración de un filólogo rumano.” [2]

Bartók transcribiendo la grabación de una canción popular de un gramófono. (Fuente: Danubius Magazin)

El corpus musical de Béla Bartók (obras para orquesta, de cámara, corales, para piano e incluso escénicas, como la ópera El castillo de Barba Azul y dos ballets) es impresionante, como puede comprobarse accediendo a este completo enlace, pero tan importante cómo éste es su trabajo como musicólogo e investigador, reconocido mundialmente.

Dejamos a continuación los enlaces a algunas de sus composiciones, en los que se pueden percibir varios de los registros de su música. Se pueden encontrar muchos más en Youtube:

Danzas folklóricas rumanas
Albert Lázaro-Tinaut

[1] Bence Szabolcsi (Budapest, 1899-1973) fue un insigne historiador no sólo de la música, sino también del arte. Para este artículo se ha manejado la edición francesa de su obra, Bartók, sa vie et son œuvre (Boosey & Hawkes, París,1968).
[2] Dumitru Gueorguescu-Kiriac  (o Dimitrie G. Kiriac, como solía firmar), nacido en Bucarest en 1866 y muerto en Viena en 1928, fue también un notable folklorista y dedicó gran parte de su actividad al canto coral, por la cual es especialmente conocido aún hoy en día. El texto de la carta está tomado de la edición citada de Szabolcsi.


Cubierta de un disco editado en 2012 con música popular recopilada 
por Béla Bartók y Zoltán Kodály a cargo de los intépretes polacos Elżbieta Gromada, Anna Wójtowicz y Paweł Wójtowicz.
(Fuente: Lengyel Intézet / Instytut Polski, Budapest)


Béla Bartók  1945-1955

Por Alejo Carpentier *

Hece diez años –el 26 de septiembre de 1945– moría en una clínica norteamericana, tras larga y dolorosa enfermedad, uno de los compositores más importantes de esta época: Béla Bartók… Sus últimos meses de vida habían constituido, para asombro y admiración de quienes lo contemplaban, un sobrehumano ejemplo de voluntad creadora. Debilitado por los padecimientos, sabiendo próximo el inevitable desenlace, Béla Bartók consagraba sus postreras energías a la composición, usando –para ganar tiempo– de una suerte de taquigrafía musical cuyo sistema era conocido por un hijo suyo. De sus manos temblorosas surgieron todavía una Sonata prometida a Yehudi Menuhin, un Concierto para viola y orquesta, y sobre todo, aquel Tercer concierto para piano y orquesta, dedicado a su esposa, legado a ella a la manera de un testamento estático, que sorprende por su serenidad, su vigor, y la increíble alegría que anima algunos de sus momentos capitales. Cuando la mano del genio se inmovilizó sobre el papel pautado, alcanzaba ya los compases finales de esta última obra, donde quedaba expresado todo lo que había querido expresar.

Es realmente difícil ubicar la producción de Bartók en el panorama de la música contemporánea. Su obra se fue edificando en circuito cerrado, por así decirlo, y permaneció al margen de tendencias, modas o escuelas. En su juventud rindió algún tributo al impresionismo –visible en su ópera El castillo de Barba Azul– aunque esto sólo se manifestó en un corto tránsito. Viviendo en su Hungría natal, poco informada en aquellos años de lo que estaba germinando en otras partes, Bartók se impuso a la atención de los músicos que le rodeaban, por una serie de piezas vehementes, duras, animadas por unos impulsos rítmicos semejantes a los de Stravinsky. Pero es sabido que, en esa época, el compositor no tenía conocimiento, siquiera, de la partitura de La consagración de la primavera, que hubiese podido inspirar ciertas obras suyas, tales como el ya famoso Allegro barbaro.  Cuando Bartók entró en contacto con la producción que le era contemporánea, su personalidad estaba netamente definida.

La etapa inicial de su madurez se caracteriza por un profundo apego a los folklores húngaros y rumanos. Siguiendo con ello las huellas de Liszt –de quien los húngaros ven en Bartók una suerte de continuador directo–, el compositor recogió y armonizó un número casi tal de cantos populares, que la colección completa de ellos, en vías de edición, consta de veinte volúmenes. Sus Danzas rumanas para orquesta conocieron muy pronto un éxito mundial. Sus piezas para niños, fáciles de ejecutar, escritas sobre melodías del pueblo, eran adoptadas ya en los conservatorios de Europa como un excelente material didáctico. Pero ya, sin renegar de los giros nacionales, Béla Bartók se internaba en dominios más difíciles, buscando una expresión cada vez más castigada, cada vez más trabajada en la sonoridad, dentro de un magistral manejo de las grandes formas tradicionales. Su obra comenzó a ser calificada de “difícil”, aunque sin contacto con la de los músicos de la Mitteleuropa, cuyas búsquedas eran de otro orden. Bartók estaba demasiado marcado por el folklore para acercarse al atonalismo, aunque, a veces, sus partituras, ejecutadas en conciertos, parecían al público tan desconcertantes como las de Webern.

La aventura hitleriana, con sus interdictos e imposiciones, lo lleva a desterrarse voluntariamente de una patria a la que amaba entrañablemente. Se instala en los Estados Unidos donde, en un comienzo, lo esperan crueles decepciones. Apenas si su música halla alguna acogida en conciertos de tipo experimental. Al fin, encuentra una decidida ayuda por parte de Serguéi Koussevitzky, que le encarga su ya antológico Concierto para orquesta. A partir de ese momento, su destino se despeja en lo artístico. Poco a poco aparecen, en disco, algunos de sus Cuartetos, algunas de sus partituras mayores. Pero la enfermedad hincaba ya las garras en su carne… Pocos meses después de su muerte, se iniciaba la ascensión gloriosa del nombre de Béla Bartók, ante todos los públicos del mundo. Era aceptada, por fin, sin reservas, la obra de uno de los músicos más personales e importantes –aunque siempre aislado en su propio mundo– de la época presente. Como diría hoy uno de sus biógrafos: “Con Bartók se había cumplido ese orden humano, misteriosamente cruel, que exige muchos padecimientos, muchos trabajos, por parte de uno solo, para que sea enriquecida la vida de los demás”.

Artículo publicado en El Nacional, Caracas,
el 27 de septiembre de 1955.


Alejo Carpentier.
(Fuente: Cubarte)

* El gran escritor cubano de origen suizo Alejo Carpentier (1904-1980) es una de las voces literarias más destacadas en español del siglo XX y está considerado por muchos el auténtico precursor del realismo mágico, en cuyo máximo exponente se convirtiría Gabriel García Márquez.

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lunes, 28 de enero de 2013

La provocadora narrativa de Serguéi Dovlátov



El escritor ruso Serguéi Donátovich Dovlátov (Сергей Донатович Довлатов), hijo de un judío y una armenia que habían abandonado Leningrado durante la Gran Guerra Patria (así se denominó en la Unión Soviética la guerra contra la Alemania nazi, entre 1941 y 1945, en lo que Occidente conoció como Frente Oriental), nació en Ufá, capital de la República Autónoma Socialista Soviética de Bashkiria –actualmente, Bashkortostán–, al sur de los Urales, el 3 de septiembre de 1941, y murió en Nueva York el 24 de agosto de 1990.

Terminada la guerra, la familia regresó a Leningrado –hoy, San Petersburgo–, en cuya Universidad Estatal Serguéi estudió lengua finesa en la Facultad de Filología hasta que fue expulsado por sus sospechosas afinidades ideológicas: se había hecho amigo de otro notable disidente, el poeta Iósif (Joseph) Brodsky, y de algunos de sus colegas. El castigo no fue un campo de trabajo, sino el confinamiento durante tres años en la gélida República de Komi con el malicioso propósito de que cumpliese allí el servicio militar obligatorio como guardián de una prisión militar. De su lenguaje irónico es buena muestra este párrafo de su novela La zona: “Las historias de amor a menudo terminan en la cárcel. Sólo que yo me equivoqué de puerta y, en vez de terminar en los barracones de los prisioneros, di con mis huesos en los del Ejército”.

Imagen actual de los restos del campo de prisioneros de Vorkutá, 

en la República Soviética de Komi.
(Fuente: Taringa.net)


De hecho, fue en aquella época cuando empezó a escribir, y a su regreso a Leningrado reemprendió sus estudios de filología, hasta que en 1972 consiguió establecerse en Estonia, donde trabajó durante tres años como redactor de un par de diarios en ruso y corresponsal de otras publicaciones.

De vuelta una vez más a Leningrado, en 1975, tropezó con la censura del régimen, que le impidió publicar sus obras (el KGB destruyó la edición completa de su primer libro): la razón es fácil de entender: Dovlátov se había convertido en una especie de Pepito Grillo [1] de la conciencia colectiva soviética, y lo había hecho utilizando hábilmente el sarcasmo, la ironía y el humor punzante, con algunos de los recursos literarios del teatro del absurdo, aberrante para la censura soviética. Muchos de sus relatos, sin embargo, se divulgaron en samizdat (ediciones clandestinas, a veces mecanografiadas o ciclostiladas, que corrían de mano en mano), a través de Radio Liberty y en ediciones publicadas en el extranjero por revistas occidentales en ruso (por ejemplo, Континент (‘Continente’) y Время и мы (‘El Tiempo y Nosotros’).

Dovlátov en la época de su exilio.

En 1978 el díscolo escritor fue expulsado de la Unión de Periodistas Soviéticos y optó por emigrar, primero a Viena y unos meses más tarde a los Estados Unidos, como muchos de sus colegas reprimidos por la censura o perseguidos. En Nueva York, donde se estableció, fue redactor del periódico en ruso Новый американец (‘El Americano Nuevo’, publicado por emigrantes judíos) y también publicó en una de las más importantes revistas de referencia noteamericanas, The New Yorker.

Fue precisamente durante su exilio transatlántico cuando se editó lo más notable de su obra, doce libros que alcanzaron rápidamente un gran éxito de público; otras obras suyas se publicarían póstumamente. Al mismo tiempo, sus novelas más exitosas eran traducidas a multitud de lenguas, entre ellas el español [2]; entre ellas destacan sobre todo Зона (‘La zona’, 1982), de la que reproducimos a continuación una reseña crítica –en la que se desvelan algunos rasgos de la personalidad literaria del autor–, y Чемодан (‘La maleta’, 1986), sobre la que pueden leerse unos interesantes comentarios aquí y aquí.

En su obra narrativa se descubren influencias de la novela norteamericana contemporánea, pero en su estilo no disimuló la admiración que profesaba a Chéjov. Brodsky, compañero en la disidencia y amigo tanto en Rusia como en el exilio americano, dijo de él: “Dovlátov fue, sobre todo, un maravilloso estilista. Sus cuentos se sustentan en el ritmo de la frase, en la cadencia del lenguaje. Los escribió como si fueran poemas: en ellos, el argumento tiene una importancia secundaria, es solamente un pretexto para elaborar el lenguaje''; dijo también, refiriéndose a él: “Lo decisivo es el tono que cada miembro de una sociedad democrática sea capaz de percibir: el del individuo que no se deja encasillar en el papel de víctima, que no está obsesionado por lo que lo hace diferente”.
Albert Lázaro-Tinaut


[1] Personaje (Grillo Parlante en italiano) creado por Carlo Collodi en su famosa obra infantil Pinocchio (‘Pinocho’) y popularizado en las películas de Walt Disney, que se ha asimilado a la voz de la conciencia que nos traiciona fácilmente contando las verdades más íntimas, a veces en los momentos más inoportunos (o con intención de provocar, como en el caso de Dovlátov).

[2] La extranjera (‘Иностранка’), en traducción de Ricardo San Vicente; Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1996. Los nuestros (‘Наши’), traducida también por Ricardo San Vicente; Ediciones Áltera, Barcelona, 1999. La maleta, en traducción de Juato E. Vasco; Madrid, Metáfora Ediciones, 2002. El compromiso (‘Компромисс’), en versión de Anna Alcorta; Vitoria, Ikusager Ediciones, 2005. Y La zona, en traducción de Anna Alcorta y Moisés Ramírez; Vitoria, Ikusager Ediciones, 2009).



 Apuntes de la casa muerta

Por Pau Dito Tubau

La precisión y la brevedad que Pushkin pedía a la prosa son algunos de los elementos con los que Serguéi Dovlátov armó su estilo, pero lo que le ha otorgado influencia en su país, desde las relecturas del pasado y la apertura hacia afuera que se produjo a partir de mediados de la década de 1980, es el tono sarcástico de confesión íntima y biográfica alrededor del predominio de aquello que es superfluo y ordinario como argumento principal de la vida. En una cultura letrada con tendencia a la solemnidad épica o trágica, a veces incluso profética y apocalíptica, la negación humorística de la idea de profundidad y de cualquier misión de la literatura, hecha a partir del ejemplo de la experiencia, supone haber desbordado toda pretensión de grandeza y haber invertido las funciones atribuidas a la intelligentsia rusa.

Dovlátov (Ufá, 1941 – Nueva York, 1990) fue uno de los muchos emigrantes del tercer deshielo de la Unión Soviética. De aquel exilio dejó constancia, entre otras obras, La maleta, el penúltimo capítulo de la saga familiar Los nuestros (“extrañas palizas en el cuartel de la milicia”), en las últimas páginas de la confrontación de Dovlátov-Salieri contra Mozart-Pushkin que es, en parte, El parque de Pushkin (acusaciones de “parasitismo, insubordinación a la autoridad…”) y, en particular, La zona*, donde los escasos detalles de inadaptación y nostalgia del escritor instalado en los Estados Unidos, contados por carta al editor entre febrero y junio de 1962, apuntalan aún más el absurdo de las peripecias narradas como vigilante de un campo de prisioneros y el análisis del significado vital, histórico y moral en que se basan los pequeños fragmentos del conjunto.

La presencia en las letras rusas de obras con una gran carga ideológica como Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn y Relatos de Kolimá de Shalámov, de una literatura “de prisiones” de larga tradición, parece impulsar a Dovlátov a un escrutinio por contraste del sentido de su obra, y es quizá lo que le permite ofrecer un retrato único, más allá de los papeles demasiado decadentes del verdugo y la víctima, sobre el significado de los campos de reclusión como escenarios donde se plasman distintas formas del absurdo de la vida cotidiana. Sin embargo, la pretensión de haber asumido un punto de vista objetivo más allá de su experiencia como vigilante es tan curiosa como  la creencia en el carácter representativo de la visión crítica del deportado Shalámov o en la mirada en principio imparcial de Chéjov en la plasmación escrita del viaje a Sajalín, pero la defensa que Dovlátov hace de ella es incisiva y convincente como experiencia personal en una circunstancia concreta, y la mezcla de autobiografía y ensayo epistolar con anécdotas y relatos de trasfondo real –“Todos los nombres, los acontecimientos y las fechas son auténticos. Sólo he inventado los detalles que no son relevantes”– resulta una fórmula feliz. La zona es una de esas obras inclasificables que empieza y acaba en sí misma, capaz de poner a prueba una tradición y desplazar de ella los caminos aún por llegar.

* La zona: apunts d’un vigilant de camp. Versión catalana de Miquel Cabal. LaBreu Edicions, Barcelona, 2009. 228 pp.

Este texto, traducido del catalán por Albert Lázaro-Tinaut, se publicó originalmente en el suplemento ‘Quadern’, núm. 1306 (21 de mayo de 2009), del diario El País.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

La Bula de Oro Siciliana en el desarrollo del Estado checo durante la Edad Media


Instalación el el Archivo Nacional de Praga de la Bula de Oro Siciliana 
para su exhibición con motivo del 800 aniversario de su promulgación.
(Foto © ČTK)

Por Ivana Vonderková 

Una exposición que se presentó en el Museo de Ostrava del 13 de julio al 12 de septiembre de 2012 mostraba los pormenores de uno de los documentos de mayor relevancia en la historia nacional checa, la Bula de Oro Siciliana (Zlatá bula sicilská). Dicha exposición fue una de las manifestaciones más relevantes que tuvieron lugar en la República Checa con motivo del 800 aniversario de la redacción de ese texto, que garantizó la sucesión del título real y la integridad territorial del Estado checo.

Original de la Bula de Oro Siciliana.

La Bula de Oro Siciliana es, desde el punto de vista de los historiadores, un documento trascendental que pone de manifiesto la creciente influencia y el poder del Estado checo en la Europa de las postrimerías del siglo XII, ya que confirmó la independencia de las tierras checas y su integración al Sacro Imperio Romano Germánico, hecho que ofreció a los soberanos de Bohemia nuevas y amplias perspectivas tanto en política interna y como exterior.

La obtención de ese edicto de manos del emperador romanogermánico Federico II supuso la culminación de los intentos del rey de Bohemia Přemysl Otakar I de garantizar a su país la sucesión en el trono y un mayor respeto por parte de las demás naciones del centro de Europa. Así, de pronto, el principado de Bohemia se convirtió en reino, según sostiene el historiador Josef Žemlička: “El rey checo Přemysl Otakar I obtuvo la Bula de Oro Siciliana el 26 de septiembre de 1212. Además de confirmar la sucesión del reino, el documento aseguraba la integridad del territorio del Estado checo, incluyendo Moravia y la diócesis de Praga. Přemysl, además, amplió su poder a algunos territorios imperiales situados al oeste de la frontera de Bohemia”.

Přemysl Otakar I representado en un billete de banco checo 
de 20 coronas de 1994.

El nombre del documento, Bula de Oro Siciliana, es muy posterior, pues data de comienzos del siglo XX. Hasta entonces el histórico documento era conocido como “El gran privilegio”, denominación que ponía énfasis en la importancia que había tenido en su época. El cambio de denominación se debe a que la bula lleva un sello dorado del emperador Federico II como rey de Sicilia, pues en el momento de su firma todavía no había sido nombrado oficialmente emperador.

Para explicar el motivo por el que el futuro emperador entregó este documento al rey de Bohemia hay que rememorar algunos hechos acaecidos en Europa en las postrimerías del siglo XII, que influyeron en la situación en Bohemia.

El Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XII.

Ya antes de Přemysl Otakar I, había obtenido el título real Vratislav II, quien fue coronado en 1085, siéndole reconocidos así los méritos por el servicio militar prestado al emperador Enrique VI, que supuso un gran esfuerzo. Más tarde, concretamente en 1158, el título real le fue asignado por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico Barbarroja a Vladislao II por su apoyo en los combates contra los pueblos insurgentes del norte de Italia. Pero a diferencia del documento obtenido posteriormente por Přemysl Otakar I, en esos dos casos no se trató de un título real hereditario.

Josef Žemlička: lo explica así: “Přemysl, hijo de Vladislao II Premislita y Judith de Turingia, también tuvo que demostrar sus cualidades. En 1198, al fallecer el emperador Enrique VI, se iniciaron las luchas por la corona imperial, que duraron quince años. Přemysl Otakar apoyó en principio al hermano menor de Enrique, el duque Felipe de Suecia, quien le ofreció futuros reconocimientos. Sin embargo, Přemysl pasó más tarde a respaldar al rival de Felipe, Oto IV de Braunschweig, que fue coronado en Aquisgrán como emperador romanogermánico. El cualquier caso, Přemysl ayudó al final a conquistar la corona a Federico II, quien se convirtió en sucesor legítimo de Enrique VI y recibió también el apoyo del papa Inocencio. Federico, en agradecimiento por el gran servicio prestado, asignó a Přemysl el privilegio del trono hereditario, garantizado en la Bula de Oro Siciliana.

Los príncipes electores 
del Sacro Imperio Romano 
Germánico, según un documento 
del siglo XIV.

Gracias a la Bula de Oro Siciliana, el rey de Bohemia obtuvo, además, el derecho de investir a los obispos de Olomouc y Praga, de participar simbólicamente en las marchas de coronación de los reyes romanogermánicos hacia Roma, así como la obligación de asistir a determinadas reuniones del Imperio. Con ello, el soberano de Bohemia obtuvo el título de copero mayor y el cargo de príncipe elector que le autorizaba a tomar parte en las elecciones del rey romanogermánico.

La Bula ayudó a Přemysl Otakar I a mantenerse en el poder y le protegió ante diversos intentos de destitución por parte de sus enemigos. Durante el reinado de los sucesores de Přemysl, el documento perdió su significado, ya que fue sustituido por otros.


El emperador Carlos IV hacia 1360, 

según el Maestro Teodorico de Praga.


No obstante, con la desaparición del último descendiente masculino de la dinastía de los Premislitas, la Bula de Oro Siciliana fue rescatada para buscar un nuevo sistema de elección del soberano en las tierras checas. Recobraría su importancia en tiempos del emperador romanogermánico Carlos IV, quien lo reconoció explícitamente, como afirma Josef Žemlička: ”El rey Carlos IV sentía una gran admiración por los Premislitas, ya que su madre, Elisa Premislita, descendía de esa familia. Carlos IV decidió pues recobrar la Bula de Oro Siciliana y aplicar sus estipulaciones durante su reinado. En abril de 1348, Carlos elaboró una lista con los catorce privilegios que en el pasado fueron dados al Reino checo, incluida la Bula de Oro Siciliana, y decidió que esas normas serían válidas para todo su reino. Carlos modificó en la Bula el pasaje sobre la sucesión del trono, lo que fue sumamente importante, ya que determinó quiénes deberían participar y decidir sobre el nuevo soberano en caso de la desaparición de una dinastía real”.

El original de la Bula de Oro Siciliana se guarda actualmente en el Archivo Nacional, en Praga, y forma parte de los documentos del Archivo del Reino de Bohemia. En la exposición que se mostró en el Museo de Ostrava no estaba presente el original de ese valioso documento, pero sí que había otros importantes escritos, sellos, monedas, diversos tipos de armas, así como muestras de hallazgos arqueológicos que datan del siglo XIII y ayudaban a los visitantes a que se hicieran una idea sobre aquellos lejanos tiempos y entiendieran el gran aporte que significó la Bula de Oro Siciliana para el Reino de Bohemia.

La sede del Archivo Nacional de Praga.

Sin embargo, con motivo del 800 aniversario del documento, el público tuvo una posibilidad única de verlo, después de una cuidadosa restauración –y juntamente con otros documentos relacionados–, en el edificio del Archivo Nacional de Praga durante cuatro días (del 27 al 30 de septiembre). La directora del Archivo, Eva Drašarová, dijo al presentar esta breve muestra que “los restauradores confirmaron que la Bula de Oro Siciliana está en buen estado, por lo que decidimos festejar el 800 aniversario de su surgimiento exponiéndola. El traslado y la instalación del documento fueron acompañados de rigurosas medidas de seguridad, y en la cámara de vidrio donde está colocado el escrito con el sello dorado del emperador Federico II se mantiene una temperatura de 20°C y una humedad del  55 %. Estas condiciones climáticas constantes ayudan a conservar el valioso pergamino y permiten mostrarlo al público”.

Según Josef Žemlička, algunos historiadores afirman que, especialmente en el siglo XIX, los patriotas checos solían poner el énfasis en el significado de la Bula de Oro Siciliana. En aquella época se formó un fuerte movimiento de renacimiento nacional en el país, y la Bula fue presentada como un documento que confirmaba el derecho de la nación checa a vivir en su propio Estado independiente.

Los especialistas indican que el aprecio por la Bula se debe en gran medida a su inusual aspecto, el sello dorado que lleva y el papel que le fue atribuido por el emperador Carlos IV. Este soberano se esforzó durante su reinado por hacer que se respetaran las antiguas tradiciones, propagadas por sus antepasados de la famosa dinastía real nacional de los Premislitas.



Logotipo de las celebraciones del 800 aniversario de la Bula de Oro Siciliana.


Este texto es una adaptación y una remodelación parcial, a cargo de Albert Lázaro-Tinaut, de otros divulgados por Radio Praga en sus emisiones en español el 4 de agosto y el 25 de septiembre de 2012.

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