martes, 24 de julio de 2012

Los inicios de la fotografía en el Japón

Estampa del artista Issen Yoshikazu, fechada en 1861, que 
representa a un francés realizando un daguerrotipo en el Japón.
(© Colección Christian Polak, Tokio)

El Japón fue uno de los últimos grandes países modernos a los que llegó la fotografía. En efecto, el daguerrotipo, que se había difundido rápidamente desde que fuera presentado en París en 1839, no se introduciría en aquel país asiático hasta quince años más tarde, pero en realidad el inicio de la fotografía japonesa debe situarse en 1859, con la primera y tímida apertura del país al resto del mundo al final del shogunato [1]. De hecho, fueron algunos fotógrafos extranjeros que llegaron a las ciudades costeras japonesas quienes divulgaron en el país el arte de la luz. 

Cuando en 1859 puertos japoneses como los de Nagasaki y Yokohama obtuvieron el régimen de “extraterritorialidad” y se establecieron en ellos algunos comerciantes europeos, creció entre la población la curiosidad por esas “estampas” que reproducían tan fielmente la realidad. En verdad fue el artista Yoshikazu Utagawa [2], célebre pintor de estampas tradicionales, quien descubrió a los portadores de aquellos enormes artefactos de los que salían, casi mágicamente, los daguerrotipos, y los representó en algunas de sus obras.

Samurái retratado por Ueno Hikoma (1866).
(© Colección Hubert Bidault) 

Uno de los primeros japoneses que se hicieron con una de esas cámaras fue Ukai Gyokusen (1807-1888). A este pionero seguirían otros fotógrafos destacados, como Shimooka Renjô (1823-1914), Hori Yohei (1826-1880), Shima Kakoku (1827-1870) y Ueno Hikoma (1838-1904), el primer fotógrafo profesional del Japón, quien abrió un estudio fotográfico en Nagasaki en 1862. Casi todos esos precursores de la fotografía japonesa eran artistas, y no sólo inmortalizaron con sus cámaras a destacados personajes de su época, sino que encontraron también un nuevo soporte para las tradicionales imágenes eróticas que circulaban desde antiguo entre los japoneses. 

El gran divulgador de la fotografía en el Japón, sin embargo, fue el británico de origen italiano Felice Beato (1833-1907), quien se estableció en Yokohama en 1863 y creó un auténtico “mercado” de la fotografía, empleando a muchos artistas del país para que colorearan sus imágenes mediante las técnicas tradicionales. A su alrededor se formó una pléyade de fotógrafos locales. De su estudio salieron las famosísimas vistas turísticas coloreadas de Yokohama que los extranjeros se llevaban a decenas como souvenirs de la ciudad, realizadas entre 1875 y 1905 y conocidas como Yokohama shashin, a las que no fue ajeno otro italiano establecido también en Yokohama, Adolfo Farsari (1841-1898).

Ejemplo característico de las Yokohama shashin:
el monte Fuji desde Kashiwaraba.

Cuando se inició la Restauración Meiji, a finales de 1868, y el emperador trasladó la corte japonesa de Kioto a Tokio, se estableció allí otro importante estudio fotográfico, el de Yanagiwara, y se empezaron a divulgar vistas turísticas coloreadas de aquella ciudad, con mayor calidad que las de Yokohama.

Ahora vamos a centrarnos en una de las figuras más representativas de la fotografía japonesa en sus primeros años, Uchida Kuichi, que se convertiría en el primer fotógrafo oficial del Imperio japonés.

Albert Lázaro-Tinaut 


La gran campana del Daibutsu de Tokio, por Uchida Kuichi (1870). 


Uchida Kuichi, fotógrafo oficial del emperador 

Por Claude Estèbe 

Uchida Kuichi (1846-1875) recibió en Nagasaki, su ciudad natal, una sólida formación, pareja a la de Ueno, de quien fue amigo y rival a la vez. En 1865 Uchida abrió su primer estudio en Kobe, luego otro en Osaka y, tras la caída del shogunato, se refugió en Yokohama, donde en enero de 1868 montó un nuevo estudio. Finalmente, en 1869 se estableció en Tokio.

Uchida fue un fotógrafo excelente, y su estudio era frecuentado por actores de kabuki y geishas, lo que contribuyó a que pronto se pusiera de moda. Con su pelo corto, ropas blancas y canotier, retrataba a jóvenes dandis con paraguas de importación. Cuando Aimé Humbert [3] publicó Le Japon illustré (1866), encargó a Beato la mayoría de los grabados; en cambio, cuando el misionero estadounidense William Elliot Griffis [4] publicó The Mikado’s Empire (1876), eligió a Uchida para que ilustrara la obra, y lo presentó en el prólogo de ésta como un “native photographer of rare hability, skill, and enthusiasm”.

La imagen de la embarcación de recreo en el río Sumida que se reproduce a continuación (conjunción de retrato y escena de género) es un ejemplo característico de su estilo. Se trata de una prueba en papel albuminado de grandes dimensiones, a la que se añadió únicamente un toque de color: el kimono de una de las geishas sentadas en lo alto de la embarcación presenta una ligera coloración malva. Esta escena fue tomada cerca de la casa de té Yumeiro, cuyos residentes son los personajes que aparecen en ella.

Yagatabune en el río Sumida, de Uchida Kuichi (1872). 
(Colección particular. Fuente: Études photographiques, 19, 12.2006)

Así pues, a partir de la década de 1870 los mejores fotógrafos japoneses empezaron a ofrecer muestras de paisajes de una calidad equivalente a la de sus homólogos occidentales. Los precios no eran bajos, como constata con pesar un ingeniero estadounidense en 1874: “Uchida tiene una oferta considerable, de 500 vistas de paisajes, pero a 50 centavos cada una; resultan un poco caras para ser quien es…”.

Una de las primeras imágenes fotográficas del nuevo
emperador Meiji, obra de Uchida Kuichi (1873)
.
(© Henry and Nancy Rosin Collection)

A principios de la era Meiji, los jóvenes samuráis fotografiados en 1866 por Ueno en Nagasaki ya se han hecho con el poder. En 1872, cuando convencen al joven emperador Meiji de que se haga fotografiar, confían esos retratos tan importantes para la imagen del poder a Uchida, el dandi de Tokio, dándole así una impagable prueba de confianza en el ámbito de la fotografía nacional.

Los fotógrafos japoneses, pese a su limitación de medios en la mayoría de los casos, muestran un extraordinario dinamismo que se divulga entre los distintos estratos de la sociedad. A principios de la década de 1870 la fotografía ya está presente incluso en los centros rurales más remotos gracias a la actividad de fotógrafos ambulantes que utilizan la ambrotipia, procedimiento que allí tuvo mucho éxito, al igual que el daguerrotipo o el ferrotipo en los Estados Unidos. Los japoneses adoptaron muy rápidamente esa sencilla técnica adaptándola a su cultura. Los ambrotipos japoneses, a causa de su cajoncito no sellado, no se pueden mostrar fácilmente ni se pueden colgar de las paredes; se trata, pues, un tipo de fotografía con unas características muy particulares. [5] Alrededor de 1890, cuando el precio del papel había bajado y empezaban a circular ampliamente tarjetas de visita ilustradas de políticos, actores y geishas, el ambrotipo y su frágil imagen única sobre cristal continuban siendo muy populares en el Japón.

Imagen y tapa de un típico ambrotipo japonés.
(Fuente: MyDags.com)

Los estudios fotográficos son algunos de los primeros edificios de estilo occidental hechos construir por particulares y no por instituciones. Para hacer un retrato se necesita una silla, mobiliario decorativo y vidrieras a través de las que entre suficiente luz, lo cual requiere un edificio concebido especialmente para tal uso. Los estudios suponen para la clientela mucho más que un simple retrato: un edificio de ladrillo o de piedra concebido según los cánones occidentales, con amplios ventanales luminosos, representa para los clientes la “modernidad” y les proporciona una auténtica experiencia cinestésica. En Europa, los códigos del retrato fotográfico continúan basándose en una larga tradición pictórica, y los estudios están decorados con elementos de mobiliario burgués que resultan familiares. En el Japón, cuando alguien iba al estudio para hacerse un retrato veía su futuro: se sentaba en una silla incómoda, en un salón que se anticipaba muchas décadas a los cambios de hábitat.

Los diferentes poderes se implicaron de lleno en ese proceso de modernización, pero durante el período turbulento de transición política, entre 1866 y 1872, fueron las iniciativas individuales las que se comprometieron realmente en el desarrollo de la fotografía montando los primeros estudios en el seno de una sociedad de cultura visual muy desarrollada y receptiva a los cambios. La fotografía se puso de moda, pero resultaba muy cara para el nivel de vida de la población, y jamás hubiera progresado tan rápidamente sin el entusiasmo por la modernidad que contribuyó a crear.

(Traducción del francés: Albert Lázaro-Tinaut) 


[1] El shogunato, o bakufu (幕府) fue una larga sucesión períodos de gobierno militar que se estableció por primera vez en el Japón en el siglo XII y que, de hecho, duró hasta la Restauración Meiji, en 1868, que supuso la modernización del país. Puede encontrarse información más amplia y precisa aquí

[2] Téngase en cuenta que en la onomástica japonesa el apellido precede al nombre. 
[3] Político, pegagogo y viajero suizo (1819-1900) que viajó al Japón en 1864 como ministro plenipotenciario de su país para firmar un tratado de amistad y comercio con el shogunato. El relato de su viaje, Le Japon illustré, se publicó a partir de 1866 en la célebre revista de la época Le Tour du monde
[4] Orientalista y religioso de la Iglesia congregacional estadounidense (1843-1928). En 1870 fue invitado al Japón por uno de los políticos más prestigiosos de la era Meiji, Matsudaira Keiei, con el encargo de organizar escuelas modernas para la educación de la élite del país. Su obra The Mikado’s Empire fue publicada en Nueva York por Harper & Brothers en 1876.
[5] Efectivamente, en los ambrotipos japoneses la placa de cristal donde está reproducida la imagen se introduce en una especie de cajón y queda sostenida por un pequeño marco de madera colocado sin fijación sobre dicha placa. Si el ambrotipo se quiere levantar o se hace girar, la placa puede desprenderse fácilmente. 


Claude Estèbe es un fotógrafo francés nacido en Malo-les-Bains (Dunkerque) en 1959. Ingeniero de profesión, empezó a dedicarse a la fotografía como ilustrador de revistas de moda. Tras descubrir el Japón en 1991, realizó estudios de lengua y civilización japonesas en el Inalco de París y pasó largas temporadas en Kioto, donde se interesó por los orígenes de la fotografía en aquel país y realizó él mismo varios reportajes fotográficos publicados luego en libros. Actualmente reside en Tokio, donde investiga sobre la cultura visual contemporánea en el Japón. Véase su sitio web kyorokyoro.


El texto de Claude Estèbe es un fragmento de su artículo “Les premiers ateliers de photographie japonais 1859-1872”, publicado en el núm. 19 (diciembre de 2006) de Études photographiques, pp. 4-27. 

Haced clic sobre las imágenes para ampliarlas.


sábado, 16 de junio de 2012

La comprometida trayectoria personal y literaria de Knut Hamsun

 Retrato de Knut Hamsun en 1903, obra del pintor noruego 
Hans Heyerdahl (1857-1913).
(Fuente: kunstvariasjoner.origo.no)

Knut Hamsun era el pseudónimo que utilizó a partir de 1885 el escritor noruego Knut Pedersen, nacido en el casi despoblado municipio montañoso de Vågå, cerca de Lom (donde se conserva una de las iglesias de madera más bellas de Escandinavia) el 4 de agosto de 1859 y muerto en la aldea de Nørholm, junto a la ciudad marítima meridional de Grimstad, el 19 de febrero de 1952. 

Hombre de carácter rudo, provocador y de sólidas convicciones –hereditarias, según alguno de sus biógrafos, que las vinculan a su obsesión por considerarse miembro de una “raza pura y superior”–, se interesó desde su juventud por la psicología, aunque su auténtico objetivo fue convertirse en escritor, guiado en todo momento por un único norte: la cultura, o quizá mejor, la literatura", como dijo de él Camilo José Cela, uno de sus defensores y justificadores: “Se equivocó con su apoyo a Vidkun Quisling* y su gozo ante el invasor alemán no fue un prodigio de oportunidad, pero su fallo fue dejarse arrastrar por los engañosos y melodiosos cantos de sirena de la política” (aunque mejor no referirse ahora al oportunismo que caracterizó la carrera del laureado escritor de Iria Flavia y a su propio ego).

La obra de Hamsun se sitúa entre el realismo y el naturalismo; en todo caso se le considera uno de los precursores de la novela moderna. Una de sus primeras obras, Fra det moderne Amerikas Aandsliv (‘La vida espiritual de la América moderna’), del año 1889 y apenas conocida, ya marca de algún modo la línea de su producción literaria posterior: es una amarga crítica de la sociedad norteamericana (pues vivió como emigrante en los Estados Unidos entre 1882 y 1888) y, a la vez, una cruel ironía sobre la condición humana en un inmenso país donde convivían personas de distintos orígenes cuyas sangres se habían mezclado; un país, desde su punto de vista, en “decadencia biológica”.

Quizá fuera ese afán de pureza el que lo aproximó al nazismo cuando ya era un escritor influyente y universalmente conocido (había sido galardonado con el premio Nobel en 1920) y admirado por autores como Franz Kafka, Stefan Zweig, Thomas Mann, Maksim Gorki y Ernest Hemingway. Su ego y sus sólidas convicciones le llevaron a relacionarse con los jerarcas del Tercer Reich: conoció personalmente y ensalzó a Hitler –cuya muerte lamentó con enardecidas palabras, calificándolo de “guerrero de la Humanidad”– y llegó al extremo de ofrecer, en 1945, la medalla de su premio Nobel a uno de los líderes supremos de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, como signo de agradecimiento por la ocupación y la “salvación” de Noruega.

La bandera oficial de Noruega 
durante la ocupación nazi 
(abril de 1940 - mayo de 1945).
 
Su personalidad, por consiguiente, quedó marcada después de la segunda guerra mundial por el estigma del colaboracionismo y el racismo. Al margen de ello, sus novelas –superado el período de “proscripción”, que duró casi hasta las últimas décadas del siglo XX– constituyen un bagaje literario de primer orden en la literatura europea contemporánea, y fueron incluso fuente de inspiración para algunos escritores estadounidenses, como Henry Miller, Paul Auster y Charles Bukowski. Entre sus obras destacan Sult (‘Hambre’, 1890), Pan (1894), Victoria (1898), Sværmere (‘Soñadores’, 1903), Under Høstjærnen (Bajo las estrellas otoñales’, 1906), Markens Grøde (‘La bendición de la tierra’, 1917), Landstrykere (‘Vagabundos’, 1927) y Paa gjengrodde stier (‘Por los senderos de la maleza oculta’, 1949).

Sello emitido por Noruega en 2009, 
con motivo del 150.º aniversario 
del nacimiento de Knut Hamsun.

La reivindicación del Hamsun con motivo del siglo y medio de su nacimiento, en 2009, demuestra que el tiempo no pasa en vano y que los pecados, grandes o pequeños, acaban perdonándose. Incluso intelectuales como Claudio Magris lo reivindican. Y es que, nos guste o no, hay que dejar al margen de la literatura y de las artes la ideología de los autores (Ezra Pound, Pirandello, D’Annunzio y muchos otros simpatizaron con el fascismo…; Gorki llegó a ser propagandista del estalisnimo, lo mismo que Pablo Neruda, por ejemplo) y acudir a su legado, su obra. Porque toda manifestación destacada del intelecto ha de estar por encima de cualquier creencia.

                                                                                                      Albert Lázaro -Tinaut


* El militar noruego Vidkun Quisling fue primer ministro de la Noruega ocupada por los nazis desde febrero de 1942 hasta el final de la segunda guerra mundial. Juzgado por alta traición juntamente con otros líderes de su partido (el Nasjonal Samling) y condenado a muerte, fue ejecutado en octubre de 1945.


La casa donde Hamsun pasó los últimos años de su vida, en Nørholm.
(Fuente: Wikimedia Commons)


Universo Hamsun

Por Sergio Rodríguez Prieto   

Olvidemos por un momento que Hamsun le regaló su medalla del Nobel a Goebbels. Los vínculos entre literatura y ética pueden provocar juicios sesgados sobre una obra, especialmente cuando el autor, seducido por el poder creador del mito –que a fin de cuentas es la materia prima de su trabajo cotidiano– termina convirtiéndose en su propio personaje. A menudo somos los lectores quienes les exigimos ese artificio –léase sacrificio– para luego regodearnos con biografías de tipos infelices a los que atribuimos un mayor o menor grado de genialidad en función de las calamidades que hayan sufrido al producir sus grandes libros.

Knut Hamsun reúne todos los ingredientes del estereotipo "escritor de raza": de origen humilde, tendrá que abandonar su hogar a los diez años y ejercerá varios oficios antes de emigrar a Estados Unidos, de donde regresará igual de pobre y encima tuberculoso. En Copenhague escribirá Hambre y será acogido por la elite intelectual escandinava con cierta curiosidad por ese espécimen tan singular de campesino arrogante y autodidacta. Lejos de contentarse con ese papel, Hamsun irrumpirá en la escena literaria arremetiendo contra Ibsen, Bjørnson o Brandes, abriéndose paso a golpe de escándalos y ocultando su complejo de inferioridad bajo una soberbia descomunal. Cierto que sin ese carácter irreductible y tenaz probablemente no habría podido salir adelante como escritor, y es de suponer que a eso se refiere su biógrafo con lo de "soñador y conquistador" [1], pero hay toda una retahíla de términos –ególatra, déspota, neurótico, cruel– que tal vez no le cabían en el título pero quedan claramente expuestos a lo largo del texto.

Ninguna de esas facetas turbias aparecen en Johannes, su protagonista y alter ego en Victoria [2], una historia clásica de amor entre miembros de distintas castas en la que Hamsun presenta a una mujer elusiva e incomprensible condenada a un final trágico por no ser honesta consigo misma. Curiosamente Victoria es también el nombre que pondría a su primera hija, con quien por cierto Hamsun mantendría una relación difícil y autoritaria como con todas las mujeres que conoció, musas incluidas.

Y visto con algo de perspectiva la verdad es que tiene su lógica que la subjetividad literaria fuera introducida por alguien que tenía un ego como un piano de cola. Apoyándose en los progresos incipientes de la psicología moderna, Hamsun volcó la literatura hacia el interior de los sujetos y logró dotar a sus personajes de ficción de algo más que mero carácter instrumental al servicio del argumento. A través de sus reacciones complejas, a veces inesperadas y otras inexplicables, supo insuflarles vida, una llama característica que los hacía tan reales, tan creíbles y autónomos, que acababan reapareciendo en sus siguientes novelas. De ese modo crecían y envejecían con él, conformando un universo Hamsun que los lectores seguían con fervor, especialmente en Alemania. Fue también en ese país donde más arraigo tuvo su doctrina reaccionaria del culto a la tierra como respuesta a las contradicciones entre el viejo y el nuevo mundo, una visión reduccionista que le hizo fácilmente manipulable por los nazis, a quienes apoyó de manera consciente e incondicional hasta el final de la guerra. Imagínense lo importante que tuvo que ser su aportación a la literatura para que su nombre haya sobrevivido al peso de semejante lápida.

Knut Hamsun con su editor, Harald Grieg, en 1936.
(Fuente: Galleri Nor / Wikipedia Commons)

[1] Ingar Sletten Kolloen: Knut Hamsun. soñador y conquistador. Traducción de Anne-Lise Cloetta e Inés Armesto. Nórdica Libros. Madrid, 2009. 597 páginas.
[2] Knut Hamsun: Victoria. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nórdica Libros. Madrid, 2009. 133 páginas. 


Este artículo de Sergio Rodríguez Prieto se publicó originalmente en el número 954 del suplemento “Babelia” del diario El País, Madrid, 6 de marzo de 2010.

domingo, 20 de mayo de 2012

Viajeros por Rusia: Antoni Rovira i Virgili (II)

“¡Los sueños del pueblo se harán realidad!”

Por Andreu Navarra Ordoño 

La visita de Rovira a la URSS tenía un objetivo complementario para cualquier intelectual catalanista o cualquier defensor de las soluciones federalistas. Visitar la URSS y conocer la Constitución estaliniana de 1936 permitían asistir al experimento único de la forja de un ente supraestatal de nuevo cuño (un imperio, como se vería después) sobre fundamentos confederales. Hasta aquella fecha, sólo el Imperio austrohúngaro, derruido en 1918, y Suiza habían podido servir de cobayas en la Europa continental. Rovira dedicará un artículo (“Un fort estat multinacional”, del 11 de diciembre de 1938) y un estudio de mediana extensión (“Tornant de la URSS: les onze repúbliques federades”, publicado en Meridià entre 31 de diciembre de 1938 y el 14 de enero de 1939) al tema. En su opinión: “El ejemplo de la URSS prueba, pues, que es factible dar a los estados una unidad auténtica, resistente y duradera, sin apelar a los procedimientos de absorción y dominación que caracterizan al unitarismo”. Estas palabras denotan un verdadero deseo de que el ejemplo soviético dote de legitimidad a la tradición federalista, que es bien fuerte en Cataluña desde mediados del siglo XIX.

La Constitución de Stalin (1936) 
según un cartel propagandístico 
de la época. 

Pero Rovira i Virgili, en 1938, no puede hablar mal de la URSS, el único aliado del gobierno legítimo de España. Cualquier crítica al sistema soviético no sólo hubiera podido perjudicar a las relaciones con el nuevo monstruo, sino que hubieran sido consideradas, en 1938, derrotismo y traición, lo cual no era una broma cuando cualquier día podías aparecer tirado en una cuneta. Rovira necesita que el sistema soviético funcione, porque si no funciona son un castillo de naipes no sólo el Frente Popular que sustenta la resistencia republicana, sino también todo el andamiaje del nacionalismo catalán de izquierdas, el proyecto de toda su vida. 

Y todo se vendría abajo en 1940. En cuanto Rovira se entera de que Stalin ha firmado un tratado de no agresión con Hitler [1], no cabe en sí de asombro y se anima a publicar las crónicas que sus escrúpulos de demócrata liberal le habían dictado dos años antes: encontramos en estos últimos artículos dudas sobre el valor real de la ideología comunista tal como se ha implantado en Rusia, dudas sobre el valor real de Pravda como hoja informativa, dudas sobre el entusiasmo colectivizador de los campesinos y los científicos y, sobre todo, escepticismo ante la falta de libertades evidente en el país. Entonces, las conclusiones a las que llega son virtualmente idénticas a las vertidas por el conservador Valls i Taberner en 1928: “Hemos esclarecido nuestras ideas sobre el régimen soviético y sobre la evolución de Rusia. En lo material, la URSS es mucho más fuerte que en lo espiritual, y ya hemos indicado el grave peligro de este desequilibrio. Para resumir en una frase nuestras impresiones, diremos que en 1939 la URSS nos ha dado la sensación de unos Estados Unidos sin capitalistas y sin libertad individual”. Falta de orientación ética, deshumanización, dependencia del poder arbitrario de una cúpula reducida, he aquí los problemas que vio Rovira en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. 

Stalin entre Joachim von Ribbentrop 
y Viacheslav Mólotov tras la firma 
del Tratado de no agresión entre 
Alemania y la URSS (Moscú, 
 29 de agosto de 1939). 

Nuestro autor no llegó a decir nada, sin embargo, sobre las políticas totalitarias del dictador, ni sobre la represión brutal del marxismo no ortodoxo, y eso que vivió la guerra y las contradicciones de su propio bando de muy cerca. Precisamente en 1940 iniciaba Stalin sus movimientos de expansión territorial. ¡Una suerte que Rovira, que murió en Perpiñán en el año 49, no viera lo que ocurrió en Budapest en 1956, ni alcanzara lo de Praga en 1968! ¿Dónde hubiera ido a apoyar su fe en los nudos estatales regidos por la cordialidad y el entendimiento mutuo? 

Pero volvamos a 1938. En ese momento, nuestro intelectual confía ciegamente en Stalin y el experimento soviético, no sabemos si forzado por el alineamiento forzoso del régimen que defiende o movido por una fe totalmente sincera. Lo cierto es que el Moscú que vio Rovira no era la ciudad populosa y venida a menos que había visitado Valls i Taberner. Diez años después, Stalin se ha consolidado totalmente en el poder, ha desarrollado su política de purgas y ha dotado a la capital de las grandes obras públicas con que soñaba demostrar su poder indiscutido. 

Patinadores sobre hielo en el Parque Gorki de Moscú (1938). 
(Foto © E. Evzerijin / askmoscow.com) 

Si uno analiza lo que vio Valls en Moscú y lo compara con lo que vio Rovira, surgen explicaciones interesantes. El historiador conservador vio en Moscú una Babel de mil razas asiáticas distintas mezcladas en una ciudad que carecía de taxis. En cambio, Rovira indicó en 1938 que en Moscuá (lo escribe así, dice, para respetar la pronunciación de los rusos) dominaba el “elemento nativo”. El autor de La nacionalització de Catalunya dejó estas impresiones tan distintas: “La visión de Leningrado nos había mostrado ya la URSS como un gran pueblo en reconstrucción y en crecimiento. Si la ciudad fundada por Pedro I ha sido objeto de una importante reforma urbana y ha pasado en pocos años de 1.600.000 habitantes a 2.800.000, Moscuá presenta aún más visiblemente el aspecto de una ciudad reconstruida y renovada”. Las ciudades arruinadas de los años veinte han dado paso a las nuevas realidades pujantes: “Cuando habéis venido a Moscuá después de pasar por París y por Londres, no tenéis ninguna duda de que hoy, en general, un ciudadano soviético está más contento que un ciudadano francés o inglés. Ha contribuido a este optimismo, no sólo la realidad, tangible para todos, de la elevación del nivel de vida, aún antes la visión directa de las grandes obras –colosales algunas– que han sido terminadas últimamente. […] El contraste entre la época del zarismo y la época actual es tan fuerte, que todos han de reconocer, en este punto, el éxito del régimen”

Éste era, pues, el Moscú del triunfante Stalin. Una alegría unánime, una fascinación faraónica. Pobre del que mostrara públicamente su insatisfacción… El entusiasmo roviriano se desborda al contemplar un desfile militar (“L’exèrcit soviètic”, 16 de diciembre de 1938): “Ni las reseñas, ni las fotografías, ni los films pueden expresar suficientemente la impactante grandiosidad de un tal espectáculo”. Sin duda, Stalin sabía hipnotizar. Pero esta satisfacción bélica procede del sueño de ver colocadas frente al fascismo todas esas tremendas máquinas de guerra que se han visto desfilar. De haber sido trasladado a España una mínima parte de ese armamento, Franco hubiera tenido que huir Aragón adentro con la cola entre piernas. 


 Despliegue del potencial militar soviético en la Plaza Roja
de Moscú el 14 de mayo de 1935.
(Foto
© Bettmann / Corbis)

Es en su valoración de la cuestión nacional “solucionada” por Stalin donde vemos más flecos sueltos y más ingenuidad. En otras palabras: Rovira no se enteró de nada. Creyó que realmente visitaba un Estado federal, en el que cualquier nación gozaba del derecho unilateral a la autodeterminación. Y cree que este derecho estampado sobre el papel es real porque los bolcheviques erigen estatuas al patriota ucraniano Shevchenko. Pero, ¿qué hay de la invasión rusa de Ucrania operada en 1918 para sofocar la República popular proclamada en Kiev? Rovira viaja a Jarkov pero nada le evoca esa represión, como tampoco se hace eco de la disolución del Congreso Nacional bielorruso. 

Con la excusa de que sólo la clase trabajadora tenía derecho a erigir naciones, los bolcheviques clausuraban instituciones verdaderamente nacionales para sustituirlas por sucursales de su gobierno central. Stalin lo tenía muy claro: todo lo que era independentismo ucraniano era traición proalemana. Como nazis eran, según él, todos los pueblos que deportó arrancándolos de sus regiones, en una bacanal étnica sin precedentes, entre 1941 y 1944: alemanes del Volga (trasladados a Siberia), calmucos, chechenos, ingusetios, karacháis, balkarios y tátaros de Crimea. Luego se limpió Crimea de griegos, búlgaros, armenios, turcos, kurdos y otras minorías. Ésta era la nueva unidad en la variedad emprendida por el gobierno. 

Una familia de tátaros de Crimea deportados al Uzbekistán en mayo de 1944.
(Foto © Familia de Dilara Aslanovna Baganovna)

La visión de Rovira no era tan cruelmente cínica, pero pecó de ingenua y poco documentada. Él mismo concreta su teoría sobre las nacionalidades: “En un libro reciente, URSS et la nouvelle Russie, de Alfred Silbert, el autor consigna que en la URSS hay –¡no os asustéis!– 180 nacionalidades. Pero nosotros creemos que, de nacionalidades, de verdaderas naciones sólo hay, hoy por hoy, cuatro: Moscovia, Ucrania, Georgia y Armenia. Y aun cabe advertir que una parte del territorio nacional de Ucrania y Armenia está fuera de los límites de la Unión. ¿De dónde viene la enorme diferencia que aparece entre la cifra de 180 dada por Alfred Silbert y la de 4 que damos nosotros? Viene de dos diferentes conceptos de nación. Silbert considera como nacionalidades todos los grupos que tienen un carácter étnico o un lenguaje distinto, y nosotros consideramos que la nación es una personalidad colectiva consciente, un alma”

 ¿Cómo es posible que Rovira olvidara la religión como factor de diferenciación, o que despreciara el factor del idioma, fundamental en el caso catalán? Así pues, todos los grupos no cristianos y que no vivieron un proceso romántico-literario de afirmación nacional, no son más que tribus, y sus derechos pueden ser literalmente ignorados: “La nación, para nosotros, es una categoría superior en la jerarquía de los pueblos. Es el resultado de un ascenso en la formación espiritual y histórica de un grupo humano”. Y a ese perfeccionamiento sólo habían accedido rusos, ucranianos, armenios y georgianos. Por lo tanto, las demás entidades reflejadas en el derecho soviético en 1922 y 1931 (Turkmenia, Tadjiquia, Uzbequia, Azerbeiján, Kazajia, Kirguizia, [2] Bielorrusia) son poco menos que ficciones o inventos, no verdaderas naciones. Claro, es que sus habitantes no habían accedido aún a un grado superior de excelsitud espiritual. Ya llegaría la ocasión de educarlos. 

Bielorrusia es actualmente la única ex república europea de la URSS 
donde continúa imperando, de hecho, el sistema político soviético. 
(Fuente de la imagen: Belarus Politics / www.belarusguide.com/as/law_pol/law_pol.html)

 [1] Véase aquí el texto íntegro de este tratado, firmado en Moscú el 29 de agosto de 1939. 
 [2] Nombres con los que eran conocidas las actuales repúblicas de Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Azerbaiyán, Kazajistán y Kirguistán. 


Esta es la tercera entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de la que es autor Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el 7 de enero de este año (véase aquí). La primera parte de este artículo apareció el pasado 3 de mayo.


jueves, 3 de mayo de 2012

Viajeros por Rusia: Antoni Rovira i Virgili (I)

Stalin y el mariscal Klim Voroshílov en el Kremlin de Moscú en 1938, 
según una pintura de Alexandr Guerasimov (1881-1963), 
uno de los principales artistas “oficiales” de la URSS.

Por Andreu Navarra Ordoño 

Preámbulo 

Me animo a escribir sobre Antoni Rovira i Virgili (Tarragona, 1882 - Perpiñán, 1949), destacado nacionalista catalán, en castellano porque él mismo no tuvo reparos en expresarse en español tantas veces como estimó oportunas, publicando artículos en El Sol durante el período republicano, o hasta editando un tratado unitario que venía a resumir todas sus doctrinas políticas para el público de habla española (El Nacionalismo Catalán. Su aspecto político. Los hechos, las ideas y los hombres, Barcelona, Minerva, 1917). Quizás a Rovira le hubiera molestado verse incluido en una serie de retratos de intelectuales españoles que viajaron a Rusia o la URSS, pero lo cierto es que lo hizo con un pasaporte español y en el seno de una delegación de la República Española, en 1938. Él mismo no mostró reparos en acompañar a tal país y a tal régimen político. Y es que, con mucha frecuencia, ni siquiera los nacionalistas integrales del siglo pasado podían ser considerados secesionistas, a excepción de Macià y los radicales antiautonomistas de los años treinta. Aunque hoy se promuevan las más sonoras confusiones, lo cierto es que Rovira soñaba con una federación de repúblicas ibéricas, unidas por un lazo fraternal y no por el centralismo tradicional de los Borbones.




 La experiencia de Rovira i Virgili en la URSS 

Las crónicas escritas por Rovira i Virgili sobre sus experiencias en la URSS vieron la luz en el periódico La Humanitat entre el 25 de noviembre de 1938 y el 15 de enero de 1939. El estudio sobre las nacionalidades en la Unión Soviética que compuso a continuación fue publicado en la revista Meridià entre el 31 de diciembre de 1938 y el 14 de enero de 1939. Como se ve, nuestro periodista trabajaba deprisa. Ya en el exilio, y horrorizado por el giro que había tomado la política de Stalin, Rovira se decidió a publicar los materiales que había querido dejar inéditos dos años atrás, en la Revista de Catalunya. Los materiales fueron reunidos en el opúsculo Viatge a la URSS [1]

Retrato de Antoni Rovira i Virgili 
por Ferran Callicó (1928). 
(Fuente: © Fototeca.cat)

Antoni Rovira i Virgili, como Valls i Taberner diez años antes [2], penetró en la URSS a bordo de un buque, por Leningrado (la actual San Petersburgo). Rovira cruzó Francia de sur a norte, para finalmente embarcarse en Londres en la nave soviética Sibir, que significa ‘Siberia’. En el momento de abandonar el paisaje querido de Cataluña, Rovira nos revela la auténtica naturaleza de su escritura. Comprendemos que posee un don poético, un don romántico que permite que palpite su prosa de siempre, un don que no tuvo un fácil acomodo en las décadas que le tocó vivir. Sólo un poeta escribe estas cosas: “Cielo, montañas, cultivos y mar hacen de Crimea una tierra comparable a Cataluña. Bajo el claro azul del cielo, en el aire diáfano, se alzan las sierras, generalmente altas y delgadas, como hojas moscadas de cuchillos gigantescos. La luz enciende los colores, y el sol es dorado y tibio”. Esto podía haber sido escrito en 1840. Nada que ver con la fría objetividad de Valls, el barroquismo de Sagarra o el cinismo escéptico y preciso de Pla. A todos suena Rovira a ingenuo, a buen burgués metido a apóstol, a hombre que no ha perdido la fe. Los logros de la prosa roviriana proceden de esa extraña limpieza suya, limpieza de periodista maragalliano y teórico federalista, henchido de patriotismo a la antigua. 

Nuestro narrador no logra engañarnos. En un párrafo del artículo “Leningrado” (1 de diciembre de 1938) nos declara que “nadie espere de la presente serie de artículos nuestros descripciones de ciudades o paisajes, y la narración de actos o fiestas. El género descriptivo y el género narrativo son literariamente muy interesantes. Pero a ninguno de estos dos géneros pertenecen nuestros artículos sobre el viaje a la URSS. Se trata, ni más ni menos, de un manojo de impresiones personales. Tenemos el propósito de anotar sinceramente las propias reacciones anímicas ante los medios que atravesamos y ante las cosas que vemos”. Rovira se hace el duro pero es un alma bondadosa. Ahora leamos el párrafo siguiente, a ver si no hay género descriptivo: “Después de cinco días de navegación en el Sibir, estamos cerca de Leningrado. Empieza a clarear. La ciudad fundada por el zar Pedro I para dar a Rusia una ventana sobre el mar, muestra aún sus luces nocturnas. La mar está blanda, y el barco flota con suavidad entre los muelles y canales”. A pesar de sus esfuerzos, Rovira se deja llevar por la escritura y no pone trabas a su extroversión vergonzante. Es demasiado buen prosista como para limitarse a la estrechez del que estudia un experimento social. 

Cabecerà de Meridià, la revista donde Rovira i Virgili publicó, 
entre 1938 y 1939, su estudio sobre las nacionalidades en la URSS. 

Y es que, en verdad, Rovira no era un político ni un periodista, sino un poeta. Y aún diremos más: Rovira fue el último poeta de la Renaixença. Rovira tenía alma de literato. Algo de esto (muy poco) se ha escrito: “Els inicis literaris d’Antoni Rovira i Virgili”, de Magí Sunyer Molné [3]. Lo que pasa es que tuvo que disfrazar sus ideales de envoltura política, de prosa periodística, para que fueran aceptables para el lector. ¿Cómo expresar un tan espontáneo chorro de amor patriótico en los tiempos de Carles Riba y Ortega y Gasset, los tiempos del fenomenismo y de la geometría? ¿Cómo competir con un historiador como Ferran Soldevila? La collita tardana (‘La cosecha tardía’), quedémonos con el título de su libro de poemas publicado también en el exilio. Lo que podía aportar el intelectual orgánico que fue Rovira (más o menos orgánico dentro de la Mancomunidad y de la Generalitat, pero nunca integrado en el sistema de la Restauración) podía ser aliento épico, esa ejemplaridad austera y republicana que se exhibía como estandarte de la democracia, reflejada en los ejemplos del pasado: Pau Claris, Valentí Almirall, Pi i Margall. No destacó Rovira por su erudición, sino por su habilidad para revitalizar las glorias históricas. Y tampoco decimos que no fuera erudito, lo que decimos es que su empeño era pedagógico, divulgador o educador, formador de masas. Con todo, en el ambiente de idiotez política en que nos movemos hoy, algunos de sus libros retrospectivos son de lo mejor que puede conseguirse aún sobre escritores catalanes del siglo XIX. Por lo menos él estaba informado y no mixtificaba descaradamente. 

Esto no significa que minimicemos el mérito de Rovira i Virgili como intelectual e historiador. Al contrario, creemos que muchos de sus libros deberían ser traducidos inmediatamente para darles mayor trascendencia, puesto que Rovira fue el más documentado experto en política internacional que tuvo la España de la primera mitad de siglo XX, quizá únicamente igualado por Cambó (pero Cambó hacía trampas, tenía a muchos literatos trabajando para él; si nombramos a Cambó debemos nombrar a sus afanados informadores). Sus trabajos de los años diez sobre la situación en Checoslovaquia, Rutenia, Polonia, Irlanda, y en otras naciones cuyo nombre hoy ya ni nos suena apenas, son únicos en su género. El periodista manejó un conocimiento muy superior a la información que podían (o querían) manejar los gobernantes, y desde luego conocía mucho mejor las problemáticas políticas del extranjero que Altamira, Unamuno u Ortega y Gasset. 

Primera página del diario La Humanitat del 23 de septiembre de 1945, publicado 
en Montpellier. Anuncia la formación del nuevo gobierno catalán en el exilio, 
integrado por intelectuales entre los que figura Rovira i Virgili.

Por esta razón, todas las afirmaciones del libro que nos ocupa deben ser entendidas como referencias al marco internacional que rodeó los últimos y lamentables episodios de la guerra civil. En Francia, nuestro hombre (tan francófilo como Azaña o Azorín) no puede evitar mostrar su resentimiento hacia la Francia hipócrita que está dejando morir a la República: “Nostros hemos encontrado en las caras de la gente una expresión de laxitud y de tristeza que no encontramos en la gente nuestra que vive entre peligros y privaciones. Parecen ellos los que se encuentran en guerra. Y es que el miedo a la guerra es peor, a veces, que la guerra misma”. No sabemos si hubiera afirmado lo mismo tres meses después. Pero es que los pobres franceses ya sabían de qué iba aquello, ya lo habían sufrido entre el 14 y el 18. Sin embargo, no deja de tener razón Rovira al afirmar que “Francia da actualmente la impresión de un pueblo insatisfecho de sí mismo, que teme mucho y espera poco, que siente más deseos de quietud que impulsos de acción. Diríais que lleva en el bolsillo, ya escrita, la dimisión de gran potencia. Por el bien del mundo y por nuestro amor de siempre a Francia, querríamos que ésta, en un acto de recuperación del espíritu propio, rompiera su trágico papel de presunta suicida. El mundo necesita, ahora más que nunca, la aportación del espíritu francés”. Pero este impulso para luchar contra el fascismo no se iba a producir, y Francia sería literalmente barrida por los nazis muy poco después, en una capitulación sin precedentes en la historia europea. Hay que añadir, para ser justos, que Franco estaba ya a punto de barrer también a Cataluña, puesto que iniciaba su campaña definitiva contra el Principado el 23 de diciembre de 1938. Pero al menos al sur de los Pirineos se habían librado tres años de batallas. 

En definitiva, Rovira compara la indiferencia y el miedo apaciguador de los franceses con el brío antinazi y la movilización unánime que consigue la propaganda soviética, entusiasmándose por ésta última.

Una imagen del puerto de Leningrado en la década de 1930. 
(Fuente: militera.lib.ru)

Ya en las frías aguas del Mar del Norte y del Báltico, Rovira empieza a sentirse deslumbrado por el orden social impuesto por los bolcheviques. La limpieza, la dignidad de la tripulación y el orden meticuloso con que se cumple cada mandato, impresionan al viajero: “Lo que nos llama la atención no es, sin embargo, el aspecto turístico del navío. Es la organización que hay a bordo. El régimen del Sibir es una imagen reducida de un régimen estatal y social. Podemos decir que hay un estado dentro del barco”. Rovira explica cómo reina una total disciplina jerárquica dentro de la estructura de la tripulación, pero sin que ésta impida que todos sus miembros, hasta el personal de la limpieza, sean tratados con el máximo respeto. Al terminar las jornadas de trabajo, las diferencias de rango se diluyen y todos, oficiales y camareros, bailan y cantan juntos. 

Sin embargo, el nombre mismo del barco (Siberia) nos evoca lo que Rovira no ve, y lo que no ve porque no se lo enseñan es el reverso de la sociedad soviética: los ríos de presos caminando hacia cualquier gélido campo de concentración.

(Continuará)

El memorial de Ata Beyit, cerca de Chon Tash (Kirguistán), 
en homenaje a los 237 intelectuales kirguises “purgados” 
en aquel lugar por orden de Stalin en 1938. 
(Fuente @ Scott Horton, Harper’s Magazine, 26.10.2009)


[1] Antoni Rovira i Virgili: Viatge a la URSS. Prólogo de Joaquim Molas. Edicions 62, Barcelona, 1968. Colección “Antologia catalana”, núm. 43. 90 páginas. He leído el libro en uno de esos volúmenes de tapa dura, encuadernados en rojo, que tanta importancia tuvieron durante los años inmediatos a la Transición. Nací en 1981; la reedición del libro de Rovira en edición de kiosco es de 1985. Cuando estudiaba procuraba hacerme con ediciones anotadas, renovadas. Ahora, cuando voy volviendo a ellos, y me doy cuenta de que no han sido sustituidos por nada solvente en treinta años. Duele decirlo, pero si uno quiere leer la primera novela moderna escrita en catalán, acercarse a las crónicas de Jaume Brossa, o simplemente leer una comedia de Serafí Pitarra, tiene que echar mano de esa edición de kiosco porque no hay nada más. En los ochenta, un clásico en catalán era algo (A. Navarra). 
[2] Véase: A. Navarra Ordoño: “Viajeros por Rusia: Ferran Valls i Taberner” en Impedimenta, 7 de enero de 2012. 
[3] En la obra colectiva Rovira i Virgili. 50 anys després. Cossetània Edicions, Valls, 2000. Colección “El Tinter”, núm. 17. 168 páginas. 


Esta es la segunda entrega de la serie de artículos “Viajeros por Rusia”, de Andreu Navarra Ordoño. La primera, dedicada a Ferran Valls i Taberner, se publicó en Impedimenta el pasado 7 de enero (véase aquí). 

domingo, 1 de abril de 2012

Shostakovich, ajedrecista

Dmitri Dmitrievich Shostakovich (Дмитрий Дмитриевич Шостакович) 
 retratado en 1963 por el pintor armenio Martiros Saryan (1880-1972).

Por Juan María Solare 

Lejos de circunscribirse exclusivamente a la música, el abanico de aficiones de Dmitri Shostakovich (San Petersburgo, 25 de septiembre de 1906 – Moscú, 9 de agosto de 1975) era extremadamente variado. Aunque no aprendió ninguna lengua extranjera (sus conocimientos del inglés eran bastante rudimentarios y se limitaban a una comprensión pasiva) en compensación era un apasionado del fútbol y del ajedrez. Además, le producía un inmenso placer relatar anécdotas que lo presentaran en situaciones insólitas. 

A propósito de su gusto por el ajedrez, gozaba narrando, a todo quien quisiera oír, la siguiente anécdota, recogida en la exhaustiva biografía sobre Shostakovich del compositor polaco Krzysztof Meyer [1]

“En la época en que yo vivía en Leningrado, en los primeros años después de la Revolución, no me perdía ni una sola película. Me gustaba apasionada y profundamente el cine. Incluso trabajé como pianista en un cine y así musicalicé varias películas mudas. Un día fui al cine. En el foyer, los espectadores hojeaban apaciblemente los diarios allí expuestos. En eso aparece un hombre de aspecto discreto, vestido sobriamente. Arroja una mirada melancólica sobre una de las mesas, en la que una partida de ajedrez había quedado descuidadamente interrumpida. Estaba examinando atentamente la posición de las figuras; exclamo entonces, como a la pasada: 

 –¿Y si nos jugamos una partida? 

El hombre me observa inquisitivamente, sonríe con benévola indulgencia, y acepta. 

La rapidez de mis jugadas parece haber asombrado a mi contrincante; indudablemente no solía jugar con un sprinter como yo. Reflexionó un instante, y antes de que me diese cuenta de nada, mi rey se encontró en una situación catastrófica. 

Nerviosamente busqué la salvación, y sentí la mirada penetrante del desconocido posada sobre mí. En definitiva, el rival me dio jaque mate con increíble facilidad. Nunca había perdido de tal manera. 

Aun así, algo en mi juego parece haber llamado su atención, puesto que me pregunta: 

–¿Hace mucho tiempo que juegas al ajedrez? 

–Tres años –respondo. 

Me dirige una palabra más: 

–¿Y me conoces? 

–No. 

Sonaron las campanas, la película iba a empezar. 

–En este caso, permíteme presentarme: Alexander Aliojin… [2]  –Y entró en la sala. 

Durante la proyección de la película yo no miraba la pantalla, no aparté la vista de Aliojin. Desde aquel momento me convertí en un ardiente seguidor de todas sus partidas. Cuando en 1927 batió al campeón mundial, el célebre Capablanca, en la lejana Argentina, mi alegría no fue en absoluto inferior a la del propio Aliojin. Es que no podía discutirse que yo había sido uno de sus sparrings.” 

Shostakovich jugando al ejedrez, según una foto publicada 
por el British Chess Magazine en noviembre de 1946.
(Fuente: IPlayooChess, 2011)

Lógicamente, el único testigo y relator de esta escena fue el mismo protagonista. Habrá que creerle, aunque se sostiene que Shostakovich era un hombre que con tal de obtener una historia interesante podía inventársela. 

Elizabeth Wilson, una de sus biógrafas [3], no otorga mucha credibilidad a esta anécdota, que Shostakovich solía contarle regularmente “unas dos veces al año”. “No creo en esta historia, particularmente porque tuve la ocasión de narrársela a Borís Spassky. Spassky dijo que Shostakovich debía de haber sido muy joven, pues Aliojin abandonó Rusia en 1919 o 1920.” 

Un extraño razonamiento que no refuta nada. ¿No es perfectamente creíble este episodio en un muchacho de trece años? 

La partida de ajedrez (1940), pintura del artista 
ucraniano Boris Vladimirsky (1878-1950).
(Fuente: Золотой век России, http://zolotoivek.tumblr.com)

Consulté el asunto a Krzysztof Meyer (amigo y biógrafo del compositor). Me aseguró que también a él le había contado Shostakovich este relato y que no encontraba ninguna razón para dudar de su veracidad. Agregó que no tenía nada de particular que Shostakovich jugase al ajedrez, ya que –en contraposición a Polonia o Alemania–, en Rusia el ajedrez es una tradición nacional, y así como las muchachas educadas solían tocar el piano, los muchachos jugaban al ajedrez. Meyer también me comentó que Shostakovich le dijo haber jugado con el compositor Serguéi Prokófiev, el violinista David Óistraj y el director Kíril Kondráshin. 


[1] Krzysztof Meyer: Shostakovich. Traducción de Ambrosio Berasain. Alianza Editorial, Madrid, 1997. 482 pp. 
[2] Célebre ajedrecista ruso (Moscú, 1892 – Estoril, Portugal, 1946). Nacionalizado francés en 1925, adoptó el apellido Alekhine, por el que es conocido internacionalmente. 
[3] Elizabeth Wilson: Shostakovich: A Life Remembered. Faber and Faber, Londres y Boston, 1994. 


Juan María Solare, compositor y pianista argentino (Buenos Aires, 1966), se formó en el Conservatorio Nacional de Música de su ciudad natal, realizó estudios de postgrado en Alemania y ha ejercido la docencia en el Conservatorio de Tandil (Argentina), en la Hochschule für Künste de Bremen, en la universidad de aquella ciudad alemana y en la Complutense de Madrid. Compositor prolífico, ha obtenido diversos premios internacionales. (Más datos biográficos suyos aquí). 


Este artículo se publicó en el núm. 37 (enero de 1998) de la revista Lateral, Barcelona, p. 37.