miércoles, 15 de febrero de 2012

Los arbëreshë del sur de Italia y su papel en el desarrollo de la literatura albanesa moderna

Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet en arbërëshe), 
localidad siciliana fundada a mediados del siglo XV por 
cristianos grecoalbaneses de rito bizantino procedentes del Epiro.  
(Foto: Wikipedia Commons)


 Preámbulo: etnia, minoría, nación y Estado 

El lingüista italiano Fiorenzo Toso, autor de numerosas obras de dialectología y sobre las lenguas minorizadas y minoritarias de Europa, intenta establecer la distinción, siempre resbaladiza, entre etnia y nación [1]: la palabra etnia –viene a decir, refiriéndose al ámbito europeo– entró a formar parte del léxico político sólo a finales del siglo XIX para identificar genéricamente una comunidad caracterizada por su homogeneidad lingüística, cultural, religiosa, tradicional y de memoria histórica circunscrita a un territorio en el que es mayoritaria. Esta aseveración, sin embargo, como él mismo reconoce, no es aplicable en todos los casos, como cuando nos referimos a los gitanos, los sami (lapones) o a pueblos de los Balcanes, donde grupos étnicos diversos conviven en los mismos territorios, incluso en las mismas ciudades. 

No siempre resulta sencillo establecer la distinción entre etnia y nación, aunque ambos conceptos se solapen con frecuencia. Lo más habitual es que el término nación –al menos en Europa– “se asocie a una organización político-social dotada de instituciones reconocidas, aspecto que no representa, evidentemente, un elemento constitutivo del concepto de etnia”. Por otro lado, dice Toso, “el concepto de minoría, extendido también a otros aspectos de la vida (por lo que se habla corrientemente de minorías religiosas, políticas, sexuales, etc.) es especialmente adecuado para definir la situación sociopolítica de las etnias, en el sentido de que, frente a la equivalencia nación (Estado)-mayoría, el término minoría indica perfectamente la condición que tipifica, desde un punto de vista histórico, cultural y muy particularmente jurídico el estatus de la población reconocible como etnia, la cual, de hecho, se encuentra en condiciones de inferioridad con respecto al resto de la población del Estado […]”. 

De ahí se puede inferir que, con frecuencia, haya realidades sociales que se distorsionen por intereses superiores, es decir, por la resistencia de los Estados a reconocer como naciones a comunidades presentes en sus territorios que, sin duda, lo son, temerosos de que esas naciones puedan optar por la autodeterminación. Temor que lleva incluso a la ridiculez de considerar dialectos a lenguas diferenciadas de la estatal, aunque hayan sido reconocidas como tales, sin ningún género de dudas, por la disciplina lingüística. Se trata, en todos los casos, de naciones con rasgos identificativos bien definidos y con una historia que da fe de su condición. 

Dejando al margen consideraciones que nos llevarían al terreno de la polémica –y no es esa, ahora mismo, la intención de quien esto firma–, se ha podido observar en las últimas décadas, y en algunos Estados europeos, una “relajación” de las resistencias para aceptar plenamente la existencia de algunas comunidades nacionales. Es el caso de Italia con respecto a sus minorías y, en concreto, para centrarnos en el contexto que ahora nos concierne, la de los arbëreshë, cuya lengua está tutelada por una ley del Estado italiano desde diciembre de 1999.

Mujeres arbërshë bailando la vallja [2] el martes de
Pascua de 2009 en San Basile (Shën Vasil), Calabria.

(Foto © Marzio Altimari / Wikimedia Commons)


Los arbëreshë 

¿Quiénes son los arbëreshë (que hasta hace muy pocas décadas eran designados como albaneses de Italia o ítalo-albaneses)? Ni más ni menos que una minoría nacional formada por más de 200.000 personas, dispersas por las regiones meridionales de Italia (Calabria, con 33 comunidades, y con algunas menos Sicilia, Basilicata, Apulia, Molise, los Abruzos y la Campania, regiones que habían integrado el antiguo Reino de Nápoles y, entre 1816 y 1861, el de las Dos Sicilias). 80.000 de esas personas, por lo menos, tienen actualmente el arbëreshë (gluha arbëreshe, en albanés; arberesco, comúnmente, en italiano) como primera lengua. 

Los albaneses del sur de la península Itálica y de Sicilia se establecieron en aquellas tierras desde el siglo XV, huyendo de los turcos otomanos que fueron invadiendo e islamizando progresivamente los territorios del antiguo Imperio bizantino y, en su caso particular, el noroeste de Grecia y la actual Albania. Cristianos, gran parte de los arbëreshë conservan el rito bizantino y dependen de dos eparquías [3]: la de Lungro (Ungra), para las comunidades de la Italia peninsular, y la de Piana degli Albanesi (Hora e Arbëreshëvet) para las de Sicilia.

Pese a ser uno de los mayores grupos étnicos de Italia, los arbëreshë, a causa de su dispersión, no constituyen un auténtico grupo unitario nacional, al menos en el sentido al que se refiere el profesor Toso, pese a que definen su “nación” como Arbëria, topónimo en el que suelen incluir también a la Albania histórica, es decir, la nación de los Balcanes que comprende las repúblicas de Albania y Kosovo y parte del territorio de Macedonia. 

Topónimos bilingües en Calabria. 
(Foto © Barbara / The Espresso Break) 

La lengua arbëreshë (denominada también arbëresh o arbërisht) es, de hecho, un dialecto arcaico del albanés que ha ido incorporando, a lo largo de los siglos, préstamos lingüísticos tanto griegos como de los dialectos del sur de Italia [4]. Ello ha dado lugar, en las últimas décadas, a un nuevo fenómeno: el de la comunicación con los inmigrantes albaneses que, por millares, a la caída del régimen comunista huyeron de la deprimida Albania para buscar nuevas oportunidades de vida en la “rica” y próxima Italia. Algunos recordarán las abarrotadas embarcaciones que cruzaban clandestinamente de este a oeste el denominado canal de Otranto para alcanzar la costa más oriental de la península Itálica, separada del territorio albanés por apenas setenta kilómetros. 

En efecto, los recién llegados que se pusieron en contacto con los arbëreshë hablaban una lengua más o menos comprensible para éstos, pero con marcadas diferencias tanto léxicas como fonéticas, y en la mayoría de los casos acababan usando el italiano como lingua franca: hay que recordar que durante los largos años de la dictadura comunista, la mayoría de los ciudadanos de Albania que vivían en las zonas costeras del país encaraba sus antenas parabólicas al oeste para recibir las emisiones de la televisión italiana, lo cual hizo que el italiano se popularizara en Albania y facilite ahora la comunicación de quienes visitan la renovada república balcánica. 

Son numerosas las localidades que incluyen el adjetivo albanese en su topónimo, aunque todas ellas tienen su correspondiente denominación en lengua arbëreshë (escrupulosamente respetada en rótulos e inscripciones). Quien desee profundizar más en este tema puede encontrar la lista completa de esas localidades a través de este enlace, en el apartado “Comunità di lingua arbëreshë in Italia”.

Cabecera de la revista cultural Jeta Arbëreshe ('Vida Arbëreshë'), 
que se publica trimestralmente en Eianina (Purçill), provincia 
de Cosenza (Calabria).


La aportación arbëreshe a la literatura albanesa moderna 

No puede obviarse la riqueza literaria de la comunidad arbëreshë, que se inició con la obra del eclesiástico greco-bizantino Lekë Matrënga (Luca Matranga en italiano, 1567-1619), nacido en la localidad siciliana de Piana degli Albanesi, próxima a Palermo –conocida en aquel tiempo como Piana dei Greci–, quien, además de traducir y publicar en 1592 la Doctrina Cristiana (E Mbësuame e Krështerë) del jesuita español Diego de Ledesma (donde se incluye el primer poema conocido en lengua arbëreshë), dejó varios textos religiosos. Hemos de llegar, sin embargo, al siglo XVIII para encontrar otras interesantes composiciones de tema folklórico y religioso, debidas a una nutrida legión de escritores menores, y ya al siglo XIX para descubrir a una de las máximas figuras de la literatura albanesa en su conjunto, Jeronim De Rada (Girolamo De Rada en italiano, 1814-1903), sobre quien hay que detenerse. 

Jeronim de Rada representado en un sello 
emitido por el servicio postal de la República 
de Macedonia en 2003, con motivo del 
centenario de su muerte en la ciudad 
albanesa de Shkodër. 

Nacido en San Demetrio Corone (Shën Mitri), en Calabria, una de las localidades más importantes de población arbëreshë, De Rada se distinguió en un principio como folklorista, pero su nombre empezó a sonar con fuerza en todo el ámbito albanófono en 1836, cuando publicó en Nápoles un poema que se hizo inmediatamente célebre, Këngët e Milosaos (‘Cantos de Milosao’), que apareció en su primera edición con el título en italiano Poesie albanesi del XV secolo. Canti di Milosao, figlio del despota di Scutari. Su segunda obra, Serafina Topia (su título completo, en italiano, era Canti storici albanesi di Serafina Thopia, moglie del principe Nicola Ducagino), publicada también en Nápoles en 1839, fue confiscada por las autoridades borbónicas del Reino de las Dos Sicilias, que acusaron a su autor de conspirar al servicio de los intereses del Risorgimento italiano. 

Pese a la subrepticia vigilancia a que era sometido, De Rada continuó dando a conocer sus obras, y en 1848 fundó incluso el periódico político L’Albanese d’Italia, en el que publicaba también artículos en albanés; por su carácter bilingüe es considerado el primer periódico albanés del mundo (no hay que olvidar que por entonces Albania estaba sometida al Imperio otomano y el turco era la única lengua oficial del país). 

Precursor del romanticismo en el ámbito cultural albanófono, De Rada acabó convirtiéndose en uno de los pioneros de la literatura albanesa moderna, de la que sentó las primeras bases sólidas, y es, pues, una de sus figuras más destacadas y reconocidas. Y no sólo eso: también fue el precursor del primer alfabeto de la lengua albanesa, que sustituyó a la escritura árabe introducida por los turcos otomanos, la cual era ampliamente utilizada por los bejtexhi (versificadores populares) ente los siglos XVIII y XIX, aunque luego ese alfabeto se modificara hasta el establecimiento del actual (véase al respecto el artículo “Los cumpleaños de las lenguas”). 

Una de las escasísimas imágenes que se 
conservan de Zef Serembe, otra de las figuras 
clave de la literatura arbëreshë y albanesa.
 
La antigua diáspora cristiana albanesa ha supuesto un punto de apoyo esencial para el desarrollo de la literatura de la Albania moderna, en la que también han sobresalido nombres como el de otro arbëreshë calabrés, Zef (Giuseppe) Serembe (1844-1901), Naim Frashëri (1846-1900), Andon Zako Çajupi (1866-1930), Ndre Mjeda (1866-1937), Gjergj Fishta (1871-1940), Millosh Gjergj Nikolla (1911-1938) y Theofan Stilian Noli (1882-1965). [5] 

La comunidad arbëreshë goza actualmente de un auge jamás conocido anteriormente, y las manifestaciones culturales de las comunidades albanófonas del sur de Italia proliferan al amparo de asociaciones que las impulsan. No se trata en este caso de la decadencia de una cultura y una lengua, sino más bien de su expansión y de su descubrimiento en otros ámbitos gracias, en buena medida, al desarrollo de las nuevas tecnologías. 

Albert Lázaro-Tinaut



[1] Fiorenzo Toso: Lingue d’Europa. La pluralità linguistica dei Paesi europei fra passato e presente. Baldini Castoldi Dalai editore, Milán, 2006, pp. 29 ss.
[2] La
vallja es una antigua danza tradicional albanesa, acompañada de canto, que ha conservado sus viejas raíces en el seno de las comunidades arbëreshë (véase la ejecución de una de ellas en este vídeo).
[3] Circunscripciones dependientes de un obispo, equivalentes a las diócesis católicas.
[4] La lengua arbëreshë, por su parte, y a causa de la dispersión geográfica de sus hablantes, cuenta también con diversas formas dialectales.
[5] Un buen resumen de la literatura arbëreshë (en italiano) es el que presenta la web de Arbitalia. Para conocer otros detalles de la literatura albanesa conviene leer el interesante artículo de Ramón Sánchez Lizarralde: “Una mirada a la literatura albanesa”, publicado en el número 16 (enero de 2004) de Cuadernos del Ateneo de La Laguna y reproducido aquí

Para ampliar las imágenes, haced clic sobre ellas.

sábado, 4 de febrero de 2012

Krystian Lupa, explorador y experimentador incansable en la escena teatral europea

Krystian Lupa en 2010. 
(Foto © Albert Zawada / Agencja Gazeta)

Nacido en Jastrzębie-Zdrój (Silesia) el 7 de noviembre de 1943, el polaco Krystian Lupa se ha convertido, sin duda alguna, en un director teatral de referencia en Europa. 

Discípulo de su compatriota Tadeusz Kantor, uno de los hombres de teatro más geniales y revolucionarios del siglo XX, y del realizador cinematográfico ruso Andréi Tarkovski, Lupa concibe el teatro como un instrumento para la exploración y la transgresión de las fronteras de la individualidad, y así plantea sus célebres puestas en escena, como –entre otras– Malte, o el tríptico del hijo pródigo, de Rilke (1991); las adaptaciones de La calera, de Thomas Bernhard (1992) y El maestro y Margarita de Bulgákov (2002); Arte, de Yasmina Reza (1997) y sus más recientes Factory 2, Persona.Marilyn... Uno de sus mayores éxitos ha sido, sin embargo, el monumental montaje basado en Los hermanos Karamázov de Dostoievski, estrenado en 1990 y readaptado en 1999. Acerca de esta interesante experiencia teatral escribe Teresa Barjau en el artículo reproducido a continuación. 

Sobre su concepción del teatro, especialmente en los últimos años, Lupa habla también en una entrevista publicada hace apenas tres semanas en el diario parisino Le Monde al ser preguntado por qué había elegido un texto del dramaturgo sueco Lars Norén, La sala de espera, para su última producción teatral: “Siento un placer delirante descomponiendo las normas que nos rigen”, dice, y en otro momento añade: “Desde hace algún tiempo busco textos que traten del grupo, del lenguaje específico que se desarrolla dentro de él. Pienso que el fenómeno del grupo es un enigma interesante para nosotros en estos momentos. Cada grupo es una forma hermética que crea su propia realidad”. 

No se puede hablar de Krystian Lupa sin referirse al Stary Teatr (Viejo Teatro) de Cracovia, al que está estrechamente vinculado desde 1980, y el Instituto de Arte Dramático de la misma ciudad, en el que cumple una impagable labor docente desde 1983. 

“El mundo de Lupa es el de la utopía espiritual de la humanidad”, escribió en una nota crítica María José Ragué en marzo de 2009. A sus 68 años Krystian Lupa quizá transite por un mundo utópico, pero ello no le impide continuar experimentando y abriendo nuevos caminos para el teatro. 

Albert Lázaro-Tinaut


Interior del Stary Teatr de Cracovia. 
(Foto: www.stary-teatr.pl)


Los hermanos Karamázov de Krystian Lupa 

Por Teresa Barjau 

A finales de junio y principios de julio [de 2005] ha podido verse en el Teatre Lliure de Barcelona la última reposición de la adaptación de Los hermanos Karamázov de Dostoyevski que el director del Teatro Stary de Cracovia, el polaco Krystian Lupa, realizó hace casi veinte años como cantera de ejercicios para alumnos de arte dramático y que, con el tiempo, se ha convertido en un clásico de su repertorio. 

La llegada del espectáculo fue anunciada a bombo y platillo por una prensa unánimemente entusiasta antes del estreno y un poco más circunspecta tras el esfuerzo físico e intelectual que supone el enfrentarse a la versión íntegra de casi nueve horas de duración. Se señaló que, una vez más, Lupa mostraba su interés por rastrear los orígenes dramáticos del texto narrativo. Se analizó la voluntad naturalista de un montaje que pone en movimiento a los personajes en espacios cerrados llenos de objetos rigurosamente seleccionados, separado todo ello del público por una cuarta pared de tul móvil que avanza y retrocede para sugerir la ilusión de la dialéctica de planos en la narración cinematográfica. Se valoró también el papel melodramático tanto de la música, cuyos cambios de volumen subrayan la acción, como de la iluminación cinematográfica, caravaggiana a veces, tenuamente filtrada en momentos oníricos en que nos adentramos en los misteriosos espacios de la conciencia. Alguien apuntó de paso, quizás de forma un tanto irreflexiva, la posible influencia del texto de Bajtin La poética de Dostoyevski en la lectura que Lupa propone de los Karamázov. Y todos coincidieron en el magistral trabajo de los actores y la osadía de llevar a la escena esta obra canónica. 

Fiódor Dostoievski en 1872, según 
un célebre retrato del pintor ruso 
Vasily G. Perov.

Pero reducir esta novela a mera urdimbre dramática es tarea ardua únicamente por la extensión del propio texto. El buen conocedor recordará inmediatamente que Dostoyevski juega con dos tipos de narrador distintos: el expositivo, narrador autorial, testigo más o menos cercano de los hechos que se relatan cuyas raíces pueden encontrarse en la hagiografía, y el dramático, situado fuera de la acción y confiando a la fuerza del diálogo, la exposición del conflicto. 

En principio, pues, basta con eliminar al primero de ellos para que el entramado teatral tejido por el propio Dostoyevski salte a la vista. Y esto es en parte lo que Lupa ha hecho al suprimir mucho material, especialmente los libros primero, décimo y duodécimo, respectivamente la presentación del núcleo familiar, el episodio lateral de Aliosha y los niños y el proceso judicial. Tal reducción tiene por lo menos dos inconvenientes. El primero es de orden práctico, pues, al iniciarse la narración directamente en el libro segundo, el espectador que no esté familiarizado con la novela puede extraviarse en las complejas relaciones de parentesco que los hijos de Fiódor Pavlóvich mantienen entre sí y, de este modo, tardar en descubrir la condición de bastardo de Smerdiákov o ignorar que Mitia es sólo hermanastro de Iván y Aliosha. El segundo afecta a una cuestión de fondo, ya que quedan simplificados de golpe Mitia, el lujurioso schilleriano y, especialmente, Aliosha, aquí un bendito lastrado por la simpleza, mientras la figura fáustica de Iván, la más cercana al espectador contemporáneo y la que le puede resultar más simpática, aparece sobredimensionada. 

Escena de la representación del 
montaje Los hermanos Karamázov 
de Krystian Lupa en el Teatre 
Lliure de Barcelona. 
(Foto: El País)

Y, sin embargo, el texto resultante, estructurado cinematográficamente en escenas y secuencias, no sólo funciona, sino que conquista al espectador más reticente, especialmente en la parte final en que se suceden el interrogatorio de Mitia, la última entrevista de Aliosha con la paralítica Lisa y el diálogo de Iván con el diablo. De ella emerge catartizado tras el largo proceso de inmersión en una perfecta reproducción del tempo moroso y obsesivo de esos diálogos dostoyevskianos en los que se repiten y varían hasta la saciedad los motivos y los temas de un debate teológico y existencial en vertiginoso y prodigioso ejercicio polifónico de contraste irónico de perspectivas. Y en ese ejercicio descuella, y ahí estriba parte de la grandeza del montaje, el contraste irónico entre una actuación extraordinariamente contenida y hasta neutra en muchos momentos con tres melodías cuyo efectismo melodramático y cuya funcionalidad narrativa son indiscutibles. Un fragmento trágico insistentemente repetido de la Pasión según San Mateo de J. S. Bach nos introduce en el claustrofóbico medio familiar de los Karamázov y domina el primer tercio de la narración; el tema central de La muerte y la doncella de Schubert nos conduce por el atormentado mundo de Grúshenka; la secuencia narrativa de los números “Et incarnatus est”, “Crucifixus etiam pro nobis” y “Et resurrexit tertia die” del “Symbolum nicenum” de la luminosa Misa en si menor de J. S. Bach sintetiza irónicamente el evangelismo y la profesión de fe de Aliosha que la adaptación elimina de la escena. La apoteosis del “Resurrexit”, muy breve, acompaña a un extraordinario y visionario número coral concebido como falso final en el que vivos y muertos se reconcilian en un virtual más allá antes de que las formulaciones protonietzscheanas del doble diabólico de Iván pongan el broche de oro a un espectáculo total de una categoría difícilmente igualable. 

Este artículo se publicó originalmente en el número 262 (octubre de 2005) de la revista Quimera de Barcelona. IMPEDIMENTA agradece a Teresa Barjau que haya autorizado su reprodución. 

sábado, 7 de enero de 2012

Viajeros por Rusia: Ferran Valls i Taberner

 Moscú en mayo de 1928, según una acuarela 
del pintor mexicano Diego Rivera.
(© MOMA, Nueva York)

Por Andreu Navarra Ordoño 

En 1985, la Universidad de Barcelona editó un pequeño libro [1] que reúne doce crónicas escritas en 1928 por el historiador catalán Ferran Valls i Taberner (1888-1942), colaboraciones que aparecieron en el diario La Veu de Catalunya entre el 13 de septiembre y el 9 de noviembre y forman, en su conjunto, una pequeña obra maestra de la literatura catalana de viajes. 

La edición mencionada estuvo a cargo de personas vinculadas al Derecho, que dirigían la colección “Serie Bibliográfica de Derecho Histórico e Historia de las Instituciones”, y es precisamente en ese flamante pero poco literario contexto donde se oculta una obrita exquisita que debería divulgarse más. Porque Valls i Taberner no era sólo un experto en los Usatges de Barcelona, sino también un periodista y ensayista de pluma ágil, clara y rápida, con una capacidad de observación más que notable, que es clave en el género. El mérito de las doce crónicas de Valls se triplica si se piensa que estuvo únicamente dos días y medio en Leningrado y otros dos en Moscú. 

La extensa introducción de Eduard Zurawka añadida a la edición de 1985 es más una denuncia de los crímenes del comunismo soviético y de Stalin en particular, y una reivindicación de los grandes disidentes –Solzhenitsyn, Sájarov y Kópelev–, que un comentario a la obra presentada. Pese a tratarse de un buen esquema de la historia global de la Unión Soviética, resulta de poca utilidad para definir qué hizo, qué pensó y quién fue el protagonista del prólogo: el propio autor, Valls i Taberner. Conviene, pues, tratar el texto como merece para señalar tanto sus virtudes como sus defectos en su dimensión de obra literaria. 

Ferran Valls i Taberner era un pensador conservador procedente del noucentisme más canónico y académico, lo cual ya induce a pensar que no simpatizaba, precisamente, con el régimen imperante en Rusia desde 1917. Su crítica, sin embargo, nunca es frontal, sino que intenta buscar las bondades del régimen: elogia calurosamente, por ejemplo, los esfuerzos del gobierno en cuanto al mantenimiento de archivos y museos. Los problemas empiezan más bien cuando medita sobre el ateísmo oficial del sistema comunista: “Para mí, pese a la decadencia y la pobreza que en el orden material existen en Rusia (que se manifiestan sobre todo cuando se establece la comparación con los países de civilización más floreciente y prosperidad más evidente, como los Estados escandinavos o Alemania, el contraste con los cuales resulta muy fuerte), no es ese el problema más grave e inquietante que ofrece hoy el pueblo ruso; lo que a mi entender resulta más grave es el problema moral. Es en el orden ético y en el terreno de la vida espiritual donde resulta más nefasta y horrorosa la obra del bolchevismo”. Valls i Taberner es un hombre que cree en la vieja Europa, en el impulso de los burgueses situados en la vanguardia de una civilización cristiana partidaria de erigir realidades fácilmente medibles, de escala humana, arrinconando las deficiencias materiales y obviando el problema social en el seno de las sociedades liberales. 

En este sentido, lo que observa es valorado desde la percepción del humanista que cree en el clásico progreso decimonónico: “En todo caso, el efecto que me produjo la primera entrada en la antigua capital rusa es que el resultado del bolchevismo no ha sido elevar el nivel del bienestar general, sino simplemente eliminar la clase más acaudalada y fastuosa; pero ni tendiendo a nivelar hacia abajo se ha conseguido medir por un mismo rasero. El poder soviético logró suprimir a los antiguos ricos, pero el aspecto de la sociedad rusa superviviente en las grandes ciudades es el de una sociedad burguesa empobrecida”

Jóvenes gimnastas en la Plaza Roja de Moscú en 1924.
(Fuente: Real USSR / www.realussr.com)

Nuestro historiador, convertido durante cuatro días y medio en corresponsal en Rusia, a veces ni siquiera es consciente de estar cayendo en las siniestras redes de los designios del dictador. Valls no deja de elogiar las bondades del turismo organizado ruso, mediante invitaciones a personalidades extranjeras, cuando éste era uno de los objetivos del régimen para lavar su imagen en el exterior. Se hacían auténticos esfuerzos para producir buena impresión, como actualmente ocurre en Cuba, donde el turista puede consumir tantas piñas coladas como quiera en fastuosos complejos hoteleros situados en islas vírgenes a los que los cubanos no tienen acceso. Al historiador le fascinaron sobre todo las eficacísimas azafatas y guías soviéticas: “La pulidez y la cultura de las guías rusas, así como el correcto francés que casi todas ellas hablaban (además, algunas conocían bien el alemán, el inglés o el español) eran consecuencia, sin duda, de la educación de la época presoviética”

  "Querido Stalin: 
¡la felicidad del pueblo!"

Por otra parte, no parece mostrar inquietud alguna cuando nos muestra una forma de viajar que a nosotros se nos antojaría algo militarizada, por no decir sospechosa o poco espontánea: “Clasificados en grupos de 20 o 25 personas organizados previamente, a cada uno de los cuales correspondía un guía que hablaba el idioma del grupo respectivo, íbamos instalándonos en automóviles numerados correlativamente que nos habían de conducir, en comitiva, al interior de la ciudad”. Más adelante comenta: “A cada cien pasos de nuestro itinerario había un soldado con la bayoneta calada”. Hoy, con mayor perspectiva, sabemos a qué respondían tantas atenciones con el viajero occidental. 

En las descripciones de Leningrado (la antigua –y actual– San Petersburgo) es donde el autor muestra más destreza puramente estilística. Las primeras y emocionadas impresiones del suelo vedado de la URSS son más bien desalentadoras: “El aspecto del puerto era de paralización del tráfico y de abandono; grandes almacenes de depósito vacíos y destartalados; algunos vagones de mercancías sin carga alguna, abandonados aquí y allá, sobre raíles herrumbrosos entre los que crecía la hierba. Unas mujeres, descalzas, transportaban madera, lo único de lo que se veían por allí algunas pilas; hombres semidesnudos que, con las manos enguantadas, hacían trabajos de descarga; niños descalzos y harapientos que jugaban y corrían por aquel lugar”. Las maravillas del centro de la ciudad son descritas en una crónica magistral, correspondiente al 22 de septiembre de 1928.

La plaza de la Revolución de Leningrado en una tarjeta postal 
de finales de la década de 1920. 

Las palabras que dedica a un espectáculo de danza y teatro popular nos recuerdan un artículo de Ortega y Gasset [2], escrito en aquella misma época (1925), en el que decía que el futuro del teatro, lo mismo que el de la pintura, se había de convertir en geométrica decoración, tenía capacidad suficiente para convertirse en puro movimiento dinámico. Nuestro autor, en cambio, con un escepticismo muy catalán, no parece tan partidario de la disolución de los grandes contenidos propia de la Modernidad: “La cena en el Hotel Europa está amenizada con una serie de cuadros de revista que, sobre un entarimado, van representando sucesivamente diversos artistas y grupos coreográficos. […] El carácter llamativo y abigarrado de estas varietés, su sentido frenético y efectista podría tener el propósito de apasionar a un público excitable y fácil de entusiasmar por algo extremoso y electrizante que suplantase la novedad y la calidad con un sensacionalismo puramente ruidoso y convulsivo; pero a quien se hubiera fijado serenamente en aquel espectáculo y aquel mismo día hubiera hecho otras oportunas observaciones, no le sería difícil darse cuenta (y la comparación con lo que luego veríamos en Moscú lo confirmaría) de que Leningrado, bolchevísticamente, tiene hoy un marcado tono provinciano, y que lo que salva su prestigio urbano y su brillo metropolitano son los rastros magnificentes de su pasado imperial”. Los argumentos de Valls no dejan de tener actualidad, más aún si se medita sobre el nacimiento de las rusadas bajo el totalitarismo soviético, del mismo modo que nacieron o adquirieron nuevo impulso las españoladas bajo el régimen de Franco. 

Aprovechando esta breve digresión sobre lo que tenemos más cerca de casa, Valls i Taberner se dedica a comparar, en el tren que lo transporta de Leningrado a Moscú, el campo ruso con el castellano: “En esta época del año y en este lugar de Rusia, el colorido de cultivos, pasturas y arboledas que cubren buena parte del terreno y la nota pintoresca de los pueblecitos que aparecen de vez en cuando, ofrecen continuamente al espectador una sensación de serenidad y optimismo, sobre todo cuando se recuerda la desolación de los parajes yermos y solitarios del altiplano peninsular”

Paisaje otoñal, del pintor 
ruso Mijaíl V. Nésterov (1906).
(© Galería Nacional Tretiakov, Moscú)







La capital del monstruo soviético sorprende a nuestro periodista por la variedad racial y su aspecto marcadamente asiático, que contrasta con el tono de Leningrado. “Así [Moscú] tiene, de algún modo, algo de lugar de peregrinación y, al mismo tiempo, cierto aire de gran feria oriental. La abigarrada variedad de tipos étnicos que integran las multitudes que transitan en silenciosa agitación las calles de esta urbe particularmente típica (curiosa mezcla de viejo poblado y ciudad moderna), le dan un aspecto muy diferente del de Leningrado y de las grandes metrópolis de los principales países de Europa”. La horrenda visión de un hombre ebrio tirado en el suelo sin que nadie se fije en él conmueve intensamente al autor, nada acostumbrado, sin duda, a las dinámicas agigantadas de las grandes ciudades contemporáneas (a fin de cuentas, comparada con la Moscú de los grandes edificios de hormigón, la Barcelona noucentista debía resultar algo más bien amable), y le hace reflexionar sobre la disolución de la individualidad que se produce en la sociedad soviética, más preocupada por la realización de planes ideológicos a gran escala que por atender a las personas descarriadas o, sencillamente, pobres, desarropadas y desgraciadas que se arrastran por las calles. 

Moscú en 1928.
(Fuente: www.rusarchives.ru - РГАКФД. Арх. № 2-54332. Фото ч/б.) 

Un acierto indiscutible de la edición de 1985 es, sin duda, la inclusión al final del artículo “Impresiones y recuerdos de San Petersburgo”, publicado por Valls i Taberner en castellano en La Vanguardia Española [3] el 5 de octubre de 1941. Aquí, el tono de la prosa cambia por completo (no estaba el ambiente para relativismos, precisamente), y lo que traza el antiguo catalanista es una visión apocalíptica del régimen soviético: “Entonces empezaron sus mayores e incesantes angustias: el terror rojo (que ha constituido el más horrible infierno); la miseria constante y en ocasiones varias el hambre más feroz; la inseguridad con respecto a la vida misma de la comunidad urbana y de toda la nación. Y dentro de esa aguda y crónica inquietud colectiva, que habrá debido de llegar al máximo en estos últimos meses y sobre todo en los actuales instantes de peligro supremo, horroriza pensar en la cantidad enorme, incalculable, de espantosas tragedias individuales y familiares que los veintitantos años de tiranía roja han constituido el imponderable suplicio de un crecidísimo número de habitantes de la gran ciudad báltica, produciendo una asfixia moral interminable y nunca igualada, junto a una cantidad de torturas y penalidades físicas incalculable y escalofriante” [4]

Imagen captada en Leningrado 
durante el largo sitio a que fue 
sometida la ciudad por las 
tropas alemanas (1941-1944).  








Y es que en 1928 Stalin no había hecho más que afilarse las uñas. Cuando el Valls franquista escribía su artículo de 1941, el dirigente soviético ya había desarrollado buena parte de su programa interior y exterior: las grandes purgas y los juicios (1933-1938), la ocupación de la Polonia oriental (1939), el ataque a Finlandia (1939) con la posterior entrega de Carelia por parte de ésta (1940) y la anexión de Lituania, Letonia, Estonia, Besarabia y el norte de Bucovina (1940). 

Lo que cuesta entender es por qué el prologuista del libro dice que el tono encendido de este artículo se debe al nuevo ambiente generalizado de la España en 1941. Interesa presentar a Valls i Taberner como un hombre comprometido con la lucha por las libertades, pero lo que convendría decir es que Valls i Taberner se había convertido en un franquista convencido y avergonzado de su pasado catalanista, y que había escrito el libro Reafirmación espiritual de España (1939). No pasa nada si lo admitimos: el valor de sus doce artículos no decae en absoluto. Y, además, no fue el único catalanista de derechas que abrazó abiertamente la causa del 39: recientemente, Borja de Riquer ha documentado en su artículo “Joan Estelrich: de representant catalanista als congressos de nacionalitats europees a delegat franquista a l’UNESCO” [5] la extraordinaria capacidad de adaptación con que Joan Estelrich fue haciendo carrera durante la postguerra española. Lo que supo hacer muy bien Valls i Taberner fue ofrecernos un excelente retrato de la URSS de 1928, señalando sus contradicciones más evidentes. 

(Traducción del catalán: Albert Lázaro-Tinaut) 


[1] Ferran Valls i Taberner: Un viatger català a la Rússia d’Stalin. Barcelona, PPU, 1985. 136 páginas. 
[2] José Ortega y Gasset: “Elogio del Murciélago”, en el cuarto tomo de El Espectador. Madrid, Espasa-Calpe, 1966, pp. 123-133. 
[3] Cabecera que mantuvo el diario barcelonés La Vanguardia, por imposición del régimen franquista, desde 1939 hasta el 16 de agosto de 1978. 
[4] El texto completo de este artículo puede leerse digitalizado en la Hemeroteca de La Vanguardia (véase aquí). 
[5] L’Avenç, núm. 368, mayo de 2011. 


Andreu Navarra Ordoño (Barcelona, 1981) obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura en 2003 y se doctoró en Filología Hispánica en 2010 con la tesis titulada “José María Salaverría, escritor y periodista (1904-1940)”. Actualmente trabaja como investigador en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona y estudia la dialéctica hispanocatalana entre 1874 y 1939. 
Ha publicado los poemarios Suicidio Súbito (Barcelona, 2006), Fiebre y ciudad (Madrid, 2009, libro objeto con fotografías de Isabel Huete) y Canciones del Bloque (Barcelona, 2010). Coordinó y prologó la antología Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa (San Juan de Puerto Rico, 2008). Es autor, además, del doble ensayo Dos Modernidades: Juan Benet y Ana María Moix (Badajoz, 2006). Publica también artículos relacionados con su campo de investigación –la relación entre escritura y poder político en la España de principios de siglo XX– en revistas filológicas y libros colectivos, y colabora periódicamente como críticio literario en las revistas virtuales Periódico de Poesía (Universidad Autónoma de México) y Babab (www.babab.com). 

Para ampliar las imágenes, haced clic sobre ellas.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La inhumana pero lúcida experiencia de Maks Velo bajo la tiranía estalinista en Albania

Maks Velo en 2010.
(Fuente: Lajme Sot) 

Aunque nacido en París el 31 de agosto de 1935, el arquitecto, pintor y escritor Maks Velo vivió en el país de sus padres, Albania, y fue víctima de la cruel represión ejercida por el dictador estalinista Enver Hoxha contra quienes se resistían a aceptar –o simplemente eran sospechosos de ello– las rígidas reglas de juego del régimen. Perseguido, detenido e interrogado en varias ocasiones, acabó purgando sus “culpas” durante ocho años en un campo de internamiento tras ser acusado de agitación y propaganda contra el Partido del Trabajo de Albania, aquel partido único y personalista que practicó el “poder popular” en el país, en nombre del “marxismo-leninismo ortodoxo”, desde finales de 1944 hasta la muerte de Hoxha (11 de abril de 1985) e incluso más allá de ésta, hasta 1990, cuando su sucesor en el poder, Ramiz Alia, forzado por las circunstancias, tuvo que aceptar el multipartidismo en la aislada y empobrecida Albania. 

Antes de ser detenido, en el otoño de 1978, y condenado pocos meses después a diez años de internamiento en un campo de trabajos forzados, Velo había trabajado como arquitecto para el Ayuntamiento de Tirana y diseñado varios edificios públicos: escuelas, hoteles, salas de cine… Las primeras sospechas recayeron sobre él en 1973, tras la reunión plenaria de aquel año de la Liga de Escritores y Artistas de Albania, en la que se mostró “excesivamente cauto” y no pronunció en ningún momento la palabra camarada. Dos años más tarde, en un congreso nacional de arquitectura, algunos colegas suyos (quizá movidos por los celos) empezaron a censurar su “modernidad”. En el juicio al que fue sometido y condenado en 1979 se puso de manifiesto que “su inspiración en obras de Braque, Modigliani y Picasso” atentaba contra el rígido método del realismo socialista. La pena a que fue sometido no se limitó a la privación de libertad y a los trabajos forzados: sus obras, pinturas y esculturas, fueron destruidas.

Labi y Labesha (2004), de Maks Velo. 

En 1986 Maks Velo consiguió ser “rehabilitado” y salir del horrendo campo de internamiento y trabajos forzados de Spaç, dedicado a la explotación de unas minas de cromo, y tuvo que trabajar como obrero en una fábrica de piedra abrasiva. Solamente después de los cambios políticos que se produjeron tras las primeras elecciones libres en la Albania postcomunista, el 31 de marzo de 1991, pudo volver a dedicarse a la arquitectura en el Instituto de Estudios y Diseño de Tirana y exponer su obra no sólo en su país, sino también en el extranjero (Francia, Polonia, Italia, Grecia, Túnez, Rusia, los Estados Unidos…). En 2010 realizó un viaje a España, donde se inspiró para algunas de sus composiciones artísticas, como los dibujos del denominado “Ciclo de Barcelona”, sugeridos por la arquitectura modernista de la ciudad. 

El campo de internamiento de Spaç (hoy convertido en museo), 
próximo a la localidad de Reps (norte de Albania).
(Foto © Ermal Meçaj) 

Entre sus obras literarias destacan los libros de relatos Palltoja e burgut (‘El manto de la cárcel’, 1995) y Thesi i burgut (‘El saco de la cárcel’ , 1996), en los que se basa la selección publicada en Francia con el título Le Commerce des jours [1]; Jeta ime në figura (‘Mi vida en figuras’, 1996), Kohë antishenjë (‘La edad del antisímbolo’, 2000) y Zhdukja e “Pashallarëve të kuq” të Kadaresë: anketim për një krim letrar (‘La desaparición de los `Pachás rojos´ de Kadare: investigación sobre un crimen literario’, 2002). 

Ismail Kadare, que conoció a Velo en la década de 1960, “cuando en Albania la dictadura aún era joven –quince años– y todavía nos quedaban algunos escritores del pasado”, escritores denominados “burgueses” pero no desaparecidos de las librerías, dice que Maks, que hablaba francés e italiano, era un personaje “diferente”, y que se distinguía de la mayor parte de quienes frecuentaban el recién inaugurado Café de los Escritores de Tirana: “Era discreto y silencioso, tanto que durante su proceso no pudieron obtener de él ninguna opinión, ninguna acusación contra el régimen. Lo condenaron por sus pinturas, consideradas modernistas y decadentes […] y por una característica que daba fe, indirectamente, de su aversión al régimen: su ‘semblante triste en los cafés’. Probablemente, en aquel mundo grotesco, Maks fuera el único a quien reprocharan tal actitud” [2]

El cuento que se presenta a continuación está ambientado en la prisión de Tirana donde Velo fue internado después de ser detenido el 14 de octubre de 1978. 

Albert Lázaro-Tinaut 

[1] Maks Velo: Le Commerce des jours. Nouvelles albanaises. Traducción al francés de Christiane Montécot. Éditions Lampsaque, Vijon, 1998. 
[2] Ismail Kadare, en su prólogo (“Portrait de l’artiste en version albanaise”) a Le Commerce des jours


Uno de los dibujos de Maks Velo que ilustran 
el libro Le Commerce des jours.


La última hoja 

Por Maks Velo 

Me apresuro, pero el polizonte me recuerda que debo mantenerme alejado de las otras celdas. 

–¿Qué te ocurre hoy, 7? 

–Nada, jefe. 

Camino más lentamente. Salimos para el paseo. El paseo de la mañana. Es eso en lo que pienso: me queda una sola hoja. Sólo una. La última hoja. Esa que se ha convertido para mí en el único contacto con el mundo. Me infunde ánimos. Las otras, todas las otras, han caído. Cuando me detuvieron, en octubre, los chopos del otro lado del muro estaban cubiertos de hojas. Mientras estoy en el minúsculo patio del paseo, sólo veo sus ramas más altas y el cielo. Esa imagen representa el mundo libre. Los chopos se alzan al otro lado del muro de la prisión, en un plantel. Cuando el polizonte de turno nos saca a tomar el aire, uno tras otro, por orden de celdas, pone todo el celo en evitar que nos encontremos. Se coloca en la esquina del pasillo y cada uno de nosotros debe esperar a que el anterior haya pasado por allí para salir. 

Nosotros, los de la primera planta, bajamos por una escalera que nos conduce a los pequeños patios separados en que ha sido dividido el patio central. Nos prohíben hablar. El paseo dura treinta minutos, pero como el polizonte se aburre, suele reducirlo a veinte o veinticinco. 

Yo salgo siempre, aunque llueva, aunque caiga un aguacero. Muchos de mis compañeros de detención no salen nunca. 

En lo alto percibimos las ramas. Al principio estaban cubiertas de hojas. En Tirana hay muchos chopos. En un determinado momento del año, por mayo, cubren la ciudad de una pelusa que se dispersa por todos los rincones. Es lo único irreal que me gusta de Tirana. 

Esos fueron plantados, sin duda, durante la campaña “Plantemos chopos por voluntad del Partido”. Para esa gente cualquier cosa puede ser objeto de una campaña: campaña de colectivización, campaña contra el analfabetismo, campaña de los árboles, campaña de las cubetas para fertilizar los campos, campaña de plantación de chopos, campaña para ayudar al Norte, campaña de limpieza, campaña contra los saltamontes, campaña para la siembra del maíz, campaña de recolección de metal, campaña contra la crianza del ganado, campaña contra las antenas de televisión, campaña contra las gallinas… y no sigo. Todo es válido para organizar una campaña, nada queda fuera de ese propósito. Sin embargo, sólo una cosa es objeto de una campaña permanente, ininterrumpida: la campaña de población de las prisiones: las prisiones y los campos de internamiento político de Albania jamás deben quedar vacíos. 

A buen seguro la campaña lanzada entre los años 1973 y 1978 fue una de las más importantes después de la que tuvo lugar entre 1945 y 1950, aunque la verdad es que no se ha interrumpido nunca en treinta y tres años. Es la campaña del crimen. 

En cuanto a los chopos, datan con toda probabilidad de la campaña de plantación lanzada en 1964. Deben de tener, pues, unos quince años. 

Al principio, durante el paseo, veía cómo las tonalidades de las hojas iban cambiando. Luego, un día, fui presa del pánico: ya no se trataba de colores, sino de vida. Las hojas empezaban a caer. Se desplomaban a manojos, como nuestros mejores sueños. Se desparramaban por doquier, alejadas unas de otras. Era el suyo un viaje sin retorno. Caían tras emitir breves chasquidos imperceptibles, sin avisar, sin protestar. Se deslizaban hasta el suelo. Algunas quedaban retenidas por el muro, ese muro contra el que se hacían los fusilamientos dentro de la prisión. Cada vez había menos. Cuando quedaban muy pocas, empecé a contarlas. Veinticinco. Diecisiete. Ocho. Cinco. Tres. Ayer solamente quedaba una. Lo más curioso es que se mantenía verde. Oscilaba de un lado a otro, pero resistía firmemente sujeta a la rama. 

Es como nosotros, me decía yo. Nos hagan lo que nos hagan, alguno sobrevivirá. No importa quién, pero es preciso que uno de nosotros salga vivo de aquí para que el mundo vuelva a comenzar desde el principio. Ayer por la tarde la hoja permanecía allí. Todo el resto de la tarde, toda la noche, estuve obsesionado: ¿volvería a verla al día siguiente?, ¿habría soportado durante la noche el fuerte vendaval? 

Por eso me apresuro. Por respeto a los polizontes me someto de buen grado al reglamento de la prisión. Ellos no tienen la culpa. Pero esta vez me apresuro. Doblo la esquina del pasillo. Bajo deprisa las escaleras, salgo al patio y levanto la cabeza hacia la izquierda, hacia el chopo. La hoja continúa allí. Ha resistido. 

Este relato, traducido por Albert Lázaro-Tinaut a partir de la versión francesa de Christiane Montécot, pertenece al libro Le Commerce des jours. 

domingo, 11 de diciembre de 2011

En recuerdo del poeta estonio Andres Ehin

Andres Ehin recitando uno de sus poemas en el festival 
literario HeadRead de Tallin, el 29 de mayo de 2011. 
(Foto © Ave Maria Mõistlik)

Acaba de fallecer el poeta estonio Andres Ehin, uno de los más destacados de su generación. “Era nuestro surrealista más consciente y leal” –dice el también poeta Jüri Talvet, de quien fue amigo, muy afectado por la noticia que ha recibido lejos de Estonia–; “le gustaba la proximidad de los jóvenes, con quienes compartió largas caminatas, como en el caso del Camino de Santiago”. En efecto, su obra ha influido notablemente en la de las nuevas generaciones de poetas. “Era un orador convincente y se supo acercar tanto a otras culturas como a los límites del lenguaje”, afirma Hanneli Rudi al informar de su desaparición aquella misma madrugada en la edición de ayer, 10 de diciembre, del diario Postimees

Ehin, nacido en Tallin el 13 de marzo de 1940, se licenció en Filología Estonia (especializándose, además, en lenguas finoúgrias) en la Universidad de Tartu. Fue profesor de enseñanza media y trabajó también como periodista. A partir de 1974 se dedicó plenamente a la creación literaria y, en colaboración con su esposa, la también poeta y orientalista Ly Seppel, tradujo al estonio literatura rusa, alemana, inglesa, estadounidense, francesa, finlandesa, turca, georgiana e incluso de los selkup (un pueblo que vive en la taigá del norte de Siberia y habla una lengua samoyeda del tronco lingüístico urálico), además de una parte de Las mil y una noches

Obtuvo dos veces (1997 y 2001) el Premio Anual de Literatura de Estonia y el prestigioso premio Juhan Liiv de poesía (2003). Entre 1968 y 2008 publicó nueve libros de poemas, cinco de prosa y algunas piezas teatrales. 

Su poesía, de tintes surrealistas y no falta de cierto tono satírico e irónico, se ha traducido a varias lenguas: inglés, francés, alemán, ruso, sueco, danés, finés, húngaro, letón, lituano, georgiano, kazajo… También fue traducida al gallego por Manuel Barbeito y Manuela Palacios en la magnífica antología trilingüe (estonio, gallego e inglés) de la poesía estonia contemporánea Vello ceo nórdico.* 

En homenaje a su memoria, Impedimenta ofrece su poema “Lõpmatus” (‘Infinitud’), de 1968, en su versión original estonia, en la gallega que aparece en la antología mencionada y en traducciones inéditas al español y el catalán. 

Albert Lázaro-Tinaut 


Lõpmatus 

F. García Lorcast tema enda motiividel 

Jalakas mõistab sind ja mõistab mätas. 
Hapuoblikas teab sinust öelda kõik. 
Isegi ämblik saab sinust aru. 
Sinust, sa eales silmi ei sule. 

Muda kuulab sind, päike sind kuulab. 
Kõnetad orast ja kändu kõnetad. 
Kalad tulevad su juurde ja lumi tuleb 
su juurde, sa eales silmi ei sule. 

Kass tunneb sind ja tunneb sind valgus. 
Sinu südamekambris on vaal ja orav. 
Raudrohi ihkab olla su juus. 
Kaljud kirevad sinust kui kikkad. 
Sinust, sa eales silmi ei sule. 

Sinust, sa eales silmi ei sule. 
Möödub kõigist karidest su hääle laev. 
Jäävad välkuma lõhnavate sõnade pistodad. 
Silmapiiri mähid ümber väikese sõrme. 
Ja kuklas tunned omaenese kauget pilku. 



Infinitude 

Verbo de F. García Lorca, sobre os seus propios motivos 

Enténdete o olmo e enténdete un carolo. 
A aceda sábeo todo de ti. 
Mesmo unha araña te entende. 
Ti, que nunca pecharás os ollos. 

Escóitate a lama, escóitate o sol. 
Falas cos gromos e falas cunha garocha. 
Os peixes achéganseche e a neve vén 
a ti, que nunca pecharás os ollos. 

Coñécete un gato e coñécete a luz. 
Nos teus ventrículos están a balea e o esquío. 
O teu pelo ansía ser milfollas. 
As rochas cantan de ti coma galos. 
De ti, que nunca pecharás os ollos. 

De ti, que nunca pecharás os ollos. 
O barco da túa voz esquiva os farallóns. 
Dagas de aromas verbais escintilarán por sempre. 
Has de envolver o horizonte arredor do dedo maimiño. 
E sentir, fixa na caluga, a túa propia mirada distante. 

Versión de Manuel Barbeito y Manuela Palacios 



Infinitud 

Sobre Federico García Lorca, alrededor de sus propios motivos 

El olmo te entiende y te entiende un tormo. 
La acedera lo sabe todo de ti. 
Incluso una araña te comprende. 
A ti, que nunca cerrarás los ojos. 

El lodo te escucha, el sol te escucha. 
Hablas con los brotes y con un tocón hablas. 
Los peces se te acercan y la nieve llega 
a ti, que nunca cerrarás los ojos. 

Te conoce un gato y te conoce la luz. 
En tus ventrículos habitan la ballena y la ardilla. 
Tu pelo ansía ser la milenrama. 
Las rocas te cantan como lo hacen los gallos. 
A ti, que nunca cerrarás los ojos. 

A ti, que nunca cerrarás los ojos. 
El barco de tu voz sortea los peñascos. 
Dagas de palabras aromadas van a brillar por siempre. 
Envolverás el horizonte alrededor del meñique. 
Y sentirás fija en la nuca tu propia mirada distante. 

Versión de Arturo Casas 



Infinitud 

Sobre Federico García Lorca, a l’entorn dels seus motius 

L’om t’entén i t’entén un penyal. 
L’agrella ho sap tot de tu. 
També una aranya et comprèn. 
A tu, que mai no tancaràs els ulls. 

El llim t’escolta, el sol t’escolta. 
Parles amb els brots i amb una soca parles. 
Els peixos se t’apropen i la neu t’arriba 
a tu, que mai no tancaràs els ulls. 

Un gat et coneix i et coneix la llum. 
Habiten els teus ventricles la balena i l’esquirol. 
Els teus cabells delegen esdevenir milfulles. 
Les roques et canten com et canten els galls. 
A tu, que mai no tancaràs els ulls. 

A tu, que mai no tancaràs els ulls. 
La nau de la teva veu esquiva els farallons. 
Dagues de mots aromats llambraran per sempre més. 
Embolcaràs l’horitzó al voltant del dit petit. 
I sentiràs clavada en el clatell la teva mirada distant. 

Versión de Albert Lázaro-Tinaut 


* Vello ceo nórdico. Antoloxia da poesía estonia contemporánea. Edición de Jüri Talvet e Arturo Casas. Universidade de Santiago de Compostela, 2002. 


POST SCRIPTUM
Gracias a Linda Järve por haber proporcionado estos vídeos del Otoño Poético de Druskininkai (Lituania) de 2009, en los que Andres Ehin lee unos haikús suyos, en estonio e inglés: 
http://www.youtube.com/watch?v=ZL6ZprcKrQ4
http://www.youtube.com/watch?v=KTMYNgTmMwg