lunes, 11 de julio de 2011

La literatura eslovena contemporánea desde la perspectiva del año 1976 (II)

El centro de Liubliana, la capital de Eslovenia, visto desde el castillo.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Por Jean-Charles Lombard
Traducción de Albert Lázaro-Tinaut


[La primera parte de este artículo se publicó en IMPEDIMENTA el pasado 27 de junio. La tercera y última parte aparecerá aquí próximamente. Al igual que en la primera parte, se han escrito los nombres con los correspondientes signos diacríticos y, en algunos casos, se han añadido vínculos, en castellano o inglés, para facilitar la búsqueda a quien desee obtener más información. También se han añadido, en cursiva, algunos datos que no aparecen en el artículo original.]

Es evidente que las preocupaciones de los poetas que no habían empezado a escribir antes de la guerra eran diferentes de las de sus padres. Más libres por lo que respecta a una literatura comprometida, aquellos jóvenes poetas pudieron orientar su obra hacia una temática subjetiva e irse liberando del romanticismo revolucionario, y también del realismo social. Se abría ante ellos un mundo que jamás habían conocido, que los deslumbraba pero al mismo tiempo, a veces, los decepcionaba. Aquella generación podría tildarse perfectamente de “generación perdida”, en el sentido de que los poetas que la formaban se tuvieron que enfrentar a una realidad tanto económica como mental que cuestionaba –o corría el riesgo de cuestionar– todo un pasado entrañablemente conservado como punto de referencia. Por fortuna no se produjo una ruptura total entre padres e hijos, de modo que éstos se esforzaron por comprender a aquéllos y aprovechar su experiencia.

La primera manifestación de los “poetas perdidos” fue la publicación, en 1953, de la antología
Pesmi štirih ['Poemas de los cuatro'] (Kajetan Kovič, 1931; Janez Menart, 1929 [-2004]; Tone Pavček, 1928; y Ciril Zlobec, 1925). A través de esta obra, toda una nueva generación de poetas se proponía situar al individuo en el lugar preeminente que le corresponde, sin caer por ello en un lirismo gratuito. Como fue el caso de sus mayores y como ocurre con frecuencia en Eslovenia, estos poetas han demostrado también sus excelentes cualidades como traductores; a Kovič se debe una sobresaliente versión de las Elegías de Duino de Rilke, así como versiones de Pasternak. Zlobec es autor de numerosas traducciones del italiano, y Menart, de excelentes versiones y adaptaciones del francés y el inglés. Esa actividad como traductores revela el interés que han demostrado siempre los intelectuales eslovenos por la vida cultural que se desarrolla más allá de las fronteras de su país.

Ciril Zlobec (Sežana, 1925), de pie,
con Kajetan Kovič (Maribor, 1931).

(Foto © STA)

Aunque los Poemas de los cuatro supusieran una especie de catalizador de la nueva poesía eslovena, hay unos cuantos poetas de edad algo mayor que participaron en la guerra y que, en cierto modo, configuraron la poesía de posguerra. Entre éstos destacan Matej Bor, Cene Vipotnik (1914-1973), Ivan Minatti (1924), Peter Levec (1923 [-1999]), Jože Šmit [1922-2004] y Lojze Krakar (1926 [-1995]). A diferencia de Kovič y de los otros poetas de la antología de los cuatro, éstos ya tenían una obra considerable antes de la guerra y sin duda vivieron el período 1940-1945 mucho más intensamente que los de la generación posterior. Su inspiración es a menudo más lírica, como si trataran así de desembarazarse de toda aquella violencia vivida en su juventud.

La generación que siguió a la de Kovič, Zlobec, Pavček, etc. no ha dado ninguna sorpresa, pero parece haber introducido ciertos elementos que aún no estaban presentes en la poesía eslovena, como las imágenes del surrealismo. Con más claridad, si cabe, que la precedente, ha reflejado con plena consciencia la alienación del hombre de hoy, enfrentado a un mundo que lo supera y lo precipita hacia un absurdo donde parece carecer de significado cualquier valor moral. Dane Zajc (1929 [-2005]), Gregor Strniša (1930 [-1987]), Veno Taufer (1933) y Saša Vegri (1934 [-2010]) son los representantes más representativos de ese período.



Dane Zajc (Zgornja Javoršica,
1929 - Golnik, 2005).

(Foto © Tomaž Skale)


De la generación más joven, es decir, la que ya ha publicado lo suficiente para que podamos citar algunos nombres, hay que destacar a varios poetas, como Svetlana Makarovič (1939), Ervin Fritz (1940), Niko Grafenauer (1940), Tomaž Šalamun (1941) [1], Erich Prunč (1941) y Vladimir Gajšek (1946). Entre los recién llegados a la poesía mencionaremos también a Tone Kuntner [1943] y Marko Kravos [1943]. Este último vive en Trieste y pertenece al pequeño grupo de escritores eslovenos residentes en Italia, cuyos representantes más destacados son Alojz Rebula [1924] y Boris Pahor [1913].

Svetlana Makarovič
(Maribor, 1939).

(Foto © Miha Fras)

Se trata, pues, de cuatro generaciones muy imbricadas y enriquecidas por una historia en incesante movimiento, que constituyen el panorama de la poesía eslovena contemporánea.

Por supuesto, no sorprende constatar que la novela eslovena tenga un desarrollo prácticamente paralelo a la línea trazada por la poesía, y que entre los novelistas contemporáneos hallemos a unos cuantos poetas ya citados sobre cuya personalidad no nos detendremos.

(Continuará.)

[1] De Tomaž Šalamun se ha publicado una Selección de poemas (1968-1998), traducidos al castellano por Pablo Juan Fajdiga (Madrid, Visor, colección ‘Visor de poesía’ núm. 410, 1999). Anteriormente habían aparecido una antología de Poesía eslovena contemporánea, a cargo de Juan Octavio Prenz (Madrid-Concepción [Chile], LAR, 1986) y, en Liubliana (Litterae Slovenicae XXXIII/2, 1995), una selección de “Poesía eslovena contemporánea”, que incluye a Aleš Debeljak, Milan Dekleva, Alojz Ihan, Milan Jesih, Kajetan Kovič, Svetlana Makarovič, Brane Mozetič, Boris A. Novak, Jure Potokar, Tomaž Šalamun, Dane Zajc y Uroš Zupan, traducidos por Marjeta Drobnič, Pablo Juan Fajdiga, Nina Kovič, Jasmina Markič, Damjana Pintarič, Antonio Preciado, Barbara Pregelj y Francisco Javier Uriz. (N. del T.)

Este artículo se publicó originalmente, en francés, en la revista Cahiers de l’Est, Éditions Albatros, París, Nº 5 (Printemps 1976), pp. 93-101.

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lunes, 27 de junio de 2011

Un panorama de la literatura eslovena desde la perspectiva del año 1976

El edificio renacentista del Ayuntamiento
de Maribor, en el noreste de Eslovenia.

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

En 1976, la revista parisina Cahiers de l’Est, fundada y dirigida por la escritora rumana Sanda Stolojan (nieta de otro notable escritor, Duiliu Zamfirescu, y exiliada en Francia por razones políticas) para difundir las literaturas de la parte de Europa sometida entonces a los regímenes comunistas, publicaba el artículo cuya primera parte presentamos a continuación, firmado por el poeta y novelista francés Jean-Charles Lombard, traductor de algunas obras de la literatura eslovena a su lengua. La segunda parte aparecerá en IMPEDIMENTA próximamente.

Conviene, pues, leer este texto desde la perspectiva de aquella época, cuando Eslovenia era una de las naciones que formaban la República Federativa Socialista de Yugoslavia (a la que el autor se refiere erróneamente, al principio de su artículo, como República Federativa Popular de Yugoslavia, denominación que tuvo el Estado federal yugoslavo únicamente entre 1946 y 1963). En la traducción se han actualizado algunos datos, como las fechas de fallecimiento de autores que aún vivían cuando se publicó el artículo original. También se han escrito los nombres y los topónimos con los correspondientes signos diacríticos. En algunos casos se han añadido vínculos, en castellano o inglés, para facilitar la búsqueda de quienes deseen obtener más información.
A.L.-T.


La literatura eslovena contemporánea (I)

Por Jean-Charles Lombard
Traducción de Albert Lázaro-Tinaut


Situada en el noroeste de Yugoslavia, limitada al norte por los Alpes Julianos y las montañas Karavanke, al oeste por unos cuarenta kilómetros de costa adriática y al sur por Croacia, Eslovenia es, con Montenegro, una de las dos repúblicas más pequeñas de las seis que forman la República Socialista Popular Federativa de Yugoslavia. Zona de paso hacia la Europa central e Italia, esta región poblada por eslavos del sur estuvo siempre sometida a la influencia de los mundos latino y germánico. Esta república, que constituye uno de los grupos lingüísticos más pequeños de Europa (aproximadamente 1.600.000 eslovenos) no se ha librado de los avatares de la historia, y su literatura, que ha evolucionado en función de los regímenes políticos y de los ocupantes del país, es tan diversa como sus paisajes.

Sometida durante siglos a una poderosa presión germánica, gracias al esfuerzo permanente de sus gentes Eslovenia ha conseguido preservar su lengua y sus tradiciones, elementos esenciales de su independencia y su afirmación como entidad cultural. Aunque sin detenernos en datos históricos antiguos, conviene que conozcamos algunas particularidades para comprender mejor los distintos aspectos del fenómeno literario esloveno actual.

Eslovenia y los eslovenos en la Federación de Yugoslavia.

Los grandes movimientos que marcaron a Eslovenia durante el siglo XIX son, por una parte, el paneslavismo, y por otra, el ilirismo. Sin extendernos demasiado, diremos que el paneslavismo supuso, en la primera mitad del siglo XIX, el despertar del sentimiento nacional eslavo, y que su desarrollo en Eslovenia puede ser considerado el intento de una minoría lingüística eslava de acercarse a Rusia y hallar de este modo, en un pueblo inmenso, a unos hermanos poderosos, capaces de sostener las reivindicaciones de los más pequeños. Así pues, en el siglo XIX numerosos intelectuales eslovenos confiaron ciegamente en la madre Rusia, convencidos de que el apoyo de ésta permitiría resistir mejor la incesante presión que ejercía el Imperio austrohúngaro. [1]

Casi al mismo tiempo se desarrolló una tendencia opuesta, el ilirismo, que a diferencia del paneslavismo –que podría considerarse una doctrina de filiación consanguínea, por así decirlo–, fue más bien una doctrina basada en intereses políticos. La finalidad declarada del ilirismo consistía, en efecto, en englobar en un único espacio cultural, lingüístico y político al conjunto de los eslavos del sur, y en particular a croatas y eslovenos. Por fortuna para éstos, el movimiento fracasó, pues de tener éxito la lengua eslovena no hubiera podido sobrevivir a la presión croata, luego croatoserbia o serbocroata. [2] El gran poeta romántico France Prešeren (1800-1849), virulento adversario del ilirismo, afirmaba que si bien los eslovenos formaban parte de los pueblos eslavos, se debían a su propia lengua y a su cultura.


Monumento a France Prešeren
en Kranj, su ciudad natal, obra
de los escultores Frančišek Smerdu
y Peter Loboda (1952).

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Consciente de que el mundo acababa de sufrir una fuerte sacudida después de la primera guerra mundial, y descontenta, al igual que los demás pueblos eslavos del sur, de la opresión austrohúngara, Eslovenia se unió en 1918 al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Pese a los graves problemas nacionalistas, todavía no resueltos, que oponían a serbios y croatas, Eslovenia, ajena a esa discordia, aprovechó para reforzar su posición y afirmar su propia existencia.

Después del hundimiento de Alemania y la resistencia ejemplar de Yugoslavia ante los nazis, en 1946 se proclamó la República Socialista Popular Federativa de Yugoslavia bajo la presidencia del mariscal Tito. En 1947, Eslovenia aumentó su territorio incorporándole una parte de la Venecia Julia, y en 1954, también una parte del territorio de Trieste. Actualmente, como consecuencia de su desarrollo industrial, se ha convertido en la república más rica de la Federación, y esa riqueza le permite afirmar aún con más energía su existencia y sus particularidades.


Este breve resumen histórico, que necesitaría sin duda algunas matizaciones, debería ser suficiente para ver cómo Eslovenia, profundamente yugoslava y vinculada a la Federación, permanece ante todo eslovena. Como minoría étnica que ha conocido una historia compleja y cambiante, Eslovenia manifiesta su propio carácter sólo por su lengua y a través de ella. Su vida cultural y su literatura en particular se resienten profundamente de tal limitación, y nuestra intención es, precisamente, desentrañar esa particularidad examinando la evolución literaria eslovena desde el final de la segunda guerra mundial.


Desfile de una unidad de partisanos por las calles de Liubliana
el 9 de mayo de 1945, tras la rendición de las tropas alemanas
y las milicias nacionalistas eslovenas que ocupaban
la ciudad desde 1943.


Hay un dicho popular en Eslovenia que no debe sorprendernos: cuando dos eslovenos se encuentran son un dúo; cuando se encuentran tres, forman un trío; y cuando ya son cuatro se convierten en un coro. Esta fórmula podría aplicarse perfectamente a la literatura eslovena: dos eslovenos son dos poetas; tres poetas son una antología común; cuatro eslovenos se convierten en una tendencia firmemente defendida. Si la literatura halla en Eslovenia un terreno de elección como ese significa –conviene insistir en ello– que cuando más de un esloveno habla o escribe, más fortalecido se siente, y menos amenazado, en cuanto a su existencia. Esta actitud, propia de las lenguas calificadas a veces erróneamente de “vernáculas”, se aplica a todos los géneros de la actividad literaria: la novela, la poesía, el teatro y la crítica.

Una de las características de la poesía eslovena es sin duda su continuidad. No hay una ruptura profunda entre la poesía de antes de la guerra y la actual. Durante la guerra, la experiencia expresionista fuertemente marcada y conformada por el modelo alemán encontró nuevos ingredientes en la lucha partisana contra el invasor y enlazó las tendencias expresionistas de la década de 1920 con las preocupaciones socio-realistas y romántico-revolucionarias que aparecieron durante el período de entreguerras. Entre los poetas surgidos del expresionismo e impregnados de visiones revolucionarias destacan sobre todo Ivan Pregelj (1883-1960), Edvard Kocbek (1904 [-1981]) y Vladimir Pavčič (1913 [-1993]), que escribió bajo el seudónimo de Matej Bor. Todos estos poetas que conocieron una, cuando no las dos guerras mundiales, desempeñaron un papel importante en la literatura partisana y contribuyeron, en un período oscuro, a insuflar el coraje necesario para proseguir la lucha.


Edvard Kocbek (Sveti Jurij
ob Ščavnici
, 27.9.2004 –
Liubliana, 3.11.1981)

retratado por un famoso
artista contemporáneo
suyo, Božidar Jakac.

El más reconocido entre los escritores partisanos o, al menos, uno de los más influyentes, fue Matej Bor, que ya en 1941 dio a conocer el primer libro de poesía “resistente” de toda la Europa ocupada: Gritemos más fuerte que la tempestad. Más que un libro era un folleto que se distribuyó entre los guerrilleros, quienes lo aprendieron de memoria hasta el punto de convertirlo para el conjunto de los partisanos en el símbolo de una poesía sencilla y agitadora. Acabada la guerra, la obra de Matej Bor, que comprende numerosas piezas teatrales, novelas y una magistral traducción de Shakespeare, fue evolucionando hacia una reflexión más profunda sobre el ser humano y su destino.

Matej Bor, seudónimo
de Vladimir Pavšič
(Grgar, 14.4.1913 –
Liubliana, 29.9.1993).


Una de las características de los poetas y escritores eslovenos que vivieron la segunda guerra mundial es el estrecho apego, casi visceral, a su tierra. Un apego que aparece ampliamente en la obra de Ciril Kosmač (1910 [-1980]), cuyo lirismo adquiere con frecuencia una limpidez y una fuerza expresiva considerables. Otro poeta formado también en el expresionismo y el realismo social es Tone Seliškar (1900-1969), que se decantó pronto hacia la literatura juvenil, de la que se ha convertido en un clásico. Esta generación de poetas que ya escribían antes de la segunda guerra mundial es tan rica que resulta imposible presentarla exhaustivamente; sin embargo, hay que tenerla en cuenta, ya que supone un hito en la literatura eslovena, pues la generación siguiente fue a buscar con frecuencia sus primeros modelos en esos poetas nacidos antes de 1920.

(Continuará.)

[1] El autor debería referirse más bien al Imperio austríaco, pues el denominado Imperio austrohúngaro no se constituiría hasta 1867, es decir, en la segunda mitad del siglo. (N. del T.)

[2] Véase el artículo “¿Serbio, croata o serbocroata?” a través del enlace http://impedimentatransit.blogspot.com/search/label/lengua%20serbocroata).

Este artículo se publicó originalmente, en francés, en la revista Cahiers de l’Est, Éditions Albatros, París, Nº 5 (Printemps 1976), pp. 93-101.

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lunes, 25 de abril de 2011

Simulando que se simulan realidades simuladas: una visión de la Europa del Este a principios del nuevo milenio

La Ciudad Vieja (Staré Mesto) de Bratislava reflejada
de noche, en las aguas del Danubio.
La nueva Europa surgida tras la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, la disolución de la Unión Soviética, entre 1990 y 1991, seguida por la violenta ruptura de Yugoslavia, supuso un repentino cambio de mentalidad en lo que se conocía geopolíticamente como Europa del Este (pese a que aquel ámbito incluía a algunos países centroeuropeos). Un cambio también desde el punto de vista social y, sobre todo, político, que muchos aprovecharon para recolocarse en los ámbitos de poder, ocultando vergonzosa e hipócritamente su pasado. Otros se dieron cuenta en seguida de los vacíos legales que habían producido aquellos cambios repentinos para dedicarse al contrabando y enriquecerse en pocos meses traficando con todo tipo de productos, entre los cuales estaban los automóviles de gama alta. Y nadie ignora la trágica realidad del tráfico de mujeres, menores y órganos humanos destinados a trasplantes que aún se practica hoy en día. Para muchos, aquel cambio supuso volver a empezar; para la mayoría, la necesidad de adaptarse a una nueva realidad; para algunos, ganar prestigio internacional… y muchísimo dinero.

El ex presidente checo Václav Havel, quien confiesa “sentirse en su país como en una pesadilla llena de embusteros y nuevos ricos”, lo expresa muy bien en una entrevista con la escritora Monika Zgustová, residente desde hace años en Cataluña, publicada en el diario El País en octubre de 2009: “Tras la caída del sistema totalitario, en los países del antiguo bloque soviético comenzó una etapa transitoria: el post-comunismo. Una fase de rápida y masiva privatización, no delimitada por ningún marco jurídico sólido, en la cual la antigua nomenclatura comunista controla tanto las informaciones como los contactos, lo que la convierte en el núcleo y la parte más influyente de la nueva clase empresarial”, y añade que los medios de comunicación, acostumbrados a ejercer el poder limitando el de los demás, “han establecido algo que suelo llamar capitalismo mafioso”. Según Havel, “el post-comunismo ha engendrado una desmoralización general que aflora trufada de agresividad”.

Václav Havel.

Esa revolución silenciosa que se producía dentro de una revolución de más calado, a la que no fueron ajenos los intereses de los “países ricos” occidentales, creó también cierto desconcierto entre los ciudadanos de aquellos Estados, que en los primeros años de su independencia se vieron asaltados por una profusión de propuestas políticas, mayoritariamente corruptas y siempre engañosas en su propaganda. No faltaron quienes regresaron del exilio (o que incluso habían nacido en los países donde se habían exiliado sus padres) para presentarse a las elecciones y plantear desde el poder proyectos difíciles de entender para sus propios electores, y con frecuencia abocados al fracaso.

Era cierto que habían cambiado muchísimas cosas, pero otras no tanto. Viajar a la Europa occidental ya era más o menos posible (no todos los países occidentales concedían visados), pero resultaba sumamente caro. Y, por otra parte, ese mundo feliz con el que soñaron durante años era esclavo de otra dictadura casi tan cruel como la que habían dejado atrás: la del dinero, que suponía la necesidad de luchar para obtener puestos de trabajo y poder acceder a las innumerables ofertas de la economía de mercado, y caer así en el engaño del consumismo.

Desfile de modelos durante
la Semana de la Moda Albanesa
en Tirana (noviembre de 2008).
(Foto: EFE / Mujer Hoy)

Fueron muchos los escritores que reflejaron en aquellos años la gran decepción y las consecuencias del contagio de aquel “mal de Occidente” no percibido hasta entonces en sus propios países, donde los precios de lo más básico se multiplicaban sin cesar mientras que el poder adquisitivo de los ciudadanos era cada vez más limitado. Desde entonces, en muchos de aquellos países la evolución económica y social ha sido notable (aunque no siempre “limpia”), y algunos se han incorporado no sólo a la Unión Europea –a veces obedeciendo a intereses estratégicos occidentales–, sino incluso a la eurozona. En otros, sin embargo, la situación no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado a causa, sobre todo, de ese mal que parece haberse hecho endémico: la corrupción.

El artículo que sigue se inscribe, precisamente, en el ambiente depresivo y pesimista de los primeros años del post-comunismo, en una Eslovaquia que se había desgajado pacíficamente de Checoslovaquia el 1 de enero de 1993 para formar su propio Estado, a la vez que lo hacía la República Checa. Ambos países pasaron, a partir de aquel momento, por etapas políticas y económicas tormentosas. El gobierno constituido en la República Eslovaca tras las elecciones parlamentarias del año 2002, presidido por Mikuláš Dzurinda, estaba compuesto por una coalición de cuatro partidos de derechas: Eslovaquia Democrática y Unión Cristiana (Slovenská Demokratická a Kresťanská Únia, SDKU), el Partido de la Coalición Húngara (Magyar Koalíció Pártja, MK / Strana maďarskej koalície, SMK, formación de la minoría húngara), el Movimiento Cristianodemócrata (Kresťanskodemokratické hnutie, KDH) y la Alianza del Nuevo Ciudadano (Aliancia nového občana, ANO). Es precisamente ese contexto político el trasfondo del texto de Michal Hvorecký.


Albert Lázaro-Tinaut




El salvaje Este


Por Michal Hvorecký

Traducción de María Eugenia de la Torre


Podría contar historias fantásticas sobre mi país y sobre Europa central y afirmar que son pura verdad. Después seguiría viviendo en paz porque nunca nadie lo comprobaría. La gente de aquí cree que todo, absolutamente todo, es posible en esta parte del continente. Aquellos países tienen a menudo algo irreal como para que la gente los conciba sin más como Estados que realmente existen.


A Bratislava, la gran ciudad de la cual provengo, se le atribuye ser la ciudad más pequeña del mundo. En los días lluviosos de otoño llega a resultar antipática. Los períodos de frío, humedad y aguacero te deprimen inevitablemente. A veces no hace sol en todo el día. Por las calles flota una sucia esterilidad. En la fría y pegajosa niebla matinal, sólo el aliento propio, que propaga algo de calor animal, calienta al transeúnte. Los árboles se encogen y enrollan sus hojas. Las alcantarillas escupen agua sucia y turbia de sus entrañas en lugar de engullirla. Ni siquiera clarea al mediodía, todo permanece gris sin interrupción.


Bratislava sumida en las brumas otoñales, desde la cruz ortodoxa
erigida en memoria de los soldados rusos caídos durante
la "liberación" de Eslovaquia en la segunda guerra mundial.

(Foto © Monika P.)

Se dice que lo mejor es que la fortaleza espiritual nos proteja del mal tiempo. Pero conservar la fuerza de voluntad este otoño se va a convertir en un mérito heroico. Y es que, en Eslovaquia, un partido llamado Alianza del Nuevo Ciudadano, cuyas siglas corresponden en eslovaco a la palabra *, está ejerciendo una influencia determinante. La mayoría de los integrantes de la dirección del partido fueron presentadores de televisión. Y su secretario general es el que fuera antaño presidente de la televisión eslovaca de la asociación socialista de jóvenes, que luchó con vehemencia por un cambio de poder. La gente, que abrazó hace un par de años el cambio de la situación política con optimismo, es pasto de su más profunda desesperación. Sumido en el desconsuelo, el pueblo no puede sino maldecir y proferir insultos.


Ubicuas contradicciones


Desde hace poco tiempo, el presidente del Partido de la Concordia es ministro de Economía, lo cual me parece más peligroso que cuando hace seis años, la dirección del partido abogaba por el pseudopatriotismo y por la fidelidad a la nación y al Estado. Los que fracasaron entonces, torpes y provincianos, no consiguieron igualar la destreza con la que un monstruo mediático se desenvuelve en todo tipo de estructuras del sistema y del poder.


Yo empiezo a acostumbrarme a las mentiras y a las ubicuas contradicciones. El secretario general del ANC no posee el canal de televisión con las cuotas de audiencia más altas, aunque sí que le pertenezcan en realidad. El primer ministro tiene en gran estima al que fuera su colega del Ministerio del Interior durante años, al que dirigió las pesquisas en un caso de corrupción. Aun así, le sustituyó del cargo de manera repentina. Y el que ha accedido en secreto a las peticiones de los adversarios políticos, finge no haberlo dicho. Es casi como en una comedia televisiva donde los actores simulan que están simulando realidades simuladas.


Pavol Rusko, líder de la Alianza
del Nuevo Ciudadano (Aliancia
nového občana, ANO).

(Foto © SITA)

“No se puede definir con precisión las características nacionales pero si se hace, resultan ser banales o imposibles de relacionar las unas con las otras”, escribió George Orwell en 1941. Este pensamiento no alivia mi rabia otoñal, así que estoy estudiando el carácter de mis compatriotas, que muestran una indiferencia total ante los desagradables acontecimientos políticos de la actualidad.

Detalles insignificantes


Algunos hábitos del consumidor apuntan en que en los últimos años, las diferencias entre los ciudadanos de países diferentes disminuyen. Visto de una manera global, apenas nos distinguimos si no es por detalles insignificantes. Al parecer todos somos individuos idénticos. Lo que sí es cierto es que basta regresar en cualquier momento a Eslovaquia procedente del extranjero para darse cuenta enseguida de innumerables diferencias.
He aquí algunas de mis valoraciones generales: el lenguaje es más vulgar, la moda más conservadora, los medios de comunicación más superficiales, tanto la insolencia de los taxistas como la amargura de los jubilados son mayores, los chistes son más obscenos, los policías más arrogantes, las iglesias más robustas y las películas más aburridas. La publicidad opera aún con métodos panfletarios. Por si fuera poco, el alcohol es de peor calidad.

Čumil (‘El mirón’), obra del artista
local Viktor Hulík, la más célebre de
las varias esculturas de bronce que se
encuentran en el centro de Bratislava.

(Fuente: bill-manicities blogspot)

Todo tiene su razón de ser y el hecho de que el bratislavino medio viva nueve años menos que el vienés, dice mucho sobre nuestras condiciones de vida. Especialmente significativo resulta que la única causa que nos une en masa es el campeonato de hockey sobre hielo. ¿O es éste quizá el “nuevo ciudadano” al que se dirige la extraña “alianza” desde las últimas elecciones? La gente de aquí no es mala, sólo es imposible de aleccionar. Hoy en día está, además, expuesta al engaño organizado por los medios de comunicación más importantes.
Tradicionalmente para nosotros, la propiedad y el poder se concentran en un grupo reducido de personas. Apenas en algún lugar del mundo hay tantas peñas, agrupaciones o incluso reuniones de clase en la escuela como aquí. En ningún otro lugar te enteras tan pronto ni con tal lujo de detalles de la última noche de borrachera de un directivo de empresa al que te acaban de presentar.

Un país extraño y salvaje


Una teoría científica afirma que dos personas cualquiera, una procedente de Sydney y otra que resida en Alaska, por ejemplo, se conocen de alguna forma por medio de otras seis personas. Quién sabe cómo se conocieron el primer ministro y su ministro de Economía, el que ha expandido la palabra . Es importante intentar comprender los motivos de sus actuaciones, ya que de otra forma no podemos predecir su comportamiento en el futuro.

El Palacio Presidencial eslovaco, en Bratislava.
(Foto: Wikimedia Commons)

El otoño ha puesto en evidencia que este Estado va cuesta abajo. Como escribió nuestro jefe del gobierno hace dos años en su libro de la campaña electoral: “Nuestro país necesita más moral: el respeto de pautas civilizadas de convivencia en la política y en la empresa, una conciencia sólida de sí mismo, pero también humildad y honradez en nuestra vida cotidiana”.


Lástima que actualmente no podamos exigir al primer ministro la práctica de estas palabras, llenas de patetismo pero bienvenidas. De hecho, tampoco son suyas. Las escribió para él su asistente, un asesor de relaciones públicas que, como se desveló con posterioridad, era el verdadero autor del libro. Afirmó además: “Eslovaquia fue siempre un país en cierto modo extraño o incluso salvaje. Lo primero que había que hacer tras cruzar la frontera, era explicar qué hay y qué ocurre en él”.



* En efecto, la sigla de la Aliancia nového občana (Alianza del Nuevo Ciudadano) coincide con la palabra ano, que tanto en eslovaco como en checo significa .


Michal Hvorecký en Afganistán.
(Foto © Katarína Probstová)

Michal Hvorecký nació en Bratislava, en 1976. Entre sus libros de relatos destacan Silný pocit čistoty (‘El fuerte sentimiento de pureza,' 1998), Lovci & zberači (‘Cazadores y coleccionistas’, 2001) y Pastiersky list (‘Carta pastoral’, 2008). Tras su primera novela, Posledný hit (‘El último golpe’, 2003) ha publicado hasta ahora tres más: Plyš (‘Felpa’, 2005), Eskorta (‘Escolta’, 2007) y Dunaj v Amerike (‘El Danubio en América’, 2010). Es uno de los impulsores del Proyecto Foro, fundado en Bratislava en 2006 para la promoción de la cultura y el debate.


Este artículo se publicó en el núm. 108 (diciembre de 2003) de la revista Lateral, Barcelona, p. 20.


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domingo, 27 de marzo de 2011

Arte, símbolo y mito en las culturas tradicionales: la civilización maya

El Palacio de Palenque (Chiapas, México).
(Fuente: http://www.esacademic.com/pictures/eswiki/80/Palenque_Ruins.jpg)


por Federico González *

Para un hombre tradicional o arcaico todo es sagrado y el mundo un juego perenne de relaciones misteriosas y simbólicas, poseedoras en sí mismas de significados evidentes. Vive en un asombro perpetuo y a la vez está perfectamente integrado a su ambiente y participa constantemente de los efluvios del cielo y la tierra. Es entonces un mediador y como tal encuentra su ubicación en el mundo, lo que se corresponde con su verticalidad. Debe por lo tanto reproducir estos misterios a imitación del gran gesto creador de un constructor original, fecundando la posibilidad de una cultura. Asimismo la naturaleza y todo lo manifestado, en especial los animales, participan de esa mediación, pues son símbolos de otros mundos secretos de los cuales éste es sólo un reflejo.

Petroglifo anazazi en el Parque
Nacional de Mesa Verde (Colorado,
Estados Unidos), con múltiples
representaciones de animales.


La analogía establece leyes de correspondencia entre el macro y microcosmos, entre el universo y el hombre, lo visible y lo invisible, lo aparente y lo real, lo pasajero y lo eterno, lo natural y sobrenatural, dos caras de una misma medalla, que los pueblos primitivos y/o arcaicos no distinguen de modo limitado, o excesivamente diferenciado. El símbolo es el revelador de estas correspondencias e igualmente el vehículo capaz de religarlas; el símbolo, por lo tanto, está fundamentado en las leyes de la analogía, y en las correspondencias naturales entre la totalidad de los seres, fenómenos, y cosas; simpatías y rechazos que todos los pueblos tradicionales o arcaicos han conocido; energías que se agrupan en conjuntos que a su vez se relacionan con otros y estos con terceros en forma indefinida formando cadenas y generando códigos simbólicos que obedecen a este mismo tipo de estructuras (tal la mitología de todos los pueblos), y que conforman su propia cosmogonía derivada de una Cosmogonía Perenne, de un modelo universal, válido para cualquier tiempo y lugar, aunque con formas adecuadas a diversas circunstancias y sitios, según puede constatarlo cualquier investigador que se ocupe de simbólica, o aquel estudioso de la antropología o la sociología, ya que esta posibilidad de generar códigos simbólicos (los que abarcan la totalidad del ser de una sociedad tradicional) son inherentes al hombre mismo, puesto que éste es un universo en pequeño y como tal tiene la posibilidad de recrear las leyes cósmicas gestando de ese modo las culturas particulares de los innumerables pueblos.

Los códigos simbólicos continúan
vigentes en nuestros días.


Pero un auténtico símbolo no es sólo un mero signo capaz de ser el intermediario entre una imagen y un concepto a nivel psicológico, sociológico u horizontal, sino la realidad manifestada de un proceso vertical en el que él constituye per se lo significado y lo significante, ya que es revelador a escala humana de los secretos de una Superestructura, siempre presente, imagen de la Mente Divina, la que ordena permanentemente relaciones y analogías que dan lugar al mundo de lo percibido por los sentidos, y a las leyes y mecanismos mentales de los humanos, signados éstos por una dualidad que deben trascender. Esta necesidad de neutralizar opuestos para conocer el orden cósmico, o modelo universal, e insertarse conscientemente en él, se obtiene pues a partir del símbolo, el cual al conjugar en su cuerpo de manera unitaria la expresión conocida con el origen desconocido, lo manifestado por él y al mismo tiempo la emanación de la inmanifestación que le ha dado su propia forma, su identidad, concretiza toda la posibilidad de Conocimiento, o sea de ser, y se constituye así en el elemento imprescindible para sintetizar cualquier realidad o verdad, comenzando con la necesidad de su mediación, permanentemente capaz de revelar lo supranatural por el despliegue de todas las potencialidades de la naturaleza; las que no son más que factores de lo suprahumano en el ser particular, la afirmación de una negación, mejor una negación afirmada. Por otro lado, no se debe olvidar que los símbolos, como los mitos, no han de considerarse en forma individual, sino en relación con otros símbolos y mitos con los que se vinculan formando conjuntos, o estructuras, que por un lado son arquetípicas, a saber: inamovibles, y simultáneamente móviles, como sus proyecciones en lo espacio-temporal, y su adecuación a distintas geografías y circunstancias históricas.

El sol y las estrellas, como símbolos,
aparecen en muchas banderas,
como esta de las Filipinas.


La cultura es un juego de símbolos, una simbólica de la que participa no sólo el cuerpo social, o individual, sino que constituye además el origen del pensamiento, las estructuras e imágenes de los procesos mentales de la tribu, o la persona. Por lo tanto toda cultura histórica es "mítica" necesariamente en sus orígenes, o sea atemporal, cuando no ha generado sus prototipos simbólicos y todavía el propio mito no ha fijado de manera ejemplar los parámetros culturales derivados de su potencia, y extraídos del Conocimiento de una Cosmogonía revelada por los símbolos universales, a los que se trata de interpretar y traducir a un lenguaje que se adapte a las necesidades, imágenes, y vivencias, de un pueblo o individuo.

También debemos tener en cuenta el carácter iniciático del símbolo y el mito como transmisores del Conocimiento, sus poderes transformadores y generativos, su realidad metafísica y mágica, es decir actuante, y por lo tanto la veneración popular que siempre los acompaña, o al menos los ha acompañado.

Rito de iniciación para los adolescentes
en Malawi
. Muchos ritos iniciáticos
han pervivido a lo largo de los siglos.

(Foto: Steve Evans, 2005)

El rito es el mito en acción y los elementos que utiliza, ya sean sonoros, visuales o gestuales son simbólicos. El rito dramatiza el mito a través de los símbolos. Hay pues una unidad entre símbolo, mito y rito, como ya hemos manifestado en otras oportunidades. El gesto, la palabra y la forma actualizan los mitos permitiendo su encarnación. Para los pueblos tradicionales, estas tres expresiones del hombre efectivizaban permanentemente el mundo, regenerándolo, permitiendo su normal desenvolvimiento, gracias a su reiteración. Una de las diferencias entre una sociedad sagrada y otra profana es que tanto los símbolos como los ritos y los mitos han desaparecido prácticamente de estas últimas o se les ignora, o lo que es aún peor, se ha tergiversado su significado, adulterándolo, confundiéndolo con la alegoría, el emblema, y también con la mera convención; en el caso particular de los mitos habría que agregar que el colectivo oficialista los califica como ficciones, cuando no de mentiras, lo que es paradojal en cuanto se piensa que los mitos expresan para las culturas tradicionales toda la verdad y constituyen la realidad, como es y ha sido el caso del pueblo maya en las distintas formas en que se ha expresado su cultura. Habría que agregar que el don de la profecía, o la visión, bien conocido por todas las sociedades "primitivas" en general, y por ésta que tratamos en particular -ya que llegó a profetizar la invasión y conquista europea-, es tomado en nuestros días como pura charlatanería, o al menos como algo de corte muy dudoso.

El friso maya restaurado del Castillo de Xunantunich,
en el distrito de Cayo (Belize).

(Fuente: gone2belize's Gallery / http://picasaweb.google.com/
lh/photo/i2aZg0j0-76spEjgm55Sbw)


Permítasenos insistir: en las sociedades tradicionales, como lo fue la civilización maya, todo es simbólico. La vida es un rito perenne que se verifica en todas las labores cotidianas y de manera constante. Cualquier acción y aun cualquier pensamiento están signados por la presencia de lo significativo, de lo mágico, de lo trascendente, ya que todo sucede en distintos planos de la realidad y por eso también en el mundo de lo oculto, de lo invisible. El arte, o lo que nosotros hoy llamamos artes, son para estos pueblos unos gestos naturales que repiten y recrean una y otra vez al cosmos a través de símbolos precisos efectuados de manera ritual, los que han sido concebidos, o mejor, revelados, con ese fin a los hombres por inspiración legada a sus ancestros, para organizar su vida de acuerdo a la voluntad divina. El creador de todas esas estructuras culturales, que no hacen sino imitar las cosas del cielo, es el ejecutor de la obra, el hombre verdadero (halach uinic), el jefe, aquél que produce las cosas o gobierna con arte. Como se ve esta forma de encarar los hechos es diametralmente opuesta a la que nosotros los contemporáneos solemos adscribirnos respecto al creador y el arte. El artesano tradicional repite en forma ritual las ideas de su cosmovisión que son perfectamente claras para él, las plasma, es decir las genera, reiterando con esto el gesto creacional primigenio del Ser Universal. En este sentido es un ser que extrae cosas de la nada y su función se emparenta con la sacerdotal y chamánica. El chamán es en este caso también un artista, y la dramatización de las energías cósmicas una forma extática de conocimiento. El arte es una forma del rito y a su vez, necesariamente, todo rito auténtico, es decir sacralizado, está hecho con arte, o mejor es una expresión artística, pese a los prejuicios que a veces nos impiden verlo, merced a la "propiedad" de nuestros gustos, fobias y manías, es decir de todas aquellas cosas relativas con las que nos identificamos.


Glifos mayas conservados en
el museo de Palenque (México).

(Foto: Kwamikagami / Wikipedia Commons)


Esto que es válido para las ceremonias tradicionales y para la arquitectura y las artes plásticas, lo es también para todo lo referido a la palabra, portadora de la enseñanza y la Tradición. Por otro lado la palabra es mágica, pues manifiesta una energía milagrosa que produce simultáneamente el sonido y la audición. No sólo en la civilización maya, según lo atestiguan el Popol Vuh y otros textos sacros del área, sino en numerosos pueblos precolombinos está presente la idea de la generación mediante la palabra, lo que da sentido precisamente a la transmisión oral del conocimiento y a la narración de los mitos. Pero fundamentalmente lo que hemos afirmado del arte es vigente para el conjunto de su cultura y su cotidianidad, comenzando por su conocimiento metafísico y cosmogónico que se traduce en sus mitos y símbolos, que, como ya lo hemos afirmado son los que inspiran y regulan su ser en el mundo.

Vemos entonces que el mito es el paradigma cultural y que el rito o arte de la actividad diaria –que por cierto no excluyen tampoco al pensamiento– y las ceremonias mágico-religiosas, se encargan de regenerarlo constantemente, manteniendo de esa manera incólumes las energías que él representa, garantizando así la estabilidad del universo y por lo tanto el ser y las posibilidades de existencia de lo social e individual. Si bien hay autores como Mircea Eliade que distinguen entre mitos de origen individual de un ser, fenómeno o cosa (por ejemplo el de una planta o un animal) con los relativos al Universo, ambas categorías son, sin embargo, en última instancia cosmogónicas, puesto que cualquier generación particular depende y está íntimamente ligada a la manifestación del conjunto; lo mismo vale para los ritos llamados "sociales" y los "chamánicos". Por lo que los ritos de la vida cotidiana, expresión de una cultura viva en todos los órdenes no sólo tocan lo metafísico y lo ontológico como posibilidad cósmica sino que igualmente abarcan lo social, lo económico, e incluso cualquier institución o forma menor, las que están basadas y siempre se refieren a la estructura arquetípica del mito. Los ritos no son pues exclusivamente ceremonias mágico-religiosas, sino la suma, o mejor, el conjunto de las expresiones de una cultura (en cualquier campo), fundamentadas en el conocimiento de lo real manifestado de modo simbólico-mítico.

El templo-pirámide de Kukulcán, en la zona arqueoógica
de Chichén Itzá (Yucatán, México).


El arte es el mejor ejemplo de dicho aserto y esa es la función ritual que siempre ha poseído; la de fijar la tradición en su aspecto más profundo: expresando, recreando los orígenes (de ahí su originalidad) por mediación de la belleza. Esta actitud aún subsiste en la gran mayoría de los pueblos autóctonos americanos aunque los auténticos símbolos gráficos se hayan degradado a veces al punto de hacerse "decorativos", o los mitos "leyendas''. Para tomar un solo ejemplo en el área maya, bástenos recordar los diseños textiles, verdaderos códigos donde imprimen los indígenas sus conocimientos míticos-cosmogónicos. Lo mismo se observa en sus ceremonias (aun cuando éstas sean "fiestas" y no sólo actos litúrgicos) en relación al orden simbólico que preside su estructura: gestos, cantos, bailes, colores, objetos, etc.; señalaremos que esto aún se hace más patente dado el carácter obviamente sagrado de las mismas, aunque pensamos que en una sociedad perfectamente integrada no hay diferencias entre lo sagrado y lo profano; es decir, que para esas mentalidades todo es una epifanía que no pueden dejar de representar los diversos modos expresivos de un Gran Espíritu, aunque su manifestación pueda ser atroz.


En realidad, lo que los mayas y todas las sociedades tradicionales indígenas han concebido –o mejor, conocido– es que el hombre y el mundo conforman un Ser Universal que se manifiesta mediante estados, principios o determinaciones, los que no son sino algunas de las modalidades en que el Ser Desconocido se expresa permanentemente, gestando el modelo universal y dando cabida a la posibilidad de todo lo creado. En eso no han hecho sino coincidir con el pensamiento (Conocimiento) de todas las culturas y las grandes civilizaciones, entre ellas los egipcios, caldeos, judíos, griegos, romanos, cristianos e islámicos, sin mencionar otras muchas tradiciones occidentales auténticas y las grandes civilizaciones de la India y el lejano oriente.


Una lámina del denominado
Códice
Tro-Cortesianus o Códice
Madrid, conservado en el Museo
de América de Madrid.


El mayor símbolo posible es la unidad del cosmos, y también la suma de cada una de sus partes indefinidas en cuanto éstas manifiestan a nivel sensible, todas las posibilidades de lo que puede ser percibido que, siempre, es en última instancia la unidad del ser. El mito expresa estas potencialidades inherentes a lo humano y por lo tanto las mitologías son cosmogónicas en cuanto pretenden por su discurso ejemplar ir más allá de lo que percibe el hombre en estado ordinario y conforman un conjunto de enseñanzas reveladas acerca del ''modelo del universo" con el objeto de superar a éste en cuanto a sus limitaciones evidentes, las leyes universales, y obtener así -mediante las iniciaciones- el reintegro del ser particular en el Ser Universal, con el objeto de trascender, por mediación de la verdad y la belleza, los encadenamientos que lo atan al mundo ilusorio.

Por eso es que los protagonistas de los mitos mayas (y del mito en general) son seres fabulosos, dioses o entidades sobrenaturales, personajes heroicos, o animales, en contraposición con la horizontalidad de la vida diaria, creando así una posibilidad de ruptura, vertical, con los condicionamientos propios de la existencia, invertidos en relación con el misterio original.


Imagen del Códice Dresde,
conservado en la Sächsische
Landesbibliothek de Dresde
(Alemania).


Sin embargo, queremos advertir que tanto el mito como el rito cargan al símbolo con un componente emocional; en la mitología siempre el asombro está presente; del mismo modo en los ritos emparentados con las ceremonias religiosas el factor emotivo es determinante, y si bien símbolos, mitos y ritos pueden identificarse puesto que en definitiva son tres expresiones distintas de una misma realidad, podría afirmarse que el mito es la vivificación del símbolo y los dos conforman la posterior representación prototípica y sagrada del rito y la ceremonia, y también la del arte, ambas imitaciones o representaciones de ellos. Esto podrá parecer una subordinación del mito al símbolo, y del rito y el arte a la mitología, si no se comprendiera que se trata de una misma energía operativa en modalidades distintas; incluso se podría decir que rito (no sólo en cuanto ceremonia religiosa) y arte, es decir ambos tomados en sentido absoluto, no son sino representaciones de la regeneración perpetua del cosmos en cuanto están identificados con él, formando por lo tanto una unidad; también podría argumentarse que el mito no es tan preciso como el símbolo numérico o geométrico, que por su contenido universal arquetípico, o por lo menos por su estructura más abstracta, es más adecuado para traducir la Idea.

Restos recuperados en la restauración (1887)
de un fragmento del Códice Paresianus,
descubierto por Léon de Rosny en 1859.
Se conserva en la Biblioteca Nacional de París.


Si se tratara de dar nuestra opinión pensamos que la fusión de estas energías es la encargada de otorgar todo significado en tres niveles de consciencia, conocimiento, o lectura, en correspondencia con los estadios cosmogónicos. jerarquizados y al mismo tiempo indisolubles, en los que los mayas dividían cualquier realidad (cielo, tierra e inframundo). Y desde luego que es la vibración común, la correspondencia, la analogía, la simpatía, es decir la magia, la que liga estos planos entre sí, aunque tome formas tan intelectuales y sofisticadas como las matemáticas y la astronomía, bases del calendario ritual maya, tal vez la realización más acabada del arte de este pueblo, cuya mayor originalidad, o paradoja, acaso la constituye el ser una alta civilización primitiva, contradicción en los términos que sólo es tal si se les asigna a ellos exclusivamente el valor que se les otorga corrientemente. De hecho, pareciera ser que esta civilización aun alcanzado su máximo de esplendor continuó siendo lo que en muchos aspectos hoy se entiende por "primitiva"; en esto tampoco se han diferenciado de griegos, hindúes y chinos, entre otros (Aún hoy el pensamiento "científico", ve los pocos restos tradicionales que quedan en ritos y religiones como algo "atrasado" y "antirracional" cuando no se encuentra lo suficientemente esterilizado). Al contrario, la decadencia puede advertirse en expresiones que son tomadas erróneamente por "culturales" en la actualidad y que han desembocado en absurdos tan grandes como la falsa erudición, y el arte por el arte.

Conferencia pronunciada en noviembre de 1990
en la Fundación Miró de Barcelona.
Hoy forma parte de su libro
Simbolismo y arte.


IMPEDIMENTA agradece al autor que haya autorizado amablemente su reproducción.


* Federico González nació en Buenos Aires en 1933. Ha publicado libros de poesía y obras de ensayo y filosofía, y se ha interesado sobre todo por la simbología desde el punto de vista artístico y científico. Ha residido en Guatemala y desde 1978 vive sobre todo en Barcelona, donde fundó al año siguiente el Centro de Estudios de Simbología. En 2002 fundó también el Centro de Estudios Simbólicos de Zaragoza. En 1991 creó Symbolos: Revista internacional de Arte - Cultura - Gnosis, publicación que aún dirige en la actualidad, en su edición digital. Ha destacado también como conferenciante. Entre sus libros, algunos de los cuales han sido traducidos a otras lenguas, destacan La Rueda: una imagen simbólica del cosmos (1986), Los símbolos precolombinos. Cosmoginía, teogonía, cultura (1990), Simbolismo y arte (1998), Esoterismo siglo XXI. En torno a René Guénon (2000), Hermetismo y Masonería. Doctrina, historia, actualidad (2001) y Las Utopías renacentistas. Esoterismo y símbolo (2004). También ha escrito y puesto en escena algunas piezas teatrales. Quienes se interesen por su obra metasfísica y literaria pueden acceder a ella a través de estos enlaces:
http://simbolismoyalquimia.com/ y http://federico-gonzalez-frias.es/


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