martes, 12 de marzo de 2019

La autoinmolación como forma extrema de protesta

“La Casa del Suicidio y la Casa de la Madre del Suicidio”, obra dedicada en 1991 a Jan Palach 
por el artista estadounidense John Hejdu (1929-2000), instalada en enero de 2016 
en la antigua plaza del Ejército Rojo (hoy plaza de Jan Palach) de Praga.

Las primeras veces que oímos hablar de autoinmolación en defensa de una causa, religiosa, política o vinculada a algún fanatismo, fue a principios de la década de 1960, cuando el monje Thích Quảng Đức se prendió fuego en el centro de Saigón para protestar contra la persecución religiosa de que eran objeto los budistas por parte de la minoría católica gobernante en Vietnam del Sur: la fotografía de su sacrificio dio la vuelta al mundo. Aquel acto, que sorprendió sobre todo en los países “occidentales”, se conoció con la expresión “quemarse a lo bonzo”.

La inmolación del monje Thích Qung Đ
en Saigón el 11 de junio de 1963 
(fotografía de Malcolm Browne, que dio 
rápidamente la vuelta al mundo).

Otros monjes budistas tibetanos se han autoinmolado para protestar contra lo que entendían como ataques a su cultura y su religión por las autoridades de la República Popular China. Hubo, sin embargo, discrepancias entre los practicantes del budismo sobre la oportunidad de esos actos: unos se remitían a la tradición según la cual Buda, en una de sus vidas anteriores, se autoinmoló por el bien de los demás; otros, en cambio, sostenían que esa práctica atentaba contra la doctrina del budismo tibetano. Se sabe, en cualquier caso, que también hubo actos de inmolación en la India y en Japón.

Mención aparte, por supuesto, merecen las autoinmolaciones de fanáticos religiosos, como actos de odio, venganza y represalia, que poco o nada tienen que ver con los que se mencionan aquí.

En el artículo del profesor Federigo Argentieri que se presenta, traducido, a continuación, se trata de las autoinmolaciones que tuvieron lugar en los países de la órbita soviética como protesta por la sumisión de éstos a la URSS y las consecuencias que ello supuso. Ha quedado como símbolo de aquellos trágicos actos la figura del estudiante checo Jan Palach en la céntrica plaza Václav de Praga, en 1969, para denunciar la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia; pero Palach no fue, ni mucho menos, el único que lo hizo, como se puede leer a continuación.


Los otros doce Jan Palach

Por Federigo Argentieri

El 16 de enero de 1969 la “llama violenta y atroz” (en palabras de Francesco Guccini) quemaba el cuerpo del estudiante Jan Palach, quien había decidido tomar aquella decisión extrema para protestar contra el lento pero evidente sofocamiento, por parte de la URSS y sus aliados, de las ansias de libertad y democracia que se habían ido materializando en Checoslovaquia durante el año anterior, y que se frustraron por la intervención armada del 21 de agosto de 1968, diez días después de su vigésimo cumpleaños, pero lo hizo sobre todo contra la escasa resistencia que se estaba ofreciendo.

La muerte de Palach, el día 19 de enero, tuvo una 
enorme resonancia internacional, y la consternación 
y solidaridad fueron casi unánimes, como lo había 
sido la condena de la intervención militar. A él y a 
su acto se dedicaron canciones, como “Primavera
di Praga”, de Guccini, “Mourir dans tes bras”, de
 Adamo o, más recientemente, “Le fate di Praga”,
del cantauror italiano de música alternativa Sköll
El tema dio también para numerosos libros.

Jan Palach era, sin duda, un fiel seguidor de Tomáš Masarykel fundador y primer presidente de la República de Checoslovaquia, quien en 1881, como recuerda el eslavista Angelo Maria Ripellino, desarrolló en Viena una tesis sobre “el suicidio como fenómeno de masas de la civilización moderna”; además, cuando tenía 15 años se enteró de la inmolación de Thích Qung Đc, y es probable que tuviera noticia de un gesto análogo del cuáquero Norman Morrison, quien en 1965 se prendió fuego en Washington como protesta por la muerte de niños durante la guerra de Vietnam.

La autoinmolación de Ryszard Siwiec en Varsovia.
(Foto: PAP/Paweł Kula)


Casi un año antes de la inmolación de Palach, el 8 de septiembre de 1968 (dieciocho días después de la invasión de Checoslovaquia), el polaco Ryszard Siwiec, veterano de la resistencia antinazi y antisoviética, se había prendido fuego en el Estadio Nacional de Varsovia, donde se estaba celebrando la “fiesta de la cosecha” con la presencia de las máximas autoridades: murió al cabo de cuatro días. La policía hizo cuanto pudo para evitar que se difundiera la noticia, pese a que hubo muchos testigos de aquel acto de protesta, pero al cabo de unos meses Radio Free Europe (cuya sede estaba entonces en Alemania) rompió el silencio y anunció que Jan Palach no había sido la primera “antorcha humana”, al menos no en el plano internacional.

Apenas dos meses más tarde, el 5 de noviembre, el ucranio Vasyl Makuj (Василь Макух), otro veterano de la resistencia antinazi y antisoviética (a la derecha, su retrato), se inmoló cerca de la plaza Maidan de Kiev para protestar contra la opresión de que era objeto su país y también por la invasión de Checoslovaquia. Murió al día siguiente y, pese a las precauciones del KGB, la noticia se difundió entre los ucranios (muchos habían visto pasar los carros de combate hacia Checoslovaquia) y se filtró al extranjero.

Al cabo de nueve años, el 21 de enero de 1978, otro ucranio, Oleksa Hirnyk (Олекса Гірник), imitó aquellos gestos extremos para protestar contra la rusificación y la anulación de la identidad nacional ucrania. Lo mismo hizo el 23 de junio de aquel año el tátaro de Crimea Musa Mamut (Муса Мамут) para denunciar la opresión de su nacionalidad por parte de la URSS.

Monumento en mermoria de Oleksa Hirnyk en la ciudad ucrania 
de Ivano-Frankivsk, cerca de su localidad natal.

No parece que Palach conociera la suerte de Siwiec ni de Makuj, pues no los mencionó en las notas que dejó escritas. En cambio, Sándor Bauer, un estudiante húngaro de 16 años, declaró explícitamente que había querido seguir su ejemplo y se prendió fuego en la escalinata del Museo Nacional de Budapest el 20 de enero de 1969, al día siguiente de la muerte de Palach, “el hermano checo que hizo lo mismo”. Murió al cabo de tres días.

Una de las notas de despedida que dejó Sándor Bauer antes de inmolarse.
(© Állambiztonsági Szolgálatok Történeti Levéltára)

Si Palach no era la primera “antorcha humana” del bloque soviético, sí que lo había sido en su país, donde su ejemplo fue seguido casi inmediatamente: el 20 de enero el joven de 25 años Josef Hlavatý se daba fuego en Pilsen, y moría cinco días después; sin embargo, es probable que su suicidio se debiera sobre todo a razones personales, como su reciente divorcio, pero de hecho había sido muy activo durante la Primavera de Praga. Un mes más tarde, el 25 de febrero, fue Jan Zajíc, de 18 años, miembro de una familia demócrata y anticomunista, quien se inmoló. Es interesante constatar que los orígenes ideológicos de todas las víctimas mencionadas hasta ahora eran afines, lo cual suponía un motivo de reflexión para quienes pretendían apoderarse de su memoria.

Muy distinta era la tendencia política de de Evžen Plocek (fotografía de la izquierda), un obrero de Jihlava que militaba en el Partido Comunista y era afín a las reformas promulgadas por Alexander Dubček en Checoslovaquia: decepcionado por los "normalizadores", convencido de la imposibilidad de revertir la situación a la que se había llegado, se prendió fuego el 4 de abril de 1969, un día antes de que Dubček fuera expulsado del Partido.


Márton Moyses retratado por 
su hermano Frigyes en 1949.

El 13 de mayo de 1970 expiraba en Rumania un poeta húngaro de Transilvania, de 29 años, llamado Márton Moyses. Después de la Revolución de 1956, juntamente con otros jóvenes de su edad, intentó sin éxito unirse a la resistencia húngara contra los ocupantes soviéticos. En 1960, delatado y declarado elemento hostil al régimen por su solidaridad con los revolucionarios húngaros y por sus poemas críticos, fue procesado y condenado a dos años de prisión. Dos meses antes de que lo pusieran en libertad se cortó parte de la lengua con un hilo para no poder delatar a sus “cómplices”. En febrero de 1970, al cumplirse un año de la muerte de Palach y Bauer, viajó a la ciudad de Brașov y después de derramar gasolina frente a la sede del Partido Comunista, se prendió fuego. Murió al cabo de tres meses.

Casi dos años más tarde, el 14 de mayo de 1972, fue el lituano de 19 años Romas Kalanta quien realizó el mismo gesto en la ciudad de Kaunas, ante el edificio del Partido Comunista. Murió al día siguiente. Había dejado escritas estas palabras: “Acusad de mi muerte al régimen totalitario”. La imposición a su familia de anticipar dos horas el funeral suscitó una oleada de indignación y desencadenó tumultos que duraron dos días, durante los que fueron detenidas 402 personas, a siete de las cuales se impusieron penas de prisión; además, centenares de estudiantes fueron expulsados de sus facultades y otros protestatarios, despedidos de sus puestos de trabajo. Romas Kalanta fue rehabilitado cuando Lituania recuperó su independencia.



Placa-memorial en el lugar de la céntrica Laisvės Alėja (Avenida de la Libertad) 
de Kaunas donde se autoinmoló el estudiante lituano Romas Kalanta.
(Foto © Kęstutis Jurel, ELTA. Cortesía de Pietro U. Dini)

Por último hay que recordar a Oskar Brüsewitz, un pastor luterano de la Alemania del Este, que se inmoló en 1976, y al obrero rumano Liviu Cornel Babeș, quien lo hizo en 1989, poco antes de la caída del régimen dictatorial de Nicolae Ceaușescu.

Las “obras de arte de la historia”, como definió el politólogo canadiense Jacques Lévesque las revoluciones pacíficas de 1989, de algún modo hicieron justicia a esas almas inquietas, así como a la Revolución Húngara de 1956, la Primavera de Praga y los anhelos de libertad en Ucrania y el Báltico oriental. Jan Palach y todos quienes se suicidaron como protesta contra los regímenes comunistas burocráticos y opresivos, y contra la indiferencia y pasividad del resto del mundo, son recordados con afecto y emoción, cuando no han sido elevados al Panteón de los héroes nacionales. También hay que recordar, por supuesto, las inmolaciones de monjes tibetanos contra la ocupación china de su país. Debemos reflexionar sobre si estos actos de protesta no deban tipificarse como un método de condena contra las tiranías comunistas, aunque sería preferible que el criterio fuera extensivo a todas las otras, sin exclusión alguna.


La cadena humana que enlazó las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) 
el 23 de agosto de 1989, cincuenta años después de la firma del tratado entre Alemania 
y la URSS que permitió la posterior anexión de aquellas repúblicas a la Unión Soviética, 
es un ejemplo de las revoluciones pacíficas que condujeron a la independencia 
de los países del Báltico oriental.

El autor - El profesor Federigo Argentieri es un politólogo y académico italiano doctorado en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest. Especializado en relaciones internacionales y en la historia reciente de Hungría y de toda la denominada Europa del Este, ha publicado numerosos libros y artículos sobre los temas de su ámbito de estudio e investigación. Ejerce como profesor de Ciencias Políticas en la John Cabot University de Roma, cuyo Instituto Guarini para Asuntos Públicos dirige.


Este artículo, traducido en casi toda su integridad por Albert Lázaro-Tinaut, se publicó en el suplemento “La Lettura” del diario italiano Corriere della Sera el 13 de enero de 2019. Impedimenta agradece tanto al autor como al propio diario que le hayan concedido su amable autorización.

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martes, 29 de enero de 2019

Las relaciones entre Hungría y Bizancio


La Corona de San Esteban o Santa Corona de Hungría.
(© granada_turnier)

Por István Kapitánffy

Tradicionalmente, y desde la Edad Media, se ha denominado Corona de San Esteban a esa joya, conocida también como Santa Corona (Szent Korona), que se colocaba solemnemente sobre la cabeza de los reyes de Hungría durante la ceremonia de coronación. La última vez que se hizo ese uso de ella fue el 30 de diciembre de 1916, cuando Carlos de Habsburgo-Lorena, último emperador de Austria, fue coronado como Carlos IV, rey apostólico de Hungría y rey de Bohemia y Croacia.

Esteban I de Hungría, obra de la escultora
Mária Törley. En ella se observa que el rey
no luce la Santa Corona.

La leyenda sobre el origen de esa corona que tuvo más éxito fue la que aseguraba que el rey Esteban la recibió el año 1000 de manos del papa Silvestre II. Las investigaciones sobre historia del arte que se llevaron a cabo durante el siglo XIX demostraron, sin embargo, que la parte inferior era una pieza bizantina que el emperador Miguel VII regaló a Géza I, rey de Hungría y Croacia (1074-1077). Se ha sabido también que esa corona graeca es la parte más antigua de la corona de los reyes de Hungría y que, por consiguiente, nada tiene que ver con la de Esteban I (I. István, en húngaro).

No se han encontrado rastros, ni en las fuentes ni en la tradición histórica, de ese regalo de la corte de Constantinopla: de hecho no es la única corona bizantina hallada en Hungría, pues a finales del siglo XIX se descubrió en Nyitraivánka (la actual Ivanka pri Nitre, en Eslovaquia, que entonces era parte integrante de la Hungría histórica) otra corona con esmalte que representa la figura del emperador de Bizancio Constantino IX Monómaco.

La corona bizantina descubierta en Nyitraivánka, en la que están representados 
el emperador Constantino IX, su esposa Zoe y su hermana Teodora.

La corona y la tradición relacionada con ella son ejemplos de las dificultades con las que tropiezan los historiadores para determinar qué lugar ocupaba la Hungría medieval en el ámbito de las relaciones culturales y la situación política de la Europa de la época. En la historiografía húngara, sobre todo la del período de entreguerras, se impuso la opinión de que el fundador de la monarquía medieval, Esteban I, había vinculado el país a la cristiandad latina por una decisión política, y que lo había integrado en el “círculo cultural occidental cristiano-germánico”. Esa concepción política, sin embargo, ya no encajaba, incluso en aquella época, con la información histórica conocida. Aunque bien es cierto que el príncipe Géza y Esteban I propagaron en el país la forma latina del cristianismo y que sometieron la Iglesia húngara a Roma. 

Representación romántica de Géza I 
con la Santa Corona.

No obstante, incluso antes del cisma de 1054, ello no significaba que el Reino de Hungría se opusiera a Bizancio, el otro importante centro cultural y político de la época. Cantidad de objetos artísticos medievales, algunas peculiaridades de la organización eclesiástica, costumbres litúrgicas relacionadas con el bautismo, los nombres de algunos santos especialmente venerados por la Iglesia ortodoxa e incluso algunos textos de la literatura húngara antigua (escrita en latín) muestran claramente que Hungría se encontraba geográfica e intelectualmente en el límite entre dos concepciones de la cultura medieval: durante dos siglos mantuvo, cerca del río Sava y en la región del Bajo Danubio, una frontera común con el Imperio bizantino. La recepción de influencias, además, da fe de que los húngaros no se opusieron a Bizancio, pese a que no faltaron escaramuzas militares, habituales en aquella época, entre los dos Estados.

La situación cambió a finales de la Edad Media. Cuando los ejércitos de las Cruzadas tomaron Constantinopla (1453), el Imperio bizantino perdió definitivamente su papel de gran potencia: su territorio quedó reducido a los alrededores de la ciudad, y en la frontera meridional de Hungría empezaron a desarrollarse los Estados búlgaro y serbio.

Téngase en cuenta que la información de que disponemos, exceptuando algunas leyendas, data de alrededor del año 1204, y que las fuentes bizantinas referentes al pasado de Hungría resultan preciosas para completar nuestro conocimiento sobre la historia antigua del país. Una de las ramas más productivas de la literatura bizantina es, precisamente, la historiografía. Pero también en los sermones, la poesía, las leyendas sobre los santos, las obras de arte militar y los estudios jurídicos descubrimos una cantidad considerable de datos, desconocidos o mal conocidos, sobre la historia de Hungría.

La conquista de Hungría por los magiares, 
idealizada por el pintor Árpád Feszty (1856-1914).

Esos documentos nos informan de que la realeza húngara, durante los dos primeros siglos de su existencia, estuvo vinculada a Bizancio por estrechos lazos económicos y políticos: las relaciones entre los dos Estados fueron casi siempre amistosas y pacíficas, y se consolidaron en varias ocasiones mediante enlaces matrimoniales entre ambas dinastías. Puesto que los intereses de uno y otro Estado se solían satisfacer fácilmente, en la corte de Bizancio se tenía la sensación que los húngaros estaban asimilados a la gran familia de los pueblos cristianos que vivían bajo la protección paternal del emperador. En realidad, solamente hubo un conflicto importante: una guerra que duró cerca de veinte años a mediados del siglo XII. Estos datos desmienten categóricamente la imagen que se ha ido formando sobre la orientación occidental unilateral de la realeza húngara.

Constantino VII Porfirogéneta 
bendecido por Cristo (fragmento). 
(Museo Pushkin, Moscú).

Las fuentes bizantinas no interesan solo para conocer mejor la historia de la conquista de Hungría por los ancestros de los magiares. Las más importantes son quizá dos descripciones detalladas que se pueden leer en la obra del emperador León VI el Sabio y en la de Constantino VII Porfirogéneta acerca de la organización militar de los conquistadores, sus técnicas de combate, la formación del federalismo tribal húngaro y el desarrollo de la ocupación progresiva del territorio.

Reunir de la forma más completa posible las fuentes bizantinas que se refieren a la historia de Hungría y publicarlas en textos fieles es una vieja aspiración de la historiografía húngara, y si esa tarea no se ha realizado hasta ahora es por su complejidad y envergadura. La enorme riqueza de la literatura bizantina constituye, por un lado, una de esas dificultades, y por otro, el hecho de que los textos se publicaran esporádicamente. No es fácil dilucidar cuándo se habla realmente de los húngaros debido al gusto arcaizante de muchos autores, que tendían a denominar a los pueblos con nombres antiguos. Hay que añadir otro inconveniente, y es que muchos textos están incompletos, por lo que su edición no siempre es fiable.

Gyula Moravcsik.

La reciente edición de una notable selección de fuentes*, obra del académico Gyula Moravcsik, el representante más eminente de la bizantinología húngara, fallecido en 1972, es pues una contribución fundamental para la investigación histórica, especialmente en el ámbito de la Europa oriental.



* Az Árpád-kori magyar tórtënet bizánci forrásai / Fontes Byzantini historiae Hungaricae aevo docum et regum ex stirpe Árpád descendentium. Textos recogidos y traducidos por Gyula Moravcsik, con introducción y notas. En griego y en húngaro. Budapest, Akadémiai kiadó, 1981.

El autor

István Kapitánffy (Budapest, 1932-1997) fue un destacado filólogo e historiador que investigó sobre Grecia y Bizancio y tradujo al húngaro bibliografía relacionada con sus temas de estudio. Publicó, entre otras obras, una historia de la literatura bizantina y neogriega (A bizánci és az újgörög irodalom története, 1989). Póstumamente, en 2007, sus estudios sobre las relaciones húngaro-bizantinas fueron recopilados en un volumen titulado Hungarobyzantina.

Este texto, publicado en francés en la revista Le Livre Hongrois, Budapest, vol. XXIV, 1-2 1982, ha sido traducido y ligeramente adaptado por Albert Lázaro-Tinaut.


sábado, 6 de octubre de 2018

Nota sobre el poeta letón Pēters Brūveris (seguida de cinco poemas)

Pēters Brūveris (Foto © LETA).


Por Pietro U. Dini, Universidad de Pisa
El 16 de julio del 2011 moría a la edad de 54 años, en la ciudad de Ventspils, el poeta y traductor letón Pēters Brūveris. De su obra, todavía prácticamente desconocida e inédita en las lenguas románicas ―aunque sí traducida al alemán, lituano, inglés, sueco, búlgaro, ucraniano, turco y azerí― no podrá, desde luego, dar cuenta la breve selección que presentamos a continuación. Conviene, pues, ofrecer unos apuntes que permitan al lector acercarse a la figura intelectual de uno de los mayores poetas letones de la postguerra.

Pēters Brūveris nació en Riga el 24 de abril de 1957 y estudió en la Facultad de Cultura, Artes y Ciencias del Conservatorio Estatal de Letonia. Sus pinitos poéticos datan de 1977, aunque su primer poemario aparecería sólo diez años más tarde. Para no perder la cordura, en los años oscuros del ‘estancamiento’ conocido hoy como la “época Brézhnev”, Brūveris siguió el consejo del poeta Knuts Skujenieks, veintiún años mayor que él: “Aprenda dos o tres lenguas extranjeras”. De este modo ―según él mismo― se convirtió en traductor al letón de literaturas tan poco familiares como la azerí, la turca, la osetia, la gagauza, la mordvina y la de los tártaros de Crimea, así como los textos chamánicos de Tuvá, en el sur de Siberia.

Brūveris ha traducido también del ruso (Aleksei Kruchonyj y Iosip Brosdky), del alemán (Georg Trakl) y sobre todo del lituano (Kornelijus Platelis, Sigitas Geda, Henrikas Radauskas, Tomas Venclova y muchos más) conformando de este modo una suerte de pastiche lingüístico interbáltico al incorporar en sus composiciones en letón voces lituanas e incluso formas de la lengua de los antiguos prusianos, y mostrando a menudo un gran interés por las otras lenguas bálticas hoy desaparecidas (el galindo, el yatvingio, el curonio, el selonio o el semigalo): con razón, pues, ha sido calificado como un poeta “de inspiración panbáltica”.

Entre los textos que aquí se presentan da fe del profundo interés lingüístico de Brūveris el poema que empieza con el verso “escribir en una lengua que muere”, con nítidas referencias al destino de su lengua materna. Debe tenerse en cuenta que actualmente en Letonia solamente habla en letón el 58 % de una población total de alrededor de dos millones de habitantes (otro 34 % habla ruso; un 4,5 %, bielorruso y un 3,5 %, ucraniano). Y también es oportuno señalar que, si comparamos las estadísticas actuales con las del período de la primera independencia del país ―cuando en la década de 1930 los letones representaban el 73 % de la población, y eran todavía el 62 % en 1959― los datos evidencian el “declive étnico” proyectado en Moscú y puesto en práctica con éxito durante los años de la ocupación soviética de la nación.

Tras sus estudios, entre los años 1989 y 1991, Brūveris, además de trabajar como traductor, realizó diversas tareas relacionadas con la literatura: por ejemplo, fue asesor literario del periódico Latvijas Jaunatne (‘La Juventud Letona’) y director de la sección de literatura de la revista Literatūra un Māksla (‘Literatura y Arte’), la principal publicación cultural de Letonia.
Fueron aquellos unos años decisivos para la historia de Letonia, durante los que se desarrollaron con toda su intensidad, al igual que en el resto de las naciones del Báltico oriental, las protestas identitarias hasta que en 1990 las tres repúblicas bálticas ―Lituania, Letonia y Estonia―, sometidas hasta entonces a la Unión Soviética, recuperaron su independencia.
Entre 1987 y 2011 Pēters Brūveris escribió una veintena libros de poesía ―cuya enumeración ahorramos al lector― así como un considerable número de libros infantiles, traducciones (como ha quedado dicho antes) y textos para dibujos animados, composiciones musicales, etcétera. Recibió, además, importantes galardones, como el Premio de la Asamblea Báltica (2004), el Nacional de Literatura (2006) y el Premio Ojārs Vācietis (2006).

Pēters Brūveris y Pietro U. Dini en Nida, Lituania (2006).

Cinco poemas de Pēters Brūveris
traducidos del letón por Pietro U. Dini y Albert Lázaro-Tinaut

[escribir en una lengua que muere]

escribir en una lengua que muere
sólo arena en los labios en los dedos
escribir en una lengua que muere
puentes en el mar a la deriva

escribir en una lengua que muere
susurro de hojas y chapoteo de olas
escribir en una lengua que muere
solamente dibujos de raíces sin tronco

contar en una lengua que muere
sobre un deseo inane y silencioso
contar en una lengua que muere
algo a las hierbas que el hielo estremece

hablar en una lengua que muere
apoyando la mejilla en troncos de tilos
sólo resuenan en la detonación del trueno
crujidos de vigas en un museo

vivir en una lengua que muere
hablar desde dentro como en un pozo
que pronto se llena y en canos tejos
el viento colgará brumosos destellos

soñar en una lengua que muere
soñar con tus compatriotas
rodeado de noche por remotos espíritus
despertar bajo vigas heladas

escribir en una lengua que muere
sintiendo en el costado el soplo de un potrillo
con un dedo encima de tus párpados
para que se refleje en un liviano espejo

[izmirstošā valodā rakstīt]
izmirstošā valodā rakstīt / uz lūpām uz pirkstiem smiltis / izmirstošā valodā rakstīt / aizpeld jūriņā tilti // izmirstošā valodā rakstīt / lapu čukstus un viļņu šļakstus / izmirstošā valodā rakstīt / bez stumbra vien sakņu rakstus // izmirstošā valodā stāstīt / par klusām un veltīgām ilgām / izmirstošā valodā stāstīt / ziemelī sanošām smilgām // izmirstošā valodā runāt / piespiest vaigu pie liepu krijas / atbalsosies vien pērkona dunā / nočīkstēs muzeja sijās // izmirstošā valodā dzīvot / runāt uz iekšu kā akā / drīz aizbērs un sirmajās īvēs / vējš miglainus atspulgus sakārs // izmirstošā valodā sapņot / sapņot līdz tautas biedriem / naktsvidū urguču apņemtam / mosties zem ledainiem dziedriem // izmirstošā valodā rakstīt / ar dvašu uz kumeļa sāna / ar pirkstu uz paša plakstiem / kas atspīdot spogulī plānā


Los primeros copitos de nieve

El primer copito de nieve
baja bailando,
el segundo cae en el río
para visitar al pez siluro.

El tercero se posa en un oso
silencioso y somnoliento,
el cuarto cae sobre el techo
de un autobús azul.

El quinto copito de nieve
se sienta en la rama de un abeto,
el sexto va a parar a un cálido
bordillo negro.

El séptimo, quién sabe por qué,
busca la madriguera de un ratón,
el octavo como la perla de un collar
me da en la punta de la nariz.

El noveno y el décimo
y así todos los demás
caen uno tras otro sin cesar
para que pueda hacer bolas con ellos.

Pirmās sniegpārsliņas
Pirmā sniegpārsliņa / Nokrīt dejodama, / Otra iekrīt upē / Ciemoties pie sama. // Trešā uzkrīt lācim, / Miegainam un klusam, / Ceturtā uz jumta uzsnieg / Zilam autobusam. // Piektā sniegpārsliņa / Sēž uz egles zara, / Sestā tup uz siltā, / Melnā trotuārā. // Septītā nez kāpēc / Meklē peles alu, / Astotā kā pērle rotā / Manu degungalu. // Devītā un desmitā, / Un tās visas citas, / Lai es varu pikoties, / Krīt un krīt bez mitas.


Cada uno vive su vida

Las muchachas del fuego bailan en la estufa,
los muchachos de los vientos giran alrededor,
las serpientes, astutas, se desperezan al sol,
la cabra se tambalea en un barrote del puente.

El gato persigue a los ratones,
el tábano le pica al buey en el carrillo,
los tritones apacientan a los peces
creyendo pasar desapercibidos.

¿Oyes quién alborota detrás de los molinos?
De repente ladra y de repente enmudece,
allí, al otro lado del río, mientras conversan,
estiran las piernas cinco espectros.

Se desvanecen espectros en el lejano azul,
risas de espectros resplandecen en la hierba
mientras el sapo bebe aguardiente
y cada uno vive su vida.

Katrs savu dzīvi dzīvo
Uguns meitas krāsnī dejo, / Vēju zēni apkārt klejo, / Čūskas saulē gudri staipās, / Āzis šūpojas uz laipas. // Kaķis pelēm pakaļ staigā, / Dundurs iekož bullim vaigā, / Ūdensvīri zivis gana, / It neviens to nepamana. // Dzi, kas tur aiz meldriem čalo? / Brīžiem tumst un brīžiem balo, / Tur, pār upi staipot kājas, / Pieci spoki sarunājas. // Spoki izkūp zilā tālē, / Spoku smiekli nomirdz zālē, / Tikām krupis iedzer sīvo, / Katrs savu dzīvi dzīvo.

¿Dónde?

¿Dónde crecen más altos los árboles?
¿Dónde son más blancas las nubes?
¿Dónde es más sonoro el canto de los pájaros?
¿Dónde verdea más verde la hierba?
En mi patria.
¿Dónde son más cristalinas las fuentes?
¿Dónde son más astutas las cornejas?
¿Dónde maúllan más mimosos los gatos?
¿Dónde nadan a más profundidad los peces?
En mi patria.
¿Dónde saltan más infernales los diablos?
¿Dónde son más negras las moras?
¿Dónde florecen más diáfanos los prados?
¿Dónde es que el mundo es más cierto?
En mi patria.
Entre mi gente.

Kur?
Kur koki aug visstaltākie? / Kur mākoņi visbaltākie? / Kur putni dzied visskaļāk? / Kur zāle zeļ viszaļāk? / Dzimtenē. / Kur avoti visdzidrākie? / Kur kovārņi visgudrākie?/ Kur kaķi ņaud vismīļāk? / Kur zivis peld visdziļāk? / Dzimtenē. / Kur velli lec visellīgāk? / Kur mellenes vismellīgāk? / Kur pļavas zied viskošāk? / Kur pasaulē vis drošāk? / Dzimtenē. / Savā tautā.


[Tan bella]

Tan bella
como un manuscrito de Hölderlin
en la ventana al atardecer
se pone
más allá de las ruinas;

a lo largo de tus
en los cristales impresos
labios
se deslizan los meses
y los años,
se derrama tu cabello
por los suburbios,
a lo largo de los cercados, y se enreda
en aislados postes de farolas;

así en la ventana de una torre en ruinas
sempiterno y bello con Hölderlin sellado
tu rostro.

[Tik skaists]
Tik skaists / kā Helderlīna rokrasts / aiz loga vakars / klājas / pāri drupām; // gar tavām/ rūtij piespiestajām / lūpām / slīd mēneši / un gadi, / plūst tavi mati / cauri nomalei, / gar žogmalēm un apvijas / ap retiem laternstabiem; // tik mūžam skaista sagruvuša torņa logā / ar Helderlīnu zīmogotā/ tava seja.


[Estos textos se publicaron originalmente en el número 9 de la revista Liburna, Valencia, noviembre de 2016, pp. 169-184. El de presentación del poeta ha sido ligeramente reducido y adaptado.]